Disclaimer: La historia es original, pero los personajes que aquí se muestran son propiedad de Michael Dante DiMartino, Bryan Konietzko.

Dedicaciones personales.

Espero que Tasiakrood este feliz de volver a leer el primer fanfic que ha leido de mi, espero que Misticgwen, la primera persona que posteo una review en algo escrito por mi le agrade, espero que Obini no caiga en esos bucles infinitos que adorarme por este fanfic y luego odiarme porque en "Un Puente hacia ti" la hago desesperar, espero que Prota Makorrian, fanatla, DrahksArt, Karlis074, Alex Kacr, Red Queen, vuelvan para leer más de estas dos mujeres con un mundo que comerse, espero que alwayswlove siga pensando que es un buen fanfic, espero que Annstein vuelva a postear emocionada, espero que Zakuro Hatsune se alegre de saber que lo primero que ha leido de mi no ha muerto.

Capitulo 2

La primavera, el beso y el collar

Su corazón retumbaba como hacia años que no recordaba, como si un estampida salvaje se alojase en su pecho. No pudo hacer otra cosa que ver como la platinada melena de la oriunda de la tribu del Agua del Sur desaparecía junto con su dueña. Aquella trenza, altiva y juguetona que trotaba despreocupada a cada paso que daba su dueña, semejando ser una conexión directa con la forma de ser y el estado de animo de su portadora.

Le hubiera gustado decirle algo, salir de aquel pequeño local, cruzar la calle y abrazarla, pero sabía que Kya era una mujer de principios y si le había amenazado con enfadarse de seguro no mentía. Así que aquella sanadora algo hippie se había ido trotando hasta perderse en los senderos del parque que daba la bienvenido a la embajada de la Tribu del Agua del Sur. No sabría decir cuanto tiempo pasó, pero Lin observó aquellos andares hasta que desaparecieron de su vista y luego permaneció allí, con la mirada fija tras el cristal, por si de casualidad ella volvía meneando sus cabellos.

El leve golpeteo de cuencos colocándose en su lugar la sacó de su vacía mente, de su perplejidad, y la transportó a aquella mesa baja donde había sucedido algo que ella solamente podía describir con una palabra: milagro. El milagro de no tener miedo, el milagro de sentirse verdaderamente querida, el milagro de las dudas galopantes que se disipan tras tantos años, el milagro de esos labios tiernos que la habían esperado por años. Tantos cambios de rumbo, tanta intensidad, como si fuera una novedad que ya no esperaba pero que aun así la había dejado anonadada entre aquellos cojines.

Si de algo podía presumir la jefa de policía de Ciudad República era de ser una mujer fría, metódica, autoritaria y que siempre procuraba tener la ultima palabra para demostrar su valía. En definitiva, un ejemplo de rectitud; pero esa rectitud, esa frialdad, esa minuciosidad, ese escudo que levantaba con su aspecto marcial y su aire autoritario, no valía de nada contra ella. Kya tenía la facultad de hacerla dudar, de bajar sus defensas, de hacer que cediese un muro de su fortaleza; pero en aquella ocasión, la sanadora había irrumpido con un millar de legiones, decidida a conquistar aquella plaza, a hondear su bandera, a exigir la completa rendición de Lin Beifong. Rendición en forma de una sonrisa dulce como pocas que había provocado la abdicación la maestra de metal con tal de volver a sentirlos, otorgándole una completa y total subyugación a aquella mujer. Así que allí estaba ella, la policía dura, la implacable, la decidida, obedeciendo lo que 'su sanadora personal' le había ordenado porque deseaba contentarla y no próvocarle un ceño fruncido, ya se lo había provocado con su carácter arisco y aquello casi le había quebrado el animo a la hija de Toph. Así pues, lo único que pudo hacer para calmar su actitud era terminar el desayuno que tenía ante ella. No es que no tuviera hambre, de hecho el licor le había dado hambre, pero tenía un remolino de sensaciones en sus entrañas que le hacían difícil estar parada en aquel lugar.

Con gran esfuerzo y mayor voluntad, la mujer de ojos verdes degustó los panecillos con carne que quedaban y daba buena cuenta del ultimo de los bollos rellenos de canela y miel que tanto le habían gustado a la sanadora.

-Seguro que por eso tus besos son tan dulces – murmuró al bollo aunque ya estaba sobria – Eres tan golosa que por eso saben tan bien.

Con un gran bocado devoró el dulce, mientras se chupaba uno a uno los dedos y tomaba un largo trago del té que le habían servido. Ella sabía que chuparse las yemas de los dedos era de mala educación pero era algo que siempre hacia de pequeña y a su madre no le importaba. Le estaba resultando sorprendente realizar una acción que solo haca en la privacidad de su casa y aunque el local estaba vacío estaba claro que no era su casa. En aquel momento, notando la dulce sequedad de la canela espolvoreada en su lengua pensó si aquello no era culpa de la maestra del agua que tenía la extraña facultad de relajar a la jefa de policía y hacerla sentir como cuando tenían ambas quince años. Como si Kya le hubiera lanzado un embrujo que la transportaba a una época donde apenas importaban las cosas serías del día a día y simplemente quedaban todos para ir a jugar a las escondidas. Esos recuerdos la hicieron esbozar una sonrisa, una sonrisa de nostalgia y alegría por los tiempos pasados y por haber vuelto a conectar con ella.

-Definitivamente, los tuyos saben mejor que los bollos – murmura la agente de la ley al comparar el sabor de los besos que se habían robado con el dulce.

Con el estomago lleno y menos borracha, La Beifong comenzó a caminar por la calle pensando en que debería hacer el resto del día. Ella no recordaba lo que era tomarse un día libre y dado que sus escasas aficiones no requerían de un gran esfuerzo ni mucho tiempo, iba a tener un día muy vacío y casi apático.

-Podría ir a la floristería – murmuró por bajo. A Lin le gustaban las flores y cuidar de bonsais, se centraba mucho en cuidar plantas para al menos tener en su apartamento algún ser vivo, además de ella – Me vendría bien un par de macetero nuevos.

Su afán por cuidar a sus amigas del mundo vegetal era dado por la labor de paciencia y minuciosidad que debía de tener con cada uno de los esquejes que tomaba para verlos crecer. Aunque sus cuidados no llevaba más de un rato al día, lo cierto era que ver como crecían lentamente era algo que le agradaba.

-Después podría ir al cine Scope a ver que ponen – luego se pasó la mano por la nuca al intentar hacer memoria de cual era la sala de cine que había quedado destruida con la batalle contra Kuvira – Creo que eran los Cinerama pero mejor no paso por allí hoy. Me he ganado un descanso.

Por un segundo pensó seriamente lo que su voz había enunciado, la jefa de policía se negaba a ir a trabajar porque deseaba descansar. Con dos barrios arrasados y el distrito espiritual, nombre que le habían dado hacia ya un tiempo a aquella zona de la urbe repleta de lianas y donde un haz de luz ambarino yacía ahora, resultaba increíble que una persona tan obsesionada con el trabajo como ella hubiese tomado la decisión de descansar pero sus agotados músculos y 'su sanadora particular' la estaban arengando a ello. Cada fibra de su cuerpo gritaba por un descanso prontamente aceptado después de la sesión de acupuntura de Zaofu, hace ya varios años, en donde la agente de la ley comenzó a notar que su cuerpo acuciaba el esfuerzo prolongado con cada vez más daños permanentes. Nunca le había preocupado el agotamiento, nunca se había planteado el retiro, ni despegar el pie del pedal de aceleración en su lucha contra el crimen, pero en aquel momento pensó que sí quería un descanso, un tiempo de relax para simplemente ir a desayunar con cierta maestra del agua de andares juguetones.

Antes de nada, la jefa de policía debía de pasar por su apartamento, para poder cambiarse de ropa y despojarse de aquel arrugado y oscuro traje. Era cierto que aquel traje le daba un aire regio al tiempo que su contorno abraza sus caderas y su cintura, pero aunque bien sabía que le iba como un guante a una mano era algo demasiado formal y elegante para las prendas a las que ella estaba acostumbrada. Lo cierto era que ella solía vestir su uniforme para casi todo pero sabía que aquello no le permitiría dejar de preocuparse por la jornada laboral, y eso era algo que se había prometido no hacer; así que con paso constante y algo cansado se dirigió al modesto barrio de las Callejuelas. Ese barrio recibía su nombre por el sinfín de ramificaciones que salían de las calles principales, como los afluentes de un rio, y que formaban cientos de recovecos que eran aprovechados para todo tipo de actividades. Antes el barrio era considerado una de las zonas con mayor delincuencia de la ciudad, pero cuando Lin Beifong se mudo a vivir allí la cosa dio un giro drástico.

Se había a vivir a ese barrio el día que decidió irse de casa de su madre para tener su propia propiedad. Aunque sabía que el lugar era hogar de indeseables y delincuentes, el apartamento era bonito, amplio y muy pero que muy barato. Así que decidida a todo, la maestra de metal adquirió el apartamento y se dedicó en cuerpo y alma a hacer de su actual barrio un lugar mejor. No pasaba noche alguna los primeros años, en donde no detuviese a algún atracador o camorrista, lo que le conllevo más de un atentado contra su vida y centenares de pintadas insultantes. A Tenzin eso le ponía nervioso pero como su relación aun no había comenzado formalmente, solo se dedicaba a aconsejarle a la agente de la ley que con su sueldo se buscase algo mejor en vez de vivir en aquellas calles. Resultaba increíble que el maestro del aire no entendiese lo que ella estaba haciendo, su labor era destruir el crimen y reducirlo desde el centro de este, donde los criminales respiraban tranquilos y podían pasear tranquilamente en una zona que llamaban hogar. Aquel pedazo de asfalto perdido en la gran urbe se había convertido en su reino particular, en su propiedad, pero la hija de Toph Beifong se había infiltrado para recórdarles que nadie escapaba del metálico y frío brazo de la ley. Su madre nunca mostró mucho interés en aquel lugar, casi como aceptando una tregua perpetua al adentrarse por una de las calles aledañas a la estación de tren y que marcaban el comienzo de aquellas callejuelas donde los delincuentes se escabullían y sus hombres podían resultar heridos. Pero Lin no era su madre y mientras no se excediese ni muriese a sus manos ningún criminal, todo iba a ir bien.

Algunos peces gordos que recibían sobornos de las bandas de aquel barrio se quejaban de las acciones de aquella joven seria y fría, pero su madre prefería hacer oídos sordos, algo más que gracioso cuando tenía el mejor sentido del oído del que cualquiera podía imaginar. Ciertamente a Toph no le importaba lo que hiciera su hija, era su decisión, ella ya era mayorcita y le había enseñado el valor de la justicia y eso era lo que Lin estaba inculcando. Cada vez que asaltaba a algún delincuente provocaba el temor entre sus indeseables vecinos que comenzaban a buscar otros rincones de la ciudad, guaridas malolientes controladas y vigiladas por el cuerpo de policía. Resultaba increíble pensar en como una joven maestra de metal quería demostrar a la gente que no era solo la hija de una heroína, sino una gran maestra por cuenta propia que desembocó en que varias bandas fueran desmanteladas o algunas simplemente desapareciesen del lugar. El hecho más significativo era que unicamente quedaban en pie las bandas más poderosas y con conexiones por toda la ciudad y en las altas esferas, como el grupo mafioso Agni Kai. Sin embargo, las pequeñas bandas, los grupos violentos, los atracos, no solo disminuyeron en el barrio, sino en toda la ciudad. Los maleantes escapaban al barrio de las callejuelas para evitar ser atrapados pero eso resultaba inútil cuando una agente conocía hasta el ultimo reduzco, pasillo y recoveco de aquel lugar como la palma de sus callosas mano. Lin dejó bien claro que aquel lugar ya no era ni sería jamás zona libre de ley, sino que ahora era la zona más calmada de Ciudad República. Con el pasó del tiempo, los méritos que realizó en aquel barrio marginal le fueron reconocidos con un ascenso temprano que algunos políticos consideraban demasiado temprano y fomentado por las ansias de mostrar a la ciudadanía que no solo el legado Beifong, sino la herencia de la ley y el orden, seguiría con vida a la hora del retiro de la maestra ciega. A la hija de tal heroína no le importaba las medallas ni las placas con su nombre, pero el hecho de que muchos jóvenes del barrio de las callejuelas prefieren ingresar en la academia de policía antes que en la vida criminal era algo que le llenaba de orgullo, sobretodo viendo como la observaban llenos de admiración y respeto, uno que se había ganado con esfuerzo, uno que no venía de su apellido, uno que no era herencia de una madre, uno propio, uno propiedad de Lin Beifong.

Al llegar al barrio muchas personas la saludaron con una sentid sonrisa, aunque aquello había sucedido hacia décadas los más mayores son olvidaban tales actos de valor y determinación y se preocupaban de que los jóvenes no los olvidasen. Cada vez que un joven tropezaba con ella o hacia algo que podía importunarla se disculpaban en el acto o sus padres se disculpaban en su nombre y seguían su camino, justo para después explicarle en voz baja al joven que aquella mujer era alguien muy importante para el barrio. Algunos intentaban no ser escuchados, algo difícil dado el buen oído que poseía la jefa de policía, pero otros simplemente comentaban a las nuevas generaciones la posición y la fama de la agente de la ley, para vergüenza de esta ultima.

Su apartamento estaba situado en la tercera planta de un pequeño edificio de tres pisos hecho con ladrillo expuesto y ribetes blancos en las ventanas. Muchas personas le habían preguntado porque no se marchaba de aquel lugar, pero lo cierto era que era suficiente para ella. Era cierto que el lugar era pequeño, que solo constaba de un modesto salón separado de la cocina por una barra donde ella solía desayunar y cenar, que el baño tenía una pequeña bañera que casi nunca usaba porque la necesidad de economizar el tiempo demandaba una rápida ducha y que la cama doble estaba custodiada en un dormitorio bastante modesto; pero para ella todo aquello era más que suficiente. A decir verdad, también le venía bien debido a la localización; desde la estación podía tomar cualquier linea de tranvía y estaba relativamente cerca del ayuntamiento, la comisaria y de un par de buenos restaurantes a donde iba a cenar a menudo. No eran lujosos restaurantes, sino más bien mesones donde se comía bien y la conocía, conocían sus gustos y conocía que le gustaba. En definitiva, era un lugar bastante bueno para vivir.

Después de abrir la puerta exterior, saludó a la señora Haka, su vecina y una tierna y dulce anciana que vivía en la segunda.

-Buenos días, querida – la mujer ya de avanzada edad la sonreía con los labios bien pegados al tiempo que se ajustaba las gafas y descansaba sobre su bastón – Que elegante va, señorita Beifong, ¿algún acto oficial?.

-No, la boda de unas amistades – respondió correspondiendo al sonrisa – Al final la celebración se alargó más de lo normal.

-¡Espíritus!, si usted no suele trasnochar – el tono de sorpresa molesto un poco a la mujer de ojos verdes, pero intentó disimularlo – Espero que eso no afecte a su trabajo.

-No se preocupe, hoy me he tomado el día libre por la boda. Descansaré para renovar fuerzas y volveré a mi puesto mañana.

-Hija – la anciana se arrimó a ella para verla mejor – No esta bien que se esfuerce tanto. No soy quien para meterme en su vida, sé que la ciudad cuenta con la mejor jefa que pueda querer, pero no se exceda, por favor.

-Descuide, lo tendré en cuenta – lo cierto es que a veces la anciana era más tierna y mostraba más preocupación por ella de lo humanamente posible. Esta mujer y sus dulces gestos eran su secreto, algo privado que no quería que perturbasen. Solo de pensar en los sustos que podía sufrir su pobre vecina si Korra llegase dando tumbos como un jabalí gigante la hacia temblar.

-Bueno, lo cierto es que hoy te veo muy contenta y vivaz. Me alegro.

-Debe ser porque me he liberado un poco del estrés – enunció intentando fingir que aquellas ultimas palabras la sonrojaron – La reconstrucción me tiene agotada y me ha venido bien desconectar de las obligaciones.

-Sí, tienes razón – una risa cómplice se dibujo en el rostro de la anciana – Pero entonces dígale al afortunado que no le regale un collar de compromiso en una boda.

Durante uno segundos la maestra de metal tuvo que asimilar lo que sus tímpanos acababan de percibir, collar de compromiso. En aquel momento llevo su mano al cuello, el collar que Kya le había enlazado al cuello estaba allí, no era un sueño, no lo había sido, y ella había caminado todo el trayecto con aquel collar.

"Maldita sea, me había olvidado del collar. Lo han podido ver, bueno, ¡claro que lo han visto!. Debí habérmelo quitado. ¡No!, quiero conservarlo, pero al menos tuve que haberlo tapado porque si alguien se entera de quien me lo ha dado se armará un revuelo enorme", en ese justo instante sus ojos, que habían estad mirando al vacío, se posaron en su vecina, "Maldita sea, ¿y ahora qué le digo?. ¡No puedo decirle la verdad!, piensa Lin piensa".

La señora Haka dio un leve tirón a la manga de la agente de la ley con el único fin de llamar su atención y sacarla de la inopia en la que se encontraba.

-No se preocupe, joven, seré una tumba – le guiño un ojo mostrándole camaradería – Pero asegúrese de que no se lo ha regalado solo para una noche.

-¿Como dice? – preguntó sorprendida.

-Algunos hombres son muy ruhines – resopló la anciana – A mi pobre hija le hicieron una vez algo verdaderamente horrible; le entregaron el collar, se acostaron esa misma noche y descubrió que el collar no significaba nada. Ese tipejo solo quería acostarse con mi pequeña y además el collar era falso.

-Lo siento por usted – en aquel momento se sorprendió - ¿Cómo que falso?.

-Verás, querida, un collar de compromiso es algo serio y debe ser hecho a mano. No importa si son las del novio, su padre, o un encargo, o una herencia. De hecho, se tarda un año en entregarlo por ello, salvo que sea una herencia – añade como si fuera una maestra impartiendo clase – También puedes dar un collar temporal y entregarle más adelante uno bien labrado, pero siempre han de ser elaborados a mano.

-Entiendo.

-Pues este malvado le entregó a mi pequeña un collar manufacturado. Al parecer con la ayuda de maquinaria y chatarra hacen collares – una mirada de odio se encendió pese a la edad – Se supone que ha de ser una muestra del trabajo de una persona de la misma forma que se trabaja en el amor y en el camino hacia el futuro, juntos. Entienda que no puede ser algo hecho de esa forma y menos aun con chatarra. El collar no debe de deteriorarse, ¡y ese estaba hecho con latas!.

Observando como la mujer se estaba alterando, la agente de la ley quiso evitarle mayores sufrimientos e intentó evadir el tema de conversación de alguna forma.

-No se preocupe, se lo estoy guardando a una amiga y tengo miedo de pérderlo, así que me lo puse en el cuello – No estaba segura pero Lin creía que había dado al escusa menos fiable de la historia, tanto que de haber dicho que era un regalo de un espíritu hubiera sonado menos estúpido.

"Genial, Lin, ¿por qué no le dices que en realidad ahora regalan collares de compromiso con las cajas de cereales?", se criticó ella misma, aunque para su sorpresa la anciana miraba algo distraída.

-Bueno, son otras épocas – y comenzó a caminar hacia las calles.

-Pero, le repito que ...- quiso hacer hincapié en su escusa pero se topo con una man que se despedía de ella con cierta indiferencia.

-Si, si, no importa. Son otras épocas – y volviendo a repetir lo mismo la anciana se marchó y Lin reanudó su ascenso.

Una vez llegó a la puerta de su apartamento pudo acceder a su hogar, simple, austero, como ella. Las paredes beis contrastaban con las puertas oscuras y estas a su vez atenuaban el reflejo de los ventanales bien abiertos para que les dé el sol a las plantas. Las plantas, una serie de macetas con lirios y tulipanes acompañaban a un trío de bonsais que había cuidado desde hacia varios años. Eran lo más cercano a sus mascotas que había tenido jamás. Un par de estanterías donde atesoraba fotos familiares y medallas, rodeaban una mesa de comedor hasta arriba de informes y documentos. Solía llevarse trabajo a casa para eludir las horas muertas y aburridas, y al vivir sola no le hacia falta usar aquella mesa que se había convertido en un improvisado escritorio. La cocina, de azulejos verde oliva, era bastante pequeña pero también eran escasos sus conocimientos culinarios, en la nevera solo había unos par de envoltorios de encurtidos y fiambres para poder degustar junto con las cervezas y vinos que allí se enfriaban. No solía beber, pero aquellos comestibles estaban reservados para sus momentos de esparcimiento o para celebrar la resolución de un caso. Al acercarse al dormitorio para cambiarse podía ver su cama, perfectamente hecha, sin una sola arruga en sus mantas marrones.

-A ver que me pongo – comentó la mujer divertida al ser conocedora de su escaso vestuario. No es que no fuera una mujer que disfrutase de la ropa y los conjuntos elegantes, es que hacia tiempo que vivía más para su uniforme metálico que para ella misma; y aunque la encantaba su trabajo y desempeñaba su labor de forma excepcional, verla con un traje con falda la haría parecer débil a los ojos de alguno de los concejales estúpidos y aduladores que solían pulular en torno a Raiko.

Después de ataviarse con un pantalón gris y una camiseta verde, la mayor de las hijas de Toph se aproximó al baño para lavarse la cara. Una vez en el servicio pudo ver su reflejo en el cristal y con él, aquel collar que le recordaba que no había sido el delirio de un borracho. Su mano se acercaba al collar, casi como si quemase este fuera a romperse con solo rozarlo, pero el contacto con aquella alhaja se sentía tan cálido como su dueña.

"Debería quitármelo, pero si me lo quito le estaré faltando al respeto", pensó dubitativa, "¡Ya sé!, con un jersey nadie lo notará y además así me abrigo por si refresca".

Con un ligero trote, inusual en ella, se aproximó al armario y se vistió con un jersey negro de medio cuello, algo fino pero que ocultaba el collar que inconscientemente y de forma infantil quería conservar cerca de ella.

-Seguro que me preguntará a la noche si me lo he quitado en algún momento – musitó ella como si hablase con sus bonsais – Y ella siempre sabe si miento no. ¿Qué peor forma hay de empezar algo que mintiendo el primer día?.

Fue en ese momento en el cual pudo darse cuenta de una vez de lo que estaba sucediendo, como si su mente se hubiera olvidado de aquello durante varias horas, ¡Kya y ella iban a verse aquella misma noche!, y aquello no le incomodaba en demasía, es más, le hacia estar nerviosa de una forma que desconocía. Se había enfrentado a mafiosos armados, a maestros del fuego locos, al Loto Rojo, a Amon, había perdido su control; pero aquello no le hacia pasear por su pequeño apartamento de la forma que lo estaba haciendo ahora.

-Va a venir aquí – dijo casi a la espera de que sus plantas la respondiesen, mirando las inertes macetas con cierta necesidad – No sé ni la hora, ni sí querrá cenar en algún sitio o espera que yo le preparé algo. ¡Por favor que no quiera verme cocinando!

El nerviosismo galopante que se adueñaba de su cuerpo le hacia perder levemente el control de una de sus cejas, creándole un tic que comenzaba a molestarle.

-Cálmate – se decía mientras respiraba hondo – Tu solo pasa un día tranquilo y todo saldrá bien.

Con dicha decisión tomó su abrigo y se salió de su apartamento, con la esperanza de que el aire del exterior la despejase. Se aproximó a la bahía, para ver el océano meciendo con sus olas las luces de la mañana, a la vez que aquel mar, inhóspito y hermoso a partes iguales, le recordaba a ella. Era como si todo le recordase a ella; los navíos con bandera de la Tribua del Agua del Sur, donde era originaria Kya; la estatua de Aang, el padre de Kya; la isla del templo del aire, donde vivía la familia de Kya; aunque luego se dio cuenta de que todo aquello hiciera que la recordase era demasiado obvio. Con un resoplido comenzó a caminar, recordando la historia de la señora Haka y pensando que tal vez ella le estaba dando demasiada importancia a ese beso, a ese colgante, a todo lo acontecido en aquel pequeño rincón; pudiendo ser solamente producto de su emoción y que para la maestra de agua simplemente significase una aproximación más intima a todas las doctrinas de amor universal que solía enunciar a modo de mantra. Aquella idea, la de ser solo una amiga con la que se compartió un beso promovido por una confesión de años atrás, o simplemente ser una amiga con derecho a roce, le la entristecía.

-Quiero respuestas, ahora – dijo en voz alta, al tiempo que giraba sobre sus talones y ponía rumbo a la embajada del Agua del Sur – La esperaré hasta que salga.

Como se suele decir, la decisión de los ejércitos desaparece con las primeras dudas, y la de Lin decreció a medida que se aproximaba al local que había frecuentado horas antes. No importaba lo que ella quisiera, Kya estaba haciendo algo importante y ella, en su egoísmo, la quería incordiar. Se recriminó la actitud y después de ver la hora en su reloj de pulsera observó que estaba muy cerca de la hora de comer, así que decidió dar un paseo por el parque aledaño a la embajada para hacer tiempo antes de ir a por unos fideos. El parque era una serie de sinuosos senderos que desembocaban en una enorme fuente, la más grande de la ciudad, decorada con olas talladas y grandes orbes de piedra. Dichos orbes hacían alusión a la esfera donde Aang, el anterior Avatar, había estado encerrado por casi un siglo. En los labrados de las esferas podían verse ciertas escenas que relataban las aventuras de Aang y sus compañeros, algo que ahora aprendían los niños en clase de historia. Ante la vista del agua bailar en aquella fuente, la jefa de policía decidió descansar en aquellos bancos de madera contando las horas que pasarían hasta que volviese a ver a la maestra el agua.

Para su desgracia todo volvía a recordarle a Kya: el agua de la fuente, que Kya podría dominar; los labrados en honor a héroes de la Tribu del Agua del Sur, entre los que estaban familiares de Kya; el cielo azul, como los ojos de Kya; Kya, que le recordaba a Kya. ¡Kya!.

Ante ella, la morena maestra del agua la saludaba efusivamente al tiempo que con un ligero trote iba meciendo su melena hasta llegar al banco donde se encontraba Lin, la cual ante el estupor de verla caminando hacia ella no sabía si levantarse o darle gracias a los espíritus por poder verla de nuevo tan prontamente.

-Hola, agente – la saludaba con una leve sonrisa – Puede cerrar la boca.

-Perdón – enunció en disculpa la maestra de metal justo antes de cerrar la boca con tanto fuerza que sus mandíbulas resonaron.

-Pensé que no estarías por aquí, pero veo que has ido a cambiarte. ¿Me estabas esperando? – una ceja levantada se unió a aquella sonrisa picarona.

-No – se ruborizó inconscientemente, para terminar rindiéndose a aquella sonrisa – Quería verte pero no deseaba molestarte.

-No lo has hecho, tranquila.

-Por cierto – Lin se bajó levemente el cuello del jersey, mostrando el collar de compromiso – Lo he cuidado para ti.

Tal acto le provocó una inusitada vergüenza que le hizo apartar la vista. Sin embargo, pudo notar como un par de suaves labios le daban un tierno y dulce beso en la mejilla.

-Gracias.

Continuará...

Una review hace muy feliz a al que escribe y le anima seguir esforzándose.

Reflexiones:

Y los fans pidieron más de Kya y de Lin y yo les doy lo que quieren. Espero que este nuevo capítulo, además de esta continuación, llenen de alegria a los que tantas veces me la han pedido. Espero que este capítulo totalmente nuevo os guste y os emocione para dejar una review porque este funcionará si se ve interés, o si se me ocurre algo divertido . Tranquilos porque ya tengo ideas para realizar con estas dos mujeres, y espero que os gusten.