¡EL OGRO HA VUELTO!
A LEER DAMAS
Capítulo 6
Salió de la oficina un poco antes de las cinco de la tarde, manejando él mismo su vehículo, que llevó por la carretera, siguiendo las indicaciones del GPS. Le llevaría al menos media hora llegar al lugar de destino y no estaría allí más de lo estrictamente necesario, porque ¿cuánto le llevaría asegurarse del estado de esa vieja? Poco, pues no iba a perder más tiempo en ese lugar, tiempo que podría estar en casa con sus mujeres.
Pensó, mientras conducía, en lo que los abogados habían logrado averiguar sobre el traslado de Elizabeth a aquel lugar, figurando el abogado como solicitante del estúpido petitorio que la fiscalía no demoró en acceder a entregarle, oliendo él, que algo sucio había detrás de todo eso… o alguien igual o más sucio que la vieja. ¿Pero con qué propósito? ¿A caso tendría algún enemigo que se aliara con ella?
―Lo averiguaré más temprano que tarde ―murmuró para sí, girando el volante hacia la derecha y saliéndose de la carretera principal.
El camino estaba bordeado de árboles y algunas casas a lo lejos en medio de las laderas. A lo lejos y detrás de unas montañas bajas, pudo ver la casona blanca de concreto bordeada por altas rejas de metal y custodiada por gendarmes en varios puntos estratégicos, divisando cuando estuvo más cerca, la garita de control de acceso donde poco después él tuvo que detenerse.
―Señor ―lo saludó un gendarme desde la ventana de su cubículo― ¿Puedo ayudarle?
―Vengo a hacer una visita. Elizabeth Masen.
―Un momento ―El hombre tecleó algo en su arcaica computadora y enseguida levantó el auricular de su teléfono, comunicándose con alguien adentro, para informarle que la interna Elizabeth Masen tenía una visita. El gendarme, se quedó en silencio oyendo algo del otro lado, apartando enseguida el teléfono de su boca, y dirigiéndose a Edward― ¿Y usted es…?
―Edward Masen, su nieto ―informó, apretando sus manos alrededor del manubrio, causándole repulsión decir aquello. Él hombre de guardia reiteró la información a su interlocutor, colgando a continuación.
―Señor Masen, puede usted pasar. Se le hará una revisión de rigor y luego tendrá quince minutos como máximo para su audiencia. Deberá firmar un libro de visitas al salir y al entrar.
―Entiendo.
El gendarme se levantó de su asiento, saliendo de su estrecho lugar de trabajo, para abrir de forma manual la baya de seguridad, anotando antes en un cuaderno la placa patente del vehículo. Entonces Edward se encaminó por el camino de grava hasta un sector de estacionamientos, dejando allí su auto y caminando muy tranquilo hasta la puerta de entrada, donde otros dos gendarmes lo recibieron, solicitándole su identificación y pidiéndole que vaciara sus bolsillos. Él lo hizo sin chistar, acatando el petitorio de los hombres, uno de ellos anotando su nombre en una hoja, con la hora de ingreso y el parentesco con la enferma, mientras el otro lo tanteaba desde los hombros hasta los pies en busca de algún adminiculo escondido. ¿Un arma quizás? Edward pensó con ironía, recibiendo sus cosas de regreso, siendo guiado por uno de los hombres hacia el segundo piso, topándose con mujeres en evidente mal estado, que estaban siendo guiadas por enfermeras a través de los corredores del lugar.
Llegó hasta una sala amplia, rodeada de ventanas, todas aseguradas con rejillas, donde le pidieron esperar en una de las mesas redondas hasta que una enfermera llevara a la señora. Él agradeció asintiendo, quedándose solo y mirando hacia la luz mientras aguardaba el reencuentro. Estaba extrañamente tranquilo, ni siquiera impaciente por salir luego de esa casa de locos, literalmente hablando. Simplemente esperaba como esperaría frente a cualquier otro trámite… por supuesto, lo que fuera a pasar cuando la viera, eso era otra cosa.
Escuchó una puerta de metal abrirse a un costado y desvió su vista hacia allá, viendo cómo una menuda mujer vestida de blanco empujaba la silla de ruedas en donde venía la mismísima Elizabeth Masen, que sonrió como si ver a su nieto la llenara de dicha, alzando sus manos hacia él.
― ¡Mi nietecito… mi nietecito…!
La calma que presidió ese encuentro se evaporó del cuerpo de Edward y su instinto de destrucción contra ella hizo acto de presencia. La sola voz de la mujer impostando falsa dicha hizo que su cuerpo se tensara, y qué decir de ese rostro desprovisto del maquillaje que siempre usaba, que le causó repulsión. Entonces lo supo, lo vio en los ojos de esa vieja, la mentira de todo su esplendor.
Apretó sus manos bajándolas hasta esconderlas bajo la mesa y esperó a que la enfermera le diera la perorata de que no hiciera pasar emociones fuertes a la abuelita quien no había parado de llamarlo desde que ingresó allí.
― ¿Me llama? ―preguntó Edward, sin quitar los ojos furibundos de la mujer que se merecía un Oscar por su actuación de vieja enferma.
―Si es usted Edward, pues sí ―aclaró con su mejor sonrisa de felicidad por la pobre señora, poniendo el freno de su silla de ruedas― Aproveche estos quince minutos y no se pierda de estos lados, a ella le haría muy bien recibir este tipo de visitas.
―Seguro… ―murmuró Edward, dejando que la ingenua enfermera los dejara a solas finalmente. Inspiró profundo, dejando caer su espalda contra la silla y cruzando sus brazos sobre el pecho, mientras la vieja torcía su cabeza y lo miraba impostando falsa dicha―. Deja de fingir, Elizabeth.
La vieja aludida bajó los parpados como un largo pestañeo, volviendo a abrirlos a continuación, sin dejar su sonrisita poco convincente, al menos para Edward.
―Mi Edward… tanto tiempo esperando que vinieras a verme… cada noche sueño con que me visitas…
―Seguro que estoy en tus pesadillas, si fui yo quien te metió en la cárcel, ¿lo olvidas? ¿O la demencia senil te causó pérdida de memoria también? ―usó la ironía para provocarla, para echar a tierra su teatrito barato, sintiéndose un poco victorioso cuando vio titubear por un segundo su sonrisa de hiena―. Seguro les importó un carajo en la cárcel el apellido tan noble que llevas, ¿verdad? No eras más que una simple rea en ese lugar, y lo sigues siendo, aunque insistas con tu mediocre actuación de vieja senil. A mí no puedes engañarme Elizabeth.
― ¿Y cómo está mi bisnietita? ¿Clarisse la llamaste, verdad? ―En aquella preguntas que salieron aparentemente llenas de ternura, Edward pudo advertir la doble intención de provocarlo y recordarle que no había olvidado nada y que podría poner sus sucias y arrugadas manos sobre lo que él más amaba. Eso lo enfureció otra vez, golpeando la mesa con su puño.
―No te atrevas a nombrar a mi hija, no ensucies su nombre.
― ¡Espero conocerla pronto! ―Exclamó con pseudo dicha, pasando por alto la rabia palpable de Edward, quien amenazó de regreso.
―Sobre mi cadáver, vieja demente. Antes te mato.
―No me trates así, nieto querido, ―dijo con voz lastimera, entremezclada con ironía― si yo te quiero tanto…
― ¡Quien te está ayudando, Elizabeth, quien está detrás de todo esto! ¡Dime! ―exigió saber, ya harto de los jueguitos actorales de la vieja―. Los costes de un soborno a las autoridades son altos y tú no tienes ese dinero, estás en la ruina.
Y ahí Elizabeth al parecer se cansó también de impostar ternura y desvarío de su parte, sacando a relucir su sonrisa perversa y su mirada oscura y tenebrosa. La sonrisa que le dedicó entonces develó su real estado, que era de completa lucidez.
― ¿Tienes miedo, Edward? ¿Temes ser desprovisto de todo lo que amas, por una pobre anciana enferma y media loca que está encerrada?
―Elizabeth, nunca te has caracterizado por ser muy inteligente, y ciertamente con toda esta treta de tu enfermedad mental, estás insultando mi inteligencia y la de la gente que me rodea, si piensas que íbamos a creerte y quedarnos de brazos cruzados ―dijo en tono amenazante el ogro, haciéndose hacia adelante, afirmando sus brazos sobre la base de la mesa redonda―. Disfruta tu tiempo en este confortable lugar, porque más temprano que tarde estarás de regreso en la fría y oscura celda, donde mereces estar.
―No lo creo, Edward ―dijo, mirándose las uñas sin pintar―. Aunque quien sabe y quizás tengas razón… quizás pronto salga de aquí, pero no para volver a la cárcel…
―Eres una maldita asesina, una convicta declarada, ¿crees que por lástima te dejarían salir, con este show barato que estás montando?
―Me trasladaron aquí, ¿no? ―se alzó de hombros―. Eso significa que no lo he hecho tan mal.
―Sigue soñando, vieja de mierda. ―Se levantó de un tirón, hastiado de la situación, desesperado por salir de ese lugar abominable, no porque fuera una prisión, sino porque ella estaba en ese lugar. Se abrochó su chaqueta negra y desde su altura la miró con altivez―. Aprovecha de disfrutar tu tiempo en este lugar, Elizabeth, porque igual que como lo hice antes, voy a hundirte a ti y a quien quiera que te esté ayudando, así que prepárate.
― ¡Saluda a Bella de mi parte! ¡Diles que quizás muy pronto nos encontremos!
Edward giró violentamente su cabeza sobre su hombro, con el deseo de devolverse y estrangular a esa vieja de mierda para deshacerse de una vez por todas de esa peste que era ella, pero decidió no darle en el gusto, retomando su camino, mientras a sus espaldas oía como la vieja retomaba su papel de abuelita enferma, gritando "Adiós, nietecito, adiós".
Tiró sobre el mesón del ingreso la tarjeta de visita que le dieron, y tomando las cosas que le retuvieron en la entrada, salió del centro montado en su coche, poniendo a prueba la velocidad de su éste, que recorrió la carretera sobre el límite de velocidad, dejando una estela de polvo a su paso. Tuvo que detenerse en una señal de PARE, donde aprovechó de aporrear el volante del coche y maldecir su surte y a la vieja esa que acababa de ver, con su rostro rojo y su respiración pesada. La muy maldita estaba disfrutando de su triunfo, estaba restregando en su cara que después de todos los esfuerzos que él hizo, ella se estaba saliendo con la suya, pero eso no iba a dejar que se extendiera por mucho tiempo, comenzaría a investigar por su cuenta, aunque con su visita hubiera puesto alerta a la vieja y a quien quiera que fuera su colaborador, para que cuidara sus espaldas.
Entonces sintió la necesidad de llamar a su casa y asegurarse que las cosas allí estuvieran en orden, que la testaruda demonio de su esposa no hubiera pasado por alto la orden que le dejó, de no salir de casa sola por ningún motivo. Agarró el IPhone que había tirado al asiento del copiloto y llamó a su mujer, que no demoró en contestar.
―Esposo, ¿dónde estás? Damián habló preguntando por ti, dijo que habías salido temprano de la empresa…
―Tuve… tuve cosas que hacer, mujer ―dijo con tono de voz algo alterado, cuestión que su mujer supo distinguir.
― ¿Estás bien, ha pasado algo?
― ¿Tú estás en casa? ¿No has salido hoy? ―Preguntó, pasando por alto las preguntas que salían preocupadas de la boca de su mujer. Ella respondió, titubeante.
―Sí que salí, pero al mediodía…
― ¡No habrás salido sin el chofer, demonio, porque de ser así, vas a verme enojado…!
― ¡Cálmate, Edward! El gorila vino conmigo ―exclamó en respuesta―. ¿Qué ha pasado?
―Nada, mujer, nada. Estaré en casa en media hora, ¿está bien? ―dijo, apretándose el puente de la nariz.
―Te espero.
―Adiós ―dijo, y colgó. Por supuesto, su tono de voz lo había delatado ante su mujer, que no le dejaba pasar nada, pero necesitaba garantizar que ella y su hija estaban bajo la protección que dispuso para ella.
Volvió a lanzar el teléfono al asiento del acompañante, y tras poner primera, dobló hacia la izquierda tomando la ruta principal que lo llevaría a su casa, que lo alejaría de ese maldito lugar. Siguió conduciendo como un loco, aprovechando que en ese sector de la autopista no circulaba gran cantidad de vehículos, llegando a su casa pasados veinticinco minutos después. Entró a su casa y antes de entrar se detuvo a conversar con uno de los hombres que había dejado de guardia, preguntándole si hubo alguna novedad.
―Hizo ingreso un vehículo del que no teníamos registro, dentro de la lista que nos indicó usted.
― ¿Y quién era? ―demandó saber.
―Un amiga de su esposa, Jane, dijo que se llamaba. Estuvo aquí una hora y enseguida se retiró. ―informó el hombre de casi dos metros de altura, corpulento, de tez oscura y que llevaba siempre puestas una gafas de sol, escondiendo su mirada amenazadora e inquisitiva tras estos.
― ¿Algo más?
―Su esposa salió sola con el chofer que usted designó. Compras de rigor, dijo ella. Sin novedad.
―Bien. Gracias ―dijo y dejó que el hombre volviera a su puesto mientras él retomaba su camino a casa, pensando en lo rápido que Emmett había dado con esos hombres, ex agentes de algún grupo de inteligencia que según él, "sabían lo que hacían". Confió en ellos o más bien en el criterio de Emmett para estas cosas.
Entró entonces a casa y caminó directo a la cocina, encontrando a las muchachas que le estaban haciendo algún tipo de gracia a la niña, quien exclamó encantada cuando vio a su padre. Edward no demoró en tomarla y llenar su carita de besos, respirando aliviado de tenerla entre sus brazos.
― ¿Y mi mujer?
―Está adentro, en la sala de juegos de la niña.
―Voy por ella ―besó la punta de la nariz de su hija y peinó su cabello rizado, disfrutando de la suavidad de sus rizos― ¿Me esperas? Voy a buscar a mamá…
― ¡Mi mami!
―Sí, tu mami ―volvió a besarla y la dejó en su sillita de comer, saliendo de la cocina en busca de su demonio, a quien encontró recogiendo el desorden del cuarto de juego de Clarisse. Estaba agachada, echando cubos de lego en una caja, entonces él se apresuró a ir hasta ella, tomarla de un brazo y levantarla, provocando que ella diera un grito de susto, y sin ni siquiera dejarle tiempo a que reaccionara, la envolvió en sus brazos y hundió su nariz perdiéndose en su aroma a rosas, el mismo que lo había conquistado desde el primer momento, el mismo que lo calmaba. Ella suspiró, y envolvió a su marido por el cuello, acariciando el cabello de su nuca.
― ¿Qué sucedió, Edward?
―Te necesitaba, demonio ―murmuró ronco, apretando a él, el cuerpo de su mujer.
―Edward, quedamos en que no me esconderías nada. Sé que ocurrió algo, dímelo, por favor…
Edward suspiró y tras besar largo el cuello de Bella, se apartó sin dejar de sujetarla por la cintura. Ella acarició su rostro, pasando sus manos pequeñas por la barbilla rasposa con aquellos ojos de mujer enamorada, que nunca durante todos esos años de casada, había perdido su esplendor.
―Fui a verla. ―Bella arrugó su frente, confundida.
― ¿Fuiste a verla? ¿A quién…? ―sus ojos poco a poco fueron abriéndose, cuando iba cayendo en cuenta de quien se trataba la mujer a quien su esposo había ido a visitar― ¡¿Fuiste a ver a Elizabeth?! ¡¿Estás loco?! ¡Quedamos en que nadie haría tonteras, Edward!
―No fue una tontera, mujer, tenía que ir, no podía dejar pasar más tiempo. ―Explicó, sin un ápice de culpabilidad ni arrepentimiento. Eso exasperó a su mujer.
― ¡Dios! Y luego dices que soy yo la que hace tonterías… ¡¿Qué pretendes exponiéndote ante ella de esa forma?! ¡¿Los demás sabían lo que ibas a hacer?!
―No, no lo sabían. No se los dije porque intentarían impedírmelo.
― ¡Joder! ―exclamó, pegando sus manos al pecho de su marido, deseando golpearlo― ¿Y, te dejaron verla?
―No me pusieron impedimento, lo que me parece ilógico, siendo una mujer que está ahí privada de libertad, porque es una asesina.
― ¿Y cómo la viste? ―susurró con cuidado. Él cerró los ojos y bufó, soltando aire por la nariz.
―La muy maldita está haciendo un papel de loca, que es muy poco creíble, al menos para mí.
― ¿Entonces comprobaste que no es cierto lo que dice?
―Se burló en mi cara de que sus planes estaban saliendo a pedir de boca… ¡Maldita vieja de mierda! Pero así como la hundí una vez, voy a volver a hacerlo, eso no lo dudes.
―No lo pongo en duda, podrán solicitar otros exámenes y que en realidad no está mal podrá comprobarse fácilmente. ―Volvió a abrazarlo, hundiendo su cara en su pecho ―Pero Edward, tu tampoco te pongas en peligro, por favor… esa mujer es capaz de todo, por favor, no vuelvas a hacerlo…
―No me voy a poner en peligro, eso puedo asegurártelo, pero no voy a prometer que no volveré a encontrarme cara a cara con esa vieja, o con quien esté ayudándola.
―Dios… ―suspiró Bella con pesar―. Pensé que viviríamos tranquilos. Pensé que todo se acabaría con esa mujer en la cárcel.
―Bella… ―susurró él, levantando el mentón de su esposa― no va a ponerles un dedo encima…
― ¡Pero no es suficiente! ¿Y si le hace algo a alguien más? ―cerró los ojos con temor de plantear su temor más grande, que salió de su garganta con voz temblorosa― ¿Si te hace algo a ti? Yo me muero, Edward…
―Bella… ―volvió a susurrar antes de tapar la boca de ella con la suya y perderse en las sensaciones de los besos que compartía en exclusivo con esa mujer, su mujer, a quien amaba con pasión y amor inmedible, de la misma forma que ella lo amaba a él.
La aferró por la cintura y por la nuca para que no existiera mayor espacio entre ambos, porque necesitaba eso, necesitaba sentirla, necesitaba la calma que ella le infundía y al mismo tiempo necesitaba explicarle más allá de las palabras, que ella lo era todo para él, ella y su hija, y que la única manera de dañarlo, sería dañándolas a ellas, y eso no pasaría.
―Demonio, voy a prestarte atenciones especiales esta noche, ya verás ―con voz ronca y agitada concedió Edward cuando vio obligado a apartarse antes de hacerle el amor en medio de la sala de juegos de su hija. Ella pesadamente abrió los ojos, ahora oscuros y dilatados por culpa de su marido, y mordiendo su labio asintió despacio―. Ahora hay una niña que nos espera en la cocina, ¿lo olvidas?
―No… prometiste pastel de chocolate.
― ¡Ah, sí! Mi especialidad, ya sabes…―le recordó, guiñándole el ojo. Ella mordió su labio y acarició el pecho de su marido, sinuosamente.
―Recuerdo algo con salsa de chocolate, pero no precisamente sobre el pastel…
―Ah, demonio lujurioso ―esta vez fue él quien mordió el labio de su provocadora mujer―, pero si tú eres mi más delicioso pastelito.
―Basta, Edward… ―con cero convicción Bella lo apartó― salgamos de aquí antes de…
― ¿Antes de qué? ―la interrumpió él, alzando su ceja curiosa― ¿De qué te tire sobre la alfombra y me ocupe de ti? No sería la primera vez…
― ¡Antes de que vengan a buscarnos! ¡Anda, vamos! ―con acopio de su fuerza de voluntad, Bella tomó la mano de su marido y lo tironeó hacia la cocina, donde se olvidarían de todos problemas que hasta ese momento los habían preocupado, porque ni Bella ni mucho menos Edward, dejarían que Elizabeth Masen tirara a tierra todo lo que ambos habían construido. Eran un fuerte unido, sólido, y se lo demostrarían, pasara lo que pasara.
**oo**
― ¡Pero si has tenido mucha suerte, mi querida Elizabeth! ―exclamó encantado de la vida Liam Patterson, cuando la señora Elizabeth llegó hasta él, que lo esperaba en la sala de visitas―. ¡Soy tu segunda visita el díe de hoy!
Miró a la enfermera que llevaba a Elizabeth, guiñándole un ojo y acercando la silla aún más a él. Esperó que la joven profesional los dejara solos, desviando su vista hacia las piernas desnudas, delgadas y bien contorneadas de la chica que se dejaban ver bajo el corto uniforme blanco. Enseguida puso su atención a Elizabeth, quien lo miraba con la misma impasividad de siempre. Él sonrió de lado y tomó las manos de la anciana entre las suyas, dedicándole su mejor sonrisa. Vio la reacción de sorpresa en Elizabeth con su gesto que ya se había hecho recurrente.
―Pensé que tu nieto demoraría más en venir a comprobar con sus propios ojos la noticia.
―Le dije que no se quedaría tranquilo hasta verme él mismo.
― ¿Supongo que mantuviste tu papel de enferma frente a él?
―Como si fuera necesario ―dijo tras soltar una risa desprovista de gracia, intentando soltarse de las manos de Liam, que no la dejan ir. Le incomodaba esa cercanía que él insistía en tener con ella ―Ni siquiera estando realmente enferma, ese traidor bajaría la guardia frente a mí. ¿Cree que le removería los sentimientos verme como una pobre anciana senil?
―No lo sé, dímelo tú… ―susurró, encorvándose y a la vez alzando las manos de Elizabeth hasta su boca, besándolas. Ella se removió y logró soltarse, mirando furiosa al galán maduro que estaba sentado frente a ella, con una sonrisa atrevida en sus labios.
― ¡¿Qué pretende, eh?! ¡¿Por qué se toma esas libertades conmigo…?!
―Porque no puedo evitarlo ―reconoció, mirando a la mujer con aquellos ojos oscuros y seductores que él se jactaba de tener, que acababan de completar su estampa galante, que había hecho caer a un sin número de mujeres, de todas las edades. Atrevido como era, levantó su mano y la extendió hacia Elizabeth, pasando el dorso de sus dedos por la piel de su cuello que se dejaba ver. Ella abrió los ojos como platos, estática por ese toque tan íntimo, tensando todos los músculos de su piel.
"Qué demonios con este hombre…"
―Tengo tu imagen de aquella época de gloria, justo en la mitad de tus treinta años de edad, cuando caminabas haciendo que todos los hombres alrededor tuyo se giraran a mirarte ―susurró, mirando los labios descoloridos de la mujer―. Altiva, esplendorosa, inalcanzable, al menos para mí en ese entonces.
―Una buena época sin duda ―carraspeó nerviosa― pero ahora estoy presa y los años han pasado…
―Pero no tu encanto, Elizabeth ―recalcó, sus dedos ahora acariciaban sutilmente el lóbulo de su oreja― sigo viéndote como aquella vez…
Elizabeth tragó grueso, ¿hace cuánto tiempo no la cortejaban? ¡Décadas! ¿Pero qué hacía ese hombre haciéndolo entonces, cuando sobre sus hombros pesaban ochenta años de edad? Y no solo eso, sino también estaba en la banca rota y en prisión. Y ella no podía negarlo, a esas alturas de su vida, que un hombre la cortejara significaba toda una hazaña y le elevaba el ego ciertamente, además de desterrar sensación que ella pensó nunca más volver a experimentar, mucho menos a su edad.
―Liam, por favor ―pidió casi en una súplica, cuando la mano de Liam seguía vagando por su cuello ahora sensible por sus caricias. Sintió algo diferente al alivio cuando Liam tras un profundo suspiro apartó su mano, sin despegar su sonrisita cautivadora de su rostro satisfecho.
―Elizabeth, mi querida Elizabeth ―se carcajeó cuando ella intentó abanicar su cara con disimulo―. Mejor dime, cómo fue la visita de tu nieto, qué lograste averiguar.
―Yo… uhm… ―se acomodó sobre su silla de ruedas― él sabe que no estoy enferma, no lo creyó nunca y no lo creería ni aunque fuera cierto. Amenazó con averiguar quién me está ayudando, porque sabe que no tengo ni los contactos ni los medios para hacerlo sola, así que cuide sus espaldas.
―No le tengo miedo a tu nieto, faltaba más.
―Pero puede hacer algo para tirar abajo nuestros planes.
―No Elizabeth ―dictaminó sin lugar a dudas―. Mi gente está averiguando todo acerca de esa empresa, que sigue sumando éxitos. Los bolsillos de tu nieto están llenos de dinero…
―Que me debería pertenecer por derecho ―completó la frase con su mandíbula tensa, apretando el reposa brazos de su silla. Él asintió, dándole la razón.
―Y volverá a ser tuyo, ahora seremos nosotros los que lo dejaremos a él y a todos sus lame pies sin un peso y con el honor por los suelos. —Elizabeth asintió despacio, esperando ver ese momento y reírse en la cara del traidor y maldito de Edward
― ¿Y usted ha averiguado algo más?
―Por supuesto, recabando información importante que pueda ayudarnos. Pero lo sabrá todo a su tiempo, Elizabeth, cuando tenga lista la ofensiva. De momento, la próxima semana su nieto y yo nos veremos las caras. Él, por supuesto, no sabrá que usted y yo estamos… conectados. ―Volvió a guiñarle el ojo pícaro, haciéndola sonrojarse. Sí, él la hizo sonrojar como pocos en esta vida―. Una cena a la que ambos acudiremos será el momento propicio para cercarme a él socializar, ¿no crees?
―Si es que antes no se ha enterado que usted es mi cómplice.
―Lo sabrá, Elizabeth. Edward Masen lo sabrá, pero para esas alturas, ya no podrá hacer nada.
Elizabeth se lo quedó mirando, abstraída por la seguridad con la que hablaba ese hombre, además de otras cosas que de a poco la iban prendiendo de él, mientras que por la ventana espejo que separaba la sala de enfermeras con la de visitas, montada allí estratégicamente por si se necesitaba la rápida intervención de alguna profesional, la chica que acompañaba permanentemente a Elizabeth, miraba con ojos codiciosos al hombre mayor pero atractivo que visitaba a la viejita, pensando en lo interesante que sería tener una aventura loca con un hombre tan viril como él, tuviera la edad que tuviera, pues además de ser atractivo, tenía mucho dinero, ya que con varios billetes mantenía la boca y los ojos cerrados de varios de los manda mases y algunos otros de los que trabajaban allí.
―Aunque yo abriría la boca y cerraría los ojos si él me lo pidiera… ―murmuró para sí, cruzándose de piernas, mientras seguía contemplando al señor que dialogaba encantado con la abuelita Elizabeth.
**oo**
Bella se carcajeaba descontrolada sobre la cama desecha, presa de las locuras de su marido quien estaba usando su cuerpo desnudo como base, para un delicioso fondue de chocolate, el que estaba degustando con minuciosidad y con avaricia, sin dejar rastros del cacao derretido.
― ¡Edward, me haces cosquillas! ―exclamó ella, cuando los dientes de su marido mordisquearon el hueso de su cadera.
―Estate quieta, demonio ―advirtió él, sacando su lengua y trazando remolinos ahora alrededor de su ombligo. Eso la hizo estremecerse y hacer que sus carcajadas fueran sustituidas por gemidos placenteros, encorvando su espalda como absorbiendo esas caricias tan deliciosas.
―Uhm… ¿y yo no puedo probar de ese chocolate?
―No mujer, es solo para mí ―murmuró con sonidos roncos, arrastrando su boca en ascenso hasta que su cuerpo cubrió el de su mujer, metiendo sus manos tras la espalda de ella mientras la besaba como antesala de otra ronda de éxtasis.
Se había ido a la cama, exhaustos después de pasarse parte de la tarde cocinando pasteles de chocolates, riéndose al ver a la pequeña Clarisse queriendo ayudar también, embetunándose de chocolate hasta en sus rizos caoba. Después de degustar sus creaciones, bañaron a la pequeña y la prepararon para dormir, quedándose rendida sin mucho esfuerzo. Fue después de eso que se sintieron en libertad de ocuparse el uno del otro, de dejar a un lado las tensiones y preocupaciones del día, procurando que el amor que los unía fuera su cobijo, el de ambos.
―Dios, Edward… ―suspiró ella contra los labios de su marido― esto es perfecto.
―Claro que es perfecto, mi amor ―concordó él, peinando el cabello de su mujer que caía sobre su rostro, mientras ella le rodeaba las caderas con sus piernas―. Y nadie será capaz de destruirlo, nunca…
―Claro que no…
Entonces fue el momento en que Edward una vez más se dejó llevar y se apresuró en aventurarse con un movimiento lento de su ingle en el interior de su mujer, y hacerle el amor sin prisas, disfrutando de esa conexión intima en el que él se perdía. Adoraba como las manos de su mujer rasguñaban su espalda o jalaban su cabello presa del deseo, o sonido adorable de sus jadeos y de sus suplicas pidiendo más, o el grito de su nombre una y otra vez; inundarse de su aroma, una mezcla deliciosa de rosas y el aroma a sexo que expelía su cuerpo pequeño que se amoldaba tan perfectamente bien al suyo. Amaba sus labios buscando los suyos, su lengua codiciosa como la suya cuando se trataba de ella, la quemazón que crecía como bola de fuego dentro suyo, dentro de ambos, hasta que la desesperación era más fuerte y al unísono encontraban el clímax arrollador y perfecto.
Siempre la entrega era igual, sin reservas ni tapujos entre ambos, haciendo que las horas de intimidad parecieran cortas y pasajeras, siempre quedándose con deseos de más, siempre con la llama del deseo encendida para ambos.
Otra cosa que a él le encantaba, era el letargo posterior al acto, cuando ella se acomodaba sobre su cuerpo y se abrazaba a sus caderas, descansando su cabeza sobre su pecho. Era una especie de paz que nunca podrías ser capaz de comparar con absolutamente nada, la tranquilidad de saber a su mujer segura en sus brazos, totalmente ajena a cualquier preocupación… preocupación que sabía rondaba en la cabeza de su esposa, preocupación que él mismo haría desaparecer como fuese necesario.
―Oigo tus pensamientos inquietos, esposo ―murmuró ella con sus ojos cerrados, acariciando el vello en el pecho de su marido, despreocupadamente.
―Derramaste chocolate sobre la cama, demonio, ¿qué les diremos a las muchachas cuando hagan el aseo mañana…? ―bromeó a su estilo el ogro, con un tono muy serio. Ella soltó una suave carcajada y levemente negó con la cabeza.
― ¿Como cuando derramaste salsa de frambuesa, o champaña? ―preguntó con ironía. Él sonrió, siguiendo con su dedo índice el sendero de su columna vertebral hacia arriba y hacia abajo.
―Lo de la salsa de frambuesa fue idea tuya, si mal lo recuerdo…
―Dime en qué piensas, Edward ―insistió saber ella, pasando por alto el comentario de su ogro marido. Él suspiró profundo y besó sobre su cabellera.
―En ti, demonio, en qué otra cosa iba a estar pensando.
Bella entonces se incorporó, saliendo del regazo de su marido, quedando a su lado de costado a él, con su codo afirmando al colchón, sujetando su cabeza.
―Sé que estás preocupado, Edward, no tienes que esconderlo.
―No lo estoy ―aseguró él, imitando la apostura de su esposa sobre la cama, quedando frente a ella ―las preocupaciones no vendrán a mancillar mi espacio íntimo contigo.
― ¿Entonces?
―No tienes nada de qué preocuparte, ―susurró él, peinando con sus dedos el cabello de su mujer― ya te lo dije, todo voy a resolverlo.
―Ya lo sé ―aseguró ella, cerrando los ojos y disfrutando de la suave caricia de su esposo―. Pero dime, ¿ha pasado algo más?
―Uhm… veamos ―miró al techo recordando algo que pudiera comentarle a su mujer― Bueno, esta mañana cuando llegué a la oficina, Kate estaba esperándome.
― ¿Kate? ¿Regresó?
―Eso parece. Por lo que supe, se estuvo comunicando con Rosalie y ella le contó lo de la vieja, y regresó preocupada por lo que pudiera ocurrir.
― ¿Y crees que arreglará sus cosas con Garrett?
―Me dijo que estaba confundida, creo que no tiene intenciones de volver con él.
―Qué pena con Garrett, él no se merece el dolor que está sufriendo, ¿no crees?
―Claro. Espero que puedan arreglarlo, o que ella de por terminada la relación y que no esté dándole falsas esperanzas para que él pueda salir adelante.
― ¡Ah, qué buen amigo eres, esposo! ―exclamó ella con orgullo, volviendo a pegarse a su esposo. Se acomodaron, él abriendo las sábanas para acomodarse bajo ellas, guardando silencio mientras ella se dejaba ir por el sueño, mientras la contemplaba y pensaba en los detalles de la extraña visita de Kate, de su comportamiento que lo dejó pensando en lo que pretendía esa rubia. Pero no iba a preocuparse por eso, pues tenía otras cosas más importantes en las que pensar.
Con la convicción de que todo saldría a su favor, se relajó y se durmió con la amada esposa aferrada entre los brazos, bajo la sabana pegajosa por los residuos de chocolate que habían derramado por la pericias sexo-culinarias que compartieron momentos atrás.
A la mañana siguiente, al llegar la oficina, se encontró con Damian esperándole en el despacho, y con cara de pocos amigos, advirtiendo el ogro que se le venía la reprimenda de su padre encima.
― ¡No puede creer lo imprudente que has sido, Edward!
―Buenos días para ti también, Damián ―saludó él, sacándose su americana y colgándola en el perchero antes de ubicarse detrás de su escritorio, mientras su padre, de brazos cruzados, bufada de enfado por el comportamiento atolondrado de su hijo el día anterior, porque por supuesto, él se enteró de la visita que Edward le hizo a la vieja.
Encendió su ordenador y dejó su IPhone guardado en el primer cajón de su escritorio, como solía hacerlo.
― ¡Dios, hijo! Tenemos que actuar con cautela respecto a esto ―dijo, refiriéndose al asunto de Elizabeth, mientras se acercaba a una de las sillas frente al escritorio de su hijo, donde se sentó―. No podemos develar cuales serán nuestro siguientes pasos…
― ¿Y crees que es muy difícil advertir cuáles serán nuestros pasos a seguir? ―preguntó con ironía y con la furia contenida de siempre―. ¡Esa mujer estaba esperando que fuera! La muy…maldita, incluso trató de aparentar frente a mí, pero no le resultó el teatrito.
―Tendrías que haber aguardado y no dejarte llevar por tus impulsos, hijo.
―No puedo ―respondió con la mandíbula tensa― tenía que advertirle que no se saldría con la suya, y que disfrutara de ese tiempo en ese maldito lugar, porque pronto regresaría a la maldita y oscura celda de donde nunca debió salir.
―Lo haremos, hijo, pero sabes que no podemos actuar así a lo que a ella se refiere. Ella es astuta, Edward, y ahora mismo es peligrosa si confirmamos que hay alguien trabajando con ella…
―Yo no tengo nada que confirmar, estoy seguro de eso.
―Edward, solo prométeme que no volverás a actuar por impulso, ¿entendido? ―se limitó a pedirle a su hijo con un tono más conciliador―. Puede ser perjudicial para ti…
―Está bien, está bien ―se limitó a decir, echándose hacia atrás en su butaca―. ¿Y lograron averiguar algo?
―Los abogados y otros contactos están detrás de pistas, pronto sabremos la identidad de esa persona.
Y cuando eso sucediera, pensó Edward, se encargaría primero de darle la paliza de su vida a quien fuera que estuviera ayudando a la vieja hiena de Elizabeth, para luego enviarlo a la cárcel para que le hiciera compañía.
Prefirió entonces concertarse en su trabajo, revisando la bandeja de correo electrónico, mientras su padre recibía una llamada de su casa. Lo vio preocupado y la preocupación de rebote lo asaltó, poniendo atención a la conversación que Damian mantenía por teléfono.
―Déjala tranquila. No hay problema que hoy no vaya al colegio ―decía el padre de Edward probablemente a una de las mujeres que atendía las cosas de su casa―. A mediodía hablaré con ella.
Después de eso colgó y suspiró, guardando su teléfono en el bolsillo de su chaqueta, manteniendo la mueca de preocupación en su rostro.
―Qué sucede, Damian.
―Tu hermana… anoche estuvo llorando, y no quiso decirme qué le pasa ―le contó, refiriéndose a Beatriz― pensé que podía echar de menos a su madre, pero acaba de verla hace un mes. No quiere ir al colegio, y lo que más me preocupa es que dejó de asistir a sus entrenamientos de baloncesto.
Eso sí que era para preocuparse, pensó el ogro, pues esa niña ni con nada dejaba de ir a sus sagrados entrenamientos.
― ¿Te parece si la visito esta noche? Quizás se anime si Bella y Clarisse me acompañan.
―Cómo va a molestarme, te lo agradecería.
―Quizás y le pidamos a Carmen que nos acompañe ―comentó como si nada, levantando la vista hacia su padre y guiñándole un ojo. Damian le estrechó la mirada de regreso, haciéndose el desentendido, aunque Edward pudo notar un ligero rubor en sus mejillas. Así entonces, volvió su concentración hasta la bandeja de correo electrónico, sumando a su pequeña hermana a la lista de sus preocupaciones.
**OO**
La secretaria entró con cautela a la oficina del arquitecto y dejó unas carpetas sobre el caótico escritorio, mientras él trabajaba a cabeza gacha sobre los planos en su mesa de trabajo. Levantó la mirada hacia la mujer cuando la oyó carraspear, sonriéndolo con curiosidad, mientras la chica se balanceaba sobre el talón de sus pies.
―Qué te pasa, Linda.
―Espero que tu mañana esté siendo provechosa ―dijo ella, aun balanceando y mordiendo su labio inferior. Tyler asintió despacio, todavía curioso, dejando que la chica hablara―. Yo… ejem… primero te quería decir que… llegaron unas invitaciones para el pub que se abrió, ese en el que trabajaron el semestre pasado…
― ¡Claro que sí! ¿Y cuántas llegaron?
―Dos… dos, para parejas… o sea, para cuatro… Maggie y Benjamín ya tomaron una, y pues…
― ¡Estupendo! ―exclamó él, volviendo sus ojos hacia el plano― Yo ya tengo acompañante entonces para esa otra invitación…
―Claro… ―murmuró ella, bajando la cabeza, lista para salir, cuando las palabras del arquitecto por quien ella suspiraba, la detuvieron.
―Ponte la mejor tenida que tengas, Linda, que debemos lucirnos.
―Qué… qué… ¿qué quieres decir?
― ¿Con quién pensaste que iría, eh? ¿Con mi madre acaso? ―se carcajeó sonriéndole a su colaboradora―. Obvio que contigo, mujer.
― ¡Dios, claro que sí! ―exclamó ella de regreso, muy contenta, palmeando sus manos… y recordando lo otro que la llevó a la oficina de Tyler. Entonces y sin dejar su sonrisa dichosa, le informó―. Tu padre está aquí.
Y hasta ahí llegó el buen humor de Tyler, a quien se le esfumó la sonrisa de la cara, mientras Linda salía dando saltitos de alegría. Tiró con despreocupación el lápiz sobre la mesa y tras un largo suspiro caminó hasta su escritorio esperando el arribo de la visita, quien no demoró en entrar por la puerta, con esa sonrisa tan bien montada en su rostro que al arquitecto le causaba nada más que desconfianza.
―Es simpática tu secretaria, ¿eh? Y muy guapa… ―comentó Liam, caminando hacia el escritorio y sentándose frente a su hijo sin que él se lo ofreciera. Tyler ahogó un gruñido por ese comentario hacia la secretaria, mirando fijamente al hombre frente a él.
―Qué te trae por aquí, Liam ―dijo, usando el nombre de pila de su progenitor. Liam suspiró, acomodándose en la silla, desviando sus ojos hacia un pequeño retrato de marco azul que destacaba en ese escritorio tan desprolijo, viendo el rostro de la madre de su hijo quien sonreía con dulzura, la misma dulzura con la que le sonrió a él años atrás en su tiempo de juventud.
Tyler se cruzó de brazos, esperando a que Liam hablara, debiendo aguantarse de esconder el retrato de su madre que miraba en ese momento.
―Bueno, vine a saber de ti, por supuesto ―dijo, con su sonrisa bien puesta en su rostro y que a él no terminaba de convencerle. ―Ya he visto la noticia de la construcción que marchas rápidamente, eso es estupendo.
―Sí, la verdad es que sí.
―La empresa de Masen ha hecho una estupenda inversión allí, que seguro traerá para él grandes dividendos, ¿no crees? Su empresa no hace más que apuntalarse en los primeros lugares en la economía nacional ―cruzando sus piernas, preguntó enseguida con curiosidad, pasándose el dedo índice por la barbilla―. ¿Estás cobrando lo que corresponde? Pues no porque sean una empresa pequeña, ese hombre va a aprovecharse…
―Hemos hecho un trato muy bueno con la empresa, y ellos han sabido valorar nuestro trabajo pagándolo como corresponde, además ya somos parte de esa filial. ―Respondió con orgullo. "Toma eso, Liam Paterson". Liam alzó las cejas, soltando una risita a continuación.
―Eres un flamante participante de "Lux et Umbra"… No me lo creo, aunque sea en un porcentaje minoritario, me imagino.
El tono despectivo que el hombre mayor usó para referirse a su participación en la empresa con la que estaban trabajando ellos en aquel momento, enfureció a Tyler, decidiendo no guardarse su malestar.
―No me gusta que sigas subestimando ni menospreciando el lugar en donde trabajo. Hemos destacado, por algo nos eligió una empresa a la que no paras de elogiar.
―No te estoy menospreciando, hijo mío ―replicó Liam con falsa inocencia, incluso sonando como ofendido. Faltó que pusiera la mano sobre su pecho, para hacer más dramáticas sus palabras―. Simplemente quiero que te des cuenta que tú estás para cosas realmente grandes, como dirigir una empresa de la envergadura para la que estás trabajando… podrías estar en el lugar de Edward Masen, ¿acaso no te gustaría? Gozar de todas las regalías de ese hombre…
―Estoy seguro que si esa empresa está donde está, es por la buena gestión de Edward, como dices, y de toda la gente que trabaja con él ―interrumpió Tyler la perorata de su progenitor―. Conmigo a la cabeza, esa empresa se iría a la quiebra. Yo no sé nada de negocios, la arquitectura es lo mío y estoy feliz en donde estoy.
―No quiero que te pasen a llevar los peses grandes para quienes trabajas, eso es todo.
― ¿Por qué vienes a preocuparte ahora, eh? ¿No es muy tarde ya para eso? ―preguntó Tyler, claramente fastidiado por el dialogo sin sentido. Liam abrió sus ojos, sorprendido ciertamente por la pregunta tan directa de su hijo, que en sus ojos verdes develaba el resentimiento que sentía hacia él, tratando Liam de aplacarlo.
―Nunca es tarde, querido hijo, nunca es tarde para que un padre se preocupe por su hijo…
―Pues para mi es tarde, Liam, y la verdad es que no entiendo tu repentino interés por mí ―reconoció Tyler, apretando su quijada y mirando con ese resentimiento que su padre supo distinguir en su mirada, sentimiento que no hizo retroceder a Liam, muy por el contrario, pues hasta gracioso lo encontró cuando rio por ese arranque de carácter tan parecido al suyo.
―Vaya, definitivamente eres mi hijo por ese carácter.
― ¡¿Y qué, lo dudaste acaso, por eso dejaste sola a mi madre?!
―Oye, tranquilo, tranquilo ―pidió Liam, alzando sus manos en señal de rendición― no he venido para molestarte, por el contrario.
―Liam, ―susurró con cansancio, restregándose los ojos antes de pasar sus manos por la negra cabellera― sabes que estoy con un trabajo importante entre manos, ahora mismo estaba revisando los planos, y verdaderamente tu visita, que no sé hacia dónde va, me está quitando tiempo.
―Hijo, solo quiero ponerme a disposición tuya. Como lo has dicho antes, poco sabes de administración y una empresa pequeña como la tuya que está saliendo a flote, necesita asesorías para que no se aprovechen.
―Te lo agradezco, pero precisamente la empresa para la que trabajo, está prestando asesorías de todo tipo, y confiamos totalmente en sus gestiones ―se puso de pie, imponiendo frente a su padre su poco formal atuendo, luciendo orgulloso una camisa de jeans a juego con sus pantalones de mezclilla gastada, tan diametralmente diferente a la que lucía Liam, que hasta pañuelo en la solapa llevaba su negro traje de diseñador―. Ahora, si me disculpas, debo regresar a mi trabajo.
―Bueno, pues ―inspiró y se puso de pie, abotonando su americana, quedando frente a su hijo, todo un hombre, con el que pensó, podría hacer cosas grandes―. Hijo, lo único que te pido es que no coartes mi deseo de acercarme a ti y ayudarte, porque no tengo más que buenas intenciones contigo, de verdad.
Tyler suspiró y simplemente asintió, no porque estuviera de acuerdo sino para hacer que ese tipo que no dejaba de llamarlo hijo se largara de una vez, pues su presencia le molestaba. Sin más entonces, Liam se despidió con un "Hasta pronto" y salió de la pequeña oficina, que fue cuando el arquitecto se dejó caer sobre su sillón, masajeándose la sien, como si sintiera venir un fuerte dolor de cabeza.
Momentos después, la puerta volvió a abrirse, apareciendo Linda con rostro apesadumbrado, cargando un té con canela entre las manos.
―Te juro que para la próxima vez inventaré una buena excusa para evitarte esta visita ―acotó, poniendo la taza humeante frente a él. Tyler la miró y sonrió con tristeza.
―Quisiera que no fuera necesario, quisiera que simplemente se volviera a olvidar de mi existencia.
―Está interesado porque estás con proyectos grandes entre manos, creo que es todo. Aunque si lo rechazas una y otra vez, no entiendo por qué regresa…
―Yo tampoco lo entiendo, Linda ―reconoció, cerrando los ojos y dejando que el aroma a té y canela lo relajara. No quería más esas visitas de su Liam, no quería más sus intentos de acercamiento, quería que desapareciera de una vez por todas, ¿acaso tendría que ser más explícito con él y decírselo? Quizás para la próxima vez que él apareciera, debería decírselo y evitar todo ese pesar.
―Mejor piensa en el buen trabajo que tienes entre manos, y en las cosas buenas que se vienen para ti de ahora en adelante… ¡y en la fiesta que tenemos mañana!
Tyler sonrió con sinceridad después de micho, mirando a su colaboradora, la atractiva chica que siempre tenía sus mejillas sonrojadas.
―Botaremos todas las tenciones mañana, Linda, ya verás ―le guiñó el ojo y se levantó con la taza en la mano de regreso a su mesa de trabajo, viendo a la chica salir tan entusiasta como siempre, rogando que en verdad unas horas de gimnasio y unas buenas copas pudieran relajarlo finalmente.
Bueno pues, el ogro y la vieja se vieron ya las caras... ahora a esperar para ver lo que pasará en adelante.
Como siempre, gracias a todas las que han seguido leyendo la historia y se dan el tiempo de comentar. Gracias, muchas gracias, y espero que sigan conmigo hasta el final.
Como siempre agradezco a mi equipo de apoyo: Gaby Madriz en la edición de los capítulos, a mi fiel amiga Maritza Maddox que siempre está ahí, al pie del cañón, y a Manu de Marte que se encarga del diseño de los banners y otras sorpresillas en el grupo que tenemos en facebook. ¡GRACIAS NENAS!
Y GRACIAS A TODAS POR EL APOYO QUE ME HAN BRINDADO. LES QUIERO MUCHO!
Y ya saben, nos reencontramos la próxima semana, ¿si? Besos a todas.
Cata!
