Gracias otra vez por los hermosos comentarios y para las que preguntaban para qué le había puesto rating M, aquí lo tienen, al fin me animé. Es la primera vez que escribo una escena de este tipo, espero que haya salido bien y que les guste. Si no quieren leer tantas "intimidades" (no se asusten, estuve muy discreta) simplemente pasen esa parte, no es fundamental.
Deslumbrante
"¿Qué quieres hacer hoy?", le preguntó Will a Lizzie mientras desayunaban en la cubierta.
"Me gustaría ir a alguna de las playas que vimos el otro día desde el mar. ¿Te parece?"
"Me encanta. Podemos atracar en Thira y tomar algo desde ahí."
"¿Por qué no vamos por tierra? Así no tendrás que estar pendiente del barco y podrás descansar realmente. Ya sabes, sólo tirarnos en la arena y tomar el sol."
"Suena bien. Podríamos rentar una moto."
"¿Y podré conducir?", preguntó Lizzie entusiasmada.
"¿Sabes hacerlo?"
"No, pero tú me puedes enseñar ¿verdad? Osito", le pidió Lizzie haciendo puchero y subiéndose a su falda para darle unos convincentes besos en el cuello, todo al mismo tiempo.
"Oh Lizzie. Es un placer tan grande estar contigo", le dijo Will sonriendo y cuando Lizzie lo miró a los ojos vio una luz especial en ellos y su corazón se contrajo, por lo que podía leer en su expresión y por lo que ella misma sentía, algo tan intenso que era difícil de asimilar en ese momento.
"¿Eso quiere decir que me vas a enseñar?", preguntó Lizzie bromeando para ocultar lo afectada que estaba.
"Lo voy a pensar pero mejor vamos ya así aprovechamos bien el día", respondió Will levantándose rápidamente y obligando a Lizzie a hacer lo mismo. Le costaba reconocerlo pero empezaba a sentir cosas por ella y simplemente era demasiado pronto. 'Hace sólo tres días que la conoces', se recordó a sí mismo.
Fueron en bote hasta la isla, rentaron una moto y partieron. Al principio estaban los dos muy callados pero enseguida recuperaron el buen humor y para cuando llegaron a la playa estaban tan contentos como en los días anteriores. Rentaron dos reposeras y se tiraron a tomar sol, cada uno con un libro, compartiendo unos tragos y charlando, como cualquier pareja normal.
Sólo que ellos no eran una pareja normal. Si lo fueran, Will habría admitido sentir celos por las miradas de admiración que le dedicaban a Lizzie los hombres que estaban a su alrededor (ella llevaba un bikini verde agua con florcitas turquesas que se ajustaba perfectamente a su preciosa figura y hacía resaltar el tono dorado de su piel bronceada), pero no lo eran así que, frustrado, decidió ir al mar a ver si el agua le enfriaba… la cabeza. Nadó un rato pero no podía evitar volver la mirada hacia ella y desde el mar la observó concentrada en la lectura, con los ojos entrecerrados por la luz del sol y una pequeña sonrisa en la boca, seguramente divertida por lo que estaba leyendo. Eran tan encantadora. De repente vio como un muchacho se sentaba a su lado y comenzaba a hablarle, paralizado observó como Lizzie le sonreía, sólo por educación quiso creer, y conversaba con él. Salió del agua lo más rápido que pudo y se acercó a ella tratando de no correr.
"El agua está preciosa nena, ¿no quieres entrar?", le dijo ignorando al joven que estaba junto a su Lizzie como si no existiera y dirigiéndose sólo a ella.
El muchacho se dio vuelta para mirarlo y Will se paró delante de Lizzie mostrando una de esas irresistibles sonrisas suyas mientras pasaba una toalla por su torso perfecto, entonces el tipo, a quien Will parecía no ver, entendió la situación y emprendió la retirada murmurando algo inentendible.
"¿Se puede saber qué fue eso nene?", le preguntó Lizzie divertida.
"Te estoy invitando al mar, ¿no vienes?", le preguntó Will mientras le ofrecía la mano.
"¿No viste que estaba hablando con alguien?", insistió Lizzie.
"No, ¿con quién?", preguntó él haciéndose el tonto y mirando a su alrededor.
"No lo puedo creer…", murmuró Lizzie.
"¿Qué?"
"¿Estabas celoso?"
Will pensó en decirle que no pero no podía mentirle a esos ojos que lo tenían loco.
"Es que no te das cuenta de cómo te miran los hombres aquí", le dijo haciendo puchero mientras se sentaba a su lado.
"Pero me doy cuenta cómo te miran las mujeres a ti y no hago ninguna escena", le dijo como si le estuviera hablando a un niño pequeño y travieso.
"A mí nadie me mira."
"Oh sí que te miran! ¿Ves esas chicas de allá?", preguntó Lizzie señalando a un grupo de rubias reunidas a unos metros de ellos. "No te han quitado los ojos de encima en toda la mañana." 'No es que las culpe, por supuesto.'
"¿Celosa?", le preguntó él acercándose más.
"Presumido", le reprochó ella bajando la vista hacia su libro.
"Ven", le pidió tomando su mano.
"Estoy leyendo", respondió Lizzie tratando de ignorarlo pero Will no se conformó con la respuesta y le quitó el libro de las manos para después pasar un brazo por su espalda, el otro por debajo de sus rodillas y alzarla mientras ella gritaba. "¿Qué haces? Bájame!"
"Te llevo al agua nena", le dijo ignorando sus pedidos.
"Pero… nuestras cosas, no podemos dejarlas", protestó Lizzie.
"Oh, tienes razón." Will se detuvo y mirando a la pareja que ocupaba las reposeras de al lado les pidió que las cuidaran. "Listo, al agua!", gritó y corrió con Lizzie en brazos hasta que el agua le llegó a la cintura. En el camino los gritos de Lizzie se habían transformado en risas y cuando él la soltó en el mar se colgó de sus hombros e intentó hundirle la cabeza dando inicio a una batalla que, como era su costumbre ya, terminó en acalorados besos y caricias que casi los hacen enloquecer.
Al mediodía dejaron la playa para almorzar en una taberna sobre la costa y luego fueron en busca de una playa un poco más tranquila. Eligieron una frecuentada por gente grande y familias y pasaron casi toda la tarde hablando de sus familias, sus amigos, su infancia, su vida y de lo que esperaban para el futuro. El hecho de que siguieran sin revelar sus nombres no era ningún obstáculo para que la conversación se desarrollara fluidamente y a cada hora que pasaba sentían que se conocían mejor.
Regresaron antes del atardecer porque Lizzie le recordó a Will que aún no había tomado las fotos que le había prometido a su hermana. En el camino él se ofreció a enseñarle a conducir la moto pero ella prefirió el lugar de acompañante, así podía disfrutar del paisaje (y rodearlo con sus brazos y apoyar la cabeza en su hombro y darle besos en la nuca). Cuando llegaron a Oia devolvieron la moto y fueron al mirador a ver la puesta de sol, ahí tomaron las famosas fotografías que Will le debía a Georgiana y se tomaran varias a sí mismos, riendo ante lo ridículo de las tomas. Mientras caminaban por el pueblo Lizzie vio al chico con el que había hablado en el ferry. Tirando de Will lo puso frente a ella para que la tapara.
"¿Qué pasa?", preguntó Will extrañado.
"Nada", mintió Lizzie pero él siguió su mirada y vio a muchacho.
"¿Quién es?", Lizzie no contestó. "No me digas que es… ¿tu novio?", preguntó medio espantado.
"No! Te dije que no tenía novio."
"¿Y entonces?"
"Lo conocí en el ferry cuando venía hacia aquí, charlamos y me invitó a bajar con él e ir a tomar algo. Le dije que sí pero a último momento me arrepentí y salí corriendo sin que me viera. Me porté como una tonta!"
"No. Hiciste muy bien. No hay que hablar con extraños", le dijo Will guiñándole un ojo y luego se dio vuelta a mirarlo. "¿Te gustan los rubios?"
"Evidentemente no", le respondió mirándolo significativamente. "A mi hermana le gustan así."
"¿En serio? Mi mejor amigo es muy parecido, los podríamos presentar."
"No sé si quiero que conozcas a mi hermana", replicó Lizzie haciendo ese puchero que a Will lo volvía loco.
"¿Por qué?"
"Porque es muuuuy linda."
"¿Más linda que tú?"
"Sí."
"Eso me resulta muy difícil de creer", dijo él con dulzura y Lizzie tuvo que bajar la vista porque no podía resistir la profundidad de su mirada. "Cuidado, ahí viene!", exclamó Will de repente y con un rápido movimiento la arrinconó contra una pared, cubriéndola con su cuerpo, y la besó apasionadamente.
El cuerpo de Lizzie reaccionó más rápido que su mente y antes de entender que pasaba le estaba respondiendo con la misma intensidad. Después de un rato tuvieron que separarse para tomar aire y Lizzie aprovechó para preguntar si el rubio todavía estaba por ahí.
"¿Crees que me vio?", le preguntó ella ansiosa. Él no contestó. "Will, ¿me vio?"
"Se había ido para el otro lado", confesó él por fin.
"Te aprovechaste de mí. Qué vergüenza! Y yo que te creía un caballero", exclamó Lizzie empujándolo y haciéndose la indignada.
"Vamos osito, no te enojes", suplicó él tomándola del brazo para impedir que se fuera.
"No me digas osito", replicó ella levantando un dedo acusatorio, "eso te lo digo yo, para ti soy nena."
"¿Te gusta que te llame así?", le pregunto Will acercándose a ella y posando las manos en su cintura. Lizzie asintió coqueta. "Entonces lo que voy a decir te va a gustar más, tengo una sorpresa para ti nena."
"¿Qué es?", preguntó Lizzie ilusionada como niño en navidad.
"Mañana por la noche lo sabrás. Sólo te diré que hice una reserva y tendremos que arreglarnos un poquito. Con que te pongas un bonito vestido estará bien. ¿Tienes uno?"
"Sí, tengo uno que compré en Milán y traje por las dudas. Pero ¿cuándo hiciste la reserva? No te vi."
"Ah… secreto."
"¿Adónde vamos a ir, a cenar?"
"Sorpresa."
"Uy, qué pesado!", lo retó Lizzie pero no pudo estar molesta con él mucho tiempo porque le encantaban las sorpresas.
Lizzie quería comprar esmalte de uñas para la noche siguiente y Will necesitaba aceite para el barco así que se separaron y quedaron en encontrarse una hora después. Luego volvieron al barco y mientras Will le hacía mantenimiento al motor Lizzie se pintaba las uñas de los pies con un barniz dorado que acababa de comprar. Casi estaba terminando cuando Will apareció en la cubierta de proa y la vio en plena sesión de belleza.
"¿Por qué será que los pies de las mujeres son tan sensuales cuando se pintan las uñas?", le preguntó sorprendiéndola mientras se acercaba hacia ella e intentaba tomarle un pie.
"Oh no señor, deténgase ahí. El esmalte aún no está seco y usted tiene las manos muy sucias", le advirtió.
Resignado Will fue a bañarse y Lizzie sonrió al verlo regresar sólo 15 minutos después con el pelo revuelto y aún húmedo, vistiendo pantalones cortos, con la camisa abierta y descalzo, como a ella le gustaba.
"¿Puedo ahora?", le preguntó mostrándole las manos que lucían impecables. Lizzie asintió con la cabeza. Will tomó uno de sus pies, lo acarició y lo besó suavemente, luego tomó el otro e hizo lo mismo, después, tomándole ambos tobillos, la arrastró hacia sí mientras subía las manos por sus piernas hasta llegar a sus caderas. Le besó el ombligo y la franja de piel visible entre sus shorts y la camiseta blanca, continuó subiendo dándole suaves besos aquí y allá hasta llegar a su escote.
"He notado que tú no sudas, pero cuando tienes mucho calor aparecen unas pequeñas gotitas aquí", Will acercó su boca al valle entre sus pechos. "Me encanta", y le dijo y las absorbió con la punta de su lengua.
Lizzie dejó escapar un gemido de placer.
"Y me encantan estas marcas", le dijo mientras deslizaba sus labios por la línea blanca que le habían dejado los breteles de la bikini sobre la piel ahora bronceada.
Will era tan sensual que con un toque casi imperceptible la hacía enloquecer pero lo más increíble era que despertaba en ella sensaciones que nunca había experimentado, le hacía sentir ansias de más y le quitaba por completo la vergüenza.
Cuando Will llegó a su cuello Lizzie estaba acostada sobre la cubierta y él encima pero casi sin tocarla y eso ya no era suficiente para ella. Con un audaz movimiento se abrazó a él con brazos y piernas y lo hizo girar hasta que ella quedó arriba. Will la miró sorprendido y fascinado mientras Lizzie le abría por completo la camisa y acariciaba su pecho.
"Y a mí me gustan éstas marcas", dijo trazando con los dedos sus abdominales esculpidos, "y esta me gusta aún más", siguió mientras recorría con su lengua la línea de piel pálida de su cadera, apenas asomando por sobre el borde de sus pantalones.
Entonces fue Will quien gimió.
Lizzie levantó apenas la cabeza para mirarlo con una sonrisa muy sexy y volvió a subir muy lentamente, deteniéndose aquí y allá para besarlo o tocarlo, hasta que estuvieron cara a cara y justo cuando Will intentaba incorporase para besarla ella se levantó.
"Vamos abajo. Lo que queda de esta película no es para todo público", le dijo y cuando Will se levantó lo tomó por la cintura de sus pantalones y, sin dejar de mirarlo, lo condujo al interior de la cabina.
Lizzie fue retrocediendo por la cubierta con paso sensual y una sonrisa felina, su mano todavía en la cintura de los pantalones de Will. Él tenía ganas de tocarla pero también le gustaba está experiencia nueva de dejarse llevar. Cuando llegaron a la empinada escalera Lizzie bajó sin darse vuelta y casi sin dejarle espacio a él para que bajara por lo que el cuerpo de Will tuvo que rozarse por completo contra el de ella. Cuando Lizzie alcanzó el último escalón Will estaba por la mitad del recorrido con el vientre a la altura del rostro de ella, entonces Lizzie lo detuvo, lo miró a los ojos, le quitó la camisa que quedó olvidada en un escalón y luego dedicó su atención a su amplio pecho y su vientre plano recorriéndolo con las manos y la boca. Masajeó sus pectorales con adoración y cuando sus pezones estuvieron erguidos los lamió, primero uno y luego el otro, hasta que Will soltó un gemido, después se dedicó a sus abdominales trazando cada marca con la punta de su lengua y siguió bajando siguiendo con los dedos el triángulo de su pelvis, colocó una mano sobre su entrepierna sintiendo su dureza, con la otra mano le desabrochó el botón de los pantalones y estaba a punto de bajarle el cierre cuando Will la detuvo con un gruñido y rápidamente terminó de bajar la escalera, la levantó por las caderas y la empujó contra la puerta del armario.
"Me vuelves loco", le dijo con voz ronca e inmediatamente se apoderó de su boca.
Lizzie le respondió envolviéndolo con sus piernas y metiendo las manos en su pelo para atraerlo aún más hacia ella. Mientras se besaban Will se movía arriba y abajo deslizando su erección por la entrepierna de ella y ambos podían sentirse a través de sus ropas de tan excitados que estaban. Lizzie recorría la espalda de Will con sus manos mientras él deslizaba las manos por las piernas de ella hasta alcanzar sus nalgas por debajo de sus shorts. Pronto necesitaron más y Will, con Lizzie aún enredada alrededor suyo se movió hasta la mesa y la colocó sobre ella. Se miraron a los ojos unos segundos mientras él le quitaba la camiseta dejando al descubierto sus pechos perfectos que tomó con sus manos casi con reverencia, Lizzie cerró los ojos y ronroneó con placer. Will tomó uno de sus pechos con la boca mientras le acariciaba el otro con la mano, rodeando un pezón con su lengua y tomando el otro entre sus dedos, endureciéndolos. Lizzie le tomó la cara con ambas manos y lo atrajo hasta que sus labios se tocaron.
Se besaron con menos urgencia y más dedicación tomando los labios del otro entre los suyos, succionando, mordiendo suavemente. Sin dejar de besarla Will deslizó una mano por su vientre hasta llegar a la cintura de sus shorts, desprendiendo uno a uno los botones para luego deslizar una mano dentro de su ropa interior y tocar su caliente humedad.
"Ahhhh….", gimió Lizzie echando la cabeza hacia atrás, arqueándose.
Él siguió provocándola hasta que su propia excitación le hizo desear estar dentro de ella, entonces la alzó nuevamente y la condujo hasta el dormitorio. Cayeron juntos en la cama y con manos frenéticas se deshicieron de la poca ropa que llevaban puesta hasta quedar completamente desnudos, piel contra piel. Will se estiró en la cama para buscar un preservativo y Lizzie aprovechó para acariciarle la espalda y el precioso trasero y no pudo evitar la tentación de pellizcarle un cachete.
"Auch!", exclamó, se dio vuelta y la tomó entre sus brazos impidiéndole que se moviera. "Me las vas a pagar", le dijo sonriendo mientras se recostaba sobre ella hasta que Lizzie quedó bajo su cuerpo sin casi poder moverse, con las manos atrapadas en las de él.
"¿Ah sí? ¿Cómo?", le preguntó Lizzie desafiándolo.
"Primero te voy a besar aquí", le dijo y le besó la frente, las mejillas, la nariz, la comisura de los labios. "Luego voy a seguir por aquí", los labios de Will bajaron por el cuello de Lizzie hasta el hueco en la base de su garganta y la clavícula. "Después aquí", lamió su pecho derecho, "y también aquí", besó su pecho izquierdo. "Creo que también voy a andar por aquí", le dijo mientras hundía la lengua en su ombligo, "y tal vez ¿aquí?", Lizzie que seguía sus movimientos con los ojos entrecerrados vio que Will se detenía frente a su sexo y la miraba con deseo. Era el momento más lujurioso de su vida pero Lizzie no pudo aguantar más.
"Will. Te necesito. Ahora", le ordenó tirando de sus hombros.
Él se desplazó hacia arriba hasta quedar los dos a la misma altura y cuando la penetró ambos lanzaron un profundo suspiro. Se deslizó dentro de ella, atrás y adelante, una y otra vez, y juntos encontraron un ritmo y se movieron sin dejar de mirarse hasta que Lizzie sintió que el placer la inundaba y se dejó llevar por el orgasmo, cerrándose alrededor de él y gritando su nombre con placer. Will la siguió un segundo después liberándose con fuerza dentro de ella.
"Will!"
"Lizzie!"
Se desplomaron aún abrazados sobre el colchón y permanecieron así, abrazados, hasta que su respiración y sus corazones volvieron a la normalidad. Entonces Will se recostó de espaldas y Lizzie se acurrucó junto a él, una pierna sobre las de él y una mano en su pecho, mientras Will trazaba círculos sobre su espalda, pronto el sueño los fue venciendo y se durmieron con una sonrisa en los labios. No necesitaron decirse nada, sus cuerpos hablaron por ellos.
La reserva de Will era a las diez de la noche así que tenían casi todo el día disponible y decidieron volver a Thirasia para conocerla mejor.
La isla era rocosa, árida y escarpada como Santorini y las playas eran de piedritas. Sobre la costa, cerca del muelle, se agrupaba un puñado de construcciones blancas (restaurantes, algún hotel, viviendas y capillas) y luego todo era tierra gris. Caminaron un poco por la costa y luego subieron las empinadas cuestas para llegar a la parte alta del pueblo. Allí había más casitas blancas pero tenían un poco más de color, además de las puertas y ventanas azules algunas tenían líneas de colores brillantes e incluso toda la fachada pintada de rojo o amarillo. Era encantador. Tanto les gustaba que siguieron recorriendo sin fijarse adonde iban hasta que se dieron cuenta de que se habían alejado del pueblo y estaban en una especie de campo de olivos. Unos metros más allá vieron una casa, obviamente blanca y con ventanas azules, con una preciosa parra delante y una Santa Rita colmada de flores rojas y blancas.
No sabían dónde estaban ni como regresar así que decidieron acercarse a la casa para ver si alguien los podía orientar. Adelante no se veía a nadie pero creyeron escuchar gente en la parte de atrás. Con mucha cautela dieron la vuelta y se encontraron con una escena propia de una película: una enorme mesa extendida sobre el césped detrás de la casa, a la sombra de la parra y con el increíble mar Egeo de fondo, sobre la mesa había una increíble cantidad de comida y alrededor cerca de quince personas de todas las edades comiendo y conversando animadamente, en las cabeceras había un señor y una señora mayores, seguramente los patriarcas de la familia.
Lizzie y Will no sabían qué hacer, evidentemente esa era una comida familiar y no querían interrumpir así que decidieron marcharse pero una de las niñas que estaba a la mesa los vio y corrió hacia ellos sonriendo. Sin decir una palabra tomó a Lizzie de la mano y la arrastró hacia los demás. Will fue tras ella.
"Hola", dijo Lizzie tímidamente. Todos los miraron sorprendidos. "Sentimos mucho interrumpir pero nos hemos perdido ¿podrían indicarnos cómo regresar al puerto?"
"¿Ingleses?", preguntó uno de los jóvenes de la mesa. Lizzie y Will asintieron. "Es muy fácil, sólo tienen que seguir la huella que ven allí y en menos de media hora estarán de vuelta en el muelle."
"Gracias y, otra vez, mil perdones", replicó Will y tomando a Lizzie de la mano se dio vuelta para marcharse.
Entonces la señora dijo algo que ellos no pudieron entender.
"Mi abuela pregunta si comieron", dijo el mismo muchacho de antes. "Y dice que tú estás muy flaca", agregó mirando a Lizzie y todos rieron, incluidos ellos dos.
"Por favor no se molesten, comeremos en el puerto", agradeció Lizzie.
"No es molestia por favor, siéntense. Como ven, sobra comida", les dijo una mujer de mediana edad y enseguida todos corrieron sus sillas para hacerles lugar. No les quedó más remedio que aceptar. Menos de dos minutos después tenían ante sí un plato rebosante de exquisiteces y las copas llenas de un suntuoso vino tinto.
La comida era deliciosa y la compañía no podía ser mejor. Varios hablaban inglés así que les contaron que esa era la casa de los abuelos que vivían allí solos porque los hijos y nietos se habían ido hacía tiempo pero volvían cada vez que podían para pasar tiempo con ellos y disfrutar de la vida tranquila de la isla. En la propiedad había plantaciones de olivos y alcaparras y ellos vivían de la venta de esos productos. Aunque eran bastante grandes, más de ochenta años, se los veía vitales y felices en su pequeño paraíso privado. Hablaron de cómo el turismo amenazaba la subsistencia de esas familias tradicionales pero reconocieron que el país no estaba en su mejor momento y el turismo se estaba convirtiendo en su principal fuente de ingresos. Lizzie y Will alabaron con entusiasmo todo lo que Grecia tenía para ofrecer y desearon que se conservara por muchos siglos más. Cuando les preguntaron sobre ellos fueron inventando una historia de cómo se habían conocido y cuánto tiempo llevaban juntos y, aunque no lo dijeron abiertamente, a ambos les encantó que todos pensaran que eran una pareja de verdad, una muy bella además.
Se quedaron gran parte de la tarde compartiendo tiempo con la familia, jugando con los niños y recorriendo la finca. Cuando anunciaron que debían retirarse los saludaron efusivamente dándoles besos y abrazos. Viniendo de un país tan frío como Inglaterra en ese sentido, la despedida les pareció muy especial. Una vez que hubieron saludados a todos se dirigieron a los abuelos y entonces la señora los tomó de las manos y dijo algo en griego que uno de sus nietos tradujo.
"La abuela dice que ustedes van a ser muy felices juntos. Dice que se les nota en los ojos que están locos el uno por el otro. Que tú la protegerás y dedicarás tu vida a hacerla feliz", continuó mirando a Will para luego dirigirse a Lizzie, "y que le alegrarás el corazón con tu amor", Lizzie y Will se miraron emocionados y no pudieron evitar sonrojarse. "Es un poco bruja así que no lo duden", agregó el muchacho sonriendo.
Les dieron las gracias una vez más, se despidieron y tomaron el camino que les indicaron pero lo recorrieron en silencio, tratando de procesar lo que acababan de experimentar.
Volvieron al barco, Will se bañó primero y mientras se cambiaba fue el turno de Lizzie. Ninguno de los dos vio como estaba el otro hasta que se encontraron en cubierta.
Lizzie subió lentamente la escalerilla y espió hasta que vio a Will. Le daba la espalda pero se veía que estaba guapísimo. Llevaba un pantalón negro y una camisa blanca de vestir que resaltaban su ancha espalda y su cadera estrecha y ella podía adivinar los fuertes músculos que tantas veces la habían abrazado a través de la fina tela. Aunque a ella le encantaba verlo descalzo tuvo que reconocer que los zapatos lustrosos no le quedaban nada mal. Cuando él volteó Lizzie quedó sin habla, era definitivamente el hombre más hermoso que había visto en su vida pero no tanto por su aspecto físico, que era impresionante, sino especialmente porque su actitud que rebozaba masculinidad, confianza en sí mismo, integridad y sensualidad.
Will escuchó pasos a su espalda y se volvió a mirar a Lizzie y cuando la vio su corazón simplemente se detuvo. Lizzie llevaba un vestido corto color menta con el ruedo bordado con cristales y lentejuelas. Era suelto pero se amoldaba a su esbelta figura resaltado lo mejor de ella: el busto perfecto, la cintura pequeña y las sensuales caderas, dejando a la vista sus brazos y piernas torneados, tenía un modesto escote en el frente que alargaba aún más su cuello de cisne. El vestido era elegante, sofisticado y sensual a la vez, justo como ella. Lizzie además se había arreglado un poco el cabello y llevaba un sutil maquillaje. Aunque a Will le parecía que Lizzie era la mujer más bella del mundo con shorts y camiseta, con bikini o, mejor aún, con su camisa a cuadros y nada más, en ese momento se veía simplemente deslumbrante.
Próximo capítulo: Yo también
