Segunda parte

Elizabeth Bennet y William Darcy

Jane y Charles

Jane Bennet era feliz. Tenía una familia que adoraba, un trabajo que le permitía seguir su vocación y también amor. Por eso ahora, a sus 30 años, sentía que su vida estaba completa.

Su familia no era perfecta. Su madre era demasiado metida, su padre demasiado despreocupado, su hermana menor demasiado frívola y Lizzie demasiado… bueno… demasiado Lizzie. Pero los amaba con toda su alma y si pudiera elegir los escogería a ellos, tal y como eran.

Su trabajo tampoco era perfecto. Dios sabía que trabajar con niños maltratados y abandonados no era fácil. Se le partía el corazón cada vez que veía un nuevo par de ojitos tristes y desconfiados llegar al hogar, cada vez que un cuerpecito rechazaba su abrazo, cada vez que una vocecita rota gritaba llamando a unos padres que nunca llegarían. Pero, inevitable y afortunadamente, su corazón sanaba cada vez que esos mismos ojos que antes la miraban con recelo resplandecían de alegría al verla, cada vez que una manitos pegajosas le rodeaban el cuello, cada vez que escuchaba su nombre en la voz cantarina de un niño recuperado. Esos hermosos momentos le ayudaban a superar los malos, eso y el entender que no se trataba de ella sino de cada niño cuya corta vida se había visto sacudida por la pérdida, el abandono o el dolor y que su trabajo era devolverles la esperanza y el futuro.

Su vida amorosa no era perfecta. Había tenido varios novios aunque no demasiados después de Kevin, su primer amor a los 15 años. Los había querido a todos y había amado sólo a dos, Kevin y George su novio durante la universidad. Pero no todos la habían amado a ella, algunos ni siquiera la habían querido. Otros sí, Kevin, George y Thomas también aunque ella no le correspondiera, pero los demás había salido con ella porque era hermosa y complaciente, ella lo sabía pero deseaba con tantas fuerzas encontrar un amor que durara para toda la vida que se entregaba en cuerpo y alma. Con algunos la relación había terminado naturalmente, como con Kevin, con otros, como con Thomas, fue ella quien decidió terminar sabiendo que no era lo que deseaba a pesar de saber que le estaba rompiendo el corazón, y otros realmente la hicieron sufrir, como George. Su ruptura con él fue terrible y realmente creyó que no se recuperaría jamás.

Se habían conocido el primer día de clases del primer año de facultad y al final de esa semana ya eran inseparables. Estuvieron juntos durante toda la carrera y George le propuso casamiento el día de la graduación, fijaron la fecha para el mismo día del año siguiente y empezaron con los preparativos para la boda. Jane había comenzado con su trabajo en el hogar de niños y George se incorporó al departamento de recursos humanos de una importante empresa. Como los dos tenían mucho trabajo al poco tiempo comenzaron a verse cada vez menos. Al principio fue Jane quien se dejó consumir por su trabajo, con jornadas de diez o doce horas diarias, apenas sí tenía tiempo de ver a su prometido y casi cada vez que se encontraban ella se quedaba dormida incluso antes de cenar. George le decía que lo entendía pero ella sabía que se estaban alejando paulatinamente e hizo un gran esfuerzo por pasar más tiempo con él pero entonces fue George quien comenzó a salir muy temprano y llegar muy tarde. Le contó que la empresa estaba comprando una compañía y que tenían que encargarse de evaluar al nuevo personal y definir su nueva situación laboral, eran cientos de empleados y tenían apenas una quincena para hacerlo así que debían trabajar horas extras casi todos los días. Jane, obviamente, le creyó pero la fusión terminó y George seguía llegando tarde y postergando las citas para definir el salón para la boda, la elección del menú o la luna de miel. Tenía mucho trabajo decía.

Por eso, una noche, ella encargó sushi en su restaurante preferido, compró una costosa botella de vino blanco y una caja de chocolates y se dirigió al departamento de George para esperarlo con una cena sorpresa y recuperar el tiempo perdido. Cuando llegó a la casa y entró con su propio juego de llaves se sorprendió al ver las luces prendidas y la música encendida. George debió haber llegado temprano, pensó, aunque recordaba que él le había dicho que llegaría cerca de la diez. No lo vio en el living y cuando se dirigió al dormitorio después de dejar las cosas en la cocina escuchó el sonido de la ducha. Con una sonrisa abrió la puerta tratando de no hacer ruido, la puerta del baño estaba casi cerrada y cuando la abrió no pudo ver nada por el vapor, se sacó el vestido y estaba a punto de quitarse la ropa interior cuando vio una mano apoyarse con fuerza sobre la mampara de la ducha. Era una mano de mujer. Y después aparecieron los pechos de la mujer contra el vidrio y dos manos masculinas la tomaron por la cintura. Entonces escuchó los gemidos, los de ella y los de él, esos mismos gemidos que emitía cada vez que hacían el amor.

Su corazón se detuvo, su menté se paralizó, sus ojos se nublaron por las lágrimas y sólo atinó a salir de allí. Cuando volvió sobre sus pasos vio lo que antes había ignorado, el traje de George tirado en el piso mezclado con la ropa de la mujer, una falda estrecha, una blusa de seda, zapatos de tacos altísimos y ropa interior de encaje rojo. Ella nunca usaba ropa interior de encaje rojo. Volvió a la cocina, tomó el sushi y el vino, se puso la chaqueta, agarró su cartera y salió tan inadvertidamente como había entrado. Afuera arrojó la comida en el primer bote que encontró junto con las llaves del departamento, subió a su auto y se dirigió al departamento que compartía con Lizzie quien por suerte estaba allí y, como lo buena hermana que era, cuando la vio tan desencajada sólo la abrazó, la acunó mientras lloraba, le acarició el cabello hasta que se quedó dormida y no le hizo ni una sola pregunta.

George la llamó tres veces por día todos los días durante una semana, se presentó en la casa exigiendo verla y demandando explicaciones, siguió llamando y fue a buscarla al hogar, pero Jane se negó a verlo y sólo cuando estuvo lista, casi un mes después, lo llamó y le confesó que lo había dejado porque lo encontró con otra mujer y que no quería volverlo a ver. George le rogó, le pidió perdón, le dijo que estaba arrepentido, que había sido un impulso estúpido y que jamás se volvería a repetir porque la amaba, porque era la mujer de su vida pero Jane no cedió, entonces George le gritó que era su culpa porque lo había abandonado, porque prefería esos indigentes antes que a su prometido y porque las pocas veces que estaban juntos ella estaba siempre muy cansada y él era un hombre después de todo y tenía necesidades y ella era una mala novia. Secretamente Jane le agradeció esas palabras, a pesar de que le dolieron en el alma, porque eran lo último que necesitaba para alejarse de él.

Esa fue la última vez que hablaron pero no la única vez que pensó en él ni la última vez que derramó lágrimas por él, porque lo lloró durante meses hasta que, poco a poco, la vida retomó su curso y George Wickham pasó a ser sólo un mal recuerdo. Su familia, sus amigos y su trabajo fueron el remedio que curó su roto corazón pero los que la conocían bien sabían que no era feliz, que faltaba algo.

Y entonces Lizzie volvió de Grecia y unas semanas después el presentó al amor de su vida: Charles Bingley, un pediatra de 32 años, rebelde cabello rojizo, mejillas pecosas, ojos verdes saltarines y la sonrisa más linda que había visto en su vida. Se enamoró de él inmediatamente pero había sufrido demasiado y le costaba confiar así que ocultó sus sentimientos al principio y Charles, tal vez presintiendo esa reticencia, no se animaba a confesarle lo que sentía, porque él también se había enamorado de ella a primera vista, así que les llevó meses llegar a la primera cita y dos cenas más hasta el primer beso y casi un mes hasta pasar la noche juntos, pero desde esa primera mañana en que despertaron uno en brazos del otro supieron lo que todos los demás sabían: que eran el uno para el otro y que pasarían el resto de sus vida juntos.

Llevaban casi cuatro años de novios, se habían mudado juntos hacía dos y esa mañana durante el desayuno Charles le había propuesto matrimonio. Jane, obviamente, había aceptado y ahora estaba en su despacho en el hogar intentando concentrarse en su trabajo pero sin poder quitar los ojos del maravilloso anillo que Charles le había regalado.

Tenía que contárselo a Lizzie ya.

"Hola."

"Lizzie, soy yo, Jane."

"Jane! ¿Pasa algo? Nunca me llamas tan temprano."

"No, nada. Sólo quería saber si esta tarde podemos encontrarnos un rato antes de ir al bar."

"Ay linda, no sé. Tengo un día terrible, incluso no sé si podré ir hoy porque…", Jane se dio cuenta enseguida de que Lizzie quería evitar la salida de esa noche pero no se lo iba a permitir.

"Elizabeth Bennet! Si piensas que vas a librarte de ir esta noche estás muy equivocada."

"Eh Jane, no es para tanto!"

"Por favor Lizzie, planeamos esta salida hace semanas, no puedes echarte atrás ahora."

"Es que… es que… no soporto a Caroline, tú lo sabes!"

"Ya lo sé querida pero por favor, hazlo por mí. Además también va a estar Darcy y…"

"Ufff! Lo sé, lo sé, iré."

"Gracias Lizzybe. Te quiero."

"Yo también pero me debes una. Ahora ¿me llamaste por algo importante o sólo para obligarme a ir esta noche?"

"Tengo que contarte algo, ¿realmente no puedes llegar aunque sea 15 minutos antes?"

"No creo, tengo una reunión para presentar mi nuevo proyecto de investigación y esas cosas suelen durar más de la cuenta. Pero ¿qué es? Ya me tienes intrigada."

"Bueno, no quería decírtelo por teléfono pero Charles me…"

"No lo hizo!", la interrumpió Lizzie. "Lo hizo ¿verdad?"

"¿Qué cosa?"

"¿Te propuso matrimonio?"

"Eh… Sí, ¿Cómo lo sabes?"

"Lo sabía, lo sabía! Ay Jane, estoy tan feliz por ti!"

"Gracias pero… ¿cómo lo supiste?"

"Era obvio Jane, aunque no entiendo por qué tanto. Ese hombre se enamoró de ti el día que te conoció."

"Y me conoció gracias a ti así que esa es otra cosa que tengo que agradecerte."

"Y lo haces obligándome a pasar una noche con Caroline. ¿Te parece bien?"

"Ay Lizzie, no seas pesada. Caroline no es tan mala."

"Noooooo."

"No, no lo es. Y va a ser familia mía y tuya así que…"

"Te odio."

"Me amas."

"Es verdad, te amo. ¿Te dio un anillo?"

"Oh sí y es fabuloso!"

"Envíame una foto."

"Te la enviaré ahora junto con la dirección del bar."

"Si me hubieras dicho al principio que hoy íbamos a festejar tu compromiso jamás haría pensado en faltar. Tengo que irme ahora. Te quiero mucho y te felicito de corazón. Dale un beso de mi parte a Charles."

"Adiós Lizzie."

"Adiós… futura señora Bingley."

Jane cortó la llamada con una enorme sonrisa en los labios, una más, y antes de –intentar- volver a su trabajo tomó una foto de su anillo con el celular y se la envió a Lizzie quien le contestó enseguida con un "OH POR DIOS!" escrito en mayúsculas y lleno de signos de interrogación. Luego llamó a Charles y le contó su conversación con Lizzie y su preocupación por la salida de esa noche. Aunque su hermana exagerara la verdad es que ella y Caroline no se llevaban nada bien y cada vez que se encontraban discutían o se ignoraban. Para colmo cuando Caroline coincidía con Darcy todo era aún peor porque ella se la pasaba tratando de llamar su atención, a pesar de que era obvio que él no tenía ningún interés en ella, y cada vez que Caroline hablaba de Darcy Lizzie daba vuelta los ojos y se burlaba de ella sin piedad. Charles la tranquilizó diciéndole que la noticia del compromiso los tendría a todos pensando en otra cosa y Jane deseo fervientemente confiar en que sería así.


Cuando Charles Bingley conoció a Jane Bennet creyó que había llegado al cielo.

Elizabeth le había contado que su hermana era trabajadora social en un hogar de niños y que necesitaban un pediatra y le sugirió que se contactara con ella. Él era uno de los pediatras más reconocidos de la ciudad y entre sus pacientes estaban los hijos de empresarios, políticos y hasta aristócratas pero él sentía la necesidad de trabajar para los niños de escasos recursos y por eso atendía dos veces por semana en un centro de salud comunitario en las afueras de Londres, entonces la idea de ayudar en el hogar le pareció sensacional así que llamó a Jane y concertó una cita para visitar el lugar. El hogar estaba en Camden, era un edificio viejo y con problemas de mantenimiento, tal vez por eso le sorprendió tanto ser recibido por un ángel de rostro ovalado enmarcado por suaves rizos rubios, preciosos ojos azules, piel blanca como la porcelana, mejillas sonrojadas y labios rosados y carnosos, que dejaban entrever unos dientes de perla. Jane tuvo que llamarlo tres veces hasta que él reaccionó y Charles supo en ese mismo instante que esa era la mujer con la que quería pasar el resto de su vida.

Desde ese día Charles colabora con el centro, no sólo con su trabajo sino con aportes monetarios propios y de sus amigos y conocidos, y Jane y él eran una pareja y ese día, 27 de junio de 2013, pensaban anunciar su compromiso a su familia y amigos más queridos, empezando por Darcy, su mejor amigo. Lo llamó pero el rechazó la llamada así que le envió un mensaje por Whatsapp.

CB: Ocupado?

WD: Reunión

WD: Qué hay?

CB: Lo hice!

WD: ?

CB: Le propuse matrimonio a Jane

WD: Y dijo que sí?

CB: Por supuesto! Qué creías?

WD: Lo sé. Mal chiste

WD: Te felicito

WD: De corazón

CB: Gracias amigo

CB: Me pidió que te agradeciera

WD: ?

CB: El anillo. Le encantó

WD: Genial

CB: Te veo esta noche?

WD: Si no hay más remedio…

CB: Vamos Darce. Hay que festejar

WD: Sólo por eso. Nos vemos

CB: No me falles

WD: Cuándo te fallé?

CB: Nunca. Buen punto

CB: Booking Office 7.30

WD: Lo eligió tu hermana, no?

CB: Adivinaste. Nos vemos

Era cierto, Darcy nunca le había fallado. Se habían conocido en la universidad y se hicieron amigos de inmediato aunque tenían personalidades muy diferentes: Darcy era serio, tranquilo y reservado y Charles era divertido, inquieto y extrovertido. Pero justamente eran esas diferencias las que los unían porque se complementaban, Darcy ayudaba a Bingley a ser más organizado y reflexivo y Charles ayudaba a William a relajarse y disfrutar.

Los dos venían de familias adineradas, los Darcy mucho más que los Bingley, pero les habían inculcado el valor del esfuerzo y el trabajo y los dos habían hecho su propio camino –casi- desde abajo. Los Bingley se habían destacado en medicina por generaciones y poseían una prestigiosa clínica que había fundado el abuelo de Charles pero él había preferido hace su propio camino mientras su padre y su tío estuvieran al frente de la clínica, sólo entonces se plantearía tomar él el control, aunque ya sabía que lo haría porque estaba orgulloso de su legado.

Ahora estaba listo para dar el siguiente paso y su compromiso con Jane era el inicio de la nueva etapa de su vida. No podía estar más feliz.

En eso estaba pensando cuando sonó su teléfono. Era Caroline. 'Se acabó la tranquilidad', pensó Charles y tenía razón. Quería mucho a su hermana pero a veces era difícil soportarla, como en ese momento, por ejemplo. '¿De dónde habrá sacado la idea de que me interesa qué vestido se pondrá esa noche o que tiene cita en la peluquería por la tarde para peinarse y hacerse las manos?', se preguntó Charles mientras la escuchaba hablar sin parar, '¿Acaso no tiene amigas a quien contarles estas pavadas?'. Al final no aguantó más y le dijo:

"Caro, no sé por qué te esfuerzas tanto. William no está interesado en ti, acéptalo de una vez."

"Eres un bruto", le dijo Caroline y le cortó.

Charles se sintió mal por dos minutos exactamente, luego se recuperó. Estaba harto de los intentos de Caroline por conquistar a Darcy, como si eso fuera posible, y ya ni siquiera le daba lástima.

'Bueno, a trabajar', se dijo y llamó a su primer paciente.


A las seis y media de la tarde Charles pasó a buscar a Jane por el hogar para ir juntos al bar pero en lugar de ir a la estación Saint Pancras, donde estaba el bar, se metió en el estacionamiento de un enorme supermercado y aparcó en la zona más oscura que encontró.

"¿Por qué te detienes aquí Charles?", le preguntó Jane asombrada.

"Porque si no te hago el amor en este mismo momento voy a enloquecer. Llevo todo el día pensando en ti amor, no hay manera de que pueda sobrevivir esta noche sin estar dentro de ti ya", le dijo mientras empujaba su asiento hacia atrás, desabrochaba el cinturón de seguridad de Jane y la tomaba de la cintura y la colocaba sobre sus piernas.

"Estás loco Charles, déjame! Alguien puede vernos", protestó Jane tratando de zafarse de él.

"Vamos Janie, por favor, te necesito." Mientras hablaba Charles le besaba el cuello e intentaba llegar a la ropa interior de Jane por debajo de su falda.

"No Charles, no… Ahhh… Basta… Ay, sí, sí… No, no, para… Ahhh… Así, así…" Jane intentaba mantener la coherencia pero Charles era bueno, muy bueno.

"Te gusta que te toque así ¿verdad? Sí… yo sé que te gusta."

"Cállate y hazlo ya!", le ordenó Jane y Charles sonrió, le encantaba cuando se ponía así de mandona. "Más rápido, más, más… Ahhhhhhhh!" El orgasmo los alcanzó a los dos al mismo tiempo y con tanta fuerza que llevó varios minutos recuperarse y terminaron sudorosos y desencajados.

"Te amo bebé, te amo tanto", le dijo Charles suavemente mientras Jane seguía sobre sus piernas con la cabeza escondida entre su hombro y su cuello.

"Yo también te amo pero esto fue lo más ordinario que hice en mi vida", se quejó Jane ya más recuperada mientras volvía a su asiento e intentaba arreglarse la ropa y el cabello. "¿Tenías que elegir el día de nuestro compromiso para traerme a un infame estacionamiento público?"

"Lo siento amor es que…", empezó a disculparse Charles hasta que vio por el espejo retrovisor que Jane tenía una deslumbrante sonrisa en el rostro. "Ey, te estabas haciendo la enojada pero en realidad te gusto!" Ahora era su turno de molestarla a ella que se puso roja como un tomate.

"¿Qué? Sabes que siempre me gusta cuando hacemos el amor. Pero esto… esto… fue demasiado", exclamó Jane señalando con la mano a su alrededor. "Espero que me compenses por la vergüenza."

"Pero si nadie nos vio!"

"De casualidad así que, a ver qué se te ocurre para redimirte."

"Oh, se me ocurren muchas cosas, querida, muchas cosas y esta misma noche lo verás", aseguró Charles con confianza y Jane no pudo evitar reír.


Finalmente llegaron al bar en un estado más o menos presentable, resultó que eran los primeros así que pidieron una copa de champagne para festejar en privado antes de que llegaran los demás. Unos minutos después llegó Lizzie, que venía directamente de la universidad, y se abalanzó sobre ellos con tanto ímpetu que casi los hizo caer.

"Por fin te decidiste. Casi me salen canas esperando a que te animaras", le dijo a Charles mientras le daba un golpecito en el brazo pero él no se molestó, adoraba a Lizzie y lo hacía feliz saber que pronto se convertiría oficialmente en su hermana.

"¿Y por casa cómo andamos Lizzie? Van cuatro años para ti también."

"Bueno, ya sabes lo que dicen. Lo bueno se hace esperar."

"Me van a salir canas a mí si sigues así", le reprochó Charles juguetón. Lizzie le sacó la lengua y se volvió hacia Jane para admirar el anillo una vez más. "Oh, ahí viene Darcy. William, aquí!", gritó Charles a su amigo que acababa de entrar y miraba alrededor del salón buscándolos. "Ven Will, ven. Te presento a Elizabeth la hermana de Jane. Lizzie, este es William Darcy, mi amigo del que tanto te hablé."

"¿Ves cómo se miran? Te dije que se iban a gustar", le susurró Jane al oído y Charles pensó que tal vez tenía razón porque Lizzie y Will se miraban como si no hubiera nada ni nadie a su alrededor.