¡EL OGRO HA VUELTO!

A LEER DAMAS


Capítulo 8

A pesar de su edad, Liam Patterson —sin aplicar mucho esfuerzo y con su fina estampa de galán maduro—, era capaz de arrancar suspiros y otras cosas dentro del género femenino. Siempre se ha caracterizado por ser un amante ferviente, apasionado, siempre luciendo de su brazo a mujeres envidiables sobre quienes ponía sus ojos codiciosos, aunque esta vez las cosas eran diferentes. Esta vez los ojos de Liam estaban puestos sobre una mujer octogenaria, la que estaba cumpliendo condena por homicidio y otros delitos económicos, y que en ese momento estaba en una especie de hospital haciéndose pasar por enferma.

Esa era la mujer que Liam Patterson traía entre ceja y ceja, la misma mujer que en sus años de adolescencia le quitaba el sueño, la misma que en ese momento lo miraba como si a él se le hubiera caído un tornillo, por la manera tan desenfadada con la que él le tomaba las manos y se negaba a soltarlas, acariciándoselas como si aquello le causara alguna especie de extraño placer.

―Ah, Elizabeth ―dijo su nombre como si se tratara de un poema, y suspirando con encanto, como si en vez de estar en medio de una sala de visita rodeada de ventanas espejos y algunas cámaras de seguridad, se encontrara en una pérgola al aire libre, iluminada por farolas, todo muy romántico―. Traigo para ti muy buenas noticias.

Elizabeth parpadeó, poniendo presión para quitar sus manos de entre la de ese hombre que no dejaba de sonreír, incluso casi le da un patatús cuando lo vio llevárselas hasta sus labios y dejarlas allí, presionando su boca por largo rato, antes de volver a hablarle.

―Las investigaciones han dado muy buenos resultados…

― ¿Investigaciones? ―Preguntó, un poco perdida, como si no entendiera bien de lo que le estaba hablando. Por supuesto Lima sonrió encantando y aclaró su duda.

―Todo acerca de tu nieto, su pasado, su presente y nos pondremos manos a la obra para… intervenir en su futuro, aunque… ―dejó la frase en el aire, con tono apesadumbrado. Elizabeth arrugó su frente.

― ¿Aunque qué?

―Hay cosas en las que me gustaría intervenir ―dijo Liam, pensativo, mientras miraba los ojos verdes de la sorprendida mujer frente a él―, pensando en tus beneficios, por supuesto, y no olvidando que eres tú quien le está dando una lección a su nieto, pero estoy atado de manos

Bueno, Elizabeth no veía a Liam muy atado de manos, pensaba confundida mientras él le acariciaba el dorso arruado de su mano con naturalidad mientras hablaba, provocando que ella apretara los dedos de sus pies por el contacto tan descarado. "¿Por qué hace tanto calor aquí?"

―No entiendo… no entiendo bien a lo que te refieres. Tus abogados se están encargando…

―No me refiero a los abogados, me refiero a lo que yo quiero hacer, a la forma en que quiero poder representarte sin que haya dudas, quiero que legalmente quede claro que somos más que un equipo.

La forma tan vehemente de exponer Liam su punto, sobresaltó a Elizabeth, que pestañeó reiterativamente, pensando en cómo ayudar al pobre Liam.

―Puedo firmar un poder o algo así para que te sientas en plena libertad de actuar.

―No creo que podré conformarme con ello.

― ¡Ay, Liam! ―Finalmente logró soltarse del agarre fiero de Liam, recuperando sus manos y escondiéndolas bajo la mesa, alterada y frustrada por esa conversación en clave, haciéndola perder su escasa paciencia―. ¿Podrías ser claro?

― ¿Sabes lo profundamente encantado que estoy de ti?

― ¡Basta de tus burlas! ―Exclamó, golpeando sus piernas cubiertas por esa bata tan horrenda que le obligaban a usar allí ―Es mejor que en adelante trates todo con mi abogado, ¡se supone que yo estoy enferma, que soy una vieja senil, no puedes estar aquí hablando conmigo, y comportándote de esta… forma tan rara!

―Mi forma tan rara… ―se rio divertido, descansando sus manos sobre la mesa― desde mi adolescencia tú sabes que siento esta extraña fascinación que siento por ti, a pesar de que veinte años de edad nos separan.

― ¡Basta, Liam!

―Elizabeth ―ahora su tono de voz era duro y frío, como cuando hacía negocios―, debemos dejar a tus adversarios con la boca abierta, debemos darle un golpe de gracia que los haga tambalear, para después pegarles el gran golpe, cuando se entere que meteremos al infame de tu nieto en la cárcel.

― ¿Y en qué has estado pensando?

―Bueno, una de las formas más "solemnes" con las que podemos representar que somos un equipo indestructible, y con la que no quepa duda alguna que puedo representarte abiertamente, es siendo marido y mujer.

El estallido salió de la boca de Elizabeth sin ella poder controlarlo, porque se supone que ella estaba encerrada allí por demencia senil, pero parece que el empresario era al que le estaban fallando las facultades mentales. Y mientras la mujer seguía carcajeándose, él cruzaba sus brazos y sonreía con diversión también, observando tranquilamente a su "futura esposa".

― ¡¿Estás… estás loco?! ―Preguntó al fin, aun con su voz entrecortada por las carcajadas. Liam inspiró y enderezó la espalda exponiendo su trabajado torso cubierto por una camisa celeste de seda italiana y su traje azul marino, diseño exclusivo de diseñador.

―No, Elizabeth, no estoy loco.

― ¿Entonces qué pretendes haciendo esa… proposición tan incoherente? ¡Es imposible!

―Elizabeth Masen, futura señora de Patterson, has de saber que para mí, muy pocas cosas son imposible. ―Se inclinó hacia adelante con su rictus serio, dejando a un lado toda broma, incluso haciéndose ver peligroso. Por supuesto, a Elizabeth se le heló la sangre con esa postura y ni siquiera se dio cuenta que el hombre otra vez había vuelto a tomar sus manos entre las suyas, apretándolas ahora con determinación―. Así que prepárate, que dentro de poco estaremos firmando el acta de matrimonio, como lo tengo planeado.

―Liam, estás olvidando donde estamos… soy presidiaria y "padezco demencia", ¡a nadie dejan casarse bajo esas circunstancias!

―Voy a repetírtelo, Elizabeth ―otra vez el sonido de su voz sobresaltó a esta mujer, erizándole los bellos de su cansado cuerpo―. Nos casaremos y nadie va a impedirlo. Siempre cumplo lo que me propongo, y lo que me he propuesto es esto: casarme contigo, meter a tu nieto a la cárcel, quitarle lo que tiene, y sacarte de este lugar, ¿lo entiendes?

Elizabeth tragó grueso y ni siquiera se dio el trabajo a contestar, pues cualquier cosa que dijera, incluso para rebatir la postura tan determinante de Liam, determinación que no se movería ni un ápice, entonces ella se tensó y concluyó en que habían muchas cosas en las que debía pensar, porque esto ni por asomo se lo esperaba.

**oo**

― ¿Puedo pasar?

La suave voz desde la puerta, distrajo a Edward de la lectura del correo electrónico que Jacob había hecho llegar para él. Estaban a portas de cerrar un negocio con la vitivinícola que su amigo administraba, sobre lo cual estaba leyendo en ese momento, cuando Kate asomó su rubia cabellera. El ogro inspiró profundo y minimizó la pantalla, asintiendo hacia la visita para indicarle que pasara; pasó la mano por su barbilla que acababa de ser rasurada esa mañana, por petición de su esposa, preparándose para la charla con esa mujer, la que venía vestida con un pantalón y una sencilla blusa de seda, todo este conjunto de color negro.

― ¿Estás aquí para retomar tu trabajo finalmente, Kate? ―Le preguntó él con ironía cuando ella ya estuvo sentada al lado contrario de su escritorio, frente a él. Kate, un poco contrariada, bajó la cabeza como para darse tiempo, antes de volver a alzarla para mirar a Edward, quien esperaba su respuesta con los brazos cruzados sobre su mesa, con una ceja alzada.

―No sé… no sé, la verdad…

―Entonces, ¿qué te trae por aquí? ¿Has venido a hablar con Garrett? ―Le reclamó Edward, intercediendo por su amigo ―Sabe que estás aquí en la ciudad y que lo has estado evitando, ¿cómo crees que se siente? De verdad, Kate, no pensé que fueras tan cruel…

―Esta noche hablaré con él, pero antes… ―la mujer inspiró y apretó sus manos entrelazadas sobre sus piernas― antes necesito hablar contigo.

―Habla entonces.

Kate siempre se ha destacado por ser una mujer segura de sí misma, que no se va con rodeos por nada en esta vida, distinguiéndose por su valentía también sobre la que había aprendido desde pequeña por la infancia tan dura que le tocó vivir y la que la llevó hasta el hogar de menores en donde creció y donde conoció a Edward, a quien tenía en frente, el que estaba poniendo a prueba su seguridad y su valentía.

Había decidido no quedarse con sus sentimientos atorados en la garganta, quería expresarle a él cuales eran estas emociones que sin darse cuenta él mismo había despertado en ella. Sabía que no obtendría lo que en sus sueños deseaba, que ese hombre que esperaba impaciente frente a ella, lo dejara todo para irse con ella. Era de tontos pensar que lo haría, pero de cualquier forma, decidió ser sincera y decírselo, porque necesitaba sacar ese peso que llevaba adentro.

― ¿Entonces, Kate? ―Se impacientó Edward, decidiendo ella comenzar a hablar:

―No voy a volver con Garrett ―fue lo primero que dijo, para dejar en claro ese punto sobre el que no habría vuelta atrás. Edward arrugó su ceño y torció la cabeza.

―No es algo que tengas que hablar conmigo…

―Déjame… déjame hablar, Edward. ―Él se hizo hacia atrás en su silla y cruzando ahora sus brazos contra el pecho, esperó a que la rubia desembuchara de una vez―. Me duele lo que le estoy haciendo a Garrett, no sabes cuánto, y desearía que las cosas hubieran sido diferentes, pero prefiero romperle el corazón ahora que seguir mintiéndole sobre mis sentimientos hacia él, que ya no son los mismos… y no son los mismos, porque… porque creo que me he enamorado de alguien más.

―En serio, Kate ―el ogro levantó las manos, esperando que Kate detuviera esa conversación que parecía ser una "charla de chicas", nada que ver con él―, somos amigos y todo eso, pero creo que yo no tengo mucho que ver con eso…

―Sí que tienes que ver, Edward, sí que tienes que ver porque… ―"allá voy"― porque eres tú de quien me he enamorado.

Edward se quedó en silencio durante unos segundos, como si estuviese traduciendo lo que la rubia acababa de decirle. Después que lo digirió, se puso de pie de un salto, poniendo las manos sobre sus caderas, mirando a Kate con indignación.

― ¡¿Qué?! ―La pregunta salió llena de incredulidad de sus labios, levantando un poco la voz para agregar―. ¡¿Estás loca?! ¡¿Cómo puedes decirme eso?!

―Necesitaba decírtelo, solo eso…

― ¡Y para qué mierda necesitas decírmelo, si eso nada va a cambiar! ―alzó las manos, aleteando en el aire. Ella respiraba rápido y sus ojos picaban, por el claro deseo de llanto que la estaba comenzando a dominar. Rosalie, su amiga con quien se había sincerado la noche anterior, le había dicho lo mismo, que de nada serviría hablar con Edward sobre sus sentimientos porque en él nada cambiaría, al menos no como Kate lo hubiera deseado. Pero ella simplemente sentía la necesidad de decírselo, porque en el fondo, muy en el fondo, ella había sido capaz de reconocer sus sentimientos por Edward y dejar a su novio de años, solo por la diminuta ilusión de que las cosas pudieran torcerse a su favor, o que "el milagro" se diera para ella, como se lo dijo su amiga. Pero los milagros escaseaban en esa época, de eso era consciente.

―Si nosotros… si antes nosotros lo hubiésemos intentado, las cosas podrían haber sido diferentes…

―No, Kate ―la detuvo Edward, dispuesto a dejarle un punto muy en claro ―las cosas no sería diferentes, primero porque tendría que haber pisoteado los sentimientos que Garrett tiene hacia ti, y segundo porque ni aunque en el pasado tú y yo nos hubiéramos enrollados, tarde o temprano Isabella hubiera aparecido en mi vida, y entonces lo nuestro hasta ahí hubiera llegado, porque yo me hubiera enamorado de ella, ¿lo entiendes? Y ahora mismo, no hay nada ni nadie que me haga pensar siquiera en separarme de ella, siquiera pensar en una vida que no fuera con ella, porque simplemente para mí no es posible.

Las lágrimas se desbordaron de los ojos de Kate, secándola instantáneamente con el dorso de su temblorosa mano. Ella sabía que esa sería la respuesta de Edward, pero la contundencia de sus palabras la hizo sentirse realmente estúpida.

―Yo pensé… yo pensé…

―Tú pensaste qué cosa, Kate ―la interrumpió el ogro―. ¿Qué abrirías mis ojos y que con tu… declaración me harías cambiar de parecer, que podías hacer cambiar mis sentimientos? ¡Joder, mujer, yo nunca he dado pie entre nosotros para que pienses eso, nunca! ¿Por qué, de momento a otro, sales con esta…estupidez?

― ¡Simplemente las cosas pasaron, Edward, y no me di cuenta de cómo! ―Gritó desesperada, poniéndose de pie también e inconscientemente caminando hacia Edward, quien dio dos pasos atrás para alejarse de ella―. Eres diferente… diferente al hombre al que conocí, lleno de rencor e ira… la forma en que… la forma en que estás con ella, es… diferente…

―Soy diferente porque esencialmente, la mujer a la que amo me transformó ―aclaró él―. Sin ella, seguiría siendo el mismo de antes, y lo sabes…

―Te ayudé… ―le recordó― te ayudamos con tu venganza, igualmente sin ella hubieras logrado salir adelante…

―No, Kate ―otra vez estuvo en desacuerdo, poniendo sus puntos bien en claro―, sin ella probablemente ahora estaría en la cárcel o encerrado en un hospital psiquiátrico, o simplemente hubiera seguido adelante con la oscuridad que siempre llevé a cuestas.

―También yo podría haberte ayudado… y lo hice…

― ¿Estás sacándome en cara todo lo que has hecho por ayudarme? ¿Es eso lo que estás diciéndome? ―Le recriminó, a lo que ella negó rápidamente con la cabeza.

―No estoy haciendo eso…

― ¡Joder, Kate! ―pasó las manos por su cabello, totalmente descolocado por la actitud de esa mujer, a quien él creía conocer―. Te desconozco, se supone que éramos amigos…

― ¡Y lo seguimos siendo!

― ¡No, mujer, yo ya no te considero más mi amiga, es más, ni siquiera toleraré tenerte cerca!

―No me digas eso, Edward ―dijo ella en tono de súplica, ya no pudiendo detener su llanto lastimero. Él la miró como miraría a una desconocida, a alguien indeseada, girándose y prefiriendo mirar por la ventana.

― ¿Crees que las cosas podrías seguir siendo iguales, después de todo lo que me has dicho? ¿Crees que podré mirar a Garrett a la cara, a quien quiero como mi hermano, después de esto?

Se quedaron en silencio un buen rato. Ella mirando la espalda ancha de Edward, pensando en qué podía decir, mientras que él con algo más que fastidio pensaba si era él quien había hecho algo malo, si él sin querer dio pie para que la cabeza de esa mujer pensara ese tipo de cosas, pero a pies juntos podría jurar que no hizo nada… entonces la ira estalló en su pecho, cuando oyó la voz quebrada pero insidiosa de esa mujer que ahora para él era una total desconocida:

―Bella… ella es mucho menor que tú, puede que sus sentimientos cambien y…

― ¡¿Qué clase de mierda estás tratando de decir?! ―gritó, girándose hacia ella. Si no hubiera sido mujer, probablemente no se hubiera contenido y hubiera arremetido contra ella a punta de golpes. Kate, por supuesto, se sobresaltó y comenzó a balbucear una respuesta, pero él no la dejó:

― ¡No tienes ni puta idea de cómo nos amamos ella y yo, ni siquiera puedes imaginarte la forma en que nos necesitamos para vivir, así que no vengas con esas teorías estúpidas de víbora ponzoñosa, Kate!

―Yo solo…

―Tú solo, nada. ―Entonces ya harto de esa más que estúpida conversación, le puso término, irrevocable y terminantemente―. Ahora vete de aquí, Kate, y te recomiendo que presentes tu renuncia, porque no estoy dispuesto a trabajar con personas como tú a mi lado. Ahora sal de aquí de una buena vez, y no me obligues a ser grosero y sacarte a la fuerza.

Caminó de regreso a su sillón y con lo movió con brusquedad, sentándose sobre él, y con cara de furia concentró sus ojos en la pantalla del ordenador, intentando por todos los medios ignorar a la mujer que seguía como en estado de shock, parada a un lado de él. Entonces la oyó suspirar y sin decir más, la vio de reojo caminar hacia la puerta, con clara actitud de derrota, hasta que desapareció de su vista.

― ¡Joder, mierda! ―Gruñó, restregándose el rostro con la mano. Eso había sido como un balde de agua fría, aunque con la visita que la rubia le hizo la vez anterior, con esas actitudes tan extrañas en ella, él intuyó que algo raro pasaba, pero no eso, no que saldría con esa sarta de estupideces.

Inspiró profundo y se dejó caer cansado sobre su silla, pensando en que necesitaba vacaciones, o una buena réplica de su luna de miel. Cerró sus ojos levantando su cabeza al cielo, repasando cual tortura, las ridiculeces que esa mujer había dicho, y preguntándose si era un tema que debería tratar con Garrett. Entonces oyó dos golpes en la puerta, apareciendo por esta su secretaria colorina, Victoria, quien traía para él una taza de líquido humeante.

―Yo no pedí esto ―aclaró él con mal humor a la secretaria, que no se dio por aludida, dejando la taza de té justo frente a él. Se paró derecha, con las manos al frente, lista para recibir indicaciones, siempre con su atuendo impecable.

La astuta secretaria había estado atenta tanto a la llegada de la mujer rubia, el ave de rapiña como ella la bautizó, esperando poder oír algo de lo que el parcito podría estar hablando, distinguiendo apenas el grito del ogro con el que hasta ella se sobresaltó. Ciertamente no pasó por alto la forma en que la rubia salió, con la cabeza agachada, escondiendo su rostro bañado en lágrimas, sin emitir palabra ni siquiera para despedirse, pensando ella en que su jefe podría necesitar algo, una bebida para relajarse.

―Tu esposa me adiestro para que te diera una infusión de té suave para cuando tengas algún arranque de rabia ―soltó una risita―, aunque con la cantidad de veces que tu ira estalla, nuestras provisiones de té no serían suficientes.

El ogro gruñó, realmente gruñó por la desfachatez de esa mujer que se atrevía a hacer bromas y derechamente burlarse de él justo en ese momento, y lo peor para él fue cuando tomó la jodida taza entre sus dedos y bebió del maldito té, del cual inspiró su aroma por las fosas nasales cuando lo llevó a la boca.

―Averigua si hay té con aroma a rosas ―demandó el jefe, mirando el contenido aun humeante, pensando que lo mejor sería derechamente tener a la mano alguna fragancia que le recordara a su demonio, aromatizantes ambientales, bebidas con esencia de rosas o de plano pedirle a la colorina mujer que aun esperaba algo a su lado, que se encargara de colocar un ramo de rosas cada mañana en su despacho, aunque eso no se viera muy varonil para su gusto. O quizás lo más sensato sería llevar siempre con él, el frasco de perfume que usaba su mujer, para evocarla cuando más lo necesitaba, como en ese momento.

―Parece que el té surtió efecto. Se te ve más tranquilo…

―De momento… ―respondió, sin agradecérselo. Ella asintió igualmente encantada.

―Pues de nada, ahora me retiro si no hay algo más que necesites…

―Manda a pedir el ramo de calas amarillas más grande que tengan y se lo haces llegar a mi esposa ―le pidió, recordando de momento a otro que esa sería una buena sorpresa para su mujer, para que ella supiera a ciencia cierta que él la recordaba todo el tiempo, que era la única mujer a la que amaría y que por nada del mundo dejaría que los separaran. ¿Le pondría todo eso en la tarjeta?

― ¡Calas amarillas, le encantan las calas amarillas! ―Estuvo de acuerdo ella, conociendo bien los gustos de su amiga, esposa de su jefe.

―Lo sé.

―Se los haré llegar esta mañana a su trabajo, ¿qué quieres que ponga en la tarjeta?

―"Como siempre, estoy pensando en ti"

― ¡Muy romántico!

―Y lárgate ya, Victoria, estoy trabajando ―la colorina decidió no seguir poniendo a prueba el humor de su jefe, haciendo una reverencia antes de salir sobre sus tacones animal print de la oficina, deteniéndola en el proceso la voz de Edward―. Y para la próxima vez, no dejes que nadie entre en mi oficina sin primero consultármelo, mucho menos Kate.

―Como ordenes, Edward.

Cuando quedó solo, se relajó sobre su silla, agradeciendo en silencio la aparición de Victoria, que había servido para olvidarse por un momento de lo ocurrido. Soltó el nudo de su corbata oscura, pensando en cómo iba a manejar toda esa situación, tanto con Garrett como con su esposa. ¿Les ocultaría lo ocurrido? gruñendo otra vez, sacó el móvil del cajón de su escritorio, marcándole a Jacob, con el que se sentiría más tranquilo hablando del tema y quien seguro le daría algún buen consejo.

― ¿Jacob? Prepárate para recibirme a almorzar en la viña, necesito hablar contigo.

―Seguro, Edward, ¿algún problema?

― ¡Ja! Ni que lo digas…

**OO**

El fin de semana había sido toda una revelación para Tyler. Andaba feliz por la vida, silbando una alegre melodía, mientras en terreno checaba algunos asuntos propios de su trabajo junto a su colega y amigo Benjamín, que lo miraba de reojo y sonreían también. El compartir un buen rato con sus amigos la noche del sábado, había servido para botar tensiones, relajarse… y para ver que las cosas buenas estaban más cerca de lo que él suponía.

―Entonces, campeón… ―Benjamín le dio un codazo justo en las costillas, después de haber hablado con los ingenieros que supervisaban la obra en la que trabajaban para la empresa "Lux et umbra"― ¿te divertiste el sábado, no?

―Claro que me divertí ―respondió sonriendo― igual que ustedes.

―Sí… Maggie y yo nos divertimos mucho… ¡Igual que tú y Linda, campeón! ―le dio dos puñetazos en el hombro a modo de juego y Tyler no pudo sino reírse también. Sin duda, mucho le debía a esa jovial chica su buen humor, con quien se había divertido como nunca antes, y a quien había comenzado a mirar como nunca antes, como la chica hermosa y divertida que era, y por quien no dejó de pensar el domingo, sin aguantarse las ganas de llamarla.

― ¿Le vas a poner el anillo en el dedo, mi amigo?

― ¡Oh, cierra la boca! ―le dio un empujón al metiche de Benjamín, tratando de ponerse serio, pero sin lograrlo, porque la sonrisa aparecía por obra de magia en su rostro. "¿Aceptaría Linda una invitación a almorzar ese día?" pensó, sacando su teléfono con la intención de llamarla y proponérselo, pero como siempre y cuando él menos se lo esperaba, la aparición del hombre que lograba voltear su humor llegó a arruinar su mañana.

― ¡Sorpresa, sorpresa! ―Con su traje azul marino, y con un casco azul sobre la cabeza, entregado para la protección de los visitantes, apareció en medio de ese lío de tierra y vigas de acero. Tyler cerró los ojos, e inspiró para darse fuerzas, preguntándose qué demonios hacía ese hombre ahí y cómo diablos había logrado dar con él, primero su oficina y ahora el terreno que también era su lugar de trabajo.

Miró a su amigo, quien ladeó la boca en una mueca, alzándose de hombros antes de alejarse de allí, pues a él también le disgustaba la presencia de ese hombre. En lo que Liam se acercaba, Tyler quitó su casco y pasó las manos por su cabello negro, otra vez pidiendo paciencia al cielo.

―Cómo lograste dar conmigo, Liam ―preguntó Tyler a modo de saludo, volviendo a poner su casco de protección sobre la cabeza. Liam palmeó el hombre de su hijo y miró alrededor:

―No es difícil saber dónde está construyendo Masen su nuevo imperio, y cuando llamé a tu oficina y tu graciosa secretaria me dijo que estabas en terreno, entonces yo até cabos, ¡Y pues aquí me tienes!

―Ya veo… ―murmuró, mirando hacia el lugar donde las máquinas estaban haciendo su trabajo ―Pero estoy ocupado y ahora mismo no puedo atenderte.

―Vengo de pasadas, para invitarte a almorzar.

―Podrías haberte ahorrado el viaje y haberme llamado.

―No pasa nada, estaba fuera de la oficina y decidí pasar. Además, si te llamo, tú no me contestas.

―Bueno, lamento pasar de tu invitación, pero tengo un almuerzo con el equipo de trabajo ―mintió sin pensarlo dos veces.

―Bueno, pero hagamos una cita para otro día, cuando tu abultada agenda lo permita… tengo cosas importantes para contarte. Además, quiero que me cuentes de ti, sobre tu trabajo, de cómo te trata Masen y su equipo, cosas como esas…

―En serio, sigo sin entenderlo ―quiso saber Tyler, sin aguantarse de preguntar―. ¿Por qué de pronto te interesas por mi? Estas visitas tan… extrañas…

―Hijo… quiero recuperar el tiempo perdido. Me cuesta reconocer que he cometido errores, pero debo reconocer que la paternidad me… espantó…

― ¡¿En serio?! Es raro que lo digas, porque eras un hombre de treinta años, y no un adolecente —rebatió Tyler, destilando recelo, ante la mirada impasible de Liam―. ¿Te espantó tanto que abandonaste a mi madre y dudaste que yo pudiera ser tu hijo?

―Lo sé, lo sé, he sido un mal hombre con ella, pero si me dejaras…

―Oye, de verdad, no quiero ser grosero, pero tengo trabajo.

―Entiendo, pero me voy si te comprometes a almorzar conmigo… ¿este viernes, quizás?

Si le decía que no, el hombre insistiría, así que prefirió mentalizarse para aguantar un almuerzo con él, respondiendo afirmativamente a su petitorio. Prometiendo entonces llamarlo el viernes por la mañana para coordinar un encuentro, se fue del lugar con ánimo victorioso, mientras Tyler meneaba la cabeza con ánimo muy contrario a la alegría que demostraba Liam.

― ¡Ay, Dios! ahora sí necesito una distracción… ―murmuró, sacando el teléfono del bolsillo de sus jeans para marcarle a Linda, que contestó casi enseguida―. Hola preciosa, espero que no tengas planes para almorzar...

― ¡Claro que los tengo, y contigo, galán! ―Exclamó la chica, haciendo sonreír a Tyler.

**oo**

Dos litros de té con canela que Victoria suministró para él, no fueron suficientes para calmarlo. Durante todo el día estuvo con el ánimo exaltado, gruñendo por cualquier nimiedad que en otro momento no lo hubiera afectado tanto, decidiendo irse temprano a casa y disfrutar de la compañía de su hija, para olvidar lo que había sido el tedio del día.

Cuando llegó su esposa del trabajo, cargando un enorme ramillete de calas amarillas, las que agradeció con todo su corazón, intuyó que algo raro ocurría con su esposo. Durante la cena, él se mantuvo extrañamente silencioso, mientras ella hablaba con su tía quien aceptaba abiertamente que al día siguiente tendría una cena con Damian. Ese hubiera sido el momento para que Edward lanzara sus bromas irónicas para molestar a Carmen, para preguntarle si desde ahora debería llamarla "mamá" o algo por el estilo, pero nada. Edward seguía mudo, y apenas levantando la cabeza cuando su esposa o su hija llamaban su atención.

―Edward… ―susurró Bella a su lado en la mesa, extendiendo su mano hasta ponerla sobre la de su marido, que no demoró en tomarla y apretarla contra la suya― ¿qué sucede?

―Fue un día pesado en la oficina, es todo…

―No me vengas con esas cosas, sabes que ese cuento no me lo trago…

―Bueno, la niña y yo iremos a su habitación a leer un cuento antes de dormir, para dejarlos a solas ―intervino Carmen, levantándose de la mesa y llevándose consigo a la niña, la que levantaba la mano hacia sus padres y la movía en señal de despedida, canturreando un divertido "Adioshito…" como su tío Emmett le había enseñado.

―¿Edward, no me lo vas a decir?

Edward inspiró mirando los expectantes y ahora preocupados ojos verde miel de su mujer, sopesando sobre si contarle o no acerca de su altercado con Kate, inclinándose por ocultárselo de momento. Jacob, durante el almuerzo, le había aconsejado que dejara decantar el asunto y no hacer más aspavientos del tema, dándole tiempo a Kate de reaccionar de su extraña actitud y ver como seguían las cosas. Además, él no quería más problemas con ella, ¿pero entonces, qué le diría para que ella le creyera? Recordó entonces sobre un asunto del cual no le había comentado.

―Dimos con una persona que puede estar coludida con la vieja…

―Oh… ―exclamó Bella, apretando la mano de su marido―. ¿Y lo conoces?

―No… bueno, es un empresario conocido, un hombre con mucho poder. Su nombre se me hace familiar porque quizás hemos coincido con él en alguna cena, pero no recuerdo que tuviera conexión con la vieja en el pasado.

―Ya veo… ¿pero lo están investigando, no?

―Ah, demonio, que bien me conoces ―suspiró, llevándose la mano de su mujer hasta la boca para besarle los nudillos―, por supuesto que lo estamos haciendo.

― ¿Y crees que sea peligroso? ¿Por eso estás tan preocupado?

―No le tengo miedo, si es eso lo que quieres saber, pero me intriga saber por qué un hombre con todo el dinero que él tiene, puede estar ayudando a Elizabeth. Hombres como él no se dan el lujo de tener amigos presidiarios con el prontuario de la vieja.

― ¿Y qué harán para detenerlo?

―De momento, dejaremos que siga dando pasos para ver hacia donde se dirige. Nos hemos puesto en marcha para presentar un recurso que anule el traslado de Elizabeth a ese hospital de locos, y pediremos exámenes para rebatir el primer resultado que la hizo salir de la cárcel.

―Estoy segura que lo conseguirán y lograrán que ella vuelva a la cárcel.

―Lo haré, demonio, claro que lo haré.

―¿Y cómo fue que lograron dar con él?

―Un ligero soborno, demonio ―respondió, provocando que Bella abriera sus ojos como platos. "¿No era eso un delito?" pensó, y Edward como leyendo sus pensamientos, negó divertido y aclaró su duda. ―Emmett apenas le dio unos billetes y una cajetilla de cigarros importados al guardia del hospital para que le entregara la lista de las matrículas de los vehículos que habían llegado allí para visitar a la vieja. De ahí llegamos al nombre de Liam Patterson y un par de abogados, que son todos quienes han llegado allí para visitarla.

―¿Liam Patterson? ―Preguntó ella, pensando en el nombre.

―Fue lo que dije, ¿por qué, te suena?

―Uhm… no sé… quizás también lo he oído o leído por ahí…

―Es probable, mujer.

―¿Y es eso lo que te tiene preocupado, Edward? ―Insistió ella, levantando la mano libre para acariciar el rostro de su marido, quien ante el contacto cerró los ojos para disfrutar de esa caricia ligera, pensando en cómo esa mujer lograba leer su alma tan bien, sacando a colación las sarta de estupideces que había dicho la rubia que lo visitó en la mañana, apuntando que quizás su mujer podría cambiar de parecer respecto a sus sentimientos hacia él. "La rubia no tiene ni puta idea…"

―Sí, mujer, es todo ―atrapó la mano de su esposa y le besó la palma, tironeándola para que se levantara y se sentara sobre sus rodillas, para abrazarla y ahogarse en su aroma a rosas, que lo calmaba y lo desquiciaba de igual manera.

Bella se estremeció con la boca de su hombre besándole el cuello y sus manos acariciándole la espalda por sobre su blusa de seda azul, soltando una risita y llevando automáticamente sus manos hasta el cabello de Edward, hundiendo sus dedos en él.

―Me derretí en la silla de mi escritorio cuando recibí tu ramo de flores, y estuve tentada a salir corriendo hasta tu despacho para agradecerte la nota tan romántica…

―Y qué te detuvo de no ir, mujer. La hubiéramos pasado muy bien sobre mi escritorio.

―No quería interrumpirte.

―Muy mal, mujer, muy mal ―aparentó enojo, y gruñó mordisqueándole el cuello―, pero no te preocupes, dentro de un rato voy a hacer que vuelvas a derretirte para encargarme de ti como corresponder.

―Y para agradecerte debidamente las flores.

―Seguro ―murmuró, antes de besarla con la intensidad de siempre, exhortándola sin palabras a que abriera su boca para él, cuestión que ella no se demoró en hacer.

Al día siguiente, Bella se encontraba sentada frente a su escritorio, revisando unos papeles de algunos clientes con los que estaba trabajando, volviéndole a la memoria el nombre de Liam Patterson, el que a ella, no sabe bien por qué, se le hacía muy familiar.

―Patterson… Patterson… ―repitió en voz alta, mirando al vacío. Decidió entonces abrir el archivo del historial de sus clientes y en un buscador de la aplicación, tecleó el apellido, esperando que el examinador arrojara algún resultado. Cuando eso ocurrió, cubrió su boca ahogando una exclamación―. Tyler Patterson Jones…

Arrugó la frente y recordó la conversación que tuvieron durante un almuerzo, cuando tocaron el tema de su padre:

"Mi familia somos mi madre y yo. Con mi padre nunca tuve una relación, apenas y lo conocí cuando era pequeño y a través del tiempo son contadas las veces que nos hemos reunido. Es un hombre de negocios exitoso, que al parecer, no tuvo espacio en su agenda para un hijo…"

―No puede ser… ―murmuró, aun consternada― quizás es solo un alcance de apellido, una coincidencia… ¿pero si no lo es? ¡Qué hago, qué hago!

Entonces sin pensarlo, levantó el auricular de su teléfono y marcó al despacho de su marido, contestando Victoria la llamada.

Gerencia "Lux et umbra", soy Victoria, ¿con quién hablo?

Victoria, soy Bella, cómo estás amiga ―saludó ella, mordiéndose el dedo índice, claramente nerviosa.

― ¡Bella! ¡Qué sorpresa! ―Oyó exclamar la voz cantarina de su amiga.

―Sí, soy yo… Ejem… ―carraspeó para firmar la voz―. Uhm… ¿puedes comunicarme ahora con Edward?

―¿Con Edward? Ahora mismo salió a un par de reuniones fuera del edificio. Regresará después de comer, ¿por qué no te comunicas a su celular?

―La verdad es que quería saber si no estaba ocupado, no quería interrumpirlo. ―La oyó soltar una divertida carcajada antes de responder:

―Tu no lo interrumpes. Tus llamadas le deben ser pasadas aunque esté en audiencia con el Papa, eso dijo.

―Ya veo… quizás sea mejor que vaya yo misma esta tarde a su oficina.

―¿Es urgente?

―Sí… nocerró los ojos, agitando la cabeza, "¡¿por qué estoy tan nerviosa?!"―. No te preocupes. Lo hablo con él esta tarde.

―Bueno, pues… ¡Ah, y recuerda nuestra salida de chicas, ojalá este fin de semana!

―Coordinaré con mi tía y con Edward y te confirmo, ¿vale?

―Seguro. Nos vemos esta tarde. ¡Adiós, amiga!

Adiós, Victoria. ―Colgó, quedando su vista pegada en el teléfono, pensando que sería mejor decírselo frente a frente a Edward y explicarle bien sobre lo que ella sabía. Inspiró hondo, intentando relajarse, y decidió ponerse manos a la obra con unos diseños que estaba pendientes de terminar. Al menos eso la distraería, de momento.

Se abocó a su trabajo y logró adelantar mucho, incluso decidió almorzar algo en la oficina para hacer rendir mejor su tiempo, ya que saldría por un momento durante la tarde. Ya no se podía echar para atrás con la visita a su marido, pues él la había llamado, alertado por Victoria, preguntándole qué ocurría y por qué no lo había llamado al móvil, inventándole una excusa que él no creyó, pero tranquilizándolo sobre la poca importancia que ella creía que tenía el tema, aun así, le pidió que la esperara esa tarde para hablar.

―Incluso podemos hablarlo en la casa esta noche… ―había propuesto ella, llevándose la negativa de su esposo.

―No, no demonio, ven aquí y dime lo que ocurre. Además, me hará bien verte en horario de oficina.

El chofer que su ogro esposo dispuso para ella fue quien la llevó hasta las dependencias del edificio donde encontraría a su marido, quien la estaba esperando de pie a un lado del ascensor de su piso.

―Demonio mío, que sorpresa más agradable ―ronroneó, abrazándola por la cintura frente a los ojos divertidos de sus secretarias, que no disimulaban estar viendo la escena. Ella se sonrojo, por supuesto, y besó la mejilla de su esposo, siguiéndolo hasta el despacho, saludando a las chicas de pasadas antes de entrar.

Cuando la puerta de la oficina estuvo cerrada, el ogro amante, no demoró en acorralarla entre su cuerpo y la muralla, aferrarla por la cintura con una mano mientras que con la otra alzaba una de sus piernas bajo su negro vestido plisado, y la hacía rodearle las caderas, a la vez que la besaba como si estuviera sediento de sus besos. Ese asalto hizo olvidar por varios minutos a lo que ella había ido hasta allí, incluso la hizo olvidar donde estaba y quien era ella, solo consciente del hombre que la aferraba y la besaba, manteniendo una especie de lucha campal entre sus lenguas.

Bella, aferrada a los hombros de su marido, se dejaba llevar, sintiendo como su interior se volvía líquido por la pasión que sentía por ese hombre, que le hacía latir el corazón con fuerza y la volvía loca de deseo, como en ese momento.

―Ed… Edward… ¡Dios! ―exclamó, cuando pudo apartar su boca para tomar aire, antes que él otra vez arremetiera y su mano llegara hasta sus finas braguitas de encaje, recorriendo el borde de estas, como buscando el camino hacia su paraíso―. Estamos… estamos en tu oficina ―dijo ella entre gemidos, cuando él se ocupó de besar el relieve de su cuello.

―Estoy en mi recreo, demonio ―gruñó él, sin intención de detenerse.

―Puede… puede entrar alguien y…

El aliento fresco de Edward le pegó en el rostro cuando afirmó su frente sobre la suya, con aquellos ojos verdes, hermoso, en ese momento oscuros de puro deseo.

―Otras veces no te ha importado, demonio lujurioso…

―Edward… yo… antes… ―él la cayó con otro beso arrollador y ella no pudo hacer otra cosa que gemir y responderle al beso, jalando el cabello de su marido. Pero en un atisbo de cordura, la poca que le quedaba en ese momento, recordó lo que la había llevado hasta allí. Entonces, casi en contra de su voluntad, empujó a Edward por los hombros para hacer que se apartara. Él gruñó y la miró con enojo.

―Edward, amor, debo contarte algo ―susurró con voz agitada, mientras le acariciaba la cara berrinchuda que él puso, como si a un niño le quitaron su juguete―. Es importante…

―Ya sabía yo… ―suspiró con pesar y se apartó lentamente, sacando su mano de debajo de su falda. Ella sonrió y le peinó el cabello que ella misma desordenó, tironeándolo hasta el sofá ubicado en un rincón de la oficina―. ¿Qué pasó ahora, mujer?

―No pongas esa cara ni ocupes ese tono de rabieta infantil, Edward…

―¡Joder, demonio, me interrumpes en lo mejor!

―Ya lo retomaremos ―prometió, tomándole las manos, antes de comenzar a contarle qué la había traído por ahí―. Esta mañana encontré algo que puede ayudarte.

―Tú siempre me ayudas, mujer…

―Déjame hablar ―protestó ella, poniendo una mano sobre el labio de su hombre, el que él aprovechó de mordisquear, sin que ella discutiera―. Me refiero a Liam Patterson.

Edward arrugó el ceño y miró confundido a su mujer.

―¿Cómo dices?

―Te dije que el apellido me era familiar y no sabía por qué, así que por si acaso tecleé el apellido en el historia de clientes y…

―¡¿Y qué, mujer?!

―Apareció entre los contactos de la empresa…

―¿Trabajaron para él? ―preguntó confundido.

―No, no para él, pero creo sí para su hijo, pero no estoy segura, a no ser que se trate de un alcance de apellido.

―¿A quién te refieres?

―Tyler, el arquitecto que contrataron para el proyecto inmobiliario. Su apellido es Patterson y…

―¡Joder, mierda! ―Se puso de pie de un salto y caminó a paso firme hacia su escritorio, sin dejar que ella terminara de hablar. Levantó el auricular le pidió a una de sus secretarias que lo comunicara con el estudio de arquitectura y que le pasaran la llamada cuando estuviera listo. Necesitaba hablar urgentemente con el arquitecto jefe. Después colgó y le marcó a Emmett:

―Uno de los arquitectos que trabaja con nosotros parece tener conexión con Patterson ―le dijo nada más Emmett contestar. Bella no pudo oír lo que Emmett le respondió, pero sí lo que dijo su esposo, que se sulfuró al instante―. ¡Esto no es una jodida casualidad! Ese tipo pudo haber tenido labrado su plan desde antes, y voy a averiguarlo ahora.

Colgó la llamada y caminó hasta el perchero para ponerse la americana, cuando el teléfono volvió a sonar, avisándole su asistente que no habían podido comunicarse. Pero él ya había olvidado ese llamado, decidiendo sin demora ir hasta ese lugar y preguntarle en persona si tenía o no que ver ese arquitecto lleno de músculos, con ese tal Liam Patterson.

Bella, totalmente sorprendida, miraba al ogro actuar por impulso, sacudiendo su paralizado estado y levantándose hasta él para detenerlo. Tenía que comentarle lo que el mismo Tyler le había contado sobre su padre.

―Edward, escúchame por favor…

―Has ayudado, demonio, y te lo recompensaré ―tomó el rostro de su mujer y besó su frente ―pero ahora debo arreglar este asuntito.

Entonces, se apartó y caminó hacia la puerta para salir con esta, mientras ella a su espalda le pedía que se detuviera, sin conseguirlo. Entonces suspiró cansada, regresando al sofá donde había estado sentada, mirando de frente al escritorio vacío, pensando en que tendría que haber hecho las cosas de otra manera. ¿Pero, de qué otra manera? Su esposo habría reaccionado igual y habría salido disparado a constatar sus sospechas, aunque ella le hubiese explicado todo lo que tenía en mente.

―¡Ay, Dios! Espero que no haga una locura ―rogó, esperanzada.

El ogro salió del edificio como alma que lleva el diablo, dispuesto a disipar sus dudas. No iba a dejar pasar más tiempo, pues él intuía que si ese arquitecto había llegado a su empresa, seguro lo hacía coludido con él. ¡Joder, cómo no lo pensó antes! ¡Cómo no pensó que la vieja mandaría a meter a algún sapo para que le fuera con noticias…!

Estaba haciendo conjeturas dispersas, que quizás se adelantaban a los hechos, pero prefería estar preparado y alejar a cualquiera que tuviera que ver con esa vieja y sus secuaces. Y si era necesario, mandaría a investigar de uno en uno a los trabajadores de sus empresas, desde los altos mandos hasta quienes trabajaban limpiando baños, nadie se escaparía.

Llegó hasta la pequeña oficina, recibiéndolo la secretaria totalmente sorprendida por la forma tan sobresaltada con la que él apareció ante ella, exigiéndole por el paradero de Tyler.

―En su… en su oficina...

Linda no alcanzó a dar aviso a Tyler de su fortuita visita, cuando Edward ya estaba girando el pomo de la puerta, entrando a la pequeña oficina sin ser invitado a pasar. Tyler, confundido por la intromisión, levantó la vista de su ordenador y alzó las cejas al ver a Edward frente a él, quien bufaba como toro a punto de saltarle encima a su presa, o algo así.

―Qué sorpre…

―¿Qué tienes que ver tú con Liam Patterson? ―Exigió saber Edward, dejando a medias el saludo de Tyler.

El arquitecto arrugó su frente y se levantó lentamente de su asiento, ¿qué iba a decirle? Aunque esa no era la pregunta más importante, más bien quería saber en qué mierda lo metió su padre. Tragó grueso y casi escupió la respuesta para Edward.

―Es mi padre ―aunque más acertado hubiera sido decir que era su progenitor, porque decir que era su "padre", era francamente una mentira. Él nunca había sido su padre.

Pero Edward no podía leer las intenciones detrás de esa confirmación que él esperaba recibir, ciertamente le valía una mierda las explicaciones que Tyler no se demoró en darle, por lo que cuadrando su espalda, estrechó a él su mirada, y sin dar pie a reclamos, ordenó:

―Desde este momento quedas desvinculado a cualquier proyecto con la empresa "Lux et umbra". Mi personal te hará llegar el finiquito y el resto de tu equipo será sometido a una investigación exhaustiva, por lo que la sociedad queda que une a este estudio de arquitectura con mi empresa, queda a esperas del resultado de la evaluación. Mis abogados se comunicarán contigo.

Sin más, el ogro mandamás de la empresa abotonó su americana, dándole la última mirada de ira al arquitecto antes de retirarse.

―¿Puedo preguntar por qué? ―Quiso saber Tyler, extrañamente muy calmado. Edward estrechó sus furiosos pero contenidos ojos hacia él.

―Seguro tu papá, tiene esa respuesta para ti, ¿o pensaron que no me enteraría? ―Entonces y sin más, se giró hacia la puerta que se mantuvo abierta, pasando a un lado de la secretaria, quien fue testigo de esa visita tan rara, pero tan contundente y que la dejó helada, sin una explicación. Entonces caminó hasta Tyler, que miraba fijo hacia el lugar donde Edward estuvo de pie hasta hace un instante, tan o más perdido que Linda, la que se le acercó y tomó sus manos para llamar la atención del arquitecto. Este parpadeó y bajó su cabeza hasta ella.

― ¿Qué… qué fue eso?

―No tengo idea, pero creo que Masen fue bastante claro. Estoy fuera del proyecto inmobiliario de su empresa…

―¡Eres la cabeza de ese proyecto!

―Linda, ahora mismo estoy tan confundido que no sé qué pensar. Hablaré con el resto cuando regresen y esperaré la visita del abogado ―suspiró y suavemente pellizcó la barbilla de la chica, quien estaba visiblemente afectada―. Ahora voy a mi casa. Necesito estar solo, pensar un poco.

Ella asintió y lo dejó ir, prometiéndole que lo llamaría si algo se ofrecía. Entonces, dentro de su coche, recordó la forma tan llena de rencor con la que Edward se había referido a Liam Patterson, y soltando el aire de sus pulmones, totalmente apesadumbrado y defraudado, pensó que la aparición de Liam seguro había sido con la intención de saber acerca de la empresa de Masen, y claro, Masen —muy probablemente— era enemigo de Liam, entonces supo quién sabe cómo del parentesco que los unía, decidiendo deshacerse de él.

―Gracias, Liam, no haces más que arruinar mi vida… ―verbalizó ese pensamiento con voz cansada, a la vez que sacaba su coche del estacionamiento del edificio donde trabajaba.


Gracias a todas las que siguen leyendo, y gracias por sus comentarios.

Gracias Gaby Madriz, beta de esta historia, mi amiga y hada madrina, a Maritza Maddox que es como la voz de mi conciencia, y a Miss Manu de Marte que es mi ángel malo.

Nos leemos la próxima semana. Les dejo un gran abrazo!

Cata!