mil perdones por la tardanza, he tenido dias dificiles, espero les agrade...-Ghost
Capitulo 10: Casa.
By Tom.
Eran pasadas las siete ya, estábamos sentados en la cocina cenando pero yo no podía probar bocado alguno, así que me limitaba a jugar con la comida. Había un silencio total, la única que parecía prestarme un mínimo gramo de atención era aquella bonita niña, porque era bonita, no se podía negar lo obvio; aunque sus enormes ojos me intimidaban bastante; captaba cada uno de mis movimientos, cruzábamos miradas y ella me sostenía la mirada con seguridad.
-Helem, tienes que comer algo –Le dijo la madre, la que supuestamente era mía también. La preciosa niña obedeció sin dejar de mirarme.
Me sentía terrible, incomodo, sofocándome en realidad, la última vez que estuve dentro de ésta casa fue el peor día de mi vida y juré que no volvería nunca… Sin embargo aquí estoy.
-¿Cómo va la escuela? –Bill se sentía igual que yo, podía verlo en su gesto, intentó relajar la tensión al menos.
-Aburrida, íbamos a disecar una rana pero un niño se desmayó y la profesora dijo que mejor no –La pequeña Helem, para ser tan pequeña hablaba con la claridad de un adulto, igual que Bill.
Cimone me veía de vez en cuando, se veía muy trastornada; no me sorprendería si en su mente estuviese asesinándome, después de todo, un hijo menos… una escoria como yo no le resultaba en gran pérdida.
-Así que, Bill… ya no trabajas –A pesar de estar nerviosa, siempre tenía ese cálido timbre de voz con su hijo favorito.
-Nadie me ha llamado y justo ahora no tengo la necesidad de hacerlo, así que no –Le dijo Bill, más relajado.
-Todo mundo tiene necesidades, Bill, debes dejar de ser un niño mimado –De pronto su tono parecía demasiado molesto y jodidamente estricto.- Debes de hacerte responsable de algo por primera vez en la vida.
Vi como Bill se tensaba por completo, le había reprochado sin duda el hecho de que hubiera ido a América, de que me encontrara y que me prefiriera a mí que vivir su vida aburrida y lujosa.
-Ya no tengo hambre… Vamos, Tom, saldremos a fumar –Me levanté de inmediato y lo seguí, pero en el camino cogí mi mochila dispuesto a irme.
-Hey, hey, hey… -Mi muñeco me jalo del brazo con tanta fuerza, que tuve que contenerme para no reaccionar como lo haría por simple inercia.- ¿A dónde vas? No puedes dejarme.
-Bill… -Nuevamente la adorable e irritante niñita apareció.- Mamá dice que le ayudes con los platos.
-No te muevas… -Me advirtió y entró a la casa. La niña me veía, otra vez con ese aspecto aterrador.
-¿Qué tanto miras? –Mascullé de mala gana, mientras sacaba un cigarrillo.
-¿Ya te vas a ir? –Su tono me pareció más curioso que lastimero, vaya… sólo le parecía un adorno exótico rondando por su casa, de seguro; tan solo me encogí de hombros– Mamá no deja fumar a Bill.
-Yo hago lo que quiero, ¿por qué no te vas a jugar o algo? –Sólo estaba ahí parada, viéndome, no quería que me tomara de su atracción del día.
-No. Es que… te pareces mucho a Bill –Y ella me analizaba por completo aun.- Pero Bill es divertido y sonríe…
Reí muy bajo irónicamente; lo que me faltaba, una enana de siete años jodiendome las bolas.
-En serio, niña, vete de aquí –Ella tenía algo, no sé qué, pero me hizo reír como estúpido.
-Me llamo Helem no niña, y no me iré porque se supone que eres mi hermano –Algo en mi pecho punzó cuando lo dijo, resoplé ruidosamente, fastidiado.
-No lo soy, hazte a la idea –Negué muchas veces con la cabeza, ignorando su mirada de reproche.
-Helem… -Bill apareció detrás de ella, saliendo con el cigarro apagado en la mano.- Es tarde ya, princesa, vete a la cama. –Vi cómo la abrazo fuerte antes de soltarla y dejarla irse dentro.
-Es igual de enfadosa que tú, ¿lo sabías? –Como si le hubiera dicho un cumplido, Bill sonrió, aunque no le duró mucho la sonrisa en el rostro.
-No ha salido nada bien esto, Tom –Y ahí vamos de nuevo.- No debimos llegar aquí.
-¿Qué querías? Todo Alemania te conoce, si vienes aquí nos quitamos veinte mil problemas de encima, Bill. Sé que tus amigos andan cerca y los míos igual, y lo último que necesito es lidiar con la furia de tu madre y ahora también con esa mocosa –La voz me salió demasiado áspera y las palabras muy rápidas, así que mejor le di una calada rápida al cigarrillo.
Bill se quedo callado un rato, comenzó a preocuparme lo que su cabeza pudiera estar maquilando.
-Vamos adentro, hace frio, ya mañana veremos que hacer… -Tomó un respiro luego de decirme aquello, esperanzado, pero negué con la cabeza lentamente.
-Prefiero dormir en un cubo de basura que ahí dentro –Cuando me terminé el cigarrillo, tiré la colilla al suelo y la pisé.- Me voy a un motel.
-Pero… -Tal como lo esperaba, estaba sorprendido, pero se veía cansado, tenía ésta batalla ganada.- No puedes dejarme aquí, Tom.
-Tú lo dijiste, ya mañana veré que hacer, muñeco –Me encogí de hombros restándole importancia.- Hace frio y estas cansado, no te preocupes por mí, ¿entendido?
-Tom… -Dio un paso al frente, pero cuando me volteé a mirarlo retrocedió.
-¿Entendido? –Subí la voz con tono autoritario, echándome la mochila al hombro.
-Sí, Capitán –Emprendí mi camino, dejé a Bill ahí y me alejé de ese horrible lugar tan rápido como mis pasos me permitieron.
Tome un taxi a un par de cuadras, lejos de la casa que me causaba esa extraña e incómoda sensación en el estómago; y me fui a un motel a las afueras, no pude pegar el ojo en toda la maldita noche…
By Bill.
Dormí como nunca.
Toque la cama y me dormí casi al instante, habían sido muchas horas de vuelo y una cena que con gusto hubiera cambiado por unos dos días de avión mas, así que estaba agotado.
Era sábado, me levantó el ruido de mi teléfono, era Gustav… primero lo pensé dos veces, pero terminé tomando la llamada.
-¿Diga? –Seguía más dormido que despierto, así que la voz de mi amigo me tomó por desprevenido.
-¡Bill, tío! ¡Bienvenido! –Sonaba inusualmente eufórico, o sea… Era Gustav.
-Hola Gustav, ¿qué pasa? No grites, por favor –Sonreí, era bueno saber de mis amigos y que por primera vez no me regañaban o maltrataran.
-Me dijeron que te vieron anoche en el aeropuerto, ¿estás aquí, eh? Volviendo, te lo dije Bill, te lo dije… -Contuve la respiración antes de replicar, ahí íbamos de nuevo, con un regaño más.
-No vine por lo que todos ustedes, bola de idiotas me lo dijeron; estoy aquí por negocios solamente –Admití, obviamente haciéndome el importante.- Sólo de paso.
-¿Ya te comieron los sesos los americanos, no? – ¡Y todavía el idiota se reía!
-Más o menos –Rodé un poco en la cama.- Si no tienes nada importante que decir, creo que dormiré un poco más.
-Vale, tío, solo quería saludarte, hay que vernos –Sólo gruñí, era una evidente negativa.- Adiós, Bill.
Y colgamos, me acomodé de nuevo echándome las sábanas encima, dispuesto a dormir de nuevo y…
¿Negocios? ¡Cierto! Tenía que irme a Stuttgart con Tom, me levanté de un salto de la cama y cogí el teléfono de nuevo, marqué… pero el muy maldito lo tenía apagado.
-Aghhh, maldita mierda –Aventé el celular al colchón, pensando lo peor.
Me vestí lo más rápido que pude y bajé, y ahí estaba mamá, obviamente esperando por mí con el gesto impaciente y preocupado.
-¿Tom llamó? –Al demonio mis modales, no le dije ni siquiera buenos días.
-No, Bill tenemos que hablar –Sonó demasiado tranquila, lo cual no auguraba nada bueno.
-Nada de hablar, nada de sermones, nada de "Bill, tienes que dejarlo", nada de eso madre –No le di tiempo de comenzar con el sermón, estaba impaciente, ansioso y demasiado cabreado.- ¿lo has visto?
-Que no, y no quiero verlo, ¿te dejó de nuevo aquí, no? –Me dio un poco de asco ver lo satisfecha que parecía con la sola idea, no le respondí.
Volví a marcar viéndola a la cara… pero nada. El pecho comenzó a latirme velozmente y con fuerzas, se comenzaba a formar un agujero ahí y el agujero dolía, era esa ansiedad de nuevo…
-¡Mierda! –Ahora sí, estaba furioso, subí en dos zancadas y acomodé mi mochila tan rápido como pude. Por suerte no había desempacado siquiera.
-Bill, por favor… no de nuevo –Mi madre se había parado frente a la puerta tratando de hacerme entrar en razón.
Aquí tenía todo; seguridad, comida, empleo, lujos… y yo lo volvía a dejar por estar con el mas grande imbécil de todos, mi hermano, mi gemelo, el amor de mi vida.
-Será cuantas veces yo quiera, como yo quiera y en donde yo quiera –Sin quererlo, subí la voz, estaba al límite de mis cabales, no podía pretender que todo estaba normal.- Soy adulto, y soy libre de hacer lo que me plazca, madre. No vas a controlarme más, no vas a alejarme de él de nuevo, ni vas a decidir qué haré de mi vida ¿Me has oído?
Mi madre estaba atónita viéndome, no dijo una sola palabra, ni siquiera se movió. En el fondo, muy, muy en el fondo, me dolía un poco haberle dicho las cosas de esa manera pero es que no había de otra, era demasiado persuasiva y tenía que cortar todas sus posibles vías de negociación. Al fin y al cabo, éramos los dos abogados.
-¿Me dejarás pasar o salto por la ventana? –Y no sería la primera vez..
Mi madre me miró, suspiró con pesadez y termino accediendo. Bajé a la cocina y en uno de los cajones ahí estaban… mis hermosas, las llaves de mi auto, una Range Rover blanca del año, mi propio bebé consentido.
-Despídeme de Helem –Fue lo último que dije antes de salir, abrí la puerta de mi auto y aventé la mochila dentro.
Iba a encender la camioneta cuando noté algo tirado en el suelo de la camioneta, me agaché y lo tomé, sentí una punzada en el pecho al ver de qué se trataba. Era una sudadera de Derek, la había usado antes de que se jodiera todo entre nosotros, y me la había dado porque moría de frio.
Derek, my Sparky….
-No, no, no… -La lancé al fondo de la camioneta, donde no pudiera verla. Metí reversa y salí del garaje de mi casa sin pensarlo.
Y el imbécil de Tom seguía sin contestar.
-Bueno, Tom, si querías deshacerte de mi no te la voy a poner tan fácil –Mascullé entre dientes, frunciendo el ceño, visualicé el letrero "Stuttgart - 600 Kms", tome su salida en la autopista y me relajé.
El muy cabrón me había dejado tirado.
By Tom.
Bajo perfil, Tom, bajo perfil…
Iba en un autobús rumbo a Stuttgart; había dejado a Bill donde debía estar, donde sabía que estaba seguro, y ahora iba rumbo a mi destino, Stuttgart, mi casa.
Andreas me juró que si mantenía un bajo perfil y cambiaba de apariencia, algún día podría volver, y así fue, aunque por dentro estaba aterrado, un solo error y estaría muerto. Aunque la muerte no era un problema para mí después de todo.
Estaba por llegar, íbamos en la zona alta de la ciudad donde todo estaba sin duda muy cambiado, lo único que si reconocí fue el bar de pijos ricos que Andreas frecuentaba hace mucho. Todo lo demás parecía haberse quedado viviendo sólo en mis recuerdos.
Llegué a la central de autobuses y bajé de él, nervioso como pocas veces me había sentido, saqué de la billetera mi falso carnet de estudiante y me dirigí a la zona de taxis, tomé uno y le di mi vieja dirección. El taxista palideció, pude ver y disfrutar su expresión de sorpresa y miedo cuando cayó en cuenta del destino.
-¿Está seguro, joven? –Me preguntó el taxista, pobre hombre, parecía que le había pedido un riñón.
-Muy seguro, ¿por qué? –Me hice el desentendido, aunque creo que ya conocía la respuesta…
-Bueno, esa zona es peligrosa, y está casi abandonada… -Creo que quien palideció ahora había sido yo… ¿Qué?
-De todas maneras me llevará ahí, necesito encontrar a alguien.
No preguntó más, unos veinte minutos después estábamos acercándonos hacia aquel parque donde solíamos reunirnos para el día de Cristina, estaba descuidado y solitario.
-Aquí. –Le pagué al chofer y, luego de ver cómo se alejaba a toda velocidad, empecé a caminar por el parque.
Una extraña sensación recorrió mi cuerpo, era tristeza o eso creo; todo estaba abandonado, todo sucio, descuidado… roto. Así como lo estoy yo.
Llegué hasta donde encendíamos la hoguera, había unos restos de madera calcinada que tendrían años ahí, marcas de viejas fogatas de muchos años atrás, parecía como si la gente hubiera desaparecido y abandonado la escena así mismo, a la mitad.
-Cómo lo siento, Cristina –Me froté las manos entre sí, conteniendo un escalofrío.
Pero cualquier escalofrío se convirtió en alerta, tan pronto escuche pasos tras de mi.
-Debes de estar realmente loco para andar por aquí sin protección, Capitán de mierda –Giré sobre mi eje y ahí estaba el rubio más idiota sobre la faz de la tierra. Sonreí ampliamente sin siquiera darme cuenta.
-De hecho, vine por mi marica favorito –Enarqué una ceja, jugueteando con el piercing en mi labio.
-Pues… deberías verte en un espejo –Él sonrió aun más amplio y me abrazó sin decir más.- No sé cómo demonios te he reconocido.
No dije nada, pero sí correspondí al abrazo, primero con algo de rechazo al contacto, lo normal en mí, pero luego lo estrujé un poco; al final, lo aparté de un empujón.
-Demasiada fraternidad, campanita -Solté una ruidosa carcajada.- Me has reconocido porque estoy más guapo que nunca, maricón.
-Tal vez sea por las aves carroñeras que te siguen –Ironizó, riéndose por lo bajo.- No puedo dejar que andes por aquí solo… -Comenzó bromeando, pero poco a poco su tono de voz fue bajando de intensidad.
-Ya sé, pero dudo que me identifiquen con ésta imagen, además tengo papeles falsos –Comenté restándole importancia, añadiendo un ademán despreocupado con la mano.
-Vámonos al club, éste lugar está perdido Tom –Andreas me guio hasta su auto, un lujoso BMW.
-Vaya, tus cursilerías sí que dejan dinero ¿eh? –Lo rodeé, admirando los detalles, vaya que era una chulada de coche.
-Mis cursilerías siguen tapando tus atrocidades, diría yo –Agregó con toda arrogancia de inmediato; subimos al auto y arrancó.
Recorrimos toda la avenida, hasta arriba…hasta mi antiguo hogar. Las calles tan desoladas no me sorprendían, siempre había sido solitario, pero había una sensación de pueblo fantasma que calaba los huesos.
-Para, para… -Ordené, el corazón se me retorcía, viendo todo aquello.
Mi casa, mi pedazo de mierda, mi vida… estaba quemada hasta los cimientos.
Me bajé de inmediato viendo semejante espectáculo. Era una verdadera atrocidad. Andreas hizo lo mismo y se puso a mi lado, me recargue en el auto impactado; el rubio apoyó una mano en mi hombro, que me quité de encima con un manotazo inconsciente.
-No pudimos salvarla… -Se lamentó en voz baja, con ese tono suyo de narrador de novela súper dramático.- Cuando dieron la alarma Jörg estaba dentro; lo sacamos inconsciente pero el fuego era mucho ya… lo lamento…
Ignoré el inútil intento de Andy de consolarme, sólo avancé, tenía que verlo, tenía que entrar… En calma y en silencio, observando cada detalle…
Todo estaba negro, lleno de ceniza, acabado… justo como lo estaba yo.
No había puertas ni ventanas, entré al inmueble con pasos calmados, me temblaban horriblemente las piernas, sin embargo me mantuve estable.
Algunos muebles en la sala aun estaban ahí, aunque totalmente inservibles. La cocina donde Guetti, Scotty y Bill habían pasado horas limpiando o jodiendo estaba en negro; la barra acabada, el refrigerador derretido, no quedaba nada más.
Me adentré entre la soledad del lugar y subí las escaleras, con el riesgo de caerme por lo erosionadas y destruidas que estaban. Ahí estaba, sin puerta, mi recamara, sólo quedaba la madera de la cama casi consumida por las llamas, vuelta un trozo enorme de carbón, sin colchón ni nada.
No supe cuanto tiempo pasó pero me transporté a cada uno de los momentos de esas cuatro paredes y todo lo que presenciaron; las peleas, las reconciliaciones, las revolcadas eternas, el sexo desenfrenado, sucio y brutal con Bill; los planes, las ilusiones y la gran cantidad de mentiras que le había dicho ahí, en esa cama…
Sentí algo tibio recorrer mi mejilla, con la mano la limpié… estaba llorando.
No había llorado desde que tenía cinco años y me separaron de Bill. Apenas y me acordaba de lo que pasó, pero sí recuerdo las lágrimas, el dolor de pecho… recuerdo ese mismo dolor.
Pero ahí estaba tal cual crio, derramando lágrimas por lo que fui y por lo que soy, un fantasma…
Un muerto.
Una sombra debajo del brillo de Bill.
Y entonces la vi, ahí estaba, saliendo de mi calcinado armario, me acerqué cual zombi y en segundos estaba ya sujetando los trozos de guitarra desmoronándose.
La Gibson que Bill me había regalado. Se me deshacía entre las manos.
Había guardado los restos de cuando me la destruyeron con la esperanza de algún día repararla, pero no fue así, el daño había sido irreversible; y ahora se me había ido, al igual que todos los demás.
Voltee a ver a mi muñeco macabro y el muy maldito me sonrió, era la sonrisa mas espantosa que le había visto jamás, lo estaba disfrutando, se estaba riendo con saña. Se burlaba de mí, de lo que me había convertido.
Me limpie las lagrimas y sujeté lo más fuerte que pude el mástil de la guitarra, intente golpearlo y el desapareció. Así mismo como los restos calcinados de la Gibson que al impacto se hicieron polvo, se desvanecieron entre mis dedos.
Fue entonces cuando perdí la cordura… ¿o es que ya la había perdido?
