Capitulo 2: Favor.
By Bill.
Colgué el teléfono y volé a la ducha, no podía andar por Nueva York luciendo como un vagabundo, así que…
Había traído mis mejores ropas, como siempre, andando de civil podía vestirme como siempre y, por lo menos ésta vez, no tenía intenciones de salir a la calle y verme totalmente humano.
Tomé unos jeans azules, una camisa a cuadros rojos, una chaqueta de cuero negro brillante y unas botas, ¿cómo eran? Ah sí, hipster. Me peine el cabello meticulosamente y al terminar me observé al espejo con detalle.
Había cambiado tanto y tan drásticamente en estos años que apenas y me reconocía.
Sin duda, mi estructura corporal había cambiado, tenía músculos cada vez más marcados, abdominales, pectorales, hombros, y los brazos, nada flacuchos; incluso la espalda había evolucionado en una maciza masa de músculo. Los días de gimnasio con Sparky habían funcionado y, sin duda, la natación había ayudado bastante.
Algunos cambios en mi piel también fueron apareciendo, amaba los tatuajes y cada uno tenía una historia diferente, tenía ya varios -bastantes- en el torso y los brazos. Mamá había hecho caso omiso a ellos, ¡al fin! Si no puedes contra el enemigo, únete a el.
Y mi cara… ah, mi cara.
Las mejillas y ojos hundidos habían desaparecido totalmente hace un tiempo ya. No usaba maquillaje, en ningún lado de la cara y lo mejor, ¡finalmente el vello facial había aparecido! Al principio me rehusaba a una barba y solía afeitarme todos los días, hasta que Derek -de nuevo él- hizo que mi incesante necesidad de afeitarme disminuyera.
Me había dicho que me veía mucho más fiero y masculino si me dejaba la barba y yo no tenia pensado en seguir siendo la señorita, la princesa con cara de porcelana, así que…si, ahí estaba.
¿Qué puedo decir de mi cabello? Era impredecible, me bastó pasar por mi peluquería de siempre para alocarme y cambiarlo de color, ¡sí, de color! De negro como la noche paso a ser rubio como el sol y además, lo llevaba corto -hacia demasiado calor, aparte necesitaba una nueva imagen ejecutiva-. Si los tatuajes no pudieron, el cambio radical casi mata a mamá.
Analicé mi outfit y decidí dejar mi cabello revuelto, viéndome tremendamente bien como siempre.
Salí de ahí cinco minutos antes de las 9 y bajé al lobby del hotel. Era bastante grande, lujoso, definitivamente perfecto, era mi hotel favorito. Me puse a analizar unas pinturas en las paredes para perder el tiempo un rato mientras mi compañero aparecía.
Y ahí estaba, el gran Alex, mi compañero de tribunal.
-¡Viejo! –Me acerqué hacia él, sonriendo ampliamente, me sentía repentinamente contento de verlo.
-Hola Bill, pensé que aun estabas arriba –Él me devolvió la sonrisa de una manera que no pude descifrar al principio, quien nos viera dijera que estábamos enamorados.
-Decidí ser un poco más rápido que de costumbre ésta vez –Contesté con suave voz, encogiendo los hombros un poco– Bueno, vámonos ya.
Subí a su auto, conducía un gran y ostentoso Porsche plateado, último modelo, e iniciamos el viaje entre el tráfico, los edificios y la lluviosa noche de la bella Nueva York.
-Debo admitir que tu visita me sorprende mucho, no recuerdo que me dijeras si tenias algún caso por acá –Me comentó sin dejar el volante, con la mirada fija en el camino.
-Oh no, no he venido a eso…. es un viaje de… –Busqué vagamente la palabra, pero él me interrumpió enseguida.
-¿Ocio? –Se rió, lanzándome una mirada de reojo.
-Ajá, sí, de ocio –Mentí, aunque igual que siempre, era malísimo para eso.
-¡Por favor! No te creo nada Kaulitz. –Dijo Alex mientras tomábamos la 5ta avenida rumbo a un muy familiar vecindario nos esperaba: SoHo.
-Extrañaba Nueva York, definitivamente –Murmuré apenas entendiblemente, observando desde la ventanilla el cambio de luces en los edificios que nos rodeaban.
-Claro, como no vives aquí… –Rodó la mirada, aguantándose la risa– Ya, cuéntame –Insistió en ese tono que demostraba seguridad y confianza, justo lo que lo hacia el vencedor en el 100% de sus casos, tenía una convicción de acero.
Suspiré, me calmé y, sin quitar la vista de los edificios y personas que pasaban por la acera, Comencé.
-He recibido una carta… una carta de alguien a quien no he visto en 7 años –Alcancé a decir con mucha e inesperada inseguridad, aunque no le daría los detalles, por supuesto.
-¿Una carta? ¿Y cuál es el problema? –Él me miró por un corto momento, sin entender hizo una mueca.
-Bueno… –Aclaré la garganta– hubo un pasado muy… intenso, entre esa persona y yo, creí que no lo vería de nuevo, trate de comunicarme pero no respondió… hasta hace poco.
-Entiendo... –No dijo más, se quedó en silencio mientras llegamos al lugar, teníamos preferencia así que nos condujeron directo a un privado, tal cual famosos.
Pedimos unas bebidas, unos cigarrillos, nos pusimos cómodos y, continué.
-La verdad es, Alex, que… necesito un favor –Mi corazón latió un poco más rápido, un poco más ruidoso y de inmediato su mirada se cruzo con la mía, interrogante.
-Claro que si, mientras esté en mis manos hacerlo, por mí no hay problema –Asintió una vez, tranquilo, bebiendo de su whisky.
-Sé que tienes muchas influencias en este país, y yo necesito que encuentres a quien me envió esto –Le pasé el sobre de la carta, con el corazón desbocado, no tenía más que la palabra "Muñeco" escrita en el amarillento sobre.
-No tiene remitente… –Enarcó una ceja, frunciendo el ceño inmediatamente, analizando el sobre– Ni código postal, nada. Ni estampilla siquiera, ¿Cómo voy...? Bill, ni siquiera sabes si fue enviada desde aquí.
Pero yo estaba seguro, sin duda alguna, que no había sido enviada desde Europa, ya había hecho una parte del trabajo buscando si fue enviada desde allá, pero fallé, no encontré ni un indicio.
-Yo puedo darte lo que necesitas para empezar a buscarlo, pero necesito que me prometas, que me jures, que esto será estrictamente confidencial –Estaba tan tenso y sumido en mis pensamientos que ni cuenta me di de que mi expresión había cambiado drásticamente.
-Me asustas, viejo, ¿qué más debo saber? ¿Es un asesino o…? –Alex estaba totalmente incomodo con esto, había palidecido incluso, sabía perfectamente que algo mal estaba.
-Prométemelo –Insistí, tragando en seco.
Alex asintió, con las cejas enarcadas y los labios firmes al murmurar– Lo prometo.
-Se trata de… es mi hermano... Tom, Tom Kaulitz –Y de pronto, mi corazón dio un fuerte golpe contra mi pecho.
By Derek.
Toqué el timbre, pacientemente esperando una respuesta y de inmediato un agudo grito infantil se escucho detrás de la puerta, no me di cuenta pero había sonreído inmediatamente.
-¡Bill! –Era Helem, su pequeña y adorable hermana de siete años.
Se le oía emocionada, pero me abrió la puerta y su sonrisa desapareció como si no hubiese estado ahí en un principio.
-¿Quién es, amor? –Escuché la voz de su madre desde la cocina.
-¡Es Sparky! –Enroscó sus finos bracitos alrededor de mi cintura y me abrazó, mirando hacia arriba, hacia mí– ¿Trajiste a Bill? ¡Dime que si!
-Lo siento, nena, pero no. Tu hermano ha de estar ocupado con algo de trabajo –Mentí muy convincente, sonriendo encantadoramente mientras me arrastraba a la cocina de su mano– señora, hola.
-Hola Derek, ¿Qué haces aquí? Bill… –Se le veía confundida, por cómo me miraba.
-Sé que está en Nueva York, él me lo dijo. He venido a hablar con usted, de hecho. -Tragué saliva, Helem se soltó de mí a medida que veía que mi gesto se tornaba más y más serio, la verdad es que no sabia si su madre conocía la verdad de esa carta.
-Helem, ve a jugar –Enseguida la niña obedeció y salió de la cocina– Siéntate, me asustas, no tienes buena cara.
-Es sobre Bill… –Tomé un respiro– La razón, por la cual se fue a Nueva York.
-Es sobre un caso, se puso complicado, o eso me dijo –Era obvio, estaba totalmente ignorante de lo que pasaba, parecía haber borrado de su memoria el oscuro pasado. Negué firmemente con la cabeza.
-Hace unos días, Bill recibió una carta –Noté como su madre se paralizaba, dejaba la vajilla que estaba secando y volteó a verme. Había captado la seriedad del asunto, no era ninguna tonta– Una carta que estuvo esperando 7 años.
-Imposible –Era obvia su reacción, incrédula negó varias veces– Eso no…
-Necesito saber que fue de Tom, porque si él… si… sigue vivo, Bill… No quiero que pase de nuevo. Por favor… necesito ayudarlo –La verdad era que no sabia ni como expresar lo que sentía, la rabia brotaba de mis poros haciéndome hervir la sangre. El simple hecho de mencionar su nombre me enfurecía a grados increíbles.
-No puede ser Derek, no puede ser. Es ilógico –Siguió negando con la cabeza, repitiéndose lo mismo para ella misma, se paso una mano por la frente limpiándose el sudor.
-Ese día Bill me dijo que me fuera, que desapareciera, y no supe su contenido. Necesito saber que pasó para poder salvar a Bill, de lo contrario temo que hará una estupidez y… –Mi voz se volvió exigente, más demandante y fuerte.
-No, Bill….olvidó todo eso y… –Se sentó, por un momento, estaba blanca como el papel, creí que se desmayaría.
-Dígamelo, se que usted sabe que pasó y de lo que es capaz de hacer Bill, es demasiado inteligente. –Ella respiraba con dificultad, nunca la había visto en ese estado.
-El desapareció. Se fue, sin más, no llamó ni a su padre, creemos que murió –Su voz pasó de la angustia a ensombrecerse con tristeza, con cierto dolor en sus ojos, no podía ocultarlo, Tom también era su hijo después de todo.
-Se fue, sí. ¿A dónde? –Tenía que saberlo, tenía que detener a Bill a toda costa.
-No lo sé Derek, no lo sé. –Y entonces, ella me mintió, sabía perfectamente que si era mentira lo que me decía. Las consecuencias serían devastadoras.
-Por favor, se lo suplico, por Bill… –Suspiré, me costaba mantener la cordura, sobre todo luego de darme cuenta que ella sabía algo y no quería hablar.
Ella respiró hondo y se tomó unos segundos para responder, si era tan inteligente como sabía que era, tenía que salir de la negación.
-Lo último que supe, y fue hace años, era que estaba en América –Murmuró, bajando la vista al suelo.
Y con su mirada, sentí que mi presión sanguínea se había ido al suelo también.
By Bill.
Los días en Nueva York se pasaban tan rápido...
No paraba. Cuando no era una fiesta, era otra, y otra… y otra.
Conocía a tanta gente nueva y genial, y bebía hasta perderme, hasta que en la mañana me entraba el arrepentimiento y juraba no volverlo a hacer.
Ese día me levanté demasiado resacoso y lo primero que hice fue checar mi celular… no había nada. Ni Mamá, ni Helem, Georg o Gustav, mucho menos Alex con el que no había hablado desde la noche en la que le pedí ese pequeño e insignificante favor.
-Argh, mierda –Y entonces lo vi, tenia varios mensajes de Derek.
Lo extrañaba, lo admito, lo extrañaba bastante. Creo que debía disculparme…
Lo llamé sin darle muchas vueltas al asunto… tal vez seguía ebrio.
-¿Bill? –Contestó, su ansiedad al responder y la confusión eran palpables.
-Hola Sparky… –Sonreí adormilado, desde la cama y viendo al techo, me sentía mareado. Si me levantaba seguro que iría a parar al suelo.
-¿Dónde estás? –No era su tono habitual, lo sentí.
-En Nueva York, ya te lo había dicho…–Noté algo extraño de inmediato, fruncí el ceño– Derek, ¿estás corriendo? Te notó agitado.
-Necesito que me digas en que parte de Nueva York estas, Bill –Escuchaba mucho ruido, voces, y él muy agitado, como si estuviera corriendo dentro de un lugar cerrado.
-Ya te dije que no. Escucha Derek, sobre lo del otro día... Yo…–No sabía ni como decírselo, no procesaba aun muy bien mis ideas.
-Repito Bill –Y utilizó ese tono demandante y prepotente- ¿Dónde coños estás?
-¡Hey! ¿Qué te pasa? Te hablo para disculparme y estas cabreándome de nuevo, ¿de qué vas? –Me irrité, algo de todo eso no me gustaba.
-Estás en el Ritz ¿cierto? –Soltó una irónica carcajada– ¿Cómo no lo pensé?
-No. –Mentí– ¿De qué va todo esto? ¿Qué importa donde estoy o no?
-Voy para allá –Y me colgó. ¡El muy desgraciado me… ¿Qué?!
-¿Viene para..? ¡Mierda! –Me puse de pie en un brinco, ¡venia para acá! Ese jodido bastardo, se cree que con su dinero puede hacer todo así nada más, pero… ¡Maldita sea!
-Ropa, ropa… –Me vestí lo más rápido posible, con lo primero que encontré. Mi habitación era un desastre así que me puse en acción a semi acomodar todo en mi entorno. Luego corrí al baño, y vi mis jodidas ojeras– ¡Maldito seas Sparky!
Continúe con mis costumbres higiénicas, tratando de verme lo más sobrio y lúcido posible, creo que tuve éxito, era una suerte ser guapo.
Creo que no fueron ni diez minutos cuando llamaron a mi puerta.
-Lo mataré… –Hice un último chequeo visual y abrí. Ahí estaba, como siempre, reluciente, guapo, perfumado.
Pero sin duda su cara no era la habitual. Algo andaba mal.
-Hola –Gruñí, con un sutil rubor en las mejillas.
-¿Puedo pasar? –Preguntó, no, no preguntó, demandó impaciente.
Asentí y lo deje pasar, traía una maleta pequeña solamente.
-Escucha… yo… quiero discul… –Pero él no me dejó hablar, en un cuarto de segundo lo tenía besándome brusca y apasionadamente contra la puerta por la cual segundos antes lo había dejado pasar.
Se notaba que me había extrañado, que me quería, lo sentía en el desespero de su beso, cómo sus labios se rozaban sobre los míos con sed de su calor… yo era un idiota por como me había portado.
Le correspondí un par de segundos después, tomándolo de la nuca con la mano débil y temblorosa por la sorpresa, al igual que mis labios hasta que se apartó de mí.
-Derek… –Jadeé, relamiéndome el labio fugazmente.
-Eres, y siempre serás, un maldito idiota Bill Kaulitz. Y lo sabes –Estaba enojado, pero no furioso, eso se notaba– He estado contigo tanto tiempo, y de la noche a la mañana ¿me pides que desaparezca? ¿Después de todo lo que hice? ¿De lo que siento?
-Fui un idiota, es cierto, no debí tratarte así –Seguía tonto, mareado, y no sabía bien si por el beso o por el alcohol– Quiero disculparme.
-¿Disculparte? ¿Por qué? ¿Por dejarme así? ¿Sin explicaciones? –Estaba fuera de sus casillas, así que e sentó en la mini sala de la habitación, tratando de controlarse– No dejaré que lo hagas de nuevo.
-¿Hacer qué? –Pregunté, sin captar lo que me decía.
-Tú y yo sabemos perfectamente qué –Enfatizó la última palabra y suspiró– No te dejare hacerlo.
-No sé de qué hablas –Me entraron unos nervios aterradores de repente. Ah mierda, claro que lo sabía, ¡El maldito lo sabía!
-¡La maldita carta Bill! ¡Esa puta carta! ¡Eso es lo que te tiene aquí! –Perdió los estribos, se levantó de golpe y pateó la mesa de té tirando todo lo que ésta tendría encima, sólo escuché el jarrón de bonitas peonias romperse en mil pedazos en el suelo. Debo admitir que jamás lo había visto así de furioso, no en mucho tiempo, las venas de la sien se le resaltaban histéricas.
-No tiene nada que ver… –Mentí, estaba acorralado, no sabía que decir.
-Claro que sí, no me mientas, yo lo sé. Ya lo sé todo. –Apretó los puños y los aflojó varias veces en cuestión de segundos, se puso de pie y se me acercó, retrocedí por inercia– No dejaré que lo hagas.
-¿Hacer qué? –La mirada se me nubló, tragué saliva.
-Buscarlo –La rabia en su voz resonó, con sus ojos puestos en cada celular de mi– No lo harás.
-Derek… –mi maldito teléfono, sonando, vibrando como loco una y otra vez, lo cogí– ¿Sí? Hey, hola Alex…
-Bill, viejo, tengo algo que te puede interesar, necesito verte –Su voz me tranquilizó, se le notaba ansioso, muy ansioso.
-No puedo ahora Alex, Derek esta aquí –Mi seriedad se hizo presente, estaba tratando de mantener mis piezas juntas y Derek no dejaba de verme.
-¿Derek? ¿y? …tengo algo, Bill…de lo que me pediste –Su impaciencia en cuestión de segundos me tenía a mí también muy impaciente.
-Cuelga –Me ordenó Derek, estaba cabreado, bastante cabreado– Cuelga ahora mismo.
Mi mano empezó a temblar, sin dejar de verlo.
-¿D-donde…? –Me preparé, si es que era posible estar preparado, sabía lo que venía.
Fue un momento extraño, todo ocurrió en el mismo segundo, tanto Derek como Alex parecieron conectarse al mismo tiempo que sus voces resonaron en mi cabeza, ¿estaba aun tan ebrio como anoche? No tenía sentido.
-América.
No tardé ni cinco segundos en decirle donde nos veríamos, contesté con una rapidez impresionante, la ansiedad en mi pecho creció como no había crecido en… años, colgué.
-Escúchame Derek, no hay nada que puedas hacer o decir para detenerme ahora, así que, o te regresas a Alemania solo, o me acompañas a ver a Alex –Casi me sentía como en una película, tomando mis propias decisiones, llevando mi vida a donde quería, y si para eso debía aguantar a unos cuantos hijos de puta, lo haría.
-Es una locura Bill ¡una puta locura! ¿Me entiendes? –Estaba sobresaltado de nuevo, menos mal que ésta vez no rompió nada más– tu madre está…
-¿Mamá sabe? –Chillé. Oh mierda, ahora tendría a toda la guardia nacional alemana tras de mí, o algo así.
Derek tragó saliva con nerviosismo y asintió.
-Serás hijo de puta Derek… –Apreté mis manos en dos puños, me enfurecí, tome mi chaqueta, dinero, teléfono y salí de ahí como si él ni siquiera hubiera estado ahí en un principio.
-¡Bill espera! –Sus pasos eran más largos, así que me alcanzó– Está bien, iré contigo, ¿ok? Iré, pero prométeme una cosa –me jaló del brazo y me obligó a verlo directamente a los ojos, desvié la mirada evitando la penetrante fuerza de los suyos– pase lo que pase, cuando llegues a donde quieres llegar, te vas a regresar conmigo y te olvidaras de todo, viviremos la vida que queremos… la que planeamos, ¿sí?- me partió el corazón, sin duda.
Había un capitulo en mi vida que tenia el nombre de Derek escrito en los bordes de las páginas, y sin duda fue luego de que regrese de Stuttgart. Estuvo ahí, apoyándome, aguantándome y cierta parte de mi aprendió a quererlo.
Una noche entre cervezas y estrellas empezamos a hacer planes, estaba por terminar la universidad y dijimos: ¿Por qué no? Vamos a vivir la vida que siempre quisimos, estar juntos, una casa, un auto… ¿Quién sabe? Incluso familia si las estúpidas reglas sociales cambian.
Nunca me había sentido tan bien como ese día. La promesa de un futuro limpio, feliz, brillante.
-Prométemelo… –Apretó mi mano, no pretendía soltarme.
Tomé aire, una larga y profunda bocanada del asfixiante aire reciclado del pasillo del hotel.
-Lo prometo –Y tomamos camino a la oficina de Alex.
By Alex.
Estaba en mi elegante y espaciosa oficina, viendo por la ventana el paisaje urbano, el atardecer anaranjado de Nueva York cuando mi secretaria me informó que habían llegado las personas que esperaba.
-Hazlos pasar –Le indiqué por el teléfono.
Entró Bill y su… ya no sabría como clasificarlo… su amigo, supongo, el tal Derek.
-¿Mucho tráfico? –Pregunté para liberar la tensión, con el café en la mano– Un gusto verte de nuevo, Derek.
-Igualmente, Alex –Estaba tras de Bill, como un guardia, la cara que traía no indicaba nada bueno.
-¿Qué encontraste? –Bill, pobre Bill, los ojos abiertos y ansioso, enormes como platos y las ojeras de la fiesta anterior debajo de ellos.
-Qué impaciente, Kaulitz... –Me dirigí a la computadora, tanto Bill como Derek se sentaron enfrente de mí, la tensión entre ellos era asfixiante– Solo un par de cosas, que no sé a ciencia cierta si te sirvan de algo.
Bill se acercó y giré la pantalla de mi computadora para que ambos pudieran ver.
-Gracias a mis amigos en el aeropuerto y en seguridad nacional, conseguí esto, alguien con el nombre de Tom Kaulitz Trümper ingreso al país, legalmente, en avión –La cara de Bill se ilumino totalmente, pero la de Derek se ensombreció– Todos los papeles en regla, pasaporte, visa… todo legal.
-¿Cuándo fue? –Preguntó enseguida, emocionado tal cual niño esperando el regalo de navidad, aunque intentara ocultármelo sabía que estaba feliz por la noticia.
-Ese el problema…fue a Finales de 2010 –Observé esa alegría caerse al piso y apagarse totalmente.
-¿Qué? ¿2010? –No me creyó, no estaba conforme, Bill giró mas la pantalla, para observar los datos detenidamente y confirmarlo él mismo– Fue hace mucho tiempo.
-No ha habido movimiento en los aeropuertos nacionales bajo ese nombre de nuevo, es extraño porque con una visa de turista no tienes el permiso para estar tanto tiempo dentro del país así nada más –Bebí un corto sorbo de mi café, tanteando el terreno– ¿Me vas a contar de que trata todo esto, Bill? Ni siquiera sabía que tuvieras un hermano gemelo.
Él me ignoró por completo, y por la mirada de Derek me di cuenta que no tenia que preguntar al respecto.
-¿Estás seguro que esto es todo Alex? –Los ojos de mi compañero se clavaron en mí, estaba angustiado, sus gestos nunca mentían.
-Es lo que tengo hasta ahora, viejo, tampoco soy el jodido presidente para obtener la información cuando quiero, es peligroso. Si alguien de mi trabajo se entera, todo se va a la mierda ¿oíste? –Y era la verdad, era mi pellejo el que estaba en juego.
-Lo sé, y muchas gracias... –Se derrumbo en la silla, desganado, y suspiró.
-Bueno, ya sabes que vino aquí, pero fue hace mucho tiempo… Listo, olvídate del asunto –Derek se veía bastante conforme con el resultado de mi investigación, parecía feliz de que la pista hubiera acabado allí.
-No lo olvidaré, Derek, no. Y no intentes que cambie de opinión –Bill parecía bastante molesto, ofuscado, no me quedaba más que callar, pero tenía que decirle aun algunas cosas.
-La verdad es… –Me senté de nuevo, aclarando la garganta– si no ha habido movimiento alguno bajo ese nombre es por una de dos razones –Bill volteo a verme atento, ansioso, muy ansioso, su mirada era de desespero– Una, está dentro del país aun, bajo algún otro nombre, trabajando ilegalmente. Y la segunda… -Hice una pausa, Bill tragó en seco, como si temiera lo inevitable– Que está muerto. –La cara de mi artificialmente rubio amigo se desfiguro, fue como si le hubiera clavado un puñal justo en el corazón.
Derek permaneció tranquilo, pensé que el ya lo había imaginado, y parecía feliz con la idea, muy feliz.
Bill se levanto y recorrió tranquilamente mi oficina rumbo a la ventana, observo la ya noche, suspiró, negando lentamente– No, no está muerto –De pronto sonó sereno, con el tono más seguro que jamás le había escuchado.
-¿Cómo puedes estar tan seguro? –Enarqué una ceja, mirándole de reojo, analizando sus facciones, sus ojos seguían fijos al horizonte, como si las luces de la ciudad lo calmaran.
Volteó a verme por encima del hombro y con tranquilidad, pacíficamente murmuró.
-Porque puedo sentirlo.
