¡EL OGRO HA VUELTO!

A LEER DAMAS


Capítulo 13

―Hace ya cinco minutos que estás arreglándome la corbata, demonio ―murmuró el ogro, observando fijamente el rostro preocupado de su mujer, que con sus pequeños y delicados dedos acomodaba el nudo de su corbata negra, a juego con su traje Dior de tres piezas hecho a la medida y que ella misma había elegido para él desde su guardarropa. No era que necesitara aquel día, vestir uno de sus trajes más elegantes, como si se dispusiera a ir a un evento de alcurnia o a alguna importante reunión, simplemente su esposa adoraba verlo vestido con esos trajes de diseñador, pues decía le quitaba el aliento verlo vestido tan elegantemente sensual como aquella primera vez que lo vio.

Bella fruncía el entrecejo y mordía su labio como señal de quien estaba inmersa en una labor importantísima, intentando esconder detrás de esa imagen su verdadera preocupación. Edward iba en un par de minutos a enfrentarse a un tribunal al juicio de formalización, donde se expondrá sobre la investigación que el tribunal abrió por petitorio de la defensa de Elizabeth Masen, que estaba acusando a Edward de los delitos económicos que pesaban "injustamente" sobre los hombros de la pobre y enferma anciana, que se defendía a través de sus abogados, diciendo que el verdadero culpable era nada menos que su nieto, Edward.

Ella había investigado y sabía, por lo que había leído, que si al juez se le daba la gana, podía dejar encerrado a su marido, como medida cautelar, y ese era uno de sus miedos. Su marido nada había hecho para ser acusado de esa forma, pero la justicia en ese país estaba tan viciada, según ella, que no sabía qué podía pasar.

Se había preparado aquella mañana para acompañar a su marido, pues daba por sentado que ella como su esposa debía de estar ahí, pero su ogro esposo y su instinto de protección, le prohibió que lo hiciera. Ella reclamó un poco, pero él insistía que se sentía más tranquilo sabiéndola resguardada en su casa. Iba a seguir protestando, pero lo dejó, porque entendía que no era momento para hacerle las cosas más difíciles a su marido.

Edward en tanto, seguía observando el rostro pálido de su esposa, que evitaba mirarlo directamente a los ojos, sabiendo el ogro que intentaba esconder sus sentimientos de los que él ya estaba al tanto.

―En serio, mujer, sabes que me encanta cuando me pones las manos encima, pero esta vez no puedo quedarme para atenderte… ―intentaba sonar relajado, con su humor irónico de siempre, pero no le salía tan natural como en anteriores ocasiones, pues él también estaba preocupado.

Entonces su mujer suspiró y pasando sus manos sobre la tela de la corbata negra, dio un paso atrás, advirtiendo que ya estaba listo. Se quedó contemplando la punta de sus zapatos, retorciéndose los dedos entrelazados de sus manos, carraspeando disimuladamente para tratar de decir algo sin ponerse a llorar, pero fue imposible, sobre todo cuando se vio arrastrada por los brazos de su marido, que la rodearon con fuerza, a la vez que sentía su nariz olisquearle el hueco de su cuello o sus manos apretarle fuertemente la cintura. Bella a su vez, lo rodeó por el cuello y enterró su cara en su cuello, mordiéndose el labio furiosamente para impedir que los sollozos salieran de su boca y el llanto se desbordara incontrolable.

― ¿No puedes… no puedes quedarte? ―Preguntó ella con un hilo de voz, sin soltarse a su marido. Edward respondió después de besar su cabello, habiendo inhalado de su elixir que sentía era para él, el aroma a rosas de su mujer, que desde siempre lo cautivó.

― ¿Y perderme de verle la cara a esos tipos? Claro que no haré eso, mucho menos cuando quizás tenga la dicha de verle la cara a la vieja esa, y encontrarme con Patterson de una vez por todas.

Se apartó y puso las manos sobre los hombros de su mujer, acariciándolos con los pulgares. Ella lentamente alzó su mirada hacia él y torció el rostro. Iba a intentar persuadirlo de acompañarlo una vez más. Las palabras iban a salir de su boca, cuando él la detuvo, poniendo su dedo sobre la boca rosa de su demonio, intuyendo lo que iba a soltarle.

―Y tú te quedarás aquí, demonio. No me hagas enojar.

―Júrame que regresaras inmediatamente a casa después que termine todo eso, que no vas a pasar a ningún lado antes y que me llamarás cuando todo termine…

―Te lo juro, demonio, te lo juro. ¿A qué otra parte podría ir…? ―Susurró eso último, antes de tomarla por el rostro y besar despacio sus labios, disfrutando de la sensación de su boca pegada a la suya, deseando que todo a su alrededor se esfumara y que de una vez por todas lo dejaran en paz a él, a su esposa y a su hija. Sin darse cuenta, el beso poco a poco fue tomando intensidad, por como hundía lengua en su boca, apretándola tanto como pudo a cada curva de su cuerpo, anhelando que la ropa desapareciera por arte de magia, gimiendo ella en su boca, como si deseara lo mismo que él.

―Edward…

―No seas cruel, demonio ―susurró sobre sus labios y lentamente se apartó muy a su pesar en contra de su voluntad—. Sabes que no puedo… ahora deja que me marche. Verás que estaré de regreso muy pronto ―besó la frente de su mujer y de a poco se fue apartando de ella―. Entretente en algo con Clarisse y no hagas diabluras en mi ausencia.

―Lo intentaré.

―Regreso en un par de horas. ―Acarició su barbilla y se giró luego para salir de la recamara. Bajó los escalones y se dirigió a la cocina, donde una de las muchachas tenia sentada en una sillita a la niña, que miraba dibujos animados en la televisión que había allí, mientras jugaba con unas masitas de colores que le enseñó a su papá cuando lo vio entrar.

― ¡Milla, papi! ―Exclamó la niña, extendiendo las masas hacia él. Edward torció la boca y dejó un beso en su cabeza.

―No le des mucho trabajo a las chicas, ¿eh? Yo regreso más tarde.

― ¡Shi, papi!

―Adiós, damas ―se despidió Edward hacia las dos mujeres que trabajaban encargadas de los quehaceres de la casa, que a coro se despidieron del jefe.

Una vez adentro del coche quesería conducido por uno de sus choferes, miró la hora en su reloj, sabiendo que iba justo para llegar al tribunal, donde el juicio comenzaría a eso de las once y media de la mañana. Estaba ansioso por verle la cara a esos tipos, y como le dijo a su esposa, si tenía suerte, por fin podría verle la cara a Liam Patterson y enfrentarlo de una vez. Sacó su teléfono del bolsillo interior de su chaqueta y le marcó a su amigo Emmett, quien enseguida atendió.

Edward.

―Estoy saliendo de casa, Emmett. Dime como está todo por allá.

―Los abogados de la urraca ya están aquí y se ven muy seguros estos desgraciados. Pero descuida, mi Rose les está enviando mensajes subliminales para ponerlos nerviosos.

― ¿Patterson no está ahí?

No se ve, ni la vieja tampoco. Quizás prescindan de la presencia de ella, que es lo más probable, porque recuerda que están aludiendo su fea enfermedad.

―Por supuesto ―puso la mano sobre sus ojos mientras su chofer aceleraba y sorteaba las calles de la avenida principal de la ciudad― ¿Algo más?

―Uhm… cuando llegues, pon tu mejor rostro, galán, porque está atestado de periodistas sedientos de sangre Masen.

― ¡Mierda! ―Exclamó, golpeando con su puño sobre su rodilla. ¿Los periodistas querían un buen espectáculo? Pues se los daría.

No dejó que los flashes de las cámaras de los reporteros lo encandilaran, decidiendo ponerse sus gafas oscuras justo antes de salir del coche. Como si fuera una estrella de rock, justo cuando su chofer abrió la puerta para él, la avalancha de reporteros extendió toda clase de aparatos donde el señor Edward Masen pudiera darles alguna declaración, pero antes de provocar el mal humor del ogro, tres guardias se le acercaron y sirvieron de escudo para que el señor Masen, pudiera entrar al juzgado donde su equipo lo esperaba.

—Arrasaste allá afuera, Edward ―comentó Emmett, con su siempre buen humor intentando salir a la superficie en los peores momentos, aunque Edward no hubiera hecho caso de eso, pues simplemente se detuvo a observar a su equipo de abogados.

―Quiero que esa vieja de mierda se arrepienta de hacerme perder el tiempo viniendo hasta acá, ¿entienden lo que quiero decir?

―Así lo haremos, jefe ―aseguró Rosalie, la única mujer entre los profesionales de leyes que resguardaban las espaldas de Edward. Emmett la miró y lanzó un suspiro de aquellos que dan los enamorados, concentrándose enseguida en su trabajo.

―Bueno, pues, caballeros, vayamos adentro y veamos qué tienen para nosotros.

Los hicieron pasar por una puerta lateral hacia la sala principal de aquel juzgado, ubicándose el equipo del ogro masen a la derecha del estrado donde se ubicaría el juez. Justo al otro lado y casi al unísono, aparecieron tres abogados que representaban a la parte "contrademandante", reconociendo a uno de ellos como el abogado que desde el principio había defendido a la vieja urraca, y otros dos legistas, a los que James reconoció como integrantes de una de las firmas más prestigiosas de abogados de la ciudad, que coincidían con los datos que recabaron cuando investigaron a los cercanos a Elizabeth Masen.

Edward los miró lanzando un gruñido, no porque les tuviera miedo, sino porque ni entre los abogados ni entre el resto de los asistentes al juicio se encontraba el tal Liam Patterson, pero a quienes sí pudo ver, fue a Damian y a su hermana Alice sentado dos bancas más atrás de donde él se encontraba, además de dos ejecutivos y otras personas a quienes él no le prestó atención, no alcanzando a percatarse el ogro que en la última fila, escondido, se encontraba Garrett Anderson quien tenía sus ojos fijos en una rubia mujer, Kate Johnson, la culpable de que su corazón estuviera completamente roto y quien no le había quitado los ojos encima a Edward, manteniendo sus hombros arriba para que la próxima vez que el ogro volteara la cabeza, la viera allí apoyándolo, cosa que no logró cuando peinó el lugar con sus ojos.

El magistrado que presidía el juicio, un hombre calvo y regordete con voz ronca y estremecedora, dio a conocer primero los motivos de la reapertura del caso malversación de fondos y otros delitos tributarios por los que Elizabeth Masen había sido imputada y declarada culpable, exponiendo la defensa que habían muchos detalles e investigaciones de dudosa procedencia, que los habían llevado a pedir la reapertura y consecuentes investigaciones.

En resumen, las casi dos horas de ponencia por parte del tribunal, la parte demandante no sorprendieron al equipo del ogro quienes estaban preparados para oír que la defensa de Elizabeth Masen culpaba a Edward Masen de los delitos económicos que se originaron en la administración la otrora empresa "Masen &Co", y que habían suficientes pruebas que atestiguaban sus dichos. La defensa de Edward estuvo de acuerdo en seguir adelante con la investigación y someter a juicio al señor Edward Masen, quien estaba de acuerdo en colaborar en todo lo que la justicia indicará y probar su inocencia con pruebas y testigos.

Cuando todo acabó y quedando todos citados para dentro de diez días se retiraron de la sala entre murmullos, teniendo James que sujetar a Edward por el brazo pues el ogro reaccionó cuando uno de los abogados lo miro esbozando una sonrisa autosuficiente, deseando acercarse a el estirado tipo ese y agarro lo s por la solapar a de su fea chaqueta para obligarlo a decirle quien mierda le paga, o confrontar lo e una vez y exigirle que le dijera por que Patterson estaba tan interesado en defender a la vieja urraca de Elizabeth.

―Maldita sea, Edward contrólate ―lo persuadía James, empujando lo hacía la salida por el a brazo―. Llegará nuestro momento, Edward.

―Voy a patearle las bolas y a restregar le el triunfo en la cara a ese que está detrás de todo esto, de mandarlo a la cárcel por injurias para que le haga compañía a la vieja de mierda esa…

―Patearle las bolas y meterlo a la cárcel, tomo nota ―decía Rosalía que caminaba dos pasos adelante del ogro, de la mano de su marido. Emmett la miró y quiso carcajearse por la ironía que destilaban las palabras de su dulce esposa, mientras detrás de ellos el ogro murmuraba maldiciones y gruñía muy a su estilo.

―Pasaremos un segundo a la oficina para revisar unos contratos de esa época con los auditores y confirmar entrevistas con inversionistas que rondaron a Elizabeth durante aquel tiempo. Después quedas en libertad de irte a casa y estas con tus chicas…

―Es lo que quiero, así que movamos rápido ―exigió el ogro, con la intención de meterse al coche sorteando el mar de periodistas que lo esperaba en la entrada, y llamar al su esposa para darle tranquilidad.

Estaba pensando en eso, distraído, mientras caminaba atravesando los pasillos del juzgado mirando hacia el suelo, sin divisar a la rubia mujer que lo sujeto por el brazo, sorprendiéndolo. Cuando la vio no pudo evitar rodar los ojos y bufar, con la intención de seguir de largo porque simplemente no estaba para ese encuentro. Sacudió su brazo cuando la rubia ex colaboradora suya lo apretó ligero, dando el un paso atrás para poner distancia entre ambos, quedando varios pasos atrás de sus abogados que iban a reunirse con Damian y Alice que los esperaban unos metros más allá

― ¿Qué demonios haces aquí, Kate? ―Preguntó con tirantez, metiendo sus manos a los bolsillos y adquiriendo una postura tensa y poco amigable hacia la rubia. Ella jugueteo con su cabello, nerviosa cuando contestó casi en un susurro lastimero.

―Vine para apoyarte, ¿Dónde más iba a estar?

―Apoyarme… ―comentó con ironía el ogro.

―Sí, apoyándote, ya que veo que Bella brilla por su ausencia...

―Detente Kate –la frenó Edward en breve con su voz estruendosa, regalándole un inconfundible gesto de disgusto que a ella la hizo dar un paso atrás. Edward se veía como una fiera muy molesta, furiosa en realidad—. No necesito tu presencia aquí ni en ningún lugar cerca de mi a menos de tres metros a la redonda, ¿lo entiendes, rubia? Ni a ti ni a tu lengua venenosa, menos cuando destilas ponzoña contra la mujer que amo —recalcó eso últimos como advertencia, antes de dar un paso al costado y seguir caminando para encontrarse con su padre y su hermana. No iba a seguir perdiendo tiempo con esa mujer a quien creyó su amiga, pero a quien ahora desconocía.

Kate, profundamente herida, lo siguió con la mirada. Edward no se detuvo a mirar lo hermosa que se veía enfundada en aquel traje azul de dos piezas compuesta por una chaqueta y una falda lápiz, caminando con estilo sobre sus zapatos de taco aguja, y luciendo su cabellera rubia dorada que caía magistralmente sobre sus hombros, haciendo que todo hombre se girará s mirarla, todos los hombres incluido Garrett, que se resguardó detrás de un gran pilar para ver aquel pequeño encuentro entre ellos.

Garrett no pudo evitar percatarse de la tensión que manaba del cuarto de Edward cuando la vio y la distancia que tomó de ella, como si de verdad le molestará la presencia de la mujer. Entonces soltó aire de sus pulmones y afirmado contra aquel soporte, dedujo que en su ira primera no había sido justo con Edward, que a simple vista se notaba no quería nada con su ex mujer. Con la intención de ir al alcance de Edward salió tras su escondite, con la mala suerte de ser interceptado por un empresario conocido suyo que se interpuso en su deseo de ir tras Edward y arreglar de una vez las cosas con él.

**OO**

Tyler dejó escapar el aire de sus pulmones antes de bajarse de su coche. Su "padre" lo había vuelto a llamar para que se reunieran, ocurriéndosele al arquitecto que ahora era él quien podía ir al imperio de Liam, para tantear el territorio que lo rodeaba. Se miró los ojos en el espejo retrovisor a lo que recordaba la charla con Linda, contándole a grandes rasgos la historia con su padre y todo cuanto podía contarle acerca de la historia que ahora involucraba a Edward, estando ella de acuerdo en que debía ayudar a su jefe y que debía hacer algo más para sacarle información. O sea, que debía echar mano a sus dotes de actor y engañar a Liam respecto a su relación con Edward, para que cediera y le contara sus planes.

Por eso había llegado hasta ese lugar, aprovechando el llamado de Liam, esperando que a Edward no le pareciera una mala idea de lo que se le ocurrió a último momento, después que su chica y su madre lo alentaran.

Cuando entró al edificio que albergaba las oficinas principales de la empresa de valores que Liam presidía, pensó que entraba a un mundo paralelo. La suela de sus zapatos, pisaban mármol negro, y como buen arquitecto se detuvo a mirar los detalles arquitectónicos del hall de entrada, el piso, casi sin vetas, le aseguraba que Liam no había escatimado gastos para la adquisición de tan raro mineral, sentía que al estar allí de pie, estaba profanando el Lapis Niger . El estilo caía en lo ecléctico, que lejos de armonizar, recargaba el espacio y daba una sensación claustrofóbica; debía reconocer que los detalles por separados eran exquisitos, muebles pesados de caoba al estilo victoriano, columnatas con capiteles jónicos, recubiertos con detalles dorados y lámparas chandeliers de cristales en los techos.

Al acercarse hasta la mesa de recepción, una escultural rubia le sonrió y le dio la bienvenida. Cuando Tyler le dio su nombre, no alcanzó a decir más, alzando la mujer una mano en dirección a uno de los guardias, quien saludó al arquitecto con un asentimiento de cabeza, que más parecía una reverencia, guiándolo hacia el sector de los ascensores, acompañándolo hasta el último piso donde su padre lo esperaba. Tuvo ganas de reírse cuando vio a una mujer alta y vestida de formal atenta a su llegada como si fuera del comité de bienvenida.

―Soy Tyler y…

―El señor Patterson lo espera ―lo interrumpió la secretaria, haciéndole un movimiento con la mano para que lo siguiera por el amplio e iluminado pasillo―. Sígame por favor.

Una puerta negra, alta y doble se abrió cuando ellos estuvieron frente a esta, apareciendo el gran rey midas del lugar, recibiendo al recién llegado con una de sus características sonrisas.

― ¡Hijo mío, qué gusto tenerte aquí! ―Exclamó, haciendo entras a su oficina, sin darse el tiempo de agradecerle a la secretaria. En ese momento Tyler pudo darse cuenta por qué a Liam le parecía tan poca cosa su oficina, y es que ese lugar donde el empresario hacía negocios era un lujo. Ventanales de techo a suelo y detalles en metales que él apostaba eran preciosos. Jarrones seguro de alguna dinastía milenaria, cuadros de pintores famosos cien por ciento originales, en un espacio en el que fácilmente podría ser distribuido un departamento para habitar.

―Pero no te quedes ahí parado, ven a sentarte ―le indicó Liam al arquitecto que se había quedado de pie al centro de la oficina, observando. Sacudió la cabeza y caminó hasta los sillones de cuero negro, acomodándose en ellos, sintiéndose incómodo, no por que los asientos tuvieran algo malo, sino por el ambiente que lo rodeaba.

―Espero no haber interrumpido tu trabajo…

― ¡Claro que no muchacho! Tú también tienes trabajo y aun así estas aquí…

―Sí… mi trabajo ―suspiró apesadumbrado, echándole mano a su beta escondida de actor―. Masen me ha dejado a un lado, me ha pedido que cubra algunos proyectos pequeños que no demandan un gran trabajo, no sé por qué…

Liam Patterson estrechó su mirada y se puso a sacar conclusiones. Estaba seguro que Edward ya sabía sobre su conexión con Elizabeth Masen, y él mismo cuando se presentó ante la esposa de Edward advirtiendo sobre el parentesco con Tyler. Probablemente el nieto de su esposa se estaba vengando de alguna forma, bajando de nivel a su hijo.

― ¿Por qué no dejas esa empresa de una vez? Podría ponerte a cargo de la empresa constructora que tiene proyectos en todo el país y en algunos sitios en el extranjero. Triplicaría tu sueldo y tendrías un montón de beneficios…

―No haré eso ―respondió Tyler rápidamente. Era su empresa, pequeña, pero era fruto de su esfuerzo y el de sus compañeros. Por algo "Lux et umbra" la había escogido para aliarse, porque le habían dado la competencia a otras firmas mucho más grandes, destacando por su trabajo e innovación… pero claro, no podría decirle eso a Liam. Carraspeó y se reacomodó en el sofá―. No voy a darle ese gusto a Edward, ¿no crees?

Liam torció su boca y el orgullo paterno lo invadió. Según él, Tyler había heredado mucho de su carácter y eso le alegraba. Su hijo era uno de los suyos, por eso accedió a darle información, cayendo sin querer en la trampa ingenua que Tyler tendió para él.

―La buena racha de Edward está por acabarse. ¿No te enteraste por los periódicos de la demanda que está enfrentando?

―Sí… ―respondió, poniendo atención―. Pero no sé nada más de lo que allí aparecía. ¿Por qué sabes tu algo más?

Liam inspiró y se preparó para contarle algo de lo que sabía respecto al tema:

―Lo que leíste no fue más que la verdad. Ese hombre usó a su pobre abuela para aprovecharse y urdir un plan para vengarse de ella.

―Esa mujer mató a una monja ―recordó Tyler sin poder evitarlo, mordiéndose la lengua a continuación y esperando que eso no lo delatara.

―Eso fue… un terrible error. Una mujer mayor con un arma… la bala seguro se escapó sin querer, pero urdieron un show alrededor de eso… pobre mujer…

El joven arquitecto no podía creer que Liam estuviera excusándola… aunque a decir verdad, no le debería de extrañar que hablara de esa tema y con esa se tono ligero, quitándole importancia al asunto.

―Lo dices como si la conocieras…

―Y es que la conozco. Somos… viejos amigos ―comentó Liam, dejando para más tarde contarle a su unigénito sobre el relevante lazo legal que lo unía a Elizabeth Masen―. Digamos que le debía un favor que ahora está cobrando…

Tyler pestañeo, acomodándose su americana azul, no viendo se sorprendido de lo que Liam le contaba, pues Edward y estaba claro de ello. Aún así supo, debía hacerse el sorprendido.

― ¿Me estás diciendo que la estás ayudando en la demanda que interpuso contra Edward?

―En efecto. Me voy a encargar de representarla… sobre todo ahora que la pobre mujer no goza de buena salud. El encierro la volvió loca ―comentó esto último en un susurro, haciendo un gesto circular con el dedo índice de su mano junto a su sien. Tyler inspiró, encogiendo los dedos de sus pies por la forma tan despectiva de hablar que Tyler tenía de aquella mujer a quien se suponía estaba "ayudando". Seguro Elizabeth debía cuidar también sus espaldas de ese tipo.

― ¿Y qué provecho puedes sacar tú de todo esto? No entiendo… y no entiendo por qué estás involucrando tu nombre en todo este embrollo. Te asociarán con Elizabeth y es probable que tu estatus sea cuestionado…

―No tienes idea del peso que tengo en el mundo de las finanzas dentro de este país, querido hijo. Un chisme como el que envuelve a los Masen no puede afectarme ―indicó con seriedad y seguro por completo de sus palabras―. Y sobre el provecho que dices que puedo sacar… pues me conformo con ayudar a esa mujer, como un buen samaritano…

— ¡No me hagas reír, Liam!

― ¿No me crees capaz de hacer algo por puro afán colaborador?

―Lo empresarios como tú se distinguen por tener la mente fría y lejos de actos de caridad. Así es como montan sus imperios, así que a mí no me vengas con eso… ―acomodó su espalda en el sillón, y cruzando su tobillo sobre su pierna, sonrió como lo hacía Liam―. ¿Por qué no me cuentas qué tipo de alianza tienes con esa mujer, y por qué te sientes en la obligación de ayudarla?

Entonces Liam inspiró, mirando por unos segundos a su hijo, en quién podía verse reflejado y en quien podía tener como aliado. ¿Por qué no? Entonces soltó la bomba:

―Porque Elizabeth Masen es mi esposa.

Tyler arrugó su frente mientras digería lo que Liam acababa de decirle, para segundos después largarse a reír con carcajadas incontrolables. Sus ojos incluso se llenaron de lágrimas por el esfuerzo, mientras Liam se contagiaba un poco de su humor, riendo también.

—Es… ¡¿es una broma, no?!

―No, no lo es. Elizabeth y yo estamos legalmente casados…

"Por todo lo jodido que hay sobre esta tierra…" pensó Tyler cuando sus carcajadas remitieron, mirando al tipo frente a él, que parecía estar orgulloso de lo que había reconocido frente a él.

―Pero… pero eso es imposible —puso una mano sobre su negra cabellera, moviendo su cabeza ligero de un lado a otro Cómo intentando encontrarle el sentido a todo eso—. Ella se supone que está medio loca, ¿no? No podrían haberse casado….

―Nuestro matrimonio se celebró antes que su enfermedad se presentara. Como te dije, conozco a Elizabeth desde mi tiempo de adolecente cuando no era nadie. Ella y su padre en ese entonces me presto ayuda y ahora yo le estoy devolviendo el favor a Elizabeth y pues se así…

―No me imagino que tipo de favor le debas como para acceder a casarte con una mujer como ella. ―Pensó en voz alta, mirando hacia el claro de luz que entraba por uno de los muchos ventanales. "Quizás que cosa fue capaz de hacer como para tener que pagar de esta forma…." Meditó el arquitecto.

―Necesita de alguien que la represente fidedignamente más allá de los abogados que yo pudiera disponer para ella, por eso decidimos lo del matrimonio hace ya bastante tiempo cuando me reencontré con ella, y me contó la injusticia que habían cometido con ella, me ofrecía a ayudarla.

―Y seguro esperas recibir beneficios de todo lo que la mujer… digo, tu esposa, consiga de todo eso.

―Ella va a recuperar todo lo que perdió y necesitará de alguien que lo administre aquí afuera. Te puedo adelantar que lo que ahora conoces como "Lux et umbra" volverá a ser de Elizabeth, con todo el arrastre económico que esa empresa y sus filiales entrega, y como te dije, alguien de confianza para Elizabeth debe estar a cargo cuando ella ya no puede y cuando no puede confiar ni en su propio nieto, por quien dio todo…

―Por supuesto, y nadie mejor que su marido.

―Por supuesto ―repitió Liam, torciendo su boca. Entonces Tyler pensó en el tipo de sangre que corría por sus venas, sangre del tipo ese que tenía en frente que le contaba con mucha ligereza sobre sus proezas que indicaban que se aprovecharía de una mujer supuestamente enferma, sabiendo él por medio de Edward que en verdad no lo estaba. Pero como sea, Liam echaba mano a cualquier recurso para obtener beneficios, incluso crear pruebas que pudieran inculpar a un inocente… porque él sabía que Edward era inocente de todo lo que se le inculpaba, no porque lo haya convencido de eso, sino porque su corazón y su intuición se lo decían.

"¡Dios, qué tipo de persona es mi progenitor…!"

―Te has quedado pensativo, hijo mío…

―No es para menos, ¿no?

― ¿Puedo contar con tu discreción? Esto no debe saberse hasta el momento que me presente en el juicio, para evitar malos entendidos, no sé si me explico…

―Discreción… claro, tendrás mi discreción ―mintió sin esfuerzo, pensando en que esa misma noche debía ponerse en contacto con Edward y decirle todo aquello para alertarlo.

―Por cierto, hace días visité a la esposa de Edward, Isabella… ¿la conoces?

― ¿Uhm…? ―Peguntó, confundido y poniéndose nervioso. ¿Debía decirle que sí… o que no? Decidió mezclar la información―. Me la presentaron cuando… cuando firmamos contrato con la empresa de Masen. Apenas cruzamos palabras, yo… no creo que me recuerde.

―Claro… es muy hermosa, ¿no lo crees?

―Sí… sí, lo es, mucho… muy hermosa.

Liam sonrió abiertamente, intuyendo quizás que su hijo había quedado secretamente encandilado con Isabella Masen, como le pasó a él cuando la vio.

―Así que no te preocupes por tu trabajo en esa empresa dentro de poco te sentara en el puesto del alto mando y no tendrás que mendigarle trabajo a Masen te lo prometo.

Tyler me simplemente lo miro deseando ponerse de pie y decirle unas cuantas verdades a ese tipo a quien no podía ver como padre, mucho menos cuando sabía a ciencia cierta el tipo de cosas que era capaz de ha era por obtener poder y dinero. Pero en vez de salir corriendo, se quedó sentado esbozando una tensa sonrisa, pensando que le debía eso a Edward, le debía toda la ayuda que podía prestarle lo sentía así simplemente por llevarla sangre de ese tipo que quería ir junto a su abuela se ha urdiendo planes para joderlo.

"Ay Edward, solo espero que te tomes de la mejor manera todo esto que tengo para contarte. "

**OO**

Isabella sencillamente no podía creer que Sam Uley se hubiera atrevido a ir hasta su casa, precisamente aquel día en que ella no podía pensar en otra cosa que no fuera su marido. La preocupación por todo lo que se estaba llevando a cabo en paralelo la tenía con los pelos de punta, y no era para menos. Casi tres horas con el alma en un hilo, sin tener información desde el juzgado, y negándose a mirar todo tipo de noticias para no alterarla más de lo que estaba, esperó estoicamente hasta que su propio esposo la llamó por teléfono para tranquilizarla de que al menos ese día, todo había acabado, pero que antes de regresar a casa, pasaría por la oficina a una reunión rápida. Ella, como iba siendo la tónica en aquellos días, soltó el llanto sin poder retenerlo, oyendo bufar a su marido al otro lado de la línea.

―Ay, demonio llorón, qué voy a hacer contigo… ―le había dicho entre suspiros. Ella sorbió su nariz antes de contestarle.

―Regresar pronto y consolarme, Edward…

Y en eso estaba, esperándolo, cuando una de las muchachas le alertó de una visita que preguntaba por ella en la entrada de la casa, al otro lado de la reja custodiada por los guarias, que le pedían a Sam todo tipo de datos, negándole la entrada, hasta que Carmen, la que venía llegando de su trabajo en ese momento, lo vio en la puerta y le confirmó a los guardias que él era un "viejo amigo", cediendo ellos a dejar pasar al invitado. Cerró los ojos y se encomendó a los santos para que la visita de Sam fuera corta, y tomando a su hija en brazos, fue hasta su encuentro.

Y allí lo tenía, frente a ella, vestido de traje gris y camisa relucientemente blanca, elogiando a su pequeña Clary que estaba sentada en las faldas de su tía Carmen, mientras le hacía preguntas a la mujer sobre su vida en este tiempo y elogiaba también a Clarisse, de lo grande y hermosa que era, mientras la pequeña lo miraba y miraba a su tía, torciendo la cabeza sin ceder a los encantos de Sam, desconfiada, como si hubiera sido amaestrada por su padre. Y es que Sam había estado usando diálogos someros para mantener su visita en casa de Bella, pese a que el ambiente tenso era casi palpable. ¿Será que el moreno hombre estaba tentando su suerte?

― ¿Recibiste las flores que te envié ayer? ―Le preguntó Sam a Bella, mientras ella retorcía sus dedos y miraba por la amplia ventana de la sala hacia la entrada, esperando el arribo de su ogro. Aunque, aquello de las supuestas flores la sacó de su afán, confundiéndola.

―¿Flores? No recibí nada.

―Bah, qué raro. Envíe un ramo de flores justo ayer ―se hizo hacia adelante, sujetando sus codos sobre sus rodillas, torciendo su boca en la que parecía ser una sonrisa seductora―. Recordé que te gustan las calas y quería que supieras lo agradable que fue para mí volver a verte.

Ella tragó en seco e hizo una mueca que parecía que fuera una sonrisa. Carmen entonces carraspeó y se levantó con la pequeña en brazos, oyendo y viendo a Sam y sus intenciones nada disimuladas para con su sobrina. ¿A caso se olvidaba que ella era casada? ¡Qué descaro!

―Bueno, esta niña tiene que comer ―indicó Carmen, afirmando a la niña sobre el hueso de su cadera. Sam se levantó rápidamente y extendió una mano hasta el rostro de la niña, apretándole la mejilla suavemente con una sonrisa encantadora en los labios, que no fue retribuida por la pequeña, que se hizo a un lado de las caricias de ese desconocido, escondido su rostro del hombro contrario de su tía, para que él no le diera alcance, a lo que Sam simplemente sonrió.

Cuando Carmen salió de escena, Sam se sentó justo al lado de Bella, demasiado cerca de ella, aprovechando de tomarle las manos sin que ella pudiera ver venir aquel gesto.

―Vine por varios motivos, entre ellos prestarte mi apoyo por todo lo que hoy estás pasando. A pesar de todo el tiempo y la lejanía entre ambos, debes saber que puedes contar conmigo irrevocablemente ―entonces Sam levantó las manos de Bella que mantenía prisioneras entre las suyas y las besó con intensidad, cerrando los ojos, mientras que ella los abría como si fueran huevos fritos. Tuvo que aplicar un poco más de fuerza para retirarlas del agarre de Sam, acomodándose un poco más lejos de él.

― ¿Qué haces, Sam…?

―Necesito esto, Bella, el contacto… ―se alzó de hombros a modo de disculpa― fui sincero contigo, no puedo pasar de ti.

―Pues lo siento, Sam. ¿De qué otra forma quieres que te lo diga? Yo amo a mi marido, tengo una vida con él y quiero seguir mi futuro a su lado. No veo mi vida junto a la de nadie más, y aunque tú digas que tienes esos sentimientos por mí, pues no hará que yo cambie de opinión.

—Lo sé, Bella, lo sé…

―¿Entonces por qué…?

Se quedó callado, mirando el rostro pálido de la que alguna vez fue su chica, a quien conoció íntimamente hacía ya varios años atrás, cuando ella cursaba los primeros años de universidad, la forma en que congeniaran tan bien y como eso los había llevado a ambos a mantener una relación. ¡Dios, si él había sido su primer hombre, al que ella le entregó su virginidad! ¿Cómo era que eso no significaba nada para ella?

―Solo quiero tenerte cerca… ―"y estar aquí cuando Edward tropiece y caiga para que llores en mi hombro" añadió en su cabeza. Aunque ya en su visita del día anterior le había declarado sus sentimientos aun latentes por ella, no quería insistir con eso. Algo dentro suyo lo hacía querer estar cerca a la espera de que Bella lo necesitara.

―Escúchame, Sam, voy a ser totalmente sincera contigo ―inspiró, enderezó su espalda y se expresó con toda claridad― no es un buen momento para retomar nuestra amistad, por la manera en cómo la dejamos. No quiero causarte problemas y no quiero que tú me los causes, porque en este momento no es lo que necesitamos.

―Quiero que cuentes con mi apoyo…quiero que volvamos a ser lo que éramos entonces…

―Sam… tú y yo ya no somos amigos ―aclaró. El aire escapó del estómago de Sam, que parece haber recibido una cubeta de agua fría.

Pero no fue precisamente una cubeta de agua fría lo que Edward sintió recibir cuando entró por la puerta de su casa, atravesando el recibidor hasta la sala, mientras se arrancaba la corbata y vio al perro Uley sentado en su sofá, junto a su mujer. Fue más bien como si hubieran encendido una hoguera en sus entrañas, una que desde la mañana venía siendo temperada con brasas que aleonaban el fuego, primero teniendo que pasar por ese juicio que nada nuevo trajo para él, pero que lo dejó con la frustración cayendo sobre su cabeza por la ausencia del tipo ese, Liam Patterson que insistía en seguir envuelto en aquel ridículo halo de misterio. Después tuvo que ocuparse de asuntos referente a lo mismo en su oficina, deseando él únicamente llegar en su casa y refugiarse allí con sus mujeres. Pero por supuesto y como iba siendo la tónica de su vida en el último tiempo, siempre debía existir algo que arruinara sus planes, y esta vez la presencia de ese perro en su maldita casa y con SU mujer, otra vez rondándola, detonó su carácter furibundo.

No alcanzó a oír lo que estaban hablando, pero por el lenguaje corporal en guardia de su mujer y el de perro hambriento que distinguía a Uley, supo lo que pasaba.

Ambos miraron hacia la entrada de la sala cuando una carga en el ambiente los alertó de la presencia de Edward, quien por su rostro por supuesto, daba a entender que no sería un buen anfitrión con Uley. Pero Bella se olvidó de eso cuando lo vio, olvidándose también de su visita y levantándose del sofá para encontrarse con Edward, a quien rodeó por el cuello muy fuertemente, dando gracias a Dios de tenerlo de vuelta. Pasó por alto el cuerpo tenso de su esposo y el hecho de que apenas la rodera por la cintura, le dio lo mismo que en ese momento él estuviera así por causa de la presencia de Sam, solo le importaba que su hombre estaba con ella, de regreso en casa.

―¿Estás bien? ―Susurró aun rodeándole por los hombros, con su nariz pegada al cuello de su marido―. Cuéntame todo lo que ocurrió, por favor…

―Antes… ―sacó de sus hombros los brazos de su mujer y la hizo a un lado, dando un par de paso a al frente, nunca dejando de mirar con mucho más que recelo al visitante, quien se levantó de su sillón y miró a Edward con su ceño fruncido, mentalmente en guardia para lo que se viniera.

―Ejem… qué tal Edward… ―comenzó a saludar Sam, pero el ogro alzó su mano en señal para que detuviera la verborrea. El ogro no iba a tener consideraciones con aquel entrometido.

―Voy a ser muy claro con esto: sé con qué intenciones volviste a aparecer alrededor de mi mujer. La manera en que la miras me hace desear estrangularte, pero mi hija está en casa y no sería un buen ejemplo para ella, por lo que no te quiero cerca de ella, ni en su trabajo ni mucho menos aquí…

―Yo… soy parte del equipo que ahora trabaja en un proyecto en la empresa en la que Bella… ―estaba explicándose para poder, según él, ponerse en contexto y tratar de persuadir a Edward, pero no le resultó, porque la atronadora voz del ogro se impuso a sus explicaciones.

―No sé si sabes, pero soy el accionista mayoritario de esa empresa. Si se me pega la regalada gana, tú y tu equipito, están fuera en este momento, así que no me provoques.

―No puedes hacer eso, no puedes coartar a tu mujer a tener amigos…

―¡Mira, Uley! ―Gritó, hartándose del diálogo y de la situación esa. Entonces habló, con su siempre voz potente y amenazante igual que su postura, listo para saltarle encima al perro―. Lamento que no hayas podido superar la ruptura con ella y no haber aprovechado su tiempo de soltería antes de conocerme. Pero ya está, ella es mi mujer, y si es que ella no te lo ha dicho, te lo digo yo: le incomoda tu fea presencia, así que te reitero, no eres bienvenido en esta casa, ni a ti ni a tus intentos de acercártele a través de feas flores como las que le hiciste llegar ayer, ¿Lo comprendes?

Sam pestañeó, sinceramente sorprendido por el arranque pasional de ese hombre, odiándolo por haberlo leído tan bien, porque fue hace dos años, después que Bella conociera a Edward y la vieran tan interesada en ese hombre, tan prendada de él, que sintió la punzada de celos que lo llevó a desear tener en la vida de esa mujer, el lugar que antes ocupó.

Enderezó entonces su espalda, como desafiándolo, exponiendo su musculatura bien trabajada, ahora buscando los ojos de Bella, quien estaba dos pasos detrás de Edward a un costado suyo, mirando el "diálogo" y sin querer intervenir… hasta que Sam se lo exigió.

—Que sea ella la que me lo diga —desafió Sam, cruzando sus fuertes brazos sobre el pecho. Edward apretó la mandíbula, "¡Maldito puto perro, qué se cree!". Pero le daría en el gusto, porque algo de buena educación le quedaba en el cuerpo. Por lo que inspiró, y metiéndose las manos a los bolsillos, se giró y miró a su mujer, alzando sus cejas.

Bella miró primero a Edward, quien parecía muy tranquilo pero que bien ella sabía que no lo estaba, y luego miró a Sam, que se apreciaba confiado, demasiado diría ella, sobre todo después de lo que su esposo le había dicho, que en resumen coincidía con lo que ella le había dicho justo antes que el ogro llegara.

Carraspeó y cruzó sus piernas enfundadas en pantalones de jeans, juntando sus manos en su vientre, apretándolas entre sí.

―Sam… yo… ―volvió a carraspear para firmar su tono de voz―. Lo siento, Sam, pero ya sabes lo que opino que hayas vuelto a aparecer. No quieres ser simplemente mi amigo, quieres estar atento a que Edward cometa un error para restregármelo en la cara y poner tu hombro para que yo llore, y eso no va a pasar… porque si fueras mi amigo, hace dos años atrás no te hubieras alejado como lo hiciste, diciéndome que esto ―se apuntó a ella y luego a Edward― no funcionaría. No respetaste mi decisión y te fuiste. Por todo el tiempo que nos hemos conocido, hubiera deseado que sinceramente nuestra amistad se hubiera afianzado, pero las cosas no sucedieron así. Yo… no quiero que te acerques más a mí, ni que vengas a esta casa. No necesitamos más problemas, Sam.

¡Dios, cómo amaba a esa mujer!, pensó Edward con orgullo, soltando el aire que no sabía, había sujetado en sus pulmones mientras su demonio hablaba tan firmemente. Entonces se giró hacia el perro y tuvo la dicha de ver como el rostro seguro de hace un rato se había descompuesto como si hubiese comido carne en mal estado, él en cambio estaba degustando los manjares de la victoria, aunque su reciente ánimo escudara esa sensación.

―Bueno, creo que todo está claro. Así que por favor… ―dio un paso atrás y extendió su mano hacia la salida. A Sam no le quedó de otra que levantar su orgullo ahora pisoteado y salir de allí. Apenas le dio una mirada a Bella, jurándose que seguiría rondando de lejos, presto a lo que ella pudiera necesitar y cuando ese "delincuente" le rompiera el corazón. Susurrando casi un inaudible "Adiós", salió de la sala rumbo a la salida, mientras Edward le seguía los pasos hasta que desapareció de su vista. Luego, lentamente, se giró hacia su mujer, que lo miraba alerta, mordiéndose el labio.

―No me gustaría saber, demonio, que fuiste tú quien lo invitó y que no me lo dijiste, pensando que podía pasar desapercibido mientras yo no estaba…

―¡¿Qué?! ―preguntó Bella, ahora confundida. ¿A caso su marido estaba loco? Bueno, quizás un poco, pero ¿por qué dijo eso? Entonces apretó sus manos y se dio media vuelta para salir de la sala, furibunda. ¡¿Qué le pasaba a su esposo?! ¿Era que todo lo referente al juicio lo tenía pensando en que todo el mundo a su alrededor urdía cosas en su contra, incluyéndola?!

Iba caminando furiosa, no está muy segura de hacia dónde, cuando de pronto se vio de cabeza, con sus pies en el aire. Su marido, el ogro cavernícola, no la había dejado seguir adelante, apurándose en ir y domar a su fierecilla.

―¡No has aprendido, eh, demonio! ―reclamó él, mientras subía las escaleras con su mujer a cuesta de sus hombros.

―¡Eres tú él que no ha aprendido! ¡Me vienes con esos estúpidos ataques de celos, cuando tenemos cosas más importantes de las que preocuparnos…! ―entonces recibió un buen azote en su trasero, como aquellos de los que leyó en los libros de moda que hablaban de la relación sado- sumisa en sus protagonistas―. ¡Oye, no hagas eso! ―Protestó, agitando sus pies en el aire.

No se dio cuenta que habían entrado a su habitación, solo lo hizo cuando el ogro la dejó caer sobre la cama, haciéndola rebotar. Ella se sentó y apartó el pelo de su cara, esperando encontrarse con la cara furiosa del ogro, pero en vez de eso pudo distinguir la sonrisita socarrona a punto de escapársele de los labios, muy relajado, con sus manos en los bolsillos de su pantalón oscuro y a la medida, hecho para él.

―¿Sabes una cosa, demonio? ―Preguntó con calma, parado a los pies de su cama―. En otra circunstancia, no hubiera podido controlarme, y hubiera lanzado por la ventana a tu visita, pero debes reconocer que fui lo bastante… decente en mi trato con él.

―No era necesario, yo lo habría sacado antes. —Terció ella, manteniendo su postura. Edward esbozó esa sonrisa lobuna que hizo que su mujer tragara grueso.

―Y me complace mucho que lo hicieras. Fue como saber que estábamos en conexión, demonio temerario, porque justo ahora sabes que no necesito más estupideces que arruinen mi vida, verdad…

Sin duda, la respuesta que Bella le dio a Sam, corroborando lo que él le había dicho al perro ese, logró aplacar al ogro, calmando el fuego salvaje y vengativo que estaba dominándolo. Ella, su mujer, como siempre y en todos los sentidos, controlaba y avivaba su fuego. Ahora mismo su fuego lascivo estaba siendo activado por su demonio, sin querer.

Pero su demonio seguía furiosa, con esos cambios de ánimo tan extraños, reclamándole no estaba segura de qué cosa ahora la verdad, menos cuando él la miraba con una de sus cejas alzadas, socarronamente, mientras muy lentamente llevaba sus dedos hasta los botones de su chaleco y los desabrochaba, mientras la observa arrugar su frente mientras lo apuntaba con el dedo índice, tan pasional y ardiente. Recordó una vez, años atrás, cuando ella trabajaba para él, que llegó como fiera indomable a su oficina, reclamándole con similar pasión que recontrata a Jacob, a quien él acaba de despedir. Siempre lo cautivó la forma de ser de esa chiquilla, ahora su mujer, que lograba crear alrededor de ambos una especie de muro que lo apartaba de todo a su alrededor, porque en ese momento, él podría estar golpeando las paredes de rabia y furia, pero saber la seguridad que había entre su mujer y él, era algo bueno en medio de toda la locura que lo rodeaba.

―Supongo que no me estás escuchando…

―Perdona… ―susurró, después de haber tirado sin cuidado el chaleco, sacando ahora de un tiró el cinturón de su pantalón. Ella tragó grueso y por instinto se hincó sobre la cama, acercándose al borde mientras pasaba su lengua por los labios que se secaron de momento a otro, cuando su buen marido estaba desabotonando ahora su camisa.

―¿No… no me vas a contar como estuvieron las cosas? ―Preguntó con dificultad―Digo, estuve con el alma en un hilo todo el rato y…

―Ahora no, demonio. ―Entonces el ogro se le fue encima como depredador hambriento. Volvió a arrojarla sobre la cama, saqueándole la boca, mientras sus manos avariciosas se colaban bajo su blusón verde, entrando en contacto con su piel suave y lista para él. ―Joder, mujer, yo te necesito para no perder la cordura…

―Aquí me tienes ―suspiró ella sobre los labios de su ogro amante. Él gruñó, y con la pericia de las buenas prácticas con ella, quitó por la cabeza de ella la blusa de ceda y volvió para apoderarse de su boca, otra vez. Estaba en toda la previa deliciosa con su mujer, listo para encargarse de su furibundo lívido, cuando tres insistentes golpes se oyeron en la puerta de la recamara.

―Edward… la puerta… ―reaccionó ella a los golpes. Edward gruñó y siguió atacando su cuello, mordiendo, lamiendo y besándolo. Ella se removió, cerrando los ojos. "¡Dios, qué delicia!" pero no podía ceder, quizás algo importante se necesitaba. ―Edward… algo…

Otra vez los golpes en la puerta, y la voz de Carmen del otro lado.

―No quiero saber lo que están haciendo allí adentro, pero es urgente. Hay alguien de nombre Tyler que espera hablar con Edward, y parece muy ansioso. Dijo que lo conocían y…

Edward dejó su labor, maldiciendo que la maldita vida no lo dejara en paz ni en ese momento de intimidad con su esposa. ¡No ven que la necesitaba! ¡Joder! Pero si el arquitecto don musculitos estaba ahí tan urgido por hablar con él, era porque tenía algo certero que decirle. Por lo que bufó apartándose de su mujer, levantándose y abrochándose la camisa blanca, mientras Bella también hacia lo mismo, buscando su blusón verde.

―Me encargaré de ti, demonio, no creas que te has librado ―dijo él sin señal de humor en su voz, metiendo su camisa dentro del pantalón. Entonces la miró, arreglándose también. ― ¿A dónde vas?

―Voy a acompañarte para ver lo que quiere Tyler. ―contestó algo que para ella era obvio, no para el ogro que abrió la boca para contradecirla, aunque no alcanzara a decir mucho:

―No creo…

―No te escucho. Te espero abajo. ―pasó por su lado, alzando la mano, y salió de su habitación.

Él entonces la siguió con la mirada, inspiró y pasó las manos por su cabello. ―Por supuesto, ¿acaso tendría que sorprenderme? ―murmuró y salió de la habitación.

Llegó a la sala desde donde había sacado al perro Uley, encontrándose con el arquitecto que parece acababa de saludar a su mujer.

―Edward, perdona que haya venido sin avisar, pero necesitaba hablar contigo lo antes posible. ―le estrechó la mano y el ogro asintió con la cabeza, invitándolo a sentarse. Él lo hizo junto a su mujer, la que le agarró la mano de inmediato, como infundiéndole apoyo.

―Dime que ha pasado, Tyler.

―Yo había estado intranquilo, no sé, sobre Liam, sabes, y pues después de mucho sin dormir, tomé la decisión y por iniciativa propia fui a visitarlo ―el arquitecto hablaba con nerviosismo, pasándose las manos por sus muslos, mientras Edward frente a él lo observaba con extrañeza. ―Y parece que le agradó mucho mi visita, porque soltó bastante la lengua…

―Sobre qué cosa. No fue hoy a la primera cita en el juzgado…

―Lo sé, y creo que es porque quiere aparecer después, como lo hacen las estrellas, ya sabes.

―¿Qué lograste averiguar, Tyler? ―preguntó con voz apenas audible la esposa de ogro, que no sabe por qué percibía algo raro, como si se tuviera que preparar para algo.

―Bueno, primero deben saber que tuve que mentir un poco. Dejé a Edward como un jefe poco considerado y que se ha ensañado conmigo... ―levantó los hombros ―Lo siento.

―No tienes que disculparte. Continúa.

―Y bueno, a Liam no le pareció bien eso que tú dejaras de lado a su hijo, y me ofreció trabajo junto a él, incluso me ofreció triplicar mi sueldo.

―Muy generoso. ¿Has venido a decirme que renuncias y que…?

―¡Diablos, no! ¡Te estoy ayudando! ―exclamó saliéndose un poco de sus cabales, producto quizás de los nervios que traía, por lo que rápidamente se dio cuenta y pidió disculpas. ―Yo… lo siento… otra vez.

―Deja de disculparte, Tyler, y sigue hablando…

―Sí, bueno… yo… logré que reconociera que tiene lazos con Elizabeth, que era algo de lo que tú querías estar seguro. Dijo que eran viejos conocidos y que él le debía un favor, y que por eso la estaba ayudando. Incluso habló del artículo en el periódico, y de lo mal nieto que habías sido, culpando a la pobre anciana…

―Maldito… entrometido de mierda… ―masculló Edward con ira, mientras Tyler se explicaba.

―Pero no solo eso… bueno, está de más decir que él justifica lo que hizo, por algo está de su lado, pero no solo eso… ―llevó su dedo al cuello de su corbata, pasándolo por allí para ver si así liberaba la presión que sentía tenía en ese lugar. ―Reconoció que va a ser él quien va a representarle en todo desde ahora en adelante, porque la mujer por si sola no puede defenderse, porque habló que ella se volvió loca…

―Loca… seguro…―se mofó Edward, con una sonrisa carente de gracia. Tyler en tanto carraspeó, y continuó con su relato.

―Dijo al principio que lo único que lo empujaba a ayudarla era la amistad que los unía y esa deuda que sentía con ella, que no esperaba nada a cambio…

―Y yo seré Peter Pan…

―Por supuesto no le creí, e insistí en eso… entonces me dijo algo que me dejó boquiabierto…

― ¿Qué cosa, Tyler…? ―susurró Bella. Tyler inspiró y miró a Edward.

―Allá voy: él me dijo que Elizabeth Masen y él eran ahora…. Marido y mujer.

Bella torció la cabeza y arrugó la frente. ¿Habrá oído bien? Desvió su cara hacia su esposo, que miraba a Tyler como si se hubiera vuelto loco, entonces supo que sí, que efectivamente había oído bien.

―Qué… qué dices… no… eso no pude ser… ―dijo Bella, pasmada, mientras su marido seguía con la vista fija en el arquitecto y con su cuerpo inmóvil y dura, cual piedra.

―Fue lo que pensé, y se lo dije. La vieja… o sea, la mujer esa está enferma y no puede celebrar esos contratos, pero él aseguro que la boda se celebró antes que ella cayera en enfermedad, y entonces sacó a la luz sus verdaderas razones: él va a hacer que todo lo que Elizabeth Masen perdió vuelva a sus manos, y con creces, entonces tomará el control de todo. El poder y la avaricia son sus móviles, y no me extrañaría que después se encargara de quedarse con todo, sacando a Elizabeth del camino…

Entonces Edward se sintió como un volcán en erupción, con la lava caliente saliéndole por los poros en forma de ira, que lo hizo estallar. Se levantó y jaló sus cabellos, comenzando a gritar.

―¡Maldita vieja del demonio! ¡Maldita vieja, mil veces maldita!

―Edward, por favor… ―intentó calmarlo Bella, levantándose hacia él y tomándole del brazo para que se calmara, pero él se sacudió y siguió caminando alrededor de la habitación.

―Esa vieja… ¡Tendría que haberla matado de una vez! ¡Pero cuando le ponga las manos encima a ella y al tipo ese….!

―Cálmate Edward ―medió ahora Tyler, levantándose también y sintiendo la mirada de Edward con aquel odio que no iba dirigido hacia él, sino a la vieja y el tipejo ese.

― ¡Cómo quieren que me calme, cuando me dices todo esto! ―Alzaba las manos y la voz salía de su garganta con toda la furia acumulada. Seguro todos en casa lo habían oído y no tardarían en aparecer, pensó Bella, intentando volver a tomarlo por el brazo, mientras Tyler seguía hablando para tranquilizarlo, aunque fuera un poco. Pero el ogro estaba sufriendo de uno de sus temidos episodios de furia, donde no miraba ni oía a nadie, solo a la ira quemante en su interior.

―Te estoy previniendo para que tomar providencias y…

―¡Providencias! Cuando ese maldito se enfrente a mí, va a tener que encomendarse a la providencia… ¡Lo voy a matar, juro que lo voy a matar!

― ¡Edward, basta!

―¡Lo siento, mujer, pero no puedo tomarme esto con la calma con la que tú te lo estás tomando! Por supuesto, no estás en mi lugar…

―No digas eso Edward ―habló ella, con un poco de dolor en la voz por las acusaciones de su marido―. No digas cosas de las que después vayas a arrepentirte…

― ¡¿Y crees que ahora estoy pensando en eso?! ―Preguntó con su tono furibundo, acercándosele a Bella, sin bajar el tono de voz ni la recriminación en sus palabras que en ese momento estaban fuera de lugar―. ¡Tengo jodidas cosas más importantes en la cabeza!

―Edward, en serio, debes calmarte ―se interpuso Tyler, empujando a Edward levemente por los hombros hacia atrás, temiendo por Bella―. Estamos aquí para ayudarte, estamos de tu lado, ¿lo olvidas?

― ¿Qué está pasando, por qué gritas, Edward? ―apareció la voz alarmada de Carmen en la sala, y entonces Edward se giró y le gritó ahora a ella.

―¡No te metas, maldita sea!

Entonces un silencio pesado cayó en la sala, pues el ogro enajenado lanzó ese grito furioso capaz de espantar a cualquier antes de darse cuenta que Carmen traía entre sus brazos a su hija, quien reaccionó a los gritos de su padre haciéndose para atrás, con sus ojos claros abiertos ampliamente llenándoseles estos de lágrimas, a la vez que su barbilla comenzaba a temblar.

Bella fue la primera en reaccionar, corriendo hasta donde su hija, la que tiró las manos hacia ella y llorando escondió su rostro en el hueco protector de su madre, mientras ella la mecía y acariciaba su espalda, intentando calmarla.

Carmen, aun aturdida por la reacción para ella poco habitual en Edward, no estaba segura sobre lo que debía hacer, mucho menos Tyler, que era primerizo en todo aquello de los arranques iracundos del ogro Masen, ogro cuya ira se congeló cuando se dio cuenta de lo que había pasado. Ya antes había sufrido esos arranques delante de sus cercanos y estos sabían cómo reaccionar, pero jamás, ni en sus peores pesadillas, deseó que su hijita fuera testigo de aquello, su hija que lo miró desconociéndolo y teniéndole miedo, y no con los ojitos de amor que siempre dedicaba para él.

Con paso inseguro y ahora con el fuero de la ira congelado cual tempano en su pecho, intentó acercarse a la pequeña en brazos de su madre, y presintiendo Clarisse la cercanía de Edward, levantó el rostro y cuando lo vio, comenzó a llorar fuertemente, lanzando manotazos hacia él, con la idea de alejarlo a punta de golpes, gritando en medio de su llanto y en su lenguaje infantil que no lo quería cerca, que se fuera. Eso le partió el alma a Edward, que desvió su vista hacia Bella, quien lo miró sin querer emitir juicio en contra de su marido, que sabía no había querido provocar eso en la pequeña. Fue entonces que miró a Tyler, y tras una leve despedida, salió de la sala con su hija en brazos, seguida por su tía.

A Tyler le causó una tremenda pena esa escena, y sintió odio por su progenitor y la mujer esa a quien ayudaba, culpándolo de aquella situación que acababa de presencias y que sabía había herido profundamente a Edward, que estaba estático dándole la espalda, mirando por donde las mujeres habían desaparecido.

―A la niña se le olvidará lo que pasó hoy ―trató de consolarlo el arquitecto, esperando no ser imprudente con sus palabras. Ya había causado suficiente revuelo.

―Quizás lo hará ―admitió con voz ronca, con sus hombros hundidos como si se sintiera derrotado― quien no lo olvidará, seré yo.

Entonces sin decir más, salió por la misma puerta, dirigiéndose hacia otro sector de la casa, seguro donde pudiera esconder su vergüenza, dejando a Tyler con un gusto amargo, pero reafirmando y asegurando su postura de querer ayudarlo, aunque después probablemente su padre lo tuviera como blanco de su venganza. No le importaba, le importaba que ese tipo de quien llevaba la misma sangre, se arrepintiera de estarse metiendo en ese embrollo y pagara por todo lo que estaba haciendo.


Ay mi buen Dios... pobre Ogro y pobre Clary, que le tocó ver a su papá de esa forma. Por cierto, Tyler, nuestro buen arquitecto, se debe un premio por ayudar a Edward, ¿no creen?

Ya veremos cómo vamos a salvar a nuestro Ogro. De momento, agradecer a quienes siguen por aquí los pasos de Edward, que se dan un tiempo para leer y comentar. Muchas, muchas gracias.

Gracias a mi beta y amiga Gaby, que me ayuda con cada capítulo, a doña Maritza Maddox que es como la voz de mi conciencia, y a Miss Manu de Marte que me anima a seguir adelante. ¡Muchas gracias nenas!

Y ya saben, nos reencontramos la próxima semana, si es que los ovnis no nos raptan.

Besitos!

Cata!