Prohibido

Jasper estaba sentado delante del piano, se encontraba en la que había sido la casa de sus abuelos. Su abuela Lucy, antes de morir, le había dejado a Carlisle la casa donde vivía por si la quería vender, pero Jasper le pidió a su padre que no lo hiciera ya que le traía muy buenos recuerdos y en esa casa era donde estaba el piano, su piano. De esa forma cuando Jasper necesitaba tocar el piano, o simplemente estar solo, se iba allí. Había decidido que cuando quisiera independizarse, remodelaría la casa y se instalaría allí mismo. Hacía unos meses que había empezado las obras en el piso de abajo y por lo tanto estaba todo lleno de polvo y de trastos viejos.

Había quedado con Edward, su mejor amigo, para adelantar trabajo. Conocía a Edward desde que tenía tres años, siempre jugaban juntos y habían hecho muchas travesuras los dos juntos. También se habían peleado muchas veces, pero en el fondo se querían como verdaderos hermanos. Edward fue el primero en enterarse de lo que Jasper tenía pensado, y desde que lo supo, lo apoyó en todo momento.

Jasper estaba inmerso en sus pensamientos cuando tocaron a la puerta. Era Edward que venía cantando, parecía muy alegre.

-¿Y esa alegría?-le preguntó Jasper con curiosidad.

-No lo sé, hace un día estupendo, ¿no te parece?-le contestó su amigo como si le hubieran dado en la cabeza con un bate de béisbol.

-Vale, explícamelo-le dijo Jasper frunciendo el ceño, mirando el cielo que cada vez estaba más nublado.

-¿Te acuerdas de aquella chica que conocí hace unos meses?

Jasper intentó memorizar.

-No la conociste, solo la viste cruzar la calle y te enamoraste perdidamente de ella-le recordó Jasper intentando no reírse.

-Bueno, si, es cierto. Pues resulta que hoy la he vuelto a ver, y me he armado de valor y he hablado con ella.

Jasper agrandó los ojos.

-¡¿Qué?! –Gritó-¡Cuéntamelo todo!, ¿Como ha sido?, ¿Qué le has dicho?

-Solo me he presentado y le he dicho que me gustaría saber como se llamaba. Su nombre es Isabella, aunque prefiere que la llamen Bella. Estudia literatura en la Universidad Loyola y me ha dicho que tenía prisa. Yo le he dicho que si le molestaría que nos viéramos otro día para tomar café y ha aceptado.

-No puedo creerlo-le dijo Jasper con la boca abierta y los ojos como platos.

-Pues créetelo.

-Vaya, me alegro mucho por ti, parece que por fin algo relacionado con el amor te sale bien-le soltó Jasper intentando hacerle enfadar.

-Al menos mejor que a ti-le pinchó Edward, sabía que entraba en terreno prohibido. A Jasper no le gustaba hablar de ese tema.

-Lo que pasó, pasó y se acabó. No quiero hablar de eso y lo sabes.-farfulló Jasper.

-Lo siento, pero creo que algún día deberías hablar de lo que pasó con María con alguien.

-¡Ya está bien, Edward!-gritó Jasper exaltado.-No la vuelvas a nombrar, no quiero saber nada de ella. Y ahora por favor vamos a trabajar.-le suplicó.

Se pusieron manos a la obra en seguida, solo se dirigieron las palabras justas ya que el silencio no era para nada incómodo. Llegó la hora en que Edward tuvo que marcharse y Jasper se quedó solo en la casa.

Ya había anochecido, y estaba un poco cansado. Se sentó en las escaleras y empezó a pensar en lo que le había dicho Edward. Tal vez le vendría bien hablar con alguien sobre aquel tema que él consideraba prohibido, pero no se atrevía, siempre que podía lo evitaba. Le resultaba demasiado doloroso pensar en ello. Así que decidió dejarlo correr e irse a su casa, le estarían esperando para cenar.