Días de sol I

El día fue tan fabuloso como prometía y más.

Cuando salieron de la bahía se dirigieron a la isla Thirasia, ubicada justo frente a Oia, la rodearon aprovechando los vientos y fondearon en Riva, el puerto principal, que era que un encantador pueblo de pescadores con unas pocas casas sobre la costa y casi ningún turista, eso les encantó. La gente era sencilla y amable, vivía de los frutos de la tierra y el mar y, en los últimos años, trataba de resistir los embates del turismo internacional y mantener esas tradiciones que pasaban de generación en generación desde hacía siglos.

Una de las usanzas que más les llamó la atención, especialmente a Will, eran unas hileras de cuentas llamadas komboloi que llevaban los hombres. Según les explicaron esas cuentas tenían origen en el Asia antigua y se usaban con fines religiosos pero con el tiempo su significado había cambiado y los griegos modernos las usaban para rezar, calmar los nervios, o simplemente porque les gustaba. Otra costumbre muy arraigada era la de la buena cocina y a ella se entregaron con fruición degustando unos pescados a la parrilla recién salidos del mar que comieron rociados con limón y aceite de oliva. Un manjar.

Volvieron al velero, prometiéndose regresar otro día para explorar la isla, y se dirigieron hacia Thira, la capital de la isla, pero no se detuvieron porque habitualmente estaba repleta de gente, en cambio siguieron bordeando la caldera hasta llegar a las playas blanca y roja, al sur de la isla. Desde el mar se veía que estaban a pleno y parecía divertido pero prefirieron quedarse en el velero y hasta se animaron a tirarse al mar y nadar en lo profundo. A Lizzie le daba vergüenza admitirlo pero al principio estaba un poco aprehensiva porque tenía la fantasía de que una criatura saldría del fondo del mar para atraparla. Will rió a carcajadas hasta que ella anunció que salía del agua, entonces se apiadó y la ayudó a olvidar su miedo distrayéndola con actividades bastante más interesantes que el nado. Tan entretenidas eran esas actividades que cuando regresaron al barco les llevó menos de un minuto llegar a la habitación, quitarse la ropa (que esa vez era poca, por suerte) y arrojarse en la cama, y no les dio la más mínima culpa pasar gran parte de la tarde en el interior de la cabina a pesar de que se estaban perdiendo un hermoso día de sol.

Cuando salieron del dormitorio, alborotados y riendo como niños, estaba atardeciendo y vieron la caída del sol mientras desde el mar. Como Will no podía dejar el timón Lizzie se colocó delante de él, entre sus brazos, y pilotearon juntos hacia el atardecer. Fue un momento mágico y aunque ninguno de los dos lo dijo, ambos sintieron una punzada en el corazón.

Cuando llegaron de vuelta a Ammoudi, Lizzie bajó a darse una ducha mientras Will terminaba las operaciones de amarre y luego fue él quien tomó un baño mientras ella preparaba la cena. Cuando Will regresó a cubierta la encontró de rodillas en una manta que había extendido en la proa, sobre la que estaba colocando varios platillos. Tenía todavía el cabello un poco húmedo y llevaba un vestido floreado, muy alegre y bastante corto que resaltaba su bella figura.

"Qué maravilla!", exclamó Will, admirando la comida pero sobre todo a ella.

Lizzie se volvió a mirarlo y fue su turno de quedar boquiabierta. Will tenía el pelo todavía mojado por la ducha y algunas gotitas se deslizaban hasta su pecho fuerte y musculoso visible a través de la camisa abierta, se había puesto unos pantalones cortos que dejaban a la vista la parte inferior de sus piernas torneadas e iba descalzo, tenía unos pies divinos. Lizzie pensó que si hubiera vivido siglos antes habría sido el modelo perfecto para una de esas representaciones de héroes mitológicos que adornaban los templos griegos.

"¿Estás bien Lizzie?", le preguntó mientras se acercaba con paso sensual y Lizzie supo que él sabía perfectamente la reacción que causaba en ella.

"Por supuesto. ¿Te gusta?", le preguntó señalando la comida con una mano pero sabiendo que sus ojos estaban fijos en ella.

"Me encanta", respondió él acercándose aún más.

"Bien, ve a buscar el vino. Blanco, por favor", le ordenó cortando su avance mientras le daba la espalda otra vez y cuando lo hizo pudo escucharlo resoplar. 'Yo también puedo jugar', se dijo divertida.

Al final Will volvió con un vino que había comprado en Italia y se sentó a su lado para disfrutar el banquete que Lizzie había preparado. Comieron ensalada griega, queso feta, aceitunas, alcaparras, unos dolmades que habían comprado por la mañana, pan pita y salsa de yogur. Todo estaba delicioso y tenían bastante hambre pero el juego de seducción no se detuvo y la comida fue el condimento perfecto para el disfrute.

El queso sabía más intenso, el yogur más fresco, el aceite de oliva más sensual y el vino más embriagador cuando venía de las manos o la boca del otro. La deliciosa comida sació sus apetitos pero no las ansias que tenían el uno del otro y terminaron haciendo el amor sobre la manta, suavemente, tomándose su tiempo para saborearse y prolongando la exploración hasta que les fue imposible contenerse más.

"Creo que nunca más voy a poder comer una aceituna sin sonrojarme", dijo Lizzie avergonzada escondiendo el rostro en el pecho de Will. Estaban recostados en la cubierta bajo el cielo cubierto de estrellas.

"Lo mismo digo, desde ahora hasta los tomates tendrán doble sentido para mí", replicó él divertido mientras tomaba la manta para cubrirlos a ambos y así protegerse de la fresca brisa marina. "Y tenías razón, la comida griega es deliciosa", dijo y ambos rieron suavemente.


"¿Will?", llamó Lizzie después de un rato.

"¿Hmmm?"

"Sólo por curiosidad… ¿tienes novia?"

"No ¿y tú?"

"Tampoco. No me gustan las mujeres."

"Ja, qué graciosa! ¿Tienes novio?"

"No tengo."

"Bien."

"Bien."

"¿Will?"

"Estás habladora esta noche ¿no?"

"¿No te parece raro que no hayamos dicho nuestros apellidos? Digo, hemos hablado bastante y de cosas personales y hemos hecho… bueno, otras cosas, pero los dos nos cuidamos de revelar nuestra identidad, digamos."

"Revelar nuestra identidad… Uhhh, suena misterioso!", rió Will. "Pero sí, es raro y la verdad no sé por qué lo hicimos. Yo te diría mi apellido cuando quieras, no tengo nada que ocultar."

"Yo tampoco pero

creo que me gusta, es… emocionante, clandestino. No me molestaría seguir con este juego un poco más."

"A mí tampoco, lo que me molesta es mi espalda, el piso duro me está matando", dijo Will y se alejó de ella para ponerse los pantalones mientras Lizzie se cubría con la camisa de él. "¿Qué te parece si llevamos todo adentro y comemos el postre en el dormitorio Mata Hari?", le preguntó ofreciéndole la mano para ayudarla a levantarse.

"No hay postre", respondió Lizzie ingenuamente.

"Claro que hay, lo estoy viendo ahora mismo", replicó él mirándola muy sugestivamente.

"Oh…"

"Oh."


Al día siguiente era lunes y la isla se liberó de los visitantes de fin de semana así que después de remolonear gran parte de la mañana en el velero y nadar a mar abierto decidieron tomar un almuerzo tardío en Oia y recorrer un poco el pueblo y comprar más provisiones. Dejaron el bote en la bahía, subieron la cuesta y eligieron para almorzar un restaurante con vista a la caldera donde se deleitaron con un increíble moussaka, luego recorrieron las callecitas empedradas visitando los negocios de suvenires y productos típicos. Lizzie compró una camisa de algodón para su padre, una blusa bordada para su prima Charlotte y en una joyería compró un anillo para su madre y unos aros para Jane, además ayudó a Will a elegir un precioso collar para su madre adornado con aguamarinas que a Lizzie le pareció delicado y muy elegante. Después pasaron por una tienda de ropa y Will le pidió que lo ayudara a comprar algo para su hermana, Lizzie le recomendó un vestido blanco, corto y muy veraniego.

"Es muy corto ¿no te parece muy corto?", preguntó Will preocupado.

"Para nada! ¿Cuántos años tiene?"

"Catorce."

"¿Y cómo es físicamente?"

"Delgada y un poco más baja que tú."

"Si quieres me lo pruebo y te fijas. Es más, creo que voy a comprarle uno a mi hermana menor."

Cuando Lizzie salió del probador con el vestido puesto Will la miró embobado sin escuchar una sola palabra de lo que decía mientras ella giraba y se movía para mostrarle que el vestido estaba bien.

"Will! ¿Me estás mirando el trasero?", preguntó Lizzie haciéndose la enojada.

"¿Eh? No!… Bueno… es que es muy corto!"

"Ay Will, pobre tu hermanita. No vas a dejar que tenga novio hasta los 30!", rió Lizzie pero al final lo convenció de comprarlo y le aseguró que le iba a encantar.

Mientras caminaban Lizzie reconoció el nombre de un hotel que había visto en una revista, Katikies, que tenía habitaciones excavadas en la roca y piscinas individuales en cada suite.

"¿Quieres conocerlo?", le preguntó Will.

"Claro, pero dudo que nos dejen entrar. Creo que es carísimo."

"Ven conmigo", le dijo y tomándola de la mano se acercó hasta la recepción.

"Buenos días, ¿puedo hacer algo por ustedes?", preguntó la empleada de recepción.

"Espero que sí. Esta belleza y yo nos casamos el año que viene", dijo Will abrazando a Lizzie por la cintura y mirándola con ojos almibarados, "y estamos pensando en pasar aquí nuestra luna de miel. ¿Tienen algún plan especial?"

"Por supuesto, permítanme un momento y les mostraré."

"¿Qué haces?", le preguntó Lizzie por lo bajo completamente asombrada.

"Querías conocer el hotel ¿no?", le respondió Will dándole un beso.

Así los encontró la recepcionista cuando regresó para mostrarles todas las opciones que tenían para recién casados y sonrió con dulzura cuando Will le dijo que estaba chapado a la antigua y prefería que su corazoncito no supiera el precio porque ese iba a ser su regalo.

"Pero bebé, quedamos en que la luna de miel la pagábamos entre los dos", le dijo Lizzie sumándose al juego.

"No nena, lo discutimos pero no acordamos. Por favor, déjame hacer esto por ti", le suplicó Will poniendo ojos de cachorrito.

"Bueno, lo voy a pensar", replicó Lizzie haciendo puchero.

Entonces la recepcionista ofreció mostrarles las instalaciones y algunas de las habitaciones que estaban disponibles para que pudieran decidir. Cuando iniciaron el recorrido Will tomó a Lizzie por la cintura y acercó la boca a su oído.

"No hagas eso Lizzie", le susurró.

"¿Qué?"

"Eso… con tu boca."

"Ah… ¿esto dices?", preguntó Lizzie haciendo puchero otra vez y vio como los ojos de Will se oscurecían por el deseo.

"Te salvas porque estamos en público corazón", le advirtió Will.

Visitaron el lounge, el comedor, la terraza, la piscina común y el spa y luego fueron a una de las suites y se quedaron pasmados cuando vieron los ambientes completamente blancos, amoblados en estilo moderno pero cálido a la vez y lo que más les gustó, además de la vista, era la pequeña piscina de la habitación ubicada entre el área de estar y la terraza privada, resguardada de miradas indiscretas por un arco de piedra blanca. Todo muy sensual.

Cuando volvieron a la recepción fingieron estar realmente interesados y Lizzie tuvo que ocultar una sonrisa cuando vio que la recepcionista le entregaba disimuladamente a Will el listado de tarifas e intercambian algunas palabras en voz muy baja. Salieron del hotel casi corriendo y recién cuando estuvieron a unos cien metros se permitieron soltar la carcajada que estaban conteniendo.

"No puedo creer que alguien diga que eres aburrido. Eso fue genial!", exclamó Lizzie cuando por fin pudo parar de reír.

"Cuando volvamos te voy a presentar a mi primo, a ver si me deja de molestar", retrucó Will.

"Claro, yo lidiaré con él. Nadie va a hablar mal de mi cachorrito", le dijo haciendo puchero otra vez.

"Te pedí que no hicieras eso cielo", le advirtió Will acercándose a ella y arrinconándola contra una pared.

"Ups! ¿Y ahora?"

"Ahora, vamos a volver al barco y…"

"Tenemos que hacer las compras!", exclamó Lizzie liberándose de él. "Además quiero llamar a casa antes de volver… osito."

"Te salvaste otra vez, pero no tientes tu suerte", amenazó Will.


"Hola Jane."

"Lizzie! Qué bueno que llamas. ¿Dónde estás?"

"En Santorini. Ojalá estuvieras aquí Jane, esto es increíble."

"Oh, a mí también me encantaría. ¿La estás pasando bien? ¿Qué haces?"

"Genial. He ido a la playa, a pasear por el pueblo, a nav… eh… di un paseo en barco y comí, mucho. La comida es increíble Jane, te encantaría. Compré un libro de recetas para hacerlas en casa."

"Suena divertido. ¿Conociste a alguien?"

"¿Qué quieres decir?"

"Que si conociste a alguien, no sé, en el hotel, como nos pasó en Roma. ¿No estarás todo el tiempo sola, no?"

"Eh… bueno… ya me conoces, siempre estoy hablando con alguien."

"Elizabeth Bennet! ¿Me estás ocultando algo?"

"No! ¿Qué dices? Mira, tengo que cortar. Dale saludos a todos en casa."

"Está bien. Diviértete y envíame un mensaje cuando salga el avión."

"Claro Jane. Adiós. Te quiero."

"Yo también. Cuídate."


"Darcy."

"¿Papá?"

"Hijo, qué alegría!"

"¿Qué haces en casa? ¿No fuiste a trabajar?"

"Eh… claro que fui, pero volví temprano. Tenemos una cena."

"Ah…"

"¿Por dónde andas?"

"Santorini."

"Fabuloso ¿no? Anduve por allí cuando era joven, recuerdo a una chica. María se llamaba, creo."

"Espero que haya sido antes de mamá."

"No me hables como si me estuvieras retando y por supuesto que fue antes de tu madre. Recuerdo que había lindas chicas en Grecia."

"Y que lo digas!"

"¿Qué?"

"Nada. ¿Me pasas con mamá?"

"Está durmiendo."

"¿A esta hora? ¿Está bien?"

"Claro, sólo quiere estar descansada para la cena."

"Está bien. ¿Cómo está Georgie?"

"No la reconocerás cuando la veas, ha crecido tanto! Está cada día más hermosa, idéntica a tu madre."

"¿Estás bien papá?"

"Claro hijo. ¿Regresas a fin de mes?"

"Me parece que regreso desde aquí."

"¿Por qué?"

"Ya estuvo bien. Quiero volver."

"Como quieras pero… no tienes que volver todavía si no quieres. Lo sabes ¿verdad?"

"Claro papá, lo sé… Te haré saber cuándo vuelvo. Dale un beso a mamá y a Georgie de parte mía."

"Lo haré hijo, diviértete."

"Lo haré papá. Adios."

"Adios."


Próximo capítulo: Días de sol II