Sé que el fic esta oficialmente clausurado, de hecho no me interesa volver a escribir otra cosa porque eso me obligaría a ser constante, pero me agrada la idea de prodigar algún regalo a los fans del Kyalin por estas fechas navideñas. Pensé una cosa: ¿Cómo se sentiría Kuvira ante el hecho de disfrutar de algún trasunto de Navidad con sus nuevas madres?. Aquí esta el resultado.

Para aclarar. Se os agradecería un review pero, por favor, ruego que nadie insista para que continué asiduamente el fic porque cosas como 'Su descubriendo que Lin casi adopta a Kuvira' no es algo que me interese escribir. De hecho, Este es el fin oficial y definitivo de este fic, salvo extraña coincidencia.

EXTRA NAVIDEÑO

Le dolía todo, cada fibra de su ser rechinaba como cada mañana desde aquel día, desde el día en que perdió su tierra-control. No importaba cuantos meses habían pasado desde aquel día, aun sufría el entumecimiento que le había provocado el hecho de perder su bending.

Así es, Kuvira ya no era maestra alguna desde hacia varios meses. El hecho de haberlo perdido respondía a las extensas solicitudes del gobierno de la recién fundada, República de la Tierra. Su sueño de ver un Reino de la Tierra en paz habían cristalizado después de su encarcelamiento. Durante dos años los dirigentes de algunos de los nuevos partidos políticos habían reclamado entre sus planes gubernamentales la extradición de la criminal de guerra y antigua líder, Kuvira. Palabras como traidora, ejecución y horca se repetían en los discursos de muchos de los que buscaban esa primera presidencia y parecía que sus días estuvieran contados con los dedos de una mano cuando el primer presidente de la nación exigió una reunión con Raiko y el Lobo Blanco para que hicieran frente a sus proclamas.

Ella lo sabía todo. No importaba cuanto se esforzasen Kya y Lin por ocultar la situación de tensión política que se había formado alrededor de la antigua líder militar, más de un guardia se tomaba la molestía de incomodarla con la premisa de que pronto dejaría aquella celda de madera libre y pasaría a ocupar otro habitáculo de madera más pequeño: un ataúd. Al menos podía sonreir esos días con las visitas de sus cuidadoras y las ocasionales reuniones con el avatar Korra. Incluso habían ido a visitarla varios maestros del aire, como Kiki, con el fin de que comprobar con sus propios ojos las grandes pasos hacia la reinserción que había dado la antigua guardiana de Zaofu.

Aun recordaba el día en el cual la pequeña Kiki entró sollozando y la abrazó con fuerza. La abrazó como abrazan los niños a sus niñeras, como abrazan los infantes a sus héroes, como solo una hermana abraza a otra. Aquellas lagrimas partieron en mil pedazos el corazón de Kuvira, quien ya había aceptado el fin de su vida como algo inherente al hecho de subsanar sus pecados. Sí, ella había aceptado todo ello con la gratitud de alguien que encuentra un hermoso paisaje al final del camino. El paisaje de un grupo de gente que la quería y apreciaba en demasía había sido un hermoso presente otorgado por el destino.

Sin embargo, las sorpresas nunca llegan solas y se enteró por Kya que Lin se había con su hermana, Suyin Beifong, para rogarle que clamase por la vida de quien en su día la había servido como la más fiel miembro de su guardia. Nunca supo como la mayor de las Beifong convenció a su hermana pequeña, pero la líder de Zaofu abogó por la piedad; porque de ejecutar a la antigua líder militar ellos no serían mejores que quien pretendían castigar. La palabra de la matriarca de la Ciudad del Metal era muy respetada y tenida en cuenta en el nuevo gobierno del Reino de la Tierra; tanto que aceptaron dejar de exigir la cabeza de Kuvira con una condición: que fuese privada de su tierra-control.

Sin aquello que la hacia especial, sin poder modelar el metal que tanto extrañaba, sin poder dominar la tierra desde hacía años; a la mujer del lunar en el rostro no le parecía una mala decisión. Demostrando que ella podía renunciar a lo que más quería, no solo estaba salvando su vida, sino demostrando que ella podía cambiar y ser un ejemplo de superación y perdón. En un principio, la mismísima Korra se había negado a hacer algo tan detestable, pero la antigua dictadora la había convencido. Antes, hubiera preferido morir a no poder doblar el metal; ahora, quería vivir para saber más del mundo que la rodeaba y que había ignorado todos estos años. Kuvira había cambiado para bien.

La avatar sollozó cuando arrebató el control a su antigua rival, ahora amiga. Kuvira sintió un agotamiento extremo y como cada musculo de su cuerpo se contraía como un latigazo. Lo ultimo que vio antes de aquel momento fueron las lagrimas de Korra, las cuales bañaban aquellos hermosos ojos azules, mientras mascullaba en voz baja un 'lo siento' apagado. Luego de aquello, lo primero que pudo ver fueron otros ojos azules mirándola con cierto temor. Ante ella, en una cama, Kya le sostenía la mano y le humedecía un paño que la antigua dictadora tenía en su frente.

-¿Cómo estas? – le preguntó la sanadora con tono preocupado.

A la mujer del lunar le costaba articular palabra debido a la sensación de pesadez – Raro. Es como una gripe.

A los pocos segundos llegó Lin Beifong, con rostro sereno y sombrío, apoyando sus manos en los hombros de su pareja y mirando a la joven convaleciente en la cama.

-Te recuperarás, chica – comentó con un algo más positivo – Y luego todo irá a mejor.

A mejor. Sonaba raro para alguien había perdido casi todo, pero al final si era cierto. La antigua jefa de policía se había peleado con el Loto Blanco para que le asignasen a Kuvira una nueva prisión, alegando que para alguien no acostumbrado a la humedad, el clima de aquella prisión era algo negativo. La mujer de cabello grisáceo afiló sus exigencia, añadiendo que aquella era una prisión para maestros y Kuvira ya no lo era.

Además de eso, Kya se enfrentó con el alcaide por los malos tratos que se consentían bajo su mando, dejando claro que nadie sería de fiar para cuidar a la que casi había adoptado como su hija.

La solución para ambas protectoras había sido claro: una remota prisión subterránea en las profundidades del monte Lieng que hacia siglos servía para retener a maestros del aire rebeldes y de la cual le había hablado su difunto padre; el anterior Avatar, Aang. Algo que sonaba terrible ante el hecho de condenar a una no maestra a la soledad de un puñado de paredes bajo tierra. Aunque cuando lo pensó Kuvira se acordó que quien había propuesto aquel lugar no era otra que la sanadora de la Tribu del Agua del Sur, quien ya tenía un plan para ello.

Habiendo convencido al Loto Blanco sobre la necesidad de proteger la localización exacta de la cárcel, grande fue su sorpresa cuando dicha prisión no era otra cosa sino una casa suspendida en lo alto de un monte escarpado. Era cierto que allí se encontraba una prisión, de hecho el bosque circundante eraba vigilado por guardias del Loto Blanco, pero dado que solo ella podían acceder al interior. No sonaba tan mal el hecho de que Kuvira hiciera vida con Lin y Kya en la casa que poseían los antiguos celadores. Así pues, la antigua dictadora del Reinot de la Tierra permanecía oculta a simple vista y podía disfrutar de un pequeño jardín, un riachuelo donde bañarse y una huerta donde empezar a plantar frutas y verduras. Sí; era una buena vida.

El monte era alto y solo el camino de descenso les permitía bajar. La casa había sido remodelada por Lin en un principio. A la, ya retirada, jefa de policía le gustaban las manualidades y tomó como un reto personal avituallar la casa y las despensas. Era cierto que la hija mayor de Toph no tenía entre sus dones la paciencia, pero pudo contar con cierta ayuda para poder tener la pequeña edificación de dos plantas lista para sus chicas. Dos plantas alzadas con tierra-control, pero retocadas con madera para que guardase mejor el calor; con tres dormitorios y una modesta cocina de leña. Todo ello pintado de azul y ocre, con algún detalle rojo entre los listones. Algo simple para algunos, pero todo un logro para ella y su hermoso hogar para Kya.

Le habían dolido las articulaciones al despertar desde que le quitaron su bending, pero lo cierto era que también le dolían por la falta de esfuerzo a la que se había acostumbrado en prisión. Algo que resultaba ser lo opuesto a la ultima semana, cuando la maestra del agua le exigió que pintase su cuarto de algún color. Suyo, de ella y nadie más. Nunca una palabra había tenido tanta fuerza. Después de tantos años donde semejaba que nada le pertenecía, ahora aquellos escasos metros cuadrados eran de su propiedad.

Ambas mujeres le habían dado un cuarto y le habían ordenado decorarlo un poco. Ella lo había pintado de verde oliva, pero según Kya ella era tan sencilla como Lin. Extraño fue cuando la oriunda de la tribu del Agua del Sur tomó un sello con forma de estrella, lo empapó en pintura blanca y empezó a estampar estrellas níveas por las paredes.

-Mi hija siempre tendrá alguna estrella a la que regresar – se defendió mientras estampaba algún sello más.

Su madre. Sus madres. Suyas, de ella y para ella. De nuevo los pronombres posesivos se hacían tremendamente fuertes. Era cierto, así había pasado hacia casi un año, cuando después de un mar de sollozos agradecidos, Kuvira se topó con el amor de ambas mujeres. Las dos habían decidido al unísono que la joven del lunar las llamase madres a partir de aquel momento, porque estaban seguras de que a aquella triste chiquilla solamente le hacía falta amor.

-Buenas noches – bromeaba Lin al tiempo que observaba a su hija adoptiva salir de su cuarto – ¿Cómo estas?.

A veces a la antigua maestra del metal le venían fuertes jaquecas desde el día en el cual perdió su bending, haciendo que se tumbase donde fuera y tratase de que el sueño combatiese el malestar.

-Bien – contestaba mientras intentaba evitar un bostezo – Tomé una pequeña siesta por el malestar.

-Bueno – La antigua jefa de policía intentaba quitarle importancia a esas jaquecas – Al menos no son tan frecuentes como antes.

-Eso es cierto.

-Ahora ven a cenar – añadió Lin – Tu mama tiene algo especial para nosotros.

Con cierta curiosidad, Kuvira siguió a su madre. Lo cierto es que usaba más el termino maternal con la sanadora de cabello blanquecino, pero cuando ambas mujeres reclamaban ser llamadas de igual modo, la antigua maestra del metal usaba el termino 'madre' para Lin y 'mama' para Kya. Kya adoraba que le llamase mama porque a pesar de la edad de la joven del lunar, le parecía algo verdaderamente adorable.

Al cruzar la puerta de nogal, la oriunda de Zaofu observó como el salón de color rojo teja estaba adornado con guirnaldas blancas y estrellas de papel. En el sofá yacían envueltos media docena de regalos envueltos y en la mesa se topaban un montón de manjares que iban desde pescado hasta carne, pasando por sendos postres con una apariencia deliciosa.

-Vaya banquete – comentó sorprendida la antigua maestra.

-¡Feliz día de la Estrella! – exclamó la sanadora con una sonrisa enorme, mostrando sus perlados dientes, y abalanzándose hacia 'sus maestras del metal'.

-Feliz día de la Estrella a ti también, cariño – respondió La mayor de las Baifong, cerrando sus brazos en torno a su hija y su mujer.

-¿Feliz día? – comentaba sorprendida la joven del lunar, quien no era capaz de situar este momento en la mente.

-Oh – se percató Kya – Tu no sabrás que es el día de al Estrella.

-No tengo ni idea – se frotó el cuello avergonzada.

-Es cuando en la Tribu del Sur celebramos que los espíritus están más cerca de nosotros – alegó – Cuenta la leyenda que cuando se fundaron las Tribus de los Polos el mundo no era mundo y el mar aun dominaba el lugar. Las Tribus viajaron en busca de mares fríos y tierra firme, pero no toparon nada. No se sabe quien fue el primero pero, se dice que en cada rincón del mundo, los jefes de ambas tribus rezaron a la vez pidiendo ayuda. No querían ayuda para ellos, guerreros ya adultos, sino para los niños, quienes no habían hecho mal alguno y tenían hambre. En aquel momento, los espíritus de las Estrellas Gemelas se aparecieron y los guiaron a los portales espirituales, donde encontraron el reflejo de sendos manjares. Allí les permitieron entrar, con una condición.

-¿Cual? – Kuvira estaba absorbida por la historia y temía que los niños fueran devorados por los espíritus.

-Que solamente cruzasen los niños y que los adultos pasasen hambre – expuso Kya – Los padres no lo dudaron y aceptaron pasar hambre para que sus niños se alimentasen.

-Que honorable.

-Cualquier padre o madre lo haría – inquirió Lin mientras se sentaba en la mesa.

-El caso es que los niños pidieron si podían sacar la comida para sus padres y los espíritus, conmovidos por el amor de las familias, aceptaron – añadió la sanadora mientras se sentaba al lado de su mujer – Así pues, por estas fechas, los padres regalan a sus hijos algo y celebran con sendos manjares el amor de la familia.

Kuvira en aquel momento entendió que aquel banquete era para celebrar su amor y su familia. Aquella no era una tradición en Zaofu y ciertamente, ella jamás hubiera podido celebrarla con nadie. Ahora, no solo estaba sentándose en la mesa con su nueva familia, sino que sus madres resplandecían con sendas sonrisas de emoción. Ni en todos sus sueños cuando era una vagabunda que tenía que robar para comer, hubiera imaginado algo así. Ni siquiera en aquella fría y húmeda celda, hubiera pensado haber obtenido el regalo maravilloso que era el amor incondicional de una madre, mucho menos de dos.

La cena fue copiosa, demostrando las excelentes dotes culinarias de Kya. Algunas risas desperdigas por toda la cena, sobretodo debido a las caras que la más joven del trío ponía cuando saboreaba el jamón asado a fuego lento hecho por su madre, el cual era su plato preferido. Ya para terminar, con un excelente pastel de chocolates cremoso ante las tres, Kuvira no pudo evitar sacar a su niña interior, aquella que había reprimido por tantos años, y pedir un pedazo grande de pastel. Se lo dieron, junto con dos sendos abrazos y un par de regalos para desenvolver. En aquel momento, la que fuera una poderosa líder de semblante inmutable, tuvo que contraer un sollozo emocionado y un grito de expectación. La emoción se mezclaba con la gratitud y la expectación de alguien que había dejado libre su parte más infantil.

-No deberían haberse molestado – exclamaba con un atisbo de expectación y un pinchazo de culpabilidad al no tener ningún presente para sus madres – Yo no les tengo nada.

-No lo sabías – la disculpó la hija de Aang.

-No te preocupes, pequeña – la tranquilizó la hija de Toph – Abre el mio, primero.

Sin duda era algo envuelto de manos de Lin Beifong. Aquel envoltorio, por llamarlo de alguna manera, era un amasijo de papel de regalo cerrando de cualquier forma una caja enorme que en su interior guardaba una serie de discos de vinilo.

-Son los grandes éxitos de danza del Reino Tierra – explicó la antigua agente de la ley – Sé que solías bailarlos con mi hermana así que logré hacerme con ellos.

La verdad es que nunca hubiera imaginado volver a bailar algo así. Se pasaba horas practicando en su celda porque no tenía otra cosa que hacer, rodeada de madera y vientos húmedos, pero nunca había imaginado volver a danzar ese tipo de música. No era que no le agradase, sino que ya había obtenido con su segunda oportunidad más de lo que esperaba soñar.

Ante ella, Lin mostraba una sonrisa ladeada, sabiendo que había acertado con el regalo a su hija y disfrutando de esos iridiscentes ojos color verde oliva que brillaban por las lagrimas de emoción.

-Muchisímas gracias Lin – contestó la joven mientras observaba el listado de las canciones.

-¿Lin? – replicó ella.

-Quiero decir, madre – le avergonzaba llamarlas así, pero sabía que ambas lo demandaban como muestra de afecto.

Durante unos segundos, la alegría de poder escuchar de nuevo música mientras su cuerpo se movía al compás, la había obnubilado. Sin embargo, en aquel momento pensó una obviedad que se le había pasado desapercibida: no tenían tocadiscos.

-¿Cómo lo escucharemos? - preguntó la antigua agente de la ley como si se metiese en la cabeza de su hija – Seguro que estas preguntando eso.

Mientras se levantaba para dirigirse a una improvisada sala que usaba de despacho, Kya sonrió divertida.

-Ha estado semanas planeando cual comprar – comentaba la mujer de ojos záfiro – Quería un modelo bueno que pudieras mover a tu cuarto si querías.

En aquel momento, lo vio. Un gramófono Auna con batería independiente y doble vocera, con su propio carro de ruedas y set de discos. Una maravilla entre los tocadiscos que con sus colores rojo carmín y blanco perlado, destacaba aun más.

-Me dijeron que era el mejor portátil del mercado – comentaba la mayor de las Beifong, sacando pecho henchida de orgullo.

Y vaya que lo era. Su tenía un modelo anterior y ya era una maravilla capaz de hacer sonar su melodía por todo el salón de reuniones de la mansión de la matriarca. Ahora, ellas tenían un modelo mejor.

-Es una maravilla – no podía dar crédito a lo que veía. No solo iba a poder escuchar música y danzar, sino que lo iba a hacer en un gramófono digno de un millonario.

-Así podremos disfrutar de música y cuando quieras podrás practicar en tu cuarto – añadió Lin al tiempo que lo alejaba un poco y lo conectaba.

Kuvira se apresuraba a elegir un disco para colocarlo en la pletina, pero fue interrumpida.

-Antes abre mi regalo – exigió Kya con un fingido puchero – No es tan bueno como el de mi cariño pero esta hecho con amor.

-Tu siempre haces todo con amor – añadió con una sonrisa socarrona la maestra de metal que tomaba entre sus manos el disco de vinilo.

La antigua maestra sabía que aquel envoltorio tenía la firma de su mama por todos lados. Delicado y envuelto con un papel de periódicos antiguos que ella misma había pintado con vivos colores sin ninguna precisión. Belleza y mesura en un caos colorista, casi la enseña de aquella tez oscura en contraste con esos ojos azules.

El paquete era blando, suave y mullido. En un principio, Kuvira pensó que era alguna prenda de roba pero poco a poco fue observando una silueta. Ante ella se mostraba un orondo peluche de un oso ornitorrinco confeccionado a mano. Era suave y con un pelaje que invitaba a abrazarlo, con dos enormes ojos de botón de color negro y una panza regordeta con el símbolo de la tierra. Definitivamente, era algo hecho con mucho amor.

-Es muy lindo – agradecía sorprendida la antigua líder militar, quien intentaba evitar abrazarlo como una niña emocionada.

-Sé que eres mayor – comentó la sanadora – Pero nunca es tarde para regalarle un peluche a una hija.

Aquellas palabras la llenaron de ternura y candor en su corazón.

-A decir verdad – un recuerdo triste iba a ser borrado y sustituido por aquel peluche – Nunca me regalaron ninguno. Tenía que hacerme fuerte y no tuve nunca juguetes.

Antes de que a su mente llegase el recuerdo de una niña sucia escondida en callejones que miraba a los niños disfrutando de juguetes y dulces, mientras ella solo tenía miseria y hambre; fue abrazada por Lin.

-Pues ahora ya puedes decir que tu hermosa y dulce mama te regaló uno – y con un guiño a su mujer, la antigua jefa de policía reclamaba que se uniese al abrazo, algo que hizo sin pensarlo ni un segundo y con su característica efusividad.

Con aquellos saltitos alegres, la sanadora se unió al abrazo de sus chicas de la Tierra, aplastando la mejilla de Kuvira contra las suya que ya sufría el apretón de fuerza desmedida de su otra madre.

-Bueno, cariño – Susurró Kya mientras atusaba su melena para no ahogar con su blanquecino cabello a su mujer y a su hija – Ahora tienes que ponerle un nombre.

Durante unos segundos la más joven pensó en varios nombres, intentando alejarse de la formalidad o lo intimidante; algo que no se le daba muy bien.

-Orni – masculló en voz baja. Orni era un nombre simple, relacionado y con un punto adorable.

-Sí – afirmó la hija de Toph – Orni es perfecto.

-Sí – corroboró la hija de Aang, mientras depositaba un beso en la mejilla de su hija – Ahora que Lin prepare el gramófono y tu nos darás un recital de danza.

Un tono carmesí invadió el rostro de su hija. Ahora mismo apenas era capaz de moverse con gracilidad y mucho menos seguir un compás de forma adecuada. Sus vestimentas no eran lo suficientemente firmes como para aguantar los giros, de hecho el pantalón le quedaba grande y lo anudaba dos veces, pero era por sus madres. Quería hacerlo por ellas.

-Bueno – trastabilló al hablar – Si así quieren, lo haré.

-Claro que queremos – afirmaron ambas madres que secretamente se reían de la extrema rigidez que invadió el cuerpo de su hija subitamente. No hubo que esperar mucho, solo a los primeros compases de un tema, para que el los espectros de la danza invadiesen el cuerpo de Kuvira y comenzase a realizar un recital de baile que la transportó a unos años donde para ella todo era más sencillo.

Se equivocó, tropezó, incluso repitió varias veces un movimiento hasta que su cuerpo logró recordarlos. No sabría decir cuanto tiempo estuvo bailando pero ante ella tenía un público amoroso y entregado que la miraban con miradas expectantes y la arengaban. Siempre había pensado que debía ser la mejor en todo, pero era agradable simplemente tener el apoyo incondicional de quien te quiere.

Las horas pasaron, ya avisando el reloj de que la medianoche hacia tiempo que se había ido a dormir. El resto de regalos deberían abrirse una vez todos hubieran dormido pero eso no podía importarle menos a la joven del lunar, la cual estaba llena de inmensa gratitud.

Cuando se dispuso a irse a su cuerpo se encontró con una sorpresa: Kya había cambiado las sabanas y abierto la cama, mientras Lin tomaba de la mano a su hija.

-¿Qué hacen? – preguntaba sorprendida.

-Preguntale a tu mama – solventó la antigua agente de la ley.

-Vamos a arroparte – alegó ella – Si nunca te han dado un peluche, nunca te habrán arropado. En esta fiesta debemos demostrar amor a todos, en especial a nuestros hijos.

Resultaba vergonzoso, casi rozando una pequeña humillación en su orgullo militar, pero no pudo negarse. Con paso dudo, Kuvira se acercó a su cama y se quitó el calzado, solo para ver como Lin ajustaba el calzado a un lado de la cama. Cuando se sentó y se tumbó en la cama, las sabanas, las mantas y las cobijas, fueron cubriéndola poco a poco. Kya se tomaba tiempo para ser delicada y cubrir a su hija, al tiempo de que Lin sonreía ante el colorido tono rojo que poseían las mejillas de la más joven de las tres.

Esto le resultaba extraño a quien una vez fuera líder de un gran ejercito. Allí estaba, en pijama, con un peluche entre los brazos, siendo arropada y recibiendo un par de besos en la frente. Todo ello pese a ser ya una mujer ya adulta. Claro que podía sonar y ser extraño, incluso para ella, pero se sentía cálido y dulce. Le gustaba sentirse como una niña con una cariñosa familia a su lado.

-Buenas noches cariño – se despidió Kya con un dulce beso en la frente.

-Buenas noches – contestaba su hija.

-Buenas noches, lunar – Lin no prodigó un ultimo beso, sino que se beso los dedos y los pasó por la frente de su hija.

-Buenas noches.

Una vez ambas mujeres se fueron, Kuvira resopló para intentar relajar el enrojecimiento de sus avivadas mejillas y disfrutar de la oscuridad de su cuarto. Esta vez, notaba también el suave pelaje de Orni entre sus brazos y no pudo evitar apretarlo más contra su pecho.

-Sabes Orni – comentaba – Ahora soy feliz.

FIN

Por favor, no insistan en que continué el fic. Podrían tener algún extra así, pero no será algo regular. Agradecería una review pero no una insistencia constante.