Clases

Le despertó una débil luz que se colaba por la ventana. Miró el reloj, eran las seis de la mañana, ya estaba amaneciendo. Decidió levantarse, ya que después le costaría más, y así aprovechaba el tiempo preparándolo todo. Bajó en pijama a la cocina y se encontró con su padre que estaba desayunando.

-Buenos días papá-dijo Jasper bostezando.

-Buenos días hijo. ¿Cómo estás esta mañana?

-Bien, muy feliz, tengo ganas de ver como son las clases y la gente y los profesores. También estoy un poco nervioso-le dijo a su padre mientras se preparaba un café.

-Es normal Jasper. Me alegro de que hayas dado un paso tan grande. Ahora tienes que aprovecharlo al máximo.

-Lo sé, me esforzaré cada día- se sentó en una silla y empezó a tomarse el café.

-Bueno hijo, yo me voy ya que si no, no llegaré a la consulta. Suerte Jasper-le dijo sonriéndole desde el umbral de la puerta.

-Gracias papá.

Su madre aún no se había levantado, así que dejó la taza en el fregadero y subió a su habitación para vestirse. Se puso algo sencillo y cómodo. Esperaba no desentonar demasiado entre aquella gran multitud de adolescentes ricos.

Cogió una especie de maletín de piel que le había comprado su madre y metió un cuaderno y una pluma que le había regalado su abuelo cuando él tenía cinco años, al menos era elegante. Miró el reloj, eran las siete. Decidió salir de casa, así tendría tiempo de pensar y llegaría con tiempo de sobras a clase.

La ciudad había empezado a despertarse, el sol ya había salido y la gente salía de sus casas, para comprar y para trabajar. Hacía un día muy claro, no había ninguna nube en el cielo y eso le gustaba.

Se sentó en un banco de la plaza Jackson. Delante de él se encontraba la catedral de San Luis. Era espectacular, siempre le había gustado contemplarla. De su maletín sacó el horario de las clases para intentar memorizarlo, así se entretendría. Empezaba todos los días a la ocho en punto, cada clase duraba sesenta minutos, el horario de mañana se terminaba a la una y media. A las cuatro volvía entrar hasta las siete. Era un horario duro y aburrido, pero debía aguantarse. Todos los días, a primera hora daba clases de piano con el profesor Griffin, a segunda le tocaba historia de la música con una tal profesora Reaser, en esa clase se juntaban todos los alumnos aunque no dieran piano. Era una clase general. Después tenía un descanso de media hora en el cual podían salir de la escuela. La tercera hora hacía solfeo con la profesora Garret, la cuarta volvía a hacer clase de piano y la última clase de la mañana hacía repaso general de todas las materias básicas como literatura, matemáticas y demás. También era una clase general donde se encontraría con muchos compañeros que no hacían piano.

Por la tarde, hacia solfeo, historia de la música y piano otra vez. Era un horario muy repetitivo, pero se moría de ganas por hacer piano con el profesor Griffin. Los viernes no tenía clases por la tarde. Miró de nuevo el reloj, ya eran las siete y treinta y cinco, decidió ir hacia la academia, no quería llegar el primero ni tampoco el último. Cuando llegó, entró detrás de un grupo de chicos que se pararon en un banco que había dentro de la academia. Al pasar por delante de ellos, todos se le quedaron mirando, y pudo observar como se decían cosas los unos a los otros, pero Jasper no hizo caso y se encaminó hacia el aula 20.