¿PUEDO SOÑAR CONTIGO?

.

Que para entender el sufrimiento de los demás, o te pones en su piel o prepárate para ser el humano sin alma.

.

Capítulo 6.

Vocaloid, Utau y derivados, no me pertenece, sino a sus respectivos dueños/creadores. Únicamente me pertenece la historia que escribo sin fines de lucro.

Rin volvió a intentar desnudar el nudo que ataba con fuerza su pierna, pero no lograba siquiera aflojarla. Soltó un suspiro de resignación antes de golpear el colchón que tenía frente a ella con su pierna buena. Quería huir ya de ahí, se sentía agobiada y podía ver en ocasiones como las paredes se acercaban más a ella, aprisionándola. Y a eso se le sumaba el sudor, el mar olor de su ropa, el cansancio, el hambre y el dolor de su tobillo. Innumerables eran las veces en que le daba vueltas a cada echo en su vida, buscando algo que no agradó a nadie o a alguien que quería hacerla daño para encontrar alguna pista de porqué le habían secuestrado, pero nada. A ese chico de azul que se presentó como Kaito jamás le había visto, no tenía ni idea de quién podía ser. Pero parecía ser buena persona, además de que era guapo. Rin suspiró pesadamente antes de pasar su mano de nuevo por su estropeado cabello que había recogido en una pequeña coleta. Ahora desearía estar en casa, jugando con Rinto o ayudando a su madre a preparar pasteles en sus ratos libres o incluso estar con Mikuo en alguna obra teatral. Quería estar en algún lugar lejos de donde ahora estaba. ¿Por qué a ella? ¿Acaso no había sido buena en todo este tiempo? ¿Qué había hecho mal? Apretó los puños, pero no soltó ninguna lágrima. No le quedaba ni una.

— Rin, —la muchacha se alzó del suelo de inmediato cuando escuchó la voz de aquél chico tras la puerta— ¿puedo pasar? —Preguntó.

Rin miró la puerta con una mueca extraña en su rostro. ¿Desde cuándo se le preguntaba a la secuestrada si podía pasar?

— Supongo. —Contestó finalmente, observando como el joven volvió a entrar a la habitación con una de sus miles de sonrisas, un botiquín y una bolsa de hielo—. ¿Para qué es el botiquín y la bolsa de hielo? —Preguntó sin evitarlo, señalando con la mirada aquella bolsa y la pequeña caja, con una gran cruz roja dibujada. Kaito se sentó sobre el colchó, dejando el hielo a su lado y el botiquín sobre él antes de abrirlo.

— ¿No recuerdas lo que te dije antes de irme? —Le preguntó él en cambio antes de rebuscar un rollo de venda y tijeras. Rin frunció levemente su ceño para intentar recordarlo, hasta que dio con algo. Cierto, antes de que Kaito se fuera y dejara de nuevo a la rubia en su completa soledad, la pilló cojeando. Al principio, la chica había intentado ponerle una excusa simple como que se le había dormido la pierna o se había dado un pequeño golpe sin importancia, pero Kaito insistió y al final tuvo que desistir y explicarle el hinchazón que su tobillo presentaba.

— ¿Enserio te has molestado en venir a curarme? —No evitó de nuevo preguntar, observando atenta como Kaito rebuscaba algo entre aquella caja.

— Claro, no puedo dejarte así. —Contestó como si fuera lo más simple del mundo, antes de elevar su rostro y sonreír. Rin se sonrojó levemente antes de tomar asiento a su lado, dejando un espacio vacío entre ellos—. Bien, voy a ponerte la venda primero y luego podrás usar el hielo, ¿de acuerdo? —Rin asintió y observó como el muchacho apartó el botiquín tras extraer un rollo de venda y unas tijeras. La rubia no perdió de vista éste último. Lo bien que le vendría esas tijeras para poder librarse de aquella cuerda—. Creo que Nero se pasó cuando te ató con la cuerda. —Susurró el joven, más para él, aunque Rin distinguió ese nombre.

Un nombre que vagamente le sonaba, pero le restó importancia.

— ¿Ese Nero es quien me ató? —Preguntó, arqueando una ceja mientras veía como su compañero se sentada sobre el suelo, frente a su pierna mala.

— Sí. —Contestó el muchacho con normalidad antes de tomar con suavidad el pie de Rin y usando ágilmente sus manos para desnudar el nudo—. El muy desgraciado fue de los scouts y ahí aprendió a atar nudos muy difíciles de deshacer para el resto. —Explicó, olvidando por completo la advertencia de Gran B en cuanto a informar a la retenida sobre su secuestro y las personas que ahí trabajaban, como Nero.

— ¿Y tú sabes deshacer este tipo de nudo? —Preguntó, queriendo sonsacarle todo lo posible sobre su secuestro.

— Obvio, sino, ¿cómo podría haber deshecho ya tu nudo? —Habló con cierta diversión, señalando la cuerda sobre el suelo. Rin pestañeó varias veces seguidas, observando por primera vez en días su pierna sin aquella soga dañándola. Vio el aspecto de su tobillo, hinchado y algo amoratado. Pero era libre—. He visto cosas peores. —Aseguró, repasando con la mirada la herida de Rin.

— Lo siento. —Murmuró la muchacha, ante la mirada curiosa de Kaito. Pero poco pudo hacer él cuando la rubia le empujó al suelo con fuerza y salió huyendo de ahí tan rápido como su tobillo le permitía. Eso sí, tomando en el acto la cuerda.

Cerró la puerta de la habitación antes de escuchar el grito de sorpresa de Kaito y cómo le pedía que esperar. Tan rápido como pudo, ató la cuerda a los dos tiradores de la puerta, de modo que no podían abrirse. Terminó justo en el momento en que escuchó los golpes propinados a la puerta y los gritos de Kaito. Retrocedió hacia atrás y se volteó de inmediato antes de, con el corazón en un puño, recorrer el primer pasillo que vio. El escozor que sentía al apoyar su pierna mala le obligaba a cojear durante momentos y a maldecir entre dientes, pero no se detuvo hasta llegar a un ascensor. No quiso preguntarse qué hacía un elevador al final de aquél pasillo, pero tan solo quería salir de ahí. Pulsó repetitivamente el botón, con la adrenalina recorriendo su cuerpo y el frenético latido de su corazón. Cuando las puertas se abrieron, se apresuró a adentrarse y pulsó repetitivamente el primer botón que vio.

Las puertas de plata se abrieron a los pocos segundos y cuando dio un paso hacia fuera, miró asustada a su alrededor. Parecía que estaba en una sala llena de habitaciones, pues únicamente había un pasillo con diversas puertas paralelas entre ellas. A pesar de que sentía cierta curiosidad por lo que había tras cada puerta, siguió a su instinto y corrió hacia el final del pasillo. Las escaleras que había subían hacia el piso superior y bajaban hacia el inferior. La pequeña rubia subió de nuevo, negándose a atender su malherido tobillo.

— ¡Ey! ¿Qué haces tú aquí? —Su corazón se detuvo cuando escuchó una voz masculina, pero no se volteó, sino que aumentó la velocidad en subir los escalones—. ¡Oye, la chica rubia!

Aunque la suerte no estuvo de su parte entonces. Resbaló en uno de los escalones, pero logró sujetarse a la barandilla de metal y voltearse en el aire para caer de culo.

— Au… —Se quejó, sobándose el tobillo. Pronto las ganas de llorar volvieron a invadirla, aunque esta vez no se detuvo. Dejó que las lágrimas descendieran por sus mejillas poco a poco mientras se acariciaba con cuidado el tobillo.

Quería rendirse, ya no podía seguir más.

— Eh, ¿qué haces tú aquí? —Rin tragó duro cuando escuchó de nuevo esa voz. Alzó levemente la mirada para, tras los barrotes que sujetaba la barandilla, observar una auténtica copia de ella, con la única diferencia de que aquella persona era un hombre.

Tanto Rin como Len no pudieron esconder su sorpresa al reconocerse. Sus ojos se abrieron de par en par y sus gargantas se secaron de inmediato.

— ¿Sweet Rin?

— ¿Kagamine Len? —Preguntaron a la vez, sin poder articular otra palabra.

Se conocían, claro. Fueron el mismo instituto, a pesar de no ir al mismo salón. Se conocían desde la primaria, quedaron alguna vez junto a un gran grupo de amigos y compañeros. Se saludaban en los pasillos, se sonreían como si fueran conocidos de toda una vida. Rin le veía todas las mañanas fumando un cigarro apresurado antes de entrar a las clases. Len la veía después de las clases en la sala de música, donde la escuchaba tocar el piano y, en raras ocasiones, cantar. Pero, ¿cómo no se iban a reconocer si, también, mantuvieron una noche de pasión?

.

.

.

.

— ¡Mamá, he llegado a casa! —Anunció el pequeño Rinto, cerrando la puerta de casa y deshaciéndose de sus zapatos en la entrada tras despedirse del chófer Bruno que le condujo hasta la entrada de casa. Caminó hacia la cocina donde su madre estaba sentada en la isla, sobre un taburete, con la mirada perdida en un punto de la encimera. El pequeño rubio acercó una de esas altas sillas antes de quitarle la molesta mochila y subir encima del taburete—. ¿Estás bien, mamá? —Le preguntó el rubio, observando preocupado a su madre.

Ann despertó de su mente y sacudió su cabeza débilmente antes de mirar a su hijo. Sonrió ampliamente cuando él le tomó de la mano.

— Perdona, cielo, estaba pensando en mis cosas. —Se disculpó, observando entonces el papelito que el pequeño Sweet llevaba en su mano—. ¿Qué traes, pequeño? —Le preguntó. Rinto miró entonces el papel de su mano y como respuesta, se lo entregó para que lo leyera. Ann leyó el escrito para poco después, mirar curiosa y sorprendida a su hijo—. ¿Iréis a visitar un hospital? —Preguntó.

Rinto asintió, recuperando su sonrisa.

— En clase de ética hemos estado hablando sobre los niños que están en el hospital y la señorita Shizuoka ha querido que veamos a varios niños que están ingresados y que nos hagamos amigos de ellos. —Explicó, mirando el papel—. No han dado autorización para que nuestros padres firmen y podamos visitarlos. La profesora dice que será bueno para nosotros y nos dará una lección cada vez que nos quejemos de los deberes. —Continuó hablando, aquella vez con una expresión pensativa—. Aunque dudo que tiene que ver las tareas con un hospital. —Se preguntó a sí mismo. Ann soltó una pequeña risa antes de besar la frente de su hijo.

— Seguro que conocerás a nuevos niños y te harás amigos de ellos. —Aseguró, entregándole la autorización con la promesa de firmarlo después.

— ¡Sí! Pero me gustaría que Rinny lo supiera. Seguro que le encantaría la idea de que vaya a visitar a niños enfermos. —Comentó en alto el menor, bajando del taburete y guardando el papel en su mochila. Ann asintió, tragando duro. Era cierto, a Rin le hubiera encantado saber que su pequeño hermano iría de visita para conocer a niños hospitalizados. Seguro que se sentiría orgullosa—. ¿Todavía no has podido hablar con ella? —Preguntó, echándose su flequillo a un lado. Ann negó con la cabeza, obligándose a sonreír.

— Continúan con el teléfono roto, supongo.

— Jo, en menudo campamento se ha suscrito. —Se quejó el pequeño rubio, arrastrando su pesada mochila—. Hoy nos han mandado un montón de tarea para este verano y mi mochila pesa como si tuviera rocas. —Aseguró el pequeño, dejando que su saco arrastrara toda la suciedad del suelo. Su madre rodó los ojos antes de bajar del taburete y acercarse a él.

— Dame tu mochila, anda, renacuajo. Acabarás destruyéndola por la parte de abajo. —Tomó el saco de su hijo con la mano y pronto descubrió que su hijo realmente tenía motivos para quejarse—. Dios, no llevas piedras, llevas rocas. —Le contradijo antes de sostener el saco con sus dos manos. Rinto sonrió y asintió.

Pero cuando Ann alzó la mochila, del pequeño bolsillo de su pantalón cayó un sobre. La mujer se puso pálida cuando Rinto lo tomó.

— ¿Qué es…?

— ¡Facturas! —Se adelantó a contestar, visiblemente nerviosa. Rinto pestañeó varias veces seguidas antes de observar el sobre. Ann tragó duro y se mordió el labio, rezando porque no lo abriera.

— No lo parece… —Habló el pequeño desdoblando el sobre, curioso por saber qué había dentro. Su madre dejó la mochila en el suelo y se acercó a su hijo para quitarle el sobre de sus manos—. ¡Eh! —Protestó el pequeño tras ver la carta en manos de su madre.

— ¿No echan a esta hora esos dibujos animados que tanto te gustan? —Intentó desviar el tema. Respiró de alivio cuando su hijo abrió sus ojos sorprendido al recordarlo.

— ¡Cierto! —Exclamó antes de salir corriendo hacia el salón.

Ann dio gracias a que su hijo no hubiera abierto el sobre antes de observa la carta, con un gran miedo. Aquél paquete le había llegado aquella misma mañana misteriosamente, sin remitente, pero sí con destinatario: ella. Le tembló la mano cuando lo tomó y lo abrió, encontrándose un folio donde venía un mensaje breve, echo con pequeños trozos de papel recortados de revistas. En él, aseguraba tener a su hija bajo techo, pero sana y salvo. Aunque lo que más le llamó la atención fue que no decían nada acerca de lo que querían por el rescate, únicamente avisaba que debería de mantener su teléfono en la mano ya que podrían llamarla en cualquier momento del día y que, si no quería que nada malo ocurriera, no debería de informal a la policía. Ann no encontraba lógica a lo primero. ¿Para qué llamarla? ¿Cómo conseguirían su número? Aun así, con un mar de dudas, desde que terminó de leer aquella carta, no había dejado descuidado su móvil en ningún momento. Rezaba porque su hija estuviera bien, que no la sometieran a ninguna clase de torturas. Pero, sobre todo, que no la hirieran. Y si algo tenía la mujer seguro, era que pasara lo que pasara, fuere quien fuere, haría todo lo que les pediría a cambio de la vida de su hija. Incluso, la renuncia a todo lo que había conseguido desde la separación de su marido.

La policía apenas y hacía algo por rastrear a su hija. Se limitaban a asegurar que hacían lo posible por buscar alguna pista en el lugar del secuestro y que estaban interrogando a una docena de testigos, y al propio Mikuo en busca de cualquier pista. Pero Ann no se lo creía del todo. El rapto de Rin Sweet había llenado los noticiaros del país y salía en portada de los periódicos. Toda la ciudad estaba empapelada con fotos de una Rin feliz y muchos vecinos se habían volcado en su ayuda, a pesar de que todavía no se había encontrado nada. El móvil de Rin había sido destruido en la escena del secuestro y, a pesar de que sabían que había sido transportada en un coche, parecía que las huellas de los neumáticos habían desaparecido también. Ann debía de mentir a las amigas de Rin que se pasaban cada tarde para hacerla compañía, asegurándoles que pronto encontrarían a Rin. Rinto aún seguía al margen de todo ello. Ann se aseguraba de que, cada vez que pusieran el telediario, el pequeño no estuviera ahí. También tuvo que mentirle con descaro cuando vio por primera vez los carteles. Ann le había asegurado que era una broma de sus amigas porque la echaban de menos. Rinto se lo creyó con algo de recelo. Aunque Ann sabía que no podría mantener al pequeño Rinto alejado de ello durante mucho tiempo, se enteraría tarde o temprano.

Pero el destino, como bien sabe todo el mundo, le gustaba complicar las cosas y, en aquél entonces, decidió por puro capricho que Rinto se enterara de una de sus peores pesadillas más temprano de lo planeado.

— ¡Mamá! —El grito de horror de Rinto despertó a Ann, que corrió hacia el salón. Sobre el sofá de cuero blanco, el pequeño Rinto tenía el rostro más pálido de lo habitual, sus ojos estaban tan abiertos como su boca y su pequeño dedo señalaba la televisión.

Ann se quedó muda cuando en la pantalla, el rostro de su hija estaba en primer plano. En un pequeño cuadrado en la esquina, había un reportero que comenzó a hablar. Era obvio que aquél canal no era el de los dibujos favoritos de Rinto.

— … La desaparición de Rin Sweet ha dado la vuelta al país. Se han volcado docenas y docenas de voluntarios para ayudar a encontrarla, aunque todavía no ha habido suerte. No se ha encontrado ninguna pista de su paradero. Su móvil fue encontrado justo donde estoy ahora. —Mientras el reportero explicaba el lugar donde se encontraba, la cámara dejó de enfocarle para mostrar el territorio arenoso donde se encontraban hasta dar con una lujosa mansión rústica a varios metros de donde se encontraban, vallada y custodiada por diversos guardas. Ann lo reconoció como la mansión de los Hatsune—. Como han podido observar, la mansión de los Hatsune sigue siendo el punto primordial de la investigación. Han sido muchas veces en las que la policía ha ido a interrogar al heredero de la fortuna millonaria, Mikuo Hatsune, pero el joven sigue manteniendo su inocencia y sus padres, tanto como su hermana, mantienen su cuartada. El muchacho asegura que se despidió de su prometida, Rin Sweet, en la puerta de su casa y que la observó alejarse en torno a las diez de la noche. Cinco minutos después, según asegura los investigadores, el móvil de la víctima dejó de emitir la señal, confirmado que fue entonces cuando fue secuestrada. Muchos se preguntan cómo es que la señorita Sweet no fue transportada a su casa en co…

Ann apagó el televisor de inmediato. Había escuchado suficiente. Con un nudo en la garganta y sus mejillas empapadas se lágrimas, se volteó a ver a su hijo, aún sentado sobre el sofá, con la mirada perdida y el brazo caído. Ann se acercó a él y se sentó a su lado. Pasó su brazo por los hombros de su pequeño y le apegó a ella con fuerza, como si tratara de evitar que algo se lo arrebatara.

— Rin no está, Mamá. La tele dice que Rin está desaparecido, pero eso es mentira, ¿verdad, mamá? Ella no ha desaparecido, ¿a qué no? ¡Dime que la tele está mintiendo! ¡Me dijiste que los carteles lo habían hecho Miku, Gumi y Neru porque la echaban de menos! —Comenzó a hablar el pequeño, elevando su tono de voz. Alzó su mirada hacia su madre, pero al ver que ella estaba llorando, fue como un gran golpe en el estómago—. Me mentiste… —Murmuró, negando con la cabeza—. ¡Me has mentido, mamá! ¡Rin no está en ese campamento! —El pequeño intentó soltarse de su madre, empujándola con fuerza, pero Ann se resistía a soltarlo—. ¡Suéltame, mamá! ¡Eres una mentirosa! —Gritó de nuevo, pero sus fuerzas comenzaron a debilitarse. Sentía un gran dolor en el pecho y como algo líquido paseó por sus mejillas. Estaba llorando—. Rin no está… —Se repitió, secándose sus mejillas y observándose las lágrimas en sus manos—. La han raptado como en las películas…

— Lo siento, lo siento muchísimo, Rinto. —Murmuró entonces Ann, apretando de nuevo el cuerpo de Rinto contra el suyo con fuerza y dejando un pequeño beso en la coronilla del menor—. Tenía miedo de que lo que te podría ocurrir cuando te enteraras. Te mentí porque te quiero. —Aseguró, tomando el rostro de su pequeño entre sus manos y obligándole a que sus miradas se encontraran. Ann le secó las lágrimas que volvieron a reaparecer. Rinto estaba en estado de shock—. Escúchame, Rin va a regresar de nuevo con nosotros. Va a volver a llevarte a las clases, va a volver a jugar contigo, va a...

— Ha desaparecido, la han raptado. —Volvió a repetir el pequeño, negando con la cabeza. Su respiración comenzó a acelerarse, fruto de un ataque de ansiedad al imaginarse quedar sin su hermana mayor. Ann observó asustada como su hijo hiperventilaba y se agarraba al pecho—. ¡Rin no va a volver! —Gritó a todo pulmón, cerrando los ojos—. ¡Se va a ir de mi lado como se fue papá! —Volvió a gritar y Ann sintió que le faltaba el aire. ¡Le está dando un ataque de ansiedad! ¡Llévalo al hospital! Escuchó su voz interna y no perdió tiempo en alzarse y coger el cuerpo del pequeño Rinto. Había vivido aquella horrible experiencia anteriormente, cuando se separó de su ex marido. Entonces, Rinto tenía cuatro años y estaba muy unido a él. Cuando se enteró de que su padre ya no volvería a casa más, le dio un fuerte ataque de ansiedad. Ann y Rin, con trece años, se asustaron muchísimo. Con el corazón en un puño, Ann llevó a su hijo al hospital, dejando a Rin en manos de los Hatsune. En el hospital atendieron lo mejor que pudieron a Rinto y lograron estabilizarle al completo, aunque advirtieron a la madre que debería ir con cuidado, que el pequeño podía sufrir algún tipo de trastorno de ansiedad por separación*—. No quiero que se vaya… —Fue lo último que dijo el pequeño Rinto antes de desmayarse en los brazos de su madre.

.

.

.

.

Ann se pasó la mano por su cabello antes de coger la taza de café caliente de la máquina expendedora de café. Sus ojos estaban hinchados, su maquilla corrido, sentía como su cuerpo no podía mantenerse en pie de la gran presión y culpa que llevaba encima. Se acercó a una de las mesas en la sala de espera de la planta infantil, donde tomó asiento en uno de los taburetes gastados. Suspiró con pesadez antes de remover su café. A su pesar, había dejado a Rinto en manos de los doctores y médicos que fueron a su auxilio. Se había despedido de él susurrando lo mucho que le quería y lo mucho que lo sentía. Sabía en el fondo que todo aquello era su culpa, que si hubiera mandado a alguien a por Rin a pesar de que ella había insistido en no molestar a nadie a aquella hora, si hubiera obligado a Mikuo a acompañarla a casa, si hubiera sido más previsora, Rin no estaría desaparecida. Si no hubiera ocurrido aquello, Rinto seguiría siendo el niño feliz e hiperactivo. Los tres no estarían sufriendo, no estarían pasando por lo que ahora estaban pasando. Es mi culpa, se repetía una y otra vez, dejando que la rabia en forma de lágrimas paseara por sus mejillas por décima vez. Todo aquello no hubiera ocurrido si hubiera sido una buena madre, una mejor mujer. Sentía rabia, sentía asco por ella misma. No se había dado cuenta de que al centrarse más en su trabajo, había desatendido a sus niños, a pesar de que contrataba a una niñera cada vez que salía a las oficinas.

— ¿Se encuentra bien, señora? —Una voz infantil y femenina la obligó a alzar la mirada de su café. Giró su rostro a un lado, donde una pequeña y guapísima niña de unos cinco años, sobre una silla de ruedas y con una pequeña sábana rosa que cubría sus piernas, la miraba con curiosidad. Sobre aquella sábana, estaba tumbada una muñeca con un pañuelo en la cabeza. La pequeña iba disfrazada de lo que parecía ser, Súperman. Ann se secó las lágrimas por instinto antes de carraspear. La niña tenía el cabello rubio muy corto y sus ojos eran de un color azul intenso y resaltaban sobre su pálida piel—. ¿Quiere un pañuelo? —Ofreció, ocultando su mano bajo la sábana, de donde extrajo un pequeño pañuelo que Ann, a los pocos segundos aceptó—. Tiene olor a menta. —Sonrió con inocencia, arrugando su nariz en un gesto adorable.

— Gracias. —Le agradeció, intentando sonreír con cariño antes de sonarse la nariz. La menor no dejó de sonreír y tomó a su muñeca entre sus delgadas manos.

— Me llamo Lenka y esta es Lena Mailen. —Presentó también a su muñeca, orgullosa. Ann, ante aquél gesto infantil y dulce, no evitó soltar una pequeña carcajada entre sus secas lágrimas. De algún modo, le recordaba vagamente a Rin—. ¿Y usted? —Le preguntó, animada al ver sonreír a aquella extraña.

— Me llamo Ann. —Extendió su brazo y Lenka estrechó ambas manos, ampliando su sonrisa.

— ¿Y qué hace usted aquí? ¿Por qué estaba llorando? —Preguntó de golpe la menor, curiosa de nuevo por saber por qué aquella mujer tan guapa lloraba en aquél hospital. Ann bajó la mirada y luchó de nuevo por no volver a derramar una sola lágrima.

— Mi hijo está enfermo. —Contestó finalmente, sonriendo levemente para intentar tranquilizar la mirada de Lenka, que había pasado a ser una curiosa a otra triste—. Pero se pondrá bien. —Aseguró, guardando un mechón de su cabello tras su oreja.

— ¿Cómo se llama su hijo? —Volvió a preguntar, inclinando ligeramente su cabeza hacia un lado.

— Rinto.

— Oh, es un bonito nombre. —Aseguró Lenka, sonriendo ampliamente por segunda vez. Ann lo agradeció con otra sonrisa—. Me gustaría conocerle. A lo mejor nos hacemos amigos. —Propuso ilusionada, mirando a su muñeca—. Y tendremos a alguien más para jugar a los súper héroes con Len y la señorita Meiko, Lena Mailen. —Le aseguró a su muñeca, abrazándola con fuerza. Aquél gesto enterneció enormemente el corazón de Ann. Era tan pequeña y tan dulce, se preguntaba qué hacía ahí, sobre aquella silla de ruedas.

— Seguro que le hará ilusión conocerte, Lenka. —Le afirmó, bajando del taburete y acercándose a una pequeña papelera, donde tiró su vaso de plástico todavía con el café.

— ¡Si lo dice usted debe de ser verdad! —Cuando Ann se volteó para observarla, Lenka continuaba abrazada a su muñeca y sonreía abiertamente—. Hay veces en las que me presentan a niñas o niños que también están o no enfermos. —Explicó, juntando sus cejas, pero sin borrar su sonrisa—. Me dicen que estarían encantados de conocerme, pero cuando nos presentamos y les enseño mi enfermedad, casi todos se asustan y se alejan de mí. —Torció sus labios, como queriendo borrar los rostros de susto y asco de aquellos niños—. Mi hermano Len siempre dice que ellos son los que dan miedo, porque no entienden que esto le puede pasar a cualquiera. —Ann escuchaba entristecida el relato que Lenka contaba y apretó los puños con fuerza. Era horrible el hecho de algunos niños se asustaran al conocer a otros que también estaban enfermos. Fuere cual fuere la enfermedad, deberían de entenderse mutuamente. Se suponía que ambos compartían el dolor y la fuerza requerida para sobrepasar todo aquello—. Pero si una madre asegura que su hijo estaría encantado de conocerme, ¡quién soy yo para decir que no! —Y entonces, volvió a iluminar la sala con su increíble sonrisa. Ann no evitó contagiarse de la sonrisa de la menor y acercarse a ella para después, arrodillarse a su altura.

— Te avisaré cuando Rinto se despierte. —Le avisó, volviendo a ser testigo de cómo Lenka arrugaba su nariz en otra sonrisa—. A él también le gusta jugar a los superhéroes. —Añadió, viendo como la mirada de la rubia se iluminaba.

— ¿¡De verdad?! ¡Tengo ganas de que se despierte! —Aplaudió con sus manos, radiante de felicidad. Ann no pudo evitar acariciar la mejilla de la menor, a quien no le molestó el gesto, es más, enterneció su mirada y sonrisa.

— Lenka, ¿qué enfermedad tie…? —Pero antes de que completara la pregunta, una voz nombrando el nombre de la pequeña rubia la interrumpió.

— Mi mamá. —Informó Lenka, volteando su rostro hacia la puerta abierta. Ann se alzó y se sacudió los vaqueros justo en el momento en que una mujer alta, con un cabello pálido y unos ojos azules como Lenka cruzó el umbral de la puerta, sorprendiéndose al ver a su hija con Ann.

— Oh, hola. —Saludó la recién llegada, con una sonrisa muy parecida a Lenka. Ann le devolvió la sonrisa, saludando con la mano—. Lenka, ¿cuántas veces te tengo dicho que no te vayas sin avisar? La señorita Meiko está como loca buscándote. —Le riñó a su hija, acercándose y tomando los brazos de la silla de ruedas—. Disculpe a mi hija si le ha interrumpido o molestado. —Habló SeeU, dirigiéndose a Ann con la fulminante mirada de Lenka.

Ann abrió sus ojos de la sorpresa, pero pronto sonrió y negó con la cabeza.

— No, no. No me molestaba, al contrario. —Sonrió con cariño hacia Lenka—. Es una niña muy dulce. —Aseguró, consiguiendo que Lenka le devolviera la mirada y volviera a sonreírle.

— Me ha prometido que me avisaría si su hijo Rinto se despertara. Dice que a él también le gusta jugar a los súper héroes y podría jugar conmigo y con Len. —Habló con rapidez y con una clara ilusión en su voz. Era obvio que la idea de tener un amigo que le gustara jugar al mismo juego que ella le encantaba. Además de que veía en Lenka un reflejo de Rin con cinco años. Se preguntaba todavía qué enfermedad grave tenía desde que le contó cómo había niños que se asustaban al conocerla. Aunque por el cabello tan corto de la menor y su tan pálida piel, supuso que era algún tipo de cáncer.

SeeU abrió sus ojos de la sorpresa y miró curiosa a Ann.

— ¿Enserio? —Le preguntó, casi sin creérselo. Ann asintió, volviendo a meter tras su oreja parte de su cabello. SeeU sonrió aliviada y miró con cariño a su hija antes de volver la vista hacia Ann—. Muchas gracias, de corazón. No sabe lo que significa para Lenka tener un amigo en el hospital. —Explicó, con los ojos cristalizados—. Que desconsiderada soy. —Habló poco después, agitando su cabeza de un lado a otro antes de acercarse a Ann y tender su mano. Ann miró con curiosidad la cálida sonrisa de SeeU—. No me he presentado, soy SeeU Kagamine.

Ann le devolvió la sonrisa antes de estrechar su mano.

— Ann Sweet.

*Trastorno de ansiedad por separación (en este caso, en niños): es la ansiedad excesiva relacionada con la separación de las personas a las que está vinculado el niño o con la separación del hogar o de otros familiares próximos. Sus síntomas se manifiestan a nivel cognitivo (preocupación excesiva y persistente a perder las figuras de apego o a que les suceda algo malo), conductual (resistencia o rechazo a acudir a la escuela u otro lugar, negarse a dormir sólo o fuera de casa si no está cerca la figura de vinculación), y somáticas (dolores de estómago, cabeza, pesadillas recurrentes, náuseas, etc.). Pero, quiero aclarar, que lo de Rinto es algo menos grave. Me explico brevemente: Rinto sufrió un ataque de ansiedad en la separación de sus padres porque estaba muy unido a su padre. A partir de ahí, comienza a temer porque su hermana Rin y su madre también se alejen de él, aunque no he querido que el pequeño Rinto sufra el trastorno en su totalidad. Digamos que únicamente, sufre ataques cuando ve que su hermana tarda más de lo previsto en llegar a casa o que su madre le deja solo en alguna casa de algún amigo suyo. Quizás haga un capítulo donde se explique mejor esto y lo entiendan mucho mejor. Dudo que yo me explique peor. (?)

He subido el sexto capítulo de Enamorada del profesor, de Los Protegidos y ahora el de ¿Puedo soñar contigo? ¿Coincidencia? Lo creo.

EEEEEEEEEEEEEEEEEEEY, mi gentecilla. Sé que no creerán cuando les digo que la cuarta parte de este capítulo lo tenía escrito desde hace tiempo, pero que el resto, lo acabo de terminar. No lo harán porque tampoco me lo creo yo. Ha sido como una bomba de inspiración enorme. Aunque creo que ha sido más las ganas de comer que me han hecho escribir bastante. (?)

RONDA DE PREGUNTAAAAS: ¿Qué les ha parecido este sensual capítulo con el encuentro de Len y Rin, de SeeU y Ann y Lenka? ¿Qué ocurrirá ahora con nuestro dúo rubio? Y SÍ, LEYERON BIEN, TUVIERON UNA NOCHE DE PASIÓN, BABYS. ¿Qué hará Kaito dentro de la habitación? ¿Cómo sobrevivirá sin helado? ¿Y qué ocurrirá cuando Rinto se despierte? ¿Querrá ser amigo de Lenka? ¿Cómo reaccionará Ann al enterarse de la enfermedad de la hermana pequeña de Len? ¿Conocerá Ann la deuda del hospital? ¿Cuándo aparecerá Mikuo? ¿Y el padre de Rin? ¿Por qué no he comido todavía? ¿Por qué sigo preguntando? ¿Por qué no se me ocurren más preguntas?

¡NO OLVIDEN SUS ZENZUALES REVIEWS!

Esto se escribe solo, enserio. Ya me comienzan a surgir idea de cómo será el séptimo capítulo. Séptimo capítulo… Dios, quién diría que llegaría tan lejos. :'D

Bueno, bueno, no se me ocurre de qué hablar… Solo que quiero más vacaciones de verano. ¡SE HACEN DEMASIADO CORTAS! D:

RONNDA RÁPIDA DE REVIEWPUESTAS:

Ah, no, esperen, ¡QUE NO RECIBÍ UN MÍSERO REVIEW! ;u; Sí, se quedó en nueve. ¡QUE NO ES POCO! Pero yo esperaba que alguien se diera cuenta de que el capítulo cinco estuvo ahí, dando saltitos e intentando llamar la atención. ¡CONQUE AHORA NO QUERRÁN QUE LA 'RONDA RÁPIDA DE REVIEWPUESTAS' DESAPAREZCA, ¿VERDAD?! ;n;

Si no, hay un bonito botón donde pone 'review' y donde la gente puede comentar lo mucho o lo poco o lo nada que le ha gustado el capítulo. Donde pueden mandarme sus comentarios, críticas, número de teléfono, peticiones de matrimonio, comida, fruta, helados de Oreo, etc… Me harían tan súper mega ultra feliz…

¡AÚN ASÍ!, gracias por todo lo que habéis hecho por mí al leer este fic. Ya sabéis lo que significáis para mí.

¡Que la vida os sea muy bonita!,

Abrazos virtuales,

MAISA.-