¡EL OGRO HA VUELTO!

A LEER DAMAS


Capítulo 12

El bote de píldoras que debían ser ingeridas a diario para controlar la bipolaridad, descansaba sobre la base del escritorio del ogro Masen quien las miraba fijamente mientras Jacob Black frente a él, leía el artículo de uno de los periódicos de economía y negocios con el que se encontró Edward aquella mañana y que mandó al carajo su estado de calma que había conseguido adoptar después de un muy largo baño de tina nocturno con su demonio y todos los periplos sexuales que allí solían practicar. No había dormido mucho, pero hacer el amor con ella significaba para él un aliciente para su paz.

La "fuente cercana a los protagonistas" que había soltado la noticia a los periódicos, parecía estar muy interesado en que la crónica se divulgara y diera pie para poner en duda la reputación del empresario Edward Masen, quien hasta el momento había sido librado de toda culpa en el caso malversación de fondos donde la señora Elizabeth Masen se vio envuelta hace un par de años, responsabilizándose a ella de los delitos cometidos, fuera del caso de homicidio de la ciudadana Gabriela Fly, por el que estaba pagando en un recinto hospitalario dependiente de la penitenciaria.

―Este artículo es una mierda, Edward ―mordazmente comentó Jacob, doblando el periódico y lanzándolo con indolencia sobre la mesa. Edward, sin dejar de mirar el frasco blanco de píldoras, junto sus manos y las llevó hasta afirmar su perilla sobre éstas, sosteniendo sus brazos por los codos sobre el escritorio.

Todo esto es una mierda, Jacob.

Jacob, su amigo de infancia y quien había trabajado como su secretario personal hasta un poco antes que la bomba detonara en esa empresa, había llegado aquella mañana para repasar algunos asuntos de la vitivinícola y se había encontrado con esa sorpresa que Edward tenía preparada para él.

El moreno amigo del ogro siempre estuvo a su lado, al igual que el resto de sus camaradas, sobre todo en esos momentos donde Edward parecía más bien una bomba de tiempo a punto de detonar. Porque eso era lo que Edward parecía en aquel momento con su temperamento contenido para no explotar, cuestión que Jacob encontraba era peor. Edward, fuera de esas pastillas que debía ingerir religiosamente, debía mantenerse en equilibrio emocional para no explotar, pero con todo lo que había pasado, con toda la mierda saliendo a flote otra vez y con más atenuantes que la vez pasada, no era precisamente que ayudara al ogro a controlar su temperamento.

―Ejem… ¿has visitado al doctor Vulturi? ―preguntó Jacob como si nada, mirándose su corbata color burdeo mientras se la alisaba con la mano.

Edward enseguida alzó sus ojos entornados hacia su amigo, y volvió enseguida a fijarse en el bote de pastillas, ahora derribándolo con sus manos para hacerse hacia atrás en su sillón de cuero negro.

―Si todo esto se remediara con visitas mi loquero, me iría a vivir con él, con esposa, hija y todo. Pero no es así, Jacob.

―Eso significa que no lo has hecho… ―concluyó Jacob, arrugando su frente. Edward rodó los ojos.

―No tengo programadas citas con él, Jacob. Cuando él me manda a llamar, yo voy.

―Pero creo que igual deberías ir y…

―Donde debería ir de una vez ―se pudo de pie y caminó detrás de su silla, mirando al piso―, es donde ese tal Patterson y obligarle a que me diga qué mierda quiere conseguir con todo esto.

― ¿Crees que él está detrás del artículo en el periódico?

―Estoy seguro, Jacob, aunque él crea que está haciendo muy bien las cosas y que se está escudando detrás de su supuesto anonimato… ―se detuvo y se giró hasta frente al escritorio, dejando caer sus puños sobre la base, manteniendo sus manos allí, con su cabeza escondida bajo los hombros―. Me bastaría verle la cara cuando lo acuse para confirmar todas nuestras especulaciones, y cuando eso sucediera, me iría contra de él y le partiría la cara de una buena vez, y lo dejaría bueno para nada…

De pronto se enderezó y caminó hasta el perchero que estaba a un costado, calzándose la americana que colgaba allí.

― ¿Qué vas a hacer, Edward, a dónde vas? ―Preguntó Jacob, levantándose con algo más que curiosidad.

―Ya te dije, a verle la cara a ese animal… ―respondió el ogro, arreglándose las solapas de su chaqueta. Jacob abrió los ojos y alzó las manos hacia él con la intención de detenerlo.

― ¡No Edward, joder que no vas a hacer eso!

― ¡Mierda, Jacob, estoy jodidamente harto! ―Exclamó el ogro alzando sus manos y jalándose sus cabellos―. Quiero ir y encararlo de una puta vez…

―Lo encararemos cuando llegue el momento. Si vas ahora, el hombre sabrá a ciencia cierta que estamos detrás de sus pasos y dejará de moverse con la soltura que lo ha hecho hasta ahora.

― ¿Y crees que un tipo como él no sabe que ya conocemos que tiene algún tipo de conexión con la vieja maldita?

―Te reitero, no lo sabemos a ciencia cierta, Edward, así que por favor, mantente a raya…

― ¡A raya! ―Volvió a caminar dentro de su oficina, como ogro enjaulado―. A raya me he mantenido y ha sido para peor. Necesito sacar toda esta mierda fuera de una vez…

Con una mano sobre su cintura y la otra aun en su cabello, cerró sus ojos y se interpuso en su cabeza la imagen de la vieja urraca, pensando en que a ella sí podría visitar para lanzarle toda la mierda que tenía acumulada contra de ella, necesitaba decirle unas cuantas cosas. Al abrir los ojos y dispuesto a salir de esa oficina caldeada rumbo al centro hospitalario donde la vieja estaba, se encontró a Jacob recostado sobre la puerta, con sus brazos cruzados.

―Tampoco vas a ir donde la vieja Elizabeth, Edward. ―advirtió con mucha calma, que hizo lanzar un gruñido frustrado a Edward, quien sui

― ¡Joder, mierda, Jacob! ¡Sigues siendo un jodido grano en mi culo!

―Retoma tus horas en el gimnasio y golpea un poco las bolsas de boxeo para botar tenciones. Después regresa a casa y pasa tiempo de calidad con tus mujeres, Edward. Eso es lo que debes hacer, y recordar que es también por ellas que necesitas mantener el control, amigo. Ahora ya no eres tú solo en todo esto.

―Eso mismo es lo que me tiene más jodido ―suspiró y caminó hasta sentarse al borde de su mesa, soltándose la corbata azul en el proceso―, saber que pueden estar envueltas en todo esto… Necesito estar en calma con ellas, ¿lo comprendes?

Probablemente todo aquello mantenía bajo estado de tensión a Bella, quien tras ir a visitar a su doctor, quien le confirmó que de momento no había embarazo aún, pero que era cuestión de tiempo para ello.

―Lo comprendo amigo, por eso mismo necesito que me prometas que no harás nada para ponernos en evidencia, no hasta que sepamos a ciencia cierta qué tiene Patterson y la vieja urraca.

Edward no podía prometer eso, porque si algo pasaba, él debería actuar.

Unos golpes sonaron en la puerta del despacho, sobresaltando a Jacob, quien se hizo a un lado para abrir la puerta y encontrarse con el rostro de Alice, que le sonrió cuando lo vio.

―Espero no interrumpir ―dijo la joven, abrazando a su también amigo, antes de acercársele a su hermano y abrazarse a él. Había llegado allí muy preocupada, después de que una alerta de google le avisara que el nombre de su hermano estaba en medio de un artículo de un periódico importante de la ciudad, en donde se enteró de la contrademanda que debería enfrentar Edward.

― ¿Estás bien, Edward? ―Susurró, con sus brazos aun alrededor del torso de Edward. Él suspiró y descansó su mejilla sobre el cabello negro de su querida hermana.

―No, Ali, no lo estoy.

Alice, tragando el nudo de su garganta al oír eso, se hizo hacia atrás para mirar el rostro de su hermano, llevando una de sus manos al rostro cansado de él para confortarlo.

―Lo siento… siento todo esto que está pasando… otra vez.

―También yo, Alice ―concordó, llevándosela de la mano hasta el sector de la oficina donde estaban los sillones.

―Los voy a dejar a solas. Voy a bajar a molestar a Emmett y regreso para la firma de documentos, jefe Masen.

―Te espero de regreso, Jacob ―le advirtió Edward antes que desapareciera por la puerta.

El amigo de los hermanos hizo una reverencia y salió de la oficina dejándolos solos. Alice suspiró y se acomodó en perpendicular a Edward, tomándole las manos.

―No nos han visitado ―le regañó Alice, haciéndole un gracioso puchero. Él sonrió, sin llegar la alegría hasta sus ojos, levantando sus hombros.

―Lo siento. Después que llegamos del viaje pasó todo esto y…

―Lo sé… lo sé… ―asintió, entendiendo. Enseguida carraspeó y comentó sobre el porqué de su visita―. Yo leí lo que decía el periódico y… me preguntaba por qué ahora te tildan a ti como uno de los responsables… quiero decir ¿no tienes nada que esconder, verdad?

Automáticamente Edward soltó las manos de su hermana y enderezó su espalda. Pudo ver el dilema en los ojos de Alice, como si realmente ella estuviera poniendo en duda su reputación y sobre todo que él haya podido estar coludido con la vieja de Elizabeth con todo aquello y que ella lo creyera o que dudara de él. Eso fue como recibir un golpe directo en el estómago.

Entonces el ogro, que ya estaba con su temperamento al límite, estalló. Se puso de pie, bufando fuerte, poniendo una mano sobre su frente.

― ¡¿Cómo eres capaz de pensar algo así de mí?! No puedo creerlo… ―la acusó, apuntándola― ¡Tú precisamente, que sabes por todo lo que pasé, todo lo que tuve que aguantarle a esa vieja para finalmente desmantelarla y sacar sus trapos sucios a la luz!

Alice tenía sus ojos verdes abiertos con espanto por la reacción de su hermano, que parecía haberla malinterpretado. Negó con la cabeza y se puso de pie, siempre con cautela, para acercársele.

―No, Edward, yo no quiero decir eso…

― ¡¿Entonces?! ―Se restregó la cara con ambas manos, añadiendo con tono dolido―. Dios, Alice, no puedes estar creyendo lo que ese jodido periódico dice…

― ¡No lo hago, Edward, claro que no lo hago! ―Se acercó a él para tomar sus manos que colgaban a los costados de su hermano―. Simplemente me preocupa que ella o quienes estén detrás de todo esto, puedan usar algo en contra tuya, algo que pueda hacerte ver como cómplice o culpable. Estoy preocupada por lo que puedan hacerte, pero no dudo de ti, claro que no.

Edward la quedó mirando unos instantes, evaluándola antes de bajar la cabeza y recordar todo el tiempo que su hermana lo creyó de la misma calaña que la vieja Elizabeth. Tanto tiempo perdido con ella por culpa de esa mujer que una vez más llegaba a su vida a lanzar mierda para provocarlo y seguramente vengarse de lo que él le hizo. Quizás y con todo esto, la duda volvía a emerger, no queriendo ella reconocerlo y sin poder él culparla de creerlo.

―Te voy a demostrar que lo que dice ese periódico es falso, Alice, te lo juro ―susurró, mirándose la punta de sus zapatos italianos. Ella tragó grueso y sin poder evitarlo, rodeó a su hermano con los brazos, apretándose fuerte a él. Edward no pudo evitar responderle de la misma forma, hundiendo su nariz en su cabello negro.

―No tienes nada que demostrarme, de verdad. Solo júrame que vas a cuidarte, por favor…

―Lo haré, pequeña, lo haré.

―Pero… ―Alice se apartó para poder mirara a su hermano a la cara―. ¿Me puedes decir cuánto de eso es verdad? Porque dicen que la demanda te está haciendo responsable ahora a ti…

―Presumo que quieren culparme de los delitos económicos de Elizabeth, porque era yo quien estaba al frente de la empresa cuando eso ocurrió, pero hay varios testigos que pueden dar fe que Elizabeth seguía siendo quien tomaba las decisiones y que lo que hizo fue a espaldas de la directiva de la empresa de ese entonces.

― ¿Pero tú sabías en lo que ella estaba metida? ―Quiso saber la hermana. Él torció la boca y le respondió con la verdad.

―Sí…

― ¡¿Y por qué no la acusaste en ese momento?!―Protestó, dando un paso atrás, poniendo sus manos sobre las caderas. Edward, por enésima vez, pasó las manos por su cabello y trató de explicarle a grandes rasgos las razones que tuvo.

―Porque la vieja tenía suficientes contactos como para encubrir sus delitos. Además, necesitaba recabar pruebas.

― ¡Dios! Esa mujer puede acusarte de cómplice…

―Puede, y quizás lo haga, sobre todo ahora que se ha declarado con demencia senil. Emmett y James le han estado dando vueltas al asunto y están presumiendo cual será la defensa de Elizabeth, pero hay bastantes pruebas que pueden demostrar que yo nada tengo que ver.

―Entonces… por qué estás tan preocupado… ―susurró, torciendo su cabeza. Él apartó la mirada hacia la ventana cuando contestó:

―Porque hay alguien ayudándola, alguien con suficiente poder para hacerla parecer una enferma que no sabía lo que hacía. Ella no es lo suficientemente inteligente para actuar por sí sola, y ya no tiene los contactos de entonces para que la ayuden.

― ¿Y sabes quién está ayudándola?

―Lo sé, lo que desconozco es por qué lo hace, si Elizabeth no tiene nada con qué pagarle el favor. Además, me jode que la hayan sacado de la cárcel en donde tendría que estar… ― "esa maldita vieja tendría que estar muerta" pensó para sí, haciendo crepitar su sed de venganza contra ella y la única manera que él encontraba de que todo aquello acabara de una vez.

Se quedaron un momento en silencio, ella procesando la información que su hermano le había dado y él imaginándose que entre sus manos tenía el cuello de la vieja urraca que apretaba fuerte hasta impedirle poder respirar. Era un sueño atrayente, pero que sabría lo metería en más problemas.

"Para tu esposa y tu hija sería toda una aventura visitarte en la cárcel" le había dicho Emmett cuando él explicó sus deseos. Por ellas, y por su hermana, debía seguir adelante y demostrar con la verdad que esa vieja y los que estaban con ella, mentían. La pequeña mano de Alice tomando una de las suyas, lo sacaron de su ensimismamiento, desviando sus ojos hasta ella.

―Voy a apoyarte, Edward, porque te creo, no lo dudes. Quizás no sirva de mucho pero…

―Sirve, y mucho. Me hace sentir apoyado, que es lo que necesito ahora ―besó su frente y acarició el rostro de su hermana con la mano que mantenía desocupada―. Por ti, por mi esposa, por mi hija y por toda la gente que me rodea voy a sacar a la luz la verdad una vez más. Por la memoria de nuestra madre y por la de la hermana Gabriela voy a volver a demostrar que esa vieja miente y que es en la cárcel donde tiene que estar.

―Seguro lo harás, hermano ―sonrió, alentándolo, volviendo a refugiarse en los brazos de su hermano, que por tantos años se negó de disfrutar, precisamente por culpa de la mujer que regresaba a joder sus vidas.

Una llamada de uno de los guardaespaldas que cuidaba a su esposa interrumpió la visita de su hermana, contestando él al segundo tono de llamada.

―Señor, alguien ha venido a visitar a su esposa diciendo que es amigo de la señora y no aparece en la lista de personas cercanas.

― ¿Y cuál es el nombre del amigo? ―Demandó saber Edward, quien después de la reprimenda que les dio a los hombres el día anterior, ya debían de tener la información del nombre de aquella visita, no importaba de qué manera lo averiguaran.

―Sam Uley.

Si el móvil en la mano de Edward hubiera sido humano, habría gritado de dolor por la forma en que el ogro lo apretaba en su mano, haciendo peligrar la integridad física del pobre aparato. Cortó la llamada sin decir nada y tras cerrar por décimas de segundos los ojos para llamar a la calma, se giró para enfrentar a su hermana.

"Lo que me faltaba"

―Debo salir un momento, no demoraré.

― ¿Ha pasado algo? ―Preguntó Alice. ¿Qué si pasaba algo? Pues iba a pasar… claro que iba a pasar.

**OO**

― ¿Será que ya no soy bienvenido?

De entre las visitas que Bella ni por asomo espera recibir, estaba la de aquel hombre que ya hacía más de dos años no veía, y que en un pasado significó mucho para ella. Nada menos que su primer novio y en algún momento su mejor amigo, Sam Uley.

Cuando lo vio asomarse por la puerta, no puso esconder su asombro ni pudo evitar imaginarse cuando su ogro marido se enterara de aquella visita, porque se enteraría, ya sabía ella.

―Sa… Sam… ―tartamudeó, poniéndose de pie, mientras el alto y recio amigo del pasado entraba y cerraba la puerta detrás de él. Una cosa no podía negra ella mientras lo veía acercársele, y era que los años no había hecho más que mejorar el aspecto tan varonil de aquel hombre al que conocía tan bien. Su dorso y sus brazos bien trabajados se hacían notar bajo la camisa blanca que llevaba puesta, y esos pantalones negros y rectos que cubrían sus fuertes piernas. Sin duda, ese sensual hombre era un espectáculo para la vista de cualquier mujer.

De momento a otro se vio envuelta en aquellos fuertes brazos que la envolvieron sin mediar aviso, quedándose ella con los brazos cautivos a sus costados, abriendo sus ojos con desmesura cuando sintió los labios carnosos de Sam sobre su mejilla.

―Yo… este… Sam… ―se removió para que la soltara, cuestión que él hizo después de unos segundos, regalándole una sonrisa encantadora y muy sensual―. Pero qué haces aquí, nadie me avisó que venías…

―Ah, yo creo que sí sabías. ―Le guiñó el ojo y rodeó el escritorio para sentarse frente a ella, recuperando ella su espacio personal―. Dejé de hacer clases en la universidad cuando una empresa internacional de publicidad y marketing solicitó mis servicios. Ellos acordaron una reunión con ustedes, para un proyecto que tienen entre manos.

Bella arrugó su frente y miró su agenda de escritorio, viendo en letras rojas una reunión con la empresa a la que Sam hacía mención. "Ay, Dios"… pensó, un poco inquieta.

―Le dije a la chica de afuera que éramos viejos amigos y que quería darte una sorpresa, por eso me dejó entrar ―explicó, acomodándose en la silla―, así que aproveché de llegar un poco antes para poder hablar contigo y darte una sorpresa.

―Y has logrado sorprenderme, Sam…

―Ya veo que sí. Pero dime, como has estado, que tal el trabajo… y tu vida personal… ¿sigues felizmente casada? ―Preguntó divertido, alzando una de sus cejas.

―Sí, Edward y yo seguimos juntos. Tenemos una hija ―respondió con orgullo, mirando el retrato sobre su escritorio, donde aparecían sus dos amores, retrato que seguro Sam ya había visto.

―Ya veo. Es muy linda… espero tener la suerte de conocerla pronto ―murmuró, mirando el retrato y sintiendo la quemazón propia de los celos que durante todo aquel tiempo no habían remitido. Cada vez que podía, el moreno profesional del marketing, trataba de enterarse a través de su madre de todo cuanto más podía sobre la vida de Bella, esperando secretamente oír noticias sobre divorcio o relaciones rotas. Pensar así lo hacía ser una mala persona, lo sabía… pero no podía evitarlo, porque los años habían pasado y mujeres habían llegado a su vida, pero con ninguna pudo sacarse de encima los recuerdos y los sentimientos que seguían atándolo a Isabella Swan, la mujer que lo miraba nerviosa, que se veía tan o más espectacular que antes, tanto o más que en sus sueños.

― ¿Y qué… qué me cuentas de ti? Han pasado dos años…

―Dos años en los que no he logrado pasar de ti, Bella.

Bella abrió los ojos como dos platos y miró hacia otro lado, escapando de la ardiente mirada de Sam que la taladraba con aquella mirada oscura, cargada de no sabe bien qué. Tragó grueso y nerviosa, mirando a cualquier parte que no fuera la intensa mirada de su viejo amigo Sam, aclaró:

―No tiene razón de ser que me digas esas cosas. Amo tanto o más que antes a Edward, y nada va a cambiar eso…

―No vine aquí para romper tu matrimonio, Bella, simplemente quería que supieras que aquí estoy… otra vez. ―Sam se removió en su silla, acomodando su saco gris―. Leí en el periódico esta mañana que tu marido estaba envuelto en problemas y que…

― ¿Qué cosa? ¿De qué estás hablando? ―Interrumpió Bella, preguntando confundida por aquello de lo que Sam hablaba. ¿A caso había salido en el periódico todo lo del escándalo? ¡Dios, no! Sam en tanto, torció su boca y soltó aire por la nariz.

―Sobre un delito económico del que se le acusa. No quisiera que te vieras sola envuelta en todo ese lío…

― ¡Eso es mentira! ¡Lo que diga ese periódico no es cierto!

―No lo estoy juzgando, solo te estoy diciendo lo que leí en él ―suspiró y se hizo adelante, estirando sus manos sobre el escritorio para alcanzar con las suyas las manos blancas de Bella―. ¿Te das cuenta que has perdido la chispa alegre que te caracterizaba? Ahora, tienes que estar a la defensiva de artículos como ese que ponen en duda a tu esposo. Te vez más hermosa que hace dos años, más madura, pero no veo el brillo feliz de tus ojos, Bella. Estás preocupada, seria…

―Soy feliz con él, Sam, porque lo amo.

―A veces eso no es suficiente…

―En nuestro caso sí que lo es.

Bella y Sam se giraron hacia la puerta y pudieron ver en todo su esplendor al ogro Masen, vestido de gris con sus ojos serios y entornados mirándolos. El aire escapó de los pulmones de Bella y el desafió en la mirada de Sam se apostó allí, ni siquiera sintiéndose un poco nervioso por la presencia del hombre aquel.

Bella como pudo se soltó de las manos de Sam, que tras la entrada de su marido no había reaccionado a soltarla, y rodeando el escritorio se acercó hasta él.

―Ed… Edward, ¿qué haces aquí? ―Susurró ella. Edward la miró y le dedicó una sonrisa algo tirante, para luego mirar a Sam, que lo observaba muy cómodo desde la silla, sin atisbo de nervios ni incomodidad.

―Digamos que andaba por el barrio y quise pasar a verte.

―Uhm… esto… ―Bella jugueteó con su pelo mientras se explicaba―. Sam vino a verme… o sea, no solo es una visita de cortesía: la empresa para la que ahora trabaja y nosotros tenemos un proyecto en común…

―Pero qué conveniente ―susurró ronco y demasiado tranquilo para el parecer de Bella, que no protestó cuando su celoso marido la tomó por la cintura y sin disimulo la pegó a su costado, sin quitarle los ojos de encima a Sam, que los miraba desde su silla con una ceja alzada, como si todo aquello se le hiciera muy gracioso. Entonces el moreno y robusto hombre se levantó de su silla y caminó hasta la pareja, extendiendo una mano hacia Edward en señal de saludo, mientras decía:

― ¿Qué tal, Edward? Espero que no te moleste que haya venido a visitar a Bella. ―Edward, que no había apartado su mirada lívida del rostro odioso del tipo ese, desvió sus ojos hasta la mano extendida, obligándose a recordarse que él era un jodido caballero, no quedándole otra que levantar una de sus manos y extenderla hacia Sam.

―No, para nada, es más, me alegro que hayas venido a cerciorarte de lo feliz que ella es conmigo ―desvió su cara y sus labios besaron la frente de su mujer, antes de alzar con sus dedos el mentón de su demonio y hacerla mirarlo―. ¿Verdad, mujer?

Ella sonrió, tensa, y asintió, tragando grueso, una y otra vez. Su esposo disimulaba ante los demás muy bien su estado tenso, pero ella que lo conocía, sabía que cualquier cosa lo haría estallar, y seguramente Sam no iba a contenerse por evitarle un disgusto a su marido. Solo esperaba que su viejo amigo tuviera un poco de consideración y dejara las cosas como estaban. Además, a ella le preocupaba más lo que Sam había advertido de aquella nota en el periódico sobre la que ella no sabía nada. ¿Lo sabría ya su esposo?

―Bueno, ―suspiró Sam, mirando su reloj de pulsera― seguro el resto de mi equipo ya ha llegado. ¿Te nos unes, Bella? para la reunión, me refiero.

Antes de que ella respondiera, Edward se le adelantó, por supuesto.

―Se reunirá con ustedes después de atender un asunto importante conmigo.

―Bueno, pues, nos volveremos a ver, Edward ―miró al esposo de su amiga, haciéndole un gesto de asentimiento con la cabeza, enseguida la miró a ella y su mirada se suavizó―. Nos vemos en un rato, Bella, y podremos seguir adelante con nuestra charla y ponernos al día en un montón de cosas.

El osado amigo de Bella osó a guiñarle el ojo a su amiga, antes de rodear a la pareja y salir por la puerta que se encontraba a espaldas de ellos, mientras Edward comenzaba a ver todo rojo por la desfachatez de tipejo ese. "¡A la mierda la caballerosidad… tendría que ir detrás de ese tipejo y explicarle con claridad que lo quiero lejos de mi mujer, mientras estampo en su fea cara algunos buenos golpes para hacerlo entender de una vez….!"

—Edward… ―susurró Bella. Edward arrugó la frente y la miró, visiblemente molesto y tenso, como fiera a punto de saltar contra su atacante.

― ¡¿Qué?! ―Soltó a su esposa y dio un par de pasos atrás―. ¡Qué lindo, no! Toda una novedad encontrármelos recordando viejos tiempo, con las manitas tomadas y todo…

―No seas sarcástico, Edward ―gruñó ella, poniendo sus manos como jarras sobre sus caderas―. ¿A caso no oíste lo que le dije?

Él hizo una mueca con su boca y miró hacia otro lado, mientras seguía lanzándole blasfemias a ese… tipo. Le olía que iba a tener que lidiar con Uley, justo ahora que no necesitaba más problemas… "Jodido tipo que se viene a apareces justo en este momento"

―Mejor dime que es eso de un artículo que salió no sé en qué diario…

―No voy a hablar de eso ahora, no cuando aún estoy hirviendo por la desfachatez de ese tipo de poner en duda que yo pueda hacerte feliz… ¡Que no se atreva a salir con sus intenciones raras contigo, mujer, o no respondo de mí! Ahora mismo tengo muy poca paciencia para soportarlo, lo sabes.

Ella mordió su labio y se le acercó a su celoso ogro marido, tomándolo de las manos. Mordió su barbilla y besó suavemente sus labios. Ella sabía que él no necesita más preocupaciones y no quería ser ella la fuente de eso, por lo que decidió demostrarle a su marido, que la miraba como intentando develar sus intenciones, lo mucho que lo amaba y que sí era eso suficiente para la felicidad de ambos. Además, le demostraría, como siempre lo hacía, que no había nadie más fuera de él.

Con la coquetería que sacaba a flote solo para él, lo arrastró de la mano hasta el baño privado y una vez adentro cerró la puerta, quedando ambos mirándose de frente, él recostado sobre la pequeña encimera de mármol y ella contra la puerta.

― ¿Con qué diabólica intención me encierras en este baño, demonio?

Afirmada contra la puerta y sin dejar de mirar a su sexi marido, Bella muy lentamente comienza desabotonar su blusa blanca, develando el sujetador de encaje del mismo color, mientras el ogro la mira olvidándose de todo, como siempre, y disfrutando del espectáculo incendiario que su demonio estaba dándole.

Gimió involuntariamente cuando su demonio lujurioso llevó sus manitas hasta la parte trasera de su falda plisada, la que soltó, haciendo que la prenda cayera al suelo, enseñándole las lindas braguitas también de encaje que llevaba puestas. Entonces fue suficiente pasividad la del ogro, que en un rápido y ágil movimiento la agarró por la cintura, girándose con ella para sentarla sobre el mármol de la encimera para ubicarse entre sus piernas, estrujando la piel de sus muslos y jalándole el cabello caoba, mientras le saqueaba la boca con descontrol.

Esa mujer era suya y Sam Uley o cualquier otro malnacido que intentara acercársele, debería de tenerlo bien en claro y no meterse entre medio de ambos, si no quería poner en riesgo su vida. Porque estaba más que claro que ellos se pertenecían irremediablemente.

Sus lenguas se rozaban y se retorcían, mientras él seguía con una de sus manos colada entre su cabello y ella se apretaba a él por el cuello, amando la forma en que la besaba, gimiendo y rogando con sus actos que se mimetizara de una vez en ella.

―Voy a ser considerado esta vez y no voy a destrozar estas lindas braguitas, no cuando tienes toda una jornada laboral por delante, ¿verdad? ―Ronroneó Edward, apartándose un poco mientras deslizaba la delicada prenda interior por las piernas de su esposa, en tanto ella cerraba los ojos y echaba su cabeza hacia atrás, disfrutando y absorbiendo la sensación quemante sobre su piel del toque dócil y delicado de su marido amado.

No se dio cuenta cuándo Edward había desabrochado su cinturón y sus pantalones, siendo consciente de ello cuando inhaló aire a la vez que su esposo la penetraba lenta y profundamente, sin perder tiempo siquiera en sacarse la chaqueta y apenas soltándose el nudo de la corbata de seda italiana.

― ¡Joder, mi buen Dios…! ―Gimió ella, agarrándose a los cabellos de la nuca de su esposo, apretándose a él con toda la fuerza con que era capaz, sintiendo el delicioso mimetismo de sus cuerpos en sus áreas más íntimas.

―Dime que me amas… ―exigió entre jadeos el ogro―. ¡Dime que me perteneces, joder!

―Tu sabes que…

― ¡Abre los ojos y dímelo demonio! ―Exigió demandante. Ella abrió los ojos y le obedeció encantada:

―Te amo… yo te amo, te amo, te amo, te amo… Edward, te amo… y te pertenezco solo a ti…―juró al compás de las estocadas que él propinaba justo en el centro de su placer, que en breve la hicieron perder la razón y llevarla hasta lo más alto del placer, sintiendo estallar en mil partículas, las que se volvieron a unir cuando fue capaz de apartar su rostro del hombro de Edward, donde amortiguó sus gritos, observando ahora sus orbes claras llenas de amor por ella.

―Te amo Edward, y que se joda Sam y cualquier otra persona que lo ponga en duda, que ponga en duda nuestro amor.

―Que se jodan ―concedió él, pegando sus labios a los de ella, sonriendo sobre estos―. Me alegra haber venido, demonio, te necesitaba.

― ¿Entonces… lo del periódico es cierto…?

―No quiero hablar de eso, no cuando aún estoy dentro de ti ―dijo, volviendo a besarla profundamente y dándole a entender que no había tenido suficiente de ella, y que probablemente iban a tener que prescindir de ella en la reunión donde probablemente el perro Uley estaba esperándola aparecer.

"Que se joda Uley" pensó, comenzando a moverse otra vez, muy lentamente, sin quitar sus labios de los de ella.

**oo**

El ogro no podía ir a su oficina, no después de todo lo que estaba ocurriendo, por lo que decidió llamar a Jacob y ofrecerle una disculpa muy a su estilo, indicándole que dejara los documentos con su asistente y que mañana él mismo los llevaría firmados hasta la vitivinícola. Victoria, antes que se lo pidiera, ya había desocupado toda su agenda de los compromisos que debía cubrir en la oficina, no viéndose obligado a regresar allí. La mujer amiga de su esposa sin duda estaba haciendo un buen trabajo.

Al abandonar casi en contra de su voluntad la oficina de su mujer, y con la satisfacción que le provocó ver la cara de disgusto del perro Uley que los vio salir de la oficina, probablemente advirtiendo lo que había ocurrido adentro entre ambos por la demora de Bella para unírseles a la reunión a la que no alcanzó a llegar. Y fue precisamente después de esto que Edward por instinto llevó su coche hacia el lugar que hace semanas no visitaba: el cementerio.

Llegó al mausoleo donde estaban sepultados los restos de su madre Clarisse y de la hermana Gabriela. Las flores que adornaban las sepulturas estaban frescas, lo que indicaba que alguna de las monjas del hogar había ido hacía poco a visitarlas, quedándose de pie primero frente a la lápida de su madre, recordando algunos de los parajes felices que compartió con ella de niño… aunque siempre las imágenes de la vieja urraca de Elizabeth se interponían, imaginándose él algunas de las escenas que a su madre le tocó padecer frente a esa mujer que odiaba hasta la médula.

Cerró los ojos e inspiró profundo, volviendo a abrirlos para acercarse y tocar con sus dedos la lápida, delineando las letras de su madre, volviendo a jurar una vez más que por ella, por vengar su nombre, volvería a meter a la vieja de Elizabeth al foso oscuro de la cárcel, desde donde nunca debió salir.

Secando una lágrima fortuita que rodó por su mejilla, caminó un par de pasos al costado, hasta donde se encontraba la hermana Gabriela. Se acuclilló frente a ésta y puso una mano sobre sus ojos, deteniendo el torrente de lágrimas, añorando tener a la monja en frente para pedirle consejos, o para oír su voz tranquilizadora. Odiaba saber que la religiosa estaba allí por culpa de la mujer que era la culpable de sus tormentos… ¡Dios!, si cuando se la imaginaba disparando contra la hermana Gabriela, nacía en él ese instinto asesino y pensaba en lo fácil que sería deshacerse de esa escoria si la mataba de una vez…

Golpeó con el puño el suelo de cemento con la sensación de impotencia corroyéndole las entrañas, pensando que todo había quedado superado cuando metió a la vieja bruja a la cárcel, sin pensar que ella iba a insistir como siempre diciendo que fue nada más que una víctima, y mucho menos se iba a imaginar que alguien iba a prestarle ayuda, seguro pensando en joderle la vida a él, porque claro, Elizabeth estaba haciendo todo aquello para vengarse de él, eso lo había visto aquella vez que la visitó en el lugar donde estaba encerrada.

― ¡¿A caso no me va a dejar vivir en paz, maldita vieja de mierda?!

―La hermana Gabriela no toleraría que hablaras así en su presencia. ―Edward levantó la cabeza y vio a su amigo Emmett parado detrás de él, con las manos en sus bolsillos. Bufó el ogro y volvió a agachar la cabeza, hundiéndola entre sus hombros, a lo que Emmett reaccionó imitando la postura de su amigo, ganándose junto a él.

―Qué haces aquí, Emmett… ―preguntó con tono monocorde. Ni siquiera preguntó cómo sabía que estaba allí, pues seguro Emmett había echado mano al GPS de su coche, después que él no contestara al teléfono.

―Tuve la intuición que necesitabas compañía, hermano. Además, hace tiempo no me pasaba por aquí, y no quería que la hermana Gabriela me jalara las orejas por tenerla tan abandonada.

Emmett con su buen humor, trataba siempre de aligerar el ambiente, últimamente muy cargado por todo lo que rodeaba a su grupo más cercano. Era un hombre optimista con todo lo que estaba ocurriendo, aunque bien sabían todos que la muerte de la monja causó en él un gran dolor y una herida que aún no cerraba, no cuando las monjas del hogar fueron sus únicas madres.

― ¿Sabes una cosa? ―Preguntó el abogado, mirando el nombre de la monja sobre la lápida―. Creo que esta es una especie de prueba de las que tanto nos hablaban en el hogar, en las clases de catequesis. Ya sabes, oportunidades para hacernos más fuertes, porque por ningún lado podrían probar que somos culpables de lo que ellos quieren hacernos creer…

―La demanda esa la interpusieron en mi contra, y no voy a dejar que caiga responsabilidad alguna sobre ustedes… ya ha sido suficiente.

―Somos un equipo, Edward ―le recordó Emmett con voz firme ―Siempre lo hemos sido, siempre hemos actuado en manada y lo seguiremos haciendo, nadie va a dejarte solo.

―Eso ya lo sé, aunque me atormenta saber que toda esta mierda es por mi culpa, por mi historia con la vieja esa… y ahora con ese tipo en medio que la está ayudando y que no sé qué mierda quiere. Es lo que me tiene más frustrado.

―Lo averiguaremos, como siempre lo hacemos y no dejaremos que se salgan con la suya, con lo que sea que hayan tramado.

― ¡¿Pero a qué costo, Emmett?! ―Exclamó, poniéndose de pie para caminar de un lado a otro dentro, pasándose las manos por el cabello con frustración. Emmett suspiró y se puso también de pie, metiendo sus manos en los bolsillos y mirando a su amigo que caminaba de un lado a otro.

―No dejaremos que los costes sean altos, y ten por seguro que nos enfrentaremos a lo que sea.

Edward alzó sus ojos al cielo y dejó escapar aire lentamente de sus pulmones, encorvando su espalda para dejar caer su cabeza con pesar. Mirando hacia el suelo, admitió a su amigo:

― A veces siento… a veces siento que me estoy derrumbando, Emmett. Cuando todo en mi vida estaba perfectamente equilibrado, aparece esto y… lo jode todo.

Emmett torció la boca y se le acercó, poniendo una mano sobre su hombro.

―Piensa en tu mujer, Edward, y en tu hija. Ellas te necesitan entero, fuerte. No pienses en nosotros que ya somos viejotes y sabemos defendernos, cada uno sabe en lo que está metido.

―En ellas y en ustedes en quienes pienso y por qué me siento tan culpable ―se restregó la cara con ambas manos―, ni mi mujer ni ninguno de ustedes se vería enfrentado a todo esto si yo no hubiera estado cerca, y si me hubiera hecho cargo por mí mismo de resolverlo todo, sin involucrarlos.

―Basta, hombre, basta de pensar en eso ―terció Emmett―. Tienes todo el derecho que tiene cualquier ser humano a ser feliz. Bella te hace feliz… y aunque lo niegues, nosotros también te hacemos feliz, así que no puedes apartarnos de tu lado, galán.

― ¡Joder, Emmett! ―lo apartó de un manotazo después que el chistoso abogado soltara esa broma mientras llevaba una mano a la mejilla de su amigo con la intención de acariciarlo, carcajeándose a continuación por la reacción del ogro.

―Mejor vamos a tu casa y preparamos algo de comer, que me muero de hambre. No almorcé y estoy seguro de que tú tampoco. Además el resto de los comensales llegará esta tarde para delinear los pasos a seguir. Estaremos listos para patearles el culo con estilo a la vieja y el tipo ese, Edward. No lo dudes.

―Eso espero, Emmett, eso espero. ―suspiró Edward y tras darle el ultimo vistazo hacia la sepultura de su madre y de la hermana Gabriela, se dirigió hasta la puerta del mausoleo en compañía de su amigo para dirigirse a casa.

Un poco después de las cuatro llegó a su casa y al entrar, en la pequeña mesa redonda del recibidor, se encontró con un enorme ramo de calas blancas que destacaba en el espacio, caminando el ogro directo hasta el buqué y sacando un tarjeta blanca que se escondía en medio de las hojas verdes que ornamentaba el ramo.

― ¿Y eso? ―Preguntó Emmett, que entró detrás de él. Edward no respondió de inmediato pues su mirada entornada y furiosa repasaba las líneas de la tarjeta, que estaba dedicado nada menos que a su esposa, y que decía: "Me ha hecho feliz volver a verte y me hará aún más feliz volver a hacerlo muy pronto. Un beso. Sam"

"¡¿Un beso?! ¡Maldito tipejo!"

Apretó los dientes y con un movimiento brusco, regresó la tarjeta de regreso al ramillete, para tomarlo desde la base y sacarlo de su casa, mientras maldecía al odioso perro ese que se atrevió a provocarlo, enviándole ese feo ramo de flores a su mujer. ¡Su mujer! Afuera, les gritó a unos de los hombres que custodiaba la entrada, quien corrió a la voz de su jefe, tirándole Edward prácticamente las flores, ordenándole que las metiera en el tacho de la basura.

Emmett en la puerta miraba con duda toda la escena, volviendo a preguntarle a su amigo de qué se trataba todo eso.

―Un tipo que está metiendo su fea nariz donde no le corresponde.

―Supongo que se trata de un admirador de Bella…

No alcanzó a terminar la frase ni a soltar la broma, porque la miraba furibunda de su amigo lo detuvo en seco. A veces, y por sobrevivencia, sabía Emmett que era mejor quedarse callado. Así mismo y siguiendo los pasos del celoso amigo suyo, llegaron hasta la sala y se encontraron con Carmen y Damian conversando sentados en el sillón, con él sosteniéndole las manos a la tía de Bella.

― ¿Interrumpimos? ―Preguntó Emmett, alzando sus cejas sinuosamente hacia el padre de Edward, que lo fulminó con la mirada. "Joder con el carácter del padre y del hijo" pensó Emmett, saludando a Carmen con un beso en la mejilla.

―No, no interrumpen ―respondió Carmen, levemente ruborizada―. Damián trajo a Bea para que viera a Clary.

―No paraba de protestar, extrañaba a la niña y a ustedes. ―Explicó Damian a su hijo, quien se había quitado el saco y la corbata. Fuera de todo y para colmo, era un mal hermano pues ya hace tiempo no visitaba a la más pequeña de sus hermanas.

―Voy a verlas. ― Edward sin más, dejándolos en la sala mientras él se encaminaba al cuarto de juegos de su hija, donde vio a su hija montada sobre las piernas de Beatriz, gritando encantada, mientras ella giraba sobre su silla de ruedas.

― ¡Dios! Se van a caer… ―Protestó él, acercándoseles. Su hija lo miró y aplaudió, explicándole lo divertido que estaba el juego y oponiéndose un poco cuando su padre la sacó de los brazos de Bea.

― ¡No papi, nooo —Protestó la pequeña, arrugando su entrecejo y haciendo un puchero gracioso con su pequeña boquita. Edward mordió los carrillos de su boca, evitando reírse de ese gesto que según él había heredado de Bella. Adoraba verse inmerso en el mundo de su hija, que lo hacía sonreír en medio de toda la calamidad a su alrededor. Esa niña era sin duda su luz.

―Se van a marear, y se van a caer ―explicó a su hija, que seguía con gesto enojado. Enseguida miró a su hermana la que se mordía el labio y ordenaba su larga cabellera, un poco nerviosa―. ¿Estás bien?

―Sí… yo, no quería que te molestaras, solo estábamos jugando…

―Oye, no ―se le acercó con la niña en brazos y dejó un beso sobre la frente de su hermana, acariciándole el rostro enrojecido después de haber estado jugando quizás por cuánto tiempo―. Está todo bien, solo puede ser peligroso ese jueguito….

No, no… ―insistía la niña, removiéndose de los brazos de su papá, para regresar a su recién descubierto lugar de entretención sobre las piernas de Bea― velta, papi, velta con Bea…

Nada de más vueltas ―regañó ligero, tocando con su dedo índice la nariz de la pequeña, ocurriéndosele una idea para distraerla―. ¿Por qué no nos invitas a tomar el té? Bea y yo tenemos un poco de hambre…

Entonces la pequeña se quedó quieta y abrió sus ojos, olvidándose de las vueltas sobre la silla de ruedas de Bea y emocionándose con la idea de recibir a Bea a su papá en su salita de té.

― ¡Sí, sí… con tachitas mías!

Cuando Edward la dejó en el suelo, ella corrió hasta una mesita de madera de cuatro puestos a un lado de la ventana para prepararlo todo para tomar el té, mientras ellos se quedaban conversando un poco.

―Hace tiempo que no te veía ―dijo Bea a su hermano cuando él se sentó en el sofá y tiró de su silla de ruedas para acercarla―. Alice ha dicho que estás con mucho trabajo y otras cosas…

―Sí, es cierto, perdona por no haber ido a verte antes. Juro que te recompensaré… ―torció su boca en un gesto de disculpa, acariciando la rodilla de su hermana―. Pero qué me cuentas, ¿ya tienes novio?

―Lo de los novios lo dejé por el momento

―Una buena decisión ―comentó Edward muy serio, pero ella no hizo comentario al respecto y siguió contándole.

―Pero regresé a practicar básquet, y nos estamos preparando para un torneo.

―Esa sí es una buena noticia. Me alegro que lo hayas retomado.

―Sip… y… ―Beatriz rascó su cabeza― ¿papá habló contigo, sobre Carmen y él…? ya sabes, ahora andan de romance y todo.

― ¿A caso no te parece? ―Preguntó Edward, quien la verdad no había tenido mucho tiempo de hablar sobre ese tema con su padre―. Bella habló con Carmen y ella estaba contenta porque tú lo tomaste muy bien, ¿mentiste?

―No, no, no mentí ―se apresuró en responder ella―. Carmen me cae muy bien y es estupenda para papá… solo que me pareció que todo fue tan rápido, o será que yo no me di cuenta.

―No fuiste la única. ―comentó él con tono de diversión, mirando hacia un costado donde su hija estaba terminando de distribuir lo necesario para sus invitados, regresando sus ojos azules grisáceos a su hermana―. Pero creo que se lo merece, se merecen el uno al otro. Carmen es una mujer estupenda, muy confiable y sincera.

―Ella ha sido muy buena conmigo, y yo he aprendido a quererla mucho, de verdad, y espero que llegue luego a casa y viva con nosotros, solo pensé que eso podía molestarte, por la historia de tu mamá con nuestro papá… ya sabes.

Beatriz era una adolecente y que podía darse cuenta de algunas cosas, quería hacerlo, por eso no dio su brazo a torcer cuando les exigió a su padre y a su hermano mayor para que le contaran cuál había sido el problema que los había separado. Se enteró de todo en una versión "amable" de la historia, suprimiendo Damian y Edward algunos hechos que no venían al caso, entendiendo ella que a Edward y a Alice, los había separado de su padre y que la madre de sus hermanos había sufrido mucho. Someramente supo algo de la abuela de ellos, la que era prácticamente innombrable, entendiendo que aquella mujer debía ser la culpable. Por todo aquello, pensaba Beatriz que Edward podía hacerse problema con esta nueva vida en pareja de su padre, cuando su madre padeció sola y lejos de él. Además, entremedio existió su propia madre, entonces no estaba segura de lo que Edward pudiera opinar sobre eso.

Pero para el ogro, aquello era historia pasada y perdonada, por lo que no tenía más que sentirse contento por la nueva vida que su padre se aprontaba a enfrentar.

―Mi madre seguro está feliz que Damián haya encontrado a alguien como Carmen, y debe estar aún más feliz sabiendo que te tiene a ti, así que no te preocupes.

―Vaya… ―dijo, soltando el aire, como si lo hubiera retenido en su estómago mientras hablaba con su hermana, relajándose después de hacerlo― todo es estupendo ahora.

Edward le sonrió y apareció en escena entonces la pequeña Clarisse, informándoles que estaba todo listo sobre la mesa, arrastrando a su padre y a su tía Bea hacia su pequeña mesita, donde Edward se acomodó como pudo y como otras veces ya lo había hecho, siguiéndole el juego a su hija, que en su pequeño universo era la dueña de casa y los recibía en su comedor para tomar el té. Como invitado sorpresa apareció Emmett, que se acomodó junto a Edward y tomó entre sus manos una tacita blanca con diseños en tonos rosados, preguntándole muy seriamente a Clarisse, cómo iba todo con su casa y cómo se portaban sus hijas, las muñecas que permanecían sentadas en las dos sillas a su costado.

Edward no podía creer como esa niña lo dominaba con el dedo meñique, haciendo que se sentara en esas sillas miniaturas, demasiado pequeñas para él y que sin duda lo hacían verse ridículo, pero que hacían feliz a su hija, una de sus prioridades en esta vida.

La hora del té acabó cuando Carmen apareció con una de las chicas de servicio y se llevó a la pequeña Clary para cambiarla y darle su leche, mientras veía por televisión sus dibujos animados. Las damas entonces se retiraron, incluida Beatriz y los caballeros se apartaron a la cocina para preparar algo rápido de comer, mientras hablaban del tema prioritario en esos días y que los mantenía alerta.

―Personalmente, no creo que nos sorprendan con nada. ―Explicó James, mirando a su colega Emmett―. Será la etapa expositiva y podemos enterarnos a ciencia cierta de lo que quieren, que probablemente sea una indemnización en el caso que el juez presuma culpabilidad…

―No vamos a permitir eso, James ―contradijo Rosalie, la única mujer del grupo y abogada también―. Cualquier prueba que presenten será viciada. Elizabeth fue quien estuvo detrás de esos delitos económicos, y no Edward. Hay mucha gente que puede dar fe de eso.

―Tenemos que reunir a esa gente, exponerles el caso y contar con su apoyo: inversionistas de la época, ejecutivos de la antigua administración de la empresa…

―Tenemos una buena lista. ―Resumió Emmett a lo que James acababa de decir, mientras los tres profesionales de las leyes se enfrascaban en conversaciones técnicas respecto al juicio contra Edward, quien se mantenía de pie en una esquina de su oficina, con su hombro afirmado en el muro junto al ventanal, de brazos cruzados, observando hacia el exterior, donde ya la noche había caído. Estar con su hija y su hermana pequeña lo había calmado, al igual que la rápida visita que hizo al cementerio. Lo mismo podía decir de su paso por la oficina de su mujer, pero eso lo dejó más ansioso que otra cosa… y con gusto a poco, porque cuando se trataba del sexo con su mujer, nunca era suficiente. Pero no era quejas sobre el sexo con ella, sino por la indeseable visita que lo llevó hasta allí y del desafío que vio en los ojos del perro Uley. ¿Tendría que temerle? Porque con lo jodido que se encontraba, probablemente era atractivo para una mujer que llegara un hombre, ajeno a los problemas como los que él llevaba a cuestas, y la cortejara, aun cuando ese hombre ya había significado algo para ella, nada menos que su "primer hombre".

"Joder, perro Uley…" gruñó en su fuero interno, apretando sus músculos. Los celos quemaban en sus entrañas y empujaban a su parte más egoísta que lo llevaba a retener a esa mujer a su lado, pese a todo lo jodido que él estaba. Porque esa mujer era suya, y si ella no estaba, su vida se iba derecho a la mierda, y eso no iba a permitirlo. Había luchado ya suficiente por salir adelante y no iba a dejar que nadie lo hiciera retroceder, menos un tipo como ese al que ya logró espantar una vez.

―Te ves tenso… ―susurró su padre, acercándosele cuando lo vio ajeno a la acalorada conversación de los abogados. Edward miró a su padre y murmuró una respuesta que Damián no entendió bien―. ¿Edward, te pasa algo?

― ¿Te parece poco todo esto?

―Claro, pero te has mantenido al margen de la conversación, lo que me hace pensar que estás pensando en otra cosa…

―Me preguntaba por qué mi mujer no se ha aparecido por aquí… ―explicó, concluyendo que ella seguro ya había llegado pero que había pasado de entrar al despacho, algo muy poco habitual en ella. Entonces dejó a su padre con las preguntas en la punta de la lengua y al resto de los asistentes en sus discusiones, saliendo él del despacho para ir en busca de su mujer, que sabía ya había llegado, no porque hubiera visto su coche o le hubieran alertado de su llegada, simplemente porque la sentía cerca, su olor a rosas lo llamaba desde donde estaba.

Certeros fueron las predicciones del ogro, quien llegó hasta la cocina de la casa, y encontró a su demonio de espaldas a él, mirando por la ventana. Se había puesto un chaleco grueso y largo sobre la ropa, seguro por el frío que se dejaba sentir en aquella estación tan fría del año. Se le acercó despacio y quedó a escasos metros de ella. Bella giró su cabeza sobre su hombro y ladeó su boca en un intento de sonrisa, girándose a él por completo. Dejó la taza de café a medio tomar sobre la encimera y puso sus manos sobre el pecho de su marido, que la miraba atento, como si ella fuera una criatura de otro planeta.

― ¿Por qué estás aquí y no fuiste al despacho? Sabías que estábamos ahí ―preguntó él muy serio, tomando a su mujer por la cintura. Ella alzó los hombros y fijó sus ojos en el pecho de su marido.

―Me fui directo a ver a la niña, y me encontré con Bea. Estuve con ellas un rato y después vine aquí para tomar algo caliente, llegué un poco cansada. Además, no quise molestar su reunión…

―Es tu casa, demonio, no molestas. Además, siempre andas con ese espíritu curioso…

―Que siempre me mete en problemas… ―susurró ella, bajando del todo su cabeza y fijar sus ojos en la punta de sus zapatos. El ogro inspiró fuerte, porque sabía que su mujer algo le estaba escondiendo. Dio un paso atrás, apartándose un poco de ella, soltándola del todo.

― ¿A caso estás así porque no viste en la entrada las estúpidas flores que tu amigo te envió? ¿Por culpa de él estás así…?

Bella levantó rápidamente su cabeza, arrugando su frente.

―No sé de qué flores me estás hablando ―rebatió con firmeza y molestia―, pero antes que continúes, entérate que no estoy para peleas estúpidas. Estoy cansada.

Hizo amago de dar un paso al costado para salir de allí, pero por supuesto, el ogro marido suyo fue más rápido, volviendo a ponérsele en frente, tomándola con ambas manos por el rostro y obligándola a que le mirara. Evaluó sus ojos verde miel, cristalinos y cansados, su rostro pálido y sus labios pequeños, hechos solo para él.

―Dime qué tienes, mujer.

―Ya te lo dije, pero no me crees, o no me escuchas… ―Vuelve a bajar la cabeza y de la nada se pone a llorar, cerrando sus ojos con fuerza, al igual que sus puños, apretando sus dientes para evitar salir los sollozos estúpidos. El semblante serio del ogro se aligeró y no demoró en rodearla con sus brazos, correspondiendo ella a ese abraza, con la misma fuerza que el ogro la envolvía, escondiendo el rostro en su pecho, dejando que su llanto fluyera.

― ¿Estás llorando porque soy un tonto?

―No sé… ―alcanzó a oír su voz quebrada y amortiguada. Él suspiró y besó el tope de su cabeza. Su mujer rara vez lloraba "por nada", y él sabía que esta vez era diferente, y era él, el culpable; nada menos.

―Si fue por lo que sucedió este mediodía, por lo que salió en la prensa o por toda esta mierda que está pasando, entérate que voy a resolverlo y volveremos a estar tranquilos, los tres. Te lo juro.

―Tengo miedo que te hagan daño ―reconoció, alzando su cara a su marido, quien se apresuró en limpiar su rostro de las lágrima―. ¿Qué voy a hacer si te separan de mí…?

―No va a pasar eso, Bella, nunca van a separarme de ti, nunca, ¿Lo entiendes?

Bella parpadeó, dejando caer otras dos lágrimas mientras asentía despacio, aferrándose a ese juramento que su amor estaba haciendo con tanta intensidad y que sabía intentaría mantener hasta el final, costara lo que costara, tanto como ella intentaría mantenerlo, mantener la promesa y hacer a un lado los miedos, entendiendo todo aquello como una prueba más que los uniría más si es que eso era posible.

Se colgó del cuello de su marido y hundió su cara en el cuello de su hombre inundándose de su perfume, mientras él hacía lo mismo, dejando que el suave aroma a rosas lo nublara y lo hiciera olvidarse de todo a su alrededor, dejándose llevar por sueños de un futuro tranquilo.


Nenas, aquí estoy! Perdón por la ausencia de la semana pasada, pero es que estuve con full trabajo... pero aquí me tienes, retomando a este ogro, que se le viene duro... ¿qué les pareció la reaparición de Sam?

Gracias a todas quienes siguen las aventuras del ogro, y para quienes me dejan comentarios, un beso gigante. Las quiero mucho.

A mi super beta y amiga Gaby Madriz, a mi ayudante Maritza Maddox y a mi loca Manu de Marte. Gracias nenas por vuestro apoyo.

Y ya saben, nos reencontramos la próxima semana. Un besote!

Cata!