¡EL OGRO HA VUELTO!

A LEER DAMAS


Capítulo 10

El fiel abogado de Elizabeth Masen observaba los documentos entre sus manos y el rostro de su clienta alternadamente, con la duda reflejada en sus ojos. No estaba seguro si los abogados de Liam Patterson y el mismo empresario eran una especie de magos, ilusionistas o algo por el estilo, por la forma tan fácil en la que conseguían las cosas que para otros sería un mar de líos y trabas para lograr. Por supuesto, el dinero y la persuasión que estos causaban eran de gran ayuda.

― ¿Por qué estás tan silencioso? ―Preguntó Elizabeth a su abogado, incomodándole su extraña mudez. Él inspiró y miró a la señora, quintándose sus feos lentes.

― ¿Está segura de lo que va a hacer, señora? Me refiero a su boda con el señor Patterson.

―Dígamelo usted, ¿están en orden todos esos papeles? Sigo sin entender como Liam pretende hacer que ese contrato sea válido, cuando se supone que tengo demencia senil…

Según los documentos, Elizabeth Masen estaba en un grado de demencia que no sugería invalidez completa, por lo que había decisiones de las que no se veía incapacitada de tomar, por ejemplo un matrimonio. De cualquier forma, Liam tenía el suficiente respaldo "legal", a base de coimas por supuesto, por si algo se presentaba que pudiera refutar su matrimonio con la otrora mujer de negocios, parte de la aristocracia decadente de la ciudad. Todo iba a ser dispuesto para que se pudiera aseverar que el enlace Patterson-Masen se había efectuado bajo toda ordenanza legal, sin vicios de ningún tipo.

―Todo está bajo control ―comentó el profesional, releyendo los documentos―, incluso en las cláusulas del contrato prematrimonial, no figura la separación de bienes.

―Quieres decir que todo lo que le pertenece a Liam, me pertenece a mi…

―Uhm… algo así. La mitad de los bienes y todo lo que se adquiera a partir de la fecha de la boda. Además hay una serie de estipulaciones respecto a la representación que él tendrá de usted de aquí en adelante por estar privada de libertad, cláusulas en caso de término del matrimonio… puedo decir que el señor Patterson tomó en cuenta todo en este contrato.

―Me parece estupendo ―murmuró Elizabeth, mirando el radiante día que se vislumbrara por las ventanas de aquella espaciosa y luminosa sala de visitas a la que ya se estaba acostumbrando, a pesar de que en más de alguna oportunidad tuvo que soportar la repugnancia de rozarse con gente inferior a ella, además de locos y enfermos. Pero el fin justificaba los padecimientos que estaba sufriendo, todo sea por ver caer a su nieto, más temprano que tarde.

―Mañana a las diez se realizará la firma del contrato nupcial ―comentó el abogado, no dispuesto a llamar a aquella ceremonia un matrimonio, porque para él, no lo era. ―Testigos, juez, todo lo necesario para cerrar el asunto.

―Muy bien ―suspiró Elizabeth, con su vista perdida aun en la ventana, pensando en aquella tan impersonal ceremonia, tan diferente a lo que fue la suya con Benjamín Town, su primer marido, quien supo había muerto hacía menos de un año. Toda la pompa de la boda de la hija de una familia aristocrática de la ciudad, llenaba las páginas sociales de los diarios, envidiando a la exclusiva lista de invitados que asistiría a esa boda, que fue tema de conversación durante los tres meses posteriores a la misma. Ella, toda una princesa, y Benjamín, un verdadero y atractivo conde como pocos… hasta que la pérdida de cordura, arrebató todo su atractivo y lo encerró en el más frío olvido y en la más lapidaria soledad.

―Entonces debe firmar. Yo llevaré los documentos donde los abogados y regresaré mañana para la… ceremonia.

—Gracias, abogado ―dijo ella, apenas mirando el documento, donde estampó su rúbrica. "Me tienes en tus manos, Liam Patterson" pensó luego de haber firmado, entregándole los documentos sin añadir una sola palabra.

**oo**

―Me parece que este es el mejor momento para cerrar el trato con los canadienses ―dijo el director general de la compañía al resto de los ejecutivos, sentados en torno a la mesa de reuniones. Desde la cabecera de la mesa, había concluido que tras leer los informes de viabilidad financiera, podían estar seguros de la inversión que estaban discutiendo. Todos los ejecutivos asentían y concordaba en gran parte con los puntos de Edward… todos menos uno.

―Pues a mí, me parece que no es el mejor momento para invertir.

Jacob y Emmett se miraron y suspiraron, rodando los ojos, pues se temían esto. La discordia privada que los dos más altos ejecutivos de "Lux et umbra" mantenía desde hace un par de días, había alcanzando también hasta los temas laborales, desde nimiedades hasta decisiones importantes como aquella, así, si Edward decía que algo debía ser azul, Garrett iba y en desacuerdo con su socio, decía que el color más conveniente debía ser el amarillo. Ambos usaban gran elocuencia al plantear fundamentos para sus discordantes puntos de vistas, nunca llegando a un acuerdo, haciendo que el ambiente fuera pesado, tanto así que podía cortarse con un cuchillo.

―Aquí vamos… ―le susurró Emmett a Jacob, cruzando sus brazos listo para ser testigo del choque de fieras.

Entonces Edward rodó los ojos, y apretando sus manos sobre la base de la mesa, estrechó su furiosa mirada a su otrora amigo.

― ¿Y por qué no te parece buen momento? ¿Has tenido tiempo de leer con detenimiento el informe? Si no lo hiciste, acabo de resumirlo para ti…

―Claro que lo leí y lo analicé, por eso creo que no es el momento ―discutió Garrett con su mandíbula apretada―, no necesito que hagas el trabajo por mí.

―Entonces, qué esperas para explicar tu posición, señor Anderson ―inquirió Edward con un dejo de ironía, cruzando sus brazos, como haciendo parecer que estaba relajado, cuestión que era completamente opuesta a como se sentía.

Y ahí Garrett, con todo profesionalismo, apuntó al menos cinco razones que contradecían la conclusión a la que Edward había llegado, siendo cada una de ellas discutida con acalorada pasión entre los dos caballeros, poniendo en una posición muy difícil al resto de los ejecutivos que debían inclinarse por una opción.

Cuando la cosa estuvo suficientemente caldeadas, y desde una esquina a otra Garrett y Edward se gritaban acaloradamente, Jacob se levantó y golpeando la mesa con la palma de su mano, pidió la palabra.

―Complicaron mucho las cosas para nosotros, caballeros, por lo que sugiero que nos tomemos hasta mañana para llegar a la decisión final, ¿les parece?

Todos los caballeros estuvieron agradecidos del joven Black, a quien en ese momento consideraron como su salvador. Después de puntualizar que se reunirían al día siguiente en ese mismo lugar y a la misma hora, hizo que desalojaran la sala, pidiéndoles a los dos altos ejecutivos que aguardaran un momento.

― ¡¿Qué pretenden, eh?! ―Les gritó a sus dos amigos, mirando a uno y a otro alternadamente—. Parecen niños de primaria, pelándose por nada…

― ¡¿Por nada?! ―Contradijo Garrett, mirando a Jacob como si hubiera dicho una blasfemia―. ¡¿A caso no te das cuenta que… que este negocio podría perjudicar a la empresa?!

― ¡¿Negocio?! ―Preguntó Jacob con incredulidad―. ¿Crees que no me doy cuenta que hay otro tipo de disputa detrás de todo esto?

― ¡Soy profesional, y puedo hacer a un lado la vida personal del trabajo, Jacob!

― ¡Ey, amigo! ―medió Emmett, acercándose a Garrett, que ya estaba a punto de saltarle encima a Jacob―. Nadie está hablando de que seas poco profesional, pero… simplemente esto está así desde que… Kate… ya sabes…

― ¡Perfecto! Ya me doy cuenta de qué lado están ustedes. ―Con el dolor de la traición destilando por sus palabras, agarró sus cosas que mantenía sobre la mesa y mirando a los tres hombres dentro de la sala, salió de allí dando un portazo.

Edward, que se había mantenido en silencio en medio de ese altercado verbal entre los caballeros, dejó caer su cabeza hacia adelante, sentándose a continuación en la silla, donde hasta hace poco se encontraba, sujetando su cabeza sobre su mano derecha, mientras que con la izquierda desajustaba el nudo de su corbata. Estaba cansado, sentía que un montón de cosas se le venían encima, y justo en ese momento necesitaba a su fuerte unido a su alrededor y no esa extraña postura de Garrett, que con su actitud insistía en culparlo de algo que él nunca había hecho, como si efectivamente él hubiera sido el culpable de la separación de su amigo con la rubia ingrata esa, a la que ni se molestaba en nombrar.

Jacob y Emmett se miraron y al unísono caminaron hasta Edward, sentándose una a cada lado del cansado hombre de negocios.

―Oye, sabemos que Garrett está herido y que está usando esto para sacar su rabia ―intervino Jacob―, creo que realmente él no te culpa de lo que pasó…

―No me digas… ―murmuró apenas, con tono monocorde, sin siquiera levantar su cabeza.

―Amigo, ¿por qué no te tomas el resto de la semana? Te vendría bien salir de la ciudad con tus mujeres, relajarte y descansar.

―Creo que Emmett tiene razón ―comentó ahora Jacob, concordando con el abogado amigo suyo―, podrías regresar el lunes y dejar en nuestras manos el trabajo. Mañana tomaremos la decisión correcta, seguro que Garrett va a cambiar de parecer.

―No sé…

Entonces, y por arte de magia o más bien como un milagro, la puerta de la sala de juntas se abrió, apareciendo Bella cargando a su hija Clarisse en sus brazos.

Bella había sido alertada por Victoria, diciéndole que "algo no marchaba bien en la sala de juntas", aprovechando Bella, de ir hasta allí, ya que andaba justamente a los alrededores en la consulta del pediatra, ya que a su princesa le correspondían sus controles periódicos. Pensó que esa sería una buena oportunidad para hablar directamente con Garrett y hacerlo entrar en razón sobre su actitud con Edward, pero para su mala suerte él había salido a la calle justo después de irse echando humo de la sala de juntas, donde su marido, Jacob y Emmett aún se encontraban.

― ¿Podemos pasar? ―Preguntó Bella, haciendo que su marido alzara automáticamente la cabeza hacia ella y se pusiera de pie para ir hasta ella. Su bálsamo, su vía de escape, su cable a tierra, su luz y su paz, todo eso y más significaban esas mujeres para él, por eso su alivio cuando las vio aparecer en ese momento tan complejo para él. Se apresuró en besar delicadamente los labios de su mujer, tomando a su pequeña princesa entre sus brazos.

― ¿Cómo te encontró el doctor, princesa? ―Preguntó Edward a su hija, y ella en su idioma de niña, moviendo sus bracitos al aire, le explicaba que el doctor la había encontrado muy sana, fuerte y hermosa. Y mientras le contaba a su papá sobre los amiguitos que hizo en la consulta mientras esperaba su turno, Bella se había acercado a Emmett y Jacob, a quien tras saludar, les preguntó casi en susurro que cómo había estado la cosa ahí.

―Bueno, en resumen, esto parecía un cuadrilátero de box…

― ¡Oh! No exageres, Emmett ―dijo Jacob, pegándole un codazo a Emmett para que no abusara de los detalles ya que Bella estaba comenzando a asustarse―. Garrett simplemente no lo está llevando bien, y en general lo está tomando mal con todos nosotros. Eso y las otras cosas tienen a Edward cansado, y justo ahora le estábamos proponiendo que ustedes tres se tomaran el resto de la semana, un viaje por ahí… no sé, ¿qué te parece?

Bella parpadeaba y miraba a sus amigos, quienes esperaban a que ella concordara con ellos pues sería de la única manera en que su ogro y cansado marido aceptaría una salida. ¿Por qué no? Pensó entonces, asintiendo segura.

―Sería perfecto…

― ¡¿Ya oíste, mi amigo?! ―Preguntó Emmett a Edward, que se había acercado a ellos. Emmett se apresuró en tomar a su pequeña sobrina en brazos, y dejar unos sonoros besos en su regordeta mejilla.

Edward en tanto tomó a su esposa por la cintura, mirándola para ver su reacción a la propuesta de sus amigos.

― ¿Entonces, demonio, qué te parece?

― ¿Recuerdas la casa de campo de la que Alice te habló? ―Preguntó ella con mucho entusiasmos sobre el lugar paradisiaco propiedad de la hermana de Edward, la que había puesto a disposición de ellos para cuando lo quisieran―. Creo que es un buen momento para ir allí y descansar. También estoy un poco estresada, nos haría bien.

Emmett alzó sus cejas, triunfante y Jacob sonrió, porque con eso que Bella había dicho podrían dar por alcanzado su plan de "relajar al ogro".

― ¡¿Adivina qué, princesita?! ―Le dijo Emmett a Clarisse―. ¡Te vas de paseo con tus papis al campo!

― ¡Yupi! ―Exclamó la niña, alzando sus bracitos, entusiasmada, provocando que todos sonrieran, incluso su padre a quien le hacía bien ver a su hija feliz con la perspectiva de un viaje en familia.

Rápidamente coordinaron con Alice, a quien le contaron sus planes, quedando en pasar por las llaves de la casa y aprovechar de visitarla a ella y al pequeño Paul. Hablaron con Carmen, quien incluso se ofreció para quedarse con la niña y permitir que el matrimonio saliera a solas, pero Edward agradeciendo sin duda, su tentador ofrecimiento, desistió de él, pues ese sería un viaje de familia y dejar a Clarisse en casa no sería justo, además, la pequeña ya estaba entusiasmada, imaginándose a todos los animales que vería a lo largo de su paseo. Por supuesto le hicieron la invitación a ella para que los acompañara, pero Carmen no podía ausentarse de su trabajo en la tienda, donde ya tenía un buen cargo, de mucha responsabilidad.

―Vayan tranquilos. Aquí las muchachas y yo tendremos todo bajo control ―dijo Carmen antes que el matrimonio y la niña entraran en el coche.

―Carmen, cualquier cosa usted rápidamente nos llama. Un par de muchachos nos acompañará solo por precaución y los demás se quedarán aquí, cumpliendo el protocolo que se le dio, ¿comprende? ―Carmen asintió a las disposiciones de Edward, pues el hombre no viajaría tranquilo si los guaruras tomaban vacaciones y se relajaban.

―Claro, Edward.

―Vámonos ya Edward, queremos llegar antes que anochezca y todavía tenemos que pasar por casa de Alice ―protestó Bella tironeando a su marido hacia el asiento del conductor. La niña, ya instalada en su asiento trasero, agitaba su manito y lanzaba besos a su tía cuando su papá puso en marcha el vehículo y salió del estacionamiento de la casa, seguido de un jeep negro con dos de sus hombres al interior. Bella los miró por el espejo retrovisor y rodó los ojos.

― ¿Es necesario la compañía? ―Edward inspiró y la miró apenas por el rabillo del ojo.

―Te lo pondré de esta forma, demonio: si ellos no vienen, nosotros tampoco.

Bella volvió a rodar los ojos y se aprestó en sacar su teléfono para enviarle un mensaje a su cuñada, para indicarle que en quince minutos estarían en su casa. Cuando llegaron allí al cabo del tiempo que Bella calculó, fueron recibidos por el doctor Carlisle Cullen, padre adoptivo de Alice.

― ¡Que sorpresa, doctor Cullen! ―Saludó Bella al doctor, y dándole un fuerte abrazo, dejándole espacio a Edward que saludó a Carlisle cargando a la niña en sus brazos.

― ¿Cómo han estado? ―Preguntó el médico invitándolos a entrar, dándole un cariñoso beso en la mejilla a la niña que le sonrió con alegría―. Alice nos contó que iban a pasar por aquí porque se iban de escapaditas a la casa de campo.

―Sí, la verdad es que necesitamos una salida.

―Edward ―sonrió Carlisle, tomándole el hombro, sabiendo que Elizabeth era el problema predominante que hacía a Edward verse tan cansado―, todo va a solucionarse, ya lo verás.

―Eso espero, Carlisle —musitó Edward, besando la cabecita de su hija antes de dejarla en el piso para que saliera disparada hacia donde se encontraba su tía Alice, esperándola con los brazos abiertos. Edward caminó hasta Esme, esposa de Carlisle, a la que saludó con un abrazo, acercándose enseguida a su esposa quien tenía entre sus brazos al pequeño y durmiente Paul, su sobrinito.

Estuvieron hablando durante unos quince minutos, prometiendo Edward regresar a visitar a su hermana con más tiempo, después de agradecerle la gentileza de ofrecerle su casa para que él y su familia descansaran.

Recorrieron la carretera hacia las afueras de la ciudad, cercada en su último tramo por grandes y viejos nogales, pinos, además de grandes extensiones de terrenos donde los agricultores cultivaban sus productos y criaban a sus animales, sintiendo Clarisse gran emoción al ver a vacas, caballos y ovejas pastar a lo lejos, imaginándose ella que al lugar en donde iban podría corretear y jugar con ese tipo de animalitos.

Al cabo de casi una hora y media de camino, llegaron hacia el sector donde se vislumbraban en las laderas de los cerros, grandes casonas de descanso en medio del verdor de la naturaleza, siendo una de esas casonas a donde ellos llegaron.

La entrada a la casa de Alice y su marido, estaba cercada por una reja de metal y árboles que servían de división entre el terreno de la propiedad y los colindantes. Una inmensa pileta de piedra lanzaba chorros de agua justo en la entrada de la casa, fue la primera cosa que cautivó a la niña, que después que su madre la sacara del coche y la dejara en tierra, salió corriendo hacia allí en busca de peces escondidos.

Frente a la pileta se desplegaba la casona de un piso en forma de L, de material solido en tono blanco y madera. Una escalera de tres peldaños hacia la entrada de la casa con una puerta de madera maciza en su color natural, en donde un matrimonio ya mayor, los cuidadores del lugar, esperaban al matrimonio para darles la bienvenida. Por supuesto, Clarisse fue la primera en llegar hasta ellos, seguida por su madre que la vigilaba de cerca.

― ¡Hola señora! ―Saludó la niña agitando su manito hasta la mujer, que se inclinó hasta quedar a la altura de la niña.

― ¡Tú debes ser Clarisse! ―Le dijo a la niña, acariciándole el cabello. Bella aprovechó de saludar al hombre que también miraba a su hija con mucha ternura.

―Soy Bella ―le dijo ella, extendiendo su mano hasta el señor de cabello canoso y ojos claros.

―Señora, los estábamos esperando. Soy Clark, y ella es mi esposa Lucy, y estamos aquí para lo que se les ofrezca.

―Muchas gracias.

― ¡Adentro hay un pastel de frambuesa recién hecho! ¿Quieres un trozo? ―Le preguntó Lucy a la niña, quien inmediatamente miró a su mamá para pedir autorización. Bella asintió y Clarisse alzó sus brazos en señal de triunfo, exclamando un ¡Sí!, antes de salir tomada de la mano de la amable mujer.

Mientras Clark le explicaba a Bella algunas cosas sobre la propiedad, Edward daba instrucciones a los dos hombres que lo acompañaban, pidiéndoles que se dieran una vuelta alrededor de la casa para reconocer el lugar, para enseguida él acercarse hasta donde su mujer conversaba con el hombre, a quien saludó también extendiendo su mano.

―Señor Masen, nos alegra mucho que hayan venido. Su hermana nos habló hace unas horas para avisar y nos pusimos en marcha con mi mujer para preparar todo para su llegada.

―Dígame Edward, por favor ―solicitó Edward―. Espero no haberles causado muchas molestas con este viaje que salió en último momento.

―Esta casa está siempre lista para recibir a los señores Cullen o a la niña Alice, y toda su familia, así que no hay problema.

―Muchas gracias.

―Si gustan. Les puedo dar un recorrido por la casa, que no es muy grande, pero puedes aprovechar de instalarse en las habitaciones y descansar o comer algo.

―Es una buena idea ―dijo la mujer, tomando la mano de su marido y siguiendo los pasos de Clark, quien los condujo hacia el interior de la casa, atravesando un corredor de ventanas francesas lleno de plantas de interiores y muebles antiguos de madera oscura, la misma línea que seguía todo el mobiliario de la casa. Las habitaciones de la casa parecían ser de gran altura probablemente por las vigas a la vista y los colores claros que predominaba en los espacios, además de los ventanales de techo a suelos que dejaban entrar la luz natural del campo que bordeaba la propiedad.

―Es una casa hermosa ―dijo Bella con tono de ensueño, contemplando los cuadros y las lámparas que colgaban desde el techo. Edward que miraba hacia el exterior, desvió su vista hacia su mujer, sin poder aguantarse las ganas de ir hasta ella y rodearla por la cintura desde la espalda. Bella suspiró y dejó caer su cabeza hacia atrás, justo en el hombro de su marido

― ¿Te gusta, demonio?

―Es hermosa… y parece respirarse tanta paz…

―Eso es precisamente a lo que hemos venido, mujer.

Llegaron hasta la cocina, donde la pequeña estaba devorándose su segundo trozo de pastel sentada en una silla de la mesa de desayuno, mientras que sus piecitos se balanceaban divertidamente en el aire.

―Es una niña hermosa ―comentó Lucy a los padres de la niña. Entre bocado y bocado, la niña hacía preguntas y se imaginaba una serie de actividades de excursión a los alrededores, pidiéndole la venia a su padre, quien sonreía y asentía a los petitorios de su hija.

Se quedaron conversando un buen rato acerca de las actividades agropecuarias a los alrededores del lugar, y de lo conveniente que era vivir en ese lugar tan lejos de toda la locura de la capital. La conversación duró hasta que la niña se levantó y tironeó a su padre para salir a su primera excursión, pensando Edward que no lo quedaba de otra, pues estaba en manos de esa pequeña hija suya.

Cuando Clarisse vio la piscina se imaginó nadando en ella, pero su padre enseguida se negó, diciéndole que no era temporada y que por otro lado, la alberca estaba vacía, por lo que deberías dejar el nado para una próxima oportunidad. Clarisse se vio frustrada por apenas unos segundos, hasta que a lo lejos, vio a Clark con uno de sus hombres que al otro lado de un cercado, se acercaban con dos caballos grandes y un pequeño poni.

― ¡Papi, caballito, caballito, yo quero! ¡Papi, vamo!

― ¡Ey, cálmate! ―Le pidió a su hija cuando esta lo haló de la mano hacia el lugar, hasta que llegaron a ellos.

―Le explicaba a su… hombre de seguridad, que podemos dar una vuelta con la niña por un camino de tierra. ―Dijo Clark, mirando a Edward.

― ¡Caballito, vamo…! ―la niña se soltó de la mano de su padre y saltó a un lado del pequeño poni con la idea de subirse en él. Cuando se vio que no lo lograba, tironeó la mano del guarda espalda vestido de negro, con la idea que él la ayudara.

―Ejem… ¿señor? ―Dijo el hombre de contextura fuerte, que se vio nervioso por el acercamiento de la niña, algo muy gracioso, pensó Edward.

―Acompaña a Clark y a mi hija a dar un paseo, no muy lejos de aquí, por favor.

―No se preocupe, señor.

Entonces el hombre tomó a la niña y la instaló sobre la pequeña montura del poni y guiados por el cuidador de la casa, siguieron un camino de tierra por un costado de la casa, a paso lento, disfrutando del entorno campestre.

Aprovechó Edward de caminar hasta unas tumbonas de la terraza frente a la piscina, donde se dejó caer, lanzando un gran suspiro. Inhaló el aire limpio del campo y se ubicó en estas, pudiendo sentir como la paz del entorno hacia su efecto en él, aunque algunas cosas en su cabeza seguían dando vuelas. Cerró los ojos, y con sus manos detrás de su cabeza, pensó en cosas buenas, intentando relajarse efectivamente.

Así lo encontró su esposa, unos diez minutos después, luego que estuviera hablando con Lucy y dejando las cosas de su hija y las suyas en las habitaciones correspondientes. Con sigilo se acercó a su marido, quien parecía estar ya dormido, y comenzó a dejar suaves besos en todo el hermoso rostro de su hombre. El ogro sonrió ligeramente y emitió un gruñido de satisfacción.

―Esto sí es vida… ―susurró, sin abrir sus ojos.

―Lo estás disfrutando, ¿eh? ―preguntó ella, apartando apenas sus labios del recorrido por el rostro de su marido.

―Ni que lo digas… ―abrió un ojo y se hizo a un lado, tirando a su mujer para que se tirara a su lado, con el cuerpo de ella muy pegado al suyo, abrazándola por la cintura, su sus labios pegados a su frente.

―Podría acostumbrarme a esto, ¿sabes?

―Clarisse sería una estupenda campesina, ya ves lo bien que se ha amoldado al lugar en menos de una hora.

―La vimos desde la cocina encima del poni, ¡Se ve hermosa!

―Sí, es verdad ―coincidió él con tono divertido, inhalando el aroma a rosas de su mujer que tanto adoraba.

― ¿Y tú estás bien, has logrado relajarte?

Edward volvió a suspirar y pensó que al otro lado de las barreras que rodeaban la propiedad, se estaba entretejiendo algo que haría borrar esa paz que él estaba buscando. Pensar en eso siquiera, hacía que sus músculos no se relajaran completamente.

―Lo estoy intentando, demonio. ―Las serias palabras de su marido hicieron que Bella arrugara su frente y se incorporara sobre su costado para observarlo.

Con su dedo índice, Bella delineó la atractiva boca de su marido, su barbilla rasposa pudiendo sentir la barba que comenzaba a asomarse, a pesar de haberse rasurado aquella mañana. Recorrió su frente y apartó unos mechones de cabello que habían caído allí, concentrándose en los profundos y hermosos ojos verdes de Edward, que la observaba con la misma intensidad con que ella lo hacía.

―Me... asusta lo que pueda pasar… si algo malo te pasa, yo… ―cerró los ojos, arrugó la frente y bajó su rostro, como escondiendo su temor. Edward dejó salir una suave risa carente de humor y volvió a apretar a su mujer contra su cuerpo con mucha fuerza. Él entendía esa sensación muy bien, aunque sabía apenas podría sobrevivir sin ella, siendo Clarisse su único consuelo, aunque no quería ni pensar en ello.

―No va a pasarme nada ―respondió tranquilamente―, pero si algo llega a ocurrirme, debes de saber que sobre este planeta, no ha habido ni habrá jamás un hombre que te ame tanto como lo hago yo.

Ella gimió de miedo y escondió su rostro en el hueco del cuello de su marido, apretando fuerte los ojos para no llorar. No estaban ahí para hablar de sus preocupaciones o de sus miedos, sino para descansar y relajarse, precisamente para tomar fuerzas y volver a enfrentarse a lo que sea que se estuviera urdiendo en contra de ellos allá afuera, porque ambos sabían que aunque estuvieran allí como encerrados en una especie de burbuja, afuera las cosas seguían su curso, y no podían olvidarlo.

Se quedaron en silencio durante mucha rato, sin moverse ni hablar, pensando Edward que su mujer se había dormido bajo el tibio sol del campo, así como Bella pensando lo mismo de su esposo, hasta que ambos a lo lejos oyeron las carcajadas de su hija e instintivamente alzaron el rostro hacia el lugar de donde provenían las carcajadas, quedando ambos con la boca abierta, pues el hombre a cargo de la seguridad de la familia, uno que por su contextura sin problemas habría podido pertenecer a la liga de lucha libre, venía cargando a la pequeña sobre sus hombros, la que por la forma en que traía sus brazos abiertos simulando ser alas, soñaría que era algunos de las aves que circundaba el cielo.

―Una miniatura de dos años tiene comiendo a tu hombre de seguridad, Edward.

―Eso parece ―murmuró él, alzando su mano para responder a las señas de saludo que su hija les estaba haciendo. Se levantó de la tumbona, tirando a su mujer con él para ir al encuentro de la pequeña dominante.

Durante el día, el matrimonio disfrutaba en familia junto a la pequeña hija de ambos, que no paraba de hacer planes para salir a recorrer el bosque en busca de Caperucita Roja y su abuelita, o ir a alimentar a los caballos o al resto de los animales que se criaban en aquel campo. Pero cuando la noche llegaba y el cansancio le pasaba la cuenta a la pequeña Clarisse que se dormía apenas ponía la cabeza en la almohada, el matrimonio se concentraba en ellos dentro de la intimidad de su habitación.

―Demonio, esto es perfecto… ―murmuró él, con su cuerpo desnudo y anclado íntimamente al de su mujer, moviéndose despacio, sintiendo la conexión ardiente de ambos cuerpos extasiados, como su mujer se amoldaba tan sublimemente al suyo.

Bella alzaba su rostro en busca de los labios de su ogro, y sus manos vagaban por la espalda ancha de su hombre, siguiendo el movimiento plácido del que él llevaba el ritmo.

―Tuve tanta suerte de encontrarte, Edward… ―susurró ella sobre los labios de él― ¿Qué hubiera sido de mi si no me hubiera cruzado en tu camino, o si me hubiera dado por vencida y me hubiese conformado con cualquier otro…? ¡Oh, Dios, Edward!

La última exclamación cortó el hilo de sus preguntas retóricas, cuando Edward gruñó furioso al imaginarse a otro en su lugar, dejando a un lado la candencia suave de sus movimientos, para retirarse y volverse a hundir profundo y fuerte en el interior de su mujer, cuyo cuerpo estaba totalmente sensible después que él le hiciera el amor como animal fiero.

―Demonio, abre los ojos… ―gruñó él con sus dientes apretados y su voz ronca de rabia y deseo. Ella se mantenía con el cuello estirado y con sus ojos cerrados, absorbiendo los embistes furiosos de su marido, por lo que él tuvo que volver a gritar―. ¡Abre tus ojos, mujer!

―Edward… ―susurró ella cuando finalmente los abrió y lo vio con el semblante tan parecido al de una fiera… en celo.

―Nunca más vuelvas a imaginarte con otro hombre que no sea yo… mucho menos en instancias como estas, cuando estoy tan adentro tuyo, que ni siquiera sabes dónde acaba el cuerpo del uno o del otro, ¡¿me oyes?! ―Susurró con fiereza, quedándose quieto en el punto más hondo donde podía llegar en el cuerpo de su mujer. Bella jadeó y asintió ferviente, enredando sus manos en torno al cuello de Edward, para acercarlo a ella y sellarle los labios con los suyos, pensando en Edward y en nadie más que en Edward.

**oo**

Liam Patterson y sus abogados, consiguieron que se les facilitara una sala privada aquella mañana reluciente de viernes. Había llegado el día en la que la soltería que llevaba como estandarte, sería reemplazada por el estado civil de casado, y nada menos que con Elizabeth Masen, la mujer con la cual soñaba en los días de su adolescencia.

A pesar de que Elizabeth se había negado a toda la parafernalia limitada a la cual podía acceder dentro de ese hospital para locos, Liam insistió en hacerle llegar una vestido de dos piezas, de diseñador por supuesto, de un exquisito color marfil, vestido como a los que años atrás ella estuvo acostumbrada llevar. Sin mucho entusiasmo se lo probó y cuando fueron las siete y media de la mañana, su abogado y una mujer que ella conocía como la jefa de las enfermeras, fue por ella para llevarla por los corredores a esa hora aún vacíos, hasta una sala privada de tono celeste, en done había un viejo escritorio de madera y un par de sillas de metal, un par de cuadros desteñidos colgados sobre las murallas y dos pequeñas ventanas.

Liam, que la esperaba ahí, lucía uno de sus trajes de tres piezas que solía llevar, y quien extendió una gran sonrisa en sus labios cuando la vio, como si le ilusionara verdaderamente esa ceremonia, que en términos frívolos no era más que un papeleo. Se apartó del juez amigo suyo que oficiaría la ceremonia, y caminó hasta ella para tomarle las manos y admirarla de pies a cabeza.

―Creo que esto del traje está de más ―protestó Elizabeth, torpemente, negando a sentir la extraña sensación en su estómago cuando Liam la observaba de esa forma, como si fuera una pieza de arte, y tocaba sus manos al mismo tiempo. No era una adolecente, no tenía por qué sentirse así. Quizás, pensó, realmente se le estaban soltando los tornillos.

―Yo hubiera deseado casarme contigo en la ceremonia que una mujer como tú se merece, querida Elizabeth ―levantó las manos de la mujer y las besó largamente antes de agregar―. Te ves espléndida.

― ¿Podemos acabar con esto de una vez? ―Preguntó ella, mirando al resto de los hombres―. No quiero seguir dilatando esto…

Se soltó de las manos de Liam y caminó hasta el juez saludándolo a él y al resto con un asentimiento de cabeza, antes de sentarse en la silla metálica frente al escritorio, donde había un acta abierta y una serie de documentos. Liam, siempre con su sonrisa lobuna característica en los labios, se instaló junto a su futura esposa y dándole una señal a su juez amigo, le indicó que comenzara.

La "ceremonia" no duró más de veinticinco minutos, después de lo cual Liam se puso de pie, invitando a su ahora esposa a levantarse también, y tomándola por los hombros, dejó un beso en su mejilla, antes de darle la mano al juez y a los abogados que sirvieron de testigos, mientras Elizabeth se quedaba estática y tensa por ese arranque de Liam hacia ella.

―Ahora, señores, les pediría que me dejaran a solas con mi esposa, antes que ella deba volver a su habitación. ―Sin emitir más palabras, los caballeros hicieron lo que Liam les solicitó, quedando ambos a solas. Él volvió a tomar de las manos a la mujer, mirándola a los ojos a la vez que inspiraba profundamente, con la satisfacción llenándole los pulmones.

―Lamento que no podamos seguir las… formalidades de un matrimonio. Hubiera deseado llevarte por ahí para pasar un tiempo a solas, como recién casados…

― ¡¿Puedes dejar la burla ya, Liam?! ―Explotó ella, volviendo a soltarse del agarre de su marido, y dando un par de pasos hacia atrás para mantener las distancias―. Te recuerdo que este matrimonio no fue más que una treta para conseguir nuestro objetivo. Ni por asomo estoy ilusionada como lo estaría una novia, así que concentrémonos en los que nos interesa y por favor, deja de burlarte de mí.

―Bueno, pues. ―Liam arrugó la boca y se cruzó de brazos, sentándose al filo de la mesa―. La próxima semana, tu querido nieto recibirá la tan ansiada notificación que reabre el caso de malversación de fondos en la que te viste envuelta. Será nuestro primer ataque.

― ¿Y luego?

―Luego no dejarás de recibir buenas noticias, mi querida esposa, eso déjalo en mis manos. Por algo te pedí que confiaras en mí y que permitirás que me hiciera cargo de todo, ahora que soy tu marido, no tendré restricciones de ningún tipo en representarme y dejar caer todo mi poder para vengarte.

― ¿Y qué tengo que hacer yo?

―Absolutamente nada, todo ahora está en mis manos.

― ¿Te das cuenta que esto del matrimonio podrían impugnarlo, si saben que lo hemos realizado cuando yo ya estaba diagnosticada con una enfermedad mental?

―Tranquila, querida. La gente de Masen ni él, han tenido contacto contigo desde que te encarcelaron. En dos años y antes que tu estado empeorara, pueden haber pasado muchas cosas, incluso que tú te hubieras casado sin que ellos se enterara. Así que por eso, no tienes por qué preocuparte.

Aun así, la tranquilidad con la que Lima hablaba, no dejaba tranquila a Elizabeth, que sabía que Edward y la gente que los rodeaba, eran verdaderos sabuesos cuando se lo proponían.

―Procura hacer las cosas bien, Liam ―sentenció ella, sonando más como una amenaza―, quiero de regreso todo lo que ese malagradecido me quitó, y quiero que sufra tanto que se arrepienta de haberme embaucado.

―Lo haremos, mi querida Elizabeth, lo haremos ―prometió Liam, pudiendo incluso saborear el triunfo. Miró entonces su reloj de pulsera de oro blanco y alzó las cejas, volviendo su vista a Elizabeth―. Ahora, debo retirarme. Tengo pendientes en la oficina y luego un almuerzo importante. Tú, querida, procura descansar.

―Estaré esperando los detalles, Liam. No me falles. ―Y sin siquiera despedirse, caminó hasta la puerta y salió rumbo a su cuarto, dispuesta a encerrarse, pues tenía mucho en lo que pensar. Todo lo había dejado en manos de ese hombre al que apenas conocía, pero él tenía el suficiente poder para urdir por ella su venganza.

Liam en tanto, salió de la clínica en compañía de sus abogados rumbo a su oficina, encerrándose con ellos en su despacho.

―Los papeles de su boda quedarán guardados y la noticia quedará en estricto secreto hasta que usted disponga es necesario hacerlo público.

―Será una especie de ataque sorpresa cuando llegue el momento. Pero debemos concentrarnos en la demanda que está en curso contra Masen y quienes resulten responsables.

―Creo que será fácil demostrar la inocencia de la señora Masen…

―Patterson, ahora es la señora Patterson.

―Sí, por supuesto, disculpe usted ―dijo el abogado, un poco avergonzado. Carraspeó y volvió su atención a su trabajo―. Lo que me preocupa es casi la nula opción que hay de sacar de doña Elizabeth de la cárcel. Recuerde que el delito que la tiene allí es por homicidio calificado, no habrá manera de culpar su estado de salud mental por dicho hecho, pues hay pruebas de la época que aseguran que ella estaba con sus facultades mentales funcionando correctamente.

―Quizás la condena se vea rebajada ―añadió el segundo de sus abogados que se encontraba también en aquella reunión―, pero más que eso…

―De momento, centrémonos en este primer paso ―demandó Liam―. Después ya veremos ese tema y la forma en la que lo abordaremos.

―Como usted diga.

Los abogados informaron con lujo de detalle la manera en que la próxima semana se desarrollarían los hechos, que darían el primer aviso a Edward Masen de la sorpresita que su abuela tenía preparada para él. Liam, que estaba al tanto de los movimientos financieros de esa empresa, ya se imaginaba haciendo posesión de lo que ahora le correspondía por derecho al ser el esposo de Elizabeth, porque como que se llamaba Liam Patterson, él iba a obtener una gran tajada de esa empresa.

Sobre lo de sacar a su esposa de la cárcel… bueno, no había que torcerle tanto la mano a la justicia, ¿no? Podría él salir perjudicado si forzaba el indulto de Elizabeth, y ya bastante había puesto en juego en pro de ayudarla, no podía arriesgarse tanto.

Estuvo enfrascado en asuntos de su empresa propiamente hasta que su secretaria le recordó de su almuerzo con su hijo Tyler. Dejó su despacho y llevado por su chofer, llegó hasta el restaurante donde quedó de reunirse con su hijo, a quien había enviado la dirección el día anterior, esperando su confirmación, la que llegó con un mensaje que decía "Ahí estaré".

El restaurante era uno de aquellos lugares lleno de lujos donde él solía ir, y donde los comensales pertenecían al grupo selecto de alta alcurnia del que Liam era parte. Mientras caminaba hacia la mesa, saludó a un par de personas a las que conocía, hasta que el recepcionista lo dejó en la mesa de largo mantel blanco y bajillas de plata donde esperaría a su hijo, quien no tardó en llegar.

Iba vestido de traje formal, pues sabía que el lugar donde Liam lo había citado era de esos ostentosos. Iba a cometer un arrebato de rebeldía llegando de polera y jeans, pero Linda lo persuadió de no hacerlo, por lo que sacó uno de sus trajes elegantes y se vistió para la ocasión.

― ¡Mi querido hijo! ―Exclamó Liam poniéndose de pie para recibir a Tyler, quien tuvo deseos de largarse a reír por semejante desvarío de Liam.

―Liam, ¿cómo estás? ―Dijo a modo de saludo, correspondiendo al saludo de mano que su el empresario le daba. Se sentó a un lado de Liam, desabrochando los botones de su americana azul marino.

―Te sientan muy bien los trajes, hijo. Es la forma que un joven exitoso como tú debería ir vestido con regularidad.

―Ya hablamos de eso, Liam. Y no creo estar en edad para ese tipo de… consejos, ¿no crees?

―No, no lo creo. Nunca es tarde para que un padre aconseje a su hijo.

El arquitecto inspiró, mirando hacia un lado, recordándose el por qué había llegado a esa cita de la que él hubiera preferido pasar. Iba a averiguar en qué pasos andaba metido Liam, debía de alguna manera ganarse la suficiente confianza para que confiara en él, pero no iba a ser demasiado evidente, rindiéndose ante sus dichos y comenzando a llamarlo papá de la noche a la mañana.

―Bueno, me dijiste que tenías cosas importantes que contarme…

―Las tengo, pero antes dime, cómo van las cosas en tu trabajo con Edward Masen.

"Claro que ibas a querer saber eso, Liam" pensó Tyler, bebiendo del vaso de agua que el mesero se había apresurado a servirle cuando llegó.

―Todo marcha perfectamente, aunque mi trato con Edward es mínimo. Apenas y hemos cruzado palabras ―mintió con desfachatez―, no es muy dado a socializar. ¿Lo conoces acaso, que siempre me preguntas por él?

― ¿Y quién no conoce al famoso Edward Masen? ―Con retórica hizo esa pregunta, soltando una carcajada―. Su familia ha estado siempre ligada al mundo empresarial. Quizás en alguna cena de negocios habremos coincidido, pero lamentablemente no está dentro de mi círculo de amistades, lamentablemente.

― ¿Conoces a su familia?

―Elizabeth Masen es su abuela. Heredó la empresa de su familia aristocrática, de la que Edward estuvo a cargo, hasta que el destino hizo que terminara… de mala manera.

―Parece que sabes mucho sobre ellos…

―Soy un hombre informado ―respondió con aire de superioridad.

Otra vez el camarero interrumpió el diálogo, dejándoles la carta y contándoles cual era la especialidad recomendada del día, aprovechando Tyler de pensar en alguna manera en la que Liam soltara algo más que lo pusiera en evidencia. ¿No sería bueno que él demostrara cierta… antipatía por Edward? Uhm…

― ¿En qué piensas, hijo? ―Lo pilló Liam, con sus ojos fijos en la tapa de la carta de comidas. Tyler parpadeó y lo miró, pensando en actuar rápido.

―Pensaba en Edward ―abrió la carta y mientras vagaba sus ojos por los platos exquisitos, habló―, si bien es cierto no he tratado mucho con él, he sabido que es un tipo bastante odioso. Mira al resto como si fueran personas inferiores, y ya sabes, eso no hace que se lleve la simpatía de todo el mundo.

― ¿Te ha hecho algo? ―Preguntó preocupado de momento a otro.

―No, te dije que mi trato con él ha sido mínimo, simplemente es un tipo que no me simpatiza y al que no le creo nada, siento que esconde… cosas…

Liam inspiró, pensando que quizás en su hijo Tyler podría tener una especie de aliado, sin él saberlo. Pero no debía confiarse a primeras, debía más bien seguir tanteando el terreno.

―Bueno, la historia que lo rodea está llena de misterios, de cómo llego a tener la empresa que tiene y el cargo que ostenta, siendo tan joven.

― ¿Crees que sus negocios son turbios?

Liam sonrió lobunamente y tomó la copa de agua, pasando su dedo índice por el contorno, contemplando el líquido incoloro dentro de éste.

―Me muevo dentro del ambiente empresarial y sé que mis colegas no se destacan por ser blancas palomas, así que no podría asegurarte a pies juntos que Edward Masen ha hecho las cosas correctamente, no conozco a nadie que no haya acudido a favores u otros medios para conseguir lo que quiere.

― ¿Cómo tú, por ejemplo? ―Ahora Tyler dejó caer la ironía a través de sus palabras, con lo que Liam no pudo evitar sonreír, sin responder a aquello.

―No estamos hablando de mí; y como sea… probablemente muy pronto sabrás si Edward Masen es tan transparente en sus negocios.

― ¿Por qué dices eso? ―Indagó Tyler cuando sintió que debía poner atención en eso.

―Te dije que soy un hombre informado. Además, ya sabrás de lo que hablo y ahí podremos hablar con más… confianza.

―Como tú quieras ―Tyler volvió a tomar su copa de agua y a beber de esta, mientras tomaba notas mentales de las cosas que debía advertirle a Edward, porque los dichos de Liam dejan ver que algo se dejaría caer sobre él que tenía que ver con sus empresas. Debía advertírselo.

Almorzaron entre preguntas cortas y respuestas concretas, sin ahondar mucho ninguno de ellos en sus vidas privadas. Cuando Liam le preguntó por si tenía novia, Tyler le respondió que estaba comenzando con una relación, pero no le dijo nada más sobre eso, por supuesto su padre insistió en querer conocerla personalmente para la próxima vez que se reunieran, pero Tyler sencillamente no asintió a su petitorio.

Cuando Tyler quiso indagar por la vida "privada" de Liam, y éste le dio su respuesta, al joven arquitecto casi se le desencaja la mandíbula.

―Acabo de casarme ―respondió, alzando su ahora copa de vino tinto antes de beber, mientras Tyler lo miraba con sorpresa―. ¿Qué, acaso te parezco muy viejo para eso?

―No, no, claro que no, a mí no me toca ser prejuicioso sobre eso, simplemente… estoy sorprendido. Pensé que eras un hombre que huía de ese tipo de compromisos.

― ¿Lo dices por lo que ocurrió entre tu madre y yo?

―Te suplico que no inmiscuyas a mi madre en esta conversación ―dictaminó seriamente, zanjando ese punto, luego siguió indagando―. ¿Y puedo saber de quién se trata?

―Oh, bueno, es una vieja amiga, que conozco desde mis años de juventud. Hasta hace poco nos reencontramos y pues… las cosas se dieron entre ambos.

― ¿Y cómo se llama?

―Ah, mí querido hijo, todo a su tiempo… ―respondió, dejando el nombre de su esposa en suspenso, cosa que le pareció extraña a Tyler, sobre todo cuando su el viejo añadió―: Ahora te pediría que mantuvieras esta noticia en secreto, no quiero que se haga público.

―Cuenta con ello ―se comprometió Tyler, limpiando la comisura de sus labios con la servilleta de lino luego de haber acabado con su lomo wagyu con verduras, uno de los platos más costosos de la carta, que Liam le empujó a probar, diciendo que esa carne era una de las más exquisitas del mundo.

―Te agradezco que hayas accedido a reunirte conmigo ―agradeció Liam, recibiendo la taza de café que el mesero ponía para ambos sobre la mesa, después de haber retirado los platos vacíos―. Yo sé que, bueno, no he hecho las cosas de la mejor forma, pero desearía que ahora me des la oportunidad de acercarme a ti, como lo estamos haciendo ahora.

―Lo intentaré, Liam.

―Gracias, hijo mío.

Tyler no se tragaba las palabras de su progenitor aunque hubieran sonado tan sinceras y desde el fondo de su corazón como lo hicieron. No podía confiar ni aunque él mismo lo deseara, porque simplemente no le nacía y porque intuía que saldría lastimado. Además, podía entrevera algo oscuro en ese hombre que a simple vista se estaba esforzando por querer ser un buen padre, pero había algo en su mirada que a él no terminaba de convencerlo, además, estaba tan dolido con ese hombre ausente gran parte de su vida, que ni aunque se esforzara podría tener con él una relación normal de padre e hijo.

"No voy a dejar que tu oscuridad me invada, Liam Patterson" pensó y bebió de su café en grano.

**OO**

― ¿Cómo va todo por ahí, Emmett? ―Preguntó Edward, comunicándose telefónicamente con su amigo, quien junto al resto se había quedado al pendiente de lo que se ofreciera en la empresa. Y aunque idealmente no debía preocuparse de lo que podría estar ocurriendo allá, no podía desligarse.

Todo bajo control, Edward. Sin novedad.

― ¿Tyler ya se ha comunicado contigo? ―Preguntó, paseando alrededor de las rejas de seguridad que rodeaban la piscina. Había dejado a las mujeres en la cocina preparando no sabe bien qué cosa, que por cierto olía muy bien.

―No. Si tiene algo importante que decirnos, él mismo se comunicará con nosotros. Mejor dime, cómo va ese descanso.

―Reparador, Emmett. La niña lo está pasando estupendamente, igual mi mujer.

― ¿Y tú, hermano?

―Digamos que estoy renovando mis fuerzas, Emmett, pero no dejo de estar preocupado ni al pendiente. ―Detuvo su paseo y afirmó sus codos sobre las barreras metálicas, contemplando el agua de la alberca.

―Eso ya lo sabíamos, pero que me digas que estás renovando tus fuerzas, significa que al menos el viaje ha servido para algo.

―Bueno, mañana domingo al atardecer estaremos de regreso y me volveré a comunicar contigo.

―Como gustes, Edward. Mañana logramos convencer a Garrett de almorzar conmigo y con Rose, aprovechamos de invitar a Leah y Jacob. Esperamos hablar con él en un ambiente más relajado y escucharlo, quizás eso es lo que va necesitando.

―Ojalá todo se resuelva.

―Ahora regresa con tus mujeres, Edward, y dales un beso de mi parte. Descansa mi amigo.

―Adiós, Emmett.

Colgó y guardó el móvil en el bolsillo de su jeans, dejando caer la cabeza entre sus manos a la vez que seguía contemplando el agua algo turbia que estaba estancada. De todo lo que estaba ocurriendo a su alrededor, lo que más le dolía es la traición de Kate y la reacción de Garrett, que era como su hermano. La rubia había sido su amiga desde la infancia, y él en busca de encontrar algo en el pasado que haya dado pie para que Kate saliera con esas tonterías sobre sus sentimientos, no recordó nada que lo inculpara, solamente una relación de amistad que podía ser más bien confundida con la de hermanos, pero nada más. Y qué decir de Garrett, cuya reacción al menos con él había sido desmedida, y precisamente ahora que necesitaba a su fuerte unido más cohesionado que nunca.

Negó con la cabeza, mientras que con sus dedos masajeaba sus sienes, pensando en cómo de forma tan absurda había perdido a una amiga y a quien fuera un gran apoyo en su pasado, y cómo estaba a punto de ocurrir con Garrett algo similar.

―Quedamos en que no ibas a preocuparte por nada mientras estuviéramos aquí.

Las palabras de su esposa que llegaron a él desde su lado derecho, lo hicieron abrir los ojos y mirar hacia allí. Más que un demonio, parecía un ángel, con ese vestido blanco y ligero, además de ese cintillo del mismo color que sujetaba su cabello caoba. Siempre le gustó la forma tan simple en que ella hacía destacar inconscientemente su belleza, sin echarle mano a maquillajes ni a vestimenta recargada. Ella era hermosa así de natural… hermosa y completamente suya.

Estiró un brazo hacia ella, tomando Bella la mano de su marido para refugiarse en su pecho, donde adoraba estar. Lo abrazó por la cintura y descansó su mejilla sobre su pecho fuerte cubierto por una camiseta azul de manga larga.

― ¿Por qué estás preocupado? ¿No habíamos quedado en que…?

―Dije que iba a intentarlo, demonio. Además, no puedo despegarme de todo lo que está pasando a mí alrededor. Simplemente estaba pensando en todo lo que he perdido en este último tiempo….

― ¿De lo que has perdido? ―Preguntó, confundida.

―Kate era un gran apoyo para mí, Bella, y Garrett no hace más que culparme por algo que ciertamente no tengo culpa… ―suspiró apesadumbrado―, de verdad, hubiera deseado que nada de esto hubiera pasado. Preferiría perder millones de pesos que a perder a mis personas de confianza que han sido mis hermanos toda la vida.

―Lo siento, Edward… pero quizás si le das tiempo a Garrett, o si te sientas a hablar con él… y con Kate… bueno…

―Con Kate es otro tema, no sé si pueda perdonarla.

―Bueno, pero… ―se apartó, poniendo las manos sobre el pecho de su marido―, ya habrá tiempo para tomar decisiones y recuperar lo que has perdido. Ahora, tu hija está lista para que pruebes el platillo en el que ha estado trabajando. A los "muchachos" ya los tiene instalados en la mesa.

― ¿A los muchachos? ―preguntó confundido el ogro.

―David y Phil, tus guaruras, que ahora figuran en la lista de los mejores amigos de tu hija ―lo sacó ella de su duda sin evitar carcajearse y contagiar a su marido, recordando ambos como la pequeña ladina hija suya, había dominado a ese par de hombres.

―Bueno, seguro si no me apuro me dejan sin probar bocado.

―Sí, será mejor que entremos.

Y mientras Edward estaba siendo llevado a la cocina para sentarse junto a los "muchachos" y probar la mano culinaria de su pequeña hija, Emmett y James se miraban uno al otro con semblante preocupado.

A James le había llegado el aviso de que se estaba reabriendo parte del caso por el que Elizabeth había sido culpada, aunque la próxima semana se haría la notificación oficial. James se impacientó, pues sentía que cada vez se le estaba haciendo más difícil obtener información acerca de la vieja Masen, por lo que dedujo que una estela de dinero le estaba cubriendo las espaldas a la vieja, y eso no le gustó nada.

James había llegado unos momentos antes a la casa de Emmett para informarle personalmente sobre esa noticia que había recibido en su correo electrónico esa misma mañana, quedándose Emmett helado, sin querer comentárselo a Edward que hace un rato lo acababa de llamar.

―Esto me huele a mierda, James ―comentó Emmett, pasando las manos por su cabello. James suspiró, asintiendo en acuerdo.

― ¿Y Tyler no logró averiguar nada?

―No mucho. Le dio a entender a su padre que no tenía la mejor relación con Edward, para que Liam se relajara y soltara la lengua, pero no consiguió mucho, pero dio a entender que estaba pendiente sobre Edward, y dijo algo que sonó como que en breve se sabría cuál era la procedencia de los negocios de Edward.

― ¿Cómo? ―Preguntó James, un poco confundido, juntando justo en el centro sus cejas. Emmett torció su boca, alzando sus anchos hombros.

―Lo mismo pregunté yo, y tan confundido como nosotros estaba Tyler, que dijo vendría el lunes a primera hora a poner al día a Edward sobre su almuerzo con el viejo Patterson.

―Vaya con ese hombre misterioso. Ahora tendremos que estar preparados para un eventual ataque de esa vieja, creo. Ese viejo no soltó eso que dijo por nada, y probablemente si cree que su hijo tiene aversión por Edward, va a querer usarlo, ¿no crees?... ―pensó en voz alta, rascando su cabello rubio―. ¿No crees que Tyler pueda…? ¿Jugar a dos bandas? Digo, traicionar a Edward y…

―No creo. Tyler y Edward han estado en la misma situación de tener que llevar el apellido de alguien que para ellos no significa nada, eso hace que nuestro arquitecto empatice con Edward. Además, yo siento que podemos confiar en él…

―Bueno, pues ―Palmeó sobre sus muslos y de un salto se puso de pie―. Debemos poner al tanto al batallón, preparar el contingente de guerra y alistar las armas.

―Si ya una vez le pateamos el culo a esa vieja, volveremos a hacerlo, y si de paso tenemos que pateárselo al tipo ese, quien quiera que sea, no escatimaremos en esfuerzos para hacerlo.

―Por supuesto que lo haremos.


Bueno damas, para las que esperaban mi relato de la noche de bodas de la doña Elizabeth, no sientan pena, porque les haré un capítulo especial y candente entre este nuevo matrimonio, ¿les parece? Jejeje

Mandé al ogro de vacaciones por unos días, porque para lo que se viene, va a necesitar mucha energía, eso ya lo veremos dentro del próximo capítulo. ¿Me acompañarán?

Muchas gracias por vuestros comentarios, como siempre, por sus lecturas, su buena onda, en fin, por seguir acompañándome.

Gracias a mi querida Gaby Madriz, beta de esta historia y amiga de mi alma, a doña Manu de Marte por dedicación en la creación de los banners y adelantos, y todo eso, y a mi Cuchu Maritza Madox, mi gran apoyo.

Gracias a todas, y nos reencontramos la próxima semana, ¿si?

Abrazos!

Cata!