Gula
"Dame pan y llámame tonto."
Refrán popular.
Hogwarts resplandecía aun más en Navidad, si eso era posible. El Gran Comedor estaba adornado con grandes abetos traídos por Hagrid desde el Bosque Prohibido y decorados con pequeñas hadas que revoloteaban entre sus ramas.
En el techo, las velas brillaban con fogosidad mezcladas con la luz titilante de miles de luciérnagas. Los pocos alumnos que quedaban en la escuela abrieron la boca extasiados ante tal despliegue.
Hermione Granger fue la única que puso alguna pega a tanta suntuosidad.
- ¿Sabéis el esfuerzo que les habrá costado a los elfos domésticos? Esto es un derroche, total, no quedamos tantos en la escuela para disfrutarlo.
Ron Weasley sentado junto a ella e impaciente por el banquete navideño bufó y miró a su amiga exasperado.
- Hermione, con lo inteligente que eres y lo que te cuesta de entender. ¡Este es el trabajo de los elfos domésticos! ¡Ellos son felices, decorando, trabajando y sirviendo a los magos! ¿Nunca has bajado a las cocinas? La verdad es que son la mar de serviciales. ¿Verdad, Harry?
El aludido, Harry Potter, distraído con un hada valiente que se había acercado a él y ahora examinaba su mano con curiosidad reaccionó de repente ante la mención de su nombre.
No había escuchado ni una sola palabra de lo que decían esos dos a su lado. Últimamente había tomado la costumbre de evadirse cada vez que Hermione empezaba a decir algo sobre el PEDDO o a defender alguna injusticia social.
Para él era mucho más práctico no dar su opinión, porque eso podría herir a alguno de los dos y provocar algún enfado.
- ¿No has escuchado nada, Harry? ¿Es que acaso no crees en la importancia de organizaciones como el PEDDO?
- Emmm, no quiero decir eso, pero es que estoy algo indeciso al respecto.
Hermione iba a preguntarle cuáles eran sus dudas e indecisiones pero el sonido de una puerta al abrirse la interrumpió.
Por ella apareció Albus Dumbledore el augusto director de Hogwarts y mago reputado. Les saludó cordialmente y ocupó su asiento en la mesa redonda junto a los alumnos.
Era un hombre sencillo y sociable y tenía unas extrañas ideas y costumbres. Le gustaba celebrar la Navidad por todo lo alto y derribar las barreras sociales – lo cual admiraba a Hermione – así que ese día al haber tan sólo tres estudiantes en Hogwarts y los profesores, decidió reunirlos a todos en una mesa redonda instalada en pleno centro del Gran Comedor.
El viejo director sonrió a los chicos y entró en su conversación, el tono de la cual, acaloró de inmediato a Hermione que no entendía como un hombre que defendía la mezcla de sangres y a los muggles, no quisiera saber nada de el PEDDO.
- Señorita Granger, todo ser tiene su lugar. Los elfos domésticos nacieron para servir y no saben hacer otra cosa, su felicidad reside en trabajar para otros, ¿quién es usted para quitarles su felicidad?- expuso Dumbledore con la sonrisa en su cara y sus ojos y en tono amable.
Hermione no supo qué responder a ello, además de que le parecía una insensatez replicar al director.
Minerva McGonagall, jefa de la casa de Gryffindor y profesora de Transformación, hizo acto de presencia en el salón con el sombrero ladeado y el moño tirante en la nuca.
Saludó con el gesto pétreo a sus alumnos y al director y se instaló en su silla. Con gestos estudiados y comedidos, se retiró las gafas y empezó a limpiarlas con un pañuelo con motivos de cuadros escoceses.
Albus la miraba divertido y mientras la profesora no miraba, guiñó un ojo a los chicos.
- ¿Has avisado a Sybille, Minerva?- preguntó en tono divertido.
- ¡Já! Es la última vez que hablo con esa mujer. ¡Está loca! No sé ni como puede mantenerla como profesora en esta escuela.
Pero calló abruptamente. No era un secreto que McGonagall no soportaba a Sybille Trelawney y la consideraba un fraude pero nunca la oírian criticar a una compañera de profesión, para su desgracia, tres alumnos, además de su misma casa, fueron testigos de su desliz.
Dumbledore rió al ver la cara de la profesora. Su risa era cálida y alegre, casi infantil, y pronto contagió a sus acompañantes de mesa, incluso McGonagall rió suavemente con la boca oculta por una de sus manos.
En esa situación los encontró Severus Snape, el frío, distante, parcial e injusto profesor de Pociones. Saludó de forma aun más tirante a los comensales ya instalados y se sentó.
Su rostro era una máscara pétrea aunque por su forma de mirar la mesa y a los alumnos sentados a ella dejaba claro que aquello le parecía una abominación y una chaladura. En realidad, Albus Dumbledore había oído la opinión por labios de su profesor.
Evidentemente no participó en la conversación aunque Albus se esforzara en involucrarlo. Tras el cuarto intento fallido lo dejó como caso imposible así Severus pudo concentrarse en maldecir la Navidad y mirar con odio profundo a Harry Potter.
Poco a poco llegaron el resto de profesores que iban a disfrutar del banquete. El profesor Flitwick de Encantamientos, la profesora Sprout, la profesora Vector y la profesora Sinistra.
El Gran Comedor se llenó de las voces animadas y el banquete, el anunciado banquete hizo su aparición.
Los elfos domésticos se habían esmerado. Grandes bandejas con pasteles de carne, soperas llenas de salsas y cremas, aves confitadas y carne recién horneada. El aroma era irresistible y la boca se les hacía agua.
A uno más que a ningún otro.
Ron Weasley, acostumbrado a comidas frugales, abrió los ojos desmesuradamente. Hermione siempre se quejaba de él porque nunca dejaba de comer y era un tragón pero él siempre se defendía diciendo que era porque realmente tenía hambre.
Con una madre obsesionada por el peso y con varias bocas a las que alimentar se había acostumbrado a comer generosamente sin dar explicaciones, al contrario, siempre se encontraba con la cara feliz de su madre que veía crecer a sus hijos sanos como manzanas.
Sin esperar a nadie se lanzó hacia la fuente que tenía más a mano. Se ganó una mirada reprobatoria de Hermione pero no hizo caso y ante el cabeceo de Dumbledore, dándole el beneplácito, se sirvió.
La comida avanzaba entre el sonido de los cubiertos y conversaciones a media voz. La llegada de los postres era esperada por todos, incluso por Hermione.
Una vez terminaron con los platos principales, la mesa volvió a rellenarse con fuentes cargadas de chocolatinas, dulces y pasteles.
Ron fue de nuevo el primero en servirse. Quería probar un poco de todo y no le importaba extralimitarse.
Hermione, de nuevo, le reprobó con una mirada que su amigo volvió a ignorar.
Poco a poco, las porciones de tarta desaparecían así como el resto de dulces.
- Oh, aún queda una manzana al horno.
- Ron, creo que ya has comido demasiado, ¿cómo puedes seguir teniendo hambre?- el chico no miró a Hermione- ¡Por Dios, Ron! ¡Sólo lo haces por gula!
- Pero, ¿qué dices? Sigo teniendo, mmm, un hueco aquí- y se señaló un punto inexacto en su estómago.
La chica puso los ojos en blanco y chistó con la lengua mientras su amigo se abalanzaba sobre la última manzana al horno.
Al día siguiente, Ron Weasley no pudo levantarse de la cama. Estaba enfermo y le dolía la tripa. A media mañana, la cara sonriente de Hermione apareció en el cuarto de los chicos y antes de hundir la cara en la almohada pudo oír la voz chillona de su amiga que exclamaba victoriosa:
- ¡Ajá! ¡Ya lo decía yo! ¡Sólo era Gula!
