Disclaimer: Los personajes y lugares pertenecen a Stephenie Meyer y a otros. No pretendo ninguna ganancia y lo único que invierto es mi tiempo.

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de Dios y el fuego

Debía ser un ángel, tenía que ser un ángel. Cabello dorado y unos ojos que hacían juego, era hermosa, simple y sencillamente hermosa. Pero se veía triste, su mano fría sobre mi mejilla se sentía asombrosamente suave y reconfortante. Luego hizo algo que me sorprendió, con la delicadeza de una nube me tomo en sus brazos, y como si yo estuviera hecho de plumas echo a correr por el bosque a una velocidad vertiginosa. Solo pude pensar que para aquel ángel yo no pesaba nada y que tomaba carrera para empezar a volar. Pero nunca se elevo, solo corría y empecé a sentir con cada paso que el ángel daba un dolor terrible, intente controlarme y permanecer consiente para no perderme ni un instante de aquel hermoso espectáculo, pero me sentía tan débil y con tanto dolor que mi concentración se iba diluyendo, ya casi quedaba inconsciente por un sueño que me cerraba los ojos.

-¡No! No te duermas. Ya casi llegamos. ¡Resiste por favor!-

No solo era hermosa, su voz era una delicia y se estaba preocupando por mí, no quería decepcionarla pero ya no me quedaban fuerzas para mantener los ojos abiertos. Sentí que ella disminuía la velocidad, estábamos llegando a donde quiera que me estuviera llevando.

-¡Edward!- le escuche gritar al ángel.- Trae a Carlisle.

-¿Qué paso?- pregunto una voz. -¿Qué le hiciste a este tipo? ¿Un oso? Voy por Carlisle.- sonó como si el sujeto hablara por un túnel, su voz era distante. Escuche como se alejaba con un movimiento que duro solo un instante.

El ángel entro en una casa que me pareció apenas fina para la morada de un ser celestial como este. Me coloco sobre una mesa de madera con tanta delicadeza que apenas lo note. Me pesaba respirar y aunque ya no podía moverme, abrí los ojos y note que la oscuridad llenaba aquella habitación.

-Aguanta, ya viene Carlisle, el te ayudara.- abrí un poco más los ojos y vi que la expresión del ángel era de desesperación, pero ¿Por qué? ¿No habíamos llegado ya al cielo? Tal vez no, tal vez este lugar era a donde traían a las personas para ser juzgadas por Dios y el ángel temía que me fuera directo al infierno, yo no lo dude, seguro me hundiría como un barril de piedras hasta el fondo. Pero si ya estaba muerto y a punto de ser juzgado ¿Por qué aun me dolía tanto?

De la nada apareció un hombre seguido de un muchacho que se quedo a cierta distancia observando. El hombre me reviso las pupilas y pude verlo claramente; era rubio, justo como el ángel pero de expresión muy diferente, calmado y serio, me da pena admitir que me sorprendió lo hermoso que era el también. No me quedo ninguna duda. El era Dios y me examinaba para decidir a donde mandarme.

-Edward dice que lo ataco un oso y que lo encontraste en el bosque.- hubo un silencio, luego Dios siguió.- Esta muy mal, perdió mucha sangre pero no veo claramente. Edward trae el maletín de mi despacho por favor.- El tal "Edward" demoro un segundo, después Dios coloco algo en mi oído y sobre mi pecho, me reviso el brazo y las castillas. Cada cosa que él hacia me dolía y por más que intentaba aguantar, se me escapaban gemidos y quejas que no podía controlar, me concentraba en respirar pero cada vez era más difícil.

–Rosalie no hay mucho que pueda hacer, tiene cuatro costillas rotas, tal vez un pulmón colapsado y hemorragias internas. Incluso si lo hubieras llevado directamente al hospital sería difícil, al menos ahí le hubiera podido dar morfina para que no sufriera tanto, pero aquí... Lo siento pero no puedo hacer nada.-

No tenía fuerzas para hablar pero me hubiera gustado decirle a Dios que no hablara de mi como si fuera un caballo con la pata rota al que hay que meterle una bala y no una persona. Sentí que el ángel tomaba mi mano como si estuviera hecha de cristal.

-No. No, si puedes hacer algo y lo sabes Carlisle.- de nuevo otro silencio.

-¿Estas consciente de lo que me estas pidiendo? Ninguno de nosotros tiene derecho a intervenir en la suerte de este joven y tú lo sabes mejor que nadie. Evitaste que el oso lo devorara, eso es muy loable de tu parte, ahora deja que muera tranquilamente. – Dios sonaba molesto. Pensé que si él llamaba "muerte tranquila" a lo que me estaba pasando, no quería saber que era lo peor que me podría pasar cuando examinara todas las cosas que había hecho en mi estúpida vida. De pronto recordé el nombre del sujeto con el que trafique whiskey, se llamaba Mark, recordé el día en que deje mi casa, todas las veces que le había partido una botella en la cabeza a algún borracho en la taberna de Willy y ni que decir de las chicas que trabajaban ahí. Si Dios se decidía seguro iba a arder.

-¿Cómo puedes decirme eso? ¿No hiciste lo mismo por Edward? ¿Por Esme? ¿Por mi? Cuando me encontraste medio muerta tirada en la calle, no me dejaste ahí a mi "suerte". Por favor Carlisle no lo dejes morir.- la voz del Ángel era desesperada.

-¿Por qué lo haces Rosalie? No lo conoces, ni siquiera sabes su nombre.-

-Porque no puedo quedarme observando el sufrimiento de alguien sabiendo que hay una forma de ayudarlo. No quiero verlo morir, no a él, no lo conozco pero…-

-Emmett…- fue un susurro, pero todos reaccionaron como si lo hubiera gritado a todo pulmón, incluso el chico que observaba desde lejos salto.- Soy… Emmett.- Caí rendido, todas las fuerzas que me quedaban las había invertido en este esfuerzo por que al menos dejaran de tratarme como una cosa que no escuchaba lo que decían. Aun era una persona, si vivo o muerto no estaba seguro, pero ahí estaba.

El ángel estrecho mi mano con delicadeza y se volvió hacia Dios con energías renovadas.

- Carlisle, por favor, lo haría yo pero temo matarlo. Tú si puedes ya lo has hecho. Por favor, te lo suplico.- La expresión sebera de Dios cedió ante las suplicas del ángel.

-En su estado podría morir incluso si lo hago, no puedo asegurar que sobreviva…-

-Pero lo habremos intentado. Por favor.-

Siguió un silencio más profundo y largo que los anteriores, supuse que de alguna forma Dios había accedido por que el ángel me sujeto la mano de una forma muy diferente. Sentí como hacia girar mi cabeza hasta quedar con la mejilla derecha tocando la madera de la mesa. Abrí los ojos y vi que el ángel me miraba directamente y que con su mano afirmaba mi cara para evitar que me moviera.

De pronto sentí una respiración justo en mi cuello, intente girarme por puro reflejo pero la mano con la que el ángel me sujetaba me impidió moverme y comprendí por que lo hacía. Una punzada en mi cuello, tan fuerte que no pude refrenar el impulso de querer moverme con fuerzas que me salieron de la nada. Me asuste y más cuando me di cuenta que lo que me causaba la punzada era una boca que absorbía de mi lo poco que me quedaba de vida. Intente moverme y fue de nuevo inútil, ya no pude hacer nada, deje de luchar en contra de todo lo que me detenía, una hermosa sensación de alivio empezó a llenarme, junto con un frio que me resulto indescriptiblemente relajante. Pero algo me regreso, la boca se había apartado de mi cuello y dejo un fuego quemante que comenzó a recorrerme el hombro, bajo por mi brazo y cruzo mi pecho. En segundos sentía que mi cuerpo se quemaba, era como si alguien me hubiera metido por las venas los remaches al rojo vivo que usábamos en las construcciones. Solo pude razonar que a pesar de los intentos del ángel, Dios había decidido mandarme al infierno. Comencé a retorcerme con espasmos in voluntarios y cada uno era más doloroso que el anterior. El mundo entero se había convertido en dolor, el aire que me tocaba, la madera que sentía a mis espaldas, los girones que quedaban de mi ropa y aun cuando hubiera deseado que no fuera así, las manos del ángel, una sobre mi cara y otra tomando la mía. Con todo agradecía su tacto, era reconfortante sentirla a mi lado, pero no me explicaba cómo era posible que siguiera a mi lado en las profundidades del infierno.

El tiempo se alargaba, me parecieron siglos y siglos de sufrimiento, me sorprendí muchísimo al notar que la habitación estaba iluminada en lo que era un nuevo día, para mí habían sido años y solo levaba ahí algunas horas, me estremecí al pensar en el resto de la eternidad con un tormento así. Para mi sorpresa encontré de nuevo aire para dejar escapar algo más que un débil gemido y comencé a dar alaridos ahogados, el fuego no disminuía y pensé que lo que quería lograr era que yo soltara al ángel que aun estaba conmigo. Yo también quería que se fuera, quería pedirle que me dejara para que no me viera llorar como un bebe, pero me sentí demasiado egoísta como para dejarla ir. Vi que Dios se acercaba y me aferre con todas mis fuerzas a la mano del ángel, estaba seguro que Dios no dejaría a uno de sus ángeles en el infierno con un miserable remachador como yo. Pero para mí alivio él no se la llevo esa vez, ni las varias veces que volvió a revisarme.

Ahora el fuego era constante, como el de un horno, después de lo que me pareció el segundo día ya no hallaba sentido en gritar o quejarme, lo único que lograba era estremecer al ángel, por lo que decidí aguantar todo lo posible, aun que no lograba evitar que algún profundo gemido se me escapara de vez en vez. Me pareció que el fuego disminuía, pero el dolor no desaparecía. De nuevo oscuridad y de nuevo luz. A pesar de todo y entre todas las terribles sensaciones, comencé a percibir cosas que no entendía. Escuchaba el sonido de autos muy lejanos y algo que me pareció un ejército de elefantes en el desván, podía oler los pinos que se encontraban fuera de la casa y cosas que no tenía idea con que identificar.

Para el atardecer el fuego se había centrado en mi pecho y me estaba quedando sin aire, era peor que antes, no podía respirar y sentía como si una mano invisible me estuviera exprimiendo el corazón a cada momento con mas y mas fuerza. Mi cuerpo se contrajo, sujete la mano del ángel con tanta fuerza que si hubiera sido una persona la habría lastimado, mi espalda se arqueo mientras yo buscaba aire con todas mis fuerzas, el dolo en mi pecho reventó un segundo y luego ya no pude sentirlo. Caí en la mesa agitado y jadeando, pero ya no sentía ni dolor, ni fuego, solo la mano del ángel permanecía. Mire el techo algo confundido, espere a ver si algún dolor me atacaba de nuevo, pero nada paso. Respire profundo y note que al respiran mis pulmones se sentían diferentes, no solo eso sino que escuchaba y olía cosas que no estaban en la habitación. Me incorpore muy despacio, esperando a que alguna fuerza superior me regresara a mi lugar en la mesa. El ángel me había soltado por primera vez desde que todo empezara y me dio más espacio cuando me senté en la mesa y me puse en pie.

Me sentía completamente desorientado y trastabille al dar un paso pero no me importo, fue maravilloso estar de pie de nuevo. Algo distrajo mi atención de todas las cosas que percibía, un hambre terrible, voraz, pero tan poco especifica que no supe de donde venia pues la sentía en todo mi cuerpo y no solo en mi estomago, era la cosa más poderosa que había sentido en mi vida y me estaba impulsando a salir de ese lugar y buscar la forma de saciarla. Casi salía corriendo de la habitación cuando sentí que el ángel volvía a tomar mi mano y me guiaba a una silla, no hizo falta que me dijera nada, yo la seguí sin poder negarme y con un movimiento tan elegante como fluido de su muñeca me obligo a sentarme tan manso como un corderito. Me observo un segundo.

- Carlisle.- dijo llamando a alguien, pero sin siquiera levantar su melodiosa voz. -Emmett está despierto.-

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Nota de Autora: Creo que la descripción de la transformación me quedo algo larga, pero que le voy a hacer. La transformación de Emmett fue más o menos en 1935 y en ese año ya no había ley seca pero si dos años atrás, por eso el ya no recuerda el nombre del otro contrabandista. Me tome la libertad de darle a Emmett la oportunidad de trabajar en el contrabando de licor porque me parce algo que él podría haber hecho, después de todo era un delito y algo muy peligroso, en pocas palabras; divertido. Ojala lo hayan disfrutado, gracias por leer.

Se aceptan jitomates, lechugas y todo tipo de legumbres voladoras. Píquenle al GO! Y practiquen su puntería.