La historia está adaptada en el libro de Julia Quinn titulado Seduciendo a Mr. Bridgerton. Es el 4° libro de la saga de los hermanos Bridgerton, historia que recomiendo mucho.
Los personajes son de Oye Arnold creada por Craig Bartlett y seduciendo a Mr Bridgerton de Julia Quinn.
Nada es mío, ni la historia, ni los personajes.
Disculpen la demora.
Saludos a todos y espero y disfruten el capitulo 14.
Martes familiar.
Helga cayó en la acera cual larga era.
Era bastante más ágil, al menos en su opinión, de lo que la creía la mayoría de la gente. Era buena bailarina, sabía tocar el piano con los dedos flexionados a la perfección, y normalmente se abría paso por un salón atiborrado sin chocar con nada, ni persona ni mueble.
Pero cuando Arnold le hizo esa proposición con tanta naturalidad, el pie, que acababa de sacar del coche, sólo encontró aire, y así fue como la cadera fue a estrellársele en el bordillo y la cabeza en el pie de Arnold.
—Buen Dios, Helga —exclamó él, acuclillándose—. ¿Te has hecho daño?
—Estoy muy bien —logró balbucear ella, buscando el hoyo que tenía que haberse abierto en el suelo para meterse ahí y morir.
—¿Estás segura?
—No ha sido nada —repuso ella, sosteniéndose la mejilla, que, seguro, ya lucía la impresión perfecta del empeine de la bota de Arnold—. Me sorprendí un poco, nada más.
—¿Por qué?
—¿Por qué? —repitió ella.
—Si, ¿por qué?
Ella pestañeó. Una vez, dos veces, otra más.
—Eh… bueno… podría tener que ver con tu alusión al matrimonio.
Él la puso de pie de un solo tirón, nada ceremonioso, de paso casi dislocándole el brazo.
—Bueno, ¿qué creíste que iba a decir?
Ella lo miró fijamente, incrédula.
—No «eso» —contestó finalmente.
—No soy un completo patán.
Ella se quitó polvo y piedrecillas de la manga.
—No he dicho que lo fueras, simplemente…
—Puedo asegurarte —continuó él, con cara de estar mortalmente ofendido—, que no me porto como lo he hecho con una mujer de tu clase sin hacer una proposición de matrimonio.
A Helga se le abrió la boca, haciéndola sentirse como un búho.
—¿No tienes respuesta a eso?
—Todavía estoy tratando de entender lo que has dicho —reconoció ella.
Él se puso las manos en la cadera y la miró con una decidida falta de tolerancia.
—Tienes que reconocer —dijo ella, bajando el mentón hasta que quedó mirándolo, dudosa, a través de las pestañas—, que dio la impresión de que… eh… has hecho proposiciones de matrimonio antes.
—Desde luego que no —repuso él, ceñudo—. Ahora, cógete de mi brazo, antes de que empiece a llover.
Ella miró el cielo azul despejado.
—Al paso que vas —dijo él, impaciente—, esteremos días aquí.
—Mmm… bueno… —se aclaró la garganta—, supongo que podrás perdonarme la falta de serenidad ante tamaña sorpresa.
—Vamos, ¿quién habla en círculos?
—Perdona.
—Vamos —dijo él, apretando la mano sobre su brazo.
—¡Arnold! —dijo ella, casi en un chillido, tropezándose al subir la escalinata—.
¿Estás seguro…?
—No hay momento como el presente —dijo él, casi airosamente.
Parecía muy complacido consigo mismo, y eso la desconcertaba, porque habría apostado toda su fortuna (y en calidad de lady Whistledown había amasado su buena fortuna) a que él no había tenido la menor intención de pedirle que se casara con él, hasta el momento en que su coche se detuvo delante de la casa.
Y tal vez hasta que las palabras le salieron de la boca.
Él giró la cabeza hacia ella.
—¿Necesito golpear?
—No, yo…
Pero él golpeó de todos modos, o más bien casi echó abajo la puerta, si hay que ceñirse a los detalles.
Cuando el mayordomo abrió la puerta, Helga trató de ponerse una sonrisa en la cara.
—Briarly —dijo.
—Señorita Helga —musitó él, arqueando una ceja sorprendido. Hizo una inclinación hacia Arnold—. Señor Shotman.
—¿Está en casa la señora Pataki? —preguntó Arnold, sin preámbulos.
—Sí, pero…
—Excelente —dijo Arnold, entrando y arrastrando a Helga con él—. ¿Dónde está?
—En el salón, pero debo decirle que…
Pero Arnold ya iba a medio camino por el vestíbulo, y Helga a un paso detrás de él (y no podría haber ido de otra manera, porque él le tenía firmemente cogido el brazo).
—¡Señor Shotman! —gritó el mayordomo, en un tono ligeramente aterrado.
Helga se giró a mirarlo, aunque sus pies continuaron siguiendo a Arnold.
Briarly no se aterraba jamás. Por nada. Si pensaba que Arnold no debía entrar en el salón, tenía que tener un muy buen motivo.
Tal vez incluso…
Oh, no.
Plantó los talones, que e fueron deslizando por la madera dura ya que Arnold seguía arrastrándola cogida del brazo.
—Arnold —dijo, atragantándose en la primera sílaba—. ¡Arnold!
—¿Qué? —preguntó él, sin detenerse.
—En realidad creo que… ¡Aaay! —los talones chocaron con el borde de la alfombra, y salió volando hacia delante.
Él la cogió limpiamente y la puso de pie.
—¿Qué pasa?
Ella miró nerviosa hacia la puerta del salón. Estaba un pelín entreabierta, pero tal vez había tanto ruido dentro que su madre aún no los había oído acercarse.
—Helga —dijo él, impaciente.
—Eh…
Todavía había tiempo para escapar, ¿no? Miró desesperada alrededor, aun cuando estaba claro que ahí no encontraría ninguna solución a su problema.
—Helga —dijo él, golpeando el suelo con el pie—, ¿qué demonios te pasa?
Ella miró hacia Briarly, que se limitó a encogerse de hombros.
—De verdad, este podría no ser el mejor momento para hablar con mi madre.
Él arqueó una ceja, más o menos igual que hiciera el mayordomo unos segundos antes.
—No estarás pensando en rechazarme, ¿verdad?
—No, claro que no —se apresuró a decir ella, aun cuando todavía no aceptaba la realidad de que él tenía la intención de pedirle la mano.
—Entonces este es un momento excelente —afirmó él, en un tono que no admitía protesta.
—Pero es que es…
—¿Qué?
Martes, pensó ella tristemente. Y era recién pasado el mediodía, lo cual significaba…
—Vamos —dijo él, avanzando.
Y antes que ella pudiera impedírselo, empujó la puerta.
El primer pensamiento de Arnold al abrir la puerta del salón fue que el día, si bien no se había desarrollado de ninguna manera como él podría haber pensado esa mañana al levantarse de la cama, se estaba convirtiendo en una empresa muy excelente. Casarse con Helga era una idea eminentemente sensata, y asombrosamente atractiva también, si se podía juzgar por su reciente encuentro en el coche.
Su segundo pensamiento fue que acababa de entrar en su peor pesadilla.
Porque la madre de Helga no estaba sola en el salón. Estaban ahí todas las Pataki, actuales y exs, junto con sus diversos maridos, e incluso un gato.
Era el conjunto de personas más aterrador que había visto en su vida. La familia de Helga era… bueno…, a excepción de Hilda (aun cuando esta siempre le había inspirado un cierto recelo, porque, ¿cómo puede uno fiarse de alguien que sea tan buena amiga de Hyacinth?); en fin, la familia de Helga era… bueno…
No se le ocurrió ninguna palabra agradable. Ninguna elogiosa, desde luego (aunque quería creer que sería capaz de evitar un insulto rotundo), y la verdad, ¿existiría un adjetivo que combinara bien con ligeramente lerda, excesivamente conversadora, bastante entrometida, atrozmente aburrida e insólitamente ruidosa familia?
Así que, sencillamente, sonrió; su fabulosa sonrisa ancha, amistosa, un tanto traviesa. Casi siempre daba buen resultado, y ese día no fue una excepción.
Todos los Pataki le sonrieron y, gracias a Dios, no dijeron nada.
Al menos no inmediatamente.
—Arnold —dijo la señora Pataki, visiblemente sorprendida—. Qué amable al traer a Helga a casa para nuestra reunión familiar.
—¿Reunión familiar? —repitió él. Miró a Helga, que estaba a su lado con aspecto de sentirse indispuesta.
—Todos los martes —dijo ella, sonriendo débilmente—. ¿No te lo dije?
—No —contestó él, aun cuando era evidente que ella había hecho la pregunta a beneficio del público—. No, no me lo dijiste.
—¡Shotman! —gritó Nigel Berbrooke, atravesando el salón y lo saludó con una cordial palmada en la espalda.
—No te esperaba —dijo jovialmente.
—No, me imagino que no.
—Estamos sólo la familia, después de todo —añadió Berbrooke—, y tú no eres de la familia. Al menos no de la mía.
—No todavía, en todo caso —musitó Arnold, mirando a Helga de soslayo; vio que se había ruborizado.
Entonces volvió a mirar a la señora Pataki, que parecía a punto de desmayarse por la emoción. Arnold emitió un gemido por en medio de sus sonrientes labios.
Sin saber muy bien por qué, había deseado reservar un elemento de sorpresa antes de pedir la mano de Helga. Si Miriam Pataki conocía sus intenciones de antemano, lo más probable era que enredara las cosas (en su mente, al menos) de tal manera que diera a entender que ella había orquestado el matrimonio.
Y por algún motivo, eso él lo encontraba tremendamente desagradable.
—Espero no ser una molestia —le dijo a la señora Pataki.
—No, de ninguna manera —se apresuró a decir ella—. Estamos encantados de tenerle aquí, en una reunión «familiar».
Pero tenía una expresión rara, no exactamente como si estuviera indecisa acerca de su presencia allí, sino más bien insegura acerca de cuál debía ser su próxima intervención. Se mordió el labio inferior, y luego echó una furtiva mirada a Hilda. A
Hilda, nada menos.
Entonces Arnold miró a Hilda. Estaba mirando a Helga, con una sonrisita secreta en la cara. Helga estaba mirando indignada a su madre, con la boca torcida en un rictus de irritación.
Pasó la mirada de Pataki a Pataki a Pataki. Estaba claro que algo se estaba cociendo a fuego lento bajo la superficie, y si no hubiera estado ocupado en pensar a) cómo podría evitar quedar atrapado en una conversación con los parientes de Helga y al mismo tiempo b) arreglárselas para hacer la proposición de matrimonio…, bueno, habría sentido bastante curiosidad por saber cuál era la causa de todas esas miraditas disimuladas que iban y venían entre las mujeres Pataki.
La señora Pataki echó una última mirada a Hilda y le hizo un gesto que él habría jurado quería decir «Siéntate derecha», y luego fijó la atención en él.
—¿No quiere sentarse? —le dijo, con una ancha sonrisa, dando una palmadita al sofá, al lado de ella.
—Ah, sí, sí —musitó él, porque ya no había forma de salir de esa.
Todavía tenía que pedir la mano de Helga y aunque no le agradaba particularmente la idea de hacerlo delante de todas las Pataki, estaba clavado allí, al menos mientras no se le presentara una oportunidad de escapar educadamente. Se giró y le ofreció el brazo a la mujer con la que quería casarse.
—¿Helga?
—Ah, sí, sí, claro —tartamudeó ella, colocando la mano en su codo.
—Ah, sí —dijo la señora Pataki, como si se hubiera olvidado totalmente de la presencia de su hija—. Lo siento terriblemente, Helga, no te había visto.
¿Podrías hacerme el favor de ir a decirle a la cocinera que aumente la ración de comida?
Vamos a necesitar más comida estando aquí el señor Shotman.
—Por supuesto —dijo Helga, con las comisuras de los labios temblorosas.
—¿No puede llamar? —preguntó Arnold, en voz alta.
—¿Qué? —dijo la señora Pataki, distraída—. Bueno, supongo que podría, pero eso llevaría más tiempo, y a ella no le importa, ¿verdad?
Helga negó con la cabeza.
—A mí sí me importa —dijo Arnold.
La señora Pataki dejó escapar un suave murmullo de sorpresa y añadió:
—Muy bien, Helga, eh… —apuntó a una silla que quedaba fuera del círculo en que se centraba la conversación—, ¿por qué no te sientas ahí?
Hilda, que estaba sentada frente a su madre, se levantó de un salto.
—Helga, siéntate aquí.
—No —dijo la señora Pataki firmemente—. Te has sentido bastante indispuesta, Hilda. Necesitas estar sentada.
Arnold pensó que la joven se veía el cuadro mismo de la salud perfecta, pero esta volvió a sentarse.
—Helga —dijo Olga en voz muy alta—, necesito hablar contigo.
Helga miró indecisa de Arnold a Olga a Hilda y a su madre.
Arnold la acercó más a él.
—Necesito hablar con ella también —dijo tranquilamente.
—Muy bien, supongo que hay sitio para los dos aquí —dijo la señora Pataki, moviéndose a un lado para dejar más espacio en el sofá.
Arnold se sintió atrapado entre los buenos modales que le habían inculcado desde
la cuna y el avasallador deseo de estrangular a la mujer que algún día sería su suegra.
No tenía idea de por qué trataba a Helga como a una especie de hijastra menos favorecida, pero eso tenía que acabar.
—¿Qué te ha traído por aquí? — dijo Nigel.
Arnold se tocó la oreja, sin poder evitarlo.
—Iba…
—Uy, Dios mío —interrumpió la señora Pataki—, no vamos a interrogar
a nuestro invitado, ¿verdad?
A Arnold no se le había pasado por la mente que la pregunta de Nigel constituyera un interrogatorio, pero no quería insultar a la señora Pataki diciéndolo, así que se limitó a asentir y dijo algo totalmente sin sentido:
—Sí, bueno, por supuesto.
—¿Por supuesto qué? —preguntó Olga.
Olga estaba casada con Nigel Berbrooke, y Arnold siempre había pensado que formaban una excelente pareja.
—¿Perdón? —preguntó.
—Ha dicho «por supuesto», ¿por supuesto qué?
—No sé —contestó Arnold.
—AH, bueno, ¿entonces por qué…?
—Olga —dijo la señora Pataki—, tal vez tú podrías ir a ver lo de la comida, ya que a Helga se le olvidó llamar.
—Ah, lo siento —se apresuró a decir Helga, comenzando a levantarse.
—No te preocupes —le dijo Arnold, sonriendo tranquilamente, cogiéndole la mano y sentándola—. Tu madre ha dicho que podría ir Hilda.
—Olga —dijo Helga.
—¿Qué pasa con Olga?
—Dijo que podría ir Olga.
Él deseó preguntarle dónde se había dejado el cerebro, porque estaba claro que éste le desapareció en algún lugar del trayecto entre el coche y ese sofá.
—¿Importa eso? —le preguntó.
—No, no, pero…
—Hilda —interrumpió la señora Pataki—, ¿por qué no le explicas lo de tus acuarelas al señor Shotman?
Ni aunque en ello le fuera la vida podría imaginarse Arnold un tema menos interesante (a no ser, tal vez, para las acuarelas de Helga), pero de todos modos miró a la menor de las Pataki, sonriendo amistoso y le preguntó:
—¿Cómo están tus acuarelas?
Entonces Hilda, bendito su corazón, lo miró con una sonrisa amistosa y contestó:
—Me imagino que están bien, gracias.
La señora Pataki dio la impresión de haberse tragado una angula viva.
—¡Hilda? —exclamó.
—¿Sí? —preguntó Hilda dulcemente.
—No le has dicho que ganaste un premio —dijo ella, y se volvió hacia Arnold—.
Las acuarelas de Hilda son muy únicas. —Se giró hacia Hilda—. Dile al señor Shotman lo de tu premio.
—Ah, no me imagino que a él le interese eso.
—Pues claro que le interesa —insistió la señora Pataki.
En una situación normal, él se habría apresurado a gorjear «Sí que me interesa», ya que, después de todo, era un hombre extraordinariamente afable, pero hacerlo sería confirmar la afirmación de la señora Pataki y, tal vez más importante aún, estropearle la diversión a Hilda.
Y Hilda sí que parecía estar divirtiéndose muchísimo.
—Olga —dijo—, ¿no ibas a ver lo de la comida?
—Ah, sí —contestó Olga—. Lo había olvidado. Hago eso muchísimo.
Vamos, Nigel, puedes hacerme compañía.
—¡Al instante! —exclamó Nigel, sonriendo de oreja a oreja.
Arnold reafirmó su convicción de que la boda Berbrooke- Pataki fue muy, muy acertada.
—Creo que iré a dar una vuelta por el jardín, después… —anunció Olga de repente, cogiendo del brazo a su marido—. Helga, ¿vienes conmigo?
Helga abrió la boca y la dejó así unos segundos, como pensando qué decir, y eso le dio el aspecto de un pececito desorientado (aunque en opinión de Arnold, un pececito bastante atractivo, si eso fuera posible). Finalmente su mentón adquirió un aire resuelto y dijo:
—Creo que no, Olga.
—¡Helga! —exclamó la señora Pataki.
—Necesito que me enseñes una cosa —insistió Olga.
—Creo que se me necesita aquí —repuso Helga—. Más tarde puedo ir contigo, si quieres.
—Te necesito ahora.
Helga miró a su hermana sorprendida; estaba claro que no había esperado tanta insistencia.
—Lo siento, Olga, creo que se me necesita aquí.
—Tonterías —dijo la señora Pataki despreocupadamente—. Hilda y yo podemos hacer compañía al señor Shotman.
—¡Uy, no! —exclamó Hilda, poniéndose de pie de un salto, con los ojos agrandados, toda inocencia—. Olvidé algo.
—¿Qué puedes haber olvidado? —preguntó la señora Pataki entre dientes.
—Ehh…, mis acuarelas. —Se volvió a Arnold, con una sonrisa traviesa—. Quería verlas, ¿verdad?
—Pues sí —musitó él, decidiendo que le caía muy bien la hermana menor de
Helga—. Para ver qué las hace tan únicas.
—Podríamos decir que son únicamente ordinarias —dijo Hilda haciendo un gesto de asentimiento con exagerada seriedad.
—Helga —dijo la señora Pataki, haciendo esfuerzos por ocultar su fastidio—, ¿serias tan amable de ir a buscar las acuarelas de Hilda?
—Helga no sabe dónde están —se apresuró a decir Hilda.
—¿No se lo puedes decir?
—Por el amor de Dios —explotó Arnold—, deje que vaya Hilda. En todo caso, necesito un momento en privado con usted.
Se hizo el silencio. Era la primera vez que Arnold perdía los estribos en público.
Oyó una exclamación ahogada de Helga a su lado, pero cuando la miró vio que ella tenía una mano en la boca, ocultando una sonrisita.
Y eso le hizo sentirse ridículamente bien.
—¿Un momento en privado? —repitió la señora v, abanicándose el pecho con la mano.
Miró hacia Olga y Nigel. Los dos salieron inmediatamente de la sala, aunque no sin una buena cantidad de gruñidos por parte de Olga.
—Helga —continuó la señora Pataki—, tal vez deberías acompañar a
Hilda.
—Helga se queda —dijo Arnold entre dientes.
—¿Helga? —preguntó la señora Pataki, dudosa.
—Sí, Helga —dijo él con lentitud, por si todavía no entendía lo que quería decir.
—Pero…
Arnold la miró con tanta indignación que ella se echó hacia atrás y juntó las manos en la falda.
—¡Me voy! —gorjeó Hilda, saliendo del salón.
Pero Arnold vio que, antes de cerrar la puerta, ella le hacia un rápido guiño a
Helga. Y Helga sonrió, su cariño por su hermana menor brillando en sus ojos.
Arnold se relajó. No se había dado cuenta de lo nervioso que lo ponía el sufrimiento de Helga. Y era evidente que sufría. Bueno Dios, no veía las horas de sacarla del seno de su ridícula familia.
La señora Pataki estiró los labios en un débil intento de esbozar una sonrisa; luego miró a Arnold, miró a Helga y volvió a mirarlo a él.
—¿Deseaba hablar conmigo? —preguntó finalmente.
—Sí —contestó él, impaciente por acabar con eso de una vez—. Me sentiría muy honrado si me concediera la mano de su hija en matrimonio.
La señora Pataki estuvo un momento sin reaccionar. De pronto puso los ojos redondos, la boca redonda, el cuerpo…, bueno el cuerpo ya lo tenía redondo, y juntó sonoramente las manos.
—¡Oh! ¡Oh! —dijo, como si fuera incapaz de decir otra cosa. Y luego gritó—:
¡Hilda! ¡Hilda!
¿Hilda?
Miriam Pataki se levantó de un salto, corrió hasta la puerta y allí gritó, como una pescadera voceando su mercancía:
—¡Hilda! ¡Hilda!
—Ay, madre —gimió Helga, cerrando los ojos.
—¿Para qué llama a Hilda? —preguntó Arnold, levantándose.
La señora Pataki lo miró perpleja.
—¿No quiere casarse con Hilda?
Arnold pensó que igual se ponía a vomitar.
—No, por el amor de Dios —ladró—. No quiero casarme con Hilda. Si quisiera casarme con Hilda no la habría enviado arriba a buscar sus malditas acuarelas, ¿no?
La señora Pataki tragó saliva, incómoda.
—Señor Shotman —dijo, retorciéndose las manos—. No lo entiendo.
Él la miró horrorizado, hasta que el horror se transformó en repugnancia.
—Con Helga —dijo, cogiéndole la mano, levantándola y atrayéndola hasta tenerla muy junto a él—. Quiero casarme con Helga.
—¿Helga? —repitió ella—. Pero…
—¿Pero qué? —interrumpió él, su voz amenaza pura.
—Pero… pero…
—Está bien, Arnold, no pasa nada —se apresuró a decir Helga—, yo…
—No, no está bien —explotó él—. Nunca he dado el menor indicio de que tenga el más mínimo interés en Hilda.
En ese momento apareció Hilda en la puerta, se cubrió la boca con la mano y desapareció al instante, cerrando juiciosamente la puerta.
—Ya —dijo Helga, apaciguadora, echando una rápida mirada a su madre—, pero Hilda está soltera y…
—Tú también —observo él.
—Lo sé, pero yo soy vieja y…
—Y Hilda es un bebé —ladró él—. Buen Dios, casarme con ella sería como casarme con Hyacinth.
—Eh… sólo que no sería incesto —dijo Helga.
Él la miró con una expresión nada divertida.
—De acuerdo —dijo ella, principalmente para llenar el silencio—. Sólo ha sido un terrible malentendido, ¿verdad?
Nadie dijo nada. Helga miró a Arnold suplicante.
—¿Verdad?
—Sí —masculló él.
Ella entonces miró a su madre.
—¿Mamá?
—¿Helga? —dijo su madre.
Helga que eso no era una pregunta sino que su madre seguía expresando su incredulidad de que Arnold pudiera desear casarse con ella.
Bueno, eso le dolió, y mucho. Y pensar que ya debería estar acostumbrada.
—Quiero casarme con el señor Shotman —dijo, tratando de hacer acopio de toda la dignidad posible—. Él me lo pidió y yo le dije sí.
—Bueno, claro que dirías sí —replicó su madre—. Tendrías que ser una idiota para rechazarle.
—Señora Pataki —dijo Arnold ásperamente—, le sugiero que trate con más respeto a mi futura esposa.
—Arnold, eso no es necesario —dijo Helga, colocándole la mano en el brazo.
Pero la verdad era que sentía volar el corazón. Él podía no amarla, pero le tenía afecto. Ningún hombre podría defender a una mujer con esa fiereza sin tenerle un poco de afecto.
—Es necesario —repuso él—. Por el amor de Dios, Helga, llegué aquí contigo, insistí y dejé muy claro que necesitaba tu presencia en el salón, y prácticamente empujé a Hilda por la puerta para que fuera a buscar sus acuarelas. ¿Por qué demonios iba a pensar alguien que yo deseaba casarme con Hilda?
La señora Pataki abrió y cerró la boca varias veces, hasta que al fin dijo:
—Quiero a Helga, por supuesto, pero…
—¿Pero la conoce? —la interrumpió Arnold—. Es hermosa, es inteligente y tiene un maravilloso sentido del humor. ¿Quién no desearía casarse con una mujer así?
Helga habría caído derretida al suelo si no hubiera estado cogida de la mano de él.
—Gracias —susurró, sin importarle si la oía su madre, y en realidad sin importarle si la oía él.
Simplemente necesitaba decirlo, para sí misma. Y no que creyera que era todo lo que había dicho él.
Ante sus ojos pasó la cara de lady Gertie, su expresión cálida y un poquitín pícara, astuta.
«Algo más.» Tal vez ella era algo más, y tal vez Arnold era la única otra persona que comprendía eso también.
Y eso le hizo amarlo más aún.
Su madre se aclaró la garganta y se le acercó a abrazarla. Al comienzo el abrazo fue tímido por ambos lados, pero luego Miriam la estrechó con fuerza en los brazos y Helga, ahogando un sollozo, se lo correspondió con igual fuerza.
—Sí que te quiero, Helga —dijo Miriam—, y estoy muy contenta por ti. —Se apartó y se limpió una lágrima—. Me sentiré sola sin ti, claro, porque había supuesto que envejeceríamos juntas, pero sé que esto es lo mejor para ti, y eso, supongo, es lo que significa ser una madre.
A Helga se le escapó una sonora sorbida por la nariz y a tientas buscó el pañuelo de Arnold, que él ya se había sacado del bolsillo y lo tenía puesto delante de ella.
—Lo sabrás algún día —dijo Miriam, dándole una palmadita en el brazo. Mirando
a Arnold, añadió—: Estamos encantados de darle la bienvenida en la familia.
Él asintió, no con una simpatía tremenda.
Pero Helga consideró que había hecho un simpático esfuerzo, tomando en cuenta lo enfadado que estaba sólo un momento antes.
Le sonrió y le apretó la mano, muy consciente de que estaba a punto de embarcarse en la aventura de su vida.
Espero y les agrade las actualizaciones, nos vemos en la siguiente!
