¡EL OGRO A VUELTO!
A LEER DAMAS
Capítulo 1.
Entró a la oficina sin golpear, y sobre sus impresionantes tacones de quince centímetros, caminó decidida hasta la mesa donde el director de la empresa se encontraba tecleando en su ordenador. Se inclinó un poco más cerca de lo normal junto al hombre cuando dejó las carpetas que él, había solicitado unos momentos atrás, queriendo que el apuesto jefe la mirara, quizás como en otro tiempo él lo hubiera hecho con mujeres como ella, pero no lo hizo. Y aunque la secretaria carraspeó y se mantuvo inclinada afirmando sus manos sobre la base de la mesa para exponer el exagerado escote de su blusa blanca, él simplemente la ignoró.
―Edward, lo que me pediste ―anunció más bien con un ronroneo la exuberante mujer, pero él se mantuvo concentrado frente al ordenador, y apenas respondió con un leve "Gracias". Pero la mujer, al parecer no se conformaría con aquello, quería que la mirara y viera lo bien que lucían sus piernas largas que iban apenas cubiertas por una muy poco profesional negra minifalda, estrecha. Además, su cabello rojo iba aleonadamente suelto, con sus ondas al aire, muy seductora, ¿cómo era posible que no la mirara?
― ¿Necesitas algo más? ¿Un café, un té… cualquier cosa que pueda darte?
―No, Victoria. Puedes retirarte ―ordenó con firmeza, otra vez sin dignarse a mirarla. Ella entonces, dándose por vencida momentáneamente, se enderezó dispuesta a salir, no sin antes hablar.
―Llámame si me necesitas, Edward.
Entonces caminó, contorneando su culo atlético hasta la puerta, donde se encontró de sopetón con Kate, una de las jefas allí. Esta, que acostumbraba a entrar al despacho de Edward sin golpear, alcanzó a percatarse de la sinuosa actitud de la descarada secretaria quien tuvo la desfachatez de guiñarle un ojo con complicidad antes de desaparecer de su vista.
― ¡¿La viste?! ―Exclamó Kate, acercándose como fiera a Edward, quien apenas alzó su vista de la pantalla cuando oyó su estruendosa voz.
― ¿A quién? ―Preguntó, arrugando su frente, pero ni siquiera le dio más importancia―. ¿Trajiste los papeles?
―Aquí los tengo ―respondió Kate, alzando unas hojas blancas que traía en la mano, no tranquila con la actitud de esa mujer que acababa de salir momentos atrás―. ¡¿Por qué tienes como tu secretaria a esa descarada de Victoria?!
Edward entonces inspiró, cansado, harto la verdad, y luego de restregarse los ojos se echó hacia atrás en su butaca, soltando el nudo de su corbata gris de seda italiana.
―Porque Bella me lo pidió ―aclaró, desviando su mirada hacia el retrato de su demonio que destacaba sobre su escritorio. Kate se cruzó de brazos y estrechó sus ojos hacia él.
―Si no estuviera segura de lo malditamente enamorado que estás de tu esposa, aseguraría que esa de ahí afuera sería la siguiente en tu lista para foll…
― ¡Detente ahí, Kate! ¡No digas estupideces, joder! ―Indignado refutó, soltando un bufido para volver su concentración al documento que estaba redactando.
Pero Kate tenía razón, en otro momento de su vida, Edward no hubiera demorado en encerrarse con aquella colorina en un baño y follarla después de todas las señales que ella enviaba y que él notaba, pues no era estúpido. O hubiera sido necesario tanto coqueteo, porque le jodían esas cosas, simplemente se la hubiera llevado, la hubiera follado y se hubiera ido, convirtiéndose en una más de su lista, como dijo Kate.
Pero este Edward Masen, de treinta y siete años de edad, estaba en otro período. En realidad, estaba en el jodido mejor momento de su vida, y eso gracias a la mujer que sonreía desde el retrato sobre el escritorio, que lo distraía y aun así, le alegraba el día y la vida.
Si echaba la vista hacia el pasado, unos cuatro o cinco años, jamás se hubiera imaginado siquiera, poder alcanzar ese nivel de plenitud en su vida, ni por asomo, mucho menos que aquella dicha plétora, estuviera sujeta a la presencia de una chiquilla que hace algo más de dos años llegó a dar vuelta su vida, trayendo toda la luz que alguna vez vio perdida para él. Una mujer tan alegre, chispeante, con veintisiete años, doce menos que él, pero que era tan madura y segura de sí misma… y tan jodidamente hermosa.
Definitivamente, debía concluir, él era un tipo con mucha suerte.
Con Bella, superó muchos de sus temores y atravesó momentos de su vida que en otras circunstancias, a él lo hubieran tirado a tierra. Pero ahí estaba ella, su mujer, su demonio, prestándole su apoyo incondicional y amándolo de la misma forma que él lo hacía, enseñándole a vivir y a disfrutar de las cosas buenas que se le presentaban. En resumen, ella le había enseñado a amar y no solo en el sentido que se daba entre ambos, sino que mucho más allá: tenía un padre que apareció después de muchos años de ausencia obligada, a quien quería, una hermana a la que recuperó y que amaba, otra hermana pequeña, a quien aprendió a querer, amigos fieles a quienes estimaba como si fuesen sus hermanos, y una hija a la que idolatraba.
Se sentía fuerte, seguro, amado, y eso nada ni nadie podría arrebatárselo, nunca más. Pero claramente, había algunas cosas que nunca cambiaban, como su carácter un tanto huraño, que era parte de su esencia y que sabía que ni con años de terapia exhaustiva a con su loquero, podría cambiar. Además, estaba su trastorno bipolar, un mal crónico con el que lidiaba pero la que mantenía bajo control, sobre todo en ese momento tan apacible de su vida, que esperaba no tuviera sobresaltos.
― ¿Y por qué simplemente no la cambias de puesto?
― ¿Cuál es tu jodido problema, Kate? ―gruñó entre dientes, mirando a la imposible mujer rubia, amiga suya. ―Bella me pidió que le diera este puesto porque ella es su amiga y estaba sin trabajo, y así lo hice. Si Victoria trata de seducirme o cualquier otra mierda de esas, la ignoro, no le doy importancia, porque para mí no la tiene. Ha hecho bien su trabajo, ni más ni menos, y si llega a ir más allá faltándome el respeto a mi o a mi mujer, la pondré de patas en la calle sin dudarlo, pero hasta el momento no ha hecho nada diferente de lo que cualquier de mis anteriores secretarias no haya hecho. Yo simplemente la ignoro. Punto.
―Vaya… ―Kate alzó sus delineadas cejas, relajándose un poco―. Qué discurso, ¿eh?
― ¿Qué, acaso tienes miedo de que Garrett venga aquí con más regularidad que de costumbre, solo para recibir las atenciones de Victoria?
―Que ni lo intente, porque le corto las bolas.
Edward soltó una carcajada, y meneando la cabeza, miró los papeles que ella le había traído, comenzando a leer los gráficos que demostraban lo bien que le estaba yendo a la filial extranjera de "Lux et umbra S.A", empresa que él dirigía. Había trabajado casi toda su vida en aquel edificio, siempre con la idea de echarlo abajo como lo planeó, y de alguna manera lo hizo, tiró a tierra el imperio de la vieja innombrable y sobre este, cimentó su propio imperio, que él y su equipo, habían levantado limpiamente, situándolo dentro de las empresas más exitosas dentro de la economía nacional, abriéndose camino hacia varios sectores industriales del extranjero. Sí, señor, eso lo había logrado él y su equipo de siempre, amigos y hermanos: Jacob, Garrett, la loca de Kate, Rosalie y Emmett, uniéndose a ellos sorpresivamente James y su padre, Damian, con quien en esos dos años de reencontrarse había construido más que un imperio económico: había estrechado lazos afectivos y había aprendido a quererlo.
―Por cierto, ¿qué planes tenemos para este fin de semana? ―preguntó él, mirando el gráfico de barras en forma ascendente.
―No soy tu secretaria, Masen.
― ¿Quieres que la llame, a Victoria, para que me ponga al día…?
―La cena anual de empresarios mañana viernes y el sábado cenaremos con la firma de arquitectos, ganadores del concurso ―gruñó en respuesta simplemente para evitar ver de nuevo a esa descarada―. Por cierto ¿Irás con Bella?
―Por supuesto. Yo llevo mi demonio a todos lados. ―Y claro que lo hacía, sobre todo a esas cenas tan aburridas en las que él se escabullía con su mujer hacia algún sector privado y hacían diabluras, que terminaban con ambos jadeantes y mojados.
― ¿Y Clary? ―preguntó Victoria, usando el diminutivo para llamar a la pequeña Clarise.
Edward, alzó la vista de los papeles y suspiró, como cada vez que alguien le recordaba a su hija… su tesoro más valioso, por quien era capaz de dar su propia vida. Su orgullo, su alegría, la razón de su vida y por quien cada día intentaba ser mejor.
Clarisse ya tenía dos años y hacía todo lo que una niña de su edad, y aún más: Era una pequeña muy hermosa, con risos caoba y sus ojos color verde miel que heredó de su madre, al igual que la tez clara de su piel de niña y su sonrisa. Era una chiquita muy lista, ya había palabras que hablaba con claridad, siendo papá lo primero que aprendió a decir y lo que anduvo repitiendo como disco rayado durante mucho tiempo. Gustaba de jugar al aire libre y correr por el jardín de la casa o tomar el té, en la casita de muñecas que Carlisle y Esme —los padres adoptivos de Alice— le habían regalado para la pasada navidad, siendo un espectáculo muy gracioso ver a los gigantes que la rodeaban, como su abuelo, sus tíos y su padre, tratar de entrar allí sin estropear la decoración. Aunque ahora ultimo había una nueva afición que descubrió que ya casi estaba desquiciándolos a todos en casa.
―Veremos si la podemos despegar de su batería para ir a casa de Alice, a una pijamada con ella y con Bea… o algo así.
―No puedo creer que amara tanto ese tarro que Emmett le regaló.
―Será una increíble rockera, ya lo verás.
― ¡Demonios, sí! ―exclamó Kate divertida, levantando su mano con la seña característica del rock.
Llegó James a la oficina donde Kate y Edward hablaban, cerrando su puerta y afirmando su espalda en esta.
―Vaya con tu secretaria, Edward… ―dijo, como si se tratara de un fantasma. Kate estrechó sus ojos, jodidamente molesta con esa mujer que mancillaba el género femenino―. Esa mujer se las trae… me acaba de invitar un trago…
― ¡Tienes que jodidamente despedirla, Edward! ―exclamó la única mujer allí, indignada. Edward soltó un bufido y rodó los ojos
―No tendría nada de malo si James sale con ella. Es soltero… y ya te dije por qué la tengo aquí…
― ¡Pero al menos dile que se controle, es una secretaria y esta una empresa seria, no un bar para ligar!
―No soy gerente de personal, Kate.
―Mierda, tienes razón, esa soy yo. ―Y sin más, Kate, la gerente de personal, salió rumbo a su oficina para llamar a terreno a esa descarada y poner los puntos sobre las íes. James se hizo a un lado y soltó el aire, acercándose al sillón en donde Kate, hace escasos segundos, estuvo sentada frente a Edward.
―Mañana por la mañana tenemos reunión con los arquitectos. Hablaremos antes eso sí con el resto de los socios y los abogados para darle un último vistazo a los contratos ―explicó James, abriendo su tableta para tocar un par de puntos con Edward ―Y esta tarde tenemos agentado un importante torneo paraolímpico de básquet.
―Un asunto prioritario ―bromeó mirando a su colaborador, regresando su vista al documento que aun leía y que tenía que ver con el contrato que cerrarían al día siguiente. Pero como dijo, ese asunto del que James le recordó era sin duda una prioridad para él, pues su familia era ahora su prioridad, sobre todo cuando tenía que ver con Beatriz, su pequeña hermana.
Beatriz, una hermosa adolecente de catorce años, era parte de la liga escolar de basquetbol paraolímpico y podía decir orgullosamente que era una de las mejores jugadoras. Toda su familia alrededor, hinchaban su pecho de orgullo por esta chica que no se había echado a morir después de numerosas operaciones no resultaran para que ella volviera a caminar. Nunca se rindió, simplemente a su corta edad decidió enfrentarse a la vida con ese impedimento, el que no dejaría que limitara su vida, pues para ella la silla de ruedas no era una limitación, sino una manera diferente de vivir.
―Damian ya está allá, y Alice también por cierto…
―Alice tendría que estar acostada con sus piernas en alto ―regañó, meneando su cabeza―. Con sus siete meses de embarazo no tendría que andar revoloteando de un lado para otro… joder, yo no sé cómo Jasper se lo permite.
―Con mucho respeto, pero con lo hiperquinética que es tu hermana, creo que es difícil mantenerla quieta por mucho tiempo. Además he leído que a las mujeres embarazadas les hace bien estar en movimiento.
―Lo sé, no es que Bella se quedara encerrada en casa cuando cumplió los siete meses de embarazo…
―Es verdad ―comentó James, mano derecha de Damián que se había ganado la confianza y el respeto de Edward, además de su amistad. Miró al ogro con su ceño fruncido mientras este se mantenía pendiente de leer y releer los documentos que tenía en la mano, causándole a él extrañeza―. ¿Puedo saber por qué le das tantas vueltas al cierre del negocio inmobiliario? Los gráficos no hacen más que empujarnos a cerrar el negocio con confianza y los dueños de la compañía tienes un historial limpio y proyectos atractivos y muy viables.
―No sé ―respondió con sinceridad. Edward Masen desde siempre ha tenido un olfato único para los negocios, y como James decía, todo daba pie para avanzar. ¿Entonces por qué desconfiaba? Eso se preguntaba mientras leía una y otra vez el nombre del representante de la firma con la que se asociarían.
―Si quieres, podemos dilatarlo un poco más y volver a revisar…
―No, no es necesario, James ―desistió, dejando caer los papeles sobre su mesa―. Estoy siendo paranoico, es todo.
―Haz el cierre del negocio con calma y confianza, Edward. Si no te sientes así, pues podemos retrasarlo, lo sabes.
―Lo sé, pero no quiero hacerlo. Despreocúpate, y procura que para mañana todo esté listo para la junta del mediodía y para la cena de la noche.
―Hablando de cena… ¿crees que tu ardiente secretaria acepte ser mi compañía…?
― ¡No me jodas, James! ―protestó poniéndose de pie para agarra su americana que tenía colgada en el perchero en una esquina de la oficina―. ¿De verdad te gusta esa…?
―Es buena amiga de tu esposa, no la trates así.
―Mi esposa es demasiado buena persona para notar los defectos en sus amigas. Además, con la reunión que seguro está teniendo ahora mismo con Kate, no le quedarán ganas de coquetear ni salir con nadie… espero.
―Así como van las cosas conmigo, voy derechito a convertirme en monje o cura…
―Quizás la hermana Manuela quiera acompañarte ―Edward torció la boca y se acercó hasta su amigo para palmear su hombro, haciendo que James lo mirara y rodara los ojos―. Ahora me largo porque mis mujeres me esperan para llevarlas al juego de baloncesto.
―Sí, también me voy. Bea no me perdonaría que faltara.
Salieron juntos de la oficina, despidiéndose de la menuda asistente y mano derecha de Edward, Nadia, y pasando los ojos por el escritorio vació donde debería estar sentada Victoria, quien seguramente continuaba en aquella reunión con la buena de Kate.
―Regreso mañana, Nadia ―informó Edward antes de desaparecer por el pasillo hacia el ascensor antes de despedirse de James a quien vería dentro de unas horas en el juego. Pasó directo hacia el estacionamiento subterráneo y se dirigió hasta su coche, sentándose detrás del volante. Hace ya un año más o menos Emmett había declinado de seguir haciendo de su chofer para finalmente sentar cabeza y ejercer la abogacía.
Conectó su IPhone al coche y llamó por altavoz a su esposa mientras salía del estacionamiento. Bella contestó al segundo tono.
― ¡Esposo! Acabo de llegar a casa.
―Voy de camino, demonio. Tendríamos que estar llegando justo a tiempo al juego.
―Estaremos listas esperándote ―habló levantando un poco más la voz cuando a sus espaldas se oyó el sonido un poco estridente de una baqueta que aporreaba literalmente un platillo de batería. Edward sonrió al oír que bella apartaba el teléfono para pedirle por favor a su hija que dejara la batería―. Mi tía está con ataque de nervio, dice que esconderá ese instrumento del infierno que Emmett le regaló a la niña.
―Dicen que es muy bueno para soltar las tenciones, demonio ―rebatió Edward― además de ayudar con la coordinación y el buen oído.
―Seguro hay otros instrumentos con los que Clarisse puede mejorar la coordinación y el oído… ¡Clarisse, es suficiente! ―Y otra vez Edward sonrió, cosa que se le estaba dando muy natural últimamente, cuando oyó a su mujer protestar―. ¡Edward no te rías!
―Mujer, estaría allí en breve para ayudar a dominar a esa fierecilla hija tuya.
―Nuestra, hija nuestra ―corrigió ella― y me conformo con que la distraigas de su amor por ese tarro.
―Vale, vale, ya estaré allí.
Colgó la llamada y aceleró para llegar con más prontitud para rescatar a su mujer y sus nervios de las andanzas de la traviesa de su hija.
La casa quedaba al menos a media hora desde las instalaciones de su empresa, en un sector residencial muy cerca de donde su padre había comprado una casa cuando regresó al país… la misma casa donde mataron a la monja Gabriela. Edward siempre tenía un momento para recordar a la mujer a quien quiso como una madre y que vio la muerte llegar para ella injustamente por parte de una vieja desquiciada que para su repulsión, llevaba su misma sangre. Hubiera deseado que esa monja que siempre procuró su bien, estuviera presente compartiendo con él su momento más feliz, viendo como todas sus predicciones habían resultado correctas para con él, porque si hubo alguien que siempre vaticinó un futuro radiante sin siquiera él mismo poder creérselo, fue la hermana Gabriela. Seguro ella desde donde estuviera, festejaba por cada logro que conseguía Edward en su vida.
― ¡Papito…tatán en tatería…tatán! ―Clarisse recibió a su papá en la entrada de la casa, con las baquetas en la mano, dando saltitos y señalando el sector donde se encontraba su amado instrumento. El rostro de Edward, por cierto, se iluminó y sonriendo alzó en brazos a su pequeño tesoro, olisqueando su cuello perfumado, antes de mirarla y negar con la cabeza. Le costaba decirle que no a su hija y no complacerla en todo, pero sabía él, que ya tenía a su tía Carmen enferma de los nervios y que su esposa iba por el mismo camino. Además, ahora tenían otro compromiso.
―La batería tendrá que esperar. Bea nos espera, ¿acaso no quieres ir a verla? Ella se pondría muy triste… ―la persuadió mientras caminaba por los pasillos hacia el cuarto del terror, o salita de juegos, donde estaba Bella y Carmen poniendo un poco de orden. Clarisse entonces miró a su padre y arrugó su frente, torciendo su cabeza.
― ¿Bea tiste…? Nanai Bea…
― ¿Vamos a verla entonces?
La niña exclamó alzando sus bracitos, aceptando la invitación de su padre en su idioma de niña de dos años. Carmen se la llevó entonces para cambiarle de ropa y Edward se quedó en la sala ayudando a su mujer, no sin antes saludarla como era debido.
―Joder, demonio… ―la tomó por la cintura y saqueó sus labios como solía hacerlo siempre. Ella no se demoró en rodearle el cuello y responder a su beso apasionado dejándose llevar―. ¿Me extrañaste?
―Puede… ―murmuró ella muy coqueta con sus labios aun pegados a los de él, oyéndolo gruñir, apretándola a él ahora directamente desde sus nalgas para hacerle ver lo mucho que él, sí la había extrañado.
―Estoy tentado a pedirle a la buena de Carmen que se lleve a la niña para poder brindarte las atenciones que te mereces, mujer.
―Y yo estaría tan de acuerdo… ―suspiró y cazó entre sus blancos dientes el labio inferior de su marido, mientras lo miraba a través de sus largas pestañas con esos ojos verde miel ahora oscuros de puro deseo. Él gimió y otra vez sus labios cubrieron los de su mujer y su lengua exploró dentro de su boca mientras ella tironeaba el cabello de su marido por la nuca, pegándose aún más a él.
Era increíble como ambos lograban abstraerse de todo y de todos cuando estaban juntos, como si no hubiera tiempo ni espacio alrededor. Como estaban tan deseosos siempre el uno por el otro sin dejar que el tiempo hiciera menguar sus sentimientos, muy por el contrario. Pero para el pesar de esta pareja, sí había un reloj que marcaba el tiempo y si había espacio más allá de ellos a su alrededor, usando a Carmen, la tía de Bella que vivía con ellos, para recordárselo.
―Ejem… ―carraspeó con fuerza Carmen en la entrada de la sala de juegos para hacerse notar. La pareja tuvo que apartarse, al menos sus labios, para darle algo de atención a Carmen―. ¿Irás de traje y corbata a un juego de básquet, Edward?
―No creo que sea un atuendo para un juego ―reconoció él, sin soltar la cintura de su mujer.
—Entonces tendrías que estarte cambiando, la niña está lista, las muchachas en la cocina le están dando su yogurt de la tarde y ya estamos retrasados.
―Es cierto, Edward ―susurró Bella, besando la mejilla de su marido y susurrándole al oído a continuación― podemos continuar en la noche lo que dejamos ahora pendiente…
―Demonio… ―gruñó Edward, mordisqueando su cuello, olvidando a Carmen que seguía frente a ellos y quien tomó las riendas, acercándose a la pareja y jalando a su sobrina para que dejara ir a su esposo―. ¡Joder, Carmen, me quita la diversión!
―Diviértanse más tarde y en privado, no creo que la niña esté en edad para ver sus… arrumacos fogosos…. ―lo regañó. Bella se carcajeó y Edward rodando los ojos salió del cuartito rumbo a su habitación para cambiarse de ropa. Al cabo de quince minutos la familia en pleno iba saliendo rumbo al estadio donde se desarrollaba el torneo de basquetbol paralímpico. Se reunieron con el resto de la familia y los amigos que llegó hasta ahí para darle ánimos a Beatriz, titular del equipo.
Edward saludó a su hermana y acarició su barriga, sentándose junto a ella después dejar a su hija en brazos de su abuelo Damian.
―Deberías estar acostada… ―la regañó Edward entre los bitores de la tribuna, que ansiosos esperaban que comenzara el partido.
― ¿Y por qué, si no estoy enferma? ―respondió desafiante, frunciendo su boca pintada de rosa y estrechando sus ojos verdes tan parecidos a los de su hermano. Parecía una niña pequeña y enfurruñada.
―Joder, porque tienes siete meses de embarazo, ni más ni menos. ―Le dijo Edward usando un tono tierno y preocupado, mientras inclinaba su cabeza. Ella sonrió con el mismo afecto, mientras ponía sus manos sobre su abultado vientre de siete meses.
―Tu sobrino aquí adentro estaba ansioso por asistir a su primer juego. No iba a dejarlo en casa con las ganas.
Edward negó con la cabeza mientras le sonreía con ternura a su hermana, quien aplaudió cuando el equipo de Clarisse salió a la cancha. Una de las cosas que agradecía era el poder haber recuperado a su hermana a quien alguna vez vio perdida y a quien pensó nunca iba a recuperar, pero ahí estaba a su lado, feliz, radiante, queriéndolo con el mismo amor que sintió de niña, igual que él. No podía estar más agradecido.
El juego comenzó a la hora planeada y duró el tiempo estipulado para los partidos de básquet, llevándose el triunfo por supuesto, el equipo de Beatriz. Realmente este equipo se las traía dentro de las ligas de basquetbol juvenil paralímpico. Y por supuesto, la celebración de la familia por la victoria de la pequeña adolecente revelación se desarrolló en la casa del patriarca, con todos los invitados lanzando vítores para la triunfadora.
― ¿Será que mañana puedo ir… ejem… a una fiesta para… ya sabes… celebrar? ―Con los nervios propios pero impostando la mejor cara de corderito, Bea hizo la pregunta a su padre en medio de la cena de tacos mexicanos, dejando a todos los comensales en silencio. Damian, su celoso progenitor, limpió su boca con la servilleta antes de responder, o contra preguntar.
― ¿Fiesta? ¿Con quién, dónde, a qué hora?
― ¡Seguro en la casa de su novio! ―soltó Emmett en broma, haciendo que Bea se riera como si entendiera lo que el loco de su tío había dicho. Pero a Damian, ni a Edward les pareció graciosa la broma de Emmett, que siguió como si nada.
―Mi hijita no tiene novio ―gruñó Damián, volviendo su vista a su hija―. ¿Por qué no lo tienes, verdad?
―No, no lo tengo… todavía…
― ¡¿Cómo?!
― ¡Oh, Damián! Deja ir a Bea a su fiesta ―intercedió Bella por Bea, guiñándole un ojo―. Ha sido una estupenda chica que se merece ir a su primera fiesta sin que le pongas trabas.
—Además será temprano, solo los de la escuela… ¡Ya tengo catorce años, papá! ¡Déjame ir!
―Te voy a dejar y te voy a buscar…
―Mañana es la cena de empresarios, Damián, no puedes faltar ―le recordó James, torciendo la boca.
―Jasper y yo nos podemos hacer cargo de llevar a Bea a su fiesta e ir por ella ―intervino Alice― podría quedarse en casa con nosotros, ¿te gusta la idea, pequeña?
― ¡Sí, claro! ―respondió Beatriz con entusiasmo, dándole un mordisco a tu taco. Edward, que se había mantenido en silencio declinando de la idea de poner su punto de vista sobre aquella fiestecita de su hermana, sobre la que no estaba de acuerdo que asistiera… ¡porque joder, era una niña todavía! ¿Qué iba a hacer en una fiesta? Y no quería ni pensar en los pretendientes a los que él mismo sometería a cuestionarios exhaustivos cuando llegara el momento. No quería que le hicieran daño, él sabía que los chicos podrían ser crueles, sobre todo con una chica como ella, en plena adolescencia, sobre todo con su discapacidad que para otros chiquillos era motivo de burla. Simplemente no querían que le hicieran daño, porque tal era su amor por ella que sería capaz de arrancarle la cabeza a quien quisiera dañarla. Tuviera la edad que tuviera.
Después de la cena y con su hija ya dormida, Edward y Bella decidieron marchar a casa, donde al llegar dejaron a la pequeña Clarisse en su cuarto y se retiraron al suyo. Edward se calzó su pantalón de pijama negro y su sencilla camiseta gris y se metió bajo las sábanas, acomodando sus manos detrás de la cabeza mientras pensaba en lo que lo tuvo preocupado toda la mañana: el jodido cierre del negocio. No estaba seguro si era puntualmente eso lo que lo tenía preocupado, pero algo hacía sentir sobre él, ese presentimiento, como la brisa tibia que antecede las tormentas.
Bella, al salir del baño se lo encontró en aquella posición con su vista fija en el muro del frente, entonces preocupada apagó la luz y caminó hacia él sentársele a horcajadas llamando su atención. Tomó el rostro de su marido y besó suavemente sus labios, acariciando su indómito cabello para tratar de quitarle de encima aquella preocupación.
― ¿Qué tienes, Edward?... ―susurró ella sobre sus labios―. Estás preocupado por algo, dime de qué se trata.
―Son asuntos del trabajo, demonio ―trató de sonreír lográndolo a duras penas―. Ya sabes, estamos…
―Nunca estás preocupado por algún asunto del trabajo, al menos nunca los traes a casa, tiene que ser algo más, no me lo escondas.
―No te alarmes, mujer ―la atrajo hacia él y hundió su nariz en el cabello fragante a rosas de su mujer, el que llevaba largo cayendo grandes ondas marrones por su espalda. Ella con sus labios dejó besos suaves sobre su cuello para consolarlo y acarició su nuca hundiendo sus dedos allí.―. Me traes paz, Bella…
Tras aquella afirmación en susurro que Edward hizo, Bella se apartó y dejó entrevera ahora su preocupación. Algo inquietaba a Edward y eso a ella le ponía la piel de gallina, en el mal sentido. Entonces apartándose, volvió a tomarle el rostro con ambas manos, obligándole a que la mirara.
―Dime qué te tiene así, compártelo conmigo.
―Tengo… tengo un mal presentimiento ―reconoció tras soltar un largo suspiro, desviando su vista de los insistentes y ahora preocupados ojos de su esposa―. Tengo la sensación que se avecina algo que… hará que la paz en la que he vivido en estos últimos años, se tambaleé. Antes no hubiera importado, porque estaba solo, ahora están tú y nuestra hija, y me moriría que algo malo les ocurriera… o que algo pudiera apartarlas de mí.
Dese el principio ese fue el gran temor de Edward, que la historia que de niño vivió con sus padres y con su hermana se volviera a repetir, que alguien, o que algo pudiera llegar y destruir lo que había construido, que lo apartaran de quienes él más amaba. Por eso se negaba a tener hijos, por un tipo de trauma que él arrastraba, eso al menos le había dicho Aro, su loquero, pero con el regreso de su padre y el hecho de recuperar a su hermana hicieron que las cosas pudieran verse en una perspectiva óptima para él. Entendía ahora el dolor de su padre cuando reconoció que arbitrariamente habían apartado a sus hijos de él y que ese había significado el dolor más grande que le tocó atravesar.
― ¿No te vendría bien una sesión con el doctor Vulturi? Quizás necesitas que él te dé su punto de vista sobre tus… presentimientos ―sugirió Bella suavemente mientras pasaba sus dedos sobre el rostro de su marido. No quería parecer alterada por lo que Edward le había dicho, pero tampoco podía pasar por alto sus augurios pues él no se preocupaba por nada, no era un hombre exagerado con ese tipo de cosas.
―Lo iré a ver cuando regrese de su seminario… no sé dónde. De momento pondré atención a mí alrededor; me ocuparé de asegurarme que todo esté bajo control.
Edward no lo dijo, pero aquella último se trataba sobre Elizabeth, la mujer cuyo nombre estaba prohibido decir en voz alta en su casa. Su abuela, la mujer a quien odiaba y de quien se avergonzaba llevar la misma sangre. Pero Bella no iba a dejar que su mente viajara a esos lugares oscuros, iba a confiar que las cosas estaban bajo control e iba a aliviar la ansiedad de su marido, a quien ella juró proteger.
―Bueno, esposo, me propondré distraerlo y relajarlo por un rato, ¿le parece a usted bien? ―sugerentemente dijo, moviéndose sinuosamente sobre él. Inmediatamente los ojos del ogro amante se oscurecieron y al cabo de segundos rodeó a su esposa por la cintura y capturó su boca, antes de hacer desaparecer su sugerente camisón de satén lila antes de hacerla rodar y dejarla bajo su cuerpo, el que ella se encargó de despojar de la ropa antes de comenzar con el baile pasional y lleno de amor que los hacía olvidar de todo lo demás.
A la mañana siguiente, Damián estaba sentado en una mesa redonda en el despacho de su hijo de las dependencias de "Lux et Umbra" dispuesto a darle la última repasada a los contratos antes de discutirlos con la firma de arquitectos que se encargaría de poner en marcha el primer proyecto de la empresa en su filial inmobiliaria. Pero para eso, necesitaban que Victoria, que estaba vez había decidido usar un conjunto profesional de dos piezas color marfil, o para ser más exactos, un muy sexy y descarado atuendo de dos piezas que poco dejaba a la imaginación con su escasos centímetros de minifalda y su exagerado escote que dejaba ver más de la cuenta, haciendo parecer que no había tenido una aclaratoria charla con la fiera de Kate, o quizás simplemente no había entendido los puntos que ella expuso, sobre todo viendo con la lentitud con la que ponía las tazas sobre la mesa y con el descaro que miraba a su jefe y al atractivo padre suyo. Edward con los ojos cerrados se masajeaba la sien esperando que la colorina esa se apresurara en salir para hablar con su padre. Entonces después de contar hasta veinte, inspiró y se dirigió a la mujer:
―Victoria, deja las jodidas tazas ahí de una vez, que tengo un asunto urgente aquí…
―Ya está, jefe ―ronroneó acabando finalmente su tarea. Entonces miró a Damian dedicándole una sensual sonrisa, mirando luego a Edward para guiñarle un ojo―. Estoy afuera para lo que necesites.
Y así salió contorneándose de la oficina, haciendo que Damian alzara las cejas con sorpresa antes de soltar una carcajada, provocando que su hijo bufara, agarrando la tacita de café antes de darle un sorbo.
― ¿Sabe Bella que su amiga es de lo más atenta contigo?
―Esa descarada le ha dicho a mi mujer delante de mis narices la suerte que tuvo de casarse con adonis como yo ―comentó como si nada moviendo su mano en el aire con desdén. Damián se volvió a carcajear moviendo la cabeza con incredulidad, antes de volver a concentrarse en los papeles que tenía en la mano.
―Con James volvimos a revisar los papeles y está todo en orden, pero me dijo que no estabas seguro del todo, ¿tienes dudas sobre esto?
―No, no… ―rascó su cuello buscando poder explicarse― simplemente estamos abriendo un nuevo proyecto empresarial y quiero que salga bien. La firma de arquitectos que se llevó el proyecto es relativamente nueva, y el sector inmobiliario ya está algo viciado, simplemente no quiero que nos asocien con malas prácticas. Solo es eso.
―No está de más desconfiar, Edward, pero está todo bajo control. Elegimos a esa firma por algo: es relativamente pequeña y nueva dentro del rubro, pero por separado los profesionales que trabajan allí han hecho currículo sin nada que criticarles. Además, son jóvenes llenos de ideas, y están muy entusiasmados de que eligieran su proyecto por sobre otros de otras firmas más grandes.
Edward asentía con la cabeza, pensativo, deduciendo que lo suyo era más bien paranoia que un mal presentimiento, así que decidió olvidarse y confiar en las investigaciones que habían hecho y en historial impecable de sus ya pronto nuevo equipo de trabajo, de la filial inmobiliaria que abriría "Lux et Umbra", a cargo de su padre.
―Vale, nada que temer ―se enderezó y abrió los documentos para― pongámonos en marcha con esto entonces antes de reunirnos con ellos.
―Bien ―reafirmó Damian antes de delinear algunos detalles que debían tener en cuenta para hablarlos con los arquitectos, con quienes se reunirían dentro de un rato.
**O**
― ¿Quién dices que me llama? ―preguntó el joven Tyler con incredulidad. Justo en ese momento que debía ponerse en marcha para la reunión con los inversores de su proyecto, le daba por aparecer a la flor de padre que tenía. La joven secretaria, la única que tenían en la firma, se alzó de hombros, sosteniendo la bocina del teléfono entre sus manos, cubriéndolo con las manos para evitar que el interlocutor oyera.
―Le dije que ibas saliendo a una reunión, pero me pidió que igualmente le anunciara.
―Dile que me pillaste de salida, y que podrá encontrarme aquí… mañana… o pasado… no sé ―negó él, metiendo su Mac Pro en el bolso. La secretaria entendió el mensaje, y salió de la pequeña oficina. La aparición de su padre, siempre muy a lo lejos, hacía ponerlo de mal humor. Pensaba en las muchas cosas que debía criticarle, mientras cerraba la cremallera del estuche de su laptop y descolgaba del perchero su chaqueta negra.
Tyler, un joven de treinta años, había salido adelante gracias a su esfuerzo y el de su madre. Era arquitecto de profesión, y tras egresar de la universidad había tenido trabajos esporádicos y mal pagados, hasta que hace unos tres años atrás, se aventuraron con otros dos colegas y amigos a abrir ese estudio para comenzar a trabajar, y pese a siempre haberse mantenido en bajo perfil frente a otras firmas más grandes que la suya, habían hecho trabajos haciéndolo merecedores de premios y galardones destacando las buenas prácticas. Quizás eso fue lo que a la empresa "Lux et Umbra" había llamado la atención de ellos, eso y el diseño del proyecto que junto a ingenieros realizaron y presentaron a esa empresa que se abriría al sector de la construcción.
Que los eligieran a ellos había resultado el maldito triunfo que él y el resto del equipo había perseguido durante mucho tiempo. No había sido suerte, había sido a base de trabajo y esfuerzo, gracias a su profesionalismo y no gracias al apellido de alguien o a la compra de influencias. No trabajan así y sabían que la firma que lideraba Edward Masen priorizaba eso.
Claro, a él se le hubieran dado muy fáciles las cosas en la vida si hubiera usado su apellido o los contactos de su padre, pero no lo hizo, y no lo haría, nunca. Además, su padre no era precisamente el ejemplo del padre… pero no quería pensar en eso, no ahora que iba de camino a cerrar el que sería uno de los proyectos más importantes de su vida.
― ¿Acabaste ya de perfumarte? ―preguntó Maggie, una pequeña y delgada mujer de ojos intensamente azules, asomándose por la puerta, la que se abrió completamente cuando Benjamín entró listo para partir.
―Ya voy, ya voy ―respondió a sus colegas, agarrando su bolso y las llaves de su coche. Salieron entonces estos tres arquitectos despidiéndose de la chica que hacía de secretaria, recordándole que esa noche celebrarían y que ella obviamente debería ir pues ella era parte del equipo.
― ¿Soy yo o es que estas de mal genio? ―quiso saber Benjamin, frunciendo sus cejas oscuras, sentado al lado del conductor junto a Tyler, quien lo miró y bufó.
― ¿Pasó algo, Tyler? ―intervino ahora Maggie, arrugando su frente, mirándolo desde el asiento trasero. Tyler negó con la cabeza, mirando a su amiga por el espejo retrovisor.
―Mi padre no encontró mejor momento para llamarme ―les contó a sus amigos, quienes eran testigos de esa relación padre e hijo… si es que había relación― justo antes de salir. Pero no hablé con él, así que no sé lo que quería.
―Vale, mi amigo, pero ahora concéntrate. Vamos de camino a conocer a los peces gordos con quienes trabajaremos ―Benjamín palmeó su hombro, hablando con voz relajada―. Nos luciremos, nos amarán, firmaremos el contrato y nos iremos a celebrar.
― ¡Sí, celebrar! ―exclamó Maggie desde atrás, alzando sus manos y cerrando sus ojos mientras movía su cuerpo como si estuviera bailando música electrónica. Tyler sonrió, recuperando su buen estado de ánimo, antes de girar por la avenida central de la ciudad, que los llevaría directo a las instalaciones de "Lux et Umbra".
―Buenos señores, parece que ya estamos aquí ―dijo la única mujer dentro del auto, mirando embobada por la ventana hacia el imponente edificio de platino y vidrio de treinta pisos, alzando sus cejas con admiración―. No puedo creerlo… ¿saben que esta construcción se llevó en su época unos cuantos premios? El maestro Federico Vega…
―Fue quien diseñó el edificio. Lo sabemos, hembra ―acabó de decir Benjamin con aire de superioridad.
— ¡No me digas hembra, Benjamín!
―Bueno, bueno, ¿no quieres llegar atrasados a la primera reunión, verdad? ―sacó Tyler la llave del contacto y abrió la puerta para salir― muevan el culo, colegas.
Sin duda iban a trabajar para una compañía que estaba en su mejor momento liderando la escena económica nacional y no cualquier lograba eso, eso los tenia ansiosos y por qué no decirlo, nerviosos como niños.
En el lobby del edificio, de pisos de mármol oscuro y murallas de vidrio, los esperaba Nadia, la asistente personal de Edward Masen, quien los saludó y les dio la bienvenida, indicándoles a seguirla hasta el sector de los ascensores por donde subieron hasta la sala reuniones donde casi la totalidad de socios los esperaba.
El primero en recibirlos fue con quien ya antes se habían reunido un par de veces antes, Damián Brandon, quien les dio la bienvenida con mucha cordialidad y enseguida hizo las presentaciones de rigor.
―Él es Edward Masen, mi hijo y el director general de la compañía ―presentó Damian a su hijo con los recién llegados. El "primer arquitecto", Tyler, elegido como tal ni más ni menos por un sorteo de papelitos revueltos dentro de una bolsa, extendió su mano para saludar a Edward.
―Edward, es un gusto conocerle finalmente. Su padre no deja de hablar de usted y de lo entusiasmado que están de abrirse paso al sector inmobiliario ―las palabras salieron algo nerviosas de la boca del muchacho, pues el rictus serio y algo amedrentador que tenía Edward Masen daba para ponerse algo tenso.
―Es verdad ―respondió con la voz profunda de siempre―. Por cierto, el proyecto que presentaron fue toda una sorpresa, muy innovador, lo digo a pesar de que no sé mucho de arquitectura.
Tyler sonrió, agradecido de que a pesar de la prestancia seria de Edward, este se diera el tiempo de elogiar a su estilo el trabajo de su equipo. No tenía cómo saberlo, pero Edward no halagaba por agradar, lo hacía cuando realmente las cosas lo merecían. Si debía criticarlo con dureza, lo hacía y le importaba poco la reacción del resto ante su sinceridad. No gustaba de las personas que se llenaban la boca en halagos que para él sonaban como la manera fácil de caer bien y ganarse rápido la confianza de la otra persona.
Damián se encontraba tranquilo pues los nuevos muchachos con quienes trabajaría, estaban llenos de vitalidad y ansiosos de ponerse en marcha. Vio que su hijo hablaba con Tyler, así como los otros dos arquitectos lo hacía con Garrett y James, pensando en que sería una buena forma de comenzar a abrirse paso, en aquel nicho de negocio.
―Bueno, todo el mundo está aquí entusiasmado por escucharlos, arquitectos ―anunció Damián una vez que todo mundo se había acomodado en sus sitios alrededor de la mesa de doce puestos―. Así que Tyler, creo que eres el encargado de mostrarnos los diseños en 3D del proyecto y contarnos con lujo de detalle de lo que se trata.
Tyler P. Jones entonces se puso manos a la obra. Abrió su Mac desde la cabecera de mesa contraria a donde Edward estaba sentado, alistándose para empezar. Mientras, en una esquina, y sin haber sido invitada, Victoria pasaba sus codiciosos ojos por la estampa tan… atractiva del joven arquitecto, quien se dispuso a hablar de lo que sabía. Pero Victoria tenía sus oídos bloqueados concentrada más bien en darle una buena repasada al joven: de cabello negro azabache que carecía de orden y unos ojos de un extraño color azul negruzco. Su cuerpo era atlético, como el de los deportistas, o más bien como el de modelos de pasarela, cubierto en aquella ocasión por un traje gris formal que le sentaba impecable, prescindiendo de la corbata y dándole un aire relajado, pero formal.
El equipo directivo de "Lux et Umbra" oía con verdadero interés los detalles del proyecto que esa pequeña firma consultora se había adjudicado. Después de aquello vino una ronda de preguntas que cada arquitecto se apresuró en responder, advirtiendo que todos estaban al tanto de los pormenores de la obra. Enseguida delinearon los detalles de los contratos que vinculaba a la empresa de arquitectos, sin un nombre formal, con la empresa que dirigía Edward.
―Es primera vez que nos asociamos con una empresa tan grande, ejem… ―comentó nerviosa la única mujer del equipo de arquitectos cuando estrechaba su pequeñas mano―. ¡Estoy un poco hiperventilada!
―Entiendo, no te preocupes ―comentó Edward, mirando a Garrett que también sonreía por las carcajadas nerviosas que soltaba la pequeña mujer ― y creo que ahora están en todo su derecho de celebrar…
― ¡Mierda, sí!
―¡Maggie! ―exclamaron con estupor Benjamín y Tyler ante el arranque de Maggie, que se sonrojó violentamente.
―Ejem… deseamos que todo resulte bien ―intervino Benjamín, tratando de salvar la situación, ante las sonrisas graciosas que intercambiaban los altos mandos de la empresa―. Esperamos seguía haciendo muchos proyectos en adelante.
―Así será ―respondió Benjamín, volviendo a estrechar la mano del arquitecto, en un ambiente relajado como pocas veces se daba al cierre de un negocio.
― ¿Entonces? ¿Qué les parecieron nuestros nuevos socios? ―preguntó Benjamin a sus colegas, deshaciéndose de su corbata cuando ya iban montados en el coche camino a su lugar de trabajo.
―Bastante mejor de lo que me imaginaba. Somos una empresa pequeña en comparación al gigante que ellos dirigen, pero aun así los pude ver entusiasmados con el plan de trabajo que se les propuso ―concedió Maggie, quitándose los zapatos de tacón que le estaban matando a ella que estaba acostumbrada a usar calzado más ligero.
―¡Logramos impresionarlos, muchachos! ―exclamó Tyler, dando marcha a su vehículo―. Y mañana durante la cena podremos verlos desenvueltos en otro ambiente, ¿no les entusiasma?
―¡Una fiesta! ¡Claro que nos entusiasma! ―comentó Maggie, lista para comenzar a celebrar esa misma noche. Tyler en tanto, pensaba sobre los asuntos pendientes que debían cubrir con el resto de sus pequeños clientes a quienes no dejarían de lado, además de la llamada de su padre, Liam, que le dejó como siempre que él aparecía, un gusto amargo en la boca. Esperaba que no fuera pájaro de mal augurio para la nueva etapa de su vida que estaba por comenzar.
Y bueno, ya damos inicio a la segunda parte de las aventuras del ogro. Espero con todo mi corazón que sea de vuestro agrado y que la disfruten.
A las que han seguido a este difícil hombre desde la anterior historia "De la oscuridad a la luz", les agradezco infinitamente que sigan fieles con él; a quienes se integran ahora, pues espero lo disfruten.
A mi super equipo, Gaby Madriz, Maritza Maddox y Manu de Marte mi amor infinito por vuestra colaboración; a las nenas del grupo de whatsapp que cada día me sacan una sonrisita, y a quienes siguen las noticias en la página de facebook ( groups/Subversivas/) GRACIAS GRACIAS GRACIAS A TODAS.
Nos reencontramos el próximo miércoles. Besos y abrazos a todas.
Cata!
