Agradezco a todos sus comentarios y no se preocupen, acepto los constructivos, los de aceptación, los de ideas y opiniones diversas con respecto a la historia (eso incluye las críticas tanto buenas como malas), los OCC , etc.

Agradezco a Muzgozita Thorn por sus aclaraciones en mis fallas, es difícil cuando lo hace uno sin beta, pero me esfuerzo al máximo.

Sandra Strickland… sin ti, mis ánimos por continuar no seguirían. Tus Reviews me hacen el día y agradezco que te tomes tus tiempos conmigo

Y a todos los que me siguen y me dejan sus Reviwes(Vanesa G Palos, Mechitas123, Linakane, Chiryta, Evilangelux) sin ustedes no sabria seguir estas historias.

La historia está adaptada en el libro de Julia Quinn titulado Seduciendo a Mr. Bridgerton. Es el 4° libro de la saga de los hermanos Bridgerton, historia que recomiendo mucho.

Los personajes son de Oye Arnold creada por Craig Bartlett y seduciendo a Mr Bridgerton de Julia Quinn.

Nada es mío, ni la historia, ni los personajes.

Disculpen la demora.

Saludos a todos y espero y disfruten el capitulo 16.


La última nota.

A Arnold le encantaba caminar, y lo hacía con mucha frecuencia para despejarse la mente, de modo que no fue ninguna sorpresa que se pasara buena parte del día siguiente caminando por Bloomsbury, Fitzrovia, Marylebone y varios otros barrios de Londres, hasta que al levantar la vista comprobó que estaba en el centro de Mayfair, en Grosvenor Square, para ser exactos, delante de la casa Hastings, la casa de ciudad de los duques de Hastings, el último de los cuales daba la casualidad que estaba casado con su hermana Daphne.

Hacía tiempo que no tenía una conversación con ella aparte de la cháchara familiar habitual. De todos sus hermanos, Daphne era la que estaba más cerca de él en edad, y siempre había habido entre ellos un lazo especial, aun cuando ya no se veían tanto como antes, con los frecuentes viajes de él y la ocupada vida familiar de ella.

La casa Hastings era una de esas inmensas mansiones que se encuentran repartidas por los barrios de Mayfair y St. James. Grande y cuadrada, construida con elegante piedra gris de Pórtland, era absolutamente imponente en su esplendor ducal.

Lo cual hacía aún más divertido, pensó, sonriendo irónico, que su hermana fuera la actual duquesa. No podría imaginarse una mujer menos altiva o imponente. En realidad, a Daphne le costó encontrar marido cuando estaba en el mercado del matrimonio, justamente porque era tan amistosa y llana que los caballeros tendían a considerarla una amiga, no una posible esposa.

Pero todo cambió cuando conoció a Lorenzo Bassett, el duque de Hastings, y ahora era una respetable señora de la alta sociedad, con cuatro hijos, de diez, nueve, ocho y siete años. A veces a él le seguía pareciendo extraño que ella fuera ya madre mientras él seguía llevando la vida libre y sin ataduras de un soltero.

Habiendo sólo un año de diferencia entre ellos, pasaron juntos las diversas fases de la vida. Incluso después de que se casó, las cosas no cambiaron mucho, pues ella y Lorenzo asistían a las mismas fiestas a las que asistía él, y tenían muchos interesas y actividades en común.

Pero luego ella comenzó a reproducirse y si bien él estaba encantado de dar la bienvenida en su vida a un nuevo sobrino o sobrina, cada recién llegado le hacía comprender más que Daphne había cambiado de una manera que él no había hecho.

Pero, pensó sonriendo al pasar por su mente la cara de Helga, todo eso iba a cambiar muy pronto.

Hijos. Encontraba muy agradable la idea, en realidad.

No había tenido ninguna intención de visitarla, pero estando allí, pensó, bien podría pasar a verla y saludarla, así que subió la escalinata y golpeó con la enorme aldaba de bronce produciendo su robusto sonido. Jeffries, el mayordomo, abrió la puerta casi inmediatamente.

—Señor Shortman —dijo—, su hermana no le esperaba.

—No, decidí darle una sorpresa. ¿Está en casa?

—Iré a ver —dijo el mayordomo asintiendo, aun cuando los dos sabían que

Daphne jamás se negaría a recibir a un miembro de su familia.

Mientras Jeffries iba a informar a Daphne de su presencia, Arnold esperó en el salón, vagando ociosamente de aquí allá, tan desasosegado que no era capaz de sentarse ni de quedarse quieto en un lugar. Pasados unos minutos, apareció Daphne en la puerta, algo despeinada, pero con un aspecto tan feliz como siempre.

¿Y por qué no iba a estarlo?, pensó él. Todo lo que había deseado en su vida era ser esposa y madre, y por lo visto la realidad había más que sobrepasado sus sueños.

—Hola, hermana —saludó con su sonrisa sesgada, acercándosele a darle un rápido abrazo—. Tienes… —Le señaló el hombro.

Ella se miró el hombro y sonrió azorada al ver la mancha gris oscura en la tela rosa claro de su vestido.

—Carboncillo —explicó, pesarosa—. Estaba intentando enseñarle a dibujar a Caroline.

—¿Tú?

—Lo sé, lo sé. No podría haber elegido peor maestra, pero sólo ayer decidió que le encanta el arte, y yo fui lo único que logró conseguir con tan poco tiempo de aviso.

—Tendrías que enviarla a ver a Benedict —sugirió Arnold—. Seguro que le encantaría darle una o dos clases.

—La idea ya me había pasado por la cabeza, pero seguro que cuando yo lo tenga todo dispuesto para eso ella ya estará interesada en otra cosa. —Le indicó un sofá—. Siéntate. Pareces un felino enjaulado ahí, paseándote.

Él se sentó, aunque se sentía insólitamente nervioso.

—Y antes de que lo preguntes, ya le dije a Jeffries que traiga comida. ¿Bastarán unos bocadillos?

—¿Oíste gruñir mi estómago desde el otro lado del salón?

—Desde el otro lado de la ciudad, me parece. —Se rió—. ¿Sabías que siempre que truena David dice que es tu estómago?

—Ay, buen Dios —masculló Arnold, aunque riendo. Su sobrino era un crió bastante listo.

Daphne sonrió de oreja a oreja y se acomodó en los cojines del sofá, juntando elegantemente las manos en la falda.

—¿Qué te trae por aquí, Arnold? No es que necesites ningún motivo, por supuesto. Siempre me encanta verte.

Él se encogió de hombros.

—Simplemente iba paseando.

—¿Fuiste a ver a Anthony y Kate? —preguntó ella. La casa Shortman, donde vivía su hermano mayor con su familia, estaba en esa misma plaza, justo enfrente—.

Benedict y Sophie ya están ahí con los niños, ayudando en los preparativos para el baile de tu compromiso de esta noche.

Él negó con la cabeza.

—No, tú eres mi víctima elegida, creo.

Ella volvió a sonreír, pero esta vez la expresión estaba modificada por una buena dosis de curiosidad.

—¿Te pasa algo?

—No, nada —se apresuró a contestar él—. ¿Por qué me lo preguntas?

—No lo sé —dijo ella, ladeando la cabeza—. Te encuentro raro.

—Sólo estoy cansado.

Ella asintió comprensiva.

—Los planes para la boda, sin duda.

—Sí —dijo él, asiéndose al vuelo de la explicación, aunque por vida de él no sabía qué podría querer ocultar de ella.

—Bueno, recuerda que sea lo que sea que estés pasando —dijo ella con una sonrisa displicente—, es mil veces peor para Helga. Siempre es peor para las mujeres, créeme.

—¿En las bodas o en todo? —preguntó él, mansamente.

—En todo. Sé que los hombres pensáis que estáis al mando, pero…

—No soñaría con pensar que estamos al mando de algo —dijo el, y no del todo sarcástico.

Ella volvió a poner una expresión displicente.

—Las mujeres tenemos mucho más que hacer que los hombres. Especialmente en las bodas. Con todas las pruebas que le han hecho a Helga para el vestido de bodas, seguro que ya se siente como un acerico.

—Le sugerí que nos fugáramos —le contó Arnold—, y creo que de verdad deseó que lo dijera en serio.

Daphne se echó a reír.

—Me alegra tanto que te vayas a casar con ella, Arnold.

Él asintió, con la intención de no decir nada, pero de pronto se oyó decir:

—Daph…

—¿Sí?

El abrió la boca, la cerro y luego dijo:

—No, no te preocupes.

—Ah, no, ahora no te vas a callar. Ya me has picado la curiosidad.

Él tamborileó sobre el sofá.

—¿Crees que va a llegar pronto la comida?

—¿Tienes hambre o simplemente quieres cambiar de tema?

—Siempre tengo hambre.

Ella estuvo callada varios segundos.

—Arnold —dijo al fin, su voz dulce y suave—, ¿qué ibas a decir?

Él se levantó de un salto y empezó a pasearse; no podía tenerse quieto. Se detuvo, se giró a mirarla y vio su cara preocupada.

—No es nada —dijo, aunque claro, no era nada y…— ¿Cómo sabe uno? — preguntó, sin darse cuenta de que dejaba inconclusa la pregunta.

—¿Cómo sabe uno qué? —preguntó ella.

Él se detuvo ante la ventana. Daba la impresión de que iba a llover. Tendría que pedirle prestado un coche a Daphne si no quería quedar empapado en el largo camino a casa. Aunque no entendía por qué estaba pensando en la lluvia cuando lo que realmente quería saber era…

—¿Cómo sabe uno qué, Arnold? —repitió Daphne.

Él se giró a mirarla y soltó las palabras:

—¿Cómo se sabe si es amor?

Ella se o quedó mirando, sus grandes ojos castaños agrandados por la sorpresa, sus labios entreabiertos , y absolutamente inmóvil.

—Olvida que pregunté —musitó él.

—¡No! —exclamó ella, levantándose de un salto—. Me alegra que me hayas preguntad. Me alegra mucho. Sólo… sólo me sorprendió, he de decir.

Él cerró los ojos, absolutamente disgustado consigo mismo.

—No puedo creer que te haya preguntado eso.

—No, Arnold, no seas tonto. De verdad es… es encantador que lo hayas preguntado. Y no sé decirte lo halagada que me siento porque has acudido a mí, cuando…

—Daphne… —dijo él, en tono de advertencia.

Ella tenía una manera de salirse del tema, y él no estaba de ánimo para seguir sus divagaciones.

Impulsivamente ella se le acercó y le dio un fuerte abrazo, y dejando las manos en sus hombros, dijo:

—No lo sé.

—¿Perdón?

Ella agitó levemente la cabeza.

—No sé cómo se sabe si es amor. Creo que es diferente para cada uno.

—¿Cómo lo supiste tú?

Ella se mordió el labio inferior unos cuantos segundos y al final contestó:

—No lo sé.

—¿Qué?

Ella se encogió de hombros, impotente.

—No lo recuerdo. Hace mucho tiempo. Sólo… lo supe.

Él se apoyó en la ventana y se cruzó de brazos.

—¿Quieres decir entonces que si uno no sabe si está enamorado, probablemente no lo está?

—Sí —dijo ella—. ¡No! No es eso lo que quiero decir.

—¿Entonces qué quieres decir?

—No lo sé —contestó ella con una vocecita débil.

Él la miró fijamente.

—¿Y cuánto tiempo llevas casada? —masculló.

—Arnold, no bromees. Sólo trato de ser útil.

—Y agradezco el intento, pero de verdad, Daphne…

—Lo sé, lo sé —interrumpió ella—. Soy una inútil. Pero escúchame. ¿Te gusta

Helga? —Entonces hizo una inspiración, horrorizada—. Porque estamos hablando de Helga, ¿Verdad?

—Por supuesto —ladró él.

Ella soltó un suspiro de alivio.

—Estupendo, porque si no, puedo asegurarte que no tendría ningún consejo para ti.

—Me voy —dijo él bruscamente.

—No, no te vayas —suplicó ella, poniéndole la mano en el brazo—. Quédate,

Arnold, Por favor.

Él la miró suspirando, sintiéndose derrotado.

—Arnold —dijo ella, llevándolo hasta el sofá y empujándolo hasta dejarlo sentado—, escúchame. El amor crece y cambia día a día. Y no es como un rayo caído del cielo que te transforma al instante en un hombre diferente. Sé que Benedict dice que a él le ocurrió así, pero, ¿sabes?, Benedict no es normal.

Él deseo muchísimo tragarse ese anzuelo, pero sencillamente no logró reunir la energía.

—A mí no me ocurrió así —continuó ella—, y no creo que fuera así para Lorenzo, aunque, sinceramente, creo que nunca se lo he preguntado.

—Pues, deberías.

Ella detuvo el movimiento de la boca que estaba empezando a formar una palabra, y quedó con el aspecto de un pajarito sorprendido.

—¿Para qué?

Él se encogió de hombros.

—Para que puedas decírmelo.

—¿Qué? ¿Es que crees que para los hombres es diferente?

—Todo lo demás lo es.

Ella arrugó la nariz.

—Creo que estoy comenzando a sentir una buena dosis de compasión por

Helga.

—Ah, pues sí que debes —convino él—. Seré un marido horroroso, seguro.

—No lo serás —dijo ella, golpeándole el brazo—. ¿Por qué demonios dices eso?

Nunca le serías infiel.

—No —convino él. —Guardó silencio un momento, y cuando volvió a hablar, le salió la voz suave—: Pero podría no amarla como ella se merece.

—Pero podrías amarla —exclamó ella, levantando las manos, exasperada—. Por el amor de Dios, Arnold, el sólo hecho de que estés aquí preguntándole a tu «hermana» acerca del amor probablemente significa que ya estás a más de medio camino.

—¿Tú crees?

—Si no lo creyera, te lo habría dicho. —Suspiró—. Deja de pensar tanto, Arnold.

Descubrirás que el matrimonio es mucho más fácil si simplemente lo dejas ser.

Él la miró desconfiado.

—¿Cuándo te pusiste filosófica?

—Cuando viniste a verme y me pusiste el tema —repuso ella al instante—. Te vas a casar con la persona correcta. Deja de preocuparte tanto.

—No estoy preocupado —dijo él automáticamente.

Pero claro que estaba preocupado, así que ni siquiera se molestó en defenderse cuando ella lo miró con una expresión sobremanera sarcástica. Pero lo que le preocupaba no era si Helga era la mujer correcta. De eso estaba seguro.

Y tampoco le preocupaba si su matrimonio iba a ser uno bueno. De eso también estaba seguro.

No, le preocupaban cosas estúpidas. Si la amaba o no la amaba, no porque sería el fin del mundo si la amaba (o el fin del mundo si no la amaba), sino porque encontraba tremendamente inquietante no saber exactamente qué era lo que sentía.

—¿Arnold?

Miró a su hermana, que lo estaba mirando con una expresión un tanto confundida. Se levantó, con la intención de marcharse antes de quedar en vergüenza sin remedio, y se inclinó a besarle la mejilla.

—Gracias —dijo.

Ella entrecerró los ojos.

—No sé si lo dices en serio o es una broma por haber sido tan absolutamente inútil.

—Has sido absolutamente inútil —dijo él—, pero el gracias es sincero de todos modos.

—¿Puntos por el esfuerzo?

—Algo así.

—¿Ahora vas ir a la casa Shortman?

—¿A qué? ¿A quedar en vergüenza con Anthony también?

—O con Benedict —dijo ella—. También está allí.

Lo terrible de las familias numerosas es que nunca falta la oportunidad de hacer el tonto con un hermano, pensó él.

—No —dijo, esbozando una sonrisita irónica—. Creo que volveré a casa caminando.

—¿Caminando? —repitió ella, boquiabierta.

—¿Crees que podría llover? —preguntó él, haciendo un gesto hacia la ventana.

—Coge mi coche, Arnold, y por favor, espera que lleguen los bocadillos. Seguro que serán un montón, y si te vas antes de que lleguen yo me comeré la mitad y luego me detestaré todo el resto del día.

Él asintió y volvió a sentarse. Y le alegró haberlo hecho. Siempre le había gustado el salmón ahumado; de hecho se llevó un plato con él en el coche y durante todo el trayecto se fue mirando la lluvia torrencial por la ventanilla.

Cuando los Shortman daban una fiesta, la daban bien. Y cuando los Shortman daban un baile de compromiso, bueno, si Lady Eleanor hubiera seguido escribiendo, habría necesitado por lo menos tres columnas para relatar el acontecimiento.

Incluso ese baile de compromiso, organizado en el último minuto, (debido a que ni Lady Shortman ni la señora Pataki estaban dispuestas a darles a sus hijos ni la más mínima posibilidad de cambiar de opinión durante un largo galanteo) fácilmente cualificaba como «la» fiesta de la temporada.

Aunque parte de eso, pensaba Helga, irónica, tenía poco que ver con la fiesta en sí y todo que ver con las incesantes elucubraciones sobre por qué demonios Arnold Shortman fue a elegir a una nadie como Helga Pataki por esposa. No fue tan terrible cuando Anthony Shortman se casó con Kate Sheffield, la que, como ella, nunca había sido considerada un diamante de primerísima calidad. Pero por lo menos Kate no era «vieja». No podía ni empezar a contar las veces que había oído susurrar la palabra «solterona» a sus espaldas esos últimos días.

Pero si bien el cotilleo era un poco tedioso, no le molestaba, porque seguía flotando en la nube de su dicha. Una mujer no puede haberse pasado toda su vida adulta enamorada de un hombre y luego no estar atontada de felicidad cuando él le pide que se case con él.

Aun cuando todavía no lograra comprender cómo había ocurrido todo.

Había ocurrido. Y eso era lo único que importaba.

Y Arnold era todo lo que es posible soñar en un novio. Había estado a su lado como pegamento toda la velada, y ella ni siquiera creía que lo hiciera para protegerla de los cotilleos. Con toda verdad, se veía bastante indiferente a las habladurías.

Era casi como si… Helga sonrió soñadora. Era casi como si él se mantuviera a su lado porque quería.

—¿Viste a Rhonda Gamelthorpe? —le susurró Pheobe al oído mientras Arnold bailaba con su madre—. Está verde de envidia.

—Eso se debe al vestido —dijo Helga con la cara impresionantemente seria.

Pheobe se echó a reír.

—Uy, ojalá Lady Eleanor siguiera escribiendo. La «espetaría».

—Me parece que se supone que Lady Eleanor es ella —dijo Helga, cautelosa. —Vamos, qué tontería. No creo ni por un instante que Rhonda sea Lady Eleanor, y no creo que lo creas tú tampoco.

—Probablemente no —concedió Helga.

Si bien pensaba que su secreto estaría mejor protegido si aseguraba creer el cuento de Rhonda, todos los que la conocían lo encontrarían tan poco característico de ella que sería muy sospechoso.

—Rhonda sólo quería el dinero —continuó Pheobe, desdeñosa—, o tal vez la notoriedad. Probablemente las dos cosas.

Helga observó a su contrincante, que estaba en el otro lado del salón, rodeada por sus amigos de siempre, aunque se habían congregado allí otras personas también, muy probablemente por curiosidad acerca de los cotilleos acerca de Lady Eleanor.

—Bueno —dijo—, por lo menos ha logrado notoriedad.

Pheobe asintió.

—No logro imaginarme por qué la invitaron. Está claro que no hay ningún cariño entre tú y ella, y a ninguno de nosotros nos cae bien.

—Arnold insistió en que la invitaran.

Pheobe la miró boquiabierta.

—¿Por qué?

Helga sospechaba que el principal motivo era la reciente afirmación de

Rhonda de que era Lady Eleanor; la mayoría de los aristócratas no sabían si mentía o no, pero ninguno estaba dispuesto a no invitarla a una fiesta, por si realmente decía la verdad.

Y ni Arnold ni ella podían tener ningún motivo para saber eso con seguridad.

Pero eso no se lo podía decir a Pheobe, así que le dijo el resto, que también era cierto:

—No quería dar pie a cotilleos haciéndole un feo y, además, Arnold dijo… —Se ruborizó, era algo tan dulce.

—¿Qué?

—Dijo que deseaba que Rhonda se viera obligada a verme en mi triunfo terminó, sin poder dejar de sonreír.

—Ah, caramba. Vaya —dijo Pheobe, con el aspecto de tener necesidad de sentarse—. Mi hermano está enamorado.

El rubor de Helga se tornó rojo fuerte.

—Está enamorado —exclamó Pheobe—. Tiene que estarlo. Vamos, tienes que decírmelo. ¿Te lo ha dicho?

Escuchar ese efusivo comentario de Pheobe produjo a Helga algo maravilloso y horrible al mismo tiempo. Por una parte, siempre es agradable compartir los momentos más perfectos de la vida con la mejor amiga, y la alegría y entusiasmo de Pheobe eran contagiosos.

Pero, por otra parte, esos sentimientos no estaban del todo justificados, porque Arnold no la amaba; o al menos no se lo había dicho.

Pero actuaba como si la amara, y ella se aferraba a esa idea, tratando de enfocar la atención en eso, y no en la realidad de que nunca le había dicho esas palabras.

Los actos hablan más fuerte que las palabras, ¿no?

Y los actos de él la hacían sentirse como una princesa.

—¡Señorita Pataki! ¡Señorita Pataki!

Helga miró a la izquierda y sonrió. Esa voz sólo podía pertenecer a Lady

Gertie.

—Señorita Pataki —dijo Lady Gertie, abriéndose paso con su bastó por entre el gentío hasta quedar delante de Helga y Pheobe.

—Lady Gertie, qué agradable verla.

—Je, je, je —rió Lady Gertie, su cara arrugada casi joven por la fuerza de su sonrisa—. Siempre es agradable verme, digan lo que digan. Y tú, demonio de niña, mira lo que has hecho.

—¿No es lo mejor? —preguntó Pheobe.

Helga miró a su mejor amiga. Con sus sentimientos encontrados y todo, Pheobe siempre se sentiría verdadera y sinceramente emocionada por ella. De pronto no le importó nada que estuvieran en medio de un atiborrado salón de baile y todo el mundo la mirara como si fuera una especie de bicho raro en la placa de un microscopio para hacer un estudio biológico. Se volvió hacia Pheobe y le dio un fuerte abrazo.

—Te quiero —le susurró al oído.

—Lo sé —le susurró Pheobe.

Lady Gertie golpeó fuertemente el suelo con el bastón.

—¡Todavía sigo aquí, señoras!

—¡Uy, perdone! —exclamó Helga, azorada.

—No pasa nada —la tranquilizó Lady Gertie, con un grado de indulgencia nada característico—. Es bastante simpático ver abrazarse a dos niñas en lugar de apuñalarse por la espalda, si habéis de saberlo.

—Gracias por venir a felicitarme —dijo Helga.

—No me habría perdido esto por nada del mundo. Je, je, je. Todos esos tontos, tratando de entender qué hiciste para lograr que se casara contigo cuando lo único que hiciste fue ser tú misma.

Helga entreabrió los labios, sintiendo escocer los ojos por las lágrimas.

—Vamos, Lady Gertie, eso es lo más hermoso…

—No, no —interrumpió Lady Gertie—, nada de eso. No tengo el tiempo ni la inclinación para sentimentalismos.

Pero Helga observó que sacaba su pañuelo y se lo pasaba discretamente por los ojos.

—Ah, Lady Gertie —dijo Arnold, llegando hasta el grupo y pasando posesivamente el brazo por el de Helga—, me alegro de verla.

—Señor Shortman —saludó la anciana secamente—, sólo vine a felicitar a su novia.

—Ah, pero es que soy yo el que se merece la felicitación.

—Jumjum. Palabras más ciertas y todo eso —dijo Lady Gertie—. Creo que podría tener razón. Es más premio de lo que nadie sabe.

—Yo lo sé —dijo él, con la voz tan ronca y tan mortalmente serio que Helga pensó que se iba a desmayar por la emoción.

—Y si nos disculpa —continuó Arnold tranquilamente—, debo llevarme a mi novia para presentarla a mi hermano…

—Ya conozco a tu hermano —interrumpió Helga.

—Considéralo tradición. Es necesario que te dé la bienvenida oficial a la familia.

—Ah —dijo ella, sintiendo discurrir un agradable calorcillo por dentro ante la idea de convertirse en una Shortman—. Qué hermoso.

—Como estaba diciendo —continuó Arnold—, Anthony quiere hacer el brindis y luego yo debo bailar un vals con Helga.

—Muy romántico —dijo Lady Gertie, aprobadora.

—Sí, bueno, es que yo soy un tipo romántico —dijo Arnold, como si tal cosa.

Pheobe soltó un bufido muy audible.

Él se giró hacia ella con una ceja arqueada.

—Lo soy.

—Por el bien de Helga, eso espero —replicó Pheobe.

—¿Siempre son así? —preguntó Lady Gertie a Helga.

—La mayor parte del tiempo.

Lady Gertie asintió.

—Eso es bueno. Mis hijos rara vez se hablan entre ellos. No por mala voluntad, por supuesto. Simplemente no tienen nada en común. Es triste, en realidad.

Arnold apretó la mano en el brazo de Helga.

—Tenemos que ir.

—Sí, claro —musitó ella.

En el instante en que se giraba para echar a caminar hacia Anthony, al ver que veía al otro lado del salón, cerca de la pequeña orquesta, oyó una repentina conmoción en la puerta.

—¡Atención! ¡Atención!

En una fracción de segundo sintió que la sangre le abandonaba la cara. «Oh, no», se oyó susurrar. Eso no tenía que ocurrir, no esa noche en todo caso.

—¡Atención!

«Es lunes», gritó su mente. Le había dicho a su impresor que el lunes, en el baile de los Mottram.

—¿Qué pasa? —preguntó Lady Gertie.

Diez niños, pequeños pilluelos, en realidad, iban entrando en el salón, corriendo, llevando fajos de papeles, arrojándolos como grandes rectángulos de confeti.

—¡La última hoja de Lady Eleanor! —gritaban todos—. ¡Leedla! Leed la verdad.


¿Alguien de casualidad ha leído mis Ovas de Rocket Brothers?