¡EL OGRO HA VUELTO!

A LEER DAMAS


Capítulo 7

―Sean bienvenidos ―les dijo Damian al recibirlos en la puerta de su casa, a la vez que se apresuraba por tomar entre sus brazos a su nietecita a quien venía cargando su hijo Edward, y la que comenzó a canturrear "Tata, tata" en cuanto los recibió, estirando sus bracitos hacia él.

Su hijo y su nuera había llegado aquella tarde a cenar, con la idea de poder ver a Beatriz y hablar con ella, llevando con ellos a la pequeña Clarisse, que no se perdería una reunión familiar como esa.

―Mi tía se excusó de venir porque tenía salida con sus amigas ―comentó Bella y mirando a Damian de reojo para sopesar su reacción, la que fue muy natural por cierto ya que su nieta tenía toda su atención en ese momento.

―Ya lo sabía, me lo dijo esta mañana. ―Contestó. Edward sutilmente golpeó con el codo el brazo de su esposa para llamar su atención, como confirmando la teoría que ambos barajaban.

Lo siguieron por los pasillos de la casa, que para todos allí tenía una mística importante, pues en ese lugar habían dado muerte a la hermana Gabriela, y aunque eso podría ser motivo para que Damian hubiese abandonado el lugar, no lo hizo precisamente para rendirle honores a esa mujer que amó a sus hijos y los cuidó como si fuesen suyos. Además, desde el mismo día que comenzaron a habitar esa casa, su hija y él sentía una presencia extraña que más que asustarles los hacía sentir seguros, por lo que no tenía nada de qué temer.

En la sala, Alice con su barriga a punto de reventar, conversaba animadamente con James y su esposo, comentando el último partido de béisbol que vieron por televisión. Edward rodó los ojos hacia ella, pues insistía que tendría que estar acostada y no paseándose cuando su sobrino estaba a punto de nacer.

―Me veo venir tus reprimendas por la cara que traes ―le dijo Alice a su hermano a la vez que se él le acercaba para saludarla y tal como ella lo advirtió, para retarla ―, pero antes que digas nada, mis padres regresaron hoy de su viaje, y les pareció bien que saliera, así que digamos que estoy autorizada.

―Creo que Carlisle ha sido muy blando contigo todo este tiempo… ―comentó Edward casi en un gruñido. Ella le sonrió con ternura y recostó la cabeza en su hombro, mientras Bella se unía a la conversación de los chicos después de haberla saludado. Entonces susurró para Edward:

―Vine porque estoy preocupada por Beatriz…

―¿No ha bajado?

―No, y yo estaba esperando que llegaras para que juntos habláramos con ella…

―Por eso he venido. ―Besó la frente de su hermana antes de levantarse y ayudarla a ponerse de pie ―Anda, no demores más.

Subieron hasta el segundo piso y llegaron hasta la puerta de la habitación de Bea, que estaba cerrada, no demorando Edward en golpear.

―Somos nosotros, Beatriz.

―Está abierto ―se oyó desde adentro después de un par de segundos, encontrando a la chica sentada en su cama con un perro de peluche al que abrazaba con fuerza. La hermosa recamara que Alice había decorado para ella, estaba inusualmente a oscuras, apenas iluminada por la luz de la lámpara de la mesita de noche, pero aun así Edward pudo advertir los ojos rojos que daban cuenta de sus lágrimas.

―Oh, nena, qué tienes… —se apresuró en preguntarle Alice, instalándose junto a ella sobre la cama, abrazándola por los hombros. Edward se sentó de frente a ella, sujetándole una de sus manos.

El ogro generalmente no tenía esos instintos cariñosos con nadie, por supuesto esto antes de conocer a Bella, reencontrarse con Alice, conocer a Beatriz o del nacimiento de su hija. Ciertamente esas mujeres habían sido parte del camino lleno de cambios que había recorrido. Y si bien era cierto él no era un algodón de azúcar, porque su esencia gruñona siempre existiría, bajaba sus muros cuando a sus mujeres se trataba, y Beatriz era una de ellas.

―Puedes hablar con nosotros, Beatriz ―insistió él, a la vez que su hermanita de rasgos tiernos torcía la cabeza y mordía su labio, como dudando si contarles o no. Finalmente se decidió a hablar.

―La fiesta… la fiesta de fin de curso… ―sorbió su nariz y Edward supo lo que venía, comenzando su vista ya a tornarse roja de rabia ―Me animé a invitar a un chico que siempre me está mirando… no como los demás, ¿saben? O eso pensaba yo…

―Bien… lo invitaste, ¿y qué fue lo que dijo? ―la animó Alice a seguir. Beatriz tras tragar grueso continuó.

―Lo invité porque me gusta… me gusta en serio y… me dijo que no…

―¿Y por qué ese… niño te dijo que no? ―preguntó el único hombre en la habitación, intentando controlar su ira. Bea se alzó de hombros y bajó el rostro avergonzada.

―Dijo que no se vería bien conmigo en las fotografías… por mi silla de ruedas…

―¡Maldita bestia! ―exclamó Edward levantándose de la cama de un salto, fuera de sí, imaginándose al chiquillo ese dándole una lección. ¡¿Cómo se vería con la cara hinchada por los golpes en las fotografías?! ―¡¿Quién es?! ¡Dime como se llama, Beatriz!

Las dos hermanas de Edward miraban al ogro en todo su esplendor con total estupefacción. Alice había tenido la "suerte" de verlo así antes, pero para Beatriz era todo un estreno, comenzando a balbucear nerviosa algo inteligible. Entonces Alice carraspeó y miró a Edward con advertencia, abriendo ampliamente sus ojos verdes, recordándole que se trataba de un asunto de adolecentes y no de matones, pero Edward ni caso.

―¡¿Quién es la directora de tu colegio?! ¡¿Sabe ella acaso el tipo de esperpento sin cerebro que tiene estudiando?!

—Edward, basta, en serio… ―con un tono un poco más rudo Alice lo instó a calmarse, y él tuvo que hacerlo cuando vio los ojos asustados de su hermana, pues no era a ella a quien quería asustar, sino a ese otro niñito, que se las vería con él. Cerró los ojos entonces, e inhaló con fuerza, relajando un poco sus hombros y regresando a sentarse en la cama junto a su hermana a quien tomó por las manos, advirtiendo que lo mirara a los ojos.

―Escúchame bien, Beatriz ―dijo con mucha seriedad. La niña lo miraba con ojos grandes y asentía con la cabeza ―Por la excusa que te dio ese niñato, es muy seguro que sea un cabeza hueca, y yo no quiero verte al lado de uno, ¿lo entiendes? No te lo mereces, no mereces que nadie te haga sentir menos porque eres diferente. Por ese imbécil has tenido preocupado a Damian, te has alejado de tus entrenamientos, de tus amigos, no quieres ir al colegio, ¿te das cuenta?

―Es que… ―la voz de Beatriz se oía quebrada por la pena ―en realidad me veo fea en esa silla de ruedas y nadie querría bailar conmigo…

―¡Oye, no! ―la regañó Edward, mientras Alice mordía el interior de su mejilla de los puros deseos de llorar, pero de orgullo por Edward, quien defendía a la niña como una fiera, como el verdadero hermano que era ―¡¿Recuerdas la boda de Alice, o la mía?! Yo tengo fotos donde tú sales en ellas y te ves radiante… ¿Y olvidas los bailes con Emmett o James? ¡Te movías como un trompo, mejor que muchos de los que usaban sus pies!

Ella negó con la cabeza mientras lloraba. Alice la consolaba besándole la cabeza y dejando que Edward hablara.

―Estoy seguro, muy seguro que hay una larga lista de galancitos queriendo invitarte a esa fiesta, jovencitos con más cerebro que ese… niñito ―tratando de sonar y parecer más relajado, tocó con su dedo índice la punta de la nariz de Bea ―. Si quieres ir a esa fiesta, lo harás, pero con alguien que esté encantado de hacerlo, que no se avergüence de ti, que te haga sonreír y pasarlo bien, no que esté más preocupado de su aspecto o de lo bien que se verá en las fotografías, ¿lo entiendes?

―Ajá…

―Bien, porque como que me llamo Edward tú vas a ir a ese reventón y dejarás con la boca abierta a ese niñito ―se acercó para tomar el rostro de su hermana entre sus manos. Ella lo miraba con aquellos ojos verdes, cristalinos por el llanto ahora de emoción por las palabras de su hermano mayor ―Eres hermosa, no dejes que nadie te convenza de lo contrario.

―Gracias Edward ―dijo la niña, abrazándose al cuello de su hermano, el que sonrió conforme con la reacción de su hermana y por su certera intervención. "Soy jodidamente bueno en esto" pensó con secreta altanería.

―¡Ay, joder!

La exclamación aquella sorprendió a la niña y su hermana, apartándose ambos al instante para mirar a Alice, que tenía los ojos muy abiertos mientras sus manos sostenían su vientre. Su rostro estaba rojo, su frente estaba enmarcada de sudor, y su pecho subía y bajaba rápidamente.

―¿Qué? ―preguntó la niña, y la cara de Alice se descompuso, cerró los ojos y lanzó un grito.

―¡Mierda! ―Beatriz miró asustada a su hermano, preguntándole de qué se trataba todo eso. Él no se demoró en contestar ―Contracciones.

Sin más, Edward salió disparado al salón y miró a Jasper, advirtiéndole que su hermana estaba teniendo contracciones. Fue entonces que el futuro padre se reveló ante las leyes de la velocidad y en cosa de segundos estuvo en la recamara de la niña, atendiendo a su esposa. El resto llegó detrás de él después de un par de minutos. Mientras unos intentaban enseñarle a Alice a respirar, otros se debatían en llamar a una ambulancia, o llevarla directamente al hospital, o quizás llamar antes a Carlisle.

―¡Hagan lo que sea, pero muévanse ya, joder! ―gritó Alice, haciendo callar a todo el mundo. Jasper entonces la agarró en brazos y salió con ella cargando, mientras Edward se ofrecía a conducir el coche. Bella se ofreció a ir a casa de Alice y tomar algunas cosas que ella necesitaría, mientras Damian se comunicaba con Carlisle para darle las noticias. También llamó a Carmen para decírselo y pedirle que fuera a su casa, pues Beatriz y James se quedarían con Clarisse. Finalmente todos se habían logrado coordinar muy bien.

―Se los dije, Alice tendría que haber estado en su casa, acostada…

―Aunque hubiese estado en horizontal, las contracciones hubieran llegado de igual forma ―rebatió Bella a su marido, mientras ambos esperaban noticias desde dentro de la sala de partos, donde hace menos de una hora habían ingresado a Alice, la que había decidido tener a su bebé mediante parto natural.

―No estoy seguro, demonio ―contradijo él, fiel a sus ideas. ―Por cierto, ¿Clarisse, con quién quedó?

—Beatriz y James están con ella en casa de Damian, mi tía acaba de llegar allí hace menos de diez minutos. Me acaba de enviar un mensaje.

―Vale… si quieres puedes ir con ellas, yo me quedaré, sabes que esto puede demorar.

―Quisiera quedarme, si no te importa.

―Claro que no —respondió, besando la cabeza de su mujer que la tenía sobre su hombro.

La sala de espera del hospital estaba llena de parientes esperando que el primogénito de la pareja compuesta por Alice y Jasper llegara a este mundo, cuestión que ocurrió a las 3:39 de la madrugada. Jasper salió con la bata verde, su cabello desordenado y sus ojos rojos de tanto llorar, para avisarles con voz quebrada, que era el padre de un hermoso y robusto muchachito. La madre de éste se acercó a él para abrazarlo, mientras Damian y Carlisle se abrazaban dichosos por la llegada de ese nieto en común. Esme abrazó a Bella, mientras Edward se ponía de pie, con una sensación en el pecho como si deseara llorar, sensación un poco más ligera que la que sintió cuando su hija nació.

―Felicidades, Jasper, de verdad me alegro mucho por ustedes.

―Gracias, gracias Edward… tú debes entender la emoción que siento…

―La entiendo… ¿Pero Alice está bien?

―Está rendida, pero bien. Cubrió a garabatos a los doctores ―contó Jasper y Edward sonrió casi con orgullo ―pero todo salió muy bien. Es una mujer muy valiente.

―Lo sé. Me imagino que hoy ya no podremos verla.

―No, hasta mañana creo, pero al niño podrán verlo cuando lo lleven a los cuneros, eso me dijo la enfermera.

―Esperaremos hasta verlo entonces.

El pequeño Paul Whitlock dormía profundamente enfundado en un pijama celeste sobre una pequeña cunita justo frente al vidrio que lo dividía de sus familiares, quienes exclamaban lo hermoso que era. Bella, aferrada a la mano de su esposo, contemplaba al pequeño, deseando que llegara su momento. Edward, que como los demás miraba también al niño, desvió sus ojos hasta su mujer, a quien vio morderse el labio mientras secaba una fortuita lágrima que se derramó por su mejilla.

―Qué sucede, demonio ―le susurró. Bella lo miró y sonrió, alzándose de hombros.

―Nada… ―suspiró, mirando al bebé con ternura ―solo imaginaba que podría ser nuestro bebé…

Edward elevó la comisura de sus labios, abrazando a su demonio por los hombros, besando su fragante cabello.

―Pronto, mujer, pronto.

Al día siguiente, y a pesar de ser sábado, Edward fue hasta su oficina para atender un asunto ineludible, en tanto su esposa se quedaba en casa, concordando con él reunirse en la clínica a eso del mediodía para visitar a su hermana. Estaba ella dándole de desayunar a su hija, cuando una de las muchachas que trabajaba en su casa anunció a su amiga Victoria, quien llegó a visitarla aprovechando su día libre.

Y es que la colorina no había querido dejar pasar más tiempo para hablar con su amiga de "ciertos asuntos" que a ella la tenían con algo más que simple curiosidad, y que tenían que ver con su jefe y cierta rubia a la que ella tenía entre ceja y ceja.

―¡Qué sorpresa! ―saludó Bella a su amiga con un abrazo antes de invitarla a pasar a la salita de juegos de Clarisse, para vigilarla mientras ella y su amiga conversaban.

―¿Oye, y por qué tienes a esos hombretones en la puerta? Es muy cool tener a guardias en la puerta y todo eso, ¿pero por qué, eh? ―preguntó con curiosidad la colorina. Bella tragó grueso, pensando en una buena excusa.

―A Edward le pareció… prudente. Mejor no preguntes…

―Como digas.

―Mejor dime, cómo va lo tuyo con James…

―Ahh… él es un caballero, muy romántico ―suspiró Victoria, pasándose las manos por su frondoso cabello ―me llama todos los días, me manda flores, salimos a dar paseos. ¡Es tan lindo!

―Es un excelente hombre.

―Lo sé ―volvió a suspirar profundamente ―Yo creo que ya me estoy enamorando.

Bella sonrió encantada de que su buena amiga finalmente hubiese encontrado a su media naranja. Siempre había salido con hombres que la buscaban por su aspecto físico, pero que creían que ella era una típica mujer sin cerebro, errando en sus aseveraciones. Era una mujer alegre, que disfrutaba de la vida, que se sacaba partido, pero era muy inteligente y sobre todo leal. Y haciendo acopio a la lealtad que Bella siempre elogió en ella, fue que Victoria comenzó a hablar.

―Uhm… amiga, hay algo que quiero comentar contigo, solo para que lo tengas en cuenta, ¿entiendes? ―advirtió con calma, poniendo ambas manos sobre los hombros de su amiga. Bella abrió sus ojos ampliamente, con cierto dejo de preocupación.

―Qué pasa, Victoria, no me asustes.

―No es para que te asustes, sí para que estés atenta para defender lo tuyo…

―¡De qué hablas! ―la interrumpió Bella con los nervios a flor de piel.

―Se trata de la rubia… de Kate. ―Bella dejó caer sus hombros y miró a su hija que jugaba dentro de su casita de muñecas. Estaba intentando mantener la calma, aunque podía intuir lo que su amiga le diría. Así que en silencio dejó que ella hablara ―No sé si sabes que ella regresó de su viaje, o retiro espiritual, o lo que sea…

―Edward me lo dijo, me dijo que estuvo en su oficina.

―Si ―confirmó Victoria ―y fue precisamente ahí que yo vi algo raro.

―¿Raro… cómo?

―Ella estaba siendo muy… cariñosa con Edward…

―¡Ay Victoria, qué dices! ―exclamó con incredulidad, intentando esconder su miedo.

―Escúchame, de tu marido no tienes nada de lo que preocuparte, él te adora, eso lo sabes ―Bella asintió despacio, pero aun con sus ojos llenos de preocupación ―pero yo sé distinguir a las mujeres con complejo de aves de rapiña, ¿sabes? y esa mujer es una de ellas.

―Qué dices…

―Entré a dejarles un café el día que ella fue a verlo, y lo miraba como mira una mujer a un hombre cuando siente cosas por él, ¿me explico?

Bella restregó su rostro con ambas manos, pasándose las manos por el cabello a continuación, habito que se le pegó de su esposo precisamente. Victoria torció su boca, preguntándose si había sido buena idea o no decirle eso, pero no se arrepintió.

―Edward se veía muy incómodo con esa actitud rara de la rubia, y estoy segura que él percibió algo raro en ella también. Creo que no ha pasado nada más que eso, pero te pido que estés al pendiente, no quiero que salgas dañada…

―Entiendo que esa sea tu intención, Victoria ―dijo finalmente Bella apenas con un hilo de voz ―pero solo saldré dañada si Edward…

―Él no se atrevería ―"porque yo antes le corto las bolas" pensó la colorina.

A Bella se le partía el corazón de tan solo imaginarse en la situación de verse traicionada por el hombre a quien ella amaba, pero debía estar confiada en el amor que él le profesaba, debía estar segura que no haría nada para dañarla de esa manera, ¿pero Kate se detendría, si eran ciertas las suposiciones de su amiga?

―¿Le dirás a Edward lo que te conté?

―No sé ―retorció sus dedos ―creo que no, probablemente sería provocarlo o algo…

―¡Por mí no te preocupes! ―aseguró Victoria firmemente ―Puedes decirle que yo te lo comenté, él creo que se percató de que vi algo raro ese día, y si me reclama algo, te aseguro que no me quedaré callada. Simplemente quiero ponerte en sobreaviso, no para que desconfíe de tu esposo, sino de ella.

―Gracias Victoria.

La invitada amiga intentó cambiar el tema para aligerar el ánimo de su amiga, contándole que tenía la intención de reunir al grupo completo de "chifladas" como ella llamaba a sus amigas, entre las que se encontraban Tanya y Jane, para poder salir de juerga uno de esos días, o quizás de compras. Bella trataba de sonreír y asentir, o comentar que a ella también le parecería una buena idea que se reunieran, pues hace tiempo no lo hacían.

Victoria estuvo jugando un buen rato con su sobrina, riéndose de las travesuras que Bella le contaba, hasta que llegó la hora en que se retiró, pues había quedado de salir de paseo con su galán.

Fue entonces cuando Bella se quedó a solas, pidiéndole a su tía que vigilara un momento a su hija mientras ella tomaba una ducha, y allí bajo el agua de la regadera dejó que su llanto de miedo fluyera, siendo presa de la desconfianza en ella misma, pues pensaba en lo hermosa y arrebatadora que era Kate, y de lo mucho que conocía a su marido por todo lo que ambos habían compartido.

"Dios, si me deja, yo me muero" lloró, con su rostro apenado elevado al chorro de agua. Salió de la ducha e hizo todo el proceso posterior para preparase, vistiéndose con una simple camisa blanca larga, unos pantalones estrechos negros, y unas sencillas bailarinas.

―¿Por qué tienes esos ojos rojos, Bella? ―le preguntó su tía cuando ella volvió a aparecer. El rostro de Bella casi no estaba maquillado, apenas con un brillo labial, haciéndola ver más pálida que de costumbre. Arrugó su entrecejo e inventó una excusa que pudiera parecer creíble, incluso sonrió cuando le dijo a su tía:

―Jabón… me ardió muchísimo.

―Oh… ―asintió Carmen, no del todo convencida ―me alegro que Edward te convenciera en operarte para dejar de usar esos lentes que siempre traías perdidos, siempre te irritaban los ojos.

―Sí, la operación fue mucho mejor ―concordó ella, levantando a su hija del suelo para darle un beso antes de partir ―. Voy al hospital, Edward me encontrará allá. Probablemente regresaremos para almorzar, si no es así, te avisaré.

―Seguro. No te hagas problema.

Por supuesto, su marido no estaba dejando que ella condujera, por lo que un chofer la llevó hasta la clínica. Agradeció al hombre que la llevó hasta allí y entró en el hospital hacia los ascensores, dirigiéndose hacia el área de maternidad, donde en la sala de espera se encontró con su suegro, quien sonreía dichoso.

―Edward acaba de llegar hace un momento ―le contó Damian ―yo voy a buscar a Beatriz, que exigió venir a ver a su hermana. ¿Tú estás bien, querida?

―¿Yo? Sí, sí Damian…

―Vale… ¡Anda pues, entra que tu esposo estaba preguntando por ti!

―Sí, ya voy.

Caminó hasta el cuarto de Alice, completamente blanco, pero lleno de vida con los ramos de flores y globos que alegraban el lugar y daban la bienvenida al recién nacido, a quien encontró dormido en brazos de su madre, mientras Edward y Jasper la miraban con tal ternura, que a Bella le hicieron tener deseos de llorar.

Sonrió mirando a Jasper a modo de saludo y caminando directo hacia Alice, dejando de paso una bolsa de regalo sobre una mesita auxiliar. Besó la mejilla de su cuñaday aprovechó de acariciar el rostro del hermoso bebé que dormía plácidamente entre sus brazos. Paul tenía fruncida en una graciosa mueca su pequeña boca, mientras una de sus manos aferraba el dedo índice de su mamá con fuerza. Su cabello estaba cubierto por un gorro celeste, protegiendo su escasa pelusilla rubia de recién nacido.

―Es un bebé muy hermoso, Alice ―susurró Bella tras suspirar. Su cuñada sonrió con orgullo.

―¿Verdad que sí? ¡Dios, y después de todo lo que sufrí para tenerlo! ―suspiró, recordando los dolores de partos, los que volvería a padecer mil veces por tener a un niño como el que tenía entre sus brazos.

Edward, oyendo de oídas lo que Jasper le hablaba, miraba a su esposa quien apenas le dedicó una mirada cuando llegó, siendo eso suficiente para él para poder intuir que algo raro le pasaba.

―Y ustedes, ¿cuándo se animan, eh? ―preguntó Jasper tanto a Bella como a Edward. Bella levantó la mirada hacia Jasper, sin decir nada, regresando su atención al durmiente bebé.

―Estamos trabajando para eso ―respondió el ogro, mirando a su esposa ―no seas metiche, Jasper.

El aludido se carcajeó con el buen humor que lo albergaba en ese momento, con la intención de seguir bromeando con Edward, aunque ya bien sabia él que su cuñado no gozaba de un ligero sentido del humor. Comenzó entonces a comentar los planes que ya tenía para su primogénito, equipo de fútbol, colegio en el que estudiarían, y cosas como esas, llevándose miradas de advertencia de su esposa Alice, cuando de pronto la puerta del dormitorio volvió a abrirse, apareciendo Rosalie y Kate por esta. Bella se incorporó y miró hacia ellas desviando la mirada enseguida a la vez que se apartaba de la cama para que las recién llegadas, que venían cargando regalos, flores y globos, saludaran a Alice.

Cuando Edward estuvo fuera de la atención de Jasper, alargó su mano y tomó la de su mujer, empujándola a su lado, tomándola por sorpresa, pues ella casi a hurtadillas le prestaba atención a Kate, no pasándole por desapercibida la mirada ansiosa que la atractiva y siempre bien vestida mujer le dedicó a su marido.

―Qué tienes, demonio ―le susurró tenso al oído, pero ella lo miró y simplemente negó con la cabeza. Edward le estrechó sus ojos verdes, desconforme con la respuesta de su mujer tan poco convincente para él, apenas prestándoles atención a las recién llegas, las que elogiaban a su hermana y su bebé, aunque una de ellas seguía lanzando miradas discretas hacia ellos.

―¿Y en dónde dejaste a Emmett? ―le preguntó Alice a Rosalie, quien ya le había arrebatado al bebé de sus brazos.

―Viendo un partido en la televisión, con Garrett. Ellos vendrán esta tarde.

Por supuesto, Rosalie y su esposo coordinaron para que Garrett y Kate no se encontraran, pues ya suficiente tenía el pobre hombre al saber que la mujer había regresado y que no quería hablar aun con él. No soportaría un encuentro fortuito sin suplicarle que le diera una oportunidad.

―¿Y tú, Edward, no quedaste con ellos?

―Esta noche quedamos de reunirnos en casa. Durante el día soy del todo de mis mujeres ―respondió, apretando a su mujer a su costado rodeándola con fuerza por la cintura.

La cercanía del matrimonio de Bella y Edward, la manera en que él daba a entender su instinto de propiedad sobre ella, hizo que los dedos de los pies de Kate se encogieran dentro de esos zapatos de tacón. Cada día que pasaba era suficiente tortura ver y saber lo compenetrados y enamorados que ambos estaban, que daba cuenta de lo perdida que ella se encontraba, que sin saber cómo dejó que sus sentimientos se dejaran llevar por ese hombre al que conocía desde pequeña. Quién sabe, y si esos sentimientos hubieran nacido antes, sería ella la que ahora estaría en brazos de Edward y no Bella…

―¿Kate? ―Rosalie le golpeó con el codo, para que respondiera algo que Alice le había preguntado. La aludida sacudió su cabeza y miró a Rosalie.

―¿Sí?

―Alice te estaba haciendo una pregunta… ―le dijo Rosalie a su despistada amiga, mirando a Alice quien a su vez la miraba entendiendo en donde estaba su cabeza, o con quién más bien.

―Bueno, nosotros nos retiramos ―anunció Edward, mientras Alice volvía a repetir la pregunta para Kate ―Clarisse y Carmen nos esperan.

―Regresaremos con mi tía mañana, Alice ―dijo enseguida Bella, acercándose a su cuñada para despedirse. Abrazó a Jasper a continuación, mientras su marido se despedía de su hermana.

―Adiós ―dijo Bella a las damas visitantes, antes de salir de la recamara, sintiendo la mano de su esposo en su zona lumbar.

Apenas la puerta del dormitorio se cerró, Edward tomó del brazo a su mujer, obligándola a girarse para quedar frente a él.

―¿Qué tienes, eh?

―Nada, Edward, por qué lo preguntas. ―Edward la evaluó rápidamente con la mirada, antes de volver a aseverar:

―Porque te conozco, mujer, y tan solo al verte entrar me di cuenta que algo raro te pasaba, así que comienza a hablar.

―No pasa nada Edward, de verdad. Son… figuraciones tuyas ―se alzó de hombros tratando de sonar despreocupada ―Quizás estoy un poco aletargada, anoche regresamos tarde a casa y hoy desperté temprano…

―No acaba de convencerme esa excusa, mujer.

―Edward, por favor… ―susurró, y por instinto se acercó a él y lo envolvió con sus brazos, escondiendo su cara en el pecho firme de su marido, que estaba cubierto por un sweater azul marino. Él arrugó su frente y no demoró en abrazarla, suspirando.

―Joder, Isabella, eres una mujer frustrante y exasperante… Sigo sin entender estos cambios de humor tan raro que tienes… ¿no será que ya planté la semillita? ―dijo aquello último en tono de broma, pues pese a estar preocupado por el raro ánimo de su mujer, le preocupaba también distraerla y hacerla sentir mejor. Dio resultado, pues ella arrugó su frente y alzó su rostro hacia Edward, sonriéndole.

—¿La semillita, Edward? ―preguntó con ironía, sonriendo el ogro con suficiencia.

―Sí, ya sabes, la carrera de los espermatozoides y todo eso, eso las pone de un humor extraño ―bajó su boca hacia los sonrientes labios de su mujer, besándola suavemente.

―No lo sé, tengo cita con el doctor en un par de semanas.

―¿Y los test de embarazo caseros?

―Quiero esperar hasta que mi doctor me lo confirme.

―Cretino ese… ―gruñó, recordando al "metiche" doctor ese.

―Edward ―sonrió encantada al arranque de celos de su marido contra el buen ginecólogo, sintiendo como su ánimo se elevaba así como su seguridad, siendo el amor de su marido causante de ello ―. Me encanta que estés contento con la idea de otro hijo, que estés esperando por él.

―Claro que sí, demonio mío. ―Volvió a besarla en medio del pasillo de hospital que daba a los dormitorios ―Ahora vámonos, antes que abra cualquier puerta y te encierre allí para ocuparme de ti.

―Sí, será mejor, no quiero que nos prohíban la visita ―concordó, tironeando a su marido hacia los ascensores, con su ánimo mucho mejor de lo que había llegado.

Pasaron una tarde de sábado los tres en familia, atendiendo los deseos de su hija, la que ese día estaba absorta por el espíritu de una doctora, usando a su padre como conejillo de indias, al que tenía tendido sobre el piso de su sala de juegos, mientras lo auscultaba y lo diagnosticaba con alguna extraña enfermedad que solo ella conocía en su mundo de niña de dos años. Le dio medicamentos, le puso inyecciones y lo tapó con una manta de felpa con motivos florales para que se recuperara.

Así lo encontró Emmett cuando bien entrada la tarde llegó a casa de su amigo en compañía de Garrett.

―Es increíble verte dominado por una niña de dos años ―se burlaba Emmett mirando desde su metro noventa de estatura a su gracioso amigo que se mantenía tendido en el piso. El ogro hizo una mueca y volvió a cerrar los ojos.

―Tengo en mi poder una fotografía donde luces maquillado, lleno de pinches y collares, así que no te burles, o haré publica esa etapa de tu vida ―le recordó cuando su hija de seis años lo disfrazaba de mujer y lo invitaba a tomar el té.

Bella llegó entonces a rescatar a su marido, llevándose a su hija a quien daría un baño antes de darle su última comida y hacerla dormir.

―¡No te vas, Emm! ―exclamó la niña hacia su tío Emmett cuando su mamá la estaba sacando de la sala, enseñándole su jeringa de plástico ―Yo te curo…

―¡Claro que no, cariño, aquí me quedó! ―le aseguró él, dejándose caer en horizontal sobre un sofá.

Cuando la niña estuvo fuera de vista, Edward se incorporó, sobándose la espalda un poco adolorida por todo el tiempo que estuvo tirado en el piso. Mientras doblaba la mantita de su hija, miró a Garrett, que tenía su vista perdida en el jardín en penumbras de la casa, al otro lado del ventanal.

―Hey Garrett, ¿está todo bien? ―Garrett miró a su amigo por sobre el hombro y sonrió con tristeza.

―Tu hija está hermosa, Edward, y crece con mucha rapidez ―respondió, eludiendo la pregunta de Edward. ¿No era obvia la respuesta? ¿Cómo quiere que estuviera si la mujer a quien ama ha regresado a la ciudad y lo ha evitado, dejándolo sin esperanza?¿Cómo iba a salir adelante?

―Oye, hermano, necesitamos un trago, y de los fuertes ―advirtió Emmett a Edward, dándole un vistazo de reojo a Garrett, el alma en pena.

Los tres caballeros caminaron hasta la sala de estar, donde había un surtido bar, desde donde Edward extrajo una botella de whisky y tres vasos, dejándolos sobre la mesa de centro frente a ellos.

―¿Y dónde está Jacob? ―preguntó Edward.

―En casa de su suegra ―respondió Emmett, apresurándose por servir las copas, entregándole la primera de ellas a Garrett, que se la sirvió de un trago. Emmett quedó con el vaso en la mano, mirando a su amigo con asombro, al igual que Edward.

―Controla tú jodida sed, Garrett…

―Seguro… ―le arrebató la botella a Emmett y volvió a llenar su vaso hasta la mitad, preguntando: ―Qué adelantos tienen sobre el caso de la vieja, Emmett.

Edward apretó los dientes y fue ahora él que tomo su vaso y le dio una buena bocarada a su licor. Emmett carraspeó y se acomodó en su sillón.

―No mucho. Hemos estado sobre los datos que están a disposición pública, los que indican que nadie más que el abogado de la vieja está asesorándola.

―Imposible… ―contradijo Edward.

―Ya lo sé, pero es lo que figura en los documentos ―le recordó Emmett en tono muy profesional ―. Él firmó los petitorios y es el representante legal de la mujer, pero no me trago el cuento tampoco. Pudo haber usado la demencia senil como defensa de la vieja cuando la procesaron por homicidio…

―Pero Elizabeth se negó ―le recordó Garrett.

―Después de dos años en prisión, puede haber cambiado de opinión. ―Respondió alzando sus anchos hombros. Entonces recordó algo que Damian le comentó el día anterior, llevando su vista a Edward, que miraba fijo hacia el suelo ―Por cierto, ¿fuiste a ver a la vieja, Edward?

―Por supuesto.

―Mierda, Edward ―Garrett volvió a dejar su copa vacía sobre la mesita de centro ―, podrías haberme invitado.

Edward miró a Garrett, fulminándolo con sus ojos ante su irónica broma.

―La vieja ni se esforzó por mantener el teatrito delante de mí, por eso ahora estoy más que seguro que tiene un buen plan y alguien detrás de ella, alguien con influencias que está ayudándola.

―¿Y quién podría estar con ella, con qué provecho?

―No lo sé… pero vamos a averiguarlo ―comentó con voz críptica, mientras se sobaba las manos.

―Claro que vamos a hacerlo ―coincidió Emmett ―Y permíteme hacer una visita a ese lugar y usar mis "encantos" para averiguar algunas cosillas, con las que comenzaremos a trabajar.

―Ponte en marcha entonces, Emmett.

―Pero es imposible que la vieja salga, aun estando enferma. Está condenada por un crimen de asesinato, no la dejarán en libertad.

―Claro que no ―respondió Edward a Garrett ―pero ni siquiera permitiré que se quede en ese lugar cumpliendo condena. Además, ella no se quedará conforme con eso…

―Bueno pues, caballeros, es noche de sábado y estamos aquí hablando de calamidades… ¡No me jodan! ―exclamó Emmett dando por terminado el tema, a la vez que se colocaba en pie ―Hagamos algo de comer y sentémonos frente al televisor para ver el boxeo, ¡¿en eso habíamos quedado, no?!

―Es verdad… no necesito más mierda de momento. ―Garrett se levantó también y miró a Edward, haciéndole un movimiento de cabeza, quien suspiró y llevó a sus insignes invitados hacia la cocina, donde comenzaron a hacer de las suyas.

Pasada la medianoche, Edward entró a su cama e instintivamente aferró a su mujer por la cintura, quien dormía profundamente de espalda a él. Se quejó y se removió de tal manera de quedar perfectamente acoplada a la concavidad del cuerpo esbelto de su hombre, inspirando fuerte y suspirando encantada, pues en medio de la bruma de sus sueños, sabía a Edward con ella y eso la hacía sentir tranquila.

—¿Te desperté? ―susurró Edward, hundiendo su nariz en el hueco del cuello de su demonio.

―Más o menos…

―Más o menos… ―repitió él, mordisqueando la piel de su mujer, apretándola aún más a su cuerpo caliente y anhelante.

―¿Y ya terminaste de ver cómo los tipos se golpean en un ring? ―preguntó ella, ya del todo despierta, sintiendo las manos de su marido colarse por debajo de su camisón de satén.

―Sí, fue muy buena pelea, pero lo que en realidad yo quería era llegar aquí y tenerte entre mis brazos, demonio. ¿Está todo bien?

―Sí, todo está bien…

―¿Y tu episodio de la mañana, ya está olvidado? ―Bella arrugó su frente y giró su cabeza hacia su marido.

―¿Mi episodio?

―Demonio mío, si crees que lo he olvidado, es porque no me conoces.

Ella dejó escapar un largo suspiro y Edward rápidamente la hizo girar de tal forma que ella quedara bajo su cuerpo. Allí, en medio de la oscuridad del dormitorio, se concentró en la chispa luminosa que refulgía de los ojos verde miel de su mujer, incluso en medio de la oscuridad.

―Sé cuando esos ojos están tristes, demonio, y los tuyos estaban tristes esta mañana cuando llegaste al hospital ―pasó la punta de su nariz por la de su esposa, que sonrió a aquella sonrisa ―y no me gusta verlos así, mujer, y me pone ansioso no saber quién lo ocasionó…

―No… no fue nada, Edward ―estiró su cuello y besó sutil los labio de su esposo ―no te preocupes, ¿y sabes lo que puedes hacer cuando me veas triste? Simplemente abrázame y dime cuánto me amas, ese es mi remedio.

―Bueno pues, justo aquí está tu frasco de remedio, en tamaño gigante, solo para ti, nena ―ronroneó, poniéndose manos a la obra con su mujer, quitándole su bonito camisón antes de hundirse en ella, literalmente hablando y el todo el sentido de la palabra, demostrándole con todo su ser lo mucho que la amaba, a ella y solo a ella.

**oo**

El lunes siguiente, Emmett cumplió con lo prometido y se dirigió hasta el hospital dependiente del reclusorio, donde Elizabeth Masen se mantenía internada cumpliendo la condena. Llegó hasta la garita de ingreso y estacionó su coche, decidiendo bajarse de él para conversar directamente con el gendarme de turno, quien lo saludó cuando Emmett lo hizo con la amabilidad que lo caracterizaba, mientras intuía que el guardia era un adicto a la nicotina, por el olor que predominaba en el pequeño cubículo de seguridad, decidiendo entonces sacar la arrugada cajetilla de cigarros que llevaba en el bolsillo interno de su americana, y ofrecerle uno al buen gendarme, quien no dudó en recibirlo y agradecerlo, pues eran cigarros importados probablemente de los que él no solía fumar con habitualidad. Esa fue la oportunidad que usó Emmett para comenzar a desplegar sus averiguaciones.

―Y dígame, ¿viene mucha gente por aquí a visitar a los enfermitos? ―preguntó Emmett, con su ancho hombro afirmado relajadamente contra el quicio de la ventana que lo separaba del cuidador, quien lo miró asintiendo.

―Abogados y doctores más que nada, pocas visitas sociales.

―Claro, claro… ―volvió a llevar el cigarro a su boca para darle una profunda calada, pensando en su siguiente pregunta ―¿y lleva usted algún tipo de registro de esas personas?

El gendarme torció su boca, deduciendo hacia donde iba tanta pregunta del elegante hombre. Negó con diversión la cabeza, observando el delgado cilindro nicotínico entre sus dedos, mientras le respondía a Emmett:

―Señor, usted está hablando con la persona equivocada, yo no tengo mucha información para darle, si es eso lo que busca…

―Estoy seguro que la información que usted, tan amablemente puede proporcionarme, será de mucha ayuda ―dijo, metiendo la mano en el bolsillo y sacando de éste un contundente fajo de dinero. El gendarme vestido con su uniforme verde olivo, alzó sus espesas cejas negras y lanzó un silbido, pues seguramente él no estaba acostumbrado, como Emmett, a llevar esa cantidad de billetes en su cartera.

―Yo apenas registro la placa patente de los vehículos que ingresan, nada más. Los datos personales de las visitas los registran en la entrada, lugar donde usted no sacaría nada ofreciendo esa cantidad de dinero.

―Creo que yo podría hacer algo con la lista de las placas que usted maneja, mi buen amigo ―aseguró, guiñándole un ojo. El guardia estrechó sus ojos hasta el visitante, y tras pensarlo por fracción de segundos, suspiró y tomó de su pequeño mesón el registro de vehículos que manejaba, ofreciéndoselas a Emmett, a la vez que él le entregaba el fajo de billetes que el guardia guardó sin demora. Echando un vistazo rápido, pudo distinguir el nombre de Elizabeth Masen entre las personas que habían recibido últimamente visitas, decidiendo sacar su IPhone y fotografiar las páginas, devolviéndole las hojas al guardia, que miraba hacia todos lados, como vigilando no ser descubierto, pasando por alto las cámaras de seguridad, que Emmett intuyó no estaban en funcionamiento.

―Usted ha sido de gran ayuda, mi buen amigo.

―Estamos para servir a la comunidad, señor.

Emmett le sonrió y como premio adicional, le regaló la cajetilla con el resto de los cigarros que quedaban en ella, asintiendo el gendarme en agradecimiento, antes que Emmett se marchara.

Una vez en el coche, Emmett bufó, pensando en lo fácil que había sido coimear a ese hombre, pensando en que seguro esa era la forma habitual de cómo actuaban en ese lugar, guardando silencio o entregando información a cambio de una buena cantidad de dinero, mientras él volvía a sacar su teléfono móvil, marcándole a James, quien contestó casi al instante.

―¿Emmett?

―Querido James, tengo información con la que podemos comenzar a trabajar… ―informó, poniendo el teléfono entre su hombro y la oreja, a la vez que maniobraba el coche para sacarlo del lugar.

―¿Sobre qué, puntualmente?

―La vieja víbora de Elizabeth.

―Oh, bueno… ―James carraspeó tras la sorpresa de la información ―estoy en lo de Damian, podrías venir aquí ahora y comenzar a trabajar con eso.

―Media hora y me tienes ahí… por cierto, resérvame una buena cantidad de chocolate, que estoy hambriento ―demandó divertido, pasando su mano sobre su siempre demandante barriga que mantenía bajo control gracias a largas horas de gimnasio.

―Seguro… —se oyó bufar a James antes de colgar.

En el tiempo acordado, Emmett hizo ingreso en la empresa que a Damian lo había llevado hasta convertirse en el hombre de negocios que era, la de los chocolates, empresa que heredó de un hombre que fue como su padre hace ya varios años atrás, donde se fabricaban los más exquisitos chocolates con la receta suiza que era famosa y por cual se pagaban buenas sumas de dinero.

―Qué tienes, Emmett ―preguntó Damian tras saludarlo, quien había sido alertado por James sobre las averiguaciones del abogado y esperaba el arribo de Emmett en la oficina de su mano derecha. Emmett se acomodó en una de las sillas al otro lado del escritorio de James, acomodándose en esta mientras hablaba.

―De momento, la lista de las placas patentes que han entrado y salido de ese lugar, que es por donde podemos comenzar a trabajar.

―¿Y Edward ya lo sabe? ―preguntó James.

―No, su asistente me dijo que estaba en una junta y que pidió no lo molestaran, así que decidí venir directo aquí y ponernos a trabajar.

―Veamos esa lista entonces ―sugirió Damian entonces. Emmett asintió y sacó el teléfono del bolsillo de su chaqueta, enviando una copia de las fotografías al correo de James, las que imprimieron, seleccionando aquellas que había llegado hasta el centro médico penitenciario para visitar a Elizabeth. Anotaron cada una de ellas, siendo algunas de ellas reiterativas, y figurando entre las últimas la placa del coche de Edward, quien había ido a visitar a su abuela días atrás.

―Internet nos ayudará a saber quiénes son los propietarios de estos coches, caballeros ―anunció James, tecleando en su ordenador una de las placas, obteniendo a partir de esta los datos de la persona que figuraba como dueño, y así lo hicieron con el resto hasta que tuvieron una lista no larga, con la que comenzaron a trabajar.

―Hay uno de los carros que figura como activo de un bufete de abogados, muy prestigioso por cierto… ―comentó Emmett, mirando la información sobre la que hacía comentario.

―¿Es el bufete donde trabaja el abogado de la veja? ―preguntó James, esperando la respuesta de Emmett, que dudoso respondió:

―Me temo que no…

―¿Y él, es un abogado también?

Emmett miró el nombre de uno de los dueños de un coche, de quien eran reiterativas las visitas a Elizabeth, tratando de hacer memoria si había oído hablar antes de ese hombre.

―Liam Patterson…

―¿Paterson? ―preguntó Damian con interés, quien había estado averiguando en ese momento sobre el bufete de abogados que no asociaban a Elizabeth. ―Liam Patterson es el director general de un holding de valores, uno de los más grandes del país.

―¿Y por qué ese hombre estaría interesado en visitar a la vieja, con tanta regularidad por cierto?

―Esa es una buena pregunta, James, ―concordó Damian ―y creo que es por él por quién debemos comenzar a investigar. Movámonos y hablemos con Edward, quizás él conozca a este hombre, o lo asocie a Elizabeth.

―Vamos, pues.

Cuarenta minutos más tarde, Edward miraba con interés la lista de nombres que a partir de las gestiones de Emmett, habían logrado sacar como los visitantes de la vieja. Abogados de un prestigioso bufete, también el tipo que defendió a Elizabeth y quien figuraba como abogado de la mujer todavía a cargo de las últimas gestiones, y ese tal Liam Patterson, coincidiendo con Damian en la información sobre quién era ese poderoso hombre.

―No me gusta que este tipo esté asociado con Elizabeth. ―Comentó Edward, pasándose pensativamente el dedo por su barbilla. James entonces le preguntó:

―¿Algún amigo de la familia Masen? ¿No te suena el nombre?

―Los amigos de la vieja se esfumaron cuando se destapó el escándalo, y ese nombre no logro asociarlo al pasado de la vieja, ni con alguien con quien se hayan hecho negocios en la antigua administración de la empresa.

―A mí el apellido me suena, no sé por qué… ―comentó ahora Garrett, rascándose su cabello, realmente intrigado por el nombre de ese tipo.

―Es un hombre de negocios, seguro se lo han topado en esas cenas o reuniones… ―conjeturó Emmett, alzándose de hombros. Su amigo Garrett lo miró y asintió a su teoría.

―Probablemente.

―Yo creo que ese bufete de abogados está ligado con el midas ese ―siguió Emmett con sus teorías, refiriéndose al tal Liam Patterson ―Ahora, ¿por qué un tipo como él y con el poder que ostenta, estaría visitando con tanto interés a la vieja? No lo sé…

―Pero lo vamos a averiguar, Emmett ―prometió Edward con voz oscura y tensa, y con un montón de preguntas en su cabeza, repitiéndose el nombre de ese tipo una y otra vez.

"Qué rayos quieres con la vieja urraca, Liam Patterson…"

Los cinco caballeros se quedaron pensando en silencio durante un buen rato, hasta que decidieron investigar al tal Patterson y ver qué tipo de relación tenía con la vieja, esperando que dicha investigación diera los frutos. Plantearon además que era el momento de presentar una queja al tribunal por el recurso de protección que se interpuso para que Elizabeth saliera de la cárcel, concluyendo que solicitarían pruebas médicas externas que probaran el estado de Elizabeth. Emmett estaría a cargo de eso, mientras que James moverías sus contactos para llegar a ese bufete de abogados y ver si con ellos podía averiguar algo.

―Tenemos mucho trabajo, caballeros ―anunció Garrett, levantándose y caminando en compañía de Emmett fuera del despacho de Edward, seguidos por James, mientras que Damian se quedaba por un momento a solas con su hijo.

―¿Alguna teoría respecto a todo esto?

―Creo que Elizabeth puede estar cobrando viejos favores… ―comentó el ogro, pensativo ―, pero aunque así sea, nadie en su sano juicio la ayudaría.

―Claramente ese tipo no tiene el juicio sano.

―O está buscando algo más, ¿pero qué? ―preguntó a nadie en particular.

―Lo averiguaré, Damian, o quizás lo mejor sea presentarme de una vez ante ese tipo y preguntárselo derechamente…

―No Edward. No sigas con esas visitas improvisadas como lo hiciste con Elizabeth, si ese tipo está ligado con esa mujer, puede ser peligroso.

―¿Peligroso? ―se mofó Edward, echándose hacia atrás en su cómoda silla y soltando en nudo de su corbata ―Peligroso voy a ser yo cuando me entere de sus intenciones y me encargue de desbaratar sus planes. Ahí verás quién es peligroso.

A Damian le asustaba que las cosas pudieran salirse de las manos de Edward y que pudiera sobre reaccionar, sabiendo la cantidad de odio que seguía sintiendo por Elizabeth; pero lo que aun más le asustaba era que esa mujer despreciable pudiera poner las manos sobre su familia, lo que él más amaba y si eso era probable, él no escatimaría en nada para quitar a esa vieja ni a sus emisarios de en medio.


Gracias a todas las que siguen leyendo y perdón por el atraso.

Nos leemos la próxima semana.

Besos!