¡EL OGRO HA VUELTO!
A LEER DAMAS
Capítulo 4
"Lux et Umbra S.A" suma y sigue en el escenario económico del país, abriéndose paso en el extranjero con gran éxito con varias de sus filiales".
Eso rezaba un pequeño extracto del reportaje de la revista de negocios de publicación quincenal que Victoria, había dejado sobre el escritorio de su jefe y que en ese momento leía Jacob Black, colega, hermano y camarada de Edward, que había regresado al país aquella misma mañana, después de realizar un viaje de negocios para firmar convenios de importación y exportación muy provechosos para ellos. Y mientras Jacob sonreía al leer tanta buena crítica para su equipo de trabajo, Edward repasaba los contratos que su amigo había traído firmados.
―Joder, Jacob, esto es increíblemente bueno ―comentó ensimismado. Jacob levantó sus ojos del artículo y sonrió con suficiencia.
―Es que soy jodidamente bueno haciendo negocios, Edward.
―Seguro, eres toda una eminencia… ―comentó con ironía en voz baja con sus ojos aun fijos en los acuerdos entre ambas partes―. Quién diría que patearíamos tantos traseros, después de como comenzamos este negocio.
―Chiquillos recién egresados de la universidad que se pusieron a jugar en internet, lo recuerdo. Estábamos llenos de sueños…
―Es verdad. ―Inspiró conforme, cerrando la carpeta y echándose hacia atrás, pensando en el joven de aquel entonces, lleno de resentimientos y sed de venganza, y comparándolo con quien era ahora, un adulto que ha saciado esa sed desquite y que ha perdonado, que ahora vive feliz, pero en guardia, porque aunque no lo ha comentado con nadie, sigue persistiendo dentro suyo esa corazonada de que se avecina algo feo. Una vez se lo dijo a Bella, pero no volvió a comentárselo para no alterarla. Lo que menos quería era preocuparla con su paranoia…
― ¡Te estoy hablando, Masen! ―Exclamó fuertemente Jacob, sobresaltando al aludido, quien en otro momento hubiera saltado sobre él para advertirle que no volviera a hacerlo. Pero antes de poder siquiera pensarlo, Jacob ya estaba preguntando―. ¿Qué sucede, eh? ¿Por qué andas tan pensativo?
―Nada, nada Jacob…
―Edward, desembucha, ¿tienes problemas con Bella, con tu padre, con tu hermana, ocurrió algo…?
―No he tenido problemas con nadie, Jacob, todo ha estado bien ―gruñó en respuesta, lanzando su pluma sobre la mesa de su escritorio― bueno, mi esposa siempre me hace enojar, pero…
―Eso le da la sazón al matrimonio, y es de lo más normal, lo sé. Pero hay algo más, Edward, te conozco…
Edward miró a su amigo quien a su vez no dejaba de mirarlo con insistencia, como tratando de descubrir qué era lo que le ocurría. Soltó el nudo de su corbata negra que se mimetizaba con la camisa del mismo color, abriendo el cuello de ésta y relajándose sobre el sillón de cuero donde estaba sentado.
―Tengo un maldito presentimiento, Jacob, de esos que ni siquiera dejan dormir… ―restregó su rostro con una mano, mientras que Jacob se reacomodó en su sitio, listo para dejar hablar a su amigo ―tengo la sensación de que a mi alrededor todo va a comenzar a derrumbarse y va a aplastarme…
―Para que tengas ese presentimiento debe de haber pasado algo…
―No ha pasado nada, las aguas se han mantenido muy tranquilas, Jacob ―admitió Edward― y eso me preocupa. Quizás sea paranoia, pero prefiero estar alerta…
― ¿Elizabeth?
― ¡Joder, Jacob, no la nombres! ―Se levantó de un salto y caminó hasta el ventanal a un costado de su escritorio y miró la urbe al otro lado del vidrio buscando la calma―. James sabrá al instante si algo se mueve respecto al caso de esa… vieja. Voy a procurar que cumpla la condena hasta que muera, y yo no voy a estar tranquilo hasta que eso pase.
―Edward, la vieja no va a salir de la cueva por el resto de sus días, como sabes ―Jacob se levantó también y caminó hasta quedar de pie junto a su amigo― entiendo que en el pasado estuvieras acostumbrado a estar alerta, luchando con la mierda a tu alrededor, pero ahora las cosas son distintas, son como siempre deberían haber sido para ti. Simplemente creo que no has estado acostumbrado a este tipo de tranquilidad con la que estás viviendo en este momento, a pesar que desde que la vieja desapareció de nuestras vidas han pasado dos años…
―No ha desaparecido, Jacob ―giró su cabeza hacia su amigo y advirtió― y mientras eso no pase, no voy a relajarme, mucho menos ahora que tengo una esposa y una hija por quienes velar.
―Entiendo tu postura, amigo, y pues estaremos atentos… si tú no bajas la guardia, pues yo tampoco.
―Gracias Jacob.
―Por cierto, ¿has hablado de esto con el psicólogo? ¿Tu tratamiento lo has seguido…?
―Sí ―gruñó otra vez haciendo una mueca de desagrado con la boca― he hablado de esto con el loquero y tengo la próxima cita con él, cuando regrese de no sé dónde. Mi tratamiento sigo tomándolo sin falta cada día.
― ¡Muy bien, Edward, te has comportado como un buen muchacho! ―se burló Jacob, llevándose un golpe en el brazo con el puño cerrado de su amigo, llevando su mano hasta su brazo por el dolor―. ¡Auch! ¡No me pegues!
―No te burles ―caminó entonces de regreso a su escritorio, seguido por su amigo, en lo que Nadia entraba a la oficina y dejaba un café para Jacob y unos sobres de correspondencia para Edward.
―Invitaciones a cenas, reuniones, peticiones de revistas, cartas bancarias, lo de siempre, jefe ―informó la secretaria cuando dejó los sobres encima del escritorio―. Hay dos encima que debería leer.
Edward arrugó la frente y le echó un vistazo a los sobres despreocupadamente, tirándolos del mismo modo sobre el escritorio.
―Y le recuerdo la cita con el ginecólogo…
Entonces Jacob estalló en carcajadas incontrolables, mientras la asistente y el jefe lo miraban como si hubiera perdido la cabeza. Jacob se apretaba el estómago, intentando tranquilizarse.
― ¡Qué mierda, Jacob!
―Oh, Dios, Edward… ―decía mientras las carcajadas remitían―. ¿Estás yendo al ginecólogo?
―Nadia, puedes retirarte, voy a empapar al señor Black de palabrotas feas y no quiero que estés presente.
―Muchas gracias, señor.
Nadia salió muy rápido de la oficina mientras Edward miraba a su amigo, estrechándolo con la mirada, como pensando en la manera de vengarse de él, pero no encontraba nada. No podía urdir una mísera venganza para su amigo que seguía burlándose de él, apostando que seguro que le contaría el chistecito al resto de la tropa de payasos que llamaba amigos suyos. Así que prefirió morderse la lengua y dejar que el bronceado hombre frente a él siguiera riéndose.
―Eres muy retorcido, Black.
―Es que… sonó muy gracioso, Masen
―Me da igual, mejor concentrémonos en el trabajo, que ya suficientes vacaciones tuviste.
―No fueron vacaciones, estuve trabajando.
―Seguro…
Edward no soporta que el ginecólogo de su mujer fuese un varón. "¡¿No podría haber elegido a una mujer?!" rabiaba en su fuero interno cuando sabía que ella acudía a sus citas con aquel… metiche. Para colmo, la consulta del medicucho, se llenaba de mujeres y sabía él que más que por su profesionalismo, lo hacían porque el ese tipo era del perfil de lo que las mujeres llamaban un tipo atractivo. Probablemente él lo hacía de forma mecánica porque era su trabajo, ese de toquetear a las mujeres, pero para ellas seguro era la oportunidad de cumplir sus sucias fantasías de que un desconocido y atractivo hombre les manoseara sus… partes íntimas. Y no quería ni imaginarse que su mujer estuviera dentro del porcentaje de esas mujeres, que en aquel momento aguardaban su turno en la sala de espera, muy pocas de ellas acompañadas por sus parejas.
― ¿Edward, por qué gruñes? ―susurró Bella, apretando la mano de su marido. Él la miró, arrugando su frente.
―No estoy gruñendo, demonio.
Ella lo miró, estrechándole con incredulidad sus ojazos verde miel, volviendo a continuación su vista hacia la revista que hojeaba despreocupadamente. El inspiró profundo, pensando en lo guapa que se veía su demonio en ese vestido verde esmeralda tan liviano… un atuendo que según él, era muy poco apropiado para una simple visita médica.
―Digo, ¿era necesario venir? ―preguntó Edward, llamando la atención de su mujer, que dejó a un lado la revista―. ¿No podrías haber dejado de lado el anticonceptivo y ya?
―No… bueno, sí podría haberlo hecho así, pero después de cómo sucedieron las cosas la vez anterior ―se alzó de hombros, rememorando cuando se embarazó de Clarisse, llegando para ella la noticia sorpresivamente cuando se supone que ella se estaba cuidando con los anticonceptivos― además, no está de más un chequeo previo para evitar complicaciones. Es lo que se recomienda, lo leí en una revista.
―Ya veo…
―Igual, si estabas ocupado, podría haber venido sola.
―Yo también tengo preguntas, demonio.
Cuando la secretaria les indicó que era su turno, el matrimonio entró a la consulta, siendo el ogro marido testigo de la forma tan amistosa que ambos tenia de saludarse, con beso y abrazo. Otra vez volvió a gruñir.
El rubio doctor les pidió se sentaran para enseguida poner atención a lo que había traído hasta su consulta a este matrimonio. Cuando Bella le explicó que deseaban volver a embarazarse, el treintañero doctor se alegró.
―Es fabuloso que hayan hecho una visita pre-concepcional ―comentó con su sonrisa de modelo mirando al matrimonio― ¿Les parece si hacemos un chequeo rápido a la futura madre antes de ponernos a hablar del asunto propiamente tal?
Y otra vez el ogro volvió a gruñir cuando Bella se adelantó a asentir sin preguntarle, levantándose de su silla y caminando hasta el pequeño cuarto contiguo, donde le pidió a Bella que se desvistiera y se pusiera una bata que colgaba tras la puerta. Edward se hundió en su silla y fulminó con la mirada al doctor, quien ajeno a la rabia del marido, hojeaba el historial de la paciente que se desvestía al otro lado.
― ¿Cuánto tiempo? ―exigió saber el ogro con voz gutural. El doctor alzó la vista de su lectura y miró a Edward un poco confundido.
― ¿Perdone?
―Pregunto qué cuánto tiempo tardará mi esposa en quedar embarazada.
―Ah, bueno, es relativo. Ahora mismo me parece necesario hacer este chequeo para ver si hay alguna alteración que sea de cuidado, aunque con los análisis periódicos que Bella se hace, puedo decir que nada hay de malo, pero es mejor asegurarse. ―El ogro asintió, tratando de mantener el control, pero queriendo gritarle al doctorcito ese que si le hacía exámenes periódico a su mujer, por qué diablos era necesario volver a hacérselo, ¿no le bastaba con la pila de mujeres afuera dispuestas a abrirle sus piernas, por muy trabajo suyo que ese fuera? Se mordió la lengua y siguió oyendo lo que decía ―. Los resultados estarán finalizando la semana. De momento, creo que puede dejar de consumir las pastillas anticonceptivas ahora mismo y esperar a que su cuerpo se rehabitúe a su periodo por ejemplo. Creo que tres meses como máximo, puede quedar embarazada en menos tiempo por supuesto, pero prefiero ponerme en el peor de los casos respecto a lo que podría demorar.
Recomendó el doctor, mantener relaciones sexuales con protección mientras tenía el resultado de los análisis y como comentó a Edward, mientras que el cuerpo de Bella se estabilice y reconozca el periodo, además de aconsejar a Bella a ingerir suplementos alimenticios ricos en ácido fólico y yodo.
Esa misma noche, Bella le contó con mucho entusiasmo a su tía quien ese día había llegado de su viaje, sobre la visita que le hicieron ese mediodía a su ginecólogo para planear lo de su embarazo. Con chispeante entusiasmo le contaba a Carmen que ya se imaginaba con un hermanito para Clarisse dentro de muy poco si las cosas salían bien. Mientras, en la misma sala de estar y con su hija sentada a su lado jugando con sus muñecas, Edward miraba muy concentrado las noticias de la noche.
― ¿Edward, y tú estás tan entusiasmado con la idea de un nuevo hijo? ―le preguntó Carmen, girando Bella inmediatamente hacia su marido, expectante con la reacción de este. Había hecho un sinfín de preguntas al doctor, lo que significaba para ella que él estaba preocupado, pero secretamente ella quería ver la ilusión en su marido.
Edward entonces despegó con mucho esfuerzo los ojos del televisor, mirando a Carmen y respondiendo con un "aja", volviendo a concentrarse en las noticias que hablaban de economía. Esa tan poco entusiasta respuesta de Edward enfureció a Bella. Quizás era una exageración que se enojara, pero lo estaba, levantándose de un sopetón y tomando a la niña en sus brazos para llevársela a su habitación y prepararla para dormir, sin decir una palabra.
Edward y Carmen miraron a Bella que atravesó la sala taconeando tan furiosamente como estaba su ánimo en ese momento hasta que desapareció por la puerta. Enseguida ambos se miraron un poco sorprendidos por la reacción de Bella.
― ¿Qué le hiciste, Edward?
― ¿Perdone? ―respondió ofendido a las acusaciones de Carmen―. ¡Vio que salió disparada de aquí, no sé por qué!
― ¡¿Y qué esperas para ir y averiguarlo?!
― ¡Claro que voy! ―se levantó de un salto hablando sobre su hombro cuando iba alejándose― ¡Acompáñeme, Carmen, necesitaré que se quede unos instantes con la niña!
Edward caminó a paso raudo hacia el segundo piso con Carmen pisándole los talones, mientras se preguntaba qué diablos estaba pasando con su mujer. "Ni siquiera está embarazada y ya tiene esos raros cambios de humor…" protestaba en su cabeza. Abrió la puerta del dormitorio de su hija, de tonos lilas y blancos adornados con hadas y mariposas, a quien vio dentro de su cuna todavía manteniendo ese extraño diálogo con sus muñecas en el idioma de los niños de dos años que a él le costaba un poco entender, mientras que la fiera de su madre abría y cerraba cajones buscando un pijama para su hija, mientras gruñía cosas ilegibles. "Y me critica a mí, que me la paso gruñendo" pensó, evitando verbalizar aquello para no provocar más a su demonio.
―Mujer, ven conmigo ―exigió desde la puerta, haciendo que su hija dejara la atención de sus muñecas para acercarse a los barrotes de la cuna y pararse para extender los brazos a su padre y que este la sacara de allí.
―Papi… papi…
Carmen intervino y se acercó a la cuna para tomar a la niña en sus brazos, mientras Edward seguía en la puerta volviendo a llamar a su esposa con tono de amenaza.
―Demonio, ya te hablé…
―Estoy ocupada, Edward ―respondió entre dientes. Entonces Edward miró a Carmen, su ahora cómplice, haciendo un movimiento de cabeza para que saliera del dormitorio con la niña. Cuando ambas pasaron a su lado, Edward tomó el rostro pequeño de su hija y besó su frente, susurrándole que ya estaría con ella y con sus muñecas. Enseguida cerró la puerta ante la indignada mirada de su esposa.
―Joder, demonio, ¿se va a convertir en tu deporte provocarme?
―Déjame en paz, Edward ―murmuró cansada, girándose para volver a abrir los cajones donde guardaba la ropita de su hija. Pero ni que el ogro fuera a hacerle caso, muy por el contrario, eliminó la distancia y jalándola por el brazo la hizo girarse para quedar frente a ella, con su nariz pegada prácticamente a la de ella.
― ¡¿Qué jodida cosa ocurrió ahora, demonio?!
― ¡Podrías mostrarte un poco más entusiasta con la idea de otro hijo! ―gritó, quebrándosele la voz en el proceso. Edward arrugó casi imperceptiblemente su frente, ¿no era que ya habían hablado de aquello?―. Yo, toda entusiasmada contándole las noticias a mi tía y tu… ¡Y tú más concentrado en la jodida televisión!
―Dime una cosa, demonio, cuando diablos me has visto a mi saltar de dicha por algo, ¿eh? Dime si conociendo mi carácter, extrañas esos arranques efusivos en mí…
―Estamos hablando de un hijo, Edward.
― ¿Crees que no soy feliz con la idea? ―preguntó, un poco ofendido, dando un paso atrás― ¿De verdad lo piensa, después de saber la forma en la que amo a mi hija?
Ella mordió furiosamente su labio y bajó la cabeza, pues otra vez su gruñón esposo, tenía la razón. Miró la punta de sus pies con los ojos llenos de lágrimas, sintiéndose realmente avergonzada.
―Pensé que ya habíamos hablado de esto, Bella, y que había sido una decisión de ambos, la que acepté porque quiero otro hijo contigo, no porque me sintiera obligado ―continuó hablando Edward con tono bajo y ofendido―. Perdona si no reacciono saltando en un pie, pero no es mi estilo, lo que no quiere decir que no esté feliz con la idea de sumarle un miembro más a la familia que construí contigo.
Bella aferraba y retorcía la suave pijamita rosada de su hija que tenía entre sus manos. Había sobre reaccionado pues Edward, tenía razón en todo lo que decía, no sabía qué le pasaba. Ni siquiera se atrevía a darle la cara de lo abatida que se sentía.
―No te quedes callada, mujer, y dime algo ―exigió Edward con voz dura. Sus manos estaban colgando a los costados de su cuerpo hechas puños y sus dientes estaban haciendo más presión de la habitual con la contención de su ira, ira que se esfumó con un suspiro cuando Bella sacudió su cabeza e imperceptiblemente dijo "lo siento". Entonces él volvió a acortar la distancia y la abrazó, refugiándola en su pecho, mientras la rodeaba fuertemente con sus brazos y dejaba besos en el tope de su cabello caoba―. Si ya antes del embarazado estás con estos cambios de humor, no quiero ni pensar lo que me espera cuando lo estés efectivamente.
Ella recién en ese momento se atrevió a esbozar una pequeña sonrisa y apretarlo aún más con sus brazos rodeándole el torso.
― ¿Podemos… podemos llamarlo como mi padre? ―preguntó Bella muy despacio, oyendo en el pecho de Edward el resonar de una carcajada corta, muy de su estilo.
― ¿Charles? ¿No se parece mucho al de Charles Mason, el asesino en serie? ―bromeó, meciendo ligero a su esposa, sonriendo cuando la oyó ahora a ella carcajearse y mover la cabeza, sin hacer ademán de querer apartarse de donde estaba.
―Supongo que sí, pero pensaremos en un nombre lindo, ¿verdad?
―Será el jodido mejor nombre que alguna vez se pudo escoger para un bebé digno de los padres que tiene.
Entonces ella se apartó y se empinó sobre la punta de sus pies para dejar un beso en los labios de su marido, aprendiendo la lección de que aquella era la manera en que su ogro amado demostraba su entusiasmo, manera que ella adoraba y que no esperaba que cambiara, porque así se enamoró de él y así lo amaría por el resto de su vida.
**OO**
―Ejem… Tyler, tienes visita ―indicó con voz nerviosa Linda, la secretaria del despacho de arquitectos. Tyler alzó su cabeza de los planos que revisaba y la miró con curiosidad.
― ¿De quién se trata, Linda?
―Uhm… —la secretaria rascó con sus dedos su corta melena negra― tu padre.
Tyler inspiró profundo y torció su boca, para nada contento que su padre haya llegado a su oficina pillándolo por sorpresa. "No puede ser" se lamentó para sí. ¿Y qué iba a decir para escaparse, que estaba en una reunión? Entonces pensó que era mejor recibirlo de una vez, ya después de todas las veces que ignoró sus llamadas, quizás con esa visita el hombre de quien llevaba el apellido, lo dejaría tranquilo.
―Ni modo, hazlo pasar.
Linda se alzó de hombros y salió de la oficina del joven para indicarle a la visita que podía entrar. Liam lo hizo sin golpear, sonriendo cuando vio a su hijo mirarlo desde su mesa de trabajo, desde donde se levantó para acercarse al pequeño y antiguo escritorio de madera caoba.
La pequeña oficina, una de las que había en el primer piso del edificio que ellos rentaban para el negocio, era de aplicaciones de madera y concreto cuyos muros estaba cubiertos por paneles con diseños, fotografías y repisas donde había maquetas, entre otras cosas. Además y junto a la única ventana del cuarto había un mesón blanco donde el profesional trabajaba con los planos, en donde a decir verdad Tyler pasaba casi todo el tiempo. Sobre el escritorio había un teléfono, una laptop, una ruma de papeles entre otras cosas que completaban el caos.
― ¡Por fin te encuentro, muchacho! ―exclamó Liam sentándose en una de las sillas de metal frente al escritorio desorganizado de su hijo. Desabotonó su americana negra y se relajó poniendo su pie sobre la rodilla contraria. Tyler inspiró, dejando su teléfono móvil sobre la mesa, con la ilusión de que una llamada interrumpiera lo que sería el diálogo con su flor de padre.
― ¿Y puedo saber cuál es la ansiedad de querer comunicarte conmigo?
―Pues saber cómo está mi hijo… ―exclamó Liam, a lo que Tyler quiso reírse por la que consideró una buena broma, pero no lo hizo, simplemente volvió a inspirar dejando que siguiera adelante con la palabrería―. No contestas mis llamadas y nunca estás en esta oficina. Digamos que hoy tuve suerte de encontrarte.
―La verdad es que sí, he tenido mucho trabajo… trabajo con empresas importantes ―agregó para aclarar que ya no mendigaba proyectos pequeños, como él decía, sino que ahora él y sus colegas trabajaban ya para las ligas mayores, y sin que él ni nadie hubiera ayudado con sus contactos.
― ¿Y cómo si es que trabajas para empresas importantes, sigues vistiéndote de esa forma…? ―preguntó, indicando la facha de su hijo que distaba mucho de las de los importantes arquitectos que al menos él conocía, y no con esa informalidad en el vestuario que Tyler en ese momento llevaba: una camiseta azul de manga larga, unos jeans oscuros y zapatos de trabajo. Qué decir de su cabello, todo desordenado, como si aquella mañana no hubiera dejado ser dominado.
Por supuesto, pensó Tyler, su padre no lo felicitaría, sino que encontraría algo con lo cual criticarlo. No debería sorprenderlo, ni siquiera afectarlo, pero quiso ponerse de pie y arrastrar a su progenitor por su costosa corbata celeste hacia la salida, pidiéndole con feas palabras que no regresara más, pero no quiso darle en el gusto de parecer ofendido ni mucho menos, simplemente lo dejó pasar como algo sin importancia.
―Soy arquitecto, no gerente general de una importante compañía de valores.
―Como sea, si vas a trabajar con gente importante, deberías preocuparte de tu aspecto, y darle una mano a esta oficina, rentar una más grande por lo menos…
― ¿A qué has venido? ―lo interrumpió Tyler con voz potente y sonando fastidiado, no soportando más que Liam lo criticara o le enseñara sobre cómo se hacían negocios. Su padre alzó las cejas y alzó sus manos, como si estuviera rindiendo.
― ¡Ey, tranquilo, solo quiero aconsejarte!
―Bueno pues, guárdate tus consejos.
Liam torció su boca y vio en los furiosos ojos azules de su hijo, la misma mirada que alguna vez le llamó la atención en la madre de este, con quien apenas fue un affaire de una noche con una camarera que se encargaba de arreglar su habitación una noche que alojó en un hotel fuera de la ciudad. El mismo cabello caoba de esa mujer, la misma mirada intensa de aquella dama varios años menor que él, mujer que meses después de ese encuentro, primer encuentro sexual con un hombre, le dijo lo del embarazo. Bien recuerda Liam la cantidad de ceros que le puso al cheque que le tendió a la joven para que se olvidara que él era el padre de la criatura, rompiéndolo ella frente a sus narices.
Liam llegó a conocer a su hijo, movido por la curiosidad, cuando el pequeño tenía tres años. Vio que la joven madre de ese niño, con quien se revolcó años atrás, trabajaba en un puesto comercial en el aeropuerto, recordando él aquel asunto de su supuesta paternidad, pidiéndole a uno de sus hombres que la siguiera y que averiguara sobre el niño que tuvo años atrás. Aquella vez lo contempló desde su coche mientras el pequeño con su madre jugaban en un parquecito a unas cuantas cuadras del viejo edificio donde ella vivía, convenciéndose inmediatamente que era su hijo.
Muchas veces se le acercó a Gianna, madre de Tyler, ofreciéndole ayuda económica para el niño, pero a ella no le interesaba aquello, quería que Liam demostrara la preocupación de padre que él siempre se negó a dar, porque simplemente no estaba para eso. Intentó hacerlo a su estilo, cuando muy a lo lejos invitaba a salir al chico o intentaba darle juguetes y ropa costosa, no naciendo de él tratar a aquel niño como su hijo, aunque no podía negarlo, el carácter y la estampa de ese pequeño, ahora todo un hombre, era sin duda algo que había heredado de él.
Se encontraban ambos en un incómodo silencio cuando eso se oyó un pequeño golpe en la puerta de la pequeña ofician, abriéndose ésta para que Linda apareciera con unas hojas en la mano. Ella sabía todo el fastidio que para Tyler significaba la figura de ese hombre, por eso en cuanto vio que para ese medio día Tyler debía presentarse en los terrenos de la construcción en la que trabajaba para ver lo del estudio de suelos, se apresuró en imprimir los permisos y llevárselo a Tyler como salvavidas.
―Perdone que lo interrumpa, arquitecto ―dijo ella dirigiéndose con mucho respeto― pero la ordenanza y los permisos municipales del proyecto ya están aquí. Debe estar en el terreno a mediodía.
Se acercó a él y sin que Liam la viera, le guiñó el ojo a su jefe entregándole los papeles. Tyler pensó en doblarle el sueldo a esa mujer que hablaba tres idiomas por ayudarlo a deshacerse de la incómoda visita.
― ¿Y puedo saber con qué empresa es que estas trabajando? ―preguntó Liam con curiosidad cuando Linda desapareció de la oficina. Tyler levantó su vista de las hojas y sopesando la idea si de guardarse esa información para él, decidió decírselo para verle el rostro cuando supiera con quienes se había aliado.
―"Lux et Umbra". Adquirieron una filial inmobiliaria y comenzará a construir dos torres de edificios departamentos. Hace cinco meses llamaron a concurso para los diseños, participamos y nos ganamos la concesión.
Sin duda, Tyler sí que sorprendió a su padre con la noticia, y lo hizo notar cuando descruzó sus piernas y abrió ligeramente su boca. Eso sí, no era que el logro de su hijo lo hubiera llenado de asombro, sino que como el destino había puesto a su hijo justamente como parte de la empresa que estaba en su mira, la misma empresa que dirigía el nieto de su amiga Elizabeth, el mismo hombre a quien culparía de los pasados desfalcos de la otrora empresa "Masen & Co".
"Vaya, vaya, vaya…"
―Bueno, pues, es todo un logro, te felicito. ―lo elogió, retomando la compostura.
―Gracias.
―Ahora me voy, no te interrumpo más. ―Se levantó de la incómoda silla y abrochó su chaqueta negra―. Quisiera que nos viéramos con más frecuencia y me contaras como van las cosas con tu nuevo proyecto, y hablar de otras cosas, de padre a hijo, ya sabes.
Otra vez, Tyler quiso partirse de la risa. Ese viejo, ahora que sabía que estaba abriéndose camino de la mano de empresas importantes, se interesaba por él. Muy bonito, muy inspirador. Entonces se puso de pie, acompañando a Liam hasta la puerta, al que él mismo le abrió para que se fuera de una vez.
―Entonces, ¿vas a responder mis llamadas la próxima vez que quiera comunicarme contigo? ―insistió Liam con su hijo frente a él.
―Lo intentaré ―respondió Tyler sin comprometerse. Entonces Liam sonrió levemente poniendo una mano sobre el tenso hombro de su hijo, dándole unos golpes antes de salir finalmente de la oficina. Al pasar Liam por frente de la secretaria se despidió de ella con un movimiento de cabeza hasta salir por la puerta de vidrio de la entrada. Tyler se afirmó en el quicio de la puerta aún abierta, cruzando sus brazos y relajándose cuando Liam desapareció finalmente de sus ojos, mirando con agradecimiento a la morena secretaria y cómplice suya.
―Voy a doblarte el sueldo y voy a invitarte a cenar al restaurante más fino y más caro de la ciudad, lo juro.
―No hay de qué ―respondió ella ante la forma que Tyler le agradecía su intervención. Entonces el arquitecto regresó a su oficina y se instaló otra vez tras su mesón de trabajo, intentando concentrarse nuevamente en lo que para él era realmente importante.
Mientras, Liam era dirigido por el chofer de su lujoso coche hasta el centro penitenciario donde tendría una reunión con su amiga Elizabeth y sus abogados, los que ya habían comenzado con los preparativos para sacarla y quienes seguro tendrían noticias concretas sobre eso.
Pensaba ciertamente en la sorpresa que fue para él ver a su hijo, nada menos, como parte de una de las filiales de la empresa de Masen. ¿Si su hijo estaba dentro de eso, seguiría adelante con sus propósitos? Porque finalmente lo que él quería era, por qué no, adueñarse de lo que alguna vez le perteneció a Elizabeth y enlodar el nombre de esos empresarios que ahora estaban a cargo de esa empresa.
De momento, decidió, debería mantenerse en el anonimato de toda la redada para sacar a Elizabeth de la cárcel, dejar que el abogado de ella y los suyos estuvieran frente al petitorio que se enviaría a la corte para mover a Elizabeth. Ya después sobre la marcha, pensaría en lo que haría.
―Presumo que ellos son sus abogados ―dijo Elizabeth mirando a los hombres de terno y corbata que se sentaron junto a Liam cuando este llegó a la cárcel. En la estrecha sala de visita, que ahora se veía llena, la mujer junto a su abogado y los otros tres caballeros se encontraban por primera vez para delinear lo que sería la triunfal salida suya de ese lugar en el que una mujer con su estirpe no merecía estar.
―Eminencias del derecho penal, si me permites agregar, Elizabeth ―acotó Liam―. Por cierto, están muy llanos a ayudar a una mujer que ha salido tan damnificada como tú.
― ¿Qué novedades tienen? ―exigió saber pasando por alto la ironía de las palabras del empresario, mirando este a uno de sus abogados, quien comenzó a explicarle los primeros movimientos que deberían hacer, y en los que ella debería colaborar.
―Señora Masen, en las siguientes semanas la Corte Suprema recibirá un recurso de amparo en donde se expondrá su caso, poniendo hincapié en su estado de salud. Ellos querrán recibir además informes médicos y psiquiátricos que comprueben lo que allí se plantea, así que para mantener las apariencias, deberá colaborar.
― ¿Me está pidiendo que me haga la loca?
―Que actúes un poco, Elizabeth ―intervino Liam―. Les pagaré a médicos de intachable conducta para que afirmen que tu estado de salud no es el adecuado para permanecer en este lugar. Pero por las dudas, deberás presumir que no estás bien de la cabeza.
― ¿Y cuánto tiempo tendré que esperar?
―Elizabeth, al recibir los jueces el recurso de amparo, habrá que esperar al menos unos veinte días para la resolución. Cuando la saquemos, será trasladada a un hospital, que al lado de este lugar será como un hotel de cinco estrellas. Cuando esté fuera, comenzaremos con la apelación para reabrir el caso, y seguir adelante con sus planes.
―Quiero ver al maldito de mi nieto con mierda hasta el cuello ―exigió entre dientes, con sus manos fuertemente entrelazadas, presionándose contra sí―. Eso es lo que quiero, y me importa un carajo como lo consiga. Voy a volver a tener lo que ese hijo de puta me quitó…
―Calma, Elizabeth, calma…
―Perdón que los interrumpa, ―dijo el abogado de Elizabeth―. Pero alguien se tendrá que hacer cargo de estar representando a la señora Masen, como un familiar o alguien cercano. El magisterio no creerá que es por caridad que estos abogados quieren sacar a la señora de la cárcel, lo más sensato y común en estos casos es que alguien de la familia comience con los procesos de apelación, o la misma imputada, pero en este caso y por el plan que tenemos entre manos, eso es imposible.
―Cuando sea el momento surgiré como el buen amigo de Elizabeth a quien le pareció se ha cometido una serie de injusticias con esta pobre y enferma mujer. De momento estará todo en vuestras manos, las de los abogados.
―Pagaría por verles la cara cuando se enteren que saldré de este… lugar ―escupió Elizabeth las palabras con desprecio. Enseguida inspiró, como concentrándose, para luego dejar caer su espalda hasta ese momento erguida, contra el respaldo de la silla, fijando su vista en un lugar del muro—"Mi nietecito… por favor, llamen a mi nietecito…"
Liam sonrió con cinismo al ver lo bien que Elizabeth hacía el papel de loca, mientras los abogados colaboradores suyos se miraban, mientras que el tercero abría los ojos con pasmo, levantándose de un salto para llamar a los gendarmes y pedirles ayuda con la anciana que no se sentía nada bien.
Así se la llevaron, mientras gemía y llamaba a su nietecito Edward, provocando que Liam Patterson deseara soltar carcajadas por la increíble escena que Elizabeth acababa de interpretar.
―Bueno, en lo que siga en su papel de loca, nada tendría que salir mal ―comentó uno de sus abogados, levantándose en compañía de los demás para salir de la sala.
―Saldrá. Elizabeth saldrá de aquí, como que me llamo Liam Patterson.
**OO**
― ¡Mi buen Dios! ¿Estos son sus niños, hermana Manuela?
Aquella noche, la tropa de amigos quienes habían pasado parte de su infancia en el Hogar de Menores, llegó a la cita con la que se comprometieron con la hermana Manuela, para darle la bienvenida a la nueva monja, quien se quedaría a cargo de la dirección de dicho hogar. Una mujer menuda, de tez bronceada y con ojos marrones muy gentiles eran los rasgos que el largo y oscuro hábito, dejaba al descubierto de esta mujer de no más de cuarenta y cinco años. Su voz era natural, armoniosa, apostando quienes la escuchaban hablar, que esta monja cantaba muy bien.
La hermana Manuela sonrió orgullosa hacia sus "niños", como ellas les llamaba, después que se los hubiera presentado: Alice, Kate, Garrett, Edward, Jacob y Emmett, además de las esposas de estos tres últimos quienes los acompañaban.
―Serán mis niños hasta que cumplan los ochenta años.
Los caballeros sonrieron y rememoraron las travesuras que de niños hacían en ese lugar, poniéndole Emmett más entusiasmo y quedando él siempre como la víctima.
Y mientras los varones dialogaban amistosamente con la nueva religiosa, Kate un poco dubitativa, se acercó a Bella, quien estaba conversando con Leah, esposa de Jake, comentándole ella la serie de tratamientos que ya había comenzado a hacerse para conseguir quedar embarazada. A veces, comentaba Leah, ella se sentía un poco desmotivada porque después de mucho desearlo y perseguirlo no había podido lograrlo, a lo que Bella le aconsejaba que sería bueno que se relajara, pues si los exámenes apuntaban a que no había nada en su organismo que lo impidiera, seguro sería cuestión de tiempo para que lo lograra. Iba a contarle que ella y su marido estaban ya detrás de su segundo hijo cuando Kate llegó hasta ellas. Desde la cena en que Bella resultó ofendida por los comentarios de la rubia hacia Victoria, la descarada colorina amiga de Bella, que no habían logrado hablar, o más bien ella no había logrado acercársele y pedirle disculpas pues la esposa de Edward había se escabullía o se mostraba recelosa a hablar con ella.
―Espero no interrumpir ―dijo Kate a las damas a modo de saludo. La sonrisa de Bella se congeló en el rostro mientras que Leah se inclinaba hacia Kate y la saludaba con un beso en la mejilla―. Bella, ¿has estado bien?
―Sí, muy bien, gracias.
―Bella me estaba comentando que están planeando tener el segundo hijo, ¿verdad Bella? ―comentó Leah alegremente, tocando el brazo de la futura madre. Bella sonrió con tirantez, dándole una bocarada a su jugo de piña, buscando a su marido con la vista y a quien vio muy animado conversando con el resto de los chicos. No sabe por qué le incomodaba ahora la presencia de Kate, después del último altercado, simplemente ahora no se sentía cómoda a su lado.
―Sí ―susurró mordiéndose el labio― esperamos que todo resulte sin complicaciones.
―Por cierto, Kate, ¿tú cuando te animas? ―preguntó la esposa de Jacob a la rubia mujer.
―Oh, no lo sé, no lo hemos conversado. Creo que no es el momento todavía ―comentó Kate mirando a Leah, quien contó también con Kate sobre lo que había estado hablando con Bella. Después de un rato, ella se disculpó y se apartó para saludar a Alice y dejó a ambas mujeres solas, aprovechando Kate para hablarle―. Bella, no había tenido la oportunidad de hablar contigo, sobre lo que ocurrió la otra noche en la cena.
―Ya no te preocupes por eso…
―No quería hacerte sentir mal, de verdad que no quería… solo… solo se me hacía comentar contigo lo extraña que es tu amiga en la oficina, pero no quería ofenderte, ni siquiera a ella. Si me pasé con mis comentarios, te pido disculpas, por favor.
―De verdad, Kate, está bien.
Apartados al dialogo de las damas, Garrett que se percató del diálogo golpeó con el codo el brazo de Edward, que cuando lo miró le indicó con la cabeza hacia donde las mujeres conversaban.
―Bueno, espero que ahora las cosas se relajen. Kate ha estado bastante extraña desde ese episodio y no deja de lanzar veneno contra la secretaria.
―Más le vale que no vuelva a meter la pata ―dijo Edward mirando con curiosidad el diálogo de las damas. Por la postura de su esposa podía apostar que estaba tensa: sus hombros estaban curvados hacia adelante y su mirada apenas se cruzaba con la de la rubia que movía sus brazos mientras no paraba de hablar―. ¿Dices que Kate ha estado rara contigo desde aquella vez?
―La verdad ―suspiró Garrett, haciendo girar su alianza de compromiso ―es que ha estado rara, no sé si a partir de eso, pero ya desde hace unos días. Siempre encuentra cosas por las que discutir, no deja que la toque, y ni hablar de la boda…
Edward miró con preocupación a su amigo ― ¿Y qué crees?
―No sé, hermano ―volvió a suspirar con pesar ―no sé, la verdad.
― ¿Quieres que hable con ella?
―Oye, esas son cosas de chicas, además nunca has servido para ser consejero sentimental, si me permites decírtelo.
―Vale, gracias ―dijo Edward con todo como si estuviera ofendido―. Quizás simplemente podrías encararla y preguntarle qué le pasa, para saber de una vez a qué está pasando con ella, o contigo.
―Conmigo no pasa nada, yo sigo enamorado hasta los tuétanos de esa mujer.
―Entonces habla de una vez con ella y deja ya de sufrir.
―No creas que no lo he intentado, pero siempre está cansada… ―restregó Garrett la mano desocupada sobre sus ojos cansado― y tengo un terror que ni te cuento.
― ¿Terror?
―De que a partir de esa conversación, las cosas en vez de mejorar, empeoren, que me pida un tiempo o que me diga que ya no es lo mismo…
―Si me lo permites, te librarías de una buena si te pide un tiempo… ―intentó bromear Edward sin éxito, llevándose una mirada fugaz pero cargada de recriminación por parte de su amigo, disculpándose enseguida―. Vale, disculpa.
―Solo ponte en mi lugar, si tuvieras la intuición de que algo raro le pasa a tu mujer, si sintieras que lo que te une a ella está a punto de romperse…
―Detente ahí, Garrett, no me pongas de ejemplo con eso porque no pasará. ―dictaminó el ogro y evitando que su amigo lo pusiera en esa escena que a él de solo pensarlo le envolvía las entrañas. Pero debía estar tranquilo, pues como le dijo al pobre y sufrido Garrett, eso no pasaría.
Entonces sucedieron varias cosas al mismo tiempo:
Bella dio por terminado el diálogo con Kate, repitiéndole que no importaba lo de aquella vez, que ella lo había olvidado, disculpándose luego con ella para ir a los brazos de su marido, a quien vio hablando precisamente con Garrett, que los dejó a solas cuando ella llegó. Su ogro amante la recibió abriéndole los brazos y refugiándola en su cálido regazo cubierto por un traje negro de tres piezas. Edward la besó en el tope de la cabeza y son su dedo índice elevó el mentón de su mujer para ver en sus ojos si realmente estaba todo bien con ella después del dialogo con la rubia. Vio su mirada verde miel, tan cristalina como siempre, relajándose, acercando su boca hasta la de ella y dejando un casto besó en sus labios antes de tomarla por la cintura para llevarla con el grupo donde se encontraba la hermana Maritza hablando con el grupo.
Kate en tanto se quedó mirando sin disimulo la imagen de Bella abrazándose sin remedio a Edward, ambos acoplándose de manera natural. No era primera vez que era testigo de los afectos de este matrimonio se daba en público, pero si era primera vez que la hiel subía y bajaba por su garganta, llevándola a estrujar el vaso largo que llevaba en la mano. Apretó los dientes y tragando grueso trató de hacer desaparecer la amargura que estaba molestándola, amargura a la que no quiso ponerle nombre, sentimiento que ella jamás pensó experimentar en ese momento y por esas personas. Por lo que se dio media vuelta y caminó entre el pequeño salón del hogar de menores en busca del tocador para damas, donde llegó directo al lavamanos, sujetándose al lavado con almas manos, bajando su cabeza a la vez que sus ojos se cerraban e inconscientemente repetían la escena de Edward y Bella profesándose amor en público con ese gesto tan normal en una pareja.
"Celos, envidia…" cuando su subconsciente tarareó en su cabeza el nombre de sus desdichados sentimientos, gruñó y sacudió la cabeza, pensando en que era imposible que ella… que ella sintiera…
―No, no, no, Kate, contrólate… ―se susurraba― esto no puede ser…
Alice, la radiante y embarazada hermana de Edward, por casualidad miró justo el final del diálogo entre su cuñada y Kate. Solo por curiosidad siguió con la mirada a Bella cuando caminó hasta su marido y por reflejo sus ojos se devolvieron hasta donde quedó la rubia, debiendo arrugar su frente por lo que vio. Kate se veía tensa y su estado empeoró cuando vio el intercambio romántico entre el matrimonio, percatándose de la mirada llena de envidia que Kate le dio a la pareja, antes de girarse y desaparecer.
― ¿Qué demonios…? ―se susurró Alice, llamando la atención de su marido que hablaba en ese momento con el cura y otros dos caballeros, inclinándose hacia ella, pensando que su esposa le había dicho algo que él no alcanzó a oír bien.
― ¿Qué me dices?
― ¿A ti? ―inquirió y respondió sin dejar de mirar hacia donde la rubia había desaparecido―. Nada.
Jasper rascó su rubio cabello y supo enseguida por el semblante y la denotación en la voz de su mujer que sí que pasaba algo.
― ¿Qué pasa, Alice, estás cansada, quieres ir a casa?
― ¿Yo? ―preguntó distraída, mirando hacia el mismo lugar con su ceño fruncido. Jasper rodó los ojos y supo sin duda que algo ocurría. Con su cuerpo macizo intervino la visión de Alice poniéndosele en frente y tomando ambas mejillas de su esposa para que se concentrara en él.
―Alice, dime qué tienes.
―No puedo decírtelo aquí, pero ahora debo ir a cerciorarme de algo.
―Oye, mujer, conozco esa miradita, así que por favor, no te metas en problemas…
― ¿Meterme en problemas, yo? ―preguntó graciosa, poniendo ojos de niña buena. Jasper inspiró y apartó sus manos del rostro de su mujer, cruzando sus brazos ante la burla suya. Enseguida ella alzó su rostro y besó los labios de su esposo antes de salir rumbo al tocador de damas, donde se encontró a Kate arreglándose las arrugas imaginarias de su vestido jumper rojo y poniendo su largo cabello rubio tras su espalda. Se apresuró en sonreírle y antes que pudiera decirle algo, Alice se le adelantó.
―Te vi, Kate.
La aludida frunció sus delineadas cejas hasta casi juntarlas. La postura de Alice era seria y ni su estado de embarazo lograba ablandar un poco esa actitud.
Kate nunca fue amiga de Alice. Si bien era cierto que ambas habían pasado su infancia en el hogar con las monjas, sus estadías no habían coincidido. Kate era años mayor que Alice y no supo de ella sino años más tarde, cuando el mismo Edward y Garrett le contaron la triste historia. Los lazos de amistad entre ambas, nacieron y se afianzaron dos años atrás, cuando todo entre los hermanos Brandon se arregló, y desde entonces siempre han sido muy buenas amigas. Aquel lazo de confianza y esos dos años de conocerse, dieron pie para que Alice no dejara pasar lo que vio.
― ¿De qué hablas, Alice?
―Hablo de que vi tu reacción con Bella, con Edward ―aclaró Alice y los ojos verdes de Kate se abrieron de asombro― ¿qué te pasa, Kate?
―Alice, creo… creo que estás exagerando… estas confundida, yo…
―El rostro descompuesto que pusiste lo hubiera puesto yo alguna mujer hubiera osado abrazarse a mi hombre, o a uno que yo hubiera deseado que lo fuera, no a un amigo, ¿me explico?
El rostro de Kate palideció, sus hombros se tensaron y sus pestañan comenzaron a subir y a bajar rápidamente. Tragó grueso, carraspeó y se preparó para contradecir con mucha fuerza a Alice, que esperaba frente a ella con sus brazos muy bien cruzados sobre esa prominente barriga de siete meses de embarazo que iba enfundado con un vestido color esmeralda que caía hasta sus rodillas. Kate estaba lista para negar las declaraciones de Alice, pero antes que pudiera hacerlo, sus hombros se dejaron caer junto a su cabeza, a la vez que soltaba un profundo y largo suspiro. Miró la punta de sus zapatos negros y con voz contrita reconoció por primera vez:
―No sé qué me pasa…
Alice se relajó un poco y torció su boca con pena por la rubia mujer que se veía apesadumbrada. Descruzó sus brazos y dio dos pasos hasta ella hasta llegar a poner su mano sobre el hombro de la rubia. Ésta alzó apenas los ojos hasta encontrarse con la mirada tan igual a la de Edward, prefiriendo volver a concentrarse en la punta de sus pies.
―Puedes confiar en mí, Kate.
―Yo simplemente… no sé… ―puso una mano sobre su boca, volviendo su mente hacia atrás, buscando el preciso momento en que sus sentimientos se confundieron, pero no fue capaz de encontrarlos pues apenas esa noche la certeza de ello se hizo presente.
― ¿Han estado mal las cosas con Garrett?
―Garrett no hace otra cosa que quererme, y yo durante las últimas semanas no he hecho otra cosa que alejarme.
― ¿Ya no lo amas?
Kate de inmediato alzó sus ojos nublados de llanto y negó fieramente con la cabeza.
―No… yo… Garrett es…
―Estás confundida ―concluyó Alice, inspirando mientras apoyaba su cadera contra el mármol del lavado. Estaba embarazada y pasar tanto tiempo de pie le cansaba el triple que a los demás―. Tus sentimientos por mi hermano se confundieron y de paso confundieron lo que sientes por Garrett, no es difícil de dilucidar.
―No sé cómo pasó… ―lloriqueó Kate, dándose por vencida con el llanto y dejando que este fluyera. El rostro de Alice también se afligió y no pudo hacer más que ofrecerle un abrazo de consuelo. Mientras la rubia ―un par de centímetros más alta que ella― lloraba sobre su hombro, Alice pensaba que si hubiera sido otra mujer, ella no hubiese demorado en agarrarle las greñas y aclarar lo que ocurriría con ella si metía su respingada nariz en el matrimonio de su hermano. Pero sabía que no era una mala mujer, simplemente era una que había confundido sus sentimientos de amistad con un hombre a quien conocía desde la niñez. Podría incluso poner las manos al fuego y asegurar que Kate no haría nada para interponerse entre Bella y Edward, además sería estúpido puesto que Edward no tenía ojos para nadie más que no fuera su esposa.
―Quizás deberías pedirle a Garrett que te llevara… no sé, de vacaciones por ahí ―aconsejó Alice a la vez que palmeaba la espalda de Kate― estar a solas, aclarar los malos entendidos. Si aún sientes que lo amas… ¿Porque lo amas, no?
―Sí… ―afirmó Kate con voz aguda. Finalmente se apartó secando con sus manos las lágrimas que caían negras por las mejillas producto del tinte de sus pestañas. Rápidamente Alice salió en su ayuda, acercándose al dispensador de papel para sacar unos cuantos y ayudar a mejorar el aspecto tan desmejorado en el rostro de Kate.
―Dices que no has hecho otra cosa que apartarte de Garrett, pues no lo sigas haciendo. Toma la iniciativa y has cosas que vuelvan a afianzar tus sentimientos por él…
En medio de los sabios consejos de Alice, la puerta del tocador sonó varias veces, oyéndose desde afuera a una voz masculina y preocupada que llamaba a una de las mujeres allí.
― ¿Kate? ¿Estás ahí?
Garrett se vio buscando por todos lados a su chica y una punzada de preocupación lo invadió, decidiendo salir en búsqueda de Kate, a la que vio frente al lavado después que Alice abriera la puerta. La preocupación se apoderó de los rasgos del empresario cuando vio los rastros de lágrimas en los ojos de Kate, acercándose a ella, tomándole el rostro y acariciándolo, a la vez que lo escudriñaba con ojos ansiosos.
― ¿Oye, qué tienes, por qué estuviste llorando?
Kate cerró los ojos y rodeó al hombre por la cintura, hundiendo su rostro en el pecho firme de Garrett, que se apresuró a abrazarla. Desvió sus ojos preocupados a Alice, que seguía de pie junto a la puerta, a punto de salirse para dejar a solas a la pareja, vio el torrente de preguntas en el rostro de Garrett, preguntas que ella no se sentía en condiciones de responder, por lo que decidió simplemente alzar sus hombros levemente y dejarlos solos.
― ¿Kate? ―insistió él, intentando apartarse un poco, pero ella seguía pegada como lapa a su cuerpo―. Mujer por favor, no me preocupes…
―Llévame a casa, Garrett, no me siento bien.
―Claro.
Afuera, mientras los invitados conversaban en torno a la nueva monja, uniéndoseles Alice al grupo, una llamada interrumpió a Edward. Arrugó su frente cuando vio el nombre de Garrett a quien no vio desaparecer de la cena.
― ¿Garrett?
―Estoy llevándome a Kate a casa, no se encuentra bien.
―Oh… ¿sucedió algo? ―preguntó mirando a Bella, quien fue la última persona que dialogó con la rubia antes que esta desapareciera.
―No lo sé, me dijo que no se sentía bien. Mañana hablamos, ¿vale?
―Seguro, y me avisas si necesitas algo.
―Gracias Edward ―dijo, y colgó. Edward metió el teléfono en su bolsillo a la vez que su esposa se le acercaba para preguntar quién llamaba, preocupándose ella que pudiera tratarse de su tía Carmen, la que había quedado al cuidado de su hija.
― ¿Pasó algo en casa?
―No, demonio ―la tranquilizó él, pero no dejó pasar la oportunidad para preguntar―. ¿Estuvo todo bien con tu diálogo con Kate?
Bella parpadeó, sorprendida sin duda por la pregunta ― ¿Por qué… por qué lo preguntas?
―Porque Garrett se la está llevando a casa justo ahora porque ella aludió a que no se sentía bien.
― ¿Y crees… crees que fue por algo que yo le haya dicho?
―No demonio, claro que no… ―respondió Edward, estrechándole los ojos. Bella no era cruel como para soltar dagas verbales, pero a veces se dejaba llevar y su lengua tomaba vida propia. Por algo él la llamaba demonio, entre otras razones.
―Me pidió disculpas por lo de la otra vez y yo le dije que no importaba, eso fue todo.
―Quizás se haya sentido mal desde antes de llegar ―acarició el rostro de su mujer, antes de tomar su mano y regresar con ella hasta el grupo― ya mañana hablaré con ella.
―Pero yo no le dije nada que la pudiera hacer sentir mal, te lo juro ―insistió Bella preocupada.
No podía ser que alguna de sus palabras la hubieran hecho sentir mal, además Kate era una mujer firme, dura, que no se dejaba avasallar por nadie, por eso era raro saberla mal por algo. Solo esperaba Bella, que no fuera su culpa lo que la hizo sentirse mal.
―Mujer misteriosa, dime qué sucedió en el baño ―insistió Jasper a su esposa, que succionaba la pajilla de su vaso de jugo.
―No seas fisgón, Jasper ―lo regañó ella con rastros de humor en su voz. Enseguida lo miró y sonrió estirando su mano hasta posarla en la mejilla de su atractivo marido―. En casa hablamos, solo espero que las cosas no empeoren de ahora en adelante.
―No te entiendo, mujer. ―reconoció Jasper con frustración, moviendo su cabeza. Alice soltó una risita y acercó sus labios hasta los de su marido.
―Ya lo sabrás ―besándolo con discreción antes de seguir degustando su jugo, pensando en cómo podía ayudar para que las cosas no se salieran de control.
Gracias a todas quienes se han mantenido conmigo, que siguen la historia y que van comentando.
Gracias Gaby Madriz, beta de la historia, a Maritza Maddox y a Miss Manu de Marte, a ellas muchas gracias.
Ya saben, estamos en el grupo de facebook, groups/Subversivas/
Y para quienes quieran seguir una historia original que pronto comenzaré a subir, les dejo el link del blog donde ya hay un adelanto de la historia: .cl/
Besos a todas y nos leemos la próxima semana!
