La historia está adaptada en el libro de Julia Quinn titulado Seduciendo a Mr. Bridgerton. Es el 4° libro de la saga de los hermanos Bridgerton, historia que recomiendo mucho.

Los personajes son de Oye Arnold creada por Craig Bartlett y seduciendo a Mr Bridgerton de Julia Quinn.

Nada es mío, ni la historia, ni los personajes.

Disculpen la demora.

Saludos a todos y espero y disfruten el capitulo 9.


Solo cartas.

Su vida, tal como la conocía, estaba acabada.

-—¿Qué? —preguntó, consciente de que estaba pestañeando.

A ella la cara se le tornó de un color carmesí más intenso de lo que habría creído humanamente posible, y se giró, dándole la espalda.

-—No te preocupes. Olvida lo que he dicho.

Arnold pensó que eso era muy conveniente.

Entonces, justo cuando pensaba que su mundo podría reanudar su curso normal (o al menos aparentar que lo había reanudado), ella volvió a girarse, sus ojos encendidos por una pasión tan intensa que lo asombró.

-—No, no lo voy a olvidar —exclamó—. Me he pasado toda la vida olvidando cosas, no diciéndolas, sin jamás decirle a nadie lo que realmente deseo.

Arnold intentó decir algo, pero le quedó claro que tenía cerrada la garganta. En cualquier momento caería muerto, estaba seguro.

-—No significará nada —dijo ella—. Te lo prometo, no significará nada, y nunca esperaré nada de ti, pero podría morirme mañana y…

-—¿Qué?

Lo miraba con sus ojos grandes, oscuros como para derretir, suplicantes y…

Sintió como se le derretía la resolución.

—Tengo veintiocho años —explicó ella, su voz dulce y triste—. Soy una solterona vieja y nunca me han besado.

—Ga… ga… ga…

Él sabía que sabía hablar; estaba bastante seguro de que sólo hacía unos minutos era capaz de hablar perfectamente bien, pero en ese momento no era capaz de formar una palabra.

Y Helga seguía hablando, sus mejillas deliciosamente rosadas, y moviendo los labios tan rápido que él no pudo dejar repensar cómo los sentiría sobre su piel. En el cuello, en el hombro, en… en otras partes.

-—Voy a ser una solterona vieja a los veintinueve —estaba diciendo ella—, voy a ser una solterona vieja a los treinta. Podría morirme mañana y…

-—¡No te vas a morir mañana! —logró decir él.

-—Pero ¡podría! Podría, y eso me mataría porque…

-—Ya estarías muerta —dijo él, pensando que la voz le sonaba rara, como si no saliera de él.

-—No quiero morirme sin que alguien me haya besado alguna vez —concluyó ella.

A Arnold se le ocurrieron muchísimos motivos que hacían muy inconveniente besar a Helga Pataki, siendo el número uno que «deseaba» besarla.

Abrió la boca, con la esperanza de que le saliera algún murmullo que pudiera interpretarse como palabra ininteligible, pero no le salió nada por los labios, aparte del aire al espirar.

Y entonces Helga hizo justamente lo que podía destrozar su resolución en un instante. Lo miró intensamente a los ojos y pronunció dos sencillas palabras.

-—Por favor.

Estaba perdido. Había algo tan conmovedor en la forma como ella lo miraba, como si se fuera a morir si no la besaba. No de pena, ni de vergüenza, era casi como si necesitara de él para nutrirse, para alimentarse el alma, para llenar su corazón.

Y él no logró recordar a nadie que alguna vez lo hubiera necesitado con ese fervor.

Eso lo hizo sentirse humilde.

Le hizo desearla con una intensidad que casi le hizo flaquear las rodillas. La miró, y no vio a la mujer que había visto tantas veces antes. Estaba diferente.

Resplandecía. Era una sirena, una diosa. Entonces pensó cómo demonios nadie se había fijado en eso antes.

-—¿Arnold? —susurró ella.

Él dio un paso, apenas avanzó un palmo, pero eso bastó para quedar tan cerca de ella que cuando le acarició el mentón y le levantó la cara, sus labios quedaron a unos pocos dedos de los de él.

Se mezclaron los alientos y el aire pareció tornarse caliente y denso. Helga estaba temblando, lo notó en la mano, pero no estaba muy seguro de que él no estuviera temblando también.

Había supuesto que diría alguna tontería graciosa como el hombre despreocupado que tenía fama de ser. Por ejemplo «Cualquier cosa por ti», o tal vez «Toda mujer se merece por lo menos un beso». Pero al cerrar la distancia que los separaba comprendió que no había palabras que pudieran captar la intensidad del momento.

Ni palabras para la pasión. Ni palabras para el deseo.

Ni palabras para la simple materialización del momento.

Y así, una tarde de viernes por lo demás ordinaria, en el corazón de Mayfair, en un silencioso salón de Mount Street, Arnold Shortman besó a Helga Pataki.

Y fue glorioso.

Al principio posó suavemente los labios sobre los de ella, no porque quisiera ser suave, aunque si hubiera tenido la presencia de ánimo para pensar en esas cosa, tal vez se le habría ocurrido que ese era el primer beso para ella y que debía ser reverente, hermoso y todas las cosas con que sueña una jovencita cuando está en la cama por la noche.

Pero, dicha sea la verdad, ninguna de esas cosas le pasó por la mente a Arnold.

En realidad, casi no estaba pensando. Su beso comenzó suave porque seguía sorprendido por estar besándola. La conocía de años y jamás se le había ocurrido besarla. Y en ese momento no la habría soltado ni aunque el fuego del mismo infierno le estuviera lamiendo los dedos de los pies. Casi no podía creer lo que estaba haciendo, ni que deseara tantísimo hacerlo.

No era el tipo de beso que se inicia porque uno está avasallado por la pasión, la emoción, la rabia o el deseo. Era una experiencia más lenta, de aprendizaje, tanto para él como para ella.

Y Arnold estaba comprendiendo que todo lo que creía saber sobre besar era pura basura.

Todos los demás besos habían sido puro contacto de labios y lengua y palabras susurradas sin sentido.

Eso sí era un beso.

Había un algo en la fricción, en el modo como oía y sentía su aliento al mismo tiempo. Algo en la inmovilidad de ella aun cuando sentía los latidos de su corazón a través de su piel.

Había un algo en saber que era «ella».

Deslizó los labios hacia la izquierda hasta coger entre ellos la comisura de su boca, y le lamió suavemente ese punto, y desde ahí le recorrió la boca presionando la lengua entre sus labios explorándole los contornos, saboreando su aroma dulce y salobre.

Eso era más que un beso.

Las manos, que tenía ligeramente abiertas en la espalda de ella, se le tensaron y presionaron hundiéndose en la tela del vestido. A través de la muselina sintió el calor de su cuerpo en las yemas de los dedos, al subir y bajar las manos en círculo presionando sus delicados músculos.

La fue atrayendo más y más hacia él, hasta que sus cuerpos estuvieron estrechamente unidos. La sintió, a todo lo largo del cuerpo, y eso lo encendió. Se estaba endureciendo de excitación; la deseaba, Dios santo, cuánto la deseaba.

Aumentó la fuerza del beso, puso la lengua entre sus labios, instándola hasta que ella los entreabrió. Aspiró con la boca su suave gemido de aceptación, e introdujo la lengua para saborearla. Sabía dulce y un tanto ácida por la limonada, y claramente era tan embriagadora como un coñac fino, porque él ya comenzaba a dudar de su capacidad para continuar de pie.

Deslizó las manos a lo largo de ella, lentamente, para no asustarla. Comprobó que era flexible, curvilínea, exuberante, tal como siempre había pensado que debía ser una mujer. Palpó las amplias curvas de sus caderas, su trasero perfecto, y los pechos… ¡Buen Dios!, sentía sus pechos apretados contra el pecho de él. Las palmas le hormiguearon por ahuecarse en ellos, pero se obligó a mantener las manos donde estaban (muy placenteramente sobre su trasero, así que en realidad no fue un sacrificio tan grande). Además de que no debía agarrarle los pechos a una dama de buena cuna en medio de su salón, tenía la sospecha, bastante dolorosa, de que si la acariciaba así estaría totalmente perdido.

-—Helga, Helga —susurró, pensando por qué su nombre sabía tan bien en sus labios.

Estaba hambriento de ella, embriagado y drogado por la pasión, y deseaba angustiosamente que ella sintiera lo mismo. La sentía perfecta en sus brazos, pero hasta ese momento ella no había hecho ningún movimiento. Ah, sí, se había entregado a sus brazos y abierto la boca para acoger su dulce invasión, pero aparte de eso no hacía nada.

Y sin embargo, por su respiración jadeante y los latidos de su corazón, sabía que estaba excitada.

Se apartó un poco, sólo unas pulgadas, para poder tocarle el mentón y levantarle la cara hacia la de él. Ella abrió los párpados y él vio sus ojos nublados por la pasión, haciendo juego a la perfección con sus labios, ligeramente entreabiertos, blandos y totalmente hinchados por sus besos.

Era hermosa. Absoluta, total y conmovedoramente hermosa. No sabía cómo no se había fijado antes, todos esos años.

¿Estaría el mundo poblado por hombres ciegos, o simplemente estúpidos?

-—Puedes besarme también —susurró, apoyando ligeramente la frente en la de ella.

Ella se limitó a pestañear.

-—Un beso es para dos personas —susurró él, posando nuevamente los labios en los de ella, aunque sólo un fugaz momento.

Ella movió la mano en su espalda.

-—¿Qué debo hacer? —susurró.

-—Lo que sea que desees hacer.

Ella levantó lentamente una mano y la colocó en su cara. Deslizó suavemente los dedos por su mejilla, luego siguió por el contorno de su mandíbula, y bajó la mano.

-—Gracias —susurró.

¿Gracias?

Ésa era exactamente la palabra que no habría querido oír. No quería que le agradecieran ese beso.

Le hacía sentirse culpable.

Y superficial.

Como si hubiera sido algo hecho por lástima. Y lo peor era que sabía que si todo eso hubiera ocurrido sólo unos meses antes, lo habría hecho por lástima.

¿Qué demonios decía eso de él?

-—No me lo agradezcas —dijo en tono bronco, apartándose hasta que quedaron sin tocarse.

-—Pero…

-—He dicho que no —insistió él, volviéndose hacia un lado, como si no soportara verla, cuando la verdad era que no se soportaba él.

Y lo más horroroso era… que no sabía por qué no podía soportarse. Esa angustiosa, molesta sensación, ¿era sentimiento de culpa? ¿Porque no debería haberla besado? ¿Porque no debería haberle gustado besarla?

-—Arnold, no te enfades contigo mismo —dijo ella.

-—No lo estoy —ladró él.

-—Yo te pedí que me besaras. Prácticamente te obligué.

Bueno, esa sí era una manera segura de hacer sentirse hombre a un hombre.

-—No me obligaste —dijo mordaz.

-—No, pero…

-—¡Por el amor de Dios, Helga, basta!

Ella retrocedió, con los ojos agrandados.

-—Perdona —susurró.

Él le miró las manos; le temblaban. Cerró los ojos, angustiado. ¿Por qué, por qué se portaba como un burro?

-—Helga…

-—No, está bien. No tienes por qué decir nada —dijo ella, a borbotones.

-—Debo.

-—De verdad, prefiero que no.

Y ahora se veía tan serenamente majestuosa. Y eso le hizo sentirse peor aún.

Estaba ahí erguida, las manos cogidas recatadamente por delante, los ojos bajos, no mirando el suelo, pero tampoco mirándolo a la cara.

Creía que la había besado por lástima.

Y él era un maldito canalla porque una pequeña parte de su persona deseaba que ella lo creyera. Porque si ella lo creía, igual él lograría convencerse de que era cierto, que sólo era lástima, que de ninguna manera podía ser algo más.

-—Tengo que irme —dijo, en voz baja, pero en el silencio de la sala las palabras sonaron demasiado fuertes.

Ella no intentó detenerlo.

-—Tengo que irme —repitió, haciendo un gesto hacia la puerta, aunque sus pies se negaban a moverse.

Ella asintió.

-—No… —alcanzó a decir, y se interrumpió, horrorizado por las palabras que casi le salieron de la boca.

Entonces echó a caminar hacia la puerta.

Pero Helga lo llamó, claro que lo llamó.

-—¿No hiciste qué? —le preguntó.

Y él no supo qué decir, porque lo que había comenzado a decir era «No te besé por lástima». Si quería que ella lo supiera, si quería convencerse de eso, eso sólo podía significar que ansiaba la buena opinión de ella, y eso sólo podía significar…

-—Tengo que irme —soltó, ya desesperado, como si salir de la sala fuera la única manera de impedir que sus pensamientos siguieran ese camino tan peligroso.

Continuó hasta la puerta, esperando que ella dijera algo, que lo llamara.

Pero ella no dijo nada.

Y él se marchó.

Y nunca jamás se había odiado tanto.

Arnold ya estaba de un humor de perros cuando se presentó el lacayo a su puerta con un mensaje de su madre de que fuera a verla. Después, su mal humor no mejoró.

Maldición. Iba a reanudar el ataque para casarlo. Sus llamadas siempre tenían que ver con casarlo. Y no estaba de ánimo para eso en esos momentos.

Pero era su madre. Y él la quería. Y eso significaba que no podía desentenderse de ella. Así que con considerables gruñidos y una buena sarta de palabrotas intercaladas, fue a su dormitorio a ponerse las botas y la chaqueta y salió al corredor.

Estaba viviendo en Bloomsbury, que no era el barrio más elegante de la ciudad para un miembro de la aristocracia, aunque Bedford Square, donde estaba la casa pequeña pero elegante que había alquilado, era un domicilio digno y respetable.

Le gustaba bastante vivir en Bloomsbury, donde sus vecinos eran médicos, abogados, eruditos y personas que realmente hacían cosas distintas de asistir a fiesta tras fiesta. No cambiaría su patrimonio por una vida en un oficio o empleo, al fin y al cabo era muy agradable ser un Shortman, pero encontraba estimulante observar a los profesionales en sus actividades diarias, los abogados dirigiéndose al sector este al Colegio de Abogados, y los médicos al sector noroeste, a Pórtland Place.

Le sería muy fácil coger su coche para atravesar la ciudad; sólo hacía una hora que lo había llevado a las caballerizas, a su regreso de la casa de las Pataki. Pero sentía una fuerte necesidad de tomar aire fresco, y como no, el perverso deseo de recurrir al medio más lento para llegar a la casa Número Cinco.

Si su madre pretendía soltarle otro sermón sobre las virtudes del matrimonio, seguido por una larga disertación sobre los atributos de cada una de las señoritas convenientes para esposa de Londres, bien podía pasar su maldito tiempo esperándolo.

Cerró los ojos y emitió un gemido. Su malhumor tenía que ser peor de lo que había imaginado si soltaba maldiciones al pensar en su madre, a la que quería y tenía en la más alta estima (como todos los Shortman).

Todo era culpa de Helga.

No, la culpa era de Pheobe, pensó, haciendo rechinar los dientes. Mejor echarle la culpa a una hermana.

No, gimió, sentándose en el sillón de su escritorio, la culpa era de él. Si estaba de mal humor, si estaba dispuesto a arrancarle la cabeza a alguien con sus manos, era culpa suya, y sólo suya.

No debería haber besado a Helga. Qué más daba que hubiera deseado besarla, aun cuando sólo se hubiera dado cuenta de eso cuando ella lo dijo. De todos modos no debería haberla besado.

Aunque, pensándolo bien, no sabía por qué no debería haberla besado.

Se levantó, fue hasta la ventana y apoyó la frente en el cristal. Bedford Square se veía tranquila, sólo andaban unos cuantos hombres por la acera. Parecían trabajadores, probablemente de las obras de construcción del nuevo museo que estaban erigiendo delante, en el lado este. (Por eso él había alquilado una casa del lado oeste de la plaza, pues las obras de construcción podrían ser muy ruidosas.)

Desvió la mirada a la parte norte, hacia la estatua de Charles James Fox. Ése sí que fue un hombre con una finalidad. Dirigió a los Whigs durante años. No siempre fue popular, si se podía creer a los miembros mayores de la aristocracia, pero ya empezaba a pensar que sobrevaloraba la popularidad. El cielo sabía que no había nadie que cayera tan bien como él a todo el mundo y, ahí estaba, sintiéndose frustrado e insatisfecho, tan malhumorado que bien podría golpear a cualquier que se cruzara en su camino.

Suspirando apoyó una mano en el cristal y se enderezó. Sería mejor que se pusiera en marcha, sobre todo si pensaba hacer a pie el trayecto hasta Mayfair. Aunque en realidad no quedaba tan lejos. A no más de treinta minutos, quizá, si caminaba a paso enérgico (como hacía siempre), y menos si las aceras no estaban atestadas de personas caminando despacio. El trayecto era más largo de lo que le gustaba a los miembros de la sociedad, a no ser que estuvieran de compras o paseando por el parque, pero él necesitaba despejarse. Y aunque el aire de Londres no estaba particularmente fresco, de todos modos le iría bien.

Quiso su suerte de ese día, que cuando llegó a la esquina de Oxford con Regent

Street comenzaran a caerle las primeras gotas de lluvia en la cara, y que al salir de Hanover Square y entrar en George Street, la lluvia ya cayera en serio. Pero estaba tan cerca de Bruton Street que habría sido ridículo parar un coche de alquiler para que lo llevara el resto del camino.

Así pues, continuó caminando.

Pero pasado más o menos un minuto de molestia empezó a encontrar curiosamente agradable la lluvia. Era bastante cálida, por lo que no le enfriaba hasta los huesos, y el golpeteo de los gordos goterones le parecía casi una penitencia.

Y tenía la impresión de que se la merecía.

La puerta de la casa de su madre se abrió antes de que él pusiera el pie en el último peldaño, como si Wickham lo hubiera estado esperando.

-—¿Podría sugerirle una toalla? —entonó el mayordomo, ofreciéndole una enorme toalla blanca.

Arnold la cogió, pensando cómo diablos Wickham había tenido de ir a buscar una toalla. No sabía que él sería tan tonto como para venir caminando bajo la lluvia.

No era la primera vez que pensaba que los mayordomos debían poseer poderes extraños, misteriosos; tal vez eso fuera un requisito para ese puesto.

Aprovechó la toalla para secarse el pelo, causando enorme consternación a

Wickham, que era tremendamente etiquetero y seguro que supuso que él se retiraría como mínimo media hora a una habitación para arreglar su apariencia.

-—¿Dónde está mi madre? —preguntó.

Wickham frunció los labios y le miró intencionadamente los pies, que estaban formando charquitos en el suelo.

-—Está en su oficina, pero está hablando con su hermana.

-—¿Qué hermana? —preguntó Arnold, sonriendo alegremente, simplemente para fastidiar a Wickham, que seguro que quiso fastidiarlo al omitir el nombre de su hermana.

Como si se le pudiera decir «su hermana» a un Shortman y esperar que supiera a cuál se refería.

-—Francesca.

-—Ah, sí, volverá pronto a escocia, ¿verdad?

-—Mañana.

Arnold le pasó la toalla, que Wickham miró como si fuera un enorme insecto.

-—Entonces no la molestaré. Cuando se desocupe dile que estoy aquí.

Wickham asintió.

-—¿Quiere cambiarse de ropa, señor Shortman? Creo que en el dormitorio de su hermano Gregory tenemos ropa de él.

Arnold se sorprendió sonriendo. Gregory estaba terminando su último trimestre en

Cambridge. Era once años menor que él, y era difícil creer que pudieran intercambiarse ropa, pero tal vez ya era hora de aceptar que su hermano pequeño era adulto.

-—Excelente idea —dijo, mirándose pesaroso la manga empapada—. Éstas las dejaré aquí para que las limpien y las pasaré a recoger después.

-—Como quiera —dijo Wickham, asintiendo, y luego desapareció por el corredor con rumbo desconocido.

Arnold subió de dos en dos los peldaños de la escalera hacia los aposentos de la familia. Cuando iba a toda prisa por el corredor oyó abrirse una puerta. Al girarse vio aparecer a Pheobe.

No era la persona que deseaba ver. Inmediatamente le trajo todos los recuerdos de su visita a Helga. La conversación. El beso.

En especial el beso.

Y peor aún, la culpabilidad que sintió después.

La culpabilidad que todavía sentía.

-—Arnold —dijo Pheobe alegremente—, no sabía que… ¿qué has hecho, venir a pie?

-—Me gusta la lluvia —repuso él, encogiéndose de hombros.

Ella lo miró con curiosidad, ladeando la cabeza, como hacía siempre que estaba perpleja por algo.

-—Estás de un humor extraño hoy.

-—Estoy empapado, Pheobe.

-—No hace ninguna falta que me ladres —dijo ella, sorbiendo por la nariz—. Yo no te obligué a atravesar la ciudad bajo la lluvia.

-—No estaba lloviendo cuando salí —contestó él, como si estuviera obligado; al parecer cualquier hermana hacía salir al niño de ocho años que había en él.

-—Seguro que el cielo estaba gris —replicó ella.

Sí, también salía en ella la niñita de ocho años.

-—¿Podríamos continuar esta conversación cuando esté seco del todo? — preguntó, adrede en tono impaciente.

-—Pues claro —dijo ella, toda buena voluntad—. Te esperaré aquí.

Arnold se tomó todo el tiempo del mundo poniéndose ropa de Gregory, dedicando especial atención a hacerse el nudo de la corbata. Finalmente, cuando estuvo convencido de que Pheobe ya debía tener molidos los dientes, salió al corredor.

-—Supe que hoy fuiste a ver a Helga —dijo ella, sin preámbulos.

Mala elección de tema.

Sabía que su hermana era íntima amiga de Helga, pero seguro que ella no lo habría dicho.

-—¿Cómo lo supiste? —preguntó cauteloso.

-—Hilda se lo dijo a Hyacinth.

-—Y Hyacinth te lo dijo a ti.

-—Por supuesto.

-—Hay que hacer algo con el cotilleo en esta ciudad —masculló él.

-—No creo que eso cuente como cotilleo, Arnold. No es que tú estés interesado en

Helga.

Si se hubiera referido a cualquier otra mujer, él habría esperado que lo mirara de reojo y añadiera un coquetón «¿verdad?». Pero era Helga, y aun cuando Pheobe era su mejor amiga y su principal defensora, ni siquiera ella podía imaginarse que un hombre de la reputación y popularidad de él pudiera estar interesado en una mujer de la reputación y (falta de) popularidad de Helga.

Su humor pasó de malo a pésimo.

-—En todo caso —continuó Pheobe, totalmente inconsciente de la tempestad que se estaba incubando en su alegre y jovial hermano—, Hilda le dijo a Hyacinth que

Briarly le comentó que habías ido a visitarla. Simplemente quería saber a qué fuiste.

-—A nada que sea asunto tuyo —repuso él enérgicamente, con la esperanza de que ella lo dejara estar, aunque sin creer que lo hiciera.

De todos modos avanzó hacia la escalera, muy optimista.

-—Fue para hablar de mi cumpleaños, ¿verdad? —dijo ella.

Y corrió a cerrarle el paso, tan de repente que un zapato chocó con el de él. Hizo un gesto de dolor, pero él no se sintió particularmente compasivo.

-—No, no fue para hablar de tu cumpleaños —ladró—. No cumples años hasta…—Se interrumpió. Ay, demonios…—. Hasta la próxima semana —gruñó.

Ella sonrió guasona. Entonces, como si su cerebro acabara de caer en la cuenta de que iba por camino equivocado, abrió la boca consternada como para retroceder y virar en la dirección correcta.

-—Entonces si no fuiste allí a hablar de mi cumpleaños, y ya no puedes decir nada para convencerme de que sí, ¿a qué fuiste a ver a Helga?

-—¿No hay nada privado en este mundo?

-—No en esta familia.

Arnold decidió que lo mejor sería adoptar su personalidad alegre, aun cuando no se sentía ni un poquitín caritativo hacia ella en ese momento, así que se puso su sonrisa más dulce y encantadora, ladeó un poco la cabeza y dijo:

-—Me ha parecido oír que me llama mi madre.

-—Yo no he oído nada —dijo Pheobe muy fresca—, ¿y qué te pasa? Te encuentro muy raro.

-—Estoy muy bien.

-—No estás bien, tienes cara de haber ido al dentista.

-—Siempre es agradable recibir cumplidos de la familia —dijo él apenas en un murmullo.

-—Si no puedes fiarte de que tu familia sea sincera contigo, ¿de quién puedes fiarte?

Él se apoyó tranquilamente en la pared y se cruzó de brazos.

-—Prefiero la adulación a la verdad.

-—No es cierto.

Dios santo, sentía ganas de darle una bofetada. Eso no lo hacía desde que tenía doce años. Y la buena paliza que recibió a causa de eso. Era la única vez que recordaba a su padre poniéndole la mano encima.

-—Lo que deseo, es que cese inmediatamente esta conversación —dijo, arqueando una ceja.

-—Lo que deseas es que yo deje de preguntarte a qué fuiste a ver a Helga Pataki, pero creo que los dos sabemos que eso no va a ocurrir.

Y entonces fue cuando él lo supo. Supo en la médula de sus huesos, de la cabeza a los pies, del corazón a la mente, que su hermana era lady Eleonor. Todas las piezas encajaban. No existía nadie tan cabezota y tan tenaz como ella, nadie que pudiera o quisiera tomarse el tiempo para llegar al fondo de cada chisme o insinuación.

Cuando Pheobe quería algo no paraba hasta tenerlo firmemente cogido. No era por dinero, codicia ni bienes materiales. Lo de ella era por conocimiento. Le gustaba saber cosa, y pinchaba y pinchaba hasta que uno le decía exactamente lo que deseaba saber.

Era un milagro que nadie la hubiera descubierto todavía.

-—Necesito hablar contigo —dijo inesperadamente.

La cogió del brazo y la hizo entrar en la habitación más cercana, que dio la casualidad era la de ella.

-—¡Arnold! —chilló ella, tratando de soltarse—. ¿Qué haces?

Él cerró de un golpe la puerta, la soltó y se cruzó de brazos, con los pies separados y la expresión amenazadora.

-—¿Arnold? —repitió ella, intrigada.

-—Sé lo que has estado haciendo.

-—Lo que he estado…

Y entonces, la condenada se echó a reír.

-—¡Pheobe! —tronó él—. ¡Te estoy hablando!

-—Ya lo oigo —logró decir ella, apenas.

Él se mantuvo firme, mirándola furioso.

Ella no lo miró, doblada casi en dos por la risa. Finalmente dijo:

-—¿Qué quieres dec…? —Pero entonces lo miró y aunque trató de mantener cerrada la boca, volvió a estallar en carcajadas.

Si ella hubiera estado bebiendo, pensó él, sin una pizca de humor, la bebida habría le habría salido por las narices.

-—¿Qué diablos te pasa? —ladró.

Eso logro captarle la atención; él no supo decidir si fue el tono de su voz o la palabrota, pero se puso seria al instante.

-—Caramba, lo dices en serio —dijo, en voz baja.

-—¿Tengo cara de estar bromeando?

-—No, aunque al principio sí. Lo siento, Arnold, pero es que no es propio de ti enfurecerte y gritar así. Te parecías bastante a Anthony.

-—Y tú…

-—En realidad —interrumpió ella, mirándolo con una expresión no todo lo recelosa que hubiera debido—, te parecías más a ti intentando imitar a Anthony.

La mataría. Ahí mismo en su habitación, en la casa de su madre, cometería fratricidio.

-—¿Arnold? —dijo ella, titubeante, como si por fin se hubiera dado cuenta de que él había pasado del enfado a la furia hacía rato.

-—Siéntate —dijo él, indicándole un sillón—. Ahora mismo.

-—¿Te sientes mal?

-—¡Siéntate! —rugió él.

Y ella se sentó, con presteza.

-—No recuerdo la última vez que me levantaste la voz —susurró.

-—Yo no recuerdo la última vez que tuve un motivo.

-—¿Qué pasa?

Él decidió que igual podía ir y decirlo.

-—¿Arnold?

-—Sé que eres lady Eleonor.

-—¡¿Quéeeee?!

-—No te servirá de nada negarlo. He visto…

-—¡Sólo que no es cierto! —exclamó ella levantándose de un salto.

De pronto él dejó de sentirse enfadado. Sólo se sintió cansado, viejo.

-—Pheobe, he visto la prueba.

-—¿Qué prueba? —preguntó ella, con la voz más aguda por la incredulidad—. ¿Cómo puede haber prueba de algo que no es cierto?

Él le cogió una mano.

-—Mírate los dedos.

Ella se los miró.

-—¿Qué le pasa a mis dedos?

-—Manchas de tinta.

Ella lo miró boquiabierta.

-—¿De eso has deducido que yo soy lady Eleonor?

-—¿Por qué tienes esas manchas, entonces?

-—¿Nunca has usado una pluma?

-—Pheobe… —dijo él en tono muy amenazador.

-—No tengo por qué decirte por qué tengo manchas de tinta en los dedos.

-—Pheobe…

-—No te debo ninguna… ah, muy bien, de acuerdo. —Se cruzó de brazos, indignada—. Escribo cartas.

Él la miró con una expresión muy, muy incrédula.

-—¡Es cierto! —protestó ella—. Cada día. A veces dos al día, cuando Francesca no está en la ciudad. Soy muy leal en mi correspondencia. Deberías saberlo. He escrito bastantes cartas con tu nombre en el sobre, aunque dudo que te hayan llegado la mitad.

-—¿Cartas? —dijo él, en tono muy dudoso, y despectivo—. Por el amor de Dios,

Pheobe, ¿crees que eso va a colar? ¿A quién diablos le escribes tantas cartas?

Ella se ruborizó. De verdad, sus mejillas se tiñeron de un color muy subido.

-—No es asunto tuyo.

Esa reacción le habría inspirado curiosidad si no hubiera estado todavía convencido de que ella mentía al decir que no era lady Eleonor.

-—Por el amor de Dios, Pheobe, ¿quién se va a creer que escribes cartas todos los días? Yo no, ciertamente.

Ella lo miró fijamente, sus ojos relampagueando de furia.

-—No me importa lo que creas —dijo en voz muy baja—. No, eso no es cierto, me enfurece que no me creas.

-—No me das mucho en qué creer —dijo él cansinamente.

Ella se le acercó y le enterró un dedo en el pecho, fuerte.

-—Eres mi hermano —ladró—. Deberías creerme incondicionalmente, quererme incondicionalmente. Eso es lo que significa ser familia.

-—Pheobe —dijo él, y el nombre le salió apenas en un suspiro.

-—No intentes inventar disculpas ahora.

-—Ni lo pensaba.

-—¡Peor aún! —exclamó ella, caminando hacia la puerta—. Deberías rogarme que te perdone de rodillas.

Él no habría pensado que sería capaz de sonreír, pero eso lo consiguió.

-—Vamos, eso no estaría en conformidad con mi carácter, ¿no?

Ella abrió la boca para decir algo, pero el sonido que le salió no fue una palabra exactamente, sino algo así como un «Ooooooh», con una voz muy muy airada, y luego salió hecha una furia dando un fuerte portazo.

Arnold se arrellanó en un sillón, pensando a qué hora se daría cuenta ella de que lo había dejado en su habitación.

La ironía era tal vez, reflexionó, el único punto luminoso en un día por lo demás aciago.


Bien, aquí les dejé el capitulo 9. Ya supimos que Arnold besó a Helga y aún nos falta mucho más por ver.

Espero verles en el siguiente episodio.

Matta Ne!