Inocente
El llanto del pequeño Thor inundaba todo el salón de clases, los padres no atendían el teléfono y las maestras de aquellos niños ya no sabían qué hacer. A su lado, Loki parecía ser el único que podía soportar sus chillidos, algo que hacía pensar seriamente a las mayores. ¿Será que siempre lloraba así?
—¿Por qué sigues llorando? Ya te he dado mi juguete —bufó el pelinegro, cruzando sus pequeños brazos por sobre su pecho. Ambos apenas tenían seis años y sus personalidades estaban más que marcadas.
—¡P-pero...e-el mío...! —refutó Thor, limpiando las lágrimas con sus manitas de forma inútil. Loki, con su expresión indiferente, recordó que todo aquello empezó por culpa de otro niño, quien no tuvo mejor idea que romper el cochecito del rubio.
El más bajo suspiró, intentando pensar algo en su infantil mente para que Thor dejara de aturdir a todo el salón. Finalmente, su imaginación creó la imagen de sus padres dándose un casto beso, puesto que estaban frente a ellos. No sabía si funcionaría, pero su madre —a quien tanto adoraba, no así a su padre— parecía estar feliz al separarse.
Observó a Thor y a las maestras, que parecían frustradas, y supo que no perdía nada con intentarlo. Se acercó al rubiecito y tomó sus mejillas con sus delicadas manos, provocando que parpadeara confundido. Loki sonrió ante ello, sabiendo que su idea —como siempre— era perfecta, sobre todo al notar cómo las lágrimas parecían haberse detenido por unos instantes.
Sin importarle que estuvieran rodeados de sus compañeros y de las miradas estupefactas de las mayores, se inclinó e hizo presión con sus labios cerrados sobre los de su hermanastro.
El llanto cesó.
—Luego te comprarán otro, no seas débil —murmuró el niño tranquilamente, volviendo a su pequeña silla para seguir armando un rompecabezas, ya que le había dado su autito al rubio. Éste, aún sintiendo el calor de la boquita contraria en la suya, asintió por instinto y se sentó recto, con el juguete de su hermano entre sus manitas.
Tal vez debería llorar más seguido.
