La historia está adaptada en el libro de Julia Quinn titulado Seduciendo a Mr. Shortman. Es el 4° libro de la saga de los hermanos Shortman, historia que recomiendo mucho.

Los personajes son de Oye Arnold creada por Craig Bartlett y seduciendo a Mr Shortman de Julia Quinn.

Nada es mío, ni la historia, ni los personajes.

Disculpen la demora.

Saludos a todos y espero y disfruten el capitulo 21.


Problemas que no van a ninguna parte.

Una semana después, Helga estaba sentada ante el escritorio del salón leyendo uno de los diarios de Arnold, anotando en otras hojas las preguntas o comentarios que se le iban ocurriendo. Él le había pedido que lo ayudara a corregir sus escritos, tarea que ella encontraba apasionante.

Lógicamente le producía una dicha inmensa que él le hubiera confiado esa importante tarea. Significaba que se fiaba de su juicio, que la consideraba inteligente, que pensaba que ella sería capaz de mejorar lo que había escrito.

Pero su felicidad se debía a algo más. Necesitaba un trabajo, algo que hacer. Los primeros días después de renunciar a la hoja Eleanor había disfrutado muchísimo de su nuevo tiempo libre; era como tener unas vacaciones por primera vez en diez años.

Lo aprovechó para leer como una loca, todas esas novelas y otros libros que había comprado y esperaban ahí que tuviera tiempo para leerlos; lo aprovechó para salir a hacer largas caminatas y cabalgar por el parque, para pasar unos ratos sentada en el patio trasero de la casa de Mount Street, poniendo la cara al sol primaveral uno o dos minutos, el suficiente para bañarla de calor, pero no tanto para tostarse las mejillas.

Y estaban también, cómo no, los preparativos para la boda y su miríada de detalles que le consumían muchísimo tiempo. Con todo eso no había tenido mucha ocasión para comprender lo que echaba en falta en su vida.

Cuando trabajaba en la hoja Eleanor, la escritura propiamente tal no le llevaba demasiado tiempo, pero siempre tenía que estar alerta, observando y escuchando.

Y cuando no estaba escribiendo estaba pensando en lo que iba a escribir, o intentando retener en la memoria alguna frase, expresión o dicho ingeniosos que hubiera oído hasta que pudiera llegar a casa para anotarlo.

Todo eso había sido una tarea mental interesante y no se había dado cuenta de cuánto echaba de menos un reto mental hasta esos momentos, cuando por fin volvía a tener la oportunidad.

Estaba escribiendo una pregunta acerca de la descripción de Arnold de una villa toscana en la página 143 del segundo volumen de sus diarios cuando el mayordomo golpeó discretamente la puerta abierta para advertirle de su presencia. Sonrió azorada.

Tendía a absorberse tan totalmente en su trabajo que Dunwoody ya había aprendido, por experiencia, que si quería captar su atención tenía que hacer algún ruido.

—Tiene una visita, señora Shortman.

Helga levantó la vista, sonriendo. Probablemente era una de sus hermanas, o tal vez una de las hermanas Shortman.

—¿Sí? ¿Quién?

Él entró y le pasó una tarjeta de visita. Ella la miró y ahogó dos exclamaciones, una de asombro y otra de abatimiento. Impresas en las clásicas letras negras sobre fondo crema, había dos sencillas palabras: Lady Gamelthorpe.

—¿Rhonda Gamelthorpe? ¿A qué demonios se debía su visita?

Empezó a sentir inquietud. Rhonda no la visitaría jamás a no ser que fuera con un fin desagradable. En realidad, Rhonda jamás hacía nada que no fuera con un fin desagradable.

—¿Quiere que le diga que se marche? —le preguntó Dunwoody.

—No —suspiró Helga. No era una cobarde, y Rhonda Gamelthorpe no la iba a convertir en una—. La recibiré. Simplemente dame un momento para ordenar estos papeles. Pero…

Dunwoody se detuvo en seco y ladeó la cabeza, esperando que continuara.

—Ah, no importa —musitó ella.

—¿Está segura, señora Shortman?

—Sí. No. —Se le escapó un gemido; estaba indecisa, y esa era otra transgresión más para añadir a la ya larga lista de transgresiones de Rhonda; la iba a convertir en una tonta tartamuda—. Lo que quería decir es… si continúa aquí pasados diez minutos, ¿inventarías algún tipo de urgencia que haga absolutamente necesaria mi presencia? ¿Mi presencia inmediata?

—Creo que eso se puede arreglar.

—Excelente, Dunwoody —dijo ella, con una débil sonrisa.

Esa era tal vez la manera más fácil, porque no se creía capaz de encontrar el momento perfecto en la conversación para decirle a Rhonda que debía marcharse, y lo último que deseaba era quedar atrapada en el salón con ella toda la tarde.

El mayordomo asintió y salió. Helga ordenó los papeles, cerró el diario de Arnold y lo puso encima para evitar que los volara la brisa que entraba por la ventana. Se levantó, se dirigió calmadamente al sofá y se sentó en el medio, con la esperanza de parecer relajada y serena.

Como si una visita de Rhonda se pudiera calificar de relajadora.

Pasado un momento apareció Rhonda y entró mientras el mayordomo entonaba su nombre. Como siempre, estaba hermosa, cada pelo azabache de su cabeza en el lugar perfecto, su piel sin mácula, sus ojos brillantes, su ropa al último grito de la moda, y en la mano un abanico ridículo que hacía juego con la ropa a la perfección.

—Rhonda, qué sorpresa verte.

«Sorpresa» fue el sustantivo más educado que se le ocurrió, dadas las circunstancias.

Rhonda curvó los labios en una sonrisa misteriosa, casi felina.

—No me cabe duda —musitó.

—¿No te vas a sentar? —le preguntó Helga, principalmente porque debía.

Se había pasado toda la vida siendo educada; le habría resultado difícil dejar de serlo en ese momento. Le indicó un sillón cercano, el más incómodo del salón.

Rhonda se sentó en el borde del sillón, como si lo encontrara menos que agradable, aunque eso no se podía detectar por su expresión. Su postura era elegante, su sonrisa inamovible, y se veía tan tranquila y serena como cualquiera tenía derecho a estarlo.

—Seguro que te estarás preguntando a qué he venido —dijo.

No tenía ningún sentido negarlo, así que Helga asintió.

—¿Cómo encuentras la vida de casada? —preguntó entonces Rhonda, de sopetón.

Helga pestañeó.

—¿Perdón?

—Debe de ser un cambio de ritmo pasmoso —dijo Rhonda.

—Sí, pero muy agradable —repuso Helga, cautelosa.

—Mmm, sí. Debes de tener una tremenda cantidad de tiempo libre ahora. Sin duda no sabes qué hacer contigo misma.

Helga sintió discurrir una desagradable sensación por la piel.

—No entiendo qué quieres decir.

—¿No?

—No —contestó Helga, algo irritada, cuando quedó claro que Rhonda necesitaba una respuesta.

Rhonda guardó silencio un momento, pero su expresión de gata ante un plato de nata decía muchísimo. Paseó la mirada por el salón hasta posar los ojos en el escritorio donde había estado sentada Helga.

—¿Qué son esos papeles? —preguntó.

Helga miró los papeles que estaban muy ordenaditos debajo del diario de

Arnold. De ninguna manera podía saber Rhonda que fueran algo especial. Ella ya estaba sentada en el sofá cuando entró en el salón.

—No veo qué interés pueden tener para ti mis papeles personales —dijo.

—Oh, no te ofendas —dijo Rhonda, con un campanilleo de risa que Helga encontró bastante aterradora—. Sólo quería hacer conversación educada. Preguntar por tus intereses.

—Comprendo.

—Soy muy observadora.

Helga arqueó una ceja, interrogante.

—De hecho, mi capacidad de observación es muy conocida en los mejores círculos de la sociedad.

—Yo no debo de tener ninguna conexión con esos impresionantes círculos, entonces —musitó Helga.

Pero Rhonda estaba tan inmersa en sus palabras que al parecer no la oyó.

—Por eso —dijo, en tono reflexivo—, se me ocurrió que podrí convencer a la alta sociedad de que era Lady Eleanor.

A Helga le retumbó el corazón en el pecho.

—¿Entonces reconoces que no lo eres? —preguntó, cautelosa.

—Ah, creo que sabes que no lo soy.

A Helga comenzó a cerrársele la garganta, pero se las arregló, nunca sabría cómo, para conservar la apariencia de serenidad.

—Perdón, no te he entendido.

Rhonda sonrió, pero convirtió su expresión feliz en una astuta y cruel.

—Cuando se me ocurrió ese ardid pensé «No puedo perder». O bien convencía a todo el mundo de que era Lady Eleanor, o no me creían y entonces yo iba a parecer muy ingeniosa cuando dijera que había fingido ser Lady Eleanor para descubrir a la verdadera culpable.

Helga guardó silencio, muy quieta.

—Pero no salió como lo había planeado. Lady Eleanor resultó ser mucho más taimada y cruel de lo que habría supuesto. —Entrecerró los ojos y los siguió entrecerrando hasta que su cara adquirió un aire siniestro—. Su última hojita me convirtió en un hazmerreír.

Helga no dijo nada, apenas se atrevía a respirar.

—Y entonces… —continuó Rhonda, enronqueciendo la voz a un tono muy bajo—. Y entonces tú, ¡tú!, tuviste el descaro de insultarme delante de toda la aristocracia.

Helga dejó escapar un silencioso suspiro de alivio. Tal vez Rhonda no sabía su secreto; tal vez sólo se trataba de su insulto en público en esa fiesta, cuando la llamó mentirosa y le dijo, cielo santo, ¿qué le dijo? Algo terriblemente cruel, seguro, pero bien merecido, sin duda.

—Podría haber tolerado el insulto si hubiera venido de otra persona —continuó Rhonda—, pero de alguien como tú…, bueno, eso no podía quedar sin respuesta.

—Tendrías que pensarlo dos veces antes de insultarme en mi propia casa —dijo

Helga en voz baja; y aunque detestaba esconderse detrás del apellido de su marido, añadió—: Ahora soy una Shortman. Llevo el peso de su protección.

Esa advertencia no hizo ninguna mella en la máscara de satisfacción que tenía fijada Rhonda en su hermosa cara.

—Creo que será mejor que escuches lo que tengo que decir antes de amenazar.

Helga comprendió que debía escuchar; era mejor saber qué sabía Rhonda que cerrar los ojos y fingir que todo estaba bien.

—Continúa —dijo, secamente.

—Cometiste un error importante —dijo Rhonda, apuntándola con el dedo y moviéndolo de arriba abajo—. No se te ocurrió pensar que yo jamás olvido un insulto, ¿verdad?

—¿Qué quieres decir, Rhonda? —preguntó Helga, casi en un susurro, aun cuando intentó que la voz le saliera fuerte y enérgica.

Rhonda se levantó y se alejó, meneando ligeramente las caderas, como si quisiera pavonearse.

—A ver si logro recordar tus palabras exactas —dijo, dándose golpecitos con un dedo en la mejilla—. No, no, no me las recuerdes.

Seguro que me acordaré. Ah, sí, ahora las recuerdo —se dio media vuelta para mirarla a la cara—. Creo que dijiste que siempre te había gustado Lady Eleanor. Y luego, y te doy el mérito, fue una frase evocadora, memorable, dijiste que se te rompería el corazón si resultara ser alguien como Lady Gamelthorpe. —Sonrió—. La que sería yo.

A Helga se le resecó la boca; le temblaron los dedos. Y sintió la piel como hielo.

Porque aunque no recordaba qué había dicho exactamente en su insulto a

Rhonda, sí recordaba lo que escribió en esa última hoja, la que por equivocación distribuyeron en el baile de su compromiso. Aquella que…

Aquella que en ese momento Rhonda puso bruscamente sobre la mesita de centro, delante de ella.

Señoras y señores, esta cronista NO ES Lady Rhonda Gamelthorpe. Esa dama no es otra cosa que una impostora intrigante, y me rompería el corazón ver mis años de arduo trabajo atribuidos a una persona como ella.

Helga miró la hoja aunque no tenía para qué leerla, sabía de memoria cada palabra.

—¿Qué quieres decir? —preguntó, aun sabiendo que era inútil fingir que no lo sabía.

—Eres más inteligente de lo que quieres aparentar, Helga Pataki. Sabes que lo sé.

Helga continuó mirando fijamente la incirminatoria hoja de papel, sin poder apartar los ojos de esas fatales palabras.

«Me rompería el corazón…»

«Me rompería el corazón…»

«Me rompería el…»

—¿No dices nada? —preguntó Rhonda.

Aunque no le veía la cara, Helga sintió su dura y desdeñosa sonrisa.

—Nadie te creerá —dijo.

—Escasamente logro creerlo yo —rió Rhonda—. Tú, precisamente. Pero al parecer tenías profundidades ocultas y eres algo más lista de lo que dejas ver. Lo bastante lista —añadió, recalcando las palabras— para saber que una vez que yo encienda la chispa de este determinado chisme, la voz correrá como un reguero de pólvora.

Helga sentía girar la cabeza por dentro en mareadores círculos. Ay, Dios, ¿qué le diría a Arnold? ¿Cómo se lo diría? Tenía que decírselo, ¿pero encontraría las palabras?

—Nadie lo creerá al principio —continuó Rhonda—. En eso tienes razón. Pero luego comenzarán a pensar, y las piezas del rompecabezas comenzarían a encajar, lento pero seguro. Alguien recordará haberte dicho algo que acabó en una hoja Eleanor.

O que estabas presente en una determinada fiesta. O que vio a Pheobe Shortman fisgoneando y, ¿no sabe todo el mundo que las dos os lo contáis todo?

—¿Qué deseas? —preguntó Helga en voz baja, levantando la cabeza para mirar a su enemiga.

—Ah, esa es la pregunta que estaba esperando. —Rhonda se cogió las manos a la espalda y comenzó a pasearse—. Lo he pensado muchísimo. En realidad, retrasé casi toda una semana mi venida aquí para poder reflexionar sobre el asunto.

Helga tragó saliva, incómoda por la idea de que Rhonda sabía su secreto desde hacía casi una semana, mientras ella vivía alegremente su vida, sin saber que el cielo estaba a punto de caerle sobre la cabeza.

—Desde el principio he sabido, lógicamente —continuó Rhonda—, que lo que deseaba era dinero. Pero la pregunta era ¿cuánto? Tu marido es un Shortman, cierto, así que tiene sus buenos fondos, pero claro, es un hijo menor, y no tiene tan gordo el bolsillo como el vizconde.

—¿Cuánto, Rhonda? —preguntó Helga entre dientes.

Sabía que la mujer estaba dando largas sólo para torturarla y que no diría una cifra mientras no se sintiera a gusto y dispuesta.

—Entonces caí en la cuenta —continuó Rhonda, sin hacer caso e la pregunta (demostrándole que tenía razón)— de que tú tienes que ser bastante rica también. A no ser que fueras una idiota consumada, y considerando tu éxito en ocultar tu secretito he revisado mi primera opinión de ti, así que no creo que lo seas, tendrías que haber hecho una fortuna escribiendo esa hoja durante todos estos años. Y a juzgar por todas las apariencias externas —le miró despectiva el vestido de tarde—, no te la has gastado. Así que sólo puedo deducir que todo el dinero está en una discreta fuentecita bancaria en alguna parte, esperando que lo retires.

—¿Cuánto, Rhonda?

—Diez mil libras.

—¡Estás loca! —exclamó Helga.

—No. Sólo soy muy, muy lista.

—No tengo diez mil libras.

—Creo que mientes.

—¡Te aseguro que no!

Y no mentía. La última vez que vio el estado de su cuenta tenía 8.246 libras, aunque calculaba que con los intereses esa cifra habría aumentado en unas cuantas libras. Era una suma de dinero enorme, suficiente para tener feliz a cualquier persona sensata durante varias vidas, pero no eran diez mil, y no eran algo que deseara entregar a Rhonda Gamelthorpe.

Rhonda sonrió, muy serena.

—Estoy segura de que sabrás qué hacer. Entre tus ahorros y el dinero de tu marido, diez mil libras es una suma insignificante.

—¡Diez mil libras nunca son una suma insignificante!

—¿Cuánto tiempo necesitas para reunir el dinero? —preguntó Rhonda, como si ella no hubiera dicho nada—. ¿Un día? ¿Dos días?

—¿Dos días? —repitió Helga, boquiabierta—. ¡No lo podría reunir ni en dos semanas! —Ah, o sea que tienes el dinero.

—¡No!

—Una semana —dijo Rhonda, en tono duro—. Quiero el dinero dentro de una semana.

—No te lo daré —susurró Helga, más para ella que para Rhonda.

—Me lo darás —dijo Rhonda confiadamente—. Si no, te arruinaré.

—¿Señora Shortman?

Helga levantó la vista y vio a Dunwoody en la puerta.

—Hay un asunto urgente que requiere su atención. Inmediatamente.

—Muy bien, pues —dijo Rhonda, echando a andar hacia la puerta—. Ya he terminado. —Salió al vestíbulo y allí se giró, obligando a Helga a mirarla perfectamente enmarcada por la puerta—. ¿Tendré noticias tuyas pronto? —le preguntó en tono dulce e inocente, como si se refiriera a algo de tan poco peso como una invitación a una fiesta o a la hora de una reunión en un establecimiento benéfico.

Helga asintió levemente, sólo con el fin de librarse de ella.

Pero qué más daba eso, pensó. La puerta de la calle podía cerrarse y Rhonda podía marcharse, pero sus problemas no iban a ninguna parte.