¡Hola, hola!

Sé que no tengo perdón por demorar de más y sin avisar, sin embargo, les confieso que este era el último capítulo que tengo escrito de esta historia y cuando lo estaba releyendo para editarlo y subirlo me di cuenta de que ¡no entendía nada! ¡Fue horrible! El capítulo no tenía ni pies ni cabeza y casi lloro de frustración. No les miento, tardé un día entero en tratar de descifrar mis aberraciones.

En compensación este cap es un poco más largo sí, sé que 1,000 palabras más deben parecerles nada, ¡pero a mi cerebro le costaron mucho! xD.

En fin, dejo de atosigar y a leer~

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VI

Frustración

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Esa mañana Mei Shum estaba torturándolos con una nueva poción, una capaz de neutralizar la magia de quien la bebiera por una hora. Mei les había especificado que a pesar de ser una poción peligrosa, su mala elaboración no traía ninguna consecuencia pues nadie podía perder su magia permanentemente. Aunque ciertamente la cantidad y exactitud de los ingredientes era realmente numerosa y compleja.

—Me alegra que no esté durmiéndose de nuevo, joven Malfoy —dijo Mei en voz baja cuando pasó junto a él revisando las pociones.

—Siento las molestias —dijo Draco, haciendo reír a Mei por la indiferencia de sus palabras, ya que no demostraban ninguna clase de arrepentimiento, sólo incomodad.

—¿Sabes, joven Malfoy? Me recuerda a alguien que conocí hace tiempo —comenzó a decir Mei—. Ella tenía un carácter muy parecido al suyo y también era muy hábil con la magia. Incluso el vacío en su mirada es similar…

Draco la miró entre confundido y molesto, sin embargo, la conversación se cortó cuando Mei se alejó para regañar a Ron por cortar mal las raíces de sauce, así que Draco decidió omitir las extrañas remembranzas de la profesora y seguir con la poción, por lo que buscó con la mirada el pequeño cuchillo que había tomado para cortar sus raíces, descolocándose al no verlo en su mesa.

—Blaise, ¿has visto mi…? —habló Draco pero fue interrumpido antes de terminar la frase.

—Aquí tienes. —No obstante, no fue la voz de Blaise la que le contestó.

Potter —escupió el apellido con repulsión—. Dame eso. —Le arrebató el cuchillo—. Ahora fuera de mi vista.

—No puedes correrme de mi clase —se defendió Harry divertido.

—Pero sí puedo echarte de mi lugar. Fuera —siseó—. Anoche creí haberte dicho que me dejaras en paz.

—Y yo creí que habías entendido que no quiero hacerlo. —Draco rodó los ojos pero terminó por soltar un suspiro casino y tomar sus cosas para dirigirse a la primera mesa vacía que vio. Harry no dudó en seguirlo—. Quiero salir contigo —soltó el pelinegro sin más, con esa valentía impulsiva propia de un Gryffindor.

Draco lo miró como si tuviera gusanos en el rostro y se dio la vuelta, ignorándolo, cambiando de mesa una vez más. Harry lo siguió nuevamente.

—Fuera de aquí, Potter —gruñó molesto—. No sé qué se ha metido en tu tonta y hueca cabeza pero déjame tranquilo —protestó.

Harry se maldijo mentalmente al ser consciente de cuánto disfrutaba molestando a Malfoy.

—Señores Potter y Malfoy, ¿quieren dejar de jugar a cambiar de mesa como si tuvieran cinco años o menos? —les regañó Mei con severidad. Ambos chicos se sintieron avergonzados al ser evidenciados frente a todo el grupo y asintieron casi maquinalmente.

Ron enarcó una ceja, confundido y sin comprender qué hacía Harry sentado junto a Malfoy, y se molestó al pensar que, seguramente, estaba siendo excluido de algo otra vez. Asimismo, Hermione se guardó una sonrisa al ver lo rápido que su amigo había comenzado a actuar y Blaise, que apenas abría la puerta para entrar, se descolocó al verlos juntos, sonrojados y con todas las miradas sobre ellos.

—¿Qué hora cree que es, joven Zabini? —le reprendió Mei.

—Lo siento, profesora, pero… —Se acercó a la pelinegra y le susurró algo.

—Malfoy, acompañe al extraviado joven Zabini —Draco asintió y salió del salón junto a Blaise, no sin antes dedicarle una mirada de rencor a Harry.

—¿Qué diablos ocurrió con Potter, Draco? —inquirió Blaise cuando estuvieron fuera del aula.

—Nada importante, sólo no deja de fastidiarme —bufó Draco—. Pero te contaré después, ahora dime qué ocurre contigo. Shum no nos habría permitido salir sin un buen motivo —reflexionó mientras seguía el veloz paso de su amigo—. ¡Blaise! —insistió cuando éste no contestó su pregunta ni parecía con intenciones de hacerlo.

—Tu madre está aquí —anunció como toda respuesta. Draco abrió los ojos perplejo.

—¿Qué? ¿Por qué? ¿¡Pasó algo!?

—¿Quieres calmarte? —pidió el moreno tratando de aparentar tranquilidad—. Ella está bien, ¿de acuerdo? —Draco suspiró aliviado pero sin dejar de avanzar hasta que estuvieron frente al que fue el despacho de Dumbledore.

—¿Qué hacemos aquí? —cuestionó antes de entrar.

—Creo que tu mamá es quien debe decírtelo. Vamos.

Las puertas se abrieron y al cruzarlas Draco sintió un escalofrió agradable recorrerlo al ver a su madre sentada de espaldas a él, aunque ella se giró de inmediato al escuchar la puerta abriéndose.

—Madre —murmuró Draco con un tono de felicidad velada. Narcisa avanzó hacia él y lo estrechó fuerte contra su pecho, acariciando el cabello de su hijo con cariño—. ¿Qué ocurre?

Narcisa pasó su mano por el rostro afilado de Draco en un gesto afectuoso que no solían demostrar en público. Pero había algo en su mirada, algo que la hacía melancólica y que preocupaba a Draco.

Narcisa suspiró antes de hablar.

—Tu padre intentó escapar —le informó con pesar y yendo directo al punto—. Asesinó a cuatro guardias en el proceso y el Ministerio dijo que no toleraría esa conducta después de las concesiones dadas después de sus crímenes… —Draco la miró en espera de que siguiera aunque se imaginaba lo que iba a decir—. Fue sentenciado al beso del dementor.

Draco sintió un nudo en la garganta, la respiración se le cortó por un instante y cuando estaba por replicar se tragó sus palabras al ver el amargo dolor de su madre reflejado en sus ojos claros ahora anegados de lágrimas reprimidas, así que fue su turno de abrazarla.

Por un breve instante la oyó suspirar mientras temblaba ligeramente entre sus brazos. Narcisa no lloraría en público y él lo sabía, de modo que debía ser fuerte por ambos aunque le partía el alma verla así. Preferiría morir antes que verla llorar de nuevo.

Sentía un inmenso hueco en el pecho y es que ¡Por Melín! ¡Moriría! ¡Su padre moriría! Pues sin importar cómo haya sido, Lucius era su padre, un padre estricto pero que jamás lo dejó solo, uno que lo amaba, y saber que iba a perderlo le estrujaba el alma.

—¿Cuándo? —Fue la única cosa que pudo salir de sus labios temblorosos cuando la voz regresó a él.

—En dos días —contestó Narcisa con un nudo en la garganta. Draco asintió.

—Iré contigo.

—No, no quiero que estés presente, Draco. Estoy aquí para avisarte no para invitarte a asistir. —Narcisa se separó de su hijo mirándolo con determinación.

—Madre…

—No —dijo ella tajante pero si levantar la voz o perder la elegancia que la caracterizaba—. Y no quiero replicas —proclamó posando uno de sus finos dedos en los sonrosados labios de su hijo—. No estaré sola, Tessa, la madre de Blaise, estará allí.

—Veo que se han hecho muy cercanas. —No es que a Draco no le agradara la idea, al contrario, que su madre tuviera amigas de verdad y en esos terribles momentos era maravilloso, pero estaba molesto por la prohibición de asistir.

—Draco, basta —regañó Narcisa con firme suavidad—. Es lo mejor.

—¿Lo mejor para quién? ¡Mi padre será poco menos que un muñeco de trapo! ¿¡Y me dices que no despedirme de él es lo mejor!?

—No levantes la voz —le amonestó ella—. Es mi última palabra. Además, el Ministerio tampoco apoya tu asistencia.

—¡Qué se joda el Ministerio!

—¡Draco!

El rubio se mordió la lengua para no atosigar más a su madre, diciéndose una y otra vez que ya no quería verla sufrir y que él no sería una causa más para ello.

—Lo siento —dijo al ver los ojos acuosos de Narcisa—. Será como tú quieras. —Draco abrazó con suavidad a su madre y besó se blanca frente antes de salir del despacho, donde Blaise lo esperaba para darles espacio.

—Hijo —le llamó Narcisa cuando éste estaba en el umbral. Draco dudó un momento pero se giró para mirarla a los ojos—, es lo mejor —repitió. Draco tardó unos segundos en responder.

—Lo amo. Díselo. —Y salió lo más rápido que pudo, sin otra idea en la cabeza más que ver a su padre una vez más.

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—Debes hablar con ella, Harry —le recriminó Hermione mientras el pelinegro daba vueltas de un lado a otro.

—¿Ahora? —cuestionó consternado.

—¿Esperarás a besarlo de nuevo para decírselo? ¡Ginny no se merece esto! —Harry se detuvo en seco; Hermione tenía razón.

—Ni siquiera sé si lo que ocurrió con Malfoy tiene una posibilidad.

—No dije que fuera fácil, Harry. Sólo inténtalo, aunque…

—Dilo; no crees que esa oportunidad exista. —Harry se sentó junto a la castaña.

—¿Y desde cuándo acostumbras rendirte? —le increpó Hermione—. No sé qué tan bueno sea alentarte a hacer esto, pero sí sé que no intentarlo es una peor idea. Algo me dice que el Draco de ahora es alguien a quien vale la pena conocer.

Harry sonrió. Hacía mucho que se sentía así, quizá desde la vez que sintió atracción por Cho pero la sensación ahora era definitivamente más hormigueante e incitante.

—¿Y cómo rayos se supone que me acercaré a él?

—Invítalo a salir —sugirió con naturalidad.

—¡Ya se lo dije! Pero él sigue pensando que es alguna especie de truco —bufó—. Como si fuera igual a él.

—Quizá ese es el problema: sigues tratándolo como antes —reflexionó Hermione—. Trata algo diferente. Tal vez si comienzas como su amigo, él…

—Lo dices como si no supieras lo rencoroso que es. ¡Pasó casi todo el colegio jodiéndonos la vida justamente porque no quise ser amigo! —Hermione resopló dándole la razón a Harry, pero debía haber alguna manera de acercarse sin que Draco se sintiera acosado, o engañado, o cualquier derivación negativa que pudiera interpretarse—. Siento que si me acerco más me castrará o algo peor —comentó Harry casi divertido—. Pero creo que es justo eso lo que más me atrae —dijo con una sonrisa inconsciente.

—Harry, sabes que nada va a ocurrir entre ustedes por iniciativa suya, así que debes ser tú quien dé el primer paso —acotó Hermione—, y ya sabes cuál es.

Harry asintió indeciso. Comenzaba a creer que era más sencillo y menos dañino para su salud pedirle una cita a Malfoy que hablar del tema con Ginny.

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—Ey, levántate, ¿acaso no planeas ir hoy a clases? —cuestionó Theodore al ver que Draco seguía acostado pese a que sólo faltaban unos cuantos minutos para su primer clase.

—No es de tu incumbencia —contestó con frialdad, sin siquiera destaparse.

—Blaise nos dijo lo que ocurre —comentó Theodore sintiéndose mal por la situación de Draco—. Pero no puedes quedarte ahí tirado, a tu padre no…

—¡No me importa! ¡Déjame solo! —gritó el rubio desde su guarida de sábanas.

—Bien. Quédate allí —admitió Theodore con un suspiro y sin querer presionarlo más—. Aunque eso no impedirá que te traiga algo de comer, niño mimado —le avisó autoritario.

—¡Ya te dije que…!

—¡No lo hagas por ti, idiota! Hazlo por tu madre. ¿Cómo crees que se sentiría si su hijo muere por imbécil?

Draco se mordió la lengua tragándose sus quejas y maldiciones. No quería causarle más pesares a su madre, ella ya había llorado suficiente como para ser él el causante de más dolor, y aunque su orgullo le impidió darle la razón a Theodore, a éste le bastó simplemente una mirada para comprender que Draco había aceptado su argumento. Quizá para el mundo hubiese sido sólo una mueca de molestia pero no para él, a final de cuentas, la guerra los había convertido realmente en amigos, algo que no habían sido antes, o por lo menos no de verdad.

Draco se giró sobre su costado dándole la espalda para luego volver a taparse, así que Theodore dio por terminada la conversación y se encaminó a la puerta.

—Enviaré a Pansy con comida —le avisó Thedore, sabiendo que la chica no lo dejaría en paz hasta que no lo viera tragar hasta el último bocado—. Y sabes lo pesada que se pone si no le haces caso.

Draco gruñó en respuesta, sin saber realmente cómo sentirse respecto a eso de tener amigos que se preocupen por ti. Aquello no había ocurrido antes y aunque le resultaba extraño, también le era gratificante.

—Theodore —lo llamó en un suave susurro antes de que saliera de la habitación. El chico detuvo con la perilla en la mano—. Trae empanadas de calabaza —murmuró, sacándole una sonrisa a su amigo, que asintió aunque sabía que el rubio no lo veía. Después salió de la habitación.

Bajó las escaleras a paso apresurado y una vez en el comedor le dedicó una larga y significativa mirada a Neville, quien no pudo evitar sentirse cohibido y feliz a la vez, por lo que él también le sonrió en respuesta cuando pasó rumbo a su mesa.

—No vendrá hoy, ¿cierto? —le preguntó Pansy con resignación cuando Theodore llegó hasta ellos.

—No creo que salga siquiera de su cama —comentó el chico al momento de sentarse junto a Pansy.

Astoria los miró preocupada aunque sin decir palabra; a pesar del tiempo que llevaba saliendo con Draco se sentía un poco fuera de lugar todavía. Pero definitivamente le dolía que Draco sufriera y necesitaba saber que aquello no iba a derrumbarlo.

E igualmente estaba el hecho de que ella ya sabía acerca de la sentencia de Lucius, la propia Narcisa se lo había hecho saber poco antes de hablar con Draco y aunque logró ablandar la postura de Narcisa para que Draco pudiese visitar a su padre, ni el prestigio de su familia ni sus elocuentes palabras lograron convencer al Ministerio de ello. Había hecho todo lo que estaba en su mano sin lograr nada y aquello la hacía sentir más que inútil: frustrada.

—Iré a verlo —anunció Astoria levantándose, pero Pansy la tomó del brazo.

—Tori, querida, no lograrás nada en este momento. Lejos de aliviarlo harás que se ponga de malas, ya lo conoces —le previno Pansy.

Astoria analizó la idea y al final asintió, sentándose de nuevo y sintiéndose extrañada al percatarse de que Harry miraba atento hacia ellos, de hecho, no era la primera vez que notaba las furtivas miradas del chico hacia su mesa. Tampoco había pasado por alto que Hermione también los miraba aunque de forma mucho más discreta desde días atrás.

Ella sabía que su capacidad deductiva no era la mejor pero por la cara de Harry, podría decir que estaba interesado en alguien de la mesa, ¿acaso se trataría de Pansy? Pero terminó diciéndose que quizá estaba exagerando así que sus pensamientos volvieron a centrarse en Draco.

—Harry, no seas tan obvio —le regañó Hermione en murmullos, al notar la mirada de Astoria sobre ellos. Harry se acomodó mejor intentando hablar lo más bajo posible.

—Malfoy no está —dijo lo obvio, haciendo reír a Hermione.

—Tal vez tiene algo que hacer —sugirió ella al ver la ansiedad en su amigo—. ¿Todavía lo ves en los reflejos? —Harry asintió.

—Comienzo a acostumbrarme —admitió más tranquilo—. Creo que pronto comenzaré a tener charlas profundas con los espejos pensando que de verdad es él, así que no te sorprendas —bromeó.

Hermione frunció el ceño ante el extraño desinterés de Harry por lo que estuviera pasándole, después de todo, la situación parecía molestarle mucho cuando inició.

—¡Deberías tomarlo más en serio, Harry! —le regañó indignada. Luego desvió su mirada al periódico en su mano mientras giraba la página, y casi escupe el jugo que se estaba tomando al leer el encabezado—. ¡Harry, mira esto! —exclamó impactada, comprendiendo al instante el motivo de la ausencia del rubio.

Harry la observó antes de tomar el periódico, preguntando con la mirada qué ocurría. Ella simplemente señaló con un sutil movimiento de cabeza el periódico.

—¡Por Merlín! ¿¡Cómo…!? —Harry guardó silencio al notar que varias miradas se posaban en él, no sólo por haber levantado la voz sino por tirar el pan que tenía en la mano. Hermione le dirigió una mirada de reproche.

—¿Qué ocurre? —indagó Ron, estirándose un poco para observar el periódico—. Oh, veo que te enteraste de la buena noticia. Aunque papá dijo que no saldría hasta mañana, cuando todo estuviera hecho.

—¡¿Ya lo sabías?! —Hermione lo miró molesta, ¿por qué nadie le decía nada?—. ¿Desde cuándo, Ronald? —El pelirrojo rodó los ojos.

—Desde ayer, pero como ambos han estado ocupados haciendo no-sé-qué, no hubo oportunidad de decírselos.

Harry había dejado de poner atención a la discusión de la pareja y miraba inquisitivamente hacia la mesa Slytherin, esperando que Draco llegara en algún momento.

—Dudo que venga —le susurró Neville tímidamente—. Él siempre llega temprano junto a Theo.

Harry asintió y una idea asaltó su mente.

—Neville, tú… ¿Tú podrías averiguar cómo está y qué ha pasado? Tú sabes, más allá de lo que dice el periódico.

Neville lo observó dubitativo; claro que podía preguntarle a Theodore y, tal vez éste se negara al inicio pero terminaría contándole para desahogarse un poco. El problema radicaba en que él se sentiría mal por hablar de algo que seguramente era privado.

Harry estaba por insistirle cuando la furiosa voz de Hermione los distrajo.

—¿¡Hay algo más que no nos hayas dicho, Ronald!? —bramó ella con la molestia destilando de su voz.

—¿¡Por qué diablos te importa tanto!? —se quejó Ron elevando la voz—. ¡Estás defendiéndolo demasiado, ¿no te parece?!

—¡Es porque tú estás actuando como un idiota! —rebatió la chica.

—¡Por supuesto, yo siempre soy el idiota! —ironizó el pelirrojo—. ¡Así que mejor no ve a consolar a tu nuevo amigo! —le espetó con sorna—. Después de todo necesitará de tu lástima cuando ya no tenga a su mortífago padre —siseó con saña—. ¡Es una pena que el Ministerio le impida estar presente! Sería maravilloso ver su cara cuando...

No pudo terminar la frase debido a la fuerte bofetada que Hermione le propinó, obligándolo a girar el rostro.

Hermione se arrepintió al instante de haberlo hecho, sabía que se había excedido y que eso empeoraría su relación con Ron, pero simplemente no podía soportarlo cuando comenzaba a comportarse como un idiota, justo como en ese momento.

Ron la miró más que furioso pero no se atrevió a decir nada, su única reacción fue azotar el puño con fuerza contra la mesa para luego salir del comedor hecho una furia ante la atenta mirada de todo el Colegio, dejando a Hermione preocupada e irritada y a Harry y Neville tan sorprendidos que se quedaron estáticos, a diferencia de Ginny, quien salió detrás de su hermano.

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Draco se revolvió el cabello con desesperación; sólo le quedaba un día a su padre y él estaba confinado a permanecer en la escuela como si aquello fuese un hecho intrascendente en su vida, como si no le estuviesen arrancado el corazón con ello.

En más de un momento le cruzó por la cabeza emplear cualquier método a su alcance para liberar a Lucius, de hecho, su cabeza era un hervidero de ideas; todas se mezclaban y aunque al inicio le parecían brillantes después comenzaba a notar las fallas de cada una y al final todo le resultaba estúpido e incoherente. ¡Nada estaba bien! ¡Nada funcionaría! Sólo podía quedarse allí y ver como su mundo continuaba derrumbándose. Además, ¿qué se supone que haría después? Huir no sería sencillo y las consecuencias que le preocupaban no eran las que caerían sobre él, sino sobre su madre e indudablemente sobre Astoria y sus amigos al considerarlos cómplices.

Dejó caer su cabeza en la almohada, frustrado y ansioso. Dolido.

«Es fácil perder la cordura en un lugar como Azkaban.»

Más de uno decía eso y seguramente ese era el motivo por el cual su padre intentó fugarse, por ello no se sentía capaz de culparlo. Aunque sí podía recriminarle otros tantos errores: arrastrarlos al fondo del abismo por una causa tan patética como la de Voldemort, por ejemplo; No pensar un poco más en ellos –su familia– y haberlos arriesgado de aquella manera, eso también podía anotarse en la lista. Pero a pesar de todo, Lucius era su padre y lo amaba. Sin mencionar que estaba más que seguro de que Lucius también los amaba a ellos, a su manera, sí, pero los amaba y él no se atrevería a dudar de eso.

—¡Maldita sea! —gritó, incorporándose de golpe y arrojando al suelo todo lo que había cerca de él mientras sentía las lágrimas inundando sus ojos, pugnando por salir, así como un grueso nudo formándose en su garganta impidiéndole respirar con libertad.

Se levantó de la cama para ir al baño y humedecerse el rostro; necesitaba despejarse un poco. No obstante, al observarse momentáneamente en el espejo vio con pesar y repulsión su desencajado rostro, sus profundas ojeras y su enmarañado cabello. La palidez que se apoderaba de él de forma horrorosa.

—Qué vergüenza —murmuró para sí, diciéndose mentalmente que tenía toda la pinta de un desahuciado.

Entonces la voz de Harry resonó fuerte y clara en su cabeza: «Quiero salir contigo.» Eso había dicho en el salón. ¡Qué estupidez! Y de la nada Draco comenzó a reír a carcajada suelta, como si aquello fuera lo más gracioso del universo.

¿De verdad? ¿De verdad alguien, aparte de Astoria, quería salir con él a pesar de ese horrible aspecto cadavérico? ¡Qué ridículo! Sobre todo si ese alguien era Harry Potter. Con Astoria lo comprendía un poco porque ella irradiaba amabilidad y cariño, pero ¿Potter? ¿El mismo Potter al que él había humillado, fastidiado y arruinado gran parte de su estancia en el colegio? ¿En qué momento el mundo había comenzado a desquiciarse?

Su risa hizo eco en la habitación, pero era una risa vacía, fingida, tan falsa como el ojo de Moody. Pero poco a poco el sonido de sus carcajadas fue apagándose al pensar en su desolada situación: reía porque se estaba cansando de llorar.

Cerró los ojos y por un breve instante le pareció sentir la cálida sensación de las manos de Potter sobre su espalda, con su aliento rozándole la piel como en la noche anterior en la que se habían visto obligados a presenciar el amor entre Theodore y Neville –y de sólo recordarlo sentía el rostro enrojecer y unas ganas impresionantes de borrar aquellas escenas de su mente–. Pero el terror se apoderó de él cuando se descubrió rememorando los repugnantes labios de Potter sobre los suyos.

—Fue asqueroso —se dijo en voz alta para asegurarse que así había sido.

Aspiró profundo, mirando distraídamente el espejo sólo para concentrarse en algo que no fuera la sensación de calidez que hormigueaba en su boca. Entonces, en un parpadeo, le pareció notar que su reflejo lo miraba con algo similar a la curiosidad e incluso altanería, pero lo que lo hizo estremecer fue que, por unas fracciones de segundo, sus ojos a través del espejo no eran grises sino azules, un azul profundo y glaciar, casi siniestro.

Se frotó la cara escandalizado e inmediatamente volvió a fijar la mirada en el espejo, escudriñándolo, sin embargo todo parecía estar en orden, así que decidió calmarse. Quizá tanto estrés había terminado por volverlo loco. Además, todavía tenía una cita en Azkaban a la que acudir, con o sin el permiso de su madre y del Ministerio.

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Blaise aspiró y exhaló profundamente, sintiendo la frustración corriendo por sus venas y bombeando con fuerza en su pecho y su cabeza, provocándole un dolor más allá de los físico; su madre estaba deprimida por la muerte de su padrastro y le bastaba con mirar a Draco para saber que él también estaba cayendo por un foso sin salida sin pudiera detenerlo. ¿Es que era tan inútil como para no poder ayudar a nadie?

Estrelló su puño contra la pared sintiendo que el escozor en su mano era nada comparado con lo que sentía en esos momentos, por eso había decidido caminar por el jardín y alejarse de todo. Quería pensar, quería encontrar soluciones, sin embargo, sólo estaba cayendo en el mismo agujero por el que se estaban perdiendo su madre y su mejor amigo.

Gruñó hastiado de sí mismo y estaba por golpear uno de los pilares de concreto cuando la voz de Ron resonó en sus oídos, acercándose y maldiciendo entre dientes.

Blaise enarcó una ceja mientras sacaba su varita y una sonrisa burlona se dibujaba en sus labios: ¿Qué de malo tenía desquitar su furia con Weasley en momentos de necesidad?

Ron, por su parte, seguía molesto con Hermione por la discusión de la mañana y con Harry por desaparecer así, dejándolo solo y molesto. Él sabía que el ojiverde y Hermione era como hermanos y aunque no lo aceptara abiertamente se sentía un poco celoso de esa cercanía; no por posesividad con su novia sino porque sentía que ambos lo regalaban, que se tenían más confianza y que siempre, en algún momento, terminaban haciéndolo a un lado. Justo como ahora.

Apuró el paso sin prestar atención a nada hasta que de repente sintió como su pie se atoraba con algo y el equilibrio lo traicionaba. Momentos después sólo pudo sentir su humanidad precipitándose presa de la gravedad para terminar con un seco y doloroso impacto contra el suelo.

Las risas burlonas llenaron el ambiente, irritándolo y haciéndolo sentir estúpido y más molesto que antes. Sin embargo, había una risa en especial que terminó con su paciencia, así que se levantó tan rápido como pudo y, sin darle tiempo a Blaise de reponerse del ataque risa del que era presa, estrelló su puño contra la cara del Slytherin, descargando toda la ira que llevaba dentro.

—¡Estúpida comadreja! —bufó Blaise al notar el sabor a sangre en su boca, y sin querer quedarse atrás arremetió también contra el pelirrojo.

Ambos cayeron al suelo hechos una maraña de golpes y maldiciones, rodando por el suelo de piedra y luego por el pasto, liberando todo el coraje y frustración con cada golpe hasta que una fuerza superior los separó: McGonagall.

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Para Harry y Hermione la tarde había pasado extremadamente lenta, llena de incertidumbre y tensión, comenzando porque Ron no les había dirigido la palabra, así que el moreno había estado jugueteando con el mapa del merodeador todo ese tiempo hasta que decidió romper el silencio.

—¿Sigues molesta con Ron? —preguntó Harry sin despegar la vista del mapa. Hermione aspiró profundo antes de contestar.

—No es sólo enojo —admitió la castaña—. Creo…, creo que esto fue un error, Harry. Uno grande.

—¿De qué…?

—Dicen que si el enamoramiento sigue ahí a los dos meses es amor. —Hermione dejó la frase al aire, pero Harry no pareció entenderla por lo que decidió concluirla—. Ya no hay nada —dijo en un susurro melancólico—. Ni amor ni enamoramiento, sólo la horrible sensación de saber que quizá ya ni siquiera podamos ser amigos o compartir el mismo espacio sin sentir incomodidad.

Harry la miró aprehensivo sin saber qué decir, porque, a final de cuentas él se sentía de forma muy parecida con respecto a Ginny.

—Pero no es algo de lo que quiera seguir hablando —retomó la palabra la castaña—. Y tú deberías hacer el ensayo de McGonagall en lugar de buscar a Draco en el mapa —le reprochó mirándolo de soslayo.

—Y-yo… ¡No estoy buscándolo! —se defendió. Hermione enarcó una ceja sin creerle.

—¿Sigue en su habitación?

—No lo sé —comentó Harry fingiendo demencia. Hermione lo miró incrédula.

Y es que claro que lo sabía, si hace apenas unos minutos Harry había sentido que el estómago se le revolvía al ver que Draco estaba en su habitación con una chica, una que ni siquiera era Greengrass o Parkinson, sino Svetlana Novikova o como fuera que se pronunciara su nombre, y a saber quién rayos era esa chica o desde cuándo era amiga de Draco. Sin embargo, dejó de pensar en eso al notar que Ron y Lavander Brown estaban en una sala en desuso, uno muy cerca del otro según las motitas con sus nombres, y no necesitaba saber por qué se veían encimadas, así que cerró el mapa antes de que Hermione lo viera, y para su suerte, justo en ese instante llegó Neville.

—Sigue ahí. —Neville contestó la pregunta de la chica con la voz entrecortada por correr hasta la torre de Astronomía—. No ha salido en todo el día —comentó tratando de recuperar aire y colocando sus manos sobre sus rodillas—. Theo…, Theo dice no había estado así ni siquiera durante la guerra.

—¿Hace cuánto se enteró? —cuestionó Hermione.

—Ayer, cuando Blaise fue por él a la clase de pociones —contestó Neville.

—¿Blaise? ¿Tú también los llamas por su nombre? ¿Desde cuándo se llevan tan bien con ellos? —se quejó Harry. Hermione sólo rio y Neville se encogió de hombros.

—¿Qué más sabes, Neville? —Volvió a preguntar la castaña.

—¿P-por qué les interesa tanto? —se atrevió a preguntar Neville dubitativo. Harry y Hermione se miraron sin saber qué contestar.

Y después de la incómoda explicación acerca de relaciones y sentimientos, la conversación regresó a la ejecución inminente de Lucius Malfoy y la prohibición del Ministerio para que Draco asistiera.

—Creen que hará algo estúpido como liberarlo —explicó Neville—. Estuvo de lado de… Él; no le tienen mucha confianza. Al parecer ni siquiera han permitido que le envíe una lechuza.

Hermione asintió, comprendía la postura y desconfianza del Ministerio pero también se imaginaba lo mal que debía estarla pasando Draco con tal prohibición; no podría despedirse y eso debía ser una tortura.

—¿Harry, en qué estás pensando? —inquirió la castaña con suspicacia al notarlo tan callado.

—En nada —se hizo el desentendido.

—¡Harry! Espero que no estés pensando en liberar a Lucius Malfoy —dijo ella con una seriedad sepulcral.

—¡Claro que no! —se defendió Harry—. Pero sí quiero hacer algo —admitió, mirando en el mapa a Malfoy, notando que solamente Draco seguía en su habitación y que la chica de hace unos momentos se hallaba en el baño de chicas del segundo piso.

—Harry, no puedes, es más, no debes interferir —acotó Hermione.

—No pienso sacarlo —dijo Harry serio—, ni abogar él. —Hermione y Neville lo miraron expectantes—. Pero quizá pueda hacer que el Ministerio le permita a Malfoy verlo, después de todo es su padre.

Neville le sonrió con aprobación y Hermione suspiró, sopesando la idea.

—¿Y cómo planeas hacerlo? —cuestionó ella una vez convencida de apoyarlo.

—Enviaré una carta —contestó Harry con seguridad. La chica asintió, sentándose junto a él y tomando una pluma.

—Te ayudaré a escribirle al Ministro; no confió en tu elocuencia.

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Les comento también que a partir de aquí quizá tardaré casi dos semanas en actualizar, intentaré hacerlo antes, cada martes como solía ser, pero no lo aseguro (tonta escuela, tonta vida u_u)

PD: Ya estoy contestando sus lindos comentarios.

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LaPooh, querida, no puedo contestarte en privado así que lo haré por aquí: ¡Muchas gracias por tus palabras! Me da mucho gusto que la historia sea de tu agrado y ¡claro que habrá más TheoxNev! Y el Harco ya se está cocinando (?) lo prometo. ¡Besos~!