¡EL OGRO A VUELTO!

A LEER DAMAS


Capítulo 3

―Te busca la monjita, Edward. ―Edward rodó los ojos dándole "enviar" al correo que estaba redactándole para Jacob, y después de oír como su secretaria llamaba a su visita.

―Es "hermana Manuela", Victoria ―hizo el reparo―. Hazla pasar, y por cierto, ¿dónde está Nadia?

―Atendiendo una video conferencia con unos rusos y tu padre, Edward.

―Bien. Haz pasar a la hermana y nos traes café, por favor.

―Estoy para servirle, jefe ―se oyó una risita cantarina antes de colgar. Edward no pudo hacer más que bufar y volverse a preguntar por enésima vez, por qué diablos no mandó a esa mujer a trabajar como secretaria de alguien más. Él no la necesitaba porque le bastaba con Nadia, su asistente personal que estaba a su lado justo desde que Jacob dejó ese lugar para tomar el mando de la vitivinícola, que en esos días no hacía sino sumar medallas por sus excelentes cosechas.

Finalmente, decidió levantarse y recibir a la hermana Manuela, que entró por la puerta de su despacho con la sonrisa amable que la caracterizaba. La monja le tomó las manos apretándolas ligero antes de seguirlo hasta el sofá blanco invierno de tres cuerpos que había en la oficina, donde se instalaron más cómodamente a conversar.

―Usted, hermana, me tiene abandonado ―criticó Edward haciéndose el ofendido. La monja sonrió mientras pasaba sus manos por el faldón negro de su riguroso hábito quela cubría de pies a cabeza.

―Ni te imaginas, he estado de un lado en estos últimos días.

― ¿Las cosas por el hogar marchan bien?

―Perfectamente, Edward. Lo que sucede es que he tomado una decisión y pues, venia precisamente a hablarte sobre ello.

Edward arrugó su frente, un poco curioso por lo que la hermana Manuela podría decirle.

―Los años se me han venido encima, Edward. Ya no tengo la vitalidad de antaño y para estar a cargo de un orfanato, la vitalidad no puede escasear, por todo lo que los niños necesitan. Además… la muerte de la hermana Gabriela es algo que caló hondo en mi ―bajó la mirada y jugueteó con una pelusa imaginaria―. Le hacía ilusión a ella quedarse a cargo del hogar cuando fuera el momento, pero…

―Pero la mataron antes que eso sucediera. ―La voz de Edward salió destilando ira y resentimiento. Él entendía lo que la hermana Manuela quería decir, porque era lo que él sentía. Solo Dios sabía lo mucho que extrañaba a esa monja que fue como su amiga desde muy pequeño, y solo ese mismo Dios sabe lo asqueado que se sentía de llevar la misma sangre corriendo por sus venas que la asesina de esa mujer que no se merecía morir como lo hizo; y aunque la maldita culpable estaba tras las rejas pagando su delito, él no lograba encontrar conformidad, debiendo arreglárselas para vivir con esa pena a cuestas.

La hermana Manuela y Edward se quedaron durante varios segundos en silencio, cada uno hundido en sus propios pensamientos, en sus recuerdos hasta que Victoria hizo su aparición con una charola con dos tazas de café, que por orden de su jefe llevó hasta allí y dejó sobre la mesita de centro de vidrio ahumado. Le hizo una extraña reverencia a la hermana antes de girarse hacia Edward y guiñarle un ojo para desaparecer momentos más tardes. La hermana Manuela arrugó la frente con algo más que curiosidad cuando vio a la secretaria de Edward hacer ese gesto, y antes de preguntar Edward la detuvo.

―De verdad, hermana, no pregunte. ―Se apresuró en tomar una de las tazas de café y ofrecérsela a la monja antes de tomar la otra entre sus manos―. ¿Puedo entender entonces con lo que acaba de decirme que va a colgar el hábito?

―No, Edward, las monjas no "colgamos el hábito". Simplemente voy a retirarme de la dirección del hogar y voy a dedicarme a prestar ayuda en un hogar de ancianos a las afueras de la ciudad. Creo que podré poner en práctica mis cursos de enfermería.

―Como lo hizo con mi abuelo…

―Exacto, como lo hice con Benjamin.

Edward inspiró profundo y desvió sus ojos hacia el ventanal que daba a la ciudad a un costado de donde estaba sentado. Arrugó su frente y recordó los últimos momentos de vida de su abuelo, quien había fallecido hace menos de un año por problemas típicos de su avanzada edad. Él debería sentirse tranquilo pues al menos procuró que su abuelo viviera rodeado de su familia y sus atenciones justo después de rescatarlo de aquel hospital psiquiátrico donde lo olvidaron, pero en su mente se oía vívido los murmullos de su abuelo, que en su agonía, lo único que hacía era llamar a su amada Lizzie, mujer que no se merecía que ese hombre haya muerto con su nombre en los labios. Le causaba indignación, asco y un profundo deseo de venganza aun no cubierta, pero él sabía que no debía pensar así. Su vida estaba en otra etapa fuera de ser vengativo contra alguien que ya estaba pagando.

―Bueno, si su trabajo será tan bueno como el que hizo con mi abuelo, debo decir que esas personas serán muy afortunadas, como lo fuimos nosotros y los niños que la conocieron.

La monja sonrió con ternura y agradecimiento, dejando su taza a un lado para desocupar sus manos y tomar las de Edward entre las suyas.

―Desde que entregué mi vida al servicio de Dios, supe que me recompensaría. Cuando te recuerdo a ti en tu infancia, con esas piernas largas y delgadas y te veo ahora hecho un hombre pleno y feliz, me siento recompensada. Y como tú hay tantos otros que han migrado desde un hogar de menores y han logrado salir adelante… ―cerró los ojos y tragó la emoción que trepaba por su garganta―. Lo que hago no es por mi propio beneficio, sino por servir al prójimo y sobre todo a Dios, que está en el rostro de los más necesitados.

―Prométame hermana Manuela, que sea donde sea que vaya, no dejará de comunicarse conmigo. Ya suficiente tengo con… haber perdido a la hermana Gabriela.

―Oh, hijo ―se atrevió a levantar su mano y acariciar el rostro de Edward con verdadera ternura, gesto que años antes Edward hubiera esquivado― siempre me tendrás a tu lado. No podría abandonar a mis niños, nunca…

―Sus niños… ―comentó Edward, riéndose― sus niños ya pisan los cuarenta años, hermana.

―Como sea, siempre lo serán―se rio, manteniendo sujetas las manos tibias de Edward―. Ahora, vengo para que te comprometas conmigo. El próximo miércoles llega al hogar la hermana que la diócesis eligió para tomar mi lugar al mando del hogar. Estoy ansiosa de que conozca a un buen grupo de jóvenes que han salido del hogar y que ahora son profesionales. Ya sabes, los chicos que llegan generalmente a un hogar de menores son niños vulnerables, pero aun así hay esperanza para ellos.

―Henos aquí como un claro ejemplo, hermana.

―Tú y muchos más —apuntó llena de orgullo―. Será una reunión entretenida y me gustaría que el resto de los muchachos no faltara, y por supuesto que desearía que Bella te acompañara, y don Damian por supuesto.

―Es un compromiso, hermana.

―La hermana Maritza está ansiosa de comenzar su trabajo allí y qué mejor que ustedes recibiéndola. Los niños están preparando actividades y todo eso, se han tomado muy bien el recambio.

La hermana Manuela estaba entusiasmada. Por supuesto, la idea de dejar el hogar donde había trabajado desde su juventud le causaba algo de tristeza, pero estaba consciente que los cambios eran para mejor.

No estaban seguros de cuánto tiempo estuvieron hablando sobre los recuerdos más alegres de su infancia o sobre los planes que se venían para los niños, hasta que la monja desvió sus ojos hacia un reloj de muro que colgaba en una de las murallas, abriendo sus ojos como platos.

― ¡Oh, Dios, casi es mediodía! ―Se apresuró en exclamar a la vez que se ponía de pie―. No puedo creer cómo ha pasado la hora. Perdona por hacerte perder el tiempo…

―No diga eso, hermana, es bienvenida a venir cuando quiera, nunca estaré ocupado para usted.

Caminaron hasta la puerta del despacho donde Edward volvió a comprometerse con ella para la cita del miércoles antes de que ella se retirara. Entonces caminó de regreso a su escritorio para retomar lo que había dejado, percatándose que ya Jacob había escrito una respuesta para el correo que le envió hacía algo más de una hora, el que leyó intentando concentrarse después de la ola de recuerdos sobre sus travesuras de infancia que la hermana Manuela trajo con ella. Con aquellos recuerdos y con una pequeña sonrisa en los labios se dispuso a leer el correo de su amigo para volver a responderlo y advertirle que su feo trasero debía estar de regreso la noche del miércoles, pues tenían una cita grupal con ciertas damas que vestían hábito negro.

Acababa de darle enviar nuevamente cuando sus ojos se toparon con el retrato de su demonio, en el que le sonreía con el sol del Mediterráneo de fondo, sacando automáticamente el celular que tenía guardado en el cajón de su escritorio y marcándole a continuación. Ella respondió al quinto llamado.

―Demoraste en contestar, demonio ―criticó él, medio en broma, medio en serio.

Estoy en el trabajo, Edward, precisamente cubriendo un trabajo que tú demandaste hacer aquí.

―Uhm… ¿cuál de ellos?

Tyler y una secretaria están aquí. Estamos viendo opciones para una buena imagen corporativa y la mejor forma de ligarla a "Lux et Umbra".

Edward apartó el teléfono de la boca cuando bufó quedándose en los oídos simplemente con el nombre del "tipo" aquel, que estaba de visita en la oficina de su esposa, el mismo hombre que no había parado de mirarla durante la cena de la otra noche, el mismo al que le arrancaría la cabeza y otras partes de su humanidad si se atrevía a poner sus manos o sus sucias intenciones sobre su mujer.

― ¿Edward, sigues ahí?

―Sí, sí…

―Hemos delineado unas ideas estupendas que las seguiremos comentando durante el almuerzo….

― ¿Perdona, vas a almorzar con él? ―preguntó, dejando salir a flote sus celos. Oyó que ella pidió disculpas, suponiendo él, que su demonio se apartaba para echarle la reprimenda.

― ¡¿Qué te pasa, eh?! Será como un almuerzo de negocios, incluso él mismo me propuso llamarte para que nos acompañaras, pero creo que sería una mala idea si…

― ¡¿Mala idea, dices?! ―la interrumpió él. Aquello sería una autentica pelea matrimonial, supo Edward―. ¿Ahora resulta que quieres un almuerzo privado con el "arma casas" ese?

―El "arma casas" como le dices, llegó hasta aquí por petición tuya, y no ha venido solo, sino con una secretaria….

―A la que le dirá que se vaya para dejarlos a solas, ¿crees que no sé cómo se mueven los tipos como él?

— ¿Será porque usabas el mismo método cuando eras un casanova? ―preguntó retórica, destilando ironía―. Edward Masen, no sé qué bicho te picó o si tuviste una mala mañana, lo que es yo, no tengo tiempo para seguir oyendo tus arranques ridículos de celos. Así que si me disculpas, tengo trabajo. Hablamos a la noche.

Y colgó. Sí, colgó.

— ¡¿Me colgó?! ―gruñó Edward en voz alta, dirigiendo sus ojos verdes y taladrantes hacia el retrato de su demonio sonriente―. ¡¿Me colgaste, demonio?!

No demoró en volver a marcarle e insistir hasta que ella contestara, eso después del octavo marcado.

― ¡Qué!

― ¿Me colgaste, demonio?

―Estoy ocupada, Edward ―dijo ella entre dientes―. ¿Puedes dejar que siga trabajando, por favor?

―Me pareció más como que ibas a tener una cita….

― ¡¿En serio?! ¡¿Vas a seguir con eso?! ¡Mierda, Edward! No pensé que desconfiaras tanto de mi como para creer que me ligaría con el primer hombre atractivo que viene y se sienta frente a mi mesa… ―dijo ella con la voz entrecortada. Él cerró los ojos, jurando por lo bajo pues una vez más había vuelto a meter la pata, no sin pasar por alto aquello que su ahora ofendida mujer dijo sobre el "hombre atractivo" refiriéndose al señor musculitos. Pero lo dejaría pasar, de momento. Ahora estaba concentrado en encontrar en momento entre la sarta de críticas que su mujer lanzaba para él desde el otro lado de la línea telefónica―. Yo no desconfío de ti, sabiendo el prontuario que llevabas desde antes de casarte conmigo…

― ¡¿Perdona?! ¡¿Prontuario dices?! ―preguntó, ofendido… "Como si lo que dijera Bella careciera de veracidad" se auto reprendió, pero debía defenderse, él ya no era ese tipo del pasado―. Mira, mira, a la que le pasa algo es a ti, en otro momento no hubieras reaccionado de esta forma, simplemente te hubieras burlado de mí y ya está, así que dime, qué ocurrió.

― ¿A… a mi?―preguntó ella de regreso algo titubeante, cuestión que hizo saber a Edward que tenía la razón.

―Sí mujer, ¡desembucha!

―No, no pasa nada Edward… ¿podemos seguir con esto en casa esta tarde?

―Joder demonio, a veces eres realmente frustrante… ―bufó, soltando todo el aire de sus pulmones―. Está bien, pero no lo voy a dejar pasar, ¿me oyes?

―Vale… ―Después de varios segundos de silencio, ella preguntó―. ¿Y entonces? ¿Vas a venir a almorzar con nosotros? Por favor, Edward… te extraño…

El ogro gimió lastimero, pasando sus dedos sobre la agenda electrónica de su iPad, mirando la cita que Nadia, su asistente, había destacado para él que precisamente era ese día durante la hora de almuerzo con un importante ejecutivo bancario.

―No puedo, demonio, también tengo una reunión de trabajo ineludible con un banquero a la hora de almuerzo, lo siento.

―Está bien, Edward… —susurró ella— pero para que te quedes tranquilo, seremos varias personas en el almuerzo, Laurent y Rebecca entre ellos, además de Tyler y su secretaria ―dijo, haciendo mención de su colega y la chica que trabaja como su asistente. Él suspiró hondo y se relajó… un poco.

―Vale, vale, almuerzo comunitario, me hace sentir más tranquilo. Por cierto, ¿llamaste a casa?

Sí, y las chicas están distrayendo a la niña del instrumento del diablo ese… al menos lo habían conseguido.

―Bueno, si logran hacer que Clarisse se olvide de la batería, les subo el sueldo a esas santas…

Se lo merecerían —comentó ella con voz risueña―. Ahora me voy, esposo, tengo trabajo.

―También yo, demonio. Te veo esta tarde en la casa. Un beso.

Un beso, esposo. Te quiero mucho.

―Y yo a ti ―susurró Edward antes de colgar. Al menos había logrado evitar el enfrentamiento marital, pensó, mientras le marcaba al anexo de su asistente para que llevara los papeles que revisaría con el banquero a la hora de almuerzo.

Bella en tanto se reunió con el resto de las personas que la esperaban en la pequeña sala de reuniones. Había decidido refugiarse en su pequeña oficina, justo al lado de la salita de juntas, para intercambiar opiniones con su marido, su celoso pero atractivo marido. ¡Suyo!, tal como se lo hizo saber a la mujer que había llegado esa mañana, la que resultó ser una antigua "amiga" de Edward, quien tuvo la suerte, comentó ella misma, de ir colgada del brazo del otrora soltero más escurridizo de la escena empresarial. La exuberante mujer se dio el lujo de contarle las andanzas de ambos y lo bien que lo pasaban, y de lo estúpida que había sido al dejar ir tan fácilmente a Edward, pues si lo hubiera sabido antes, si por su mente se le hubiera ocurrido pensar que Edward finalmente sentaría cabeza y se convertiría en un flamante marido y padre de familia, ella no hubiera dejado que se le escabullera tan fácilmente.

La esposa del ogro Masen, no pudo sino sonreír con tirantez ante los comentarios venenosos de aquella mujer, que acababa de hacer negocio con la pequeña empresa de diseño y marketing en la que trabajaba desde que se independizaran con el equipo de la desaparecida empresa "Masen & Co". Bella pudo percatarse que los comentarios que hico la mujer, fueron precisamente para molestar o inquietarla, pero ella no se dejó ver afectada, al menos no frente a ella… pero a veces por su inquieta cabeza pasaban ideas escabrosas sobre si Edward algún día podría aburrirse del matrimonio, o regresar a su vida pasada, ¿entonces qué sería de ella?

― ¡No, Bella, no pienses en eso, él te ama! ―se auto reprendía, después que Edward la llamara. Entonces decidió dejar a un lado y regresar a la sala de juntas, donde su equipo y los nuevos clientes, que eran ahora parte del holding "Lux et Umbra". Sonrió, sentándose a un lado de Laurent, siguiéndole el hilo a la conversación, topándose con los amigables ojos de Tyler, que le sonrió al instante.

― ¿Entonces, tu esposo nos acompañará? ―preguntó él, inclinándose hacia Bella, mientras el resto seguía lanzando una lluvia de ideas.

―No puede, creo que tiene una reunión que no podía eludir.

―Habrá más oportunidades.

―Bueno, creo que ya tenemos unas ideas para comenzar a trabajar ―habló Laurent en voz alta, levantándose y bajándose las mangas que tenía hasta ese momento recogidas hasta el codo. ―Ahora mismo tengo un almuerzo de índole personal con mi esposa, y no podré acompañarlos. Ya saben que si no me presento, me corta la cabeza.

―Podemos dejar el almuerzo de trabajo para la próxima vez que nos reunamos entonces ―propuso Rebecca, a lo que el resto en general estuvo de acuerdo. Pero cuando todos se estaban levantando de la mesa, Tyler se apresuró en tomar del codo a Bella, para que se detuviera.

―Uhm… me había hecho la idea de almorzar contigo, ¿tendrías problema si me acompañaras de todas maneras a comer a algún restaurante aquí cerca?

¿Qué si tendría algún problema? Las expectativas de aquello eran más bien altas, apostando a que Edward le reclamaría por ese almuerzo que finalmente no sería de trabajo ni en comunidad. Aun así, decidió aceptar la invitación a modo de poner a prueba la confianza de su celoso y ogro marido, que tendría que aprender a confiar en ella.

―Hay un restaurante pequeño a dos cuadras de aquí, podemos ir andando ―dijo ella, tomando unas carpetas y su celular para dirigirse a su oficina en compañía de Tyler, quien despidió a la secretaria, la que se retiró sola de allí.

Mientras iban caminando, Tyler le contaba parte de su historia, no queriendo sonar lastimero.

―Hemos obtenido pocos trabajos, pero buenos. No han sido tan grandes, pero eso nos ha abierto una serie de puertas y nos ha ayudado a hacer un nombre dentro del rubro. Hemos sido nosotros mismos los administradores de nuestra pequeña empresa, por eso carecemos de tanto trabajo de marketing, como te habrás dado cuenta ―sonrió, alzándose de hombros―. Yo en realidad prefiero diseñar, relajado, usando mis jeans, mis camisetas. No acostumbramos a ser muy formales, aunque quizás ahora las cosas tengan que cambiar, ya que estaremos ligados a una empresa como la que maneja tu esposo…

―No creo que para ellos sea esa una prioridad. La vestimenta, me refiero ―indicando con su mano el traje gris y la corbata que estaba usando Tyler―. Han hecho un buen trabajo y han destacado por sobre otros, que es lo importante.

―Me ilusiona eso, porque voy a poder hacer lo mío a mis anchas. Sacar adelante el estudio que creamos con mis amigos ha sido prioritario en mi vida, dejando de lado mi vida personal, y siento que no es justo.

―Uno puede tener una vida personal de cualquier forma…

―Claro… ―comentó Tyler pensativo, torciendo su boca en una mueca que no logró estropear sus atractivos rasgos, mientras abría para Bella la puerta de vidrio que daba la bienvenida a los comensales que llegaban a ese restaurante de comida peruana. Tomaron una mesa junto a las ventanas, sentándose uno frente al otro y continuaron con la conversación después que el camarero les tomara el pedido de bebidas, mientras ellos decidían por el plato principal.

― ¿Y tus padres? La noche pasada tus amigos hablaron de sus familias pero no oí nada acerca de la tuya ―preguntó Bella con curiosidad.

―Mi familia somos mi madre y yo. Con mi padre nunca tuve una relación, apenas y lo conocí cuando era pequeño y a través del tiempo son contadas las veces que nos hemos reunido. Es un hombre de negocios exitoso, que al parecer, no tuvo espacio en su agenda para un hijo ―comentó con amargura, mirando hacia todos lados. Odiaba que en la charla con Bella hubiera salido a relucir la penosa historia con su padre.

―Siendo exitoso como dices, ¿nunca te ofreció ayuda? ―quiso saber ella, siempre movida por la curiosidad― con todo lo que les costó salir adelante….

―La verdad es que no, y probablemente no hubiera aceptado su ayuda. ―Dejó su relato cuando el camarero regresó con sus copas de vino blanco y ellos tomaron su pedido.

―Pero ahora te ves entusiasmado con esta nueva etapa de tu vida, ¿no?…

―Sí, por supuesto que lo estoy y seguro seguiremos creciendo con la ayuda de tu esposo, ¿no?

―Sí, mi esposo sabe ―comentó con una sonrisa orgullosa. Él torció la cabeza mirando la ensoñación reflejada en los ojos de Bella al nombrar a su marido.

―No hay duda de lo mucho que se aman ―comentó, llamando la atención de ella, a quien se le ruborizaron sus mejillas―. ¿Y cómo va esa historia de amor? Apuesto a que fue muy intensa…

― ¡Intensa! ―Exclamó, soltando una carcajada. Intensa era poco para retratar lo que había sido la historia de amor suya y del ogro amante marido suyo. Suspiró hondo y se largó a contar la historia de amor que la unía con Edward, desde la época en que ella llegó como profesional recién egresada a trabajar en la empresa.

Edward Masen no podría quejarse, pensó Bella una hora más tarde cuando regresaba a su oficina. Si bien el almuerzo no había sido en grupo ni de trabajo, se lo habían pasado hablando de su historia de amor durante casi todo el tiempo en lo que duró la comida. Al menos eso debería aplacarlo cuando le contara sobre el almuerzo, ¿no?

Pero Edward Masen no entendía de razones. Se movía de un lado a otro después que la descarada esposa suya le contara del almuerzo que finalmente sí tuvo a solas con el tipo ese. Había llegado a casa cansado y quería relajarse, pero después de semejante confesión de su esposa, él se tensó aún más.

― ¡¿Te das cuenta de que no me obedeces?! ―le recriminó sin tapujos a su esposa, que sentada sobre la cama matrimonial se quitaba los zapatos de tacón después de un largo día de trabajo. Lentamente alzó su rostro y dejó a un lado los masajes en sus pies, para mirar con desconcierto a su marido.

― ¡¿Qué dices?! ―susurró con incredulidad.

―Saliste a almorzar a solas con ese tipo a pesar de que sabias que yo no estaría de acuerdo. Además, mentiste diciendo que sería un almuerzo en grupo… ¡solo lo hiciste para tranquilizarme!

― ¡Yo no te mentí, Edward! ―exclamó, poniéndose de pie, preparándose para la acción ―Te expliqué porque al final salimos solo nosotros y te conté que hablamos prácticamente todo el tiempo de trabajo, incluso de ti…

― ¡Me vale un rábano! ―respondió ofuscado, jalándose los cabellos. Sus celos estaban haciendo acto de aparición, y en todo su esplendor―. ¡Te dije que no podías salir a comer con él a solas!

― ¿Me puedes decir por qué tienes esa extraña corazonada que voy a lanzarme a los brazos de cualquier cliente del sexo masculino? Porque eso es lo que piensas, ¿no?

El ogro gruñó y apuntó a su demonio con el acusador dedo índice.

― ¡No me provoques, demonio! ―caminó hacia ella, pero Bella reaccionó dando un paso atrás, manteniendo la distancia―. Mejor dime qué te parecería a ti que yo saliera con una clienta que lo único que ha hecho desde que me conoció, es mirarme con la idea en su cabeza de lanzarse sobre mi…

― ¡Tyler no tiene esas ideas!

― ¿Ah, no? ¿Crees que no lo vi en la cena como te miraba?

― ¿Sabes qué? ―agarró su ropa de noche que había sacado de debajo de su almohada, dispuesta a dejar la disputa hasta ahí. No tenía ganas de seguir discutiendo, estaba cansada y solo anhelaba estar tranquila, afirmar su cabeza sobre la almohada y dormirse―. Piensa lo que quieras, yo me voy a dormir al otro cuarto…

― ¡Sobre mi cadáver, demonio! ―con la rapidez de siempre la agarró por el brazo y le arrebató la pijama lanzándola sobre la cama―. No hemos acabado aquí.

―Sí que lo hemos hecho ―respondió con los dientes apretados, removiendo su brazo para zafarse del ogro y celoso marido suyo―. ¡Suéltame Edward!

―Te lo dije una vez demonio, ni muerto te suelto ―y entonces tomó a su mujer por la nuca y chocó violentamente sus labios sobre los de su mujer, obligándola a mantenerse en su lugar. Ella luchaba con todas sus fuerzas por apartarse, pero su cuerpo traicionero se estaba rindiendo a las demandas de Edward. Sabía ella que si él le ponía la mano encima, claudicaría y seria como estarle dando la razón… pero esos labios, esa manera tan posesiva que tenía sobre ella, simplemente la hacía perder la cabeza. Pero el ogro no le estaba dando espacio ni siquiera para moverse y deshacerse de su agarre, y dentro de poco su capacidad de pensar quedaría relegada. Entonces él se apartó, respirando pesado, con sus ojos oscuros de rabia y deseo, peligrosa combinación, sin dejar de aferrarla con fuerza para mantenerla pegada a su cuerpo. Apenas apartó unos centímetros su rostro del de su demonio, que igual que él respiraba con dificultad.

―Edward… por favor ―pidió en un susurro, con sus parpados cerrados, como a punto de desvanecerse en sus labios. Él gruñó y jaló el labio inferior de su mujer entre sus dientes.

―Joder, demonio, no me desafíes. ―Entonces soltó su agarre y se apartó un poco más solo para inclinarse y pasar un brazo bajo las rodillas de su esposa mientras que la otra la aferraba por la cintura, para elevarla y posarla sobre la cama. Ella suspiró cuando sintió el blando colchón bajo su cuerpo y gimió bajito cuando sintió las manos de su marido desabotonándole su blusa gris de ceda. Bella simplemente se había rendido. Entonces, mientras cumplía con una de sus labores maritales, Edward recordó que había otro asunto que debían resolver antes de encargarse de su lívido―. Ahora, demonio, abre esos lindos ojos y dime qué ocurrió esta mañana antes de que me llamaras.

―Por qué dices con tanta seguridad que ocurrió algo ―murmuró bajito, volviendo a suspirar cuando su marido puso las manos sobre sus hombros, bajo su blusa ahora abierta, y comenzó a masajearlos. Ella automáticamente levantó su torso y se quitó la camisa, aprovechando de desabotonar su falda negra de tubo por detrás para que su comedido esposo la quitara deslizándola por sus piernas. Él suspiró complacido al ver a su mujer tan solo con esa lencería de encaje color perla, conteniéndose para quitarlo, pues antes tenía que arreglar el otro asuntito.

―Te conozco, demonio. Háblame ―susurró, besando sus labios suavemente, mientras sus dedos dejaban rastros de caricias por el contorno de su rostro ovalado.

Ella trago grueso y le contó de la visita de aquella mujer, que en cuanto lo reconoció por el retrato de ella que tenía sobre su mesa, se puso a contarle las maravillas del pasado que vivieron la mujer esa y su ahora marido, mientras él, la oía y seguía acariciando la tersa piel de su mujer por el cuello, los hombros, el estómago…

―Apenas la recuerdo, Bella ―dijo sin levantar el tono de voz―. Nadie, ninguna mujer, nunca fue trascendente hasta que llegaste tú, y eso lo sabes.

―Lo sé, solo que… no me gustó oírlo, menos con el tono que ella usó. Me da la impresión de que está esperando oír noticias sobre nuestro divorcio para poner sus rojas garras sobre ti.

―No tiene posibilidad alguna entonces. Tendrá que conformarse con el recuerdo.

―Está bien.

―Ahora, dime una cosa, ¿cómo te sentirías si yo saliera a almorzar con ella o con cualquier otra mujer que babeara por mi? Aunque fuera por trabajo, si yo lo hiciera de todos modos, pidiéndome tú antes que no lo hiciera…

―Se que estás tratando de comparar, pero no es lo mismo…

―No estoy comparando nada, solo te pido que te pongas en mi lugar, Bella ―habló un poco más duro―. Eres hermosa, y hay un montón de hombres que se mueren por ti…

―Edward, en serio…

―Déjame hablar ―la detuvo, completamente serio, colocando su dedo índice sobre los labios de su demonio―. Sé que no serias capaz de engañarme, y vale, sé que ese tipo no tiene malas intenciones, pero a mí me molesta, joder. ¿Puedes evitarlo, evitar tener es tipo de reuniones con tus clientes masculinos? ¿Puedes hacerlo por mí?

Bella inspiró y alzó su mano para acariciar el rostro de su atractivo y celoso marido, pensando la suerte que tenía que semejante adonis por el que años atrás viendo las fotos suyas en las revistas había suspirado como colegiala, pensando en lo afortunada de las mujeres que rodeaban a semejante empresario. Solo en sus sueños vio a ese hombre loco de amor por ella, pero los sueños se le hicieron realidad y ahora ella con toda autoridad podía reclamarlo como suyo. El corazón se le achicó y se auto reprendió por no ser considerada con los sentimientos de su esposo, poniéndose efectivamente en su lugar y concluyendo que ella habría reaccionado de igual forma.

―Perdóname Edward ―susurró, torciendo su boca, a lo que él negó con su cabeza, girando el rostro hacia la mano que Bella mantenía en su mejilla, besándola.

―No tengo nada que perdonarte, demonio. Diferente será la próxima vez que vuelvas a desobedecerme ―gruñó, inclinándose hacia ella y poniéndole fin a la conversación y antes que ella protestara.

Cubrió su cuerpo sujetando el peso de este por sus antebrazos mientras saqueaba su boca como ya era una exquisita costumbre en él, poniéndose ella completamente a merced de su marido, envolviéndolo con sus pies por la cintura y con sus brazos por los hombros, pegándose cuanto más fuera posible a él.

―Edward… aun estás vestido ―pudo decir ella cuando él se concentró en recorrer la piel de su cuello con la boca. Gruñó cuando ella comenzó a restregársele, debiendo apartarse para quitarse la camisa y los pantalones sin miramientos, lanzándolos por el cuarto antes de regresar y pegar su cuerpo al de su ansiosa mujer.

―Joder, demonio ―gruñó cuando las manos traviesas de su mujer buscaron bajo sus calzoncillos y halló su miembro ya listo para la acción. Bella soltó un gritito cuando su marido rasgó de un tiró su fina tanga y gimió profundo cuando sus dedos mágicos comenzaron con su hazaña entre sus piernas―. Hay que practicar si queremos un hermanito para Clarisse…

―Dios, sí… ―asintió ella, embelesada, echando su cabeza hacia atrás, concentrándose en las atenciones de su marido.

Sobre las colchas color azul con diminutas florcitas blancas, fue que este matrimonio cerró el día, amándose, hasta que él se cercioró que ella alcanzó varias veces la cúspide del placer. Enseguida abrió la ropa de cama para cobijar a su mujer bajo las sábanas y él se apresuró a apagar la luz antes de reunírsele y dormir con ella aferrada y bien pegada a su cuerpo, porque para Edward esa era la forma de dormir plácidamente, después de haber arreglado los problemillas y celebrado con sus cuerpos desnudos la reconciliación.

"Joder, qué suerte tengo" pensó con agrado, antes de caer profundamente dormido.

A la mañana siguiente, él salió de la casa dejando a su mujer y a su hija allí, deseando poder quedarse con ellas en casa. Bella trabajaba día por medio, optando por ese horario para pasar tiempo con su hija. Agradecía la ayuda de que su tía Carmen y las muchachas le brindaban, pero era ella, la que quería estar al pendiente de su hija. Eso, Edward lo agradecía, y aunque él hubiera preferido que su mujer dejara el trabajo del todo y se ocupara de la niña como lo hizo durante el primer año de vida de Clarisse, sabía que no lo lograría. Su mujer era una profesional destacada y con lo terca que era sabía que no dejaría su carrera para ocuparse de las labores de la casa. Por su hija lo haría, pero la niña estaba creciendo y tenían apoyo para ayudar a cuidarla.

Llegó entonces a la oficina, recibido por su mano derecha Nadia quien comenzó a ponerlo al día con las citas del día, interrumpiéndolos Victoria cuando apareció con la charola y la taza de café con la que siempre recibía al jefe, pero que él rara vez tomaba.

―Tu padre está en la sala de juntas atendiendo una video conferencia ―informó la colorina exuberante― ¿quieres que le informe que has llegado?

―No, yo voy a verlo allí ―respondió abriendo su laptop. Enseguida le habló a su asistente personal que estaba revisando unos datos en su IPad ―. Acompáñame Nadia

La pequeña mujer se puso de pie y le siguió las pisadas a su jefe, mientras Victoria se quedaba de parada en medio de la oficina, cruzada de brazos y bufando de frustración, pues su atractivo jefe no había reparado ni en su alisado de cabello ni en sus pantalones negros que se ajustaban tan bien a sus torneadas piernas. Ni siquiera provocó el café con malicia que preparó especialmente para él.

Entró Edward con su asistente a la sala de juntas cuando su padre ya estaba cortando la video-llamada. Se le acercó y lo saludo con un apretón de manos, sentándose a su costado, mientras daba indicaciones a su asistente.

―Nadia, envíales un memorándum al estudio de arquitectos y reenvíales el correo con los permisos que llegaron esta mañana para comenzar los estudios previos ―indicó, mientras miraba su teléfono que había vibrado, con el aviso de un mensaje de su esposa―. Asegúrate que ellos lo hayan recibido también y recuérdales que deben estar allá mañana a primera hora, e infórmales que alguien de aquí estará también en esa cita.

― ¿Usted, señor?

―No, yo recibiré aquí a Jacob por la mañana a primera hora. Garrett quizás quiera ir y acompañar a los arquitectos.

―Como ordene.

―Mueva también mis actividades de mediodía de mañana, y si tengo citas para el almuerzo la cancela también.

―Todo apuntado, señor Masen. ¿Necesita algo más? ―la eficiente mujer miró a Damian y también le preguntó si necesitaba algo, y ante la negativa de ambos, salió de la sala de juntas.

―Esa chica es muy eficiente.

―Jacob la dejó en el puesto y no podría haber elegido mejor, la verdad ―murmuró, poniendo su concentración en el mensaje de respuesta que le envió a su esposa. Luego miró a su padre y preguntó en tono de burla―. ¿Estabas atendiendo negocios de tu fábrica de chocolates?

―Edward, viste los resultados que me arrojó la fábrica de chocolates, como la llamas. Fueron cifras altísimas, así que no seas despectivo cuando te refieras a mi industria. ―Lo regañó su padre, y él no pudo evitar carcajearse. Su padre tenía razón, con los lindos números verdes que entregó como beneficios esa empresa no podía mirarla en menos, y no lo hacía. Además, no era cualquier chocolatería, sino una que importaba y fabricaba chocolates con recetas suizas, donde se fabricaba el mejor chocolate, y la gente sin dudarlo pagaba por aquel placer.

Edward alzó los hombros y se concentró en el trabajo, al menos eso pretendía ―Por cierto, si te queda tiempo mañana, podría acompañar a tus arquitectos en terreno.

―Pensé que querías que fuera Garrett.

―Solo si está desocupado, pero fuiste tú el que eligió a la firma de arquitectos, quizás sería bueno que estuvieras también allí.

―Seguro ―concordó, pareciéndole una buena idea―. Creo que dimos en el clavo contratándolos. Se ven eficientes y como son jóvenes están con toda esa energía y con proyectos innovadores, además son talentosos, muy buenos chicos.

Edward gruño al oír que Damian elogiaba tanto al grupo de arquitectos esos, entre los que estaba el baboso "arma casas" que miraba a su esposa. Pero lo iba a tener entre ceja y ceja cuando por cualquier eventualidad tuviera que verse con su demonio. "¡Que se busque una mujer y que se deje de mirar a la mía, joder!"

— ¿Por qué gruñes, hijo?

― ¿Gruñendo, yo? ―lo miró haciéndose el desentendido, incluso sonó ofendido―. Figuraciones tuyas.

―Seguro… tu hermana Beatriz está tomando esa misma costumbre…

― ¿Está ella bien? No la llamé en todo el fin de semana… ―pensó en voz alta sintiéndose un poco culpable por no visitar a su hermana pequeña.

―Lo pasó en grande con Alice y Clarisse cuando hicieron la pijamada el sábado pasado, pero no se por qué pero creo que tendré que vigilarla.

― ¿Vigilarla, por qué?

―Novios, Edward. Creo que un chico puede andar detrás de ella y no sé si me guste eso…

―Averigüemos de quién se trata e investiguémoslo.

—¿Qué lo investiguemos? ―preguntó Damián, confundido―. Hablas como si estuviéramos refiriéndonos a un… narcotraficante o algo así. Debe ser un adolecente como ella…

― ¿Puedes asegurarlo?

―Mierda, Edward, no me lleves allí. Mejor concentrémonos en el trabajo ―enderezó su espalda y cerró su laptop mientras preguntaba―. ¿Tienes alguna reunión importante mañana? oí que limpiaste tu agenda para el mediodía, ¿se trata de la llegada de Jacob?

—No. Con Jacob me reuniré durante la mañana, antes de las nueve. Lo del mediodía se trata de otra cosa.

―¿Otra cosa?

—Bella pidió cita con el ginecólogo y la acompañaré a esa cita. ―miró a su padre y luego su teléfono, un tanto nerviosos―. Estamos… viendo la posibilidad de un hermano para Clarise.

La sonrisa nació en los labios de Damian lentamente hasta convertirse en una grandiosa y espectacular sonrisa. Edward rodó los ojos, agarrando los papeles concernientes al negocio con el que Damian estaba tratando, mientras su padre seguía con la sonrisa boba en el rostro.

― ¡Eso es maravilloso! ―Damian exclamó extasiado y palmeando sus manos, por el futuro nieto ―. No me imagino lo dichoso que puedo llegar a ser con otro nieto, esta vez un varón al que le pueda enseñar a jugar futbol y llevarlo al estadio para ver a nuestro equipo favorito…

―Ey, alto ahí, abuelo ―lo detuvo su hijo― espera a que te de la noticia cuando sea un hecho, y de ahí puedes comenzar a hacer planes, y a comentarlo con el resto, ya sabes.

―Seguro, tienes mi total discreción ―torció la boca ahora en una sonrisa tierna, volviendo a relajarse sobre su silla y mirando a su hijo―. ¿Sabes lo que en verdad me alegra? Que estás pensando en agrandar tu familia con naturalidad, que has superado parte de tus traumas que antes te hacían negarte a la idea. Me alegra que seas feliz, hijo mío.

―Siempre voy a estar a la defensiva, atento a cualquier amenaza que… ―cerró los ojos y negó con la cabeza, tragando grueso, como siquiera pensar en la idea de perder su tesoro más valioso, a su familia, lo lastimara profundamente―. Quiero seguir adelante como un hombre normal con su familia, pero siempre voy a estar alerta y no voy a estar cien por ciento tranquilo ni relajado hasta que…

― ¿Hasta qué…? ―preguntó Damian con algo de preocupación. Edward lo miró y la oscuridad del pasado se cruzó por su verde mirada.

―Hasta que las amenazas del pasado estén muertas, y enterradas.

Damian sabía de lo que su hijo hablaba, o de quién lo hacía, a decir verdad: estaba hablando de Elizabeth. Él quería decirle que se tranquilizara, que aquella mujer, ya estaba en el lugar que se merecía, ¿pero podría asegurarle que nada malo ocurriría, que el pasado no regresaría? Damián quería hacerlo, jurarle, comprometerse con ello, para decidió mejor jurarse a sí mismo que con sus propias manos haría a un lado cualquier mal que pudiera poner en peligro la felicidad de su hijo, que en ese momento leía los documentos intentando parecer relajado y concentrado en su trabajo, sabiendo él que el temor de que el pasado regresara, lo atormentaba día a día.

"Voy a defenderte, hijo, como no me permitieron hacerlo en el pasado. Te juro por tu madre que lo haré".

**OO**

―Señor, no logro comunicarme con su hijo. La secretaria que atiende el teléfono me informa que está con proyectos nuevos y que ahora no para en la oficina.

Liam torció si boca pensando en lo escurridizo que ha estado su hijo últimamente. Al menos antes atendía el teléfono y aunque con poco entusiasmo lograba hablar con él. Quizás ahora su empresita de arquitectura había logrado proyectos importantes realmente y eso lo tenía ausente de su oficina. No supo por qué, pero sintió curiosidad por saber qué era de la vida del muchacho, por lo que insistiría, esta vez de forma personal.

―Yo me encargaré de darle una visita entonces. Ahora haz pasar a los abogados, por favor.

―A su orden, señor.

La rubia y esbelta secretaria abandonó la imponente oficina de su jefe, que se encontraba en el piso veinte de aquel también imponente edificio en el centro cívico de la ciudad. Ahora el empresario tenía que tratar temas privados y delicados con sus abogados de confianza, por lo que le exigió a su secretaria que nadie lo molestara mientras estuvieran reunidos.

Recibió Liam a sus dos abogados, sentándose en una mesa redonda que había en su despacho, donde pidió le detallaran los adelantos del trabajo que les ordenó hacer.

―Ha sido complicado, señor Patterson, si me lo permite ―uno de los abogados carraspeó con nerviosismo y se arregló el nudo de su corbata oscura por tercera vez en ese rato, mientras Liam lo observaba impaciente―. La mujer en cuestión está en la cárcel por asesinato, además de delitos económicos de los que se le culpa cuando estaba a cargo de su empresa, estafa y corrupción…

—Abogado, no haga perder mi tiempo y dígame algo que no sepa…

―Ejem… bueno… ―movía sus papeles y los leía nerviosamente hasta dar con lo que a su cliente le interesaría ―hemos tenido comunicación con algunas personas que nos pueden ayudar a sacar a la señora de la cárcel, según el plan que usted nos explicó. Alegar demencia senil mientras ha estado en la cárcel es lo más factible, pero habría que comenzar con los tramites ya: exámenes psiquiátricos que testifiquen el hecho y así al menos ella podría salir y se internada en un hospital… para ese tipo de personas. Al menos lo que dura la investigación.

Si había algo que Elizabeth Masen podía asegurar a sus ochenta y dos años de edad, era que no sufría de demencia senil ni ningún mal psiquiátrico. Tendría que hablar con ella y pedirle que actuara un poco, al menos para hacer las cosas un poco más creíbles.

―Hay algo más que podemos hacer ―intervino el otro abogado, hablando con tono más seguro que el de su colega―. Podemos pedir que se reabra el caso de delitos económicos por los que se le culpó también, los que llevaron a la quiebra a su empresa, aludiendo a que ella ya estaba padeciendo algunos signos de su enfermedad, por lo que podríamos culpar a quien estaba a cargo de su empresa.

―Pero el delito que la metió a la cárcel fue el asesinato de la monja ―les recordó Liam.

―Es ese efectivo, pero los hechos que mi colega le nombró son agravantes y pueden alivianar la pena, su logramos atestiguar que ella es inocente de eso, moldeando los hechos por cierto. Habrá que estudiar las posibilidades concretas que tenemos.

Liam se quedó pensando en las probabilidades verdaderas que su amiga podía tener de salir de la cárcel. Sin duda iba a tener que hablar con un sinfín de contactos y desembolsar unos cuantos millones para hacerlo, pero el dinero no era algo que le importaba, no cuando sabía que más adelante podría cobrarse con creces. Además, tenía que poner los pies sobre la tierra y tener en cuenta que hay un montón de testigos de hace dos años que pueden comprobar que ella no padecía demencia alguna. De momento, pensó Liam, era mejor concentrarse en apelar por su salud y con ellos sacarla de la cárcel, y ya ver después de eso cómo podía seguir adelante.

―Bien señores, primero lo primero, hablaremos con nuestro contacto en el psiquiátrico y comenzaremos con los trámites para sacar a Elizabeth de ese lugar. Luego pediremos la reapertura del caso, pero una vez que tengamos a Elizabeth fuera de ese lugar y con papeles completamente certeros que den fe de su estado de salud mental. Eso nos dará tiempo de investigar los archivos y ver donde podemos comenzar a atacar.

―Como ordene, señor.

Ambos abogados comenzaron a discutir sobre lagunas legales donde podrían comenzar, mientras Liam se inclina sobre el respaldo de su asiento de cuero, pensando en lo que se vendría, atreviéndose a sentirse optimista e incluso saboreando la victoria, pensando en que Elizabeth Masen no pudo haber elegido momento mejor para buscarlo y suplicarle su ayuda.

"Ah, mi buena Elizabeth, voy a encargarme que regreses a tu trono en gloria y majestad… pero si no logras hacerlo tú, lo haré yo en tu nombre" pensó, sonriendo lobunamente, mientras se reincorporaba a la conversación con sus abogados.


Niñas, gracias por sus lecturas y comentarios que como siempre llenan mi corazoncito (y el de don Ogro Masen).

A Gaby, a Maritza y Manu de Marte, mil gracias por su apoyo de siempre.

¡¿Nos reencontramos la otra semana?! Ya saben, los miércoles es nuestra cita.

Besos a todas!

Cata!