Espero y estén bien, hace poco había platicado con una de las personas que mas me han apoyado con respecto a mis escritos(my sister) y acepte con gusto una de sus ideas, el terminar primero esta historia antes que Rocket Brothers, puesto que este tiempo me ayudará a avanzar con la historia y así poder subir capítulos más rápido. Espero y me disculpen más la demora.
La historia está adaptada en el libro de Julia Quinn titulado Seduciendo a Mr. Bridgerton. Es el 4° libro de la saga de los hermanos Bridgerton, historia que recomiendo mucho.
Los personajes son de Oye Arnold creada por Craig Bartlett y seduciendo a Mr Bridgerton de Julia Quinn.
Nada es mío, ni la historia, ni los personajes.
Disculpen la demora.
Saludos a todos y espero y disfruten el capitulo 15.
Charla entre hermanas.
— ¿Sabes? —Dijo Pheobe a Helga—, es una pena que Lady Eleanor se haya retirado, porque esto habría sido el broche de oro de la década.
Ya habían pasado tres días desde que Arnold y Helga hicieran su sorprendente anuncio y estaban en el salón informal de la casa de Lady Shortman.
—Desde el punto de vista de Lady Eleanor, no me cabe duda —musitó Helga, llevándose la taza a los labios y manteniendo fijos los ojos en el reloj de pared.
Mejor no mirar a Pheobe a los ojos; tenía el don de ver los secretos en los ojos de las personas.
Era extraño, pensó. En todos esos años no había temido que Pheobe descubriera la verdad acerca de Lady Eleanor; al menos no le preocupaba demasiado. Pero ahora que lo sabía Arnold, tenía la sensación de que su secreto andaba flotando en el aire, como partículas de polvo a la espera de aglomerarse en una nube de conocimiento. Tal vez los Shortman eran como la resolución de un misterio; una vez que se descubre un elemento sólo es cuestión de tiempo que se descubran todos.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Pheobe, interrumpiendo sus nerviosos pensamientos.
—Si mal no recuerdo —dijo Helga, con mucha cautela—, una vez escribió que tendría que retirarse si yo me casaba con un Shortman.
Pheobe la miró con los ojos desorbitados.
—¿Sí?
—O algo por el estilo.
—Bromeas —dijo Pheobe, emitiendo un «pffs» y agitando la mano—. Nunca habría sido tan cruel.
Helga tosió, sin pensar que podría poner fin al tema simulando estar atragantada con un trozo de galleta, pero intentándolo de todos modos.
—Nooo —insistió Pheobe—. ¿Qué dijo?
—No lo recuerdo exactamente.
—Inténtalo.
Helga hizo tiempo dejando la taza en la mesita y alargando la mano para coger otra galleta. Estaban a solas tomando el té, lo cual era raro. Pero Lady Shortman se había llevado a Arnold para hacer algo que tenía que ver con la inminente boda (¡fijada para dentro de un mes!), y Hyacinth había salido de compras con Hilda, la cual, cuando se enteró de la noticia de la boda, le echó los brazos al cuello y se puso a gritar de felicidad, hasta casi dejarla sorda. Por lo que a momentos fraternales se refería, ese fue uno maravilloso.
—Bueno —dijo, tragando un bocado de galleta—, me parece que dijo que si yo me casaba con un Shortman, sería el fin del mundo tal como lo conocía y que, puesto que ese mundo ya no tendrían pies ni cabeza para ella, tendría que retirarse inmediatamente.
Pheobe la miró fijamente un momento.
—¿No es un recuerdo muy exacto ese?
—Uno no olvida ese tipo de cosas —repuso Helga, recatadamente.
—¡Humm! —Pheobe arrugó la nariz, desdeñosa—. Bueno, eso fue horrendo por su parte, he de decir. Ahora deseo doblemente que siguiera escribiendo, porque tendría que tragarse una manada entera de cuervos.
—¿Se reúnen en manada los cuervos?
—Pues, no lo sé, pero deberían.
—Eres muy buena amiga, Pheobe —dijo Helga n voz baja.
—Sí, lo sé —suspiró Pheobe, teatralmente—. La muy mejor.
Helga sonrió. Esa despreocupada respuesta de Pheobe dejaba muy claro que no estaba en ánimo para emociones ni nostalgia. Y eso estaba muy bien. Hay un momento y un lugar para todo. Ella ya había dicho lo que deseaba decir y sabía que Pheobe correspondía el sentimiento, aun cuando en ese momento prefiriera bromear y tomarse las cosas a la ligera.
—Pero he de confesar —dijo Pheobe, cogiendo otra galleta—, que tú y Arnold me sorprendisteis.
—A mí me sorprendieron también —repuso Helga, irónica.
—No es que no esté encantada —se apresuró a añadir Pheobe—. No hay nadie que desee tanto como hermana. Bueno, aparte de las que ya tengo, claro. Y si alguna vez hubiera soñado que ibais inclinados en esa dirección, seguro que me habría entrometido horrorosamente.
Helga se vio obligada a sonreír, para no reírse.
—Lo sé.
—Sí, bueno —dijo Pheobe, descartando el comentario con un gesto de la mano —. No soy famosa por conformarme con mis propios asuntos.
—¿Qué tienes en los dedos? —preguntó Helga, inclinándose para vérselos mejor.
—¿Qué? ¿Eso? Ah, no es nada.
Pero juntó las manos en la falda de todos modos.
—No es nada —dijo Helga—. Déjame verlo. Parece tinta.
—Bueno, claro que parece tinta. Es tinta.
—¿Entonces por qué no lo dijiste cuando te lo pregunté?
—Porque no es asunto tuyo —repuso Pheobe, muy fresca.
Helga se echó hacia atrás, sorprendida por el tono.
—Perdona, lo siento mucho —dijo secamente—, no sabía que fuera un tema tan sensible. —Ah, no lo es —se apresuró a decir Pheobe—. No seas tonta, lo que pasa es que soy torpe y no sé escribir sin chorrearme tinta por todos los dedos.
Supongo que podría usar guantes, pero entonces los mancharía y viviría comprándome otros, y te aseguro que no tengo el menor deseo de gastar toda mi asignación, pobre que es, en guantes.
Helga la estuvo observando atentamente mientras duraba la larga explicación.
—¿Qué estabas escribiendo?
—Nada. Sólo cartas.
Por el tono brusco Helga coligió que Pheobe no quería someter a más exploración ese tema, pero ante su actitud tan atípicamente evasiva no se pudo resistir a preguntarle:
—¿A quién?
—¿Las cartas?
—Sí —contestó Helga, aun cuando la pregunta había sido evidente.
—Ah, a nadie.
—Bueno, a no ser que sea un diario en forma epistolar, las cartas son siempre para alguien.
Pheobe la miró con expresión algo ofendida.
—Estás bastante fisgona hoy.
—Sólo porque tú eres evasiva.
—Sólo son para Francesca —contestó Pheobe, emitiendo un corto bufido.
—Bueno, podrías haberlo dicho.
Pheobe se cruzó de brazos.
—Tal vez no me gustó tu interrogatorio.
Helga la miró boquiabierta. No recordaba ni una sola ocasión en que hubiera habido entre ellas algo ni remotamente parecido a una pelea.
—Pheobe —dijo, sin poder disimular la conmoción—, ¿qué te pasa?
—NO me pasa nada.
—Sé que eso no es cierto.
Pheobe guardó silencio; se limitó a fruncir los labios y a mirar hacia la ventana, en un claro intento de poner fin a la conversación.
—¿Estás enfadada conmigo? —insistió Helga.
—¿Por qué voy a estar enfadada contigo?
—No sé, pero está claro que lo estás.
—No estoy enfadada —suspiró Pheobe.
—Bueno, estás «algo».
—Estoy… estoy… —agitó la cabeza—. No sé lo que estoy. Inquieta, supongo, molesta. Helga guardó silencio mientras digería eso, y luego preguntó:
—¿Hay algo que pueda hacer yo?
Pheobe sonrió irónica.
—No, si lo hubiera, puedes estar segura de que ya te lo habría pedido.
Helga sintió subir por dentro algo parecido a la risa. Qué típico de Pheobe decir eso.
—Supongo que es… —dijo Pheobe, alzando el mentón, pensativa—. No, no te preocupes.
—No. Dímelo —insistió Helga, cogiéndole la mano.
Pheobe retiró la mano y desvió la cara.
—Vas a pensar que soy tonta.
—Tal vez, pero seguirás siendo mi mejor amiga —dijo Helga, sonriendo.
—Uy, no, Helga, es que no lo soy —suspiró Pheobe tristemente—. No soy digna de eso.
—Pheobe, no digas esas tonterías. Yo me habría vuelto completamente loca tratando de arreglármelas con Londres y la alta sociedad sin ti.
—Lo pasábamos bien, ¿verdad? —sonrió Pheobe.
—Bueno, sí, yo lo pasaba bien cuando estaba contigo. El resto del tiempo me sentía condenadamente desgraciada.
—¡Helga! Creo que nunca te había oído maldecir.
—Se me salió —dijo Helga, sonriendo azorada—. Además, no se me ocurrió ningún otro adverbio para calificar lo desgraciada que se sentía la fea del baile en medio de la alta sociedad.
Pheobe soltó una inesperada risita.
—Vamos, ese sería un libro que me gustaría leer: La fea del baile en medio de la alta sociedad.
—No, a ser que seas dada a las tragedias.
—Ah, vamos, no podría ser una tragedia. Tendría que ser una novela romántica.
Vas a tener tu final feliz después de todo.
Helga sonrió. Por extraño que fuera, iba a tener un final feliz. Arnold era un novio encantador y atento, lo había sido al menos los tres días desde que hacía ese papel. Y lo más seguro era que no le hubiera resultado particularmente fácil; los habían sometido a más elucubraciones y examen que el que ella habría imaginado.
Aunque eso no le sorprendía; cuando escribió (como Lady Eleanor) que sería el fin del mundo tal como lo conocía si Helga Pataki se casaba con un Shortman, estaba bastante segura que se hacía eco de una opinión predominante. Decir que su compromiso con Arnold horrorizó a la aristocracia sería quedarse muy cortos.
Pero por mucho que le gustara reflexionar acerca de su inminente boda y disfrutarla por adelantado, seguía algo inquieta por la extraña actitud de Pheobe.
—Pheobe —dijo muy seria—, quiero que me digas qué es lo que te perturba.
Pheobe exhaló un suspiro.
—Esperaba que lo hubieras olvidado.
—He aprendido tenacidad de la maestra —comentó Helga.
Eso hizo sonreír a Pheobe, pero sólo un momento.
—Me siento desleal —dijo.
—¿Qué has hecho?
—Ah, nada. Está todo dentro. —Se dio una palmadita en el corazón—. Ocurre que…
Se interrumpió, desvió la cara y fijó la mirada en la esquina con flecos de la alfombra, pero Helga calculó que no era mucho lo que veía. Al menos nada parte de lo que le resonaba en la cabeza.
—Me siento muy feliz por ti —continuó Pheobe, tropezándose con las palabras —, y de verdad creo que puedo decir sinceramente que no me siento celosa. Pero al mismo tiempo…
Helga no dijo nada, simplemente esperó que Pheobe ordenara sus pensamientos, o tal vez, reuniera el valor para expresarlos.
—Al mismo tiempo —continuó Pheobe, en voz tan baja que Helga apenas la oyó—, supongo que siempre pensé que serías una solterona junto conmigo. Yo he elegido esta vida. Sé que la he elegido. Podría haberme casado.
—Lo sé.
—Pero no lo hice porque nunca me pareció lo correcto, y de ninguna manera me iba a conformar con algo inferior a lo que tienen mis hermanos y mi hermana. Y ahora Arnold también —añadió, haciendo un gesto hacia ella.
Helga no le dijo que Arnold nunca le había dicho que la amaba. No le pareció el momento oportuno ni, francamente, algo que desearía decir. Además, aunque él no la amara, seguía pensando que sí le tenía afecto y eso le bastaba.
—Nunca he deseado que no te casaras —explicó Pheobe—, simplemente pensaba que nunca te casarías. —Cerró los ojos, como si estuviera sufriendo—. Me ha salido todo mal. Te he insultado tremendamente.
—No, no —dijo Helga, muy en serio—. Yo tampoco creía que me casaría.
Pheobe asintió.
—Y, no sé por qué, eso lo hacía todo… perfecto. Yo tenía casi veintiocho años y estaba soltera, y tú ya tenías veintiocho años y estabas soltera, y siempre nos teníamos la una a la otra. Pero ahora tú tienes a Arnold.
—También te sigo teniendo a ti. Por lo menos, eso espero.
—Por supuesto que me tienes —dijo Pheobe, fervientemente—, pero no será lo mismo. O al menos eso es lo que dicen —añadió, con un destello travieso en los ojos—. Arnold estará en primer lugar para ti, y así debe ser. Y, francamente —añadió, con su sonrisa un poco más guasona—, tendría que matarte si no fuera así. Él es mi hermano favorito, después de todo. No le iría bien tener una esposa desleal.
Helga se rió.
—¿Me odias?
—No —repuso Helga dulcemente, negando con la cabeza—. Si acaso, te quiero más aún, porque sé lo difícil que tiene que haber sido para ti ser sincera conmigo en esto.
—Me alegra que digas eso —dijo Pheobe, exhalando un sonoro suspiro teatral—, me aterraba pensar que me dirías que yo también tengo que buscarme un marido.
La idea sí que le había pasado por la mente a Helga, pero negó con la cabeza.
—No, no, desde luego que no.
—Estupendo, porque mi madre no para de decírmelo.
—Me sorprendería si no lo hiciera —dijo Helga, sonriendo irónica.
—¡Buenas tardes, señoras!
Las dos levantaron la vista y vieron entrar a Arnold. A Helga le dio un pequeño vuelco el corazón al verlo y de pronto notó que, curiosamente, le costaba respirar.
Durante años el corazón le hacía revoloteos raros cuando lo veía entrar en una sala, pero en esos momentos el revoloteo lo notaba diferente, más intenso.
Tal vez porque «sabía».
Sabía cómo era estar con él, ser deseada por él.
Sabía que él sería su marido.
El corazón le dio otro vuelco.
—¿Os habéis comido todo? —preguntó Arnold quejumbroso.
—Sólo había un plato con galletas —le dijo Pheobe, a la defensiva.
—No es eso lo que me dieron a entender —gruñó Arnold.
Helga y Pheobe se miraron y luego se echaron a reír.
—¿Qué? —preguntó Arnold, inclinándose a dar un solícito beso a Helga en la mejilla.
—Lo dices de una manera tan siniestra —explicó Pheobe—. Sólo es comida.
—Nunca es sólo comida —dijo él, dejándose caer en un sillón.
Helga seguía pensando cuándo dejaría de hormiguearle la mejilla.
—¿Y de qué estabais hablando? —preguntó él, cogiendo una galleta a medio comer del plato de Pheobe.
—De Lady Eleanor —contestó Pheobe al instante.
Helga se atragantó con el té.
—¿A, sí? —dijo él, tranquilamente, pero Helga detectó un claro filo en su voz.
—Sí —dijo Pheobe—, le estaba diciendo a Helga que es una pena que se haya retirado, porque vuestro compromiso habría sido el cotilleo más digno de comentar que hemos tenido en todo el año.
—Interesante cómo funciona eso —comentó Arnold.
—Mmmm —convino Pheobe—. Y sin duda habría dedicado una columna completa sólo a vuestro baile de compromiso de mañana.
Helga no bajó la taza de sus labios.
—¿Quieres más? —le preguntó Pheobe.
Helga asintió y le pasó la taza, aunque echó en falta tenerla ante la cara como un escudo. Comprendía que Pheobe puso el tema de Lady Eleanor porque no quería que Arnold supiera que tenía sentimientos encontrados respecto a su matrimonio, pero de todos modos deseaba que hubiera dicho otra cosa en respuesta a la pregunta de Arnold.
—¿Por qué no llamas para pedir que traigan más comida? —preguntó Pheobe a
Arnold.
—Ya lo pedí —contestó él—. Wickham me salió al paso en el vestíbulo para preguntarme si tenía hambre—. Se echó a la boca el último trozo de la galleta de Pheobe
—. Un hombre sabio ese Wickham.
—¿Adónde fuiste hoy, Arnold? —preguntó Helga, impaciente por dejar de lado el tema de Lady Eleanor.
Él movió la cabeza como un hombre que se siente asediado.
—Que me cuelguen si lo sé. Madre me levó de tienda en tienda.
—¿No tienes treinta y tres años? —preguntó Pheobe, dulcemente.
Él le contestó mirándola enfurruñado.
—Yo pensaba que ya habías pasado la edad en que madre te leve de aquí para allá —musitó ella.
—Madre seguirá llevándonos de aquí para allá cuando seamos viejos chochos, y lo sabes —repuso él—. Además, está tan encantada con eso de verme casado, que no puedo decidirme a estropearle la diversión.
Helga exhaló un suspiro. Seguro que por eso lo amaba. Cualquier hombre que trata tan bien a su madre seguro que tiene que ser un buen marido.
—¿Y cómo van tus preparativos para la boda? —preguntó Arnold a Helga.
Ella no tenía la menor intención de hacer un mal gesto, pero lo hizo.
—Jamás me había sentido tan agotada en toda mi vida —dijo.
Él alargó la mano y cogió un buen trozo de galleta de su plato.
—Deberíamos fugarnos.
—Uy, sí, ¿podríamos? —exclamó Helga, o mejor dicho, las palabras le salieron solas.
Él pestañeó.
—En realidad, era una broma, aunque sí que me parece una idea fabulosa.
—Yo me encargo de la escala —exclamó Pheobe, juntando las manos—, para que puedas subir hasta su habitación a raptarla.
—Hay un árbol —terció Helga—. Arnold no tendría ninguna dificultad para treparlo.
—Buen Dios —dijo Arnold—, no lo dices en serio, ¿verdad?
—No —suspiró ella—, pero podría, si tú lo dijeras en serio.
—No puede ser. ¿Sabes lo que le haría eso a mi madre? —Puso los ojos en blanco—. Por no decir a la tuya.
—Lo sé —gimió Helga.
—Me daría caza y me mataría —dio él.
—¿La mía o la tuya?
—Las dos. Unirían fuerzas. —Alargó el cuello mirando hacia la puerta—. ¿Dónde está la comida?
—Acabas de llegar, Arnold —dijo Pheobe—. Dales tiempo.
—Y yo que pensaba que Wickham era brujo —gruñó él— capaz de hacer aparecer comida con un golpe de la mano.
—¡Aquí tiene, señor! —dijo Wickham, entrando con una enorme bandeja.
—¿Lo veis? —exclamó Arnold arqueando las cejas y mirando a Pheobe y luego a
Helga—. Os lo dije.
—¿Por qué será que presiento que oiré esas palabras muchísimas veces en mi futuro? —comentó Helga.
—Lo más seguro, porque las oirás —contestó Arnold. La miró con una sonrisa de lo más descarada—. Pronto te enterarás de que casi siempre tengo razón.
—Vamos, por favor —gimió Pheobe.
—Podría tener que ponerme de parte de Pheobe en esto —dijo Helga.
Él se llevó una mano al corazón, mientras con la otra cogía un bocadillo.
—¿En contra de tu marido? Me siento herido.
—Todavía no eres mi marido.
—La gatita tiene uñas —dijo Arnold a Pheobe.
Pheobe lo miró con las cejas arqueadas.
—¿Y no te diste cuente de eso antes de proponerle matrimonio?
—Claro que me di cuenta —repuso él, tomando un bocado—. Pero no creí que las usaría conmigo.
Entonces miró a Helga con una expresión tan ardiente que ella sintió que se le licuaban los huesos.
—Bueno —dijo Pheobe, levantándose—, creo que dejaré unos momentos solos a este par de inminentes recién casados.
—Qué decididamente previsora —comentó Arnold.
Pheobe lo miró con gesto displicente.
—Cualquier cosa por ti, queridísimo hermano. O mejor dicho añadió, con una sonrisa de complicidad—, cualquier cosa por Helga.
Arnold se levantó y miró a su novia.
—Parece que he bajado de categoría en la jerarquía de favoritos.
Helga sonrió detrás de su taza.
—Voy a hacer mi norma no meterme jamás en una pelea entre hermanos Shortman.
—¡Ah, no! —rió Pheobe—, no la podrías cumplir, me parece, futura señora
Shortman. Además —añadió con una sonrisa pícara—, si crees que esto es una pelea, espera a ver una de verdad.
—¿Quieres decir que no he visto ninguna?
Pheobe y Arnold negaron con la cabeza de una manera que inspiraba miedo.
Ay, Dios.
—¿Hay algo que deba saber? —preguntó.
Arnold sonrió de un modo bastante lobuno.
—Ya es demasiado tarde.
Helga miró a Pheobe con expresión desvalida, pero ésta simplemente se echó a reír y salió del salón, cerrando firmemente la puerta.
—Bueno, ese sí ha sido un gesto simpático de Pheobe —musitó Arnold.
—¿Qué? —preguntó Helga, con cara de inocente.
A él le brillaron los ojos.
—La puerta.
—¿La puerta? ¡Ah!, la puerta.
Sonriendo, Arnold fue a sentarse a su lado en el sofá. Había un algo bastante delicioso en Helga una tarde lluviosa. Apenas la había visto desde que se comprometieron, los planes para la boda solían hacerle eso a una pareja, y sin embargo no había abandonado sus pensamientos ni siquiera cuando estaba durmiendo.
Curioso cómo le ocurrió eso. Había pasado años sin pensar en ella no ser que la tuviera delante de la cara, y ahora impregnaba todos sus pensamientos.
Todos sus deseos.
¿Qué había pasado?
¿Cuándo?
¿Importaba eso? Tal vez lo único importante era que la deseaba y que ella era, o al menos sería, suya. Una vez que le pusiera el anillo en el dedo, no tendrían ningún sentido los cómos, los por qués ni los cuándos, siempre que se le marchara esa locura que sentía.
Le puso un dedo en la mejilla y le giró la cara hacia la luz. Vio que a ella le brillaban los ojos de expectación, y sus labios, Dios santo, ¿cómo era posible que los hombres de Londres nunca se hubieran fijado en lo perfectos que eran?
Sonrió. Eso era una locura permanente. Y él no podrí estar más complacido.
Jamás había sido contrario al matrimonio, simplemente se oponía a un matrimonio aburrido. No era selectivo; simplemente deseaba pasión, amistad, comunicación intelectual y unas buenas risas de cuando n cuando; una esposa de la que no deseara alejarse.
Sorprendentemente, al parecer había encontrado eso en Helga.
Lo único que debía hacer era asegurarse de que Su Gran Secreto continuara siendo eso: un secreto.
Porque no se creía capaz de soportar la pena que vería en sus ojos si la excluían
de la sociedad.
—¿Arnold? —susurró ella, soltando el aliento por sus labios, haciéndole desear besarla.
Él acercó la cara.
—¿Mmm?
—Estás muy callado.
—Estaba pensando.
—¿Qué?
Él la miró mimoso.
—Se ve que has pasado demasiado tiempo con mi hermana.
—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó ella, curvando los labios de una manera que no le dejaba dudas de que nunca sentiría ningún escrúpulo en embromarlo.
Lo tendría siempre en estado de alerta esa mujer.
—Parece que le has tomado gusto a la perseverancia.
—¿A la tenacidad?
—A eso también.
—Pero eso es bueno.
Tenían los labios a sólo unos dedos de distancia, pero el deseo de continuar embromando era demasiado fuerte.
—Cuando eres perseverante en declarar obediencia a tu marido, entonces es bueno.
—¿Ah, sí?
Él bajó el mentón en un mínimo gesto de asentimiento.
—Y cuando eres tenaz en aferrar mis hombros cuando te estoy besando, es buena también la tenacidad.
Ella agrandó los ojos oscuros de modo tan delicioso que él tuvo que añadir:
—¿No te parece?
Y entonces ella lo sorprendió.
—¿Así? —le preguntó, colocando las manos en sus hombros, su tono osado, sus ojos seducción pura.
Señor, sí que le encantaba que lo sorprendiera.
—Eso es un comienzo —dijo—. Podrías tener que —puso una mano sobre la de ella y se la presionó, enterrándole los dedos en su piel—, aferrarme con más tenacidad.
—Comprendo —musitó ella—. ¿Lo que quieres decir entonces es que no debo soltarte jamás?
Él lo pensó un momento.
—Sí —contestó, cayendo en la cuenta de que esas palabras tenían un significado más profundo, fuera esa la intención de ella o no—. Eso es exactamente lo que quiero decir.
Y ya no fueron suficientes las palabras. Posó los labios sobre los de ella, y el beso fue suave un momento, hasta que lo avasalló la acidez. Entonces la besó con una pasión que ni siquiera sabía que poseía. Eso no iba de deseo, al menos no era sólo deseo.
Era necesidad.
Era una sensación extraña, ardiente y feroz en su interior, que le exigía reclamarla para él, afirmar su posesión, marcarla como suya.
La deseaba desesperadamente, y no tenía la menor idea de cómo podría pasar todo ese mes que faltaba para la boda.
—¿Arnold? —dijo ella, cuando él la iba bajando, bajando, hasta dejarla tendidas de espaldas en el sofá.
Él le estaba besando la mandíbula, luego el cuello, y tenía los labios tan ocupados que apenas logró musitar un:
—¿Mmmm?
—Estamos… ¡Oh!
Él sonrió, mordisqueándole suavemente el lóbulo de la oreja. Si ella lograba terminar la frase quería decir que no la estaba atontando tanto como debía.
—¿Decías? —susurró y luego la besó profunda y apasionadamente en la boca, sólo para torturarla.
Apartó los labios el momento justo para que ella dijera «Sólo ib…» y volvió a besarla, y lo embriagó el placer al oírla gemir de deseo.
—Perdona —dijo, pasando las manos por debajo de la orilla del vestido y haciéndole todo tipo de cosas perversas en las pantorrillas—, ¿qué ibas a decir?
—¿Yo? —preguntó ella, sus ojos nublados.
Él subió las manos hasta hacerle cosquillas en las corvas.
—Ibas a decir algo —dijo, apretando las caderas contra ella, porque sinceramente creía que iba a estallar en llamas en ese mismo instante si no lo hacía—.Creo —susurró, deslizando la mano por la suave piel de su muslo—, que ibas a decir que deseabas que te acariciara aquí.
Ella ahogó una exclamación, luego gimió y al fin logró decir:
—No creo que fuera eso lo que iba a decir.
Él sonrió, con la boca sobre su cuello.
—¿Estás segura?
Ella asintió.
—¿Entonces quieres que pare?
Ella negó con la cabeza. Enérgicamente.
Podría poseerla en ese momento, comprendió él. Podría hacerle el amor allí mismo, en el sofá de su madre, y ella no sólo se lo permitiría sino que además disfrutaría de todos los modos que debe disfrutar una mujer.
No sería una conquista, ni siquiera seducción.
Sería mucho más que eso. Tal vez incluso…
Amor.
Se quedó inmóvil.
—¿Arnold? —susurró ella, abriendo los ojos.
¿Amor?
No era posible.
—¿Arnold?
O tal vez sí.
—¿Pasa algo?
No era que le tuviera miedo al amor, ni que no creyera en él. Simplemente no lo había… esperado.
Siempre había pensado que el amor golpea a un hombre como un rayo, que un día está ganduleando en alguna fiesta, muerto de aburrimiento y de repente ve a una mujer y sabe al instante que su vida va a cambiar para siempre. Eso fue lo que le ocurrió a Benedict, y el cielo sabía que era maravillosamente feliz con Sophie, y en esos momentos estaban dichosísimos pasando un tiempo en el campo.
Pero eso con Helga… se le había ido metiendo sigilosamente. El cambio había sido lento, casi aletargado, y si eso era amor… bueno.
Si era amor, ¿no lo sabría él?
La miró detenidamente, curioso, pensando que tal vez encontraría la respuesta en los ojos de ella, o en la textura de su pelo, o en la forma como le colgaba, ligeramente torcido, el corpiño de su vestid. Tal vez si la observaba un buen rato, lo sabría.
—¿Arnold? —repitió ella, en un tono que ya sonaba nervioso.
La volvió a besar, esta vez con fiera resolución. Si eso era amor, ¿no se haría evidente cuando se besaban?
Pero si su mente y su cuerpo estaban funcionando por separado, el beso estaba claramente confabulado con su cuerpo, porque mientras la confusión de su mente continuaba tan borrosa como siempre, la necesidad de su cuerpo era cada vez más definida. Demonios, si ya le dolía. Y no podía hacer nada de eso ahí en el salón de su madre, aun cuando Helga fuera una participante bien dispuesta.
Se apartó y bajó la mano por su pierna en dirección a la orilla de la falda.
—No podemos hacer esto aquí —dijo.
—Lo sé —dijo ella.
Lo dijo en un tono tan triste que él detuvo la mano en su rodilla, y casi perdió la resolución de hacer lo correcto y atenerse a los dictados del decoro.
Pensó rápido. Era posible que lograra hacerle el amor sin que entrara alguien y los sorprendiera. Dios sabía que en el estado en que se encontraba él sería un asunto vergonzosamente rápido.
—¿Cuándo es la boda? —gruñó.
—Dentro de un mes.
—¿Qué costaría cambiarla para dentro de dos semanas?
Ella lo pensó un momento.
—Soborno o chantaje. Tal vez las dos cosas. Nuestras madres no se doblegarán fácilmente.
Él gimió, apretó las caderas contra las de ella durante un delicioso momento y se retiró de encima. No podía poseerla en ese momento. Ella iba a ser su esposa. Ya habría montones de ocasiones para revolcones ilícitos en sofás durante el día, pero al menos la primera vez, debía hacerlo en una cama.
—¿Arnold? ¿Te pasa algo? —preguntó ella, alisándose el vestido y arreglándose el pelo.
Aunque no había manera de que quedara aproximadamente presentable sin un espejo, un cepillo y tal vez una doncella.
—Te deseo —susurró él.
Ella lo miró sorprendida.
—Sólo te lo digo para que lo sepas. No quiero que pienses que paré porque no me agradas.
—Ah. —Lo miró como si quisiera decir algo. Parecía casi absurdamente feliz por sus palabras—. Gracias por decirme eso.
Él le cogió la mano y se la apretó.
—¿Estoy hecha un desastre? —preguntó ella.
Él asintió.
—Pero eres «mi» desastre.
Y se sentía contentísimo por eso
