¡EL OGRO A VUELTO!
A LEER DAMAS
Capítulo 2
La mujer se miraba frente al espejo de cuerpo entero, evaluando su atuendo para la cena de negocios a la que acompañaría a su esposo esa misma noche. Su vestido era de un color purpura oscuro, muy elegante, que se ajustaba perfectamente por su torso hasta sus caderas, y que caía hasta sus pies muy ligero, sujeto por un hombro con una tela llena de aplicaciones en pequeñas piedras metálicas. Su cabello estaba tomado en la nuca con un fino moño, luciendo en su cuello largo el exquisito collar de diamantes que fue regalo de su marido, a juego con unos aretes de oro blanco, presente de su suegro. Miró su maquillaje delicado y como último toque, roció en su cuello un toque de perfume con fragancia de rosas, el mismo que usaba desde hace años, el mismo que encantó a su marido la primera vez que se le acercó con segundas intenciones, esto hace ya más de dos años.
―Joder, demonio.
La sorprendió por detrás la exclamación tan particular de su marido, a quien miró girando su cabeza por encima de su hombro con una expresión seductora. El hombre ogro no demoró en acercársele y tomarle por la cintura desde atrás y besar su recién perfumado cuello. Ella se estremeció como siempre lo hacía y se relajó en el abrazo tan posesivo de su esposo.
―Joder, demonio ―volvió esta vez a exclamar en un susurro ronco justo debajo de su oído, dejando un suave beso allí― no deberías lucir tan apetitosa…
― ¿Apetitosa, Edward? ―le preguntó, mirándolo por el reflejo del espejo frente a ellos. Edward sonrió lobunamente, mordiendo ligero el cuello de su esposa.
―Apetitosa, sí, porque ahora mismo te quitaría con los dientes ese espectacular vestido y te devoraría completa, para saciar mi hambre, mujer.
Bella no pudo evitar sonreír, mientras apretaba sus piernas para detener el flujo caliente que sintió entre sus muslos. Si por ella fuera, se quedaría en casa y dejaría que Edward cumpliera su amenaza de devorarla como otras muchas veces, casi a diario, ya lo había hecho. Pero no podía, la cena de esa noche era una cuestión importante y no dejaría que Edward se ausentara para suplir sus fantasías, además ya habría tiempo para eso cuando regresaran… o quizás podrían encontrar un sitio alejado en aquel salón de fiestas donde poder escabullirse y… gozar un poco.
— ¿Demonio lujurioso, en qué estás pensando? Tus ojos se dilataron y tus mejillas estás sonrojadas… dímelo.
―Estoy pensando en lo apetecible que también te ves, esposo. ―Se giró y apartándose un poco, pasó sus manos por la solapa del traje lustroso y negro que lucía su marido, a tono con la corbata gris oscura que sobresalía sobre la camisa relucientemente blanca. Todo un galán. Su galán.
Edward torció su boca con una sonrisa socarrona y alzó sus cejas con gesto orgulloso, inflando su pecho cuál pavo real.
―Ya lo sé ―respondió, guiñándole un ojo, antes de acercar sus labios y besarla. Bella respondió a él y rodeó los hombros anchos de su esposo, dejándose llevar por un rato. Ni siquiera se preocupaba de que su labial podría quedar estropeado después de aquel beso o que su peinado pudiera arruinarse si él se dejaba llevar, porque simplemente, cuando Edward Masen la tomaba entre sus brazos, ella se olvidaba de todo a su alrededor. Pero esta vez, ambos sabían que no podían dejarse llevar, pues lamentablemente tenían compromisos que cumplir, siendo él quien apartó primero su boca de la de su mujer.
―Basta de provocarme, demonio, tenemos que irnos.
―Lo sé ―suspiró ella, volviendo a girarse para quedar frente al espejo y ahora sí darse el último vistazo―. ¿Clarisse está dormida?
—Por supuesto, le leí por enésima vez a Pinocho y con eso quedó conforme. Carmen está en la sala de televisión con el intercomunicador y nos llamará si se ofrece algo.
―Bueno pues, ¿ya es hora, no? ―se giró y caminó hasta una de las puertas del amplio closet, sacando primero el largo y negro abrigo de Edward, entregándoselo antes de buscar el que llevaría ella, del mismo color del de su marido. Caminaron fuera del walk in closet directo hasta el pasillo y llegar al cuarto de la pequeña niña, que dormía plácidamente, antes de bajar por las escaleras y pasarse por el cuarto de televisión en donde se despidieron de Carmen, recordándole como siempre, que podía llamar si algo se ofrecía. Ella les dijo que se fueran tranquilos, que cuidaría bien de la pequeña, y después de aquello, el matrimonio salió de la casa rumbo al estacionamiento contiguo a la entrada, donde tras montarse sobre el Mercedes Benz gris, partieron rumbo a la cena con los nuevos empresarios y otros conocidos.
―Victoria estaba muy agradecida que la incluyeran en la lista de invitados a la cena ―comentó Bella mientras miraba su teléfono celular. Edward apenas la miró de reojo y los rodó a continuación.
―No tenía idea que habían incluido a tu amiga en la lista de invitados ―comentó Edward, pasando el dedo índice por el cuello de la camisa―. Estas cenas son para ejecutivos de la empresa, generalmente las secretarias no son invitadas.
―Creo que James la invitó como su acompañante, ¿no te parece fabuloso que pudieran congeniar? James es soltero y atractivo, igual que Victoria…
Edward siguió escuchando a su mujer y los beneficios de que su amiga se emparejara con el pobre James con espíritu de cura. Él creyó haberlo persuadido de no invitar a la colorina descarada, pero quizás, la muy desfachatada secretaria, fue la que tal vez se le insinuó al casi beato James para que la invitara. Al menos, pensó Edward mientras giraba en una esquina, aquella mujer, se dejaría de sus tontos coqueteos hacia él.
Bella y Edward entraron al salón con sus manos entrelazadas al salón y a quienes primero se encontraron bebiendo champaña, fue a la pareja de amigos compuesta por Kate y Garrett. Él parecía estar aguantando estoico la ira verbal que estaba soltando su novia justo cuando el matrimonio Masen se les acercó. Se saludaron, tomaron dos copas de champaña cuando un camarero pasó ofreciéndoles a los recién llegados y se prepararon para seguir oyendo lo que molestaba a la pobre Kate, quien enseguida se giró hacia Bella antes de hablar. Acomodó su largo cabello rubio de tal forma que cayera como cortina tras su espalda y comenzó hablando lo más relajadamente posible, cuestión que duró muy poco.
―Mira, Bella, yo sé que es tu amiga, pero… ¡¿puedes creer que llegó como acompañante de James a la cena?! Y eso no es lo más terrible, su atuendo dejaba muy poco a la imaginación ―Bella mirada incómoda a su marido, mientras que él miraba a Garrett que solo se limitó a alzar sus hombros, mientras la mujer seguía escupiendo su malestar―. La muy… descarada, se atrevió a besar a mi marido justo en la comisura de sus labios, ¡y en mi presencia! ¿Qué clase de mujer, es, eh? ¿A caso no sabe dónde está, o el tipo de gente que la rodea justo en este momento? ¡¿De dónde la sacaste, eh?!
Bella estaba roja y respiraba rápido. Las palabras de Kate que soltó sin mala intención la hirieron de igual forma. Entonces la mujer de Edward carraspeó y dejó sobre una mesa la copa de champaña que ni siquiera alcanzó a probar y se llevó la mano al cuello como acto reflejo, probablemente por el nudo que se había formado justo en ese lugar. Aun así, no se quedó callada.
―Lamento que mis amistades no sean tan finas como las que seguramente tienes tú. No es una puta, por si es lo que te estás preguntando, aunque de cualquier forma lamento haber permitido que se mezclara con la gente de tan fina estampa que ahora mismo nos rodea, y de quien probablemente ni ella ni yo seamos dignas. Ahora con su permiso, voy al tocador.
Así, dejando a Kate muda y con sus ojos verduzcos abiertos por la impresión de las palabras de la esposa de Edward, caminó hacia los corredores donde encontraría el tocador. La rubia acompañante de Garrett, después de recobrarse de la impresión, pestañeó rápido y miró a su esposo y a su amigo alternadamente. El primero torcía la boca, como diciéndole que quizás se le había pasado la mano, y el segundo… el segundo estaba que echaba chispas a través de su mirada.
―Acabas de ofender a mi mujer, Kate… ¡Jodidamente la ofendiste! ―dejó su copa de un golpe seco sobre la mesa y la miró con visible enojo―. Esta no voy a perdonártela…
― ¡No lo dije con esa intención, Edward!
― ¡Te pedí que dejaras de darle tanta importancia a esa mujer, joder! ―regañó ofuscado, intentando mantener su tono bajo control a través de sus dientes apretados―. ¡Deja que se vista como quiera, deja que salga como quiera! ¡Ves jodidas cosas donde no las hay, y si es por lanzarte sobre las mujeres que intentas besar a tu marido, pues te informo que tu lista debiera ser bastante más larga…!
―Óyeme, no… ―lo paró Garrett, alzando su mano desocupada. Kate seguía parpadeando ahora arrepentida de su metedura de pata.
―Será mejor que vaya a buscarla y le pida disculpas ―explicó con la idea de seguirla hasta el tocador.
―Lo mejor es que le des un tiempo a solas ―suspiró Edward, restregándose los ojos― o al menos déjame ver primero cómo se encuentra.
―Edward, lo que dije lo hice sin intención de ofenderla, te lo prometo…
―Vale, vale, pero contrólate para la próxima vez y deja a la colorina en paz, por vida de Dios.
Edward se giró con la intención de encontrar a su mujer metida en baño para damas, donde entraría a buscarla si era necesario, pero mientras enfilaba hacia ese sector murmurando maldiciones por lo bajo, fue interceptado por Damian, quien lo miró con su frente arrugada con claro signo de preocupación intuyendo que algo le pasaba a su hijo, pero antes que pudiera averiguarlo, su acompañante, Benjamín Stern, el joven arquitecto parte de la tripleta que ahora trabajaban con ellos, ya estaba estrechando la mano de su hijo en señal de saludo, contándole lo encantados que estaba de encontrarse allí y de lo agradecidos que estaba de ellos por permitirles conocer más empresario. Edward suspiró, intentando ponerle atención al hombre, mientras esperaba poder zafarse de la conversación esa e ir por su demonio.
Pero Bella deseaba un momento a solas para tranquilizarse. Sabía que no podía montar un espectáculo en aquella cena y trató de no hacerlo, pero tampoco iba a quedarse callada sin usar su derecho a réplica contra Kate y sus opiniones que para ella fueron muy ofensivos. Sabia Bella, que su amiga era un tanto alocada y todo eso, pero su ánimo aquellos pasados meses era exultante después de no poder conseguir trabajo pese a ser una secretaria profesional. Bella no dudó en tenderle una mano y pedirle a Edward que hiciera une espacio para Victoria en su empresa, sin pensar que la pondría directamente como su secretaria personal solo para congraciarse con ella. Hacía bien su trabajo, siempre cumplía, pues de lo contrario Edward ya la hubiera sacado de donde estaba o de plano la hubiera despedido…
Afirmó sus manos sobre la encimera de mármol inspirando y expirando lentamente para recobrar la compostura antes de salir rumbo a la cena donde dejó a su marido, quien sabía que vendría a buscarla después de darle su espacio, por lo que prefirió no preocuparlo más, enderezándose y sintiéndose lista para regresar al salón.
Iba por el pasillo mirando su sobre de terciopelo negro para rebuscar su teléfono y cerciorarse de no tener llamadas perdidas de su tía, cuando chocó con un muro de músculo que al parecer, también iba pendiente de mirar su teléfono móvil hacia el pasillo, en sentido contrario que Bella.
―Oh, perdone, no iba prestando atención ―se explicó Bella disculpándose. El hombre alto y de atractivo sin objeciones, bloqueó su teléfono y lo guardó en su bolsillo, negando con la cabeza mientras en sus labios se dibujaba una pequeña sonrisa.
―La culpa es mía, estaba enviando un texto y… ―dijo él, con su voz ronca natural, también a modo de disculpa.
―No, no, es mi culpa…
―Creo que lo dejamos como que es culpa de ambos, ¿no crees? ―propuso él, sonriéndole a la mujer frente suyo, que resplandecía hermosa como pocas veces vio antes. Para él, las mujeres lindas eran comunes, pero las hermosas y resplandecientes mujeres escaseaban, pero las había. Eso lo constató cuando vio a aquella dama de rostro con forma de corazón que le sonreía sin segundas intenciones.
―Bueno, sí, eso es mejor… permiso ―con un movimiento de cabeza Bella se despidió, pasando a directo hacia el gran salón y dejando al hombre, allí parado como un bobo, contemplándola, y con todas las preguntas que no alcanzó a formular: ¿Cómo te llamas? ¿Vienes sola? ¿Puedo acompañarte? ¿Saldrías conmigo? Pero sin duda, y por cómo iba vestida, se la toparía allí afuera, entre el mar de empresarios que pululaba por el salón. Mientras pensaba en cómo abordarla de nuevo y aun parado en medio de aquel pasillo, el móvil que guardó en la cartera de su chaqueta gris oscura vibró, haciéndolo regresar a tierra. Vio el nombre masculino en la pantalla y rodó los ojos, guardándolo sin prestarle atención, y regresando hacia la cena en busca de la mujer misteriosa que lo cautivó con su presencia, pensando en que con suerte la encontraría del brazo de su padre que seguro era uno de los hombres de negocios allí afuera.
En tanto, Bella no demoró en divisar a su esposo, que se encontraba hablando con un grupo de caballeros y de damas, pudiendo distinguir a Damian, Rosalie y Emmett. Sonrió y fue recibida en los inmensos brazos de Emmett, el otrora chofer de Edward, quien había decidido ahora enderezar su camino y ejercer finalmente su título de abogado.
―Ya se me hacía raro que el ogro de tu marido, no te tuviera encadenada a su lado ―murmuró en broma Emmett cuando dejó un beso en su mejilla. Ella se rio enseguida abrazó a Rosalie, que le preguntó por Clarisse y por Carmen, mientras Edward, seguía preso por la palabrería apresurada que salía de la boca de la hiperventilada Maggie Clark que completaba la tripleta de arquitectos, mirando él a su mujer e intentando buscar en ella, algún rastro de rabia, desazón, o restos de lágrimas que dejaran entrever su malestar después del desagradable encuentro con la impertinente de Kate, pero no encontró nada de aquello, sino su siempre hermosa sonrisa engalanando su perfecto rostro. Ella le devolvió la mirada y le guiñó un ojo, con lo que Edward se relajó un poco.
Entonces fue el momento que Damián acercó a su nuera hasta donde Edward hablaba con los dos jóvenes a quienes ella no conocía.
―Chicos, quiero presentarles a Bella ―Benjamín enseguida atinó a extender su mano para saludar a la chica, mientras Damian le explicaba a Bella, que ese joven y la chica a su lado que después la saludó, eran los arquitectos que pondrían en marcha el proyecto inmobiliario. Estaban en eso cuando el joven con quien Bella chocó en el pasillo se unió a ellos, no pudiendo este esconder su sonrisa encantada al reencontrársela… ni pudo disimular su desazón dos segundos más tarde cuando vio a Edward Masen tomar a esa mujer por la cintura y puntualizar que era su esposa.
El ogro dejó un beso en su sien y permitió que la llenara de halagos después de exponer sobre o talentosa de Bella en el rubro del marketing y sobre lo hermosa que era, simplemente porque ella se lo merecía.
―Por cierto, él es Tyler —apuntó Damian, presentando al arquitecto quien era parte del grupo de profesionales que trabajaría con ellos. Los ojos de Bella se iluminaron divertidos, tendiéndole la mano al chico del pasillo, que sabía ahora se llamaba Tyler.
―Nos conocimos en el pasillo que dan a los excusados ―comentó ella a Edward y a Damian, que se carcajeó como si aquello fuera una buena broma. Tyler torció la boca y saludó luego a Edward con una sacudida de mano, pero su concentración regresó enseguida hacia la mujer que había chocado con él momentos antes, preguntándole más sobre qué hacía, en donde trabajaba, sus aficiones y todo eso, provocando que cierto ogro gruñón sintiera el peso de los celos, pues su encantadora mujer le respondía a Tyler con mucho gusto, e incluso tuvo la fortuna ―irónicamente hablando― de sentarse junto a él en la mesa durante la cena.
Hablaron y hablaron mientras Edward, gruñía en modo silencioso, tratando de poner atención a lo que los demás empresarios y personas le decían. La demonio que tenía por esposa apenas le dedicó unas cuantas miradas durante la comida, debiendo bancarse el sonido de las carcajadas que se oían a su costado derecho, entremezclándose las de Rosalie, Emmett, su mujer y el recién llegado.
― ¿Entonces Edward? ―preguntó uno de los viejos empresarios que los acompañaba en la mesa―. ¿Estás listo para viajar a Europa? He oído que el negocio va viento en popa por esos lados y que esperan tu arribo junto al de los demás socios.
―Jacob precisamente está allí cubriendo eso. Una comitiva viajará cuando sea el momento.
Un estallido de carcajadas se volvió a oír de lado derecho de la mesa, volteando él su cabeza hacia aquel sector, encontrado a Bella bebiendo agua para calmar la risita.
― ¿Puedes controlarte? ―gruñó él a su mujer entre dientes, apretando bajo la mesa su pierna sobre la tela suave de su vestido. Ella le devolvió la mirada, no como la esposa sumisa que obedeciera, sino con ojos agudos y confrontacionales.
―Simplemente nos estamos riendo por las payasadas que habla Emmett. Me la estoy pasando muy bien, así que no me estropees la velada.
― ¿Estropearte la velada? ―volvió a gruñir en tono bajo, pegando prácticamente su nariz a la de su mujer, dándole lo mismo que estuvieran dando un espectáculo a los restante compañeros de mesa.
―Sí, tengo que buscar entretenerme de manera sana mientras tú hablas de negocios que no entiendo. Estaría rumeando si no me hubiera encontrado con ellos…
― ¿Entretenerte de manera sana? ―preguntó Edward ahora con una chispa lívida en sus ojos. Ella lo fulminó con la mirada.
― ¿Fue lo único a lo que prestaste atención de todo lo que dije?
―Siempre te presto atención, demonio ―murmuró aún más despacio, mientras los demás comensales regresaban a sus charlas, ignorando el dialogo del matrimonio―. Ahora dime, qué otras maneras podrían ayudar para aplacar el aburrimiento.
―Ya sabes ―susurró mordiendo su labio. El bendito labio. Entonces segiró, haciendo hacia atrás su silla y dejando la servilleta de lino blanco a un lado del plato ya vacío. Tomó la mano de Bella para hacer que también se levantara, mirando en tanto a su padre.
―Vamos a comunicarnos con Carmen para ver cómo va todo con Clarisse.
―Adelante, hijo.
Y sin más, el matrimonio se dirigió hacia las puertas dobles de madera que daban a los corredores de los baños, donde se encerraron y se divirtieron con un rapidito, mientras que en la mesa Benjamín se quedaba pensando en uno de los nombres que Edward dijo antes de retirarse.
― ¿Quién es Clarisse? ―preguntó el joven a Damian, a quien se le iluminaron los ojos a la vez que una sonrisa destellaba en sus labios.
―Es mi nietecita, la hija de ellos ―respondió, refiriéndose a Bella y Edward.
Benjamín, sonrió y giró su cabeza hacia donde el matrimonio había desaparecido con la excusa de una llamada telefónica, pensando en que llegaría su momento de formar una familia con alguien tan guapa como Bella… o como Maggie, quien apenas lo miraba como su colega.
Tyler, en tanto, se quedó pensativo después que Bella desapareciera con su marido… con su suertudo marido. Él siempre se preocupó de sacar adelante su carrera, y su vida, procurando siempre anteponer el bienestar de su madre, que era una maestra de escuela primaria. Su vida nunca fue de lujos, un poco irónico sabiendo el mundo de comodidades que rodeaba a su progenitor, quien nunca se casó con su madre, abandonándolos a ambos a su suerte. Y con todo eso, con toda su mente y sus esfuerzos puestos en salir adelante, su vida personal y sentimental había quedado a un lado. A penas podía contar con una mano las veces que había tenido novia, ninguna fue seria, y no porque no haya tenido la oportunidad, sino porque en aquel momento, no le interesaba. Pero ahora, que su vida estaba del todo estable… necesitaba compartir sus sentimientos con alguien… Y ¡Dios!, cuando vio a Bella en el corredor, pensó que ella sería la mujer adecuada, se imaginó en fracción de segundos recorrer el resto de su vida junto a ella, aunque sabía ahora que eso era imposible, al menos con ella.
―Tyler, parece que estás en otro planeta ―susurró Maggie a su lado, golpeando su copa de vino a medio beber con la del joven, quien apenas había tomado de la suya. Entonces salió de los profundos pensamientos en los que estuvo sumido durante minutos, desviando su vista hacia su joven amiga, a quien conocía desde que ingresó a la universidad.
―Todo esto es…abrumador, ya sabes…
―Por cierto, ¿tu padre… volvió a comunicarse contigo?
―No, y espero que no aparezca, no en este momento en que todo está saliendo bien.
―Quizás quiera hablarte para felicitarte… ya sabes.
―Me temo que esa posibilidad es nula, Maggie ―le sonrió, buscando relajarse y hacer a un lado los pensamientos que tuvieran que ver con su progenitor. Tomó entonces su casi intacta copa de vino, y la alzó hacia su compañera―. Mejor relajémonos y disfrutemos nuestro momento.
―Salud por eso mi amigo.
En el mismo lugar, pero en el último rincón escondido del sanitario de señoras, Edward tenia sujeta a su mujer por la cintura, mientras esta lo rodeaba con una pierna por la cadera y con sus brazos por los hombros, mientras ahogaba sus gemidos dentro de la boca ansiosa de su marido, que no había demorado en meterla en aquel baño, subirle el vestido, soltarse el pantalón y dejar su miembro erecto libre y listo para adentrarse en ella.
― ¡Mierda, demonio! ―exclamó mientras gemía―. Odio estar haciendo esto en un baño, pero… ¡Joder! ¡Mierda!
Bella hizo hacia atrás su cabeza y con sus entrañas aferró fuerte a su marido hundido dentro de ella, lista para su liberación que se dio exquisita al cabo de unos segundos, igual que la de su esposo. No sabían si alguien había intentado entrar, ni cuánto tiempo había pasado, y menos si habían sido descubiertos, simplemente les daba igual, porque estaban amándose con el anhelo de la primera vez, daba lo mismo el lugar.
Se quedaron abrazados y jadeando por pocos minutos, hasta que sus respiraciones se normalizaron un poco. Edward, que tenía su frente recostada sobre el hombro de su mujer, se apartó y miró a su demonio, pasándole la mano por el rostro encendido por la pasión. Sus ojos dilatados y sus labios enrojecidos hacían volver a desearla, sin contar que aún se encontraba dentro de ella. Odiaba estar en aquel lugar, odiaba esa cena y a esa gente a su alrededor, cuando ambos podrían estar en su casa, en su cama amándose libremente y no con el miedo de ser descubiertos, aunque no era algo que le preocupara.
―Tan hermosa ―le susurró, besando sus labios despacio, con adoración―. Tanto, que tienes a todos los hombres allí afuera babeando por ti.
Ella sonrió y fue su turno de pasar sus manos por el rostro firme de su esposo y por su cabello ahora despeinado gracias a ella.
―Me quiero ver bonita únicamente para ti, Edward.
―Soy la envidia encarnada allá afuera…
―Allá afuera donde tendríamos que regresar.
―Sí ―asintió él, no con muchas ganas, saliendo del cuerpo de su mujer con mucho cuidado, ayudándola a continuación a arreglarse el vestido, en aquel reducido espacio, guardando en el fondo de su bolsillo, las braguitas que él había hecho añicos.
Salieron del cubículo con la suerte de que nadie estaba ocupando los lavados, viéndose ella en el espejo para retocar su peinado y su labial, mientras él arreglaba su corbata y se abrochaba la chaqueta.
―Odio que Kate te hubiera hecho sentir mal con lo que dijo cuando llegamos. Se lo hice saber, por cierto ―comentó Edward, afirmando su cadera sobre la encimera de mármol mientras su mujer se arreglaba. Ella lo miró por el rabillo del ojo y se alzó de hombros.
―Entiendo su punto, entiendo que esté enojada porque es la gerente de recursos humanos en tu empresa, pero no puede hablar de Victoria como si fuera una… ya sabes, mujerzuela.
―Lo sé. No le hagas caso, yo no lo hago ―dijo él, usando un tono conciliador.
―Es lo que intento, no podía quedarme callada y parecer que estoy de acuerdo con ella.
―Y ya deja de arreglarte, que te ves hermosa ―Edward detuvo la insistencia de Bella por mejorar su aspecto, tomándola por los hombros para ponerla frente a él― no soporto como ese… tipo te mira.
― ¿Qué tipo?
―Tyler. Parece corderito mirándote de esa forma.
―Es muy simpático, me pareció un buen hombre.
―Lo será, mientras mantenga sus manos y sus ojos lejos de lo que es mío ―gruñó, olisqueando su cuello. Bella rió y ordenó a su marido que salieran de una vez del baño, cruzándose con una mujer ya mayor justo en la salida, que los miró con ojos desorbitados. Edward le hizo una reverencia mientras que Bella se ponía roja de vergüenza, saliendo rápido de allí.
Al regresar al salón, vieron que una banda estaba tocando música suave y que algunas parejas estaban bailando en la pista de baile acondicionada allí. El bar a un costado también ya estaba lleno, mientras que las conversaciones y risas de grupos de empresarios y sus acompañantes llenaba el lugar.
― ¡Bella!
La aludida giró su cara hacia el lugar desde donde provino el chillido, encontrándose con su amiga Victoria que venía acercándose a ella del brazo de James… el sonriente James. Ella, con un vestido de raso rojo, sin hombros ni espalda por supuesto, y con una abertura que mostraba su pierna bronceada y desnuda cuando caminaba, y con un escote de infarto que provocaba que todos los hombres allí se giraran para mirarla. Se veía linda, pensó Bella, deduciendo que Kate sentía más bien envidia por la estampa de su amiga, quien la abrazó cuando llegó junto a ella.
―Te ves despampanante, amiga ―le dijo, Victoria cuando la soltó.
―También tú. Y dime ¿te estás divirtiendo? ―le preguntó Bella, saludando a James, y mientras lo hacía la secretaria amiga suya se acercaba lobunamente a Edward para dejar un beso apretado en la comisura de su boca.
―Victoria ―le dijo él a modo de amenaza, pero ella simplemente se rio y regresó a tomar el brazo de su acompañante.
―Lo estamos pasando de maravilla, aunque lamentamos no haber quedado en la misma mesa, ¿verdad, James?
―Pues sí ―respondió este, un poco achispado por las copas de champaña que seguro se había bebido. Edward rodó los ojos y tomó por la cintura a su mujer, para seguir con una charla insustancial con la pareja aquella en lo que pasaba el tiempo antes de regresar a casa.
**oo**
—No la veo sorprendida por mi visita, Elizabeth ―dijo el señor Patterson con cuando el gendarme abrió el portón de metal para hacer entrar a la reo quien miró a su visitante con ojos carentes de cualquier expresión.
―Durante dos años, usted ha sido la única visita que he recibido, fuera de mi abogado, claro ―se sentó frente a Liam y puso sus manos sobre la mesa de madera―. ¿Ha pensado en lo que conversamos la vez anterior?
―Por supuesto, de lo contrario no habría regresado. Pero antes de ahondarnos en esos temas, déjeme que le cuente… ―se acomodó afirmando su espalda ancha en el incómodo respaldo de la silla de madera―. Esta mañana estuve revisando los periódicos y aparecieron fotografías de una cena anual de empresarios, y no sabe lo que encontré…
―Odio los rodeos, señor Patterson. ―dijo ella sin un ápice de emociones ni es su rostro ni en su voz. Liam se atrevió a reír por el semblante de la mujer, quien al oírlo carcajearse, contrajo su boca en una mueca, como conteniendo con todas sus fuerzas para que por esta no salieran palabras ofensivas.
―Oh, Dios, Elizabeth, disculpe usted. Nada más quería contarle que me encontré con una espectacular fotografía de su nieto Edward del brazo de la señora Masen….
— ¡Yo soy la señora Masen! ¡Soy la única señora Masen! ―gritó indignada, golpeando con su puño la base de la endeble mesa de madera que se tambaleó por el golpe. El hombre alzó sus cejas con real sorpresa por el sobresalto de la mujer que defendió como fiera su título señorial dentro de la familia que al parecer, la tenia olvidada. Él carraspeó antes de continuar, mientras Elizabeth seguía con su rostro fiero por sus dichos tan desafortunados.
―Me refiero a la esposa de Edward que…
―Esa aparecida con aires de superioridad se da el lujo de llevar mi apellido sin merecerlo. Yo soy la señora Masen, y ella, una puta que cazó al estúpido de mi nieto.
―No creo que su nieto sea tan estúpido después de conocer la cantidad de millones que se ha metido al bolsillo con su empresa… ―explicó él, como provocando a la anciana, quien seguía respondiéndole sin bajar su ofuscación.
―Dinero que me pertenece por derecho. Él se adueñó de lo que es mío, me metió a la cárcel y se lavó las manos, quedando frente a los demás como la blanca paloma que definitivamente no es.
―Claro, por supuesto, Elizabeth.
―Escúcheme una cosa, señor Patterson ―se hizo hacia adelante con aquel semblante rígido y serio que la caracterizaba y que se había agudizado con los años que llevaba de cárcel― tengo que salir de aquí y recuperar lo que me pertenece. Tengo que ir allí y darle un escarmiento al estúpido de mi nieto…
―Lo hará, Elizabeth, lo hará, pero debe entender que debemos movernos con cautela, para no levantar sospechas. En este momento me estoy…instruyendo acerca del círculo que rodea a Edward para saber dónde y cuándo debemos comenzar a movernos.
―Quiero volver a sentarme a la cabeza de esa empresa y recuperará todo lo que le quitaron, y ya no tengo paciencia. Debemos comenzar a actuar
―A su momento, querida Elizabeth, todo a su momento ―la aconsejó él―. Usted se acercó a mí para obtener mi ayuda y es lo que obtendrá, pero debe ser paciente. También he hecho unos planes, pero de momento debemos concentrarnos en comenzar a mover los hilos para sacarla de aquí.
― ¡¿Y cuándo será eso?!
―Muy, muy pronto, Elizabeth.
Elizabeth no podía dudar ahora de haber mandado a llamar a ese hombre, quien parece se regodeaba sabiendo que en sus manos estaba la forma de sacarla de ese lugar. Debía ser desconfiada, sabía eso ella, pero no debía representarlo. Además, ella sabía que él cobraría su parte de todo eso, y debía estar preparada para cuando eso pasara, para sacarlo del camino antes que eso ocurriera. Pero le era inevitable sentir curiosidad sobre el por qué de la ayuda que ese hombre decía le prestaría… ese hombre que la miraba como si sintiera fascinación por ella, pese a estar en ese lugar, pese a estar vestida como estaba, carente de glamur y sin riquezas.
Y Elizabeth no estaba lejos en sus sospechas, pues el señor Patterson desde siempre había sentido una fascinación casi enfermiza por todo lo referente con la familia Masen. En sus sueños de adolecente él deseaba ser parte de esa noble familia y ser mirado con el mismo respeto y admiración con la que entonces miraban a los Masen, una familia tan perfecta. Soñaba con llevar a tomar helado a la única hija de August Masen que ni siquiera lo miraba, quien ni siquiera sabía de su existencia… Pero ya no más. La suerte caminaba junto a él y preparaba todo para que las cosas se dieran finalmente como él tanto las deseó, pues estaba pensando en sus ganancias más que en las que Elizabeth podría obtener.
Se aventuró entonces a inclinarse sobre la mesa y tomar las manos pequeñas, arrugadas y frías de Elizabeth, quien se sobresaltó con el contacto de las manos de ese hombre, pero sin atinar a soltarse de éstas. La miró como un hombre miraría a una mujer con afán seductor, entonces reiteró lo que antes ya le había dicho:
―Voy a sacarla de aquí, Elizabeth, y voy a hacer que recupere todo lo que le quitaron, y podrá vengarse de los que la humillaron y le hicieron mal. Se lo juro.
Elizabeth asintió despacio y se relajó, sabiendo que las palabras o las promesas más bien de ese hombre para con ella, se harían realidad.
Después de eso, salió él del recinto penitenciario y arrancó el motor del coche y enfiló hasta su casa, donde una joven mujer, varios años más joven que él, dormía después de una noche de sexo salvaje que a él tanto le gustaba practicar.
**OO**
Edward estaba tirado sobre la alfombra gris claro que cubría el suelo del cuarto de juegos de su hija, con quien estaba trabajando en construir un castillo con piezas de lego gigantes, para niñas de dos años. Iba vestido con un sencillo jeans azul y un jersey negro, atuendo relajado para un domingo hogareño con sus dos mujeres. Inicialmente habían decidido hacer actividades al aire libre, pero la lluvia que cubrió la ciudad aquella madrugada, había aguado sus planes, decidiendo aprovechar el día y quedarse en casa. Carmen, había partido esa misma mañana muy temprano de viaje por motivos de trabajo y las muchachas que les ayudaban con las tareas de la casa y el cuidado de la niña, tenían su día libre como habitualmente ocurría. Y Edward no podía negarlo, adoraba aquellos momentos a solas con sus chicas cuando simplemente se quedaban allí sin planes ni eventos por cubrir, tranquilos, en familia.
—Papito… aquí… ―ordenó Clarisse, pidiéndole a su padre que ensamblara una pieza rosada donde ella apuntaba con el dedo.
―A la orden, jefa… ―murmuró el padre, poniendo la pieza en el lugar que la jefa lo indicó. Al menos con el armado del castillo, Clarisse había olvidado la existencia de la infame batería que Bella había cubierto con una sábana y puesto eficientemente en una esquina de la salita. Edward, perdido en sus pensamientos mientras ensamblaba las piezas, pensaba sobre qué edad sería buena para que su hija comenzara a aprender a tocar un instrumento o practicar algún arte marcial. Estaba en eso cuando su esposa apareció con un tazón de yogurt de frutilla para dárselo a su hija cuando ya eran las once de la mañana.
― ¡Qué castillo más hermoso es este! ―exclamó Bella sentándose sobre el suelo, besando la cabeza de su hija― ¿Vas a vivir tú aquí, mi princesa?
―Ti mami… mi papi y yo… ―aclaró concentrada en montar muy bien uno de los muros del castillo. Bella sonrió y le mostró el pote con yogurt, dejando la niña automáticamente su trabajo con las piezas de Lego para comer su exquisita merienda de media mañana. Edward, mientras tanto, seguía con el trabajo de construcción.
― ¿Te das cuentas que tu hija solo pensó en ti para invitarte a vivir a su castillo? ―le preguntó Bella con diversión mientras daba de comer a sui hija. Él la miró y torció su boca.
―Estoy ayudando con la construcción, es lógico que al menos me toque una de las habitaciones, ¿no?
―No es justo, ¿sabes? Tú tienes a esta niña que se muere por ti y yo…
―Esta niñita lo único que hace es preguntar por ti cuando no estás cerca ―rebatió Edward, pero Bella negó con la cabeza.
―Me refiero a que… ―se mordió la boca, concentrándose en un momento en la cucharita llena de yogurt que metía en la pequeña boca de su hija, que aun vestía pijama. Edward entonces, dejó su trabajo con las piezas y se concentró en su esposa. Ese demonio tenía algo entre manos y por su nerviosismo que no lograba disimular frente a él, intuía que era algo importante.
―Suéltalo, demonio.
―Uhm… yo se que… cuando quedé embarazada de Clarisse fue sorpresivo para ambos, fue algo que no planeamos…
―Me recuerdo perfectamente ―señaló él mientras bella seguía concentrada en darle su alimento a la niña, sonriéndole de paso y evitando la mirada intrigada de su marido.
―Pero ahora… las cosas son diferentes, y pues… no me gustaría que Clarisse creciera sola sin nadie de su edad alrededor…
― ¿Estás tratando de decirme que quieres tener otro hijo, demonio?
― ¿Ni siquiera te lo planteas, Edward? ―preguntó ella con un dejo de preocupación cuando el yogurt se acabó y Clarisse se disparó a buscar algo entre sus tesoros, los juguetes.
Edward entonces, inspiró profundamente, recordando lo que fue en aquel entonces enterarse del embarazo de su mujer cuando las cosas a su alrededor no eran las mejores, cuando las cosas con él no eran las mejores, no cuando tenía sobre sus hombros un montón de miedos que se arrastraban desde la muerte de su madre, la desaparición de su padre y la lejanía impuesta hacia su hermana. Le daba miedo aquel entonces que la historia volviese a repetirse, por eso se negaba a tener hijos, pero ahora las cosas eran diferentes.
Bella en tanto, jugueteaba con una de las piezas del lego entre sus manos, mordiéndose su labio nerviosamente, mientras esperaba que Edward dijera algo. ¿Y si no decía nada, y si simplemente no quería tener más hijos? ¿Qué haría ella con sus deseos de volver a ser madre? ¿Qué pasaría con…? La sorprendió entonces no darse cuenta que su marido se le había acercado con la intención de sentarla sobre sus piernas, que fue lo que hizo, obligándola a mirarlo. Estaba serio, mas no enojado. Eso al menos la relajaba…un poco.
― ¿Quieres más hijos?
―Al menos dos más ―se apresuró en responder Bella sin ni una duda.
― ¡¿Dos más?! ―exclamó Edward con sus ojos muy abiertos y sus cejas alzadas―. Bueno, una vez te dije que si tú quieres algo, soy yo el que va a dártelo.
―Pero necesito que me digas si es algo que tú quieres. Estamos hablando de un hijo, no de un auto, Edward.
Edward la aferró por la cintura con un brazo mientras que con la otra mano tomaba su cara y la pegaba a la suya. Allí, con sus labios apenas separados por unos milímetros, respondió.
―Si eres tú la mujer que va a dármelos, claro que los quiero.
Bella sonrió y tomándose de los hombros de su marido, hizo desaparecer la distancia entre ambos a modo de agradecimiento… hasta que unas manitas de niña trataban de apartarla por los hombros de su hombre.
―Papi, besho yo, aquí ―demandó a su padre, poniendo un dedito sobre sus labios. Bella se rió negando con la cabeza mientras él atendía las demandas de su hija. Ella aplaudió con gusto y salió disparada de regreso a donde estaban sus tesoros, después de conseguir el beso de su padre.
―A eso me refiero, una niña siempre es más dependiente de su padre, mientras que un hombrecito…
― ¿Hombrecito, eh?
―Un niñito igualito a ti, eso es lo que quiero ―susurró con sus labios de regreso sobre los de Edward.
―Bien, demonios, pero tendremos que ponernos a practicar, y practicar y practicar para que salga el niño que tanto quieres ―susurró, mordiéndole el labio.
―Me gusta practicar… ―susurró muy coqueta ella de regreso, volviendo a tomar posesión de su boca antes que la pequeña dama, volviera a reclamar a su padre. Pero estaba feliz, feliz porque su familia al lado de Edward, seguiría creciendo, justo en ese momento de sus vidas en que todo estaba perfecto, donde nada malo podría ocurrirles.
Mis damas! Ya estamos con el segundo capítulo de esta historia. Les agradezco mucho que sigan tan entusiasmadas con las locuras del ogro y me lo hagan saber a través de sus comentarios. Mil gracias nenas, ya saben cuánto las quiero! =)
A Gaby Madriz, Maritza Maddox y Manu de Marte mi agradecimiento por estarme apoyando en esta aventura y porque siguen animándome a seguir adelante; a las nenas del grupo de whatsapp que están locas pero igual las quiero.
Y recuerden que ya iremos publicando adelantos y otras cositas en el grupo de facebook ( groups/Subversivas/)
UN GRAN ABRAZO A TODAS Y MUCHAS GRACIAS POR ESTAR AQUÍ.
Nos reencontramos el próximo miércoles. Besos y abrazos a todas.
Cata!
