Un pequeño paréntesis para agredecerles sus lecturas (que ya son muchas) y un agradecimiento a mi "editora en jefe" que hace que tomen sentido las palabras, aunque renigue y llore mucho. Mil gracias a todos!-Ghost
Capitulo 4: Capitán.
By Nick.
Los días habían pasado desde la ultima entrega de armas a los suburbios de Los Ángeles, no habían disturbios, era un lapso de paz muy poco usual pero bueno, no me molestaba, todo marchaba aparentemente bien.
-Segundo al mando, ¿o debo decir segunda? Contigo ya no sé. –Mi broma salió acompañada de una ruidosa carcajada, Richelle me mandó la más asesina, y muy probablemente coqueta, de sus miradas y se giró ignorándome, viendo al lado opuesto– Estoy hablándote.
Exigí una respuesta con mayor autoridad, aunque claro, estaba bromeando; me sentía tan relajado en ese preciso instante, tirado en el sofá más amplio de aquella malgastada habitación a mis anchas, ella me miraba desde el otro extremo, con sus piernas encogidas y los brazos alrededor de las rodillas, abrazándoselas al pecho.
-Vete a la mierda –Escupió, resistiendo la risa que acabó soltando estruendosamente.
-¿Qué? ¿Me tengo que poner persuasivo? –Me incliné hacia ella, dejando la cerveza casi vacía en el suelo, relamiendo mi labio al esbozar una sonrisa malvada. Ella se encogió un poco más y me empujó con la punta del zapato desde el pecho con tal facilidad que volví a derrumbarme sobre el sofá.
-Ni lo intentes, presidente, no me importaría castrarte aquí mismo. –Gruñó, su voz era casi tan autoritaria como la mía, me sorprendió la facilidad con la que podía controlar la situación, con sólo abrir la boca.
-¿Llamó Black? –Retomé la seriedad en mi tono de voz, mirándola de reojo manteniendo mi relajada posición.
-Sí, hace un rato, dice que aun están buscando a los causantes de las revueltas por Stuttgart, y que han detectado cierto revuelo en Hamburgo. –Era buena controlando, pero no era buena mintiendo, la noté algo preocupada.
-Hmmm… -Hice una mueca, Hamburgo… mi Hamburgo– Dile que hable con Andreas. –Ah sí, Andy, la rubia, el maricón más maricón de la faz de la tierra. Aquel desgraciado encantador que se había quedado atrás- Que se deje de escribir y que se ponga a buscar. Quiero saberlo todo.
Luego de dar mi orden, estiré las piernas y eché la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos al tomar un respiro profundo exhalando por la nariz con eterna lentitud.
-Claro, jefe, ¿algo más? –Noté la ansiedad en su voz, incluso podría decir que hasta sonrió.
-Sí, ve al estudio, hay problemas con unas chicas, verifica que todo esté bien. –Asentí una sola vez, sin abrir los ojos, el sueño iba a ganarme en cualquier momento, una de esas siestas momentáneas que me daba el lujo de tomar- Y regresa temprano, hoy tenemos salida nocturna.
Mi querida Richelle hizo una mueca, abrí los ojos y cuando nuestras miradas se cruzaron, yo sonreí. Era hora de ganarse una buena plata en el asfalto.
By Bill.
¡Jodido calor! ¿Es que LA siempre era así de caluroso? ¡Era insoportable!
Me volteé impacientemente, sólo para ver que Derek se había retrasado bastante, venía a paso forzado, con la cara roja del cansancio y sudando a mares, el pobre de mi Sparky parecía que se iba a deshidratar.
-¿Qué te pasa? ¿No que eras el amo y seño de la condición física? Estás peor que yo. –Me doblé de risa quedándome viéndolo, mientras él me alcanzaba con una botella de agua en la mano, vaciándola de un último y largo trago.
-Es el calor. Soy alemán, un lobo del invierno, para mí esto es el infierno –Jadeó, inclinándose recargando sus manos sobre las rodillas y tomó aire pesadamente.
Era… adorable, y demasiado gracioso, su cara de agotamiento era tan cómica y como el sudor le corría por el rostro cayendo por su cuello hasta el pecho... Diablos, mi Sparky era tan sensual, jodidamente sensual.
-No hemos buscado ni en una cuarta parte de la ciudad, así que vete acostumbrando. Toma aire y sigamos –Me reí, negando con la cabeza al llevar mis manos a la cintura.
-5 minutos, por favor… -Suplicó, sentándose en una banca del parque al que habíamos llegado- ¿Dónde dijiste que estábamos?
-West Hollywood –Mi sonrisa se iluminó con bastante entusiasmo, llevándose el gesto de agotamiento que el calor había pintado en mi rostro; con suerte me encontraba a Johnny Depp o a Leonardo Di Caprio, uno nunca sabe.
-Y no hemos encontrado a nadie –Refunfuñó, cruzándose de brazos, estábamos pensando lo mismo y aquello me había sorprendido bastante.
-Te rindes muy fácil, Sparky. –Murmuré distraídamente mientras le contestaba un mensaje a Gustav que me preguntaba donde estaba, con quien, y cuando planeaba regresar.
Obviamente, omití ciertos detalles.
-Creo que ni siquiera he visto a alguien con rastas, mucho menos a un alemán que se cree rapero con piercing en el labio. –Hizo una pausa, seguramente para esperar mi reacción.- A decir verdad, la mayoría son negros –Bufó, jadeando cansado.
La verdad era que no teníamos ni puta idea de qué hacer, solo buscábamos a personas que fueran mas o menos parecidas al Tom que dejé de ver, a ese rastafari con pinta de rapero que… Pero no había siquiera imaginado, no hasta entonces, que a éstas alturas del partido ya habría cambiado bastante. Yo cambié, demasiado, y probablemente Tom también.
Continuamos el recorrido por Hollywood, tampoco era tan tormentoso como Derek quería hacerlo ver. En realidad, parecían unas vacaciones improvisadas y a la carrera. Nos deteníamos, veíamos el paseo de la fama, el teatro chino, todas esas atracciones que sólo había visto en la televisión alguna vez. Era precioso, fama, lujo y excentricidades por todos lados… era un nuevo mundo, mi mundo.
Parábamos por ciertos lugares donde vendían ropa y accesorios de hip hop, toda esa parafernalia; preguntábamos, enseñábamos la fotografía, aquella única fotografía que conservaba de él, pero nadie parecía reconocerlo.
Derek preguntaba a algunas personas de la calle, lo cual no parecía nada sencillo; era guapo, alto, encantador, pero o lo ignoraban o simplemente respondían con evasivas que no lo conocían.
Este viajecito, aparte de cansado, parecía frustrante.
-Paremos –Sin exagerar, sonaba al borde de la muerte.- Tenemos días aquí Bill, nadie lo conoce, son millones de personas y eso no nos garantiza que tu… hermano esté aquí. –Volteé a verlo y desgraciadamente tenía razón, estábamos buscando una fina aguja en un abundante pajar.
Estábamos agotados, necesitamos un descanso urgente.
- ¡Mira! ¡Un bar de motociclistas! Apuesto a que podemos descansar y de paso preguntar tal vez si lo conocen ahí. –No estábamos muy lejos del lugar, podía ver las motos todas estacionadas en fila fuera del local con un aspecto tan rústico que parecía tomado de una película. Emocionado de pronto me vi dirigiéndome al lugar.
-¡Hey! –Sparky me jaló del brazo, deteniéndome.- Alto ahí, valiente. ¿Qué no has visto las películas? Estos lugares son peligrosos, Bill, no creo que debas entrar ahí.
-Por favor… quieres parar a descansar, ¿no? Qué mejor que tomarnos una cerveza entre verdaderos monstruos de rudeza. ¡Mira que motos! –Como si yo no supiera ya sobre monstruos de la rudeza… sin darle tiempo para responderme, lo tomé de la mano cruzando la calle.
-Está bien, pero suéltame, este país es la segunda cuna de Hitler –Ouh, en eso tenía razón, mejor hacernos pasar por seres humanos, rudos y muy, muy heterosexuales, a no ser que quisiéramos que nos mataran ahí mismo.
Entramos al lugar y era tal y como lo imaginaba, totalmente americano. La barra estaba al lado izquierdo, todo era de madera de la más rústica y vieja que seguramente pudieron encontrar, mesas de billar, al menos unas cuatro esparcidas en el resto del espacio, junto a mesas y periqueras para beber y charlar. El lugar estaba repleto y, afortunadamente, nadie nos prestó mucha atención al entrar.
-Vamos a pedir algo –Tenía el mejor rostro de confianza, nos acercamos a la barra y una hermosa chica americana se acercó a nosotros, me fue imposible no quedarme mirándola por unos segundos.
-¿Qué les ofrezco? –No ofreció una sonrisa como las meseras que conocía, estaba seria, en su papel de ruda; llevaba tatuajes, una blusa corta y los jeans bastante rotos.
-Dos cervezas, por favor –Busqué a Derek con la mirada y lo localicé en una mesa particular, se veía realmente agotado así que lo consentiría, pararíamos por hoy, se lo había ganado.
La chica me entregó las cervezas y fui a donde estaba él. En el camino un tipejo de no más de veinte años se cruzo en mi camino y casi hice que derramara las cervezas al suelo, palidecí por un instante, no quería causar una revuelta, ¡y sin siquiera haber abierto la boca!
El tipo volteo a verme, se rió malicioso, dejó pasar una eternidad en segundos antes de volver a darme la espalda. Fue entonces que vi su ropa.
Llevaba unos pantalones flojos, tenis desgastados y una chaqueta, donde claramente leí "novato" en el pectoral derecho, no tenía ningún parche en la espalda. Luego justo al lado de el estaba otro fulano, mucho mas corpulento y con una barba larguísima, llevaba una bandana en la cabeza y chaqueta de cuero, solo que a diferencia del joven este tipo si tenia un parche en la espalda.
Un par de manos esqueléticas sujetándose la una a la otra, mientras las rodeaban unas cadenas que simulaban ser de acero. ¡Era impresionante! ¡Justo como en las películas!
Volví a la mesa con Derek con la boca abierta después de ver semejante espectáculo.
-¿Y esa cara? –Derek me observó, enarcando una ceja y arrebatándome una cerveza de las manos.
-Sólo mira este lugar… son motociclistas de verdad –No podía ocultarlo, simplemente estaba fascinado.
-No me digas que ahora te gustan las motos. –Se empezó a reír, discreta pero animadamente. – Vaya, dudo que siquiera puedas montar tu bicicleta.
-No te rías, esto es serio. Stuttgart fue, más o menos así, solo que esto es más impresionante –Admití, sintiendo el nudo en la garganta venir acompañado de una ola de recuerdos.
-Espero que no te involucres esta vez Kaulitz, porque dudo poder contra tipos así, sólo míralos. –Ignoró mi expresión de repentina nostalgia y bebió de nuevo, de verdad se estaba esforzando.
Analicé a cada persona dentro del bar, había muchos motociclistas y alguno que otro, un civil cualquiera.
Entonces me concentré en la esquina mas apartada del lugar, algo en el misterio de cómo se juntaban captó de lleno mi atención. Había aproximadamente seis tipos de pie riendo y notaba las piernas de un séptimo, al cual no podía ver por completo.
Estaba buscando la manera de verle la cara, cuando un tipo de más o menos de nuestra edad entró por la puerta seguido de varios hombres, en ese mismo momento todos callaron y tragué en seco, mirando hacia cualquier otro lado, aquello olía a pelea. Derek volteó a verme e interpreté muy claro su mirada, si la situación se ponía fea tendríamos que salir lo mas rápido posible de ahí.
El tipo que acababa de entrar no traía nada en su chaqueta, por lo que asumí que no pertenecía a ninguna banda, mandó a uno de sus hombres a reunirse con otro del bando de las manos esqueléticas, le dijo algo rápido, un silencioso intercambio de palabras y los tipos sin nombre salieron.
El otro tipo sonrió viendo a la multitud como si se tratara de un presentador de circo, dio un paso al frente antes de saltar sobre una silla, llamando la atención de aquellos cobardes, como Derek y yo, que nos hacíamos de la vista gorda.
-Es día de carrera, señores. ¡Hagan sus apuestas! –Saltó de la silla y la multitud lo aclamó, empezaron gritar y a chocar los enormes tarros de cerveza. Al parecer una carrera era una celebración ahí dentro.
-¿Con que carreras, eh? –Me volteé a ver a Derek, sonriendo como un niño travieso.
-Ni lo sueñes… -Negó enseguida.
En eso los hombres de las manos esqueléticas se apartaron y de ellos se levantó, aquel séptimo que no había logrado ver bien, llevaba un gorro negro que le tapaba hasta las cejas y un un pañuelo negro amarrado en la cara, cubriéndole la mitad del rostro. Era bastante alto, caminaba con una determinación que lograba sentirse; salió de ahí así que no pude verlo mejor.
-Vamos, Derek –Me levanté del banco sin pensarlo dos veces, repentinamente determinado.- ¡Que vengas dije!
El rubio abrió los ojos enormes, bastante sorprendido, se levantó de mala gana y me siguió fuera del lugar, claro, no sin antes haberle dejado una buena propina a la mesera junto al pago por nuestras cervezas.
-Si te patean el trasero, no te salvaré –Advirtió detrás de mí, me enterneció la mentira tras su voz, sabía bien que lo haría.
-Solo vamos a mirar, relájate. –Ubiqué un buen lugar entre la multitud, no todos vestían como motociclistas, o sacados de un club de rap, ni siquiera todas las mujeres usaban jeans ajustados o muy cortos, quizá ese pensamiento sí había sido muy hollywoodense…
Preferí prestar atención al entorno. La calle sin flujo vial, cientos de personas, miles de ellas, y la noche de Los Ángeles… sí, parecía una escena sacada de una película.
Entonces logré captarlo, el tipo con el pañuelo amarrado subía a su motocicleta entre halagos y vitoreos de sus compañeros. El hombre tomó su chaqueta, leí claramente la palabra "Presidente" en uno de los parches y de nuevo aquel símbolo esquelético. Sin duda era el jefe.
El contrincante se puso en línea, a la par con él mientras que el tipo del pañuelo se ponía un casco, estaba muy ornamentado, ostentoso, era dorado y brillante por donde lo vieras. Un poco fuera de tono con el resto de su outfit, pero debía admitir que se veía bastante bien.
Ambos se adelantaron a la línea de salida mientras una chica se situaba entre ellos, era voluptuosa, muy sexy.
Los gritos empezaron, era una guerra sin duda, una riña que se resolvería en el asfalto. Estaba fascinado con lo que sucedía frente a mis ojos cuando el grito de una mujer me sacó de mis pensamientos, sabía que había oído esa voz antes.
-¡Tú puedes, Capitán! –Esperen… ¿Qué? ¿Qué fue lo que dijo? ¡¿Capitán?!
By Richelle.
Tuve un día largo ocupándome de unos asuntos de la banda, ese negocio del porno iba avanzando favorablemente, aunque las mujeres fueran un poco problemáticas. No comprendía qué ganaban con ponerse en semejante plan de divas.
El jefe me mandó a poner orden y creí que terminaría rápido, pero qué equivocada estaba.
El estudio estaba retirado, a las afueras de la ciudad para ser exactos, así evitábamos problemas legales y que algún auditor cayera de sorpresa. Era un estudio completo, con cámaras, foros, toda esa mierda, y mujeres haciendo su "labor". Nos iba bien, muy bien.
En la parte de atrás había un garaje que, entre equipo viejo y motocicletas sin uso, utilizábamos de bodega de reserva para nuestro negocio principal, los enormes cargamentos de armas. Muchas de ellas inútiles a mis ojos, pero era lo que a estos americanitos les gustaba.
Aproveché para dar un vistazo y verificar que todo estuviera en orden, cobrar algo de pasta pendiente y, como ya dije, resolver algunos inconvenientes entre mujeres.
Terminé a media tarde, poco antes del anochecer, tomé mi bonita motocicleta nuevecita y bien pulida, y me dirigí a la ciudad. Hacia mucho calor así que me digné a ir al bar con los chicos, me merecía una cerveza bien fría por hacer el trabajo que esos pseudo machos no podían. Había llamado al jefe y conseguí confirmar que ahí se encontraban, me dirigí hasta allá sin perder ni un segundo.
Cuando llegue todo mundo ya estaba afuera obstaculizando el paso, como un montón de sucio ganado, así que estacioné en el primer lugar vacío y decente que encontré, me compuse la chaqueta y caminé hacia allá para ver qué pasaba.
En el camino al centro del alboroto, me encontré al prospecto y al enorme barbón, a quien apodamos el Pirata...
-Hey, prospecto… -Levanté la voz, deteniéndome a unos pasos tras de ellos.- ¿Qué está pasando?
-Oh, hola, llegaron los sin nombre y nos retaron. Ya sabes, rutina –Comentó el flacucho con naturalidad, claro, como si aquello fuera de todos los días.
-Nick tiene ganas de carrera hoy, así que no dudo ni un segundo en decir que sí. Tiene ganas de dinero fácil –Resumió el Pirata, sonriente.
-Si tiene ganas de dinero fácil, que vaya a prostituirse como las chicas del estudio… -Gruñí irritada, recordando el largo día de trabajo, yo matándome entre mujeres hormonales y él buscando pleitos, tan típico.
-¿Cómo estuvo eso? –Me preguntó el pirata, alzando sus pobladas cejas en arcos.
-Horrible, tratar con mujeres es peor que tratar con ebrios, yonquis y estúpidos… -Fruncí el ceño, negando con la cabeza, sacudiéndola.
Escucho el motor de la motocicleta de Nick encenderse y hacer estruendo.
Me acerqué y le di el casco dorado, era el de la suerte, por así decirlo, y sólo me dejaba tocarlo a mí, para ser alguien que no creía en supersticiones, aquel hombre estaba lleno de muchas.
-¿Resolviste el problema? –Ni siquiera se sorprendió de verme a un lado suyo para darle apoyo y noté como debajo del pañuelo sonreía.
-A mi modo… -Sonreí y el giró los ojos, luego se puso el casco– Oye… ten cuidado.
Nick no me miró entonces, soltó un bufido e hizo rugir el motor de nuevo, cuando se adelantó a la línea de salida.
Regresé a mi lugar con el barbón y con el prospecto de donde podía observar a todas las personas que se encontraban ahí. Como siempre, todos estaban haciendo un espectáculo de su fiesta callejera, nomas faltaba que llegara la policía. Mi mirada paseaba de un lado a otro, era un tic, un reflejo de precaución para asegurarme que estábamos seguros y no había enemigos en el área.
Y entonces lo vi, frente a mí. Sacudí la cabeza esperando estar imaginándomelo pero no, era él. Ahí estaba, con su... supuesto novio al lado.
Quedé el shock totalmente, no había cambiado mucho desde la última vez que lo vi en Alemania, ahora llevaba el cabello corto e iba bien arreglado, pero algo fuera de tono con el ambiente rebelde en el que nos encontrábamos. Era tan típico de él, que ni queriendo pasar desapercibido era posible.
-Bill… -No me moví, no podía, mi cerebro no respondía y el tiempo pareció volverse tremendamente lento.
Nick volvió a hacer rugir el motor de su moto como el fantoche que era y una de las chicas de ahí se puso en el medio de los dos, esperando dar la señal de salida.
Bill veía el espectáculo junto con el perro, Derek creo que era su nombre, quien tenía una expresión fatigada
-¡Tu puedes Capitán! -Gritaron unas estúpidas chiquillas, convenientemente.
Bill frunció el ceño al escucharlas, confundido y abrió los ojos luego de eternos segundos, enormes, como platos. Sin duda, algo estaba recordando.
Bill, Bill, Bill… ¿Qué demonios hacías aquí?
By Nick.
Sentía el calor causar estragos en mi cuerpo, el sudor debajo de mí ropa recorriéndome, mis manos en el manubrio de mi motocicleta haciéndola rugir y mi corazón a mil por hora, esperando el momento de salir.
Todo se volvió lento, observaba el asfalto frente a mí y sentía el motor como si fuera una extensión de mí, en ese momento y durante el resto de la carrera era uno con la máquina y me sentía tan libre como el motor me dejara.
Giré a ver a mi contrincante, quien estaba igual esperando y acelerar. Sentía la mirada de todas las personas alrededor clavándose en mí, era algo de costumbre, la gente siempre me miraba. Pero ahora era diferente, sentía algo muy extraño, alguna mirada que me penetraba hasta el alma y me hacía estremecer, no entendía el porqué.
Cerré los ojos, respiré profundamente y apareció ante mí esa persona que lograba calmarme, la persona a la que por más que lo niegue, incluso a mí mismo, quería más que a mi propia vida, esa misma persona por la que era capaz de hacer cualquier cosa, hasta morir.
Mi corazón retomó su ritmo normal y abrí los ojos de nuevo, justo cuando la chica bajaba los brazos en señal de arranque.
Aceleré de inmediato, a todo lo que daba mi bien trabajado motor, fijando un recorrido virtual de lo que sería mi camino y los obstáculos que vendrían.
Avance unos cien metros y giré a la derecha, tomando la avenida, el trafico era lento pero logre esquivarlos fácil mente tomando ventaja de mi contrincante. Menos mal que había tráfico, una carrera despejada me resultaba frustrante y aburrida.
Semáforo en rojo. Lo pasé sin dudarlo y escuche el claxon de un auto que frenó en seco a mi derecha, algún automovilista amante de aquellas reglas de tránsito que la verdad a mí no me importaba. Avancé 500 metros más por la avenida, sintiendo la adrenalina y escuchando a mi contrincante acercarse a mí de nuevo.
Giré de nuevo... derecha, concéntrate... Un callejón, de no más de tres metros de ancho, nos adentramos en el y giré a ver a mi contrincante, íbamos parejos… maldita sea, concéntrate.
Justo al frente de mi moto se acercaba a toda velocidad un depósito de basura. Si no hacia nada rápido chocaría fatalmente contra él, no iba a una velocidad segura en caso de contingencia, iba con el motor rugiendo desatado.
Faltándome unos diez metros aceleré y me metí impulsivamente al carril de mi contrincante haciéndolo frenar casi por completo y descontrolarse, una jugada sucia, pero fue para salvar mi vida.
-¡HEY! –Escuché que gritó y aceleró de nuevo retomando el control.
Salí del callejón y retomé la calle en sentido contrario, acelerando, esquivando cada auto hábilmente como lo había hecho desde hace mucho tiempo atrás. Giré a la izquierda y tomé el boulevard de Hollywood, las luces se reflejaban en mi casco y me incitaban a acelerar más, a perderme… concéntrate, hombre.
Estaba cerca, observe por uno de los espejos que mi contrincante aparecía de nuevo, se veía más ansioso y lo notaba por como se movía en el asfalto, eran movimientos desesperados de principiante. Sin duda en la primera oportunidad que tuviera trataría de eliminarme sea como sea, sólo si yo se lo permitía.
Mi pulso se aceleró y tomé la calle que me llevaría a mi victoria. Observe a la gente apartarse rápidamente dejando la vía libre y, ahí estaba, mi victoria a no más de cien metros.
El sin nombre me alcanzo en la curva y quedamos parejos, sentía sus ganas de tirarme de la moto brotando de sus poros, podía oler su coraje.
Aceleré al máximo, mi corazón iba a salirse de mi pecho, y, entre mi locura, lo vi, esperándome en la línea final. Tan perfecto y hermoso como siempre, con su cabello largo y negro, su cara de porcelana... seguía igual, tal y como la última vez que lo vi.
Fue como un hechizo, como si se hubiera convertido en un mago y me ayudará a cumplir mi objetivo. La moto de mi contrincante empezó a sacar humo por todos lados y perdió velocidad. Entonces mi menté voló.
Él estaba en el borde de un precipicio, esperando mi llegada, viéndome sonriente, como un ángel con la mirada llena de paz. Quería estar ahí, quería sujetarlo, llegar lo antes posible y no perder ni un segundo más. Aceleré sin dudarlo, me lanzaría a ese precipicio si era la única manera de ser feliz, de estar con él.
Entonces mis manos me traicionaron y mi visión desapareció. Frené en seco justo en la línea de llegada, a unos pocos centímetros de haberla cruzado, cumpliendo con mi objetivo, había ganado. Todas las personas a mi alrededor me observaban, yo seguía paralizado, jadeando y sudando a mares.
La ansiedad fue creciendo en mi pecho y mis ojos buscaban una salida desesperados. Tenía que salir de ahí, tenía que seguir.
-¡¿Estás bien?! –Vagamente pude escuchar la voz de Richelle- ¡Capitán! ¡Reacciona!
Negué.
-Quítense de mi camino. ¡Apártense! –Rugí y las personas enfrente de mi se hicieron a un lado, temerosas, yo sólo aceleré saliendo lo mas rápido que pude alejándome de ahí.
Me dirigí a mi lugar, encima de la montaña, lejos de la ciudad, había un mirador abandonado, donde siempre iba cada que necesitaba pensar…
Estaba demasiado alterado, tanto que llegué y me bajé en un segundo de la motocicleta, dejándola caer al suelo en un estruendo, no me importó, si se rayaba era cualquier cosa. Nada me importaba ahora.
Estaba mal, me sentía mal, me faltaba el aire y el corazón me latía enloquecido, desbocado. Me saqué el casco y observe el panorama: la ciudad, la moto entre el polvo, la soledad. Me puse la palma de mano sobre el corazón y pude sentirlo, lo tenía a mil.
-Cálmate, cálmate… -Me dije a mi mismo, tomando aire, reviviendo. O al menos intentándolo.
Retrocedí sin dejar de observar el paisaje y topé con una gran roca, me recargue en ella y empecé a calmar mis sentidos, con la espalda pegada a la piedra que hervía como si hubiese absorbido todo el calor del sol del día.
-Estás bien… estás aquí… calma –Me repetía, una y otra vez, hasta que poco a poco lo logré.
Cuando abrí los ojos, mi respiración era normal, pero estaba empapado en sudor. La moto seguía en el suelo frente a mí. Pobrecita. Me acerqué y la levanté con cuidado, la revisé… todo estaba bien, solo algo sucia por el polvo y alguna raspadura en la pintura. La monté y apague el motor.
-Lo siento preciosa… -Me disculpe, realmente estaba loco disculpándome con mi motocicleta, pero para mí estaba más viva que nunca, era parte de mí, era mi consuelo, mi tranquilidad.
Busqué entre los bolsillos ocultos de mi chaqueta una cajetilla de cigarrillos, la encontré, tomé uno, el encendedor y lo encendí con mis manos temblorosas aun.
Di una gran calada cerrando los ojos, y la exhalé abriéndolos con la ciudad frente a mí…
¿Qué me había pasado? Esa sensación….
La última vez que sentí algo así fue en Alemania y las cosas no terminaron bien para nadie.
Algo me hizo voltear a la roca donde minutos antes estaba calmándome.
Y ahí estaba, el muy hijo de puta con su boca cocida y sus ojos negros. Riéndose diabólicamente de mí, en la misma posición contra la roca que yo había tenido apenas hacía pocos minutos.
Aquel jodido pedazo de pesadillas que no había vuelto a ver en 7 años…
El puto muñeco…
Mi muñeco…
Empecé a jadear de nuevo sin dejar de verlo, ésta vez perdiendo el poco control que había ganado sobre mí mismo.
-¿Qué haces aquí? –Le pregunté con la voz ahogada, apenas y tenía aire en los pulmones; mi pecho subía y bajaba sin control.
Él guardó silencio y dibujó una diabólica sonrisa, fue después que comprendí que, ésta vez, algo había cambiado y no era a mi favor.
