¡EL OGRO HA VUELTO!

A LEER DAMAS


Capítulo 5

Dos semanas atrás, Garrett Anderson era un alma en pena. Dos semanas desde la cena de bienvenida a la nueva monja del hogar de menores que tomaría el lugar de la hermana Manuela, y dos semanas desde que se sentó frente a Kate y le preguntó derechamente qué le ocurría. Cuando ella le dijo que estaba confundida y necesitaba un tiempo, el mundo de este joven empresario se desmoronó hasta caer bajo sus pies. Kate, su novia eterna, era prácticamente su único amor desde que era pequeño y la espiaba por las rendijas de la puerta mientras ella leía en la pequeña biblioteca del hogar donde crecieron.

Aquella misma noche, se vio haciendo las maletas y llamando a Edward para pedirle asilo en su viejo apartamento de soltero, donde se embriagó bebiendo directamente de una botella de licor barato que compró en una tienda de paso, y mientras maldecía por su suerte, mientras sus tres amigos de siempre lo miraban y lo dejaban desahogarse contra esta tan injusta vida, contra su maldita suerte y contra el hombre que confundió los sentimientos de la mujer que acababa de romperle el corazón, porque él lo sabía, aunque ella no lo había admitido, sabía que otro hombre se había colado… ¿pero quién?

Su barba había crecido y las ojeras purpuras, daban cuenta de lo poco que dormía, usando las noches para beber y maldecir la vida que le tocaba vivir; en el trabajo no se concentraba y su aporte era casi nulo, debiendo caer todo el peso en los hombros de Edward, quien en todos los tonos había intentado persuadirlo de sacarlo de ese estado, pero nada que Garrett reaccionaba.

Kate por su parte, había hecho uso de sus vacaciones que hace tanto tiempo no se tomaba, decidiendo marcharse a un pueblo pequeño para refugiarse y pensar, manteniendo todo el tiempo su teléfono apagado, evitando así Garrett se comunicara con ella, cuestión que hacía cada noche y muchas veces en medio de su embriaguez.

―Los inversores daneses estarán arribando al país la próxima semana para firmar los acuerdos de importación con la filial vitivinícola. Quedaron encantados ―anunció Jacob con orgullo― debemos darles a conocer nuestra mejor imagen, caballeros.

Todos los asistentes a la junta carraspearon, mirando de reojo al director general, que sinceramente estaba fuera de la ecuación que Jacob quería presentarles a los nuevos socios, pero Garrett ni cuenta se daba.

―Ejem… ―intervino la asistenta de Edward― mañana hay que enviarles firmados los preacuerdos… que desde ayer dejamos sobre la mesa del señor Anderson…

― ¡¿No has firmado los jodidos papeles, Garrett?! ―exigió saber el ogro, un poco harto de la situación con su colega y amigo. El aludido apenas desvió su vista de la ventana y moviendo su cabeza negó a la pregunta. Edward cerró los ojos y apretó el puente de su nariz entre sus dedos―. Necesito que desalojen la sala y me dejen a solas con Garrett.

―Pero no hemos terminado…

―Retomaremos en unos momentos, Rosalie ―respondió con la quijada apretada, esperando que las señoras y los caballeros salieran de la sala, mientras su padre que figuraba entre los asistentes le pedía con la mirada que se controlara. ¡¿Control?! ¡Ya se había controlado demasiado! Entonces cuando estuvo solo con Garrett, estalló:

― ¡¿Sabes qué?! Ya está bien de toda esta mierda de auto lástima, maldita sea. Han pasado dos semanas, ya es suficiente…

―Ponte en mi maldito lugar, Edward… ―susurró sin sobresaltarse por el tono que Edward estaba usando. Pero simplemente a Edward no le cabía en la cabeza esa posibilidad, se negaba a ponerse en los zapatos de Garrett y pensar en vivir siquiera en lo que él estaba atravesando, porque sencillamente eso no ocurriría con él.

―Mira, no vas a sacar nada quedándote así, no estás haciendo nada por arreglarlo…

― ¡Arreglar qué, si ella se fue porque quería estar lejos de mi! ―rebatió con rabia y pena, girando su silla hacia Edward—. Ni siquiera me ha llamado para saber cómo estoy, no se ha comunicado para hacerme saber cómo está ella… ¡Ni siquiera me extraña! ―agregó en un grito seco. Edward inspiró profundo y relajó su espalda sobre la silla.

―Han pasado solo dos semanas…

―Demasiado tiempo ―objetó, con sus manos convertidas en puños sobre la mesa―. En dos semanas pueden pasar muchas cosas. Quizás… quizás y ni siquiera esté sola… y yo aquí, esperándola para que me lance migajas de esperanza.

―Garrett, has estado… no sé cuántos años con ella, la conoces mejor que nadie, debes de saber si esa mujer te ama, uno lo sabe ―trató de mediar él ahora un poco más controlado―. Y a la rubia la notaste rara desde mucho antes, y tendrías que haber aclarado todo antes que lo peor pasara. Por lo demás, no creo que haya alguien más, si es eso lo que te atormenta. Quizás simplemente la relación de ambos necesitaba… un respiro.

― ¿Le darías un respiro a tu relación con Bella?

―No me pongas como ejemplo, Garrett ―dijo en tono de advertencia― simplemente estoy tratando de ayudarte, y la verdad no sé cómo hacerlo…

―Mira, te agradezco que estés intentando hacerlo, de verdad, pero… quizás tengas razón, y deba tomarme unos días y pensar, aclarar lo que va a ser de mi vida.

―Vale, pero hazlo después de esta semana, cuando dejemos todo listo con los daneses ―dijo, levantándose para ir hacia la puerta y hacer pasar al resto a quienes había pedido salir. De paso, palmeó el hombro de su amigo quien se estaba restregando la cama con ambas manos, preparándose para ponerse manos a la obra, aunque le costara.

Todos retornaron a la reunión y se sorprendieron de que Garrett tomara decisiones y tuviera un poco más de participación en lo concerniente a la empresa. Digamos que al ogro Masen se le estaba dando bien esto de aconsejar sobre relaciones de pareja.

Cerraron varios temas y dejaron otros listos para abordar e hicieron planes, lo que en resumen significó que la reunión fue fructífera y Garrett por un momento agradeció el poder olvidarse de su padecimiento, aunque sea por unos momentos.

― ¿Qué pasó con James, por qué no entró a la reunión? ―preguntó Edward a su padre, mientras el resto de los directores y otras personas de altos cargos de la empresa salieran de la sala de juntas.

―Tenía que atender una urgencia, no me alcanzó a decir de qué se trataba ―respondió Damián alzándose de hombros, haciendo que su hijo bufara.

―Pero eso hace más de una hora, ¿será algo malo?

―No lo creo ―comentó Damián sin importancia, entregándole una carpeta a Jacob, quien estaba calzándose su americana negra para salir rumbo a vitivinícola, mientras que Emmett y Rosalie comentaban algo sobre los contratos con Garrett.

― ¿Vienes esta noche a mi casa, Damián? Tenemos junta de chicos, ya sabes ―le dijo Jacob al padre de Edward invitándolo a pasar un buen rato entre pura testosterona mirando una maratón de futbol. Y aunque Damián era amante del deporte, declinó del ofrecimiento, poniéndose visiblemente nervioso.

―Paso. Tengo una cita.

Edward levantó sus ojos de la pantalla de su teléfono y miró a su padre alzando sus cejas con asombro por lo que había oído sin querer, como al parecer lo hizo el resto de los que quedaban en la sala, que miraron a Damián expectantes.

― ¿Una cita, dices? ―curioseó Edward― ¿De negocios?

―Uhm… no ―respondió con visible incomodidad, arreglándose el cuello de su inmaculada camisa blanca.

― ¿Y quién es la afortunada, eh? ―preguntó Emmett con diversión, rodeando a Rosalie por los hombros, mientras el resto esperaba la respuesta que Damián no se demoró en dar.

― ¡Qué les importa!

Estallaron en carcajadas y vítores, a la vez que Edward miraba a su padre estrechándole su mirada, sacando algunas conclusiones. ¿No era que Carmen también tenía una misteriosa cita esa noche? ¿Será que Bella lo había averiguado durante esa mañana? Pues frente a él en el desayuno no había querido soltar la lengua. "Así que todo en familia, Damián…" pensó con diversión, con la intención de enviarle un mensaje a su esposa con los resultados de sus averiguaciones. Lamentablemente aquello quedó solo en una intención pues su deseo se vio interrumpido por la entrada de James, que parecía haber visto a un fantasma.

― ¿James?

El aludido miró a Damián, quien fue el que lo llamó, desviando sus ojos enseguida a Edward, que en esa mirada de James vio una tormenta avecinarse. Puso su cuerpo en guardia, mientras que los demás esperaban que James informara lo que tuviera que informar.

―Recibí… recibí un llamado de la fiscalía… ―y cuando dijo eso, todos entraron en pánico. Cualquier cosa relacionada con la fiscalía, tenía que ver con Elizabeth Masen, y no se equivocaban―. Somos la parte demandante y es obligaciones de ellos…

― ¡Habla ya, maldita sea, James! ―gritó Edward, sobresaltándolo.

―Ejem… ―soltó el nudo de su corbata celeste antes de proseguir―. Solicitaron exámenes médicos para…para Elizabeth, y concluyeron que estaba con un cuadro ascendente de demencia senil, permitiendo que termine su reclusión en una casa de reposo dependiente del centro de reclusión.

―No puede ser, maldita sea ―gruñó Emmett, sentándose en una de las sillas y dejando caer su cabeza entre las manos, mientras los demás se quedaban en silencio digiriendo la información, mirándose unos con otros, y mirando a Edward, quien había cerrado sus ojos y apretaba el puente de su nariz con fuerza.

― ¿Quién solicitó hacer esos exámenes? ―preguntó Rosalie con tono profesional.

―Su abogado ―respondió James, volviendo a sobresaltarse con el grito que Edward pegó a continuación.

― ¡¿Demencia senil?! ¡Esa maldita vieja está más cuerda que todos nosotros! ¡Esa es una vil mentira! ¡Debe estar tramando algo, maldita sea!...

―Tranquilo, hijo…

― ¡No me pidas que me calme, cuando esa mujer está moviendo sus hilos para salirse con la suya! ―le gritó a su padre, fuera de sí.

―No lo permitiremos. Está sentenciado por un crimen, Edward, ni por muy loca que esté pueden sacarla…

― ¡Ya la sacaron, maldita sea!―gritó a las explicaciones de James― ¡¿Quiénes fueron los jueces que aprobaron esa orden, los médicos que confirmaron eso?! ―preguntó, mientras caminaba hacia la salida con paso furioso, rumbo a su oficina.

¡Mierda! Él lo intuyó, él sabía que algo malo iba a pasar y su intuición no era errada. Las aguas habían estado demasiado quietas durante esos dos años y eso para él no significaba una buena señal, pensaba en lo que llegaba a su oficina y descolgaba del perchero su americana negra.

―Hijo, qué vas a hacer, a dónde vas… ―preguntó Damián, siguiendo a Edward hasta su oficina.

―Voy a averiguar quién mierda está detrás de todo esto. El inútil de su abogado no puede haber tomado esa decisión por sí solo.

―Tenemos que cerciorarnos primero si es verdad lo que aseveran esos informes…

― ¡¿Y lo crees?! ¿De verdad crees que la vieja maldita esa se volvió loca? ¡Es una jodida treta para salir de la cárcel, maldita sea! ¡Maldita vieja!

―Hijo, cálmate, por Dios…

― ¡No me calmo, maldita sea, no me calmo!

―Edward, escúchame ―se interpuso entre la puerta y su hijo, agarrándolo a este por los hombros para detenerlo. Edward estaba rojo de rabia y respiraba pesado, cegado por la ira que la noticia que les dio James provocaba en él―. Averiguaremos todo, pero debemos pensar con la mente fría. Si esta es una treta de Elizabeth como aseveras, debemos ser más inteligentes que ella.

―No voy a permitir que pague por la muerte de la hermana Gabriela en la comodidad de una clínica, Damián ―dijo en tono oscuro y amenazante―. Y no voy a permitir que esté un paso más cerca de mi familia para que les haga daño.

―Eso no va a pasar…

― ¡Claro que no va a pasar, porque yo antes la mato!

Damián sabía de lo que su hijo podría ser capaz por defender a su mujer y a su hija, le aterraba pensar que aquellas amenazas no se quedaran solo en eso. Por esa misma razón, él, tomándole con las manos por ambos lados de su rostro furioso, lo obligó a mirarlo y con toda la calma con que fue capaz, le recordó:

―Edward, recuerda que tú no eres como ella.

Edward, con su respiración aun agitada, contempló los ojos severos pero al mismo tiempo tranquilos de su padre y poco a poco sus hombros cedieron, al igual que el aire que al parecer, había quedado estancada en sus pulmones, soltándolo con fuerza. Cerró los ojos y apretó los dientes, sintiendo aun las manos grandes y tibias de su padre en sus mejillas.

―Hijo, lo primero que haremos será pedir explicaciones y cerciorarnos de que esos exámenes y ese permiso fueron hechos bajo la ley. Pediremos volver a hacer esos análisis si es necesario y apelaremos a que se revierta ese mandato del juez, pero no nos vamos a quedar de brazos cruzados ni mucho menos descuidar este asunto.

―Tiene que tener un aliado ―dijo entonces Edward casi en un susurro lastimero que a su padre hizo dolerle el corazón, como dejando salir el sentimiento de miedo que escondía tras su arranque de ira―. No puede estar haciendo esto sola, ni siquiera su abogado estaría dispuesto a hacer algo por ella…

―Y lo averiguaremos, te lo juro.

―Si ella está detrás de todo esto, como parte de un plan, mi mujer y mi hija están en peligro… ―decía como en trance, susurrando asustado. Damián se apresuró en negarlo.

―Nadie lo estará, hijo. Si te hace sentir más tranquilo, pondremos seguridad para ellas.

―Está bien.

―Ahora regresemos con el resto. Seguro los abogados ya están comenzando a trazar los pasos a seguir.

―Vale… ―dijo y dejó que su padre lo llevara de vuelta a la sala de junta, donde como Damián vaticinó, Rosalie, James y Emmett, los abogados, estaban comenzando a hacer llamadas y algunas averiguaciones. Entonces Jacob se le acercó y palmeó la espalda de su amigo, ahora un poco más tranquilo.

―Vamos a volver a patear el culo arrugado de esa vieja, Edward.

―Hermano, tenemos el toro por las astas, no te preocupes que esta vieja no se nos escapa ―dijo ahora Garrett, que se había olvidado de su propio pesar y se había concentrado en esa emergencia que se les presentaba, seguro que por su amigo, que para él había estado en las buenas y en las malas, podía hacerlo.

Edward en tanto, mientras que a su alrededor todos hablaban de leyes y tecnicismos, pensaba o más bien se juraba no dejar a la deriva la seguridad de su familia. No iba a dejar que esa vieja se saliera con la suya, nunca, por lo que si ella estaba preparando su ataque como lo intuía, debía estar preparada para la ofensiva, porque esta vez no tendría piedad con ella, pensando en cuál sería su próximo movimiento.

"Si estás tan enferma, lo mejor será que tu nieto te haga una visita y se cerciore de que estás bien atendida" pensó, guardándose para sí ese plan, porque si se lo decía a los demás, no lo permitirían o lo harían desistir, pero él quería ver con sus propios ojos a la vieja esa y decirle de frente que no se acomodara mucho en ese lugar, que seguro sería mil veces más cómodo que la celda de la cárcel donde estuvo, pues él mismo la haría regresar ahí para no dejarla salir jamás.

**oo**

Todo en ese lugar era blanco, desde las murallas, el piso de linóleo, los escasos muebles y el personal médico que deambulaba en el lugar. Todo era luminoso con ventas que dejaban entrar la luz natural del día, tan diametralmente diferente a lo que eran las celdas del centro de reclusión femenino donde Elizabeth Masen estuvo hasta esa mañana, desde donde fue trasladada precisamente hasta aquel lugar y seguir allí con su reclusión, pues según los informes médicos, necesitaba de un lugar con las características adecuadas para resguardar su salud, características que la cárcel no le entregaba a esta pobre mujer.

Llegó sentada en una silla de ruedas empujada por una gendarme de las que trabajaba allí, estas de uniforme verde oliva, pues debe de hacerse mención que aquel lugar era un tipo de extensión de la cárcel femenina, como un hospital, solo que con atenciones especiales para personas enfermas que están cumpliendo de alguna condena efectiva, como Elizabeth, por lo que seguía siendo una cárcel con algo más de comodidades, pero con igual resguardo que una cárcel.

La guardia llevó en compañía de una enfermera a la mujer hasta su habitación, un lugar pequeño y rectangular adecuado con lo básico: una cama de una plaza, una cajonera y una mesita de noche y una silla en un rincón de la habitación.

Elizabeth fue acomodada con su silla frente a la ventana con vista al patio del lugar, ventana que estaba resguardada con garrotes de fierro pintados de blanco, dejándola bien acomodada sin explicarle nada, pues a los "locos" que habitaban allí, estaba de más, advertirles algo que no entenderían, aunque sí le dijo con mucha claridad y para que ella entendiera, que dentro de una hora estaría de regreso para ver que todo anduviese bien con ella y para administrarle sus medicinas. Sin que Elizabeth respondiera, la enfermera se alzó de hombros y junto a la mujer gendarme salieron del dormitorio, cerrando la puerta con llave.

Elizabeth, con mutismo autoimpuesto para recrear su papel de enferma, esperó que la enfermera y la gendarme se retiraran, se levantó de la silla y con su espalda totalmente erecta, miró con altivez hacia el exterior, esbozando lentamente una sonrisa de triunfo, una sonrisa macabra que daba cuenta de los planes que su mente privilegiada estaba tramando y que ya estaban en marcha, uno de ellos el haberse comunicado certeramente con Liam Patterson y pedirle la ayuda que él no se negó a darle. El primer paso de su venganza estaba cubierto, ahora vigilaría desde allí que en lo consecutivo todo saliera como ella lo esperara, y observaría la victoria, cuando su jodido y enfermo nieto fuera apresado y enviado al maldito lugar donde ella estuvo hasta hace pocas horas, lugar en donde él se merecía estar por traidor.

"Ay Edward, cuando sepas lo que te tengo preparado… aunque en verdad no lo sabrás, porque será todo una sorpresa para ti" pensó con diversión, girándose sobre sus pies para contemplar su dormitorio, que verdaderamente no era un palacio, pero sí mil veces mejor que la cárcel desde donde salió. Era consciente que muy difícilmente saldría libre, pero ese encierro algo más digno, aunque estuviera rodeada de reas locas y enfermas, tan inferiores a ellas, pues finalmente cuando le quitara todo lo que Edward le arrebató años atrás, se sentiría como disfrutando en un hotel de cinco estrellas, saboreando la victoria desde donde él no pudiera volver a dañarla. Y quien sabe si en un milagro, y ya que las cosas se estaban dando tan bien para ella, podría finalmente conseguir su anhelada libertad.

Después de una hora regresaron esta vez dos enfermeras, una de ellas hablándole animadamente de su suerte, pues ya tenía visitas. Elizabeth giró lentamente su cabeza hacia la joven y sonrió con ternura, siempre bajo su papel de pobre anciana.

― ¿Edward, mi nietecito?

―Me temo que esta vez no es su nietecito ―respondió burlonamente la otra enfermera, una mujer obesa de piel oscura, quien con un movimiento ya mecánico para su trabajo, abrió con una mano la boca de Elizabeth y lanzó un par de pastillas después de verter agua para cerciorarse que las tragara. Elizabeth tuvo que aguantarse de empujar a la mujer y exigirle que quitara sus feas manos de ella, pero se contuvo, todo por su propio bien.

―Es un amigo suyo que dice viene con su abogado a verla ―respondió con ternura la primera enfermera, colocándose tras de a silla de ruedas donde Elizabeth se mantenía sentada, llevándola fuera del dormitorio y atravesando con ella los pasillos que por las puertas semi abiertas y por las ventanas que daban a salones comunitarios logró ver la decadencia en la que había caído, viendo a personas de la tercera edad en estados deplorables, sintiendo escalofrío.

En una sala amplia llena de mesas redondas, rodeada de ventanales donde se dejaban ver al personal del lugar fue que Elizabeth se encontró con su abogado y Liam Patterson, que sonrió cuando la enfermera la dejó frente a la mesa, recordándole que tenía media hora disponible. Cuando la enfermera se retiró, Liam se apresuró en tomar las frías manos de Elizabeth y llevárselas a la boca, cuestión que sobresaltó a la mujer e impresionó al abogado, quien carraspeó y miró hacia otro lado.

―No hemos querido esperar más para venir a verte, Elizabeth ―dijo Liam aun sujetando las manos de Elizabeth entre las suyas―. Quería compartir contigo nuestra primera victoria, y debo decir que este lugar te sienta mejor…

―Celebraré cuando mis planes estén cubiertos y haya recuperado lo que perdí ―respondió ella, quitando de un tirón sus manos del agarre de Liam, quien se carcajeó cuando ella lo hizo, dejándolas sobre su regazo.

―Seguramente a ellos ya les llegó la circular del aviso de tu traslado ―comentó, tuteándola con naturalidad, como si siempre lo hubiera hecho―. Debe de haber sido una gran sorpresa sin duda.

―Mientras no puedan hacer nada para que vuelvan a llevarme de regreso a ese lugar de donde salí…

―Si me permite, señora Elizabeth ―intervino ahora el abogado, sacando unos documentos de su maletín ―es muy probable que ellos presenten algún tipo de recurso de nulidad de este proceso, y…

―Ah, pero eso será solo un gasto innecesario de tiempo ―advirtió Liam, quitándole importancia a lo que el abogado decía― todo está en orden, los exámenes fueron hechos según lo estipulado por la ley, y no dejamos estela de que hayamos metido mano a nuestras influencias para lograrlo. Me jacto de tener muy buenos amigos en los lugares más adecuados que sabrán guardar nuestro secretito.

―Además, después del escándalo al que me sometieron hace dos años, es improbable que alguien abogara por mí, como lo ha hecho usted. ―meditó ella, mirando fijamente a Liam, quien seguía con la sonrisa socarrona en su rostro.

―Y lo seguiré haciendo, mi querida Elizabeth ―y otra vez buscó las manos de la mujer para besarlas, sin apartar sus ojos oscuros de los de ella. ¿Qué pretendía ese hombre con esos dejos de galantería hacia ella? ¿Ponerla nerviosa? Por Dios, tenía ochenta años y estaba recluida, pensaba Elizabeth, tratando de dilucidar el por qué de ese comportamiento de aquel hombre hacia ella quien seguramente no tenía problemas para encontrar conquistas dispuestas, según sus demandas. Elizabeth sí estaba clara de que ese hombre no saldría con las manos vacías después de concederle tanta ayuda, porque seguramente querría su parte de tajada, económicamente hablando, ¿pero comportarse de ese modo con ella, con palabritas cadenciosas y miradas sugerentes?

―Elizabeth, parece que estás en otro planeta…

―Mejor dígame cuáles son los pasos a seguir ―exigió, volviendo a alejarse de las manos de Liam. Él inspiró profundo y torció su boca, reacomodándose en la silla con sus manos ahora sobre la mesa de madera, golpeando sus dedos rítmicamente sobre la base de ésta.

―Investigar. Aprovecharemos a que ellos dedican tiempo y se concentran en buscar resquicios legales sobre este proceso, y nosotros indagaremos y nos haremos de testigos que afirmen que Edward Masen no es la blanca paloma libre de culpa.

― ¿Testigos? ―preguntó ella con incertidumbre―No será tarea fácil. Él y su séquito hicieron todo por enlodar mi nombre, ¿lo olvida? No encontrará personas que atestigüen en mi favor

― ¿Y olvidas que fui yo quien la sacó de la cárcel y la trajo hasta aquí? No me subestimes. Además, ni siquiera estoy buscando personas que hablen a favor tuyo, sino simplemente que afirmen que Edward estuvo al mando de la empresa durante el último tiempo, y no tú.

―No lo subestimo, solo quiero advertirle que ese grupito es una manada de fieras astutas a quienes usted no conoce.

―Y ellos no me conocen a mí. Pero despreocúpate y relájate en este lugar lo que más pueda ―le aconsejó, a lo que Elizabeth rodó los ojos por la mala broma ―yo me encargaré de mover mis hilos allá afuera. Pero debemos ir con calma, paso a paso. Haremos todo para hacer justicia, ¿verdad, abogado?

El abogado eludido, que nerviosamente pasaba de una hoja a otra, miró al caballero y asintió con la cabeza rápidamente.

―Hay algunos asuntos sobre la salud mental de Edward que podrían interesarle ―dijo entonces Elizabeth, con la intención de poner al día a Liam para que usara todo lo que pudiera en contra del maldito nieto que tenía. Liam, alzando una de sus cejas, logró que su curiosidad se viera remecida, acomodándose en la silla para oír atentamente todo lo que Elizabeth le contaría a continuación.

**oo**

Bella, llegó preocupada aquella tarde a su casa. Edward, su ogro marido, había llamado casi durante toda la tarde, preguntándole si todo estaba bien y si no hubo algo extraño que le hubiese ocurrido. Ella aseveró que nada fuera de lo común había pasado y cuando ella le preguntaba de regreso si todo andaba bien, él se apresuraba a responderle que sí, que todo estaba bien, cuestión que ella no creyó.

Al atravesar las rejas que rodeaban su casa, le llamó la atención dos hombres vestidos de negro, que más bien parecían luchadores de sumo y que sin duda estaban custodiando su casa. Eso disparó las alarmas de Bella, apresurándose en meter el coche en el garaje y correr hacia el interior de la casa, primero en busca de su hija, que se encontraba con su tía Carmen y una de las muchachas, jugando en su salita, la que también estaba siendo custodiada por un hombre que saludó a Bella con un asentimiento de cabeza.

― ¿Quién es usted?

―Soy vigilante y estoy aquí por orden del señor Masen.

―Cuando llegué, ellos estaban aquí ya ―informó Carmen cuando Bella entró de lleno a la sala y se apresuró a tomar a su hija entre los brazos, que intentaba mostrarle lo linda que había quedado vestida su muñeca.

―El señor llegó con ellos. Los dos de afuera quedaron como puntos fijos y el gorila de la puerta procurará cuidar a la niña ―explicó la muchacha a la dueña de casa―, eso informó el señor. Ahora está reunido en su despacho con el resto de los caballeros. Llevan como una hora allí.

Bella miró a su tía, quien se alzó de hombros aludiendo a que ella tampoco estaba enterada del porqué del derroche de seguridad. Besó entonces la mejilla de su hija y se la entregó a su tía, dispuesta a ir tras su esposo y pedirle explicaciones. Al atravesar los pasillos y llegar a la puerta del despacho que Edward tenía en casa, sopesó la idea de golpear antes de entrar pues desde afuera se oían las voces de los demás hombres que discutían sobre algo que ella no entendía. Pasó por alto entonces el gesto de cortesía y simplemente abrió la puerta, haciendo que sobre ella cayeran al menos seis pares de ojos.

― ¡Qué tal, Bella! ―Saludó Emmett, alzando su mano desde donde se encontraba sentado. Bella lo miró apenas susurrando un hola, y buscando a continuación a su marido, quien estaba de pie afirmando por su hombro contra el marco de la ventana.

― ¿Qué sucede, Edward?

―Regreso enseguida ―dijo el aludido, caminando hacia su mujer, a quien tomó por la cintura y encaminó hacia la sala de estar al final del pasillo. Una vez allí habló sin mirarla a los ojos, a dos metros de distancia de ella ―. Necesito que acates las normas de seguridad sin chistar, hasta que las cosas estén bajo control…

― ¿Edward? ―preguntó ella asustada, pero Edward simplemente ignoró su llamado y siguió hablando rápidamente

―No saldrás de casa sola, ni mucho menos dejaremos a Clarisse aquí sin protección. Para custodiarla están los hombres en la entrada de la casa y uno que se mantendrá adentro…

― ¡Edward, qué sucede! ―volvió a exclamar ella, acercándosele, pero él seguía evitando la mirada asustada de su mujer.

―No hagas nada fuera de lo normal que no me hayas informado a mí…

― ¡Mírame Edward! ―gritó nerviosa, haciendo reaccionar a su marido finalmente, el que respiraba agitado y la miraba con igual o más miedo del que ella mismo en ese minuto sentía―. ¿Qué pasa?

―Trasladaron a Elizabeth desde la cárcel a un hospital psiquiátrico o algo parecido. Aludió demencia senil… ―explicó con voz trémula. Bella arrugó su frente, un poco confusa, y soltó el aire de sus pulmones.

―Oh… pero qué tiene que ver eso con el despliegue de seguridad que has montado aquí…

―Isabella, no le quites importancia a lo que te estoy diciendo...

―Tu abu… ―rectificó antes de decir "tu abuela" y provocar la ira de su marido― esa mujer fue traslada por demencia senil, ¿qué tan peligrosa puede ser estando así?

―No sabes lo que dices ―contradijo entre gruñidos, eliminando los dos metros de distancia que lo separaban de su mujer. Bajó su cabeza y dejó la punta de su nariz casi tocando la de su mujer que valientemente le sostenía la mirada―. Si esa vieja tiene demencia senil, yo tengo disfunción sexual, y tu bien sabes que no la tengo, ¿verdad demonio? Puedo oler el humo saliendo de los engranajes de la cabeza de esa vieja, y no me va a encontrar desprevenido. Todo esto es un montaje de esa vieja, y voy a averiguar cómo y quién la está ayudando, y por supuesto no voy a permitir que se lave las manos de la muerte de la hermana Gabriela haciéndose pasar por una pobre vieja enferma, mucho menos voy a dejar al azar la seguridad de mi familia, ¿me explico?

Bella tragó, pestañeando rápidamente. A decir verdad, no se imaginaba a esa mujer sufriendo algún problema mental, pero quién sabe lo que pueden provocar en una mujer de ochenta años los años de cárcel.

― ¿Pero no crees que estás exagerando con toda esta cosa de la seguridad…?

― ¡Creo que no me he explicado con claridad! ―gritó furioso, apartándose de Bella, quien por supuesto se sobresaltó con el grito de su marido, quien ahora se paseaba frente a ella intentando calmarse―. No voy a dejar que esa mujer les toque un pelo, ni a ti, ni a mi hija, ¿me oyes?

―Pero ella está encerrada…

― ¡Pero no la persona que la está ayudando! ―gritó sin poder contener su furia. Bella puso una mano sobre su pecho, mirando asustada cómo su marido a su vez la miraba furioso―. No puedo creer que tomes todo esto con tanta liviandad, ¿cómo es que te importa tan poco la seguridad de tu hija? Pues a mí me importa mucho, por eso estoy haciendo todo esto, ¿me oyes? Si tú no quieres seguridad, pues bien, pero después no te quejes, ¿me oyes?

Sin más y dejando a Bella con sus ojos inundados de lágrimas y su corazón herido, salió de la sala rumbo a su despacho, donde volvió a encerrarse con los caballeros. Bella cubrió su boca con la mano y caminó hasta la ventana donde contemplando el anochecer, lloró con pena y frustración, habiendo quedado como la bruja. Cerró los ojos y no pudo evitar que el llanto saliera desde ella con espasmos, haciendo que sus hombros se movieran, mientras con su mano intentaba acallar sus sollozos.

Sintió momentos después la mano familiar de su tía sobre su hombro derecho, girándose ella y viendo a Carmen cargando a su hija, a quien no se demoró en tomar y hundir su rostro en el cuellito perfumado de su pequeña, por quien daría la vida, muy contrario a lo que Edward pensaba.

― ¿Así que se trata de la vieja esa? ―preguntó Carmen, torciendo su boca, mientras Clarisse bostezaba y afirmaba su cabeza en el hombro de su madre, porque ya era hora de prepararla para ir a dormir.

―Sí, se trata de ella, otra vez… ―asintió, mirando a su hija y besando su frente, mientras sus ojitos claros iban cerrándose poco a poco―. Es hora de ir a acostar a mi princesa.

―Ya tomó su leche, yo se la di.

―Gracias tía.

― ¿Quieres que te acompañe?

―No, vete a descansar ―intentó sonreír no logrando que esa tensa sonrisa llegara a sus ojos rojos. Dejando entonces a su preocupada tía, subió al segundo piso, donde lentamente depositó a la niña sobre el cambiador, quitándole la ropa para enfundarla en su pijama de algodón rosa.

La niña, ajena a la pena de su madre, se quedó profundamente dormida cuando Bella, la dejó en su cuna y la cubrió con las mantas. Enseguida se quitó los zapatos, quitó los cojines y los peluches que estaban sobre la cama de una plaza que había en el cuarto, en donde se acomodó haciéndose un ovillo. Tomó un peluche de conejo de su hija, que olía como ella, y aferrada al muñeco de felpa cerró los ojos y otra vez dejó caer sus lágrimas, oyendo en su cabeza las recriminaciones de su marido que tanto le dolieron. Quizás ella debió estar de acuerdo con él, con todo el tema de la seguridad, pero él también podría haberlo discutido con ella antes de actuar, o podría haberle contado la verdad de lo que ocurría en cuanto lo supo, a no ser que Edward estuviera escondiendo algo más para evitar que ella se preocupara.

Cerró los ojos con fuerza y con el llanto brotando de ella, se quedó dormida sobre la cama, velando a su vez el sueño de su hija.

No estaba segura qué la hizo despertar, quizás el frío al no estar cubierta por las mantas, o la tensión de sus músculos. Parpadeó despacio entonces en medio de la penumbra, un poco perdida, fijando su vista primero en su niña, a quien vio profundamente dormida en medio de los barrotes que resguardaban su cuna, y después se centró en la silueta de un hombre sentado a los pies de la cuna, con su cuerpo encorvado, descansando su cabeza entre las manos. Apelando a la última discusión, se movió sin preguntar nada, con la intensión de meterse bajo las colchas de esa cama y dormir allí, pasando por alto la figura silenciosa de Edward, quien parecía no haberla oído, o no haberse percatado de que ella estaba despierta, pero ciertamente Bella estaba equivocada.

―No vas a dormir aquí ―anunció él, sin levantar la cabeza. Bella se quedó quieta por una fracción de segundos, continuando con la labor de apartar las colchas y meterse bajo ellas, así vestida como estaba, la verdad no le importaba.

―Prefiero dormir aquí que en el cuarto de invitados ―rebatió secamente, manteniendo la voz baja para no despertara a su hija.

― ¿Y por qué ibas a dormir en el cuarto de invitados, si tienes ya una recamara dónde dormir? ―preguntó él en tono bajo y ronco. Bella se rio con tristeza y acomodó algunas almohadas para descansar su cabeza.

―Porque me temo que no vas a querer dormir con una mujer a la que le importa tan poco la seguridad de su hija, y yo pues no quiero hacerlo con alguien que piense eso de mí.

― ¡Maldita sea, demonio! ―exclamó un poco más alto, levantándose de su silla. Ella gruñó y se incorporó sobre un codo mirando a su furioso marido.

―Baja la voz, o vete de una vez, no quiero que despiertes a mi hija.

― ¡Nuestra hija, mujer! ―exclamó él otra vez, acercándosele. Se acuclilló frente a ella y la tomó por el mentón con fuerza―. Me estoy adelantando a los movimientos de esa mujer. Quizás sí estoy exagerando, pero prefiero eso a restarle importancia, ¿lo entiendes?

Ella removió su cabeza y se alejó del agarre de su marido, a quien oyó gruñir, cosa que no era novedad.

―Lo entiendo, pero eso no te da derecho a decir que yo no velo por la seguridad de mi hija ―rebatió con su voz tensa, igual que su mandíbula y sus manos hechas puños―. Ahora déjame dormir.

―No vas a dormir aquí, mujer.

― ¡¿Ah, no?! ¡Pues mira como lo hago! ―se hizo un ovillo, se tapó con las mantas hasta el cuello y cerró los ojos con fuerza, abrazada al conejo de felpa, ahora su único aliado. Otra vez distinguió el gruñido del ogro esposo suyo, quien bufó, mientras hacía ruido. Después lo sintió sentarse sobre la cama, abriendo las mantas.

―Hazte a un lado, mujer.

― ¡¿Qué?! ―abrió los ojos―. No vas a meterte en esta cama, es para una persona.

―Ya verás cómo sí caben dos personas ―aseguró, arrebatando al pobre conejito, lanzándolo al otro lado de la habitación. Se acomodó junto a su mujer casi en contra de la su voluntad, apresándola entre sus brazos, confirmando su teoría de que sí podían dormir dos adultos en aquella pequeña cama.

―Suéltame Edward…

—Silencio, mujer, o vas a despertar a la niña ―ella trató de despegársele, pero eso sirvió para que él no flaqueara en su agarre, pegándola a su costado, haciendo coincidir sus curvas a las de él. Suspiró frustrada y cansada de pelear, dejó caer su cabeza sobre el hombro de Edward, relajándose poco a poco. Él dejó besos en el tope de su cabeza y acarició suavemente el brazo de su mujer a la que oyó suspirar―. A veces me pregunto si realmente entiendes lo profundo que es mi amor por ti, y lo valioso que son mi hija y tú para mí, más que cualquier otra cosa.

Bella no dijo nada, simplemente cerró los ojos, y como pudo envolvió sus manos alrededor del cuerpo atlético de su marido, apegándose aún más a él.

―Yo también te amo, Edward, y amo a nuestra hija, sería capaz de dar mi vida por ella…

―Eso no será necesario, mujer, así que ni lo pienses, solo limítate a aceptar la seguridad que he puesto para ustedes.

― ¿Hablas de los luchadores de sumo?

Él suspiró, negando con la cabeza ―Los luchadores de sumo, sí.

― ¿Tan grave es, que necesitamos que ellos nos resguarden?

―Simplemente no quiero dejar nada al azar, es todo.

Bella suspiró y se estremeció de pensar todo lo que podría pasar, poniéndose en el peor de los casos. ―Prométeme que me dirás como marchan las cosas y que no me esconderás nada, ni por muy malo que sea.

―Te lo prometo.

Pegados el uno al otro, cómodamente, se quedaron dormidos, olvidándose que estaban durmiendo vestidos en una cama para una persona que estaba en el cuarto de su hija, tomándoles las ventajas a ese colchón tan estrecho: no hubo distancia alguna entre ellos durante toda la noche, fuera de la ropa, durmiendo como lapas pegados uno al otro.

La voz de Clarisse, balbuceando algo fue lo que despertó a matrimonio, quienes durmieron tan bien como cualquier otra noche. Edward, tras besar a modo de buenos días a su demonio, se levantó y se apresuró a tomar entre sus brazos a su hija, la que exclamó encantada al verlo allí.

― ¿Hoy trabajas desde aquí? ―preguntó el ogro a su mujer, quien se estaba levantando de la cama.

―Sí, como todos los jueves. ¿Y tú? ―preguntó Bella de regreso, poniéndose de pie.

―No. Tengo varios asuntos que atender en la oficina.

―Vale… ―susurró, mirándose los pies. Pensaba en la idea de que él también pudiera quedarse en casa, pero ella sabía que su esposo tenía mucho trabajo y que era mejor seguir adelante con la normalidad cotidiana de sus vidas. Pero él intuyó en el deseo de su mujer, acercándosele despacio a ella, con la niña aun en sus brazos, y levantando su cara desde el mentón., sorprendió a su mujer.

―Pero llegaré temprano. Se me antoja preparar pastel de chocolate…

―Está bien ―sonrió ella sinceramente, sabiendo que a su marido, de un tiempo a esta parte, le daba por tomarse la cocina y cocinar todo tipo de pasteles, siendo el de chocolate su favorito. Eran momentos increíbles y divertidos en familia, donde los tres dejaban la cocina inmunda, a veces haciendo participar a Carmen de la fiesta culinaria. Rodeándolo por la cintura, a la vez que le miraba a su hija sonriente, antes de depositar besos sobre su mejilla sonrojada.

―Por cierto, ¿Carmen ayer no tenía una cita o algo así? ―preguntó, entregándole a la niña a su madre, pues él debía comenzar a prepararse para ir al trabajo.

―Sí, pero se canceló, no me dijo por qué ―respondió ella, alzándose de hombros. Vio a su marido estrechar sus ojos antes de agacharse a recoger sus zapatos y tomar de la silla su cinturón y los adminículos que cargaba en su bolsillo.

―Qué raro… Damián también tenía una cita y la canceló…

Bella pestañeó mientras si esposo la dejaba allí con la idea boteando, reaccionando poco después. ¿Será que la tía Carmen y Damián…?

―Oh, por Dios… —susurró, mirando a su hija con sus ojos verde miel como dos verdaderos platos. Salieron del cuarto rumbo a la cocina, para ver si encontraba a su tía y poder sacarle información antes que saliera a su trabajo.

Una hora y media después llegó Edward a su trabajo, saludando a su asistente personal y la secretaria, quien se levantó exponiendo su exuberante cuerpo embutido en un vestido negro, con su melena aleonada y roja cayendo sobre sus hombros.

―Te esperan en tu oficina.

― ¿Quién? ―preguntó mirando alternadamente a Victoria y a Nadia, su asistente― ¿Damián?

―La señorita Johnson está aquí.

― ¡¿Kate?!

Entró con su ceño fruncido encontrándose a Kate sentada en el sofá, vestida de sport, con unos jeans gastados y una blusa roja que combinaba con unos tacones del mismo tono. Ella se levantó y aferró fuertemente las tiras de su cartera de charol.

―Ho… hola, Edward.

―Terminaste de improviso tus vacaciones ―comentó, sacándose su americana y colgándola en el perchero, acercándose a continuación hasta donde se encontraba Kate, apretando su brazo cuando estuvo a su lado, invitándola a sentarse.

―No quise quedarme lejos… después de lo que supe… sobre la vieja.

― ¿Cómo lo supiste? ―preguntó tenso.

―Rosalie me lo dijo. Quise venir, por si necesitas algo…

― ¿Y Garrett sabe que estás aquí? ―preguntó alzando una ceja―. El hombre está destruido, Kate. Ni siquiera le respondes al teléfono, como presumo si lo haces con la otra rubia.

―Ya tendré tiempo de hablar con él, ahora esto es más importante.

―No digas eso… ¿no te da pena?

― ¡Sí que me da, por eso me fui! ―exclamó perdiendo un poco los estribos. Cerró los ojos y cogió aire profundo―. Pero no vine por él…. yo… vine por ti.

La rubia se atrevió a soltar las correas de su cartera y estirar sus manos para tomar las de Edward que descansaban sobre sus muslos. Él se impresionó y miró a la rubia con su ceño arrugado. Entonces, como siempre sin golpear, entró la colorina amiga de Bella, secretaria de Edward, con una charola y dos tazas de café sobre esta, quedando pasmada con la escenita. ¿No había sido la señorita Kate Johnson la que le había hablado de mantener las distancias con el jefe, entre otra verborrea? ¿Y ella entonces pasaba por alto sus consejos?

Carraspeó y captó la atención de la parejita, causando preocupación en los ojos de Kate y en Edward algo como alivio. Caminó dignamente hasta dejar las tazas sobre la mesa de centro, y enderezándose miró a su jefe, el esposo de su amiga, quiso decir en voz alta para recordárselo a la mujer rubia.

― ¿Necesitas algo más, Edward?

―Que Nadia adelante la reunión de mediodía para las once de la mañana y que confirme a los abogados para la hora de almuerzo. Avísale a Damián que esté aquí a esa hora.

―Como digas.

―Y desocupa mi agenda después de las cinco. No estaré aquí para esa hora.

―Seguro.

Salió contorneándose, taconeando duro y cerrando la puerta con un golpe más fuerte de lo normal. Nadia la miró, arrugando su frente, Victoria bufó entonces cruzándose de brazos.

― ¿Qué pasa, Victoria?

―La rubia esa ―comentó dirigiéndose a su mesa, hablando con rabia― deja llorando a uno y viene a lanzársele al otro, que es casado…

― ¡¿Qué estás diciendo, Victoria, por Dios…?! ―susurró ella, llamando la atención de la otra secretaria.

―Acabo de verlos en un tonito muy... íntimo, sobre todo a ella.

― ¡No! ―exclamó estupefacta la pequeña pero eficiente asistente de Edward― ¿Estás segura?

―Sí. Y voy a tener mis ojos puestos en ellos, no van a meterle el dedo en la boca a mi amiga, ¿me oyes?

Adentro, Edward tomó su taza de café en grano recién hecho y se levantó hacia la ventana, un poco incómodo por las actitudes poco comunes en Kate.

―Oye, si no regresaste a arreglar las cosas con Garrett, te recomiendo que retomes tu retiro espiritual. Él ha estado como muerto viviente estas semanas, y no le haría bien verte sin que tú dieras un poco de claridad acerca de la relación.

―Edward, no vine por él vine por ti…

― ¡¿Qué mierda, Kate?!

―Me refiero… ―carraspeó nerviosa― me refiero a esa vieja, necesitas todo el respaldo para la ofensiva a lo que ella tenga preparado. Tampoco me trago el cuento de la demencia.

―Te lo agradezco Kate, lo estamos trabajando… y esa vieja no va a pillarme con la guardia baja. Voy a averiguar quién la está ayudando, y cuando eso pase, no voy a tener piedad ―dijo con tono oscuro, haciendo un puño la mano que mantenía desocupada. Kate se acercó a él entonces y susurró con cuidado:

― ¿Me dejas quedarme entonces, para ayudarte?

―Dime una cosa antes, ¿no tienes planes de arreglar el entuerto con Garrett? ¿Vas a dejar la relación hasta allí?

―Uhm… no sé… yo… estoy confundida, así que quizás sea lo mejor.

―Entonces díselo, Kate, pero no insistas con eso de que lo estás pensando. Termina de una vez con él, deja de ser cruel, joder.

Caminó hasta su escritorio y abrió su laptop para ponerse a trabajar, un poco molesto con Kate y su actitud tan extraña. Ella se dio por aludida y suspirando fue hasta el sofá y tomó su cartera, dejando su taza de café intacta sobre la charola.

―Llámame si necesitas cualquier cosa. Estaré al pendiente si necesitas algo, cualquier cosa.

―Gracias Kate.

―Bueno… me voy entonces.

―Adiós, Kate ―susurró sin apartar la vista de la pantalla del ordenador. Kate suspiró y salió sin decir más de la oficina de Edward, dejando al ogro a solas, inquieto por su presencia.

¿Qué pretendía la rubia? La verdad él no estaba para resolver esos enigmas, dejando pasar el comportamiento de Kate y centrándose en lo realmente importante. Averiguaría donde estaba metida esa vieja y le haría una visita para cerciorarse con sus propios ojos qué tan demente estaba, idealmente esa misma tarde. No dejaría pasar más tiempo.

Después que saliera de la reunión con los encargados del departamento de finanzas, regresó Edward a su oficina, encontrándose de camino con su hermana Alice, que lo esperaba sentada frente a la mesa de Victoria, con quien parecía reírse divertida por alguna buena broma. Cuando Alice lo vio, se apresuró en levantarse lo más rápido posible que su barriga de ocho meses, le permitía. Edward torció la boca en una pequeña sonrisa y se apresuró en rodearla por los hombros y dejar un beso en su mejilla, llevándola hasta su oficina.

― ¿Por qué no estás acostada, con los pies en alto? ―la regañó Edward, medio en broma medio en serio, ayudándola a sentarse en el sofá. Alice rodó los ojos y se rio de su hermano.

―Porque no puedo, además el médico dice que está muy bien que esté en movimiento, me ayudará para el parto, que será de forma natural…

―Joder… no sé cómo Jasper permite esa locura tuya.

― ¡Oye, el parto natural es algo hermoso para las madres!

―Seguro, seguro, muy hermoso… ―contradijo él, pensando en que nunca dejaría que su mujer pasara por los dolores aquellos que un parto natural acarreaba―. Y dime, a qué debo tu visita.

―Sé que estás muy ocupado y que tienes una reunión ahora, pero…

―No estoy ocupado para ti, pequeña, así que dime con calma qué te trae por aquí.

―Elizabeth.

Edward inspiró, no con la intención de relajarse, sino porque odiaba que la preocupación sobre los movimientos de esa vieja alcanzaran incluso a su hermana. Enderezó su espalda y encontrando un salvoconducto para no descontrolarse, miró la barriga donde bien cuidado se encontraba su sobrino al amparo de su madre, llevando su mano hasta allí para acariciarla sobre la blusa azul marino que ella llevaba.

―No quiero que te preocupes por nada sobre ella, no dejaré que se te acerque, a nadie de nuestra familia.

―Lo mismo dijo Damián anoche, cuando fue a buscar a Bea, que por cierto te echa de menos.

― ¡Joder! No la he visitado ―exclamó, desviando un poco el tema―. La llamaré para ir por ella a la escuela y almorzar con ella, me debe un par de explicaciones…

― ¿Eh? ―preguntó Alice, confundida. Edward meneó la mano en el aire, cuando explicó a grandes rasgos.

―Novios y esas cosas…

―Bueno, bueno… ―sacudió la cabeza haciendo que su negra y corta cabellera se moviera, retomando el tema anterior― me contó lo de la enfermedad esa por la que la movieron de la prisión.

―Supuesta enfermedad, Alice.

― ¿Y si es verdad, Edward? ¿Y si en verdad está enferma?

― ¡¿A dónde quieres llegar?! ¡¿No me digas que estás sintiendo pena por esa víbora?!

―No sé, Edward… pero no le tengo ni una pisca de miedo, simplemente me gustaría saber si realmente está enferma, y si es así… acercarme...

― ¡No! ―gritó, poniéndose de pie, sobresaltando a su embarazada hermana― ¡Nunca! ¿Me oyes? Y si tu marido no es capaz de encerrarte para evitar que hagas una estupidez como esa, lo haré yo…

―Edward, por favor ―se apresuró en levantarse y llegar hasta su hermano, que caminaba como león enjaulado. Se detuvo cuando su hermana tomó su brazo y se interpuso en su camino―. No soy una fans de esa mujer, menos después de lo que hizo, ¿pero si está enferma? Somos su única familia.

― ¡No, Alice!

― ¿Te has parado a pensar lo que hubiera hecho mamá?

―Por la memoria de ella es que estoy actuando como lo hago, por la memoria de la hermana Gabriela y por todo el tiempo que ella provocó que tú y yo estuviéramos distanciados, apartados de nuestro padre, ¿lo entiendes? ―tomó el rostro de su hermana entre sus manos, cerciorándose de que ella le pusiera atención ―Eres una persona noble, no lo tengo duda, pero ella no. Yo crecí a su lado, vi lo peor de ella y sufrí las consecuencias. Por eso, ni aunque verdaderamente esté enferma, no se merece tu preocupación, ¿comprendes?

―Lo entiendo ―susurró.

―No te pongas en peligro, por ti, por tu hijo, por Jasper… por mí. Por favor.

―Vale ―asintió, y abrazó a su hermano cuando este soltó su rostro ―solo era una idea.

―Tú y tus ideas. No vuelvas siquiera a planteártelo, ¿me oyes? Y trata de mantenerte al margen ―se apartó para besar la frente de su hermana y mirar a sus ojos verdes, tan parecidos a los suyos ―preocúpate de esperar a tu hijo en total calma, ¿sí? Prométemelo, Alice.

―Te lo prometo, Edward.

Edward sumó a sus preocupaciones el tener bajo vigilancia también a la loca de su hermana. No era que no confiara en ella, pero prefería mantenerse alerta. Ni muerto dejaba que Alice se acercara a esa vieja piraña, ni a ninguno de los integrantes de su familia. Nunca, antes la mataba. Pero ya tendría tiempo de cerciorarse qué tan enferma esta esa vieja, cuando esa misma tarde pisara el centro de reclusión para enfermas donde había averiguado Elizabeth se encontraba.

"Después de dos años volveré a ver tu vieja y arrugada cara, Elizabeth" pensó, mientras abrazaba a su hermana, infundiéndole tranquilidad que él iba a procurar entregarle.


Bueno damas, parece que las cosas van a ponerse color de hormiga, ¿no creen?

Gracias a quienes han seguido la historia de este ogro gruñón, y a las que han comentado, no saben el ánimo que me dan con sus palabras.

A Gaby Madriz, mi super beta, muchas gracias por su ayuda, a doña Maritza Maddox por ser un apoyo importante y a la super Manu de Marte por su incondicionalidad a prueba de balas.

Y bueno, la última vez las dejé invitadas a pasar por mi blog donde comenzaré a subir mi historia original, donde están todas invitadas a pasar. El link es: www. letrasdecatalina. blogspot. cl (recuerden quitar los espacios). Y ya saben, estamos en el grupo de facebook donde siempre nos encontramos.

Abrazos a todas y nos leemos la próxima semana. Besotes a todas!