¡EL OGRO HA VUELTO!
A LEER DAMAS
Capítulo 11.
Carmen y su sobrina Bella, compartían una taza de café en la cocina, después que Edward se hubiera dirigido a su oficina aquel lunes, después de haber pasado unos estupendos cuatro días fuera de la ciudad. Parecían haber renovado las fuerzas y pareciera también que este matrimonio había renovado el amor que se tenían, aunque Edward sostenía que no sentía que tuviera que renovar los sentimientos por su mujer, porque esto lo hacía cada mañana cuando se despertaba, cuando sentía que una vez más volvía a enamorarse de ella.
―Clary llegó a soñar con caballos y vacas ―comentó Carmen sobre la niña, mientras soplaba su café para enfriarlo. Bella sonrió y limpió su boca, descansando sus codos sobre la mesa redonda.
―Fue quien más disfrutó del paseo. Edward estuvo pensando incluso en la idea de tener nuestra propia casa en ese sector, y le pidió a Clark, el cuidador de la casa donde estuvimos, que estuviera pendiente si una propiedad se vendía.
―Sería estupendo.
― ¿Y cómo estuvieron las cosas por aquí, tienes alguna novedad?
Carmen miró el oscuro contenido de su taza y carraspeó, recordando lo que había sido su fin de semana, llena de novedades, al menos para ella.
―Uhm… sí, bueno…
Estaba nerviosa, como una chiquilla de quince que debía contarle a su madre que el chico que le gustaba se le había declarado y que le había propuesto ser su novia, o algo así. El fin de semana que compartió con Damian fue muy reveladora para ella, con cada minuto que pasaba a su lado se daba cuenta que la vida de soledad que había llevado hasta ahora valía la pena si al final iba a encontrarse con un hombre como Damian, que la valoraría y la amaría con la madurez de dos personas adultas, seguras de sus sentimientos… porque eso le había dicho el suegro de su sobrina a ella, el pasado sábado después de compartir todo el sábado con él y Beatriz. Pero no fue solo eso, no fue solo aquella declaración que venía a reafirmar lo que hace algún tiempo él le había hecho saber, sino su siguiente proposición.
― ¿Tía? ―Bella removió el hombro de su tía, que se había perdido en el mar de sus recuerdos, la que se sobresaltó cuando su sobrina la removió, olvidando donde y con quien estaba―. ¿Pasa algo?
―Yo… la verdad es que tengo que hablar contigo.
―De qué se trata ―quiso saber Bella, haciendo a un lado la taza vacía, pensando en que aún tenía tiempo de hablar con Carmen antes de irse a trabajar.
―Se trata de mí… y… ejem… ―jugueteó con la medalla de oro que bella le regaló en nombre de Clarisse para su pasado cumpleaños― de Damián.
Bella alzó sus cejas delineadas y mordió su labio inferior para esconder su sonrisa. Le parecía divertido que su a su tía le costara tanto hablar de ese tema. Se quedó en silencio y simplemente asintió con la cabeza, para que Carmen continuara con su difícil relato.
―Bueno, tú sabrás que él y yo hemos… estado saliendo y… y las cosas entre nosotros están funcionando mejor de lo que yo habría esperado ―jugueteó con su taza medio vacía mientras hablaba, alternando su vista hacia el objeto entre sus manos y su sobrina―. Yo no pensé que esto iba a pasarme a estas alturas de mi vida…
― ¿Y por qué no? ―interrumpió Bella―. Eres atractiva, noble, trabajadora, ¿por qué no iba a ser tu turno de que alguien te amara?
―Porque toda la vida estuve esperando que esto sucediera, que ya había perdido las esperanzas. Cuando conocí a Damian, jamás se me pasó por la cabeza imaginar que precisamente él iba a ser el hombre del que yo… del que yo…
― ¿Estás enamorada?
― ¡Sí, y como una adolecente! ―Afirmó rápido, sin lugar a duda, riéndose de los nervios―. Y lo mejor es que él me ama también. Desde su primera esposa, la madre de Edward, nunca se había dado la oportunidad de sentir lo que siente por mí, quizás porque al reencontrarse con sus hijos y vengar la muerte de Clarisse, cerró una etapa, limpió sus heridas, ya sabes.
―Te entiendo. ―Bella extendió sus brazos sobre la base de la mesa y tomó las tibias manos de su tía entre las suyas, para hablar con sus palabras teñidas de emoción―. Me siento absolutamente feliz por ti, tía. No puede haber un hombre más perfecto para ti, que te ame como tú te mereces ser amada, después de todo lo que has sacrificado para pasar de vivir tu vida.
―No he sacrificado nada, hija, lo he hecho con gusto…
―Lo sé, y eso mismo te hace merecedora de todo ese amor que Damian te está profesando.
―Sí… ―Carmen limpió una lágrima que cayó por su mejilla, y sonrió recordando lo que fue su fin de semana―. Tuve la oportunidad de compartir con él y con Beatriz más íntimamente, ya sabes… y ella también nos dijo que estaba feliz por nosotros. Me quiere y yo la quiero a ella.
―Me alegra que no sea una de esas adolecentes que odia a las parejas de su padre…
Ambas se carcajearon y después de unos segundos de silencio, Carmen inspiró y esta vez ella apretó las manos de su sobrina, a quien quería como hija, para con voz solemne, decirle sin rodeos:
―Damian quiere que me vaya a vivir con él. Quiere comenzar a vivir la vida con migo.
Bella se quedó mirando a su tía después que ella le hubiera dicho eso, pestañeando, como si necesitara entender o como si su tía le estuviera hablando en otro idioma inentendible para ella. Quitó sus manos de las de su tía y las escondió bajo la mesa, retorciéndolas entre sí.
―Si… si ustedes ya están pensando en eso, es porque ya llevan mucho tiempo viéndose a escondidas ―verbalizó sus pensamientos con tono ofendido―. ¿Por qué no confiaste en mi, tía?
―Bella, no hemos llevado una relación a escondidas como piensas, porque no estamos en edad para eso, como comprenderás. Simplemente quisimos ser discretos, hasta ahora que nos dimos cuenta de lo mucho que nos queremos y de lo mucho que deseamos estar juntos de aquí en adelante.
―Pero… pero… ― la voz de Bella sonaba quebrada, con profundos deseos de llorar no sabe bien por qué, o quizás sí lo sabía pero no quería reconocerlo, pues la idea de ya no compartir hogar con su tía, le causaba una pena inexplicable.
―Bella, hija ―Carmen suspiró y rápidamente movió su silla hasta quedar muy cerca de la de su sobrina, a la que abrazó con fuerza, hundiendo Bella su cara en el hueco del cuello de su tía y sintiendo como la mano delicada de Carmen acariciaba su cabello―, como dijiste, siempre he renunciado a vivir mi vida, pero no quiero más, no ahora que he encontrado a alguien con quien verdaderamente quiero compartirla, ¿lo entiendes, verdad?
―Sí tía ―respondió Bella, al cabo que levantara la cara desde su escondite―, perdóname… yo solo… voy a echarte mucho de menos…
― ¡Oh, cariño! ―Con ternura, puso un mechó de pelo detrás de la oreja de su sobrina, mientras le hablaba―. Estás reaccionando primero como si me fuera a mudar de planeta, cuando apenas me voy a mover un par de cuadras; segundo, como si ya mis maletas estuvieran listas para irme ahora mismo, cuando si siquiera nos hemos propuesto una fecha, y por último, lo dices como si me estuviera yendo con un completo desconocido.
―Muy suegro mío puede ser Damian, pero aun así estaré al pendiente de cómo se comporte contigo, y si te hace sufrir, pues te traigo de regreso.
―Gracias, nena ―se rio por la forma en que su sobrina la defendería y la emoción crepitó dentro de ella por la forma en que amaba a esa chica y la suerte de tenerla a su lado, incondicionalmente.
Después de aquel extenso pero esclarecedor desayuno, Bella se encargó de dejar levantada y desayunada a su hija, y tras arreglarse rápidamente, partió rumbo a su oficina llegando a su puesto de trabajo cerca de las diez y media de la mañana, justo para atender una reunión de planificación con unos nuevos clientes, que requerían un rediseño de su imagen corporativa, siendo Bella la especialista en ese tema. Luego de salir de la reunión llena de ideas para ese nuevo proyecto se ubicó tras su laptop y comenzó a lanzar ideas sobre diseños y colores pasándosele la hora muy rápido, hasta que alzó su vista cuando su ayudante le avisó que tenía una visita, como un nuevo cliente.
―Antes que lo haga pasar, ¿quieres que pidamos almuerzo? Te veo tan ocupada y ya estamos sobre la hora, que quizás no alcancemos a salir…
—Es una buena idea, gracias ―dijo Bella, sin sacar la vista de la pantalla del ordenador—. Ahora haz pasar a… ¿quién me dijiste que era?
—Se presentó como Liam Patterson.
Automática y violentamente, Bella alzó su cara de la pantalla del computador y miró a su ayudante con ojos desorbitados. ¿Había oído mal? Quizás era Tyler el que la buscaba y no… quien ella creyó oír.
― ¿Quién dices que me espera?
―Dijo que se llama Liam Patterson… ¿pero por qué pones esa cara? ¿Está mal que él haya venido?
Esa era una buena pregunta, pensó Bella, poniéndose de pie y alisando nerviosamente su falda plisada, agitando la cabeza en negativa.
―No… yo… simplemente no me lo esperaba… ―miró su teléfono que había dejado sobre su escritorio, pensando en llamar a su ogro marido, ¿pero para qué, para preocuparlo? O quizás sus guaruras ya habían visto llegar al hombre y ya le habían avisado a Edward… pero no lo conocían, ¿cómo iban a reparar que era él quien entró allí?
― ¿Bella, estás bien?
Cuando su asistente, le hizo la pregunta, bella se dio cuenta que se había quedado muda, con los engranajes de su cabeza trabajando a todo dar. Entonces decidió tranquilizarse y obligarse a tomar el asunto entre sus manos. Ese hombre ni soñando podría evitar hacerle algo, porque ese era su territorio.
―Hazlo pasar, por favor ―dijo, mirando por última vez su teléfono móvil, pensando en dejarlo encima por si tenía que llamar a alguien de urgencia.
Se arregló el cuello de su blusa negra y colocó su cabellera tras la espalda mientras esperaba que el hombre apareciera en su oficina, quedando ella muda de la impresión cuando lo vio. Recordó la impresión que sufrió cuando años atrás conoció a Damian, su suegro, pues su edad no hacia mermar el atractivo en ese hombre moreno, alto y elegante que le sonrió al verla, caminando hacia su escritorio, para al llegar extenderle su mano en señal de saludo.
―Soy Liam Patterson, y le agradezco que me recibiera sin una cita previa. ―Liam apretó fuertemente la mano pequeña y blanca de la atractiva mujer, que sus ojos codiciosos no se abstuvieron de mirar, siempre con su sonrisa lobuna en los labios.
Bella tragó grueso y forzó una sonrisa tensa, prácticamente arrancando su mano del agarre del hombre, que la miraba intensamente con aquellos ojos negros, deseando haber pasado de recibirlo.
―Señor Patterson, tome asiento por favor y cuénteme qué lo trae por aquí. ―En lo que ella se acomodó en su asiento, intentó no olvidarse de que estaba en su territorio y que la imponente presencia de ese hombre que a simple vista parecía peligroso, no podía intimidarla.
―Bueno, verá, la filial más pequeña de una de mis empresas necesita una renovación en su imagen corporativa, y he sabido que esta empresa tiene una buena crítica por sus trabajos realizados. Además se, que se independizó de la otrora empresa de Elizabeth Masen, ¿no es así?
―Así es ―respondió ella, sin darle mayor importancia. "Ay, Dios, pero cuando Edward supo que estuvo aquí… si es que ya no lo sabe…"―. Pero hábleme del trabajo que quiere que realicemos, qué tipo de empresa es, qué modificaciones cree usted que necesita, o qué…
―Usted es la esposa de Edward Masen, ¿verdad? ―Preguntó, desviando sus negros ojos hacia el retrato de su hija sobre el escritorio―. ¡Y esa pequeña debe ser su hija!
Su pecho se estaba sintiendo apretado, con la misma sensación de incomodidad que sintió al momento de conocer a Elizabeth Masen, el mismo peligro inminente que rodeaba a esa mujer lo estaba sintiendo en ese hombre, a quien no demoraría en sacar de su oficina.
―No tengo tiempo para hablar de mi vida privada ―se obligó Bella a decir en tono cortante y seguro, haciendo a un lado el temor que palpitaba en su pecho―, tengo un montón de trabajo, y si requiere de nuestros servicios, tendrá que pedir una cita y un equipo de trabajo que se le será asignado.
―Mi hijo trabaja para su marido, ¿lo sabía? ―continuó él, haciendo a un lado la tan ruda forma con que la señora había hablado, pareciéndole a él más que nada, gracioso. Bella encogió los dedos de sus pies y apretó los dientes, pensando en que Tyler no tenía nada que ver con su progenitor, y que el joven arquitecto era mil veces mejor que ese hombre que ostentaba poder, con aquella postura displicente, como si siempre se estuviera burlando del resto de la gente, a la que él creía inferior.
―No tenía idea, pero le repito, ahora no puedo atenderlo, ni mucho menos hablar de mi vida privada con alguien que no conozco, así que por favor, si me permite ―poniéndose de pie, levantó su mano hasta la puerta, gesto que le indicaba a la visita que era momento de retirarse. Liam soltó una risa divertida y no tuvo más remedio que levantarse también, tomándola por sorpresa cuando tomó la mano de Bella para besare el dorso.
―Pediré mi cita como el resto de los mortales, señora Masen, y será para mí un placer volver a verla. ―Mantuvo la mano de bella en la suya mientras habló y se dio el lujo de darle un ligero apretón antes de liberarla, y salir del pequeño espacio, con su sonrisita socarrona en los labios.
Cuando estuvo ella a solas, se dejó caer en su butaca y lo primero que hizo fue levantar el auricular para comunicarse con su ayudante y advertirle que si ese hombre pedía cita, no se la diera sino para dentro de dos años, que le inventara cualquier excusa, pero que ella no lo recibiría ni muerta.
Miró su teléfono móvil que estuvo inusualmente silencio durante toda esa visita, que le dejó las rodillas temblando, pensando si era sensato llamar a su marido y contarle lo ocurrido, o quizás mejor sería esperar hasta la noche y contárselo cara a cara, porque si no había recibido llamado alguno, era porque David, el chofer y guardia que la custodiaba, no había reparado sobre la llegada de Liam.
―No, no voy a inquietarlo ahora ―pensó en voz alta, jugando con el teléfono entre sus manos―. Mejor será que afronte la ira de mi ogro en vivo y en directo.
Después de eso, se echó hacia atrás e inspiró profundamente para relajar sus tensos músculos, aunque sin poder hacer a un lado la sensación de intranquilidad que la visita de ese hombre dejó en ella.
**oo**
El ogro Masen se levantó de su sillón abrochando los botones de su chaleco de vestir gris claro y se aprestó a recibir a su visita, el que estaba en ese momento entrando a su oficina en compañía de Victoria, la que dejó para él, una carpeta marrón con el logo de la empresa con unos documentos que debía firmar, mientras el anfitrión extendía su mano y saludaba al arquitecto.
Tyler, de la misma estatura de Edward aunque con un cuerpo mucho más trabajado en horas de gimnasio y disciplina marcial, vistió aquella mañana un jeans oscuro con una camisa blanca y una corbata del mismo tono oscuro del pantalón, con una americana negra que completaba su atuendo semi formal. Él hubiese deseado vestir sus gastados jeans, sus camisetas y sus botas, pero su persuasiva madre le convenció que no estaba en edad para vestir como un adolecente, menos cuando tenía que ir a presentarse a las oficinas de sus jefes, y mucho menos si tenía otras reuniones de trabajos a lo largo de la jornada, aunque a Edward, la verdad, poco le importaba como fuera vestido, pues lo que verdaderamente le interesaba, era saber con lujo de detalle sobre el dichoso almuerzo que Tyler tuvo con su padre, hacía tres días atrás. Además era un buen profesional, no tenía nada por qué protestar.
Le ofreció asiento en los sofás apostados a un costado de la amplia oficina y esperaron para hablar hasta que Victoria estuvo fuera del perímetro.
―Te agradezco que hayas venido ―le dijo Edward, sentándose en el sillón individual a un costado de donde el arquitecto se había ubicado.
―Hubiera deseado traerte algo más concreto, o quizás que te sirviera de más ayuda, pero espero que en los próximos encuentros pueda sonsacarle algo que contenga más relevancia ―se lamentó Tyler, haciendo una mueca con su boca. Edward arrugó la frente y negó con la cabeza.
―No quiero que levantes sospechas. Si preguntas demasiado, él puede llegar a intuir que nos estás ayudando.
―Liam suelta preguntas sobre ti sin darse por enterado que yo pueda venirte con el chisme, ni siquiera soy yo el que hace las preguntas. Además, le dije que no teníamos contacto directo, porque yo me entiendo con otros ejecutivos del holding, aunque dejé entrever que no eras de mi completo agrado.
―No me digas… ―levantó una de sus cejas, acomodándose en su sitio. Tyler se alzó de hombros, afirmando sus codos sobre sus rodillas flectadas.
―Fue un anzuelo, y si vuelve a aparecerse ante mí con preguntas o planes, será porque dio resultado.
―Ya lo veremos. Pero dime, por favor, qué fue lo que te dijo.
―Sobre lo que puede importarte: sabe quién es Elizabeth Masen. No reconoció ningún tipo de relación cercana con ella. Cuando se lo pregunté, simplemente me dijo que era bueno estar informado. ―Carraspeó y continuó―. También sabe sobre ti, quien eres y lo que tienes. Debo reconocer que le lancé un señuelo sobre la forma en la que has podido construir este imperio, y él me dijo, como conocedor del tema, que los empresarios no son blancas palomas, dando a entender que podías estar escondiendo algo. Pero lo que llamó mi atención, fue cuando me advirtió que probablemente el misterio que rodea tus empresas y como se gestaron, salieran a la luz… o algo así.
Edward estrechó sus ojos al oír eso, prestando suma atención al relato de don musculitos, poniendo en marcha los engranajes en su cabeza, que intentaban poner en marcha sus teorías.
―Decir que este es mi imperio, seria estar siendo desleal. Es de dominio público que esta es una sociedad, no es solo mía, y entres mis colaboradores la hemos sacado adelante, desde los tiempos de la universidad ―meditó en voz alta―. No tengo nada que esconder sobre los activos y las ganancias que manejamos, todo ha sido bajo el amparo de la ley, así es que si la vieja esa se contactó con Patterson para que investigara la procedencia de mis negocios, pues no sacará mucha ventaja, todo está en orden.
Cuando lo dijo, Tyler supo que Edward hablaba sin aparentar, sino con la calma de quien no ha hecho nada fraudulento, creyéndole en absoluto lo que Edward aseveraba con tanta calma.
― ¿No te preguntó nada más?
―Desde que sabe que trabajo para ti, siempre me ha preguntado cómo van las cosas contigo…
― ¿Cómo supo que trabajabas para mí?
―Me temo que yo se lo dije, y si mal no lo recuerdo, se llevó una sorpresa cuando se lo dije… digamos que me quería lucir un poco ―reconoció, alzándose de hombros―. Desde ahí, cada vez que va a verme, pregunta por ti, pero nada de relevancia, hasta esto último que comentó y que llamó mi atención.
―Entiendo.
―Seguro insistirá en seguir acercándose a mí con la vena paterna que le nació de un día para otro…
― ¿Y no deseas tú… acercártele? ―Preguntó dubitativo el ogro, pero Tyler de inmediato negó con la cabeza.
―No confío en él, Edward. Y aunque se oye sincero cuando dice que quiere que lo vea como mi padre, para mí eso es imposible. Ya soy un hombre que ha vivido toda su vida sabiendo que su padre no lo quiso, que no tuvo tiempo para él. Me ha bastado con el amor de mi madre y lo que ella me ha dado. No lo necesito, y si alguna vez deseé que él me reconociera como su hijo, pues eso fueron sueños de niño, algo que ahora no está en mis deseos.
Si bien era cierto y Edward había crecido creyendo que su padre lo había abandonado junto a su madre enferma y a su pequeña hermana, se dio cuenta más tarde que eso no fue cierto, y que para colmo, la cola de Elizabeth, había estado metida para que eso sucediera, por eso él finalmente le dio una oportunidad a su padre, cuestión de la que no se arrepiente. Pero la historia de Tyler era diferente: Liam, su padre, dudó de entrada que él fuera su hijo, más tarde, simplemente, no encontró tiempo en su agenda para ser padre y para compensarlo, enviaba cheques o costosos regalos para su hijo, los que pocas veces disfrutó. Nunca le tendió una mano ni nunca sintió orgullo por él… hasta ahora, que dice tenerlo, deseando poder recuperar todo el tiempo que perdió al ser un padre ausente. ¿Pero justo en ese momento, donde Tyler se estaba labrando su propio camino, codeándose con gente exitosa?
―Así que despreocúpate si crees que sus palabras van a remover mi corazón y finalmente vaya a aliarme con él, porque no sucederá. Puedes confiar en mi palabra.
Edward se lo quedó mirando, intuyendo también que el arquitecto hablaba con total sinceridad, por lo que asintió y se quedó tranquilo, sabiendo en Tyler un nuevo colaborador para su equipo. Solo esperaba no equivocarse.
―De momento, vamos a hacer que todo siga igual, para no levantar sospechas frente a Liam o a cualquiera que pueda tenernos los ojos encima. Ya durante el transcurso de los días, veremos con qué sorpresita nos sale, y planearemos en la marcha.
―Como digas, jefe ―concordó Tyler, sumándose así a la fila de aliados en contra de la vieja urraca Elizabeth Masen y Liam Patterson, su poderoso secuaz.
Y hablando de Liam, el importante empresario llegó al centro de reclusión especial, donde su esposa pasaba sus días, con un montón de novedades que esperaba él, arreglarían su tedioso día. Apenas esperó cinco minutos en la sala de espera, hasta que la enfermera la empujó en su silla de ruedas y la puso a un lado suyo, momento en el que Liam se apresuró en tomar la mano de su mujer y besarla intensamente.
—Mi querida esposa ―se apresuró en sonreírle y hablarle con zalamería como solía hacerlo, sin soltarle las manos, mientras ella inspiraba y lo miraba de reojo. ―Si las circunstancias hubieran sido otras, tu y yo en este momento, estaríamos paseando por algún país de Europa, disfrutando de nuestra luna de miel
―No sé qué pretendes diciéndome todas esas cosas ―Violentamente se soltó de las manos de Liam y lo miró fríamente―. Si crees que voy a derretirme con esas palabras, y suspirar como niñata enamorada, estás muy equivocado. Sé lo que quieres, sé por qué hiciste esto de ayudarme, y no fue por caridad. Conozco a los tipos como tú, así que no te desgastes en aparentar, porque no me trago ni una sola de tus palabras, ¿lo comprendes? Ahora dime, cómo van las cosas que realmente nos interesan…
―Ay, Elizabeth, mí querida Elizabeth. Has enterrado un puñal en mi corazón con tus palabras tan frías ―tomó la barbilla de la mujer y la obligó a mirarle, ya que insistentemente se mantuvo apuntando a otro lado que no fuera el rostro de Liam―. ¿Por qué pones en duda que te trataría como mi esposa si no estuvieras aquí? ¿De verdad crees que es mucho lo que yo puedo sacar de ganancias, si no tienes nada? Estoy poniendo en juego mi nombre, mi reputación, así que mantente una predisposición más cordial conmigo, Elizabeth.
Elizabeth estrechó sus ojos claros y cansados hacia él, sin el menor atisbo de remordimiento, alejando de un manotazo la mano de Liam que sujetaba su barbilla.
―Mejor dime qué novedades me tienes, Liam.
―Bueno, apuesto mi fortuna que no adivinas a quien visité justo antes de venir hasta aquí…
―No te habrás atrevido a presentarte delante del imbécil de Edward…
―No… pero cerca… ―le guiñó el ojo y cruzó sus brazos sobre la mesa redonda― tuve el inmenso placer de estar nada menos que con la señora Masen… ―Elizabeth tensó su mandíbula y miró con furia a su marido
―Ya te lo dije una vez, Liam, yo soy la jodida señora Masen, no a esa puta aparecida, si es que te refieres a la esposa del trastornado de mi nieto…
Liam torció la boca, y tras suspirar, descruzó sus brazos y se hizo hacia Elizabeth, quedando muy cerca de ella, hablándole en tono ronco —Dos cosas: la primera es recordarte que ya no eres la señora Masen, sino la señora Patterson; y la segunda cosa es que claro que se trata de ella, y debo admitir que tiene su carácter, es una fierecita… un encanto, muy atractiva en verdad. Tu nieto tuvo mucha suerte, si me permites decir…
―Suerte es lo que se le va a acabar muy pronto, ¿no es así, Liam?
―Esta misma tarde, el imperio de Edward Masen se va a tambalear, porque se le entregará la notificación a sus abogados de la reapertura del caso de malversación de fondos, donde te viste envuelta, mi querida Elizabeth, por lo que muy pronto me veré cara a cara con tu querido nieto, ¿no te da gusto?
Elizabeth inspiró profundo y enderezó su postura, sintiendo finalmente que su venganza había comenzado, porque como que se llamaba Elizabeth Masen, seguiría molestado a Edward cual pulga en la oreja, desesperándolo hasta el punto de tirarlo al piso, y aunque ella no ganara nada, aunque su imperio no retornara a ella como esperaba sucediera, se sentiría pagada al saber a Edward con su vida en las ruinas, porque despojarlo de sus riquezas era su primer objetivo, y hacer que la estúpida de la muchacha que tiene por esposa y esa hija que engendró lo abandonaran, sería su próximo objetivo.
Y la noticia llegó irremediablemente a las manos de uno de los abogados, quien tras abrir el sobre de la notificación proveniente de la fiscalía, alzó sus cejas, no sorprendiéndole del todo la noticia, juicio que comenzaría a llevarse a cabo dentro de veinte días, aunque lo que sí le sorprendió, fue el segundo sobre, que lo hizo levantarse de un salto de su sillón y salir disparado directo a la oficina de su amigo Edward, que en ese momento leía unos documentos con mucha atención.
― ¿Qué? ―preguntó el ogro a su amigo cuando Emmett se quedó afirmado en la puerta recién cerrada. Hizo una mueca y caminó hacia el escritorio de su amigo, sentándose frente a él.
―La notificación del tribunal ―indicó Emmett, extendiendo el sobre blanco hacia Edward, que se lo quedó mirando antes de tomarlo entre sus manos, abrirlo y sacar el documento, donde escuetamente se explicaba la reapertura del "Caso malversación de fondos "Masen & Co" donde había sido sindicada como autora intelectual la vieja urraca de Elizabeth. Según el documento judicial, la reapertura se dio luego de la solicitud que entabló la parte demandada, y tras semanas de investigación, se encontraron algunas aristas en el caso que dieron luz verde para volver a investigar.
―Es lo que nos esperábamos ―dijo, pensativo, releyendo el documento. Pero Emmett restregó sus ojos con la palma de una de sus manos, antes de extenderle el segundo sobre en completo silencio―. ¿Y esto?
―Será mejor que lo leas por ti mismo.
Y fue lo que el ogro Masen hizo: en resumen, la segunda carta judicial dirigida a él, le informaba de una demanda levantada en su contra por los representantes de la señora Elizabeth Masen, acusada de los delitos de malversación de fondos, tráfico de influencias, cohecho, entre otros, alegando ella completa inocencia por esos cargos por los que fue inculpada, relegando sobre él esa culpabilidad, cuestión que sería sometida a investigación y a su posterior juicio.
Las manos de Edward comenzaron a temblar y el documento sufrió las consecuencias de la ira que comenzó a brotar de él. El papel acabó arrugado en su puño, el mismo puño que dejó caer sobre la base firme de su escritorio, una y otra vez, como desquitándose con el mueble, y que sobresaltó a Emmett, que no le había quitado los ojos de encima a Edward mientras leía, viendo en su rostro las distintas fases emocionales, que pasaron desde la concentración, el asombro y finalmente la ira.
― ¡Maldita vieja urraca! ¡Vieja de la puta mierda! ―gritó cual energúmeno, golpeando la mesa con violencia, y no conforme con eso, agarrando todo lo que reposaba sobre su mesa y lanzándolo al piso, pasando a botar de paso, el retrato de su mujer y su hija, que estallaron en el suelo. Edward gruñó y rojo de ira se puso de pie, desatándose el nudo de la corbata que parece lo ahogaba, comenzando a caminar de un lado a otro alrededor de su oficina como león furioso enjaulado.
Emmett, que se había sobresaltado por el arranque de rabia de su amigo sin tener tiempo de reaccionar, suspiró y se levantó también con la intención de tranquilizar al ogro furioso, que se pasaba las manos por el cabello y se lo jalaba, mientras maldecía a la vieja.
―Edward, esto será más como una pérdida de tiempo. Sabes que ella no puede inculparte de nada…
― ¡La movieron del reclusorio porque alegó demencia senil!, ¿lo entiendes? ―Gritó otra vez en respuesta, con su rostro rojo de rabia. Sentía que era una bomba a punto de estallar por culpa de la vieja de mierda―. Esa maldita vieja está consiguiendo cosas que sola jamás hubiera logrado, y ese maldito de Patterson debe estar detrás de eso, lo sé maldita sea, y con la cantidad de dinero y contactos que tiene, podría incluso hacer que saquen de la cárcel a la vieja esa…
―Es homicida, no la dejarán salir…
― ¡Ya salió, maldita sea, ya no está en la cárcel! ¡Mierda, mierda! ―Gritó otra vez, fuera de sí. Emmett se percató e intentó persuadirlo de tranquilizarse. Se acercó a él y puso una mano sobre el hombro tenso de su amigo.
―Cálmate, amigo…
― ¡¿Cómo mierda quieres que me calme, cómo quieres que me calme?! ―Y una vez más alzó la voz en respuesta a su amigo, sobresaltándolo otra vez. Entonces cerró los ojos con fuerza e intentó respirar, abriendo y cerrando sus manos, intentar hallar aunque sea un poco de calma, ya que no se podía dar el lujo de tener esos cuadros psicóticos que hace más de dos años no sufría―. Tendría que haber matado a esa vieja…
― ¡Claro, una buena solución! ―Exclamó Emmett con ironía, apartándose un poco―. Para tu esposa y para tu hija hubiera sido toda una aventura ir a visitarte a la cárcel, ¿verdad?
―Cierra la maldita boca, Emmett…
―Escúchame, Edward ―le pidió, antes que el ogro comenzara a maldecir el su contra―, ya una vez esa vieja fue inculpada por esos delitos. Las pruebas que presentamos a la fiscalía fueron claras, contundentes y determinantes. ¿Qué crees que pueden haber encontrado en dos años? ¿Pruebas que te inculparan?
―No puedo relajarme, por más seguro que esté de mi inocencia en lo que sea que la vieja me culpe, menos cuando ese tipo, Patterson, esté ayudándola no sé por qué, a cambio no sé de qué.
―Mira, creo que lo mejor será preparar un plan de contingencia, y tendremos que contar con la colaboración de Tyler. Él ahora es el único que puede ayudarnos a saber qué es lo que quiere, qué va a sacar con todo esto…
― ¡Joder, mierda! ¡Maldita vieja del demonio! ―Se giró y afirmó sus puños cerrados sobre uno de los ventanales de su oficina, mirando hacia el exterior―. Pero te aseguro que volveré a meter el arrugado culo de esa vieja a la cárcel, cueste lo que cueste.
―Lo haremos, Edward. Ahora debemos reunirnos con los demás y planear los pasos a seguir.
―Estoy tan cansado de toda esta mierda, Emmett… quisiera… quisiera tomar a mi mujer y a mi hija para irnos lejos de esta mierda…
―No eres un tipo que escape de los problemas, Edward. Aunque si me lo pidieras, yo te ayudaría a alejarte de todo este embrollo, pero sé que no es así como debemos actuar. Vas a dar la cara, porque no tienes nada que esconder, y cuando lo demostremos, no vamos a tener piedad con la vieja ni con el estirado amigo suyo.
―Eso espero, Emmett. Eso espero.
Caminó otra vez hasta su escritorio, donde alrededor del mueble había un sinfín de papeles y otros objetos tirados en el suelo, inclinándose para recoger el retrato de sus mujeres que lo miraban sonriente. Podrían hacerle daño a él, la vieja podía írsele en picada, pero por su vida que no permitiría que tocara a sus mujeres, porque ahí sí tendría que vérselas con él y como dijo su amigo Emmett, no tendría piedad con ella, no tuvo piedad antes y no la tendrá ahora. Se olvidaría de todo y la mandaría al infierno, donde esa vieja tendría que estar.
Después de una larga reunión con su grupo de colaboradores de siempre, menos Garrett y Kate por cierto, Edward decidió marcharse a casa cuando ya la noche había caído, sintiendo una carga pesada sobre sus hombros. Por la hora, supuso que no encontraría despierta a su hija, y quizás fuera para mejor porque no podría ocultar su ánimo con ella y no quería corromperla con su mal humor.
Esperaba relajarse, aunque sabía eso era una falacia, pero esperaba tener un momento de paz con su mujer. Pero como se dijo anteriormente, no iba a ser lo más probable, sobre todo cuando caminó hasta la cocina y vio a su mujer sentada, aferrando su taza de café entre sus manos, regalándola una tirante y nerviosa sonrisa.
―Llegas tarde ―le reclamó ella, débilmente. Apenas respondió Edward con un "Ajá" sentándose al otro lado del mesón, con sus codos afirmados sobre la encimera. Inspiró, mirando sus manos, y levantando sus ojos cansados hacia ella, estrechándolos como queriendo leer ese nerviosismo en ella―. ¿Qué?
La pregunta nerviosa salió de los labios de Bella después que su marido la evaluara detenidamente y en silencio.
― ¿Tienes algo interesante que contarme? ―Preguntó él después de un rato. Ella parpadeó rápido y dejó la taza sobre la encimera.
―Uhm… sí, un par de cosas ―carraspeó, y decidió partir con lo agradable―. Creo que mi tía y Damián van en serio. Decidieron irse a vivir juntos, dentro de un tiempo.
―No me digas ―respondió sin entusiasmo. Debería estar feliz por su padre y Carmen, pero no estaba en condiciones para celebrar―. No me lo comentó hoy que nos vimos… es bueno que Carmen y Damian hagan su vida, ¿no crees?
―Claro que lo creo; incluso Beatriz está feliz por ellos y muy entusiasmada con la idea.
―Es bueno.
Se quedaron en silencio, sintiendo la tensión rondar sobre ellos. Ella pensaba que Edward ya estaba enterado de la visita que tuvo durante la mañana y seguramente se estaba aguantando de explotar hasta que ella lo reconociera. Pero Edward no tenía idea, aunque intuía que algo ocurría. Por eso esperó en silencio a que su mujer continuara.
―Yo… recibí una visita extraña esta mañana ―miró a su marido, mordiéndose el carrillo del labio por los nervios y bajó la vista, encomendándose a los santos, porque sabía que allí estallaría una especie de bomba, lo sentía por el comportamiento tan contenido de Edward―. Liam Patterson fue a verme.
Lo oyó sisear, provocando que ella levantara la vista, viéndolo apretar el puente de su nariz entre los dedos, con los parpados cerrados con fuerza, conteniéndose.
― ¿Y por qué maldita razón me estoy enterando hasta ahora de eso? ¿En qué maldito lugar estaban esos ineptos que contraté para que te cuidaran? ¡Es intolerable! ―Se puso de pie, con la idea de ir hasta ellos a ponerlos de patitas en la calle, no sin antes dedicarles unas cuantas palabras. Bella lo supuso y rápidamente se levantó y llegó hasta él, sujetándolo por el brazo. Edward se detuvo en seco y miró la mano de Bella donde lo tenía sujeto, enseguida mirándola con aprensión, tanta que la hizo tragar en seco.
―No lograron verlo ―muy nerviosa se apresuró en comentar―. Él entró en su coche hasta el estacionamiento subterráneo del edificio. Apenas estuvo cinco minutos, yo misma le pedí que se retirara. Llegó con la excusa de querer contratar nuestros servicios, pero no acabó de decirme lo que quería, porque empezó a hacer… preguntas personales.
― ¿Preguntas personales?
―Sabía que antes trabajábamos para Elizabeth. También sabe que soy tu esposa y me comentó que su hijo trabajaba para ti. Yo me hice la desentendida, y cuando quiso seguir indagando, le pedí que se fuera…
― ¡Maldita sea, mujer! ―Movió su brazo para soltarse de su pequeña mujer, que lo miró con ojos muy abiertos―. Esta es la jodida guinda de mi maldito día. ¡¿Por qué mierda no me llamaste, o por qué no te rehusaste a verlo?!
―Yo… sentí… curiosidad…
― ¡¿Curiosidad?! ―Espetó con vehemencia―. ¡Tu jodida curiosidad podría llevarnos a un sitio oscuro, Isabella! Te advertí que ese hombre era peligroso, y tú lo primero que haces es recibirlo en tu oficina. ¿No le ofreciste café, galletitas…?
― ¡Te estás pasando, Edward! ―susurró dolida―. No hice nada.
― ¡Ese es el jodido problema, no hiciste jodidamente nada, solo ponerte y ponernos en riesgo!
Bella dio un paso hacia atrás con las acusaciones tan severas en su contra, con la pena estallándole en el pecho y las traicioneras lágrimas desbordando sus ojos. La forma como la miraba, como si fuera la culpable de no sabe qué cosa, como si por su culpa lo peor estuviera por ocurrir. Entonces, sin decir nada, con sus hombros caídos, su espalda encorvada y su cabeza inclinada hacia el piso, caminó fuera de la cocina, mientras que el ogro se quedaba solo, de pie, restregándose la cara con las manos, jalándose los cabellos. ¡¿A caso ella no lograba entenderlo?!
Se sentía ahogado, y sabía que si salía detrás de su esposa, seguiría recriminándola con palabras de las que seguramente se arrepentiría más tarde, por ello decidió salir de la casa. Se metió en el coche y lo arrancó, dirigiéndose a toda velocidad no sabe bien a donde. ¿Qué hubiera pasado si el tipo ese le hubiera hecho algo a su esposa? ¿Qué sería ahora de él? El simple hecho de haberla ido a visitar, y haberle hecho esas preguntas, daba luces de que él estaba bien informado, como se lo había hecho saber a Tyler.
"Ese maldito tipo me está provocando… me está buscando, y me va a encontrar…" meditó el ogro furioso, mientras recorría las calles de la ciudad en penumbras a toda velocidad.
No sabe bien por qué, ni siquiera porque se lo planteó, llegó a aparcar su coche en el viejo edificio de apartamento, donde vivía hasta antes de casarse, el lugar que había sido su bunker impenetrable hasta antes de conocer a la demonio curioso que tenía como esposa.
Subió por el elevador hasta el piso, que después de que acogiera a Garrett en el peor momento de su rompimiento con Kate, había sido ordenado y limpiado por las muchachas del aseo que trabajaban para él. Ahora, y después de estar viviendo hacia don años en un verdadero hogar, aquel espacio le parecía frío e impersonal. Le faltaba el toque que la presencia de su mujer y su hija le daban a cada espacio donde estaban, el toque de vida que a él ya una vez lo sacó de la oscuridad.
Se dejó caer en el sofá, sin detenerse a encender las luces, solo conformándose con la luz que se filtraba por las ventanas desde la calle. Cerró sus ojos y echó su cabeza hacia atrás, intentando pensar con calma sobre todo lo que había ocurrido. ¡Maldito día! y eso que él pensaba que después de aquellos días de relajo con sus mujeres, sus fuerzas se renovarían, su predisposición se teñiría de optimismo, pero todo eso parece quedó en puras intenciones.
Si bien era cierto había oído decir a su grupo de colaboradores, que probablemente esa demanda en su contra no era más que un señuelo desesperado de Elizabeth por intentar sacar provecho de algo, pero él nada malo había hecho, por tanto nada malo tenía que temer. Pero Edward quiso reírse cuando Jacob, con su confianza siempre tan positiva, había dicho eso último, pues sabía que si un hombre con el poder de Patterson se proponía culparlo sabe Dios de qué, lo conseguiría. La justicia de su país estaba manchada de corrupción, ya lo sabía él.
Mientras meditaba en toda la mierda que estaba empezando a alterar su vida, sintió vibrar su móvil en el bolsillo de su pantalón. Con desgana lo sacó y vio el nombre de su padre en la pantalla, que seguro después de la reunión de aquella tarde, se había quedado preocupado. La pantalla iluminada insistía y él evaluaba si responder o no, porque simplemente no quería hablar con nadie, quería estar solo. Aunque claro, había una sola excepción para esa disposición: su demonio. Pero claro, por sus ojos dolidos que vio antes que ella saliera de la cocina, supo que probablemente no se presentaría ahí para él.
Rechazó entonces la llamada, pero a cambio le envió un mensaje a Damian: "Estoy en mi apartamento de soltero. Quiero estar solo, no quiero hablar con nadie. Lo siento".
Dejó el teléfono sobre la mesa de centro y volvió a cerrar los ojos con su cabeza recostada hacia atrás, pensando en una y otra cosa, hasta que después de un rato la puerta del apartamento se abrió. Arrugó su frente y alzando su cabeza, estrechó sus ojos verdes hacia el pasillo que daba a la entrada esperando que apareciera quien quiera que hubiera entrado a su espacio privado. Por la cero reacción de su cuerpo supo enseguida que no se trataba de su mujer, por lo que se disponía a encontrarse con cualquier otra persona.
Para su sorpresa ―o mala suerte― quien apareció en la penumbra, fue la rubia que le había acarreado algunos de los problemas. Se había olvidado completamente que Kate, después de su separación con Garrett, había regresado a su apartamento, que también tenía en el mismo edificio. No era que ella hubiera buscado el mismo lugar para habitar, para estar cerca de él, simplemente el edificio pertenecía a una de las filiales de las empresas que dirigía Edward, y pues en aquel tiempo les pareció un despilfarro vivir en otro lugar, por eso se quedaron allí, cada uno en su apartamento.
―Edward… ―susurró ella, cruzando sus piernas, sujetando la manija de su cartera con fuerza entre sus manos. Vestía completamente de blanco, con un blusón y unos ajustados pantalones capri, que incluso en medio de la oscuridad parecía como si resplandeciera… pero claro, cualquier otra persona hubiera reparado en eso, menos Edward que no dijo nada, regresando a su estado anterior.
―Yo…uhm… ―carraspeó y afirmó su hombro contra el muro― las muchachas del aseo pasaron a dejarme la llave, la última vez que estuvieron aquí. Llegué a mi plaza de aparcamiento y vi tu coche en tu sitio, y bueno… vine para saber cómo estas, si había pasado algo. Rosalie me contó lo que pasó hoy, sobre la demanda…
―Vine aquí porque quería estar solo, Kate. Y dada las últimas situaciones en las que nos hemos visto envueltos, eres la última persona con la que quiero hablar…
―Edward, no me trates así…
― ¡¿Y cómo mierda quieres que te trate?! ―Exclamó con sus dientes apretados, golpeando con sus puños sobre el sofá―. No sé qué le habrás dicho a Garrett, porque fuera de acabar de destrozarlo, me culpó por haberle quitado al amor de su vida, y tuvo la delicadeza de decírmelo mientras estrellaba su puño en mi cara, así que muchas gracias.
―Lo siento, Edward, pero tenía que ser sincera con él…
―Por favor, Kate. ―rio con ironía y sin gracia por el descaro de la rubia esa―. Ahora en serio, déjame solo.
―Habla conmigo, Edward ―prácticamente suplicó, acercándosele muy despacio, hasta quedar sentada a su lado. Mientras él la ignoraba, ella lo miraba allí, tan cansado y preocupado, incluso desvalido, que quiso acercársele más y abrazarlo para confortarlo.
―No puedo creer que todavía estés aquí, maldita sea… ―murmuró Edward, soltando el aire de sus pulmones.
― ¿Cómo… cómo puedo… resarcirme de lo que he hecho, Edward? ¿Cómo hago para que me perdones? ―Preguntó con lastima, poniendo una mano sobre su cuello como sujetando la angustia que se acrecentaba.
― ¿Por qué mierda no me das un espacio, por qué sigues aquí creyendo que voy a preferir tu compañía a la de mi mujer…?
―Por algo estás aquí, solo. Ella te dejó solo con todo este pesar, cuando tendría que estar apoyándote después de todo lo que ha pasado hoy… ―sin poder aguantarlo más, alzó su cabeza y miró a Kate, listo para recriminarle.
―Alto ahí, rubia. No te metas con mi mujer ni con la relación que tengo con ella, ¿me oyes? Ahora levántate, deja las llaves del apartamento sobre la mesa y lárgate de una vez…
―Antes de irme… ―Edward la miró harto, con deseos de estrangularla, pero Kate insistió, juntando las palmas de sus manos, como si le estuviera rezando a un santo en vez de estarle rogando a un ogro―. Debes de saber que por nada hubiera deseado que las cosas llegaran hasta este punto entre nosotros, que si pudiera haber evitado que mis sentimientos se torcieran por ti, lo hubiera impedido. No quería causar daño alguno, pero… sabes como soy, nunca he sido capaz de mantener mi boca cerrada.
―Mierda, Kate ―alegó, agarrándose las greñas y mirando a quien alguna vez consideró como su propia hermana, que seguía insistiendo en estar junto a él, pese a que le pedía que lo dejara sola―. Eras un gran apoyo para mí, Garrett lo era, y ahora… te miro y eres como una desconocida. Garrett me mira y es como si me odiara…
―Lo siento, lo siento mucho por provocar todo esto ―y sin poder sujetar sus deseos, tomó una de las manos de Edward que descansaba sobre la rodilla. El ogro no se apresuró en retirarla, pero si se tensó, ¿pretendería tomar ventaja? Pero estaba cansado de cuestionar todo, solo quería un poco de paz, ¿acaso no era eso posible?
―Ahora, Kate, por favor, déjame solo… ―la rubia torció su boca y lanzando un suspiro lastimero se levantó y se dispuso a marcharse.
―Está bien, pero ya sabes que estoy a solo un par de pisos, por si me necesitas.
―Vale, vale… ahora lárgate, por favor―soltó algo cansado, reacomodándose sobre el sofá.
Kate, antes de desaparecer, se volvió a mirarlo y al verlo allí sentado, con sus pantalones oscuros y su camisa clara, su cabello caoba cobrizo convertido en un verdadero caos y su semblante de hombre atractivo pero cansado, camuflándose entre la penumbra. Suspiró largo y sin decir nada, decidió salir, pensando que no era momento de retirarse del todo, porque quizás y si su suerte cambiaba Edward necesitaría de ella, la llamaría y ella no demoraría
**OO**
Damian había llamado a casa aquella noche para hablar con Carmen, quien lo encontró extraño por su tono de voz.
― ¡Todo mundo anda raro! ―Exclamó Carmen, sentada en su cama en medio de su dormitorio apenas iluminado, sin poder dormir―. Edward llegó, discutió con Bella y salió de la casa. Según ella, llegó muy raro y estalló cuando ella le dijo que había recibido una visita en su oficina….
― ¿A quién recibió Bella que podría haber alterado tanto a Edward?
―Alguien de apellido Patterson, no sé quién es… ―respondió Carmen, y oyó a Damián lanzar un bufido―. ¿Quién es? ¿A caso está celoso de ese hombre?
―Es mucho más complicado, querida. Es quien creemos está de aliado con Elizabeth y quien seguro está detrás de todo lo de la demanda y la reapertura de los casos de delitos económicos…
― ¿Demanda, reapertura de caso? ¿De qué hablas?
―Hoy le hicieron llegar a los abogados el aviso de la reapertura del caso de malversación de fondos, uno de los delitos de Elizabeth. Además, se hizo llegar una demanda en contra de Edward por este mismo hecho. Elizabeth alega inocencia y acusa a Edward, quien estaba frente a la empresa en esa época…
― ¡Ay por Dios! Con razón… ―comentó Carmen muy preocupada―. Edward después de la discusión, salió de la casa y eso hace ya más de dos horas. Bella no sabe dónde está y…
―Está en su apartamento, lo llamé para saber cómo estaba. Presumo quería estar solo para calmarse… si es que eso es posible.
―Bella está muy triste… y yo justo hoy le hablé de nuestros planes. ¡Pensará que la voy a dejar sola en medio de todo esto!
―No, cariño, ella sabe que no somos tan insensibles. Además, nadie va a dejar solo a nadie, menos en este momento, ya pondremos en marcha nuestros planes cuando esto se solucione.
― ¿Será eso pronto, Damián? ―Preguntó, esperanzada, mirando hacia la ventana. Lo oyó suspirar antes de responder:
―Espero que sí, Carmen, de verdad lo espero.
Y mientras Carmen hablaba con Damian, Bella abrazándose a sí misma, miraba por la ventana hacia la calle, con la esperanza de ver aparecer a su marido. Ya era pasado la medianoche y él nada que regresaba. No había querido llamarlo porque salió tan enfadado con ella, que era muy probable que él no quisiera contestarle, pero aun así ella estaba preocupada ¿le habrá pasado algo? Pensaba Bella, proporcionándose calor al friccionar sus manos por sus antebrazos, aunque sabía que ese frío que nacía desde su interior era difícil que desapareciera, a no ser que la presencia del hombre que calentaba su cuerpo y su alma apareciera y se retractara de culparla, aunque retractarse no era una característica de su ogro.
―Tendría que haberlo llamado cuando ese tipo apareció en mi oficina… ―comentó para sí misma, mirando hacia la calle… Entonces sus ojos se abrieron cuando vio dos focos acercarse, mientras la reja electrónica se abría y dicho coche entraba, coche que pertenecía a su marido. ¿Qué haría? ¿Se encerraría en su cuarto, con llave, evitando el contacto con el hombre al que amaba, pero que la sacaba de quicio y a veces sin querer, la lastimaba? ¿O lo encararía y le tiraría toda su furia encima, así como él lo había hecho horas antes?
Edward entró sin detenerse a encender las luces, simplemente por instinto y de memoria caminando por los pasillos de la casa hasta llegar a las escaleras, y ya en el piso superior, condujo sus pasos hasta el cuarto de su hija. No la había visto durante todo el día y necesitaba percatarse con sus propios ojos que su pequeño y más grande tesoro estaba resguardada y dormida en su cómoda cuna, ajena a todo el lío que se estaba formando a su alrededor, y del cual él la protegería incluso con su vida.
Para su sorpresa, y tras abrir la puerta, la pequeña Clarisse estaba de pie sobre el colchón de su cuna, mirando directo hacia la puerta, como si hubiese estado esperando a que su papá apareciera. Sus manitas estaban fuertemente aferradas a las barandas de la cuna, sus ojos soñolientos y los risos de su cabello desordenados por las horas de sueño que ya había disfrutado antes.
―Papi… ―tirando una de sus manitas sobre los barrotes, apuntó a Edward a quien vio aun con el cuarto apenas iluminado con su lamparita "Anti Cucos". Edward suspiró y caminó hacia ella para sacarla de su cuna y tomarla entre sus brazos, pasando sus manos sobre el pijama de felpa rosa estampado de nubes.
―Por qué estás despierta a estas horas… ―protestó, haciendo que la niña descansara la cabeza sobre su hombro. Besó su cabello y la meció caminando de aquí para allá, mientras ella murmuraba algo en su idioma de infante de dos años mezclado con la somnolencia.
Edward inhaló el aroma a frambuesa de la colonia que su hija adoraba ponerse, y cerró los ojos dejando que ese aroma causara su efecto: el amor incondicional y la ternura que descubrió cuando la sostuvo por primera vez en sus brazos, el apego paternal que nunca pensó experimentar por nadie, cuando se negaba a procrear, aunque pensando en cómo estaban las cosas, quizás hubiese sido mejor esperar, ¿no? Aunque ahora que la conocía y que la amaba, seguramente no podría imaginarse una vida sin aquella criatura que otra vez estaba cayendo en el sueño reparador mientras la mecía. Una hija que era fruto del amor y la pasión irremediable, una hija que había llegado a sacar lo mejor de él, su lado noble que alguna vez pensó no tener, como lo hizo su madre… la misma mujer que lo pacificaba y lo sacaba d quicio por partes iguales, a la que amaba tan profundamente como amaba a su pequeña Clarisse.
Un suspiro hizo que el ogro torciera la cabeza y se diera cuenta que en apenas cinco minutos de mecer a la pequeña sirvieron para que otra vez se durmiera, envidiando él un poco aquel semblante pacífico que descubrió al mirarla dormir sobre su hombro. Besó su pelo y con muchísimo cuidado la dejó entro de su cuna, poniendo junto a ella a su fiel conejo de peluche que parecía velar los sueños de la pequeña. Acarició su cabello y recorrió con su dedo índice el contorno del rostro de la niña, antes de volver a jurar por enésima vez que aquella paz con la que su hija dormía, no vendría a ser enturbiada por nadie ni por nada, porque antes iban a tener que pasar sobre su cadáver, y eso iba a ser difícil de ver.
La cubrió con las mantitas y con sigilo salió de cuarto ahora rumbo a su dormitorio nupcial, lanzando un profundo y cansado suspiro antes de poner la mano en el pomo e imaginarse que estaría bloqueado impidiéndole el paso, pero otra vez para sorpresa suya la manija cedió. Caminó hasta los pies de la cama vacía sin sentirse alterado por hallarla así, no cuando por la rendija de la puerta se filtraba luz desde el baño privado del cuarto. Con el mismo sigilo con que abrió la puerta de la recamara de su hija, movió la puerta del baño quedándose de pie allí tras encontrarse con la imagen con esa mujer dentro de la bañera.
Con su cabello caoba tomado en la nuca y envuelta en un albornoz negro, su demonio de espalda a él y como ajena a todo mecía la dentro del agua caliente que caía y llenaba la gran tina ovala, tina que tantas veces fue testigo de las diabluras entre ambos, muchas veces iniciativas de la mujer que ahora lo ignoraba de forma deliberada probablemente.
― ¿No es muy tarde para un baño? ―Preguntó con suavidad, afirmando su cuerpo en el quicio de la puerta. Ella apenas giró su rostro hacia él, volviendo a su tarea cuando respondió.
―Nunca es tarde.
Edward torció la boca y comenzó a caminar para acortar la distancia que lo separaba de ella, parándosele detrás, mirándola allí acuclillada, deduciendo que seguro para quemar la tensión y matar el insomnio tomaría un baño de tina tardío
― ¿Es tu remedio para el insomnio? ―Susurró él, poniendo sus manos dentro de sus pantalones… pantalones que pensó, iban a desaparecer muy pronto.
―No ―negó con suavidad, cerrando el grifo y levantándose para quedar frente a él. No lo miró a los ojos ni hizo preguntas sobre dónde había estado, simplemente en estricto mutismo y lentamente sacó los faldones de la camisa de su marido desde dentro del pantalón, comenzando a desabotonarla despacio. Él miraba sus manos blancas y delicadas alternarse entra un botón y otro, preguntándose donde estaba su demonio guerrillero con quien esperaba encontrarse aquella noche―. ¿Piensas compartir conmigo tu baño de tina?
―No sé si quieras compartir el baño con… conmigo… ―carraspeó y terminó con su tarea, dejando caer sus brazos a los lados― conmigo, que no hago más que ponernos en riesgo y…
―Joder, demonio. ―Rápidamente la tomó por la cintura y la obligó a que sus piernas rodearan sus caderas a la vez que sus brazos por instinto se abrazaran a su cuello, buscando sus ojos verde miel hasta que no tuvo más remedio de posarlos sobre él. Pegó su nariz a la de ella y se propuso abrazar bien su cuerpo al suyo, para cuestionar con su habitual vehemencia―. ¿Cómo me puedes decir que eres tú la que me pone en riesgo, cuando fui yo quien lo hice, cuando te dignaste a mirarme y a dejar que te enamorara? Supiste después lo jodido que estaba todo y aun así, no desististe… tú no eras más que una chiquilla normal y sin problemas antes de conocerme, de decidir estar conmigo.
―No cambiaría… ―la voz de Bella se quebró y sus ojos se desbordaron de emoción― no cambiaría por nada todo lo que he vivido contigo. No soy una blanca paloma, lo sé, pero tampoco te le alivianado la carga. Yo… ―bajó y escondió su abrumado rostro de la verde e intensa mirada de su marido― lo siento.
El susurro casi inaudible llegó directo al corazón de Edward, quien en su arranque de rabia, la había culpado hacía unas horas atrás de eso, de haberlos puesto en peligro cuando dejó que el cretino de Patterson invadiera su oficina y no se lo comunicara a él o a sus hombres de seguridad.
―Maldita sea mujer, escúchame. ―Con una mano se las arregló para agarrarle la barbilla y obligarle a que lo mirara, mientras que con la otra la sostenía por la cintura. ―Ya conociste a la vieja de Elizabeth y supiste que no debías ser temeraria con ella. Si ese tipo está coludido con ella, debe ser de la misma calaña que esa vieja urraca, por eso insisto en mantenerlo alejado de ti, ¿lo entiendes?
―Lo sentí… lo sentí cuando estuvo en mi oficia. ―Se estremeció, como si el solo recuerdo de la presencia de ese hombre volviera a estremecerla de miedo―. Es un hombre peligroso… lamento que sea el padre de Tyler…
―Entonces está de más todo lo que pueda decirte sobre cuidarte, porque temo por ti, mujer, ¿lo comprendes?
―Sí, pero…
― ¡Basta, demonio, no quiero seguir hablando! ―se inclinó para ayudar a su esposa a poner los pies sobre el piso, desatando el nudo de la bata que cubría su cuerpo desnudo, dejándola caer sobre el piso.
Allí, contemplando en toda su desnudez, y mientras la metía dentro de la bañera, el ogro Masen podría haberse ahorrado los preámbulos y de una vez podría haberla tomado para hacerla suya otra vez, pero decidió tomárselo con calma. Se preocuparía de relajar su cuerpo y el de ella bajo esa agua tibia que la misma Bella preparó pensando en él y probablemente allí mismo la tomaría durante el tiempo que el agua durase tibia. Sería su manera de quitarse el peso de aquel jodido día encima, y preparase para la batalla que se le venía encima.
Bueno, al parecer, la vieja y su esposo lograron provocar al ogro, que se había mantenido hasta ahora en estado zen, el que parece regresará en todo su esplendor. Ya veremos el próximo capítulo.
Como siempre, gracias a las que siguen la historia, y a quienes comentan, ya saben que me hacen muy feliz.
Gracias a mi querida Gaby Madriz, encargada de editar la historia, a mi querida Cuchu Maritza Maddox y a doña Manu de Marte. Gracias por vuestro apoyo.
Y ya saben, nos reencontramos la próxima semana. Besos para todas.
Cata!
