13. Apoyo.

-¿Te acuerdas cuando tocábamos juntos?

-Sí, papá. Hace muchos años de eso, tenía como unos trece o catorce.

-Desde entonces siempre tocabas sola.

Hikari pasó sus manos por las teclas de aquel piano que estaba en el salón de la casa. Desde que había abandonado esa casa meses atrás no había vuelto a tocar.

-Tal vez deberías haber sido pianista- dijo Susumo fijándose en su hija-. Además, tienes una voz bonita.

-Nunca he podido actuar delante de mucha gente.

El señor Yagami sonrió recordando a su pequeña con unos cinco años. Se acordó de una noche, ella llevaba un precioso vestido azul cielo y su madre le había hecho unas trenzas, parecía un ángel. Aquella noche iban a cenar unos amigos y él le había pedido a su hija que tocara. Con cinco años aquella niña tocaba muy bien y recibió aplausos, que hicieron que ella se pusiera colorada y agachara el rostro. El sonido del timbre le apartó de aquel recuerdo, pero la sonrisa continuaba en su rostro.

-Voy yo, hija. Será tu madre.

La castaña le miró levantarse del sillón a duras penas y dirigirse lentamente hacia la puerta. Unas lágrimas estuvieron a punto de salir de sus ojos y suspiró.

Siempre había querido que su familia volviera a reunirse, pero no en aquellas condiciones. Después de muchos años su madre había aparecido, pero ya no era capaz de perdonarla tras tanto tiempo sin tener noticia alguna de ella. Había perdonado a su padre a pesar del pasado.


El timbre volvió a sonar en la residencia Yagami, siendo en esta ocasión la señora Yagami quien abriera en esta ocasión.

-Buenas tardes.

-Buenas tardes. ¿Quién eres?

-Mi nombre es Takeru y vengo buscando a Hikari.

Susumo miró a aquel chico de arriba abajo.

-Vaya Takeru. Me alegra conocerte.

Susumo se volvió a mirar a Yuuko, quien se acercaba y acabó abrazando al rubio.

-Pasa, pasa. Mi hija no está, volverá en un rato. Pero ven, siéntate a hablar conmigo un rato- T.k le siguió, dejando sorprendido a Susumo-. Él es el novio de Hikari –aclaró.

-Perdone, ¿cómo sabe quién soy?

-Mi hija me ha hablado de ti. Cada vez que hablaba contigo acaba con una sonrisa bobalicona. Me alegro de que le hagas tan feliz.

-Vaya… ella también me hace muy feliz, la crió muy bien.

-Se convirtió en una gran mujer, pero creo que no contribuí debidamente a ello.

El silencio llenó la habitación. Takeru no sabía que decir, él sabía que había ocurrido con su padre, aunque había intentado parecer que lo ignorara.

-Hikari fue a comprar unas cosas, llegará en un rato –dijo Susumo.

-Oh, entonces vuelvo más tarde, no quiero molestarles.

-No molestas, hijo. De hecho, ven, ayúdame, vamos a ir a dar un paseo- el rubio se acercó y le ayudó a levantarse-. Susumo, puedes irte si quieres a hacer lo que necesites.

-¿Estás seguro de que te harás cargo de él?

-Claro, señora. No tengo nada que hacer.

-Entonces me voy. Mañana me pasaré tarde a verte, tengo un día agitado. Cuídate, Yuuko. Takeru, encantada de conocerte.

-Igualmente, señora.

Susumo tomó sus pertenencias y se fue dejándolos a solas. El ambiente parecía más relajado.

-Vamos a dar una vuelta por el vecindario. Hoy estoy cansado. Espero que la actitud de Susumo no te haya molestado, ella siempre fue así.

-Oh, no. No se puede confiar en cualquier persona.

A paso lento salieron de la casa, cerrando la puerta tras ellos.

-Quiero que hablemos de mi hija, Takeru.

El señor Yagami miraba al rubio con una mirada penetrante y un rostro serio. Se notaba que su hija era importante para él.


La Yagami salió del coche viejo de su padre, tomó las bolsas y entró en casa. Se la encontró vacía, así que supuso que sus padres habían salido a pasear, su padre siempre salía a esa hora. Colocó todo lo comprado y dejó las medicinas de su padre en la mesa del comedor. No tenía nada que hacer, así que pensó en salir a buscarlos, pero algo se cruzó en su campo de visión. El piano. Se acercó lentamente y pasó su mano por las teclas. Tras segundos de duda, decidió sentarse y automáticamente sus manos comenzaron a tocar la melodía que le indicaba la partitura frente a ella, era el Preludio de Bach. Hacía muchos años que había aprendido a tocarla, de hecho, no se acordaba exactamente cuando.

La castaña estaba muy ensimismada tocando, de hecho, no se dio cuenta de que la puerta se había abierta y de que ahora unos ojos azules la observaban.

Cuando terminó dio un suspiró y levanto la mirada, llevándose un susto tremendo, que casi le hizo caer del banco del piano. El rubio sonrió divertido ante aquella reacción.

-¿Qué…qué haces aquí, T.k? –se levantó y se acercó al rubio.

-Vaya, yo también estoy encantado de verte, Kari –sonrió burlonamente-. Vengo a verte.

-Oh.

La castaña no sabía que decir. ¿Le importaba tanto como para hacer un viaje tan largo para verla?

-Cualquiera diría que no te alegras de verme. ¿No me estarás escondiendo nada?

-Claro que no. No pienses eso. Solo es que me sorprendiste.

-Lo sé, bonita. Solo bromeaba –acarició la mejilla de la joven-. Te veo muy tensa.

-No es nada- negó con la cabeza-. ¿Cómo has entrado? ¿Y cómo hasta conseguido la dirección?

-Tai me dio la dirección. Y llegué hace una hora y media, me abrieron tus padres, estuvimos hablando y luego salir a pasear con tu padre.

-Ya veo.

Kari sonrió tímidamente mirando aquellos ojos que tanto le gustan. Él agachó la cabeza para poder besarla, echaba de menos hacerlo.

-Ven, vamos a ver mi padre.

Fueron a la cocina, donde su padre estaba sentado. Los miró y sonrió. Estaba feliz de ver que alguien, aparte de Tai, cuidaría a su pequeña cuando él ya no estuviera.

-Hacéis muy buena pareja, chicos.

Kari se sonrojó y T.k. se rió del comentario.

-Le he dicho que se puede quedar. Que elija donde dormir –dijo guiñándole el ojo a su hija, que volvió a sonrojarse.

-Vale, papá. Ahora le enseño las habitaciones. ¿Qué queréis de cenar?

-Cualquier cosa ligera.

Ella asintió ante las palabras de su padre y miró al rubio.

-Oh, por mi no te molestes, cualquier cosa estará bien.


Acababa de acostar a su padre y decidió ponerse el pijama antes de pasar un rato con Takeru en el salón.

De sus ojos comenzaron a brotar gruesas lágrimas. Ver que su padre cada día estaba más débil y que le acechaba la muerte estaba acabando con ella poco a poco. Intentaba ser fuerte por él. Él parecía no tener miedo de la muerte, parecía feliz que tener a su hija allí, que con haberse reconciliado con sus hijos podía marcharse feliz de ese mundo.

Se dejó caer en el suelo, tapó su rostro y se apoyó en la cama. Intentó ahogar su llanto, no quería que su padre, que estaba en la habitación de al lado, la escuchara. Tenía que ser fuerte por los dos. Las lágrimas continuaban cayendo, no podía con esa situación.

Sintió unos brazos rodeándola y se volteó a ver a aquel chico que tanto quería, que se había arrodillado a su lado.

-Ven aquí, bonita.

La abrazó y ella se apoyó en su pecho, mientras poco a poco sus lágrimas se calmaban. La presencia del rubio le trasmitía una gran calma, que aquellos últimos días no había tenido. Muchas noches su rostro había acabado lleno de lágrimas.

Cuando parecía calmada, la tomó en brazos y la bajó al salón, allí podrían hablar más tranquilamente. La sentó en su regazo, apoyando todavía su cabeza en su pecho y le acarició el pelo.

-No puedo con esto, T.k.- dijo en un leve susurro-. Cada día está más débil y se me parte el corazón. A veces me cuesta contener las lágrimas delante de él.

-Lo sé, bonita. Esto es muy difícil y por eso he venido, para apoyarte.

Ambos callaron. Él continuaba acariciándola, mientras ella sentía arder sus ojos.

-Le estás haciendo muy feliz, Kari. Le has dado lo que más quería, tu perdón.

Sus ojos se encontraron y ella le sonrió tímidamente. T.k. nunca había visto esos ojos castaños tan llenos de tristeza, y le dolía en el alma.

Permanecieron en silencio un buen rato. Ella no necesitaba palabras. La presencia de ese rubio al que tanto quería le daba fuerza para hacer frente a aquel mal momento. Acabó quedándose dormida en sus brazos.


La luz que entraba por la ventana la había despertado y le dolían los ojos. ¿Cómo había llegado hasta su cama? Oh, T.k. Sonrió y volteó a ver la hora. Las nueve y media, mierda, por qué no le había sonado el despertador. Todos los días se levantaba pronto para ayudar a su padre y hacerle el desayuno.

Se levantó rápidamente y se dirigió a la habitación de su padre, encontrándosela vacía y la cama hecha. Bajo las escaleras rápidamente y suspiró al ver a su padre y el rubio viendo la televisión y riendo.

-Buenos días, hija.

Los dos hombres la miraron y ella se tranquilizó.

-Buenos días, papá.

-Te hice el desayuno, no cocino tan bien como tú, pero es comestible –dijo el rubio con esa sonrisa que tanto le gustaba a la castaña, mientras se acercaba-. Tu padre me ha dicho que te encantaban las tortitas, así que las hice. Las he probado, no tienen mal sabor, te lo aseguro.

La joven siguió al rubio a la cocina.

-¿Sirope?

Kari lo tomó de la muñeca llamando su atención.

-¿Por qué no me despertaste? ¿Y por qué me apagaste el despertador? –dijo bajando la voz, aunque estaba algo cabreada.

-Kari, necesitabas descansar- dijo el rubio pasándose la mano por el pelo-. Anoche cuando te llevé a la cama vi que lo tenías puesto y te lo apagué. Puse la alarma de mi móvil para despertarme y ayudar a tu padre cuando se despertara, no pienses que lo iba a dejar solo.

El corazón de Kari se ablandó tras aquellas palabras y le dio una leve sonrisa.

-Gracias, T.k.

Tomó el sirope, se sentó y comió las tortitas. Aunque el rubio le había dicho que no sabían muy bien, pero para ella sabía a gloria.


-¿Estáis seguros?

-Kari, hija, no me hagas levantarme y sacarte de casa con mis propias manos- dijo su padre que estaba sentado en un sillón-. Susumo me cuidará, no te preocupes. Disfruta un rato cariño.

Ella suspiró, su padre era un cabezota, como ella.

-Vale, papá. Ya sabes, si necesitas algo, llámame. Volveremos a las 9.

Eran las seis y media y Yuuko prácticamente los había echado de casa.

-Hazle olvidar un rato a su viejo, T.k.

-Vale. Nos vemos en un rato.

El rubio tomó la mano de su novia y salieron. Decidieron ir a la zona centro de la ciudad, hacer alguna compra y enseñarle a Takeru como era la ciudad.

Iban riéndose, con las manos tomadas cuando un chico se puso frente a la castaña.

-Hikari Yagami, hace siglos que no te veía. ¿Cómo estás? –dijo con una voz chillona.

-Davis- soltó el agarre del rubio y abrazó al castaño-. Estoy muy bien, ¿tú qué tal?

-Yo también. Estás incluso más guapa que antes.

Aquel chico sintió que unos ojos se clavaban en su persona y miró al rubio de forma desafiante.

-Davis, él es T.k.

El rubio le extendió la mano y se dieron un apretón de manos, más fuerte de los que debía ser. Al soltarse, Takeru pasó su brazo sobre los hombros de la castaña, sonriendo triunfante.

-Ya te veré otro día. Pasarlo bien. ¡Hasta luego!

-Adiós, Davis.

Observaron como el joven desaparecía por una calle cercana y la castaña dirigió a su mirada.

-¿Por qué tan posesivo?

-¿Hace falta que te lo diga? Te estaba comiendo con la mirada y no lo soporto.

-Sabes que solo te quiero a ti- sonrió y le dio un beso-. Ya no tengo nada con él.

Continuaron andando, pero poco después el rubio se detuvo y miró a la chica.

-¿Fue tu novio?

-Sí-respondió tímidamente.

-Así que fue con él con quien…

-No, T.k. Davis fue mi novio cuando teníamos quince años. Fue un noviazgo a escondidas. Si mi padre y mi hermano se hubieran enterado lo hubieran matado.

Él sonrió ante lo último. Volvió a tomar la mano de la castaña y continuaron paseando por la ciudad. Por primera vez Takeru se preguntaba con cuántos chicos habría estado la Yagami.


Buenas noches! Hacía tiempo que no me pasaba por aquí. Espero que les guste y me encantaría saber vuestra opinión.

Muchas gracias anaiza18! :)

Cuídense! :)