La historia está adaptada en el libro de Julia Quinn titulado Seduciendo a Mr. Shortman. Es el 4° libro de la saga de los hermanos Shortman, historia que recomiendo mucho.

Los personajes son de Oye Arnold creada por Craig Bartlett y seduciendo a Mr Shortman de Julia Quinn.

Nada es mío, ni la historia, ni los personajes.

Disculpen la demora.

Saludos a todos y espero y disfruten el último capítulo de esta hermosa historia. Gracias a todos por sus comentarios y sus vueltas para leer la historia.

Les veré pronto.


Epílogo.

Bedford Square, Bloomsbury, 1825

—¡Ya está! ¡Ya está aquí!

Helga levantó la vista de los papeles que tenía esparcidos en el escritorio.

Arnold estaba en la puerta de su pequeño despacho, saltando sobre uno y otro pie como un escolar.

—¡Tu libro! —exclamó, levantándose con la mayor rapidez que le permitía su desgarbado cuerpo—. Uy, Arnold, déjame verlo. Déjame verlo. No veía las horas.

Él le pasó el libro sin poder reprimir su sonrisa.

—¡Ooohhh! —exclamó ella, reverente, dándole vueltas entre la manos al delgado libro encuadernado en piel, mirándolo por todos lados. Se lo acercó a la cara y aspiró—. Ah, caramba. ¿No te gusta el olor de los libros nuevos?

—Mira esto, mira esto —dijo él, impaciente, apuntando a su nombre sobre la cubierta. Helga sonrió de oreja a oreja.

—Mira tú, y qué elegante. —Pasó el dedo por las palabras, leyendo—: Un inglés en Italia, por Arnold Shortman.

Él parecía estar de reventar de orgullo.

—Ha quedado bien, ¿verdad?

—Ha quedado mejor que bien, ¡es perfecto! ¿Cuándo saldrá Un inglés en Chipre?

—El editor dice que cada seis meses. Después de ese quieren publicar Un inglés en Escocia.

—Uy, Arnold, que orgullosa estoy de ti.

Él la abrazó apoyó el mentón en su cabeza.

—No habría podido hacerlo sin ti.

—Sí que habrías podido —repuso ella lealmente.

—Calla y acepta el elogio.

—Muy bien —dijo ella sonriendo, aun cuando él no le veía la cara—, no habrías podido. De ninguna manera habrías podido publicarlo sin esta correctora tan competente.

—De mí no vas a oír nada en contra de eso —dijo él dulcemente, besándole la cabeza y soltándola—. Siéntate. No deberías estar de pie tanto rato.

—Estoy bien —le aseguró ella.

Pero se sentó de todos modos. Arnold estaba sobreprotector desde el instante en que le comunicó que estaba embarazada, y estando ya de ocho meses, él estaba insufrible.

—¿Qué son esos papeles? —le preguntó él, mirándolos.

—¿Esto? A, nada importante. —Comenzó a ordenarlos en pilas—. Es sólo un proyecto en que estaba trabajando.

Él se sentó al frente.

—¿Sí? ¿Qué?

—Es… bueno… en realidad…

—¿Qué es Helga? —insistió él, con cara de estar divertidísimo por su tartamudeo.

—Me encontraba sin tener nada que hacer desde que terminé de revisar tus diarios —le explicó ella—, y descubrí que echaba de menos escribir.

Él se inclinó hacia ella, sonriendo.

—¿En qué estás trabajando?

Ella se ruborizó; no sabía por qué.

—En una novela.

—¿Una novela? Vamos, Helga, eso es fantástico.

—¿Tú crees?

—Pues claro que lo creo. ¿Cómo se titula?

—Bueno, sólo llevo escritas unas doce páginas, y queda mucho trabajo por hacer, pero creo, si no decido cambiarla mucho, que se titulará La fea del baile.

—¿Sí? —dijo él, mirándola con ojos cálidos, casi empañados.

—Es un poquitín autobiográfica —reconoció ella.

—¿Sólo un poquitín?

—Sólo un poco.

—¿Pero tiene un final feliz?

—Ah, por supuesto. Tiene que tenerlo.

—¿Tiene que tenerlo?

Ella alargó la mano por encima del escritorio y la puso sobre la de él.

—Finales felices es lo único que sé hacer —susurró—. No sabría escribir ninguna otra cosa.

FIN.