La historia está adaptada en el libro de Julia Quinn titulado Seduciendo a Mr. Bridgerton. Es el 4° libro de la saga de los hermanos Bridgerton, historia que recomiendo mucho.

Los personajes son de Oye Arnold creada por Craig Bartlett y seduciendo a Mr Bridgerton de Julia Quinn.

Nada es mío, ni la historia, ni los personajes.

Disculpen la demora.

Saludos a todos y espero y disfruten el capitulo 18.


Eso es amor.

En el instante en que asintió, en realidad en el instante anterior a asentir,

Helga comprendió que accedía a algo más que a un beso. No sabía qué había hecho cambiar a Arnold, por qué estaba tan furioso un momento y luego tan amoroso y tierno al siguiente.

No lo sabía, pero la verdad era que no le importaba.

Una cosa sí sabía, él no hacía eso, besarla con tanta dulzura, para castigarla.

Algunos hombres podrían usar el deseo como arma, la tentación como venganza, pero Arnold no era uno de ellos.

Simplemente eso no iba con él.

Con todas sus calaveradas y diabluras, con todas sus bromas y humor ácido, era un hombre bueno y noble. Y sería un marido bueno y noble.

Eso lo sabía tan bien como se conocía a sí misma.

Y si él la estaba besando apasionadamente, bajándola hasta su cama y cubriéndole el cuerpo con el de él, lo hacia porque la deseaba, porque su afecto había superado a su rabia.

Afecto por ella.

Le correspondió el beso poniendo en él toda su pasión, toda su alma, hasta el último recoveco. Tenía años y años de amor por ese hombre, y lo que le faltaba en técnica, lo compensaba con ardor. Se cogió de su pelo, se movió debajo de él, sin preocuparse de su apariencia.

Esta vez no estaban en un coche ni en el salón de la madre de él. No había que preocuparse de que los sorprendieran ni ninguna necesidad de que ella se pusiera presentable en diez minutos.

Esa era la noche en que podría demostrarle todo lo que sentía por él.

Correspondería a su deseo con el suyo y en silencio haría sus promesas de amor, fidelidad y consagración.

Cuando acabara la noche, él sabría que ella lo amaba. Tal vez no dijera las palabras, tal vez ni siquiera las susurrara, pero él lo sabría.

O tal vez ya lo sabía. Era extraño: siempre le fue muy fácil ocultar su vida secreta como Lady Eleanor, pero qué increíblemente difícil no mostrar el corazón en los ojos cuando lo miraba.

—¿Cuándo empecé a necesitarte tanto? —susurró él, apartando ligeramente la cara hasta que se tocaron las puntas de sus narices.

Entonces ella pudo verle los ojos, casi negros a la tenue luz de la vela, pero muy verdes en su mente, fijos en los de ella. Su aliento era cálido, su mirada ardiente, y le hacía sentir calor en partes del cuerpo en las que nunca se permitía pensar siquiera.

Él bajó la mano por su espalda, deslizándola expertamente por los botones hasta que ella sintió suelto el corpiño, primero alrededor de los pechos, luego alrededor de las costillas y luego alrededor de la cintura.

Y luego ni siquiera ahí.

—Dios mío, qué hermosa eres —dijo él, su voz apenas más alta que un murmullo.

Y por primera vez en su vida, Helga creyó de verdad que eso podría ser cierto.

Encontraba un algo muy escandaloso y seductor en tener desnudas esas partes tan íntimas delante de otro ser humano, pero no sintió vergüenza. Arnold la estaba mirando con tanto calor, acariciándola con tanta reverencia, que lo único que pudo sentir fue una avasalladora sensación de destino.

Él le deslizó la mano por la sensible piel de un pecho, primero atormentándolo con las yemas de los dedos y luego la subió acariciando suavemente hasta dejarla nuevamente cerca de la clavícula.

Ella sintió apretarse algo dentro. No sabía si era su caricia o la forma como la miraba, pero algo la estaba cambiando.

Se sentía rara.

Maravillosa.

Él estaba arrodillado en la cama junto a ella, todavía totalmente vestido, mirándola con una expresión de orgullo, de deseo, de posesión.

—Nunca soñé que serías así —susurró, bajando la mano hasta rozarle ligeramente el pezón con la palma—. Nunca soñé que te desearía así.

Helga hizo una inspiración entrecortada y retuvo el aliento al sentir discurrir una estremecedora sensación por toda ella. Pero algo en sus palabras la inquietó, y él debió ver esa reacción en sus ojos, porque le preguntó:

—¿Qué te pasa? ¿Te pasa algo?

—Nada —dijo ella, e iba a continuar la negativa, pero se detuvo. Su matrimonio debía basarse en la sinceridad, y no haría ningún servicio a ninguno de los dos callando sus verdaderos sentimientos—. ¿Cómo creías que era? —le preguntó en voz baja.

Él la miró, visiblemente confundido por la pregunta.

—Has dicho que nunca soñaste que yo sería así —explicó—. ¿Cómo creías que era?

—No lo sé. Hasta hace unas semanas, sinceramente no creo que lo haya pensado.

—¿Y desde entonces? —insistió ella, sin saber por qué necesitaba su respuesta; sólo sabía que la necesitaba.

Con un rápido movimiento él se colocó a horcajadas sobre ella y se inclinó hasta que la tela de su chaleco le rascó el vientre y los pechos, hasta que su nariz tocó la de ella y su aliento caliente le bañó la piel.

—Desde entonces —gruñó— he pensado mil veces en este momento, me he imaginado cien pares de pechos diferentes, todos hermosos, deseables y llenos, suplicándome mi atención, pero nada, y permíteme que lo repita por si no me oíste la primera vez, nada se acercaba a la realidad.

—Ah —dijo ella.

Y eso fue lo único que se le ocurrió decir.

Él se quitó la chaqueta y el chaleco, quedando con sólo su fina camisa de lino y las calzas, y después no hizo otra cosa que mirarla, con una sonrisa pícara, pícara, curvándole una comisura de los labios, mientras ella se movía debajo de él, cada vez más excitada y ávida bajo su implacable mirada.

Y entonces, cuando ella estaba segura de que no podría soportarlo un segundo más, él se inclinó y le cubrió los pechos con las manos, apretándolos ligeramente, como si quisiera comprobar su peso y forma. Gimiendo roncamente, retuvo el aliento y colocó los dedos de forma que los pezones sobresalieran entre ellos.

—Deseo verte sentada, para verlos llenos, hermosos y grandes, y luego ponerme detrás de ti para ahuecar las manos en ellos. —Acercó los labios a su oído y bajó la voz a un susurro—. Y deseo hacerlo delante de un espejo.

—¿Ahora? —graznó ella.

Él pareció considerar eso un momento y luego negó con la cabeza.

—Después —dijo, y luego repitió en tono más resuelto—: Después.

Helga abrió la boca para preguntarle algo, no sabía qué, pero antes de que alcanzara a decir una palabra, él musitó:

—Lo primero es lo primero.

Y bajó la boca hasta su pecho, atormentándoselo primero con un suave soplido y luego cerrando los labios alrededor, y riendo suavemente cuando ella gritó de sorpresa y se arqueó, separando el cuerpo de la cama.

Continuó con la tortura hasta que ella pensó que podría chillar, y luego pasó al otro pecho, en el que lo repitió todo. Pero esta vez liberó una de las manos y ésta parecía estar en todas partes, acariciando, atormentando, tentando. Sentía la mano en el vientre, luego en la cadera, luego en el tobillo y luego subiendo por debajo de la falda.

—Arnold —resolló, moviéndose debajo de él cuando él le deslizó suavemente los dedos por la delicada piel de la corva de la rodilla.

—¿Quieres apartarte o acercarte más? —le preguntó él en un susurro, sin apartar los labios de su pecho.

—No lo sé.

Él levantó la cabeza y le sonrió con su sonrisa lobuna.

—Estupendo.

Se bajó de la cama y lentamente se quitó el resto de la ropa, primero la camisa de lino y luego las botas y las calzas. Y mientras lo hacía en ningún momento desvió los ojos de los de ella. Cuando terminó, fue a tironearle el vestido, que ya estaba todo arrollado alrededor de la cintura y las caderas, presionándole ligeramente el trasero al levantarla para pasar la tela por debajo.

Y así quedó ella ante él sin otra cosa que sus transparentes susurros de medias.

Él se detuvo entonces, demasiado hombre para no pararse a disfrutar de la vista, luego se las bajó por las piernas y las sacó por los pies hasta dejarlas caer flotando al suelo.

Ella se estremeció al sentir el aire nocturno, así que él se acostó a su lado, apretando el cuerpo contra el de ella, infundiéndole su calor mientras saboreaba la sedosa suavidad e su piel.

La necesitaba. Era humillante cuánto la necesitaba.

Estaba duro, excitado y tan atormentado por el deseo que era una maravilla que todavía pudiera ver derecho. Y, sin embargo, mientras su cuerpo clamaba por desahogarse, él estaba poseído por una extraña calma, una inesperada sensación de autodominio. En algún momento eso había dejado de tener que ver con él; tenía que ver con ella, no, con los dos, con esa maravillosa unión y ese milagroso amor que sólo estaba empezando a valorar.

La deseaba, Dios de los cielos, la deseaba, pero deseaba sentirla estremecerse debajo de él, gritar de deseo, mover la cabeza de lado a lado mientras él la atormentaba llevándola a su compleción.

Deseaba que a ella le gustara eso, que lo amara, y que «supiera», cuando estuvieran el uno en los brazos del otro, sudorosos y saciados, que ella le pertenecía.

Porque él ya sabía que le pertenecía a ella.

—Dímelo si hago algo que no te gusta —le dijo, sorprendido por lo temblorosa que le salió la voz.

—No podrías —susurró ella, acariciándole la mejilla.

Ella no entendía. Eso casi le hizo sonreír, y probablemente habría sonreído si no hubiera estado tan preocupado por hacerle placentera esa primera experiencia.

Pero sus palabras susurradas, «no podrías» sólo podían querer decir una cosa, que ella no tenía idea de lo que significaba hacer el amor con un hombre.

—Helga —dijo, cubriéndole la mano con la suya—. Tengo que explicarte una cosa. Podría hacerte doler. No sería mi intención, pero podría y…

—No podrías —repitió ella—. Te conozco. A veces creo que te conozco mejor que lo que me conozco a mí misma. Y nunca harías nada que me doliera.

Él apretó los dientes para no gruñir.

—No adrede —explicó, sin poder evitar un leve matiz de exasperación en la voz —, pero podría y…

—Deja que eso lo juzgue yo —dijo ella, cogiéndole la mano y llevándosela a la boca para besársela de todo corazón—. Y en cuanto a lo otro…

—¿Qué otro?

Ella sonrió y él tuvo que pestañear, porque habría jurado que ella parecía como si él la divirtiera.

—Me dijiste que te lo dijera si hacías algo que no me gustaba.

Él le miró atentamente la cara, repentinamente hipnotizado por sus labios al formar las palabras.

—Te prometo que me gustará todo —dijo ella.

Una extraña burbuja de alegría comenzó a hincharse dentro de él. No sabía qué dios benévolo se la había otorgado, pero se le ocurrió que necesitaría estar más atento la próxima vez que fuera a la iglesia.

—Me gustará todo —repitió ella—, porque estoy contigo.

Él le cogió la cara entre las manos, mirándola como si fuera la criatura más maravillosa que hubiera pisado la Tierra.

—Te amo —susurró ella—. Te he amado años y años.

—Lo sé —dijo él, sorprendiéndose a sí mismo.

Lo sabía, pensó, pero tal vez lo apartaba de su mente porque su amor lo hacía sentirse incómodo. Es difícil ser amado por una joven decente y buena cuando no se le corresponde el amor. No podía dejarla de lado porque le caía bien y no habría podido perdonarse si le pisoteaba las emociones. Y no podía coquetear con ella, por esos mismos motivos.

Y por lo tanto se decía que lo que sentía ella no era amor. Le resultaba más fácil intentar convencerse de que ella estaba simplemente encaprichada con él, que no entendía lo que era el verdadero amor (¡como si él lo hubiera sabido!), y que finalmente encontraría a otro y se establecería en una vida feliz y satisfecha.

Al llegar a ese pensamiento, que ella podría haberse casado con otro, quedó casi paralizado por el miedo.

Estaban acostados lado a lado y ella lo estaba mirando con el corazón en los ojos toda su cara vibrante de felicidad y satisfacción, como si por fin se sintiera libre, por haber dicho las palabras. Y notó que en su expresión no había ni una sola traza de expectación. No le había dicho que lo amaba con el fin de oír su respuesta. Ni siquiera esperaba su respuesta.

Le había dicho que lo amaba simplemente porque quiso. Porque eso era lo que sentía.

—Yo también te amo —susurró, y apretó los labios sobre los e ella en un intenso beso.

Después se apartó un poco para verle la reacción.

Helga lo miró un largo rato en silencio. Finalmente tragó saliva, de modo extraño, convulsivo, y dijo:

—No tienes por qué decir eso sólo porque yo lo dije.

—Lo sé —contestó él sonriendo.

Ella se limitó a mirarlo, el agrandar los ojos el único movimiento de su cara.

—Y tú también sabes eso —dijo él dulcemente—. Acabas de decir que me conoces mejor que lo que te conoces tú. Y sabes que yo nunca habría dicho esas palabras si no las dijera en serio.

Y entonces ahí, desnuda en la cama de él, envuelta en sus brazos, Helga comprendió que sí lo sabía. Arnold no mentía, no mentía en nada importante, y no podía imaginarse nada más importante que el momento que estaban compartiendo.

Él la amaba. Eso no era algo que hubiera esperado, ni algo que se hubiera permitido pensar jamás, y sin embargo ahí estaba, como un resplandeciente milagro en su corazón.

—¿Estás seguro? —preguntó.

Él asintió, estrechándola más en sus brazos.

—Lo comprendí esta noche, cuando te pedí que te quedaras.

—¿Cómo…?

No pudo acabar la pregunta, porque ni siquiera sabía cuál era la pregunta.

¿Cómo sabía que la amaba? ¿Cómo ocurrió? ¿Cómo lo hacía sentirse?

Pero él debió entender que no sabía cómo formular la pregunta, porque contestó:

—No lo sé. No sé cuándo, no sé cómo y, para ser sincero, no me importa. Pero sé que es cierto; te amo, y me detesto por no haber visto tu verdadero ser en todos estos años.

—Arnold, no —suplicó ella—. Nada de recriminaciones. Nada de pesares. No esta noche.

Pero él sonrió, colocándole un dedo sobre los labios para silenciar su súplica.

—No creo que hayas cambiado —dijo—, al menos no mucho. Pero entonces un día caí en la cuenta de que veía algo diferente cuando te miraba. —Se encogió de hombros—. Tal vez cambié yo. Tal vez crecí.

Ella le colocó un dedo en los labios, silenciándolo tal como hiciera él con ella.

—Tal vez yo crecí también.

—Te amo —dijo él, inclinándose a besarla.

Y esta vez ella no pudo contestar porque la boca de él continuó sobre la de ella, ávida, exigente y muy, muy seductora.

Él sabía exactamente qué hacer; cada movimiento y roce de su lengua, cada mordisqueo de sus dientes le hacían discurrir estremecedoras sensaciones hasta el fondo mismo de su ser. Se entregó pues a la dicha pura del momento, a la llama blanca del deseo. Sentía sus manos en todas partes, lo sentía a él en todas partes, sus dedos sobre su piel, su pierna metiéndose entre las de ella.

Estrechándola en sus brazos, él rodó con ella dejándola encima de él, quedando él de espaldas. Le cogió las nalgas apretándola con tanta fuerza contra él que sintió enterrarse en la piel la prueba de su deseo.

Helga emitió una exclamación ante esa asombrosa intimidad, pero él ahogó la exclamación con sus labios, besándola y besándola con tierna fiereza.

Y nuevamente ella se encontró de espaldas con él encima, hundiéndola en el colchón con su peso, dejándole sin aire los pulmones. Deslizó la boca hasta su oreja y luego la bajó hasta la garganta y ella notó que el cuerpo se le arqueaba como por voluntad propia, como si pudiera doblarse para apretarse contra el de él.

No sabía qué debía hacer, pero sí sabía que tenía que moverse. Su madre ya le había dado su «charlita», como la llamó, explicándole que debía quedarse quieta debajo de su marido para dejar que él obtuviera su placer.

Pero de ninguna manera habría podido quedarse inmóvil, de ninguna manera podría impedir que sus caderas e apretaran contra las de él, ni que sus piernas rodearan las de él. Además, no quería «dejar» que él obtuviera su placer, deseaba dárselo, participar.

Y deseaba sentir el placer ella también. Fuera lo que fuera aquello que sentía acumularse por dentro, esa tensión, ese deseo, necesitaba liberarse, y no lograba imaginarse que ese momento, esas sensaciones, no fueran los más exquisitos de su vida.

—Dime qué debo hacer —dijo, con la voz ronca por el deseo.

Arnold le abrió las piernas y le deslizó las manos por los costados hasta llegar a los muslos y se los apretó.

—Déjame hacerlo todo yo —dijo, jadeante.

Ella le cogió las nalgas, presionándolas para apretarlo más contra ella.

—No. Dímelo —insistió.

Él dejó de moverse un instante, mirándola sorprendido.

—Acaríciame.

Ella relajó ligeramente las manos sobre sus nalgas y sonrió.

—Te estoy acariciando.

—Muévelas —gimió él.

Ella deslizó las manos hacia sus muslos, haciendo suaves círculos, sintiendo el suave vello.

—¿Así?

Él asintió enérgicamente.

Ella le deslizó las manos hacia delante hasta tenerlas peligrosamente cerca de su miembro.

—¿Así?

Él le cubrió bruscamente una de las manos con la de él.

—No, eso no ahora.

Ella lo miró confundida.

—Después lo entenderás —gruñó él, abriéndole más las piernas y deslizando una mano por entre sus cuerpos hasta tocar el lugar más íntimo.

—¡Arnold!

Él sonrió pícaro.

—¿Creías que no te iba a tocar así?

Y como para ilustrar sus palabras, uno de sus dedos comenzó a danzar por su sensible piel, haciéndola arquear las caderas con tanta fuerza que lo levantó a él también y luego volvió a hundirse en el colchón, estremecida de deseo.

Él le deslizó los labios hasta la oreja.

—Hay mucho más —le susurró.

Helga no se atrevió a preguntar qué. Ya había muchísimo más de lo que le había explicado su madre.

Entonces él le introdujo un dedo, lo que la hizo ahogar otra exclamación (la que lo hizo reír encantado) y empezó a acariciarla lentamente ahí.

—Ay, Dios —gimió ella.

—Estás casi lista para mí —dijo él, más jadeante—. Muy mojada, pero muy estrecha.

—Arnold, ¿qué…?

Él introdujo otro dedo, poniendo fin a toda su capacidad de hablar con inteligencia.

Tuvo la sensación de que se estiraba por dentro, pero le encantó. Debía ser muy mala, una lasciva de corazón, porque lo único que deseaba era abrir más y más las piernas hasta quedar totalmente abierta para él. Por lo que a ella se refería, él podía hacerle cualquier cosa, tocarla y acariciarla como se le antojara.

Mientras no parara.

—No puedo esperar mucho más —resolló él.

—No esperes.

—Te necesito.

Ella le cogió la cara entre las dos manos, obligándolo a mirarla.

—Yo también te necesito.

Entonces desaparecieron los dedos, y ella se sintió extrañamente hueca, vacía, pero eso sólo duró un segundo, porque notó otra cosa en la entrada, algo duro, caliente y muy, muy exigente.

—Esto podría dolerte —dijo Arnold, apretando los dientes, como si esperara sentir dolor él.

—No me importa.

Él tenía que hacérselo agradable. Debía.

—Lo haré suave —dijo, aunque su deseo ya era tan feroz que no sabía si sería capaz de cumplir esa promesa.

—Te deseo —dijo ella—. Te deseo y necesito algo, aunque no sé qué.

Él la penetró un poquito, pero lo sintió como si ella se lo tragara entero.

Ella se quedó en silencio, sus únicos sonidos los de su respiración entrecortada por entre los labios entreabiertos.

Otra pulgada, otro paso más cerca del cielo.

—Helga —gimió, afirmándose en los brazos para no aplastarla con su peso —, dime que te gusta, por favor, que lo sientes agradable. Por favor.

Porque si ella decía que no, le iba a matar retirarse.

Ella asintió, pero dijo:

—Necesito un momento.

Él tragó saliva, obligándose a respirar por la nariz, con cortas inspiraciones y espiraciones. Era la única manera para concentrarse en refrenarse. Tal vez ella necesitaba ensancharse alrededor de su miembro, relajar los músculos. Nunca la había penetrado ningún hombre, y estaba exquisitamente estrecha.

De todos modos, no veía las horas de que tuvieran la oportunidad de hacerlo tantas veces que él no tuviera que refrenarse.

Cuando la sintió relajarse ligeramente, empujó otro poco hasta llegar a la prueba de su virginidad.

—Ay, Dios, esto te va a doler. No puedo evitarlo, pero te prometo que sólo te dolerá esta vez, y no te dolerá mucho.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó ella.

Él cerró los ojos, desesperado. Típico de Helga hacerle preguntas.

—Créeme —dijo, evadiendo la pregunta.

Entonces embistió fuerte, enterrándose en su calor hasta la base del miembro, hasta saber que estaba todo dentro de ella.

—¡Oh! —exclamó ella, expresando en su cara la conmoción.

—¿Cómo te sientes?

—Creo que bien —repuso ella asintiendo.

Él se movió ligeramente.

—¿Lo sientes bien?

Ella volvió a asentir, pero la expresión de su cara era de sorpresa, tal vez un poco aturdida.

A él empezaron a movérsele las caderas como por voluntad propia, incapaz de quedarse quieto estando tan claramente cerca de la liberación, aunque tratando de entrar y salir lo más lento y suave posible. Ella era perfección pura alrededor de él, y cuando notó que sus gemidos eran de deseo y placer, no de dolor, se soltó y cedió al avasallador deseo que corría por sus venas.

La sentía moverse, agitarse, más y más excitada, y rogaba poder contenerse hasta que ella tuviera su orgasmo. Ella respiraba rápido, jadeante, su aliento caliente, y le enterraba los dedos en los hombros, moviendo rápidamente las caderas y apretándolo, hasta el frenesí.

Y entonces llegó. A ella le salió de los labios el sonido más dulce que había escuchado en toda su vida; gritó su nombre al tiempo que se le tensaba y estremecía todo el cuerpo de placer, y él pensó «Algún día la miraré. Veré su cara cuando llegue a la cima del placer».

Pero no en ese momento; ya estaba llegando él al orgasmo y tenía los ojos cerrados con la fuerza del éxtasis. Le salió el nombre de ella entrecortado mientras hacía una última y fuerte embestida, y luego se relajó encima de ella, totalmente desprovisto de fuerzas.

Durante un minuto entero sólo hubo silencio, los únicos movimientos los de sus pechos al tratar de recuperar el aliento, esperando que sus cuerpos tremendamente agitados se establecieran en esa estremecida dicha que se siente al estar en los brazos del ser amado.

O al menos era lo que Arnold pensaba que debía ser. Había estado con mujeres antes, pero sólo en ese momento acababa de comprender que nunca había hecho el amor hasta cuando puso a Helga en su cama y empezó su baile íntimo con un solo beso en sus labios.

Eso era diferente a todo lo que había sentido antes.

Eso era amor.

Y se iba a agarrar a él con las dos manos.