¡EL OGRO HA REGRESADO!
¡A LEER!
Capítulo 15
No estaba seguro si estaba viviendo una realidad paralela o qué cosa, pero todo parecía diferente a lo que se imaginó que viviría. Pero ahí estaba, sentado en algo que simulaba ser una cama de media plaza, dura como piedra en cuya cubierta debían de haber bichos de todas las especies. Y qué decir de los muros de ese espacio de menos de dos por dos metros, de concreto roído, negro y frío que calaba hasta los huesos, con ningún espacio donde pudiera entrar la luz natural, y sin ninguna posibilidad de salir a respirar, porque barrotes impedían eso.
Sí, porque él, Edward Masen estaba encarcelado, como el uno por ciento de las probabilidades lo decían.
Sujetándose la cabeza entre las manos sintió cómo su ánimo había caído hasta sus pies y como la mala fortuna salía en su contra, burlándose de él. Pensaba en su mujer y la última vez que la vio, sujeta por Damián mientras lloraba desconsolada a la vez que a él se lo llevaban después de la resolución del juez. Pensó e imaginó a su hija preguntando por él y la razón de que hace dos noches no le leyera su cuento para dormir. Con esa imagen, los ojos cansados del ogro se llenaron de lágrimas de dolor y del peso de la injusticia, de impotencia e ira por estar allí encerrado con las manos atadas, sin poder hacer absolutamente nada
― ¡Mírame, Edward! ―Le exigió Emmett tomándole con muy poca delicadeza el rostro con sus manos grandes y pesadas, obligándole a mirarlo. Cuando lo hizo vio en los ojos de su amigo el compromiso implícito que acompañó al juramento que vino a continuación el día que lo metieron a la sombra― Voy a sacarte de aquí aunque tenga que molerle los huesos al fiscal para que revoque esta medida, ¿me crees? ¡Contéstame, Edward! ¿Me crees?
El ogro, recuerda que simplemente atinó a mover la cabeza en afirmativo en respuesta a su amigo, antes que dos guardias se lo llevaran hasta una sala pequeña, previo meterlo a un carro de gendarmería que lo llevaría al infierno, donde ahora sentía estar.
Bufó fuerte y cubrió los ojos con su mano, volviendo cuarenta y ocho horas atrás, hacia el día del juicio puntualmente, donde todo debería haber salido a su favor. Pero por supuesto, allí estaba la alimaña de Patterson metiendo sus sucias uñas para torcer todo en favor suyo y de la vieja urraca de Elizabeth, eso él podría jurarlo, aunque el mismísimo Papa le dijera lo contrario.
El grupo que lo respaldaba, había llegado como un fuerte de guerra aquella mañana al tribunal donde se celebraría el juicio. Bajó de su coche sosteniendo a su mujer fuertemente de la mano, la que por supuesto, se negó rotundamente a quedarse en casa. En otro coche llegó su padre junto a Carmen; también lo hizo Alice su hermana acompañada de Jasper y Carlisle, su padre adoptivo; Rosalie, Emmett y James quienes eran su defensa, además de Jacob y Garrett que venían presidiendo al grupo de diez empresarios que llegaron a prestarle apoyo a Edward Masen. Vio a lo lejos a Kate, pero desistió de prestarle más atención, e incluso a su loquero, que seguro había llegado ahí para ver si en algún momento necesitaban de sus servicios.
Por supuesto, llegando como estrella de cine, y cuando todo su grupo de poyo estaba por entrar al tribunal, bajó de un coche lujoso y negro nada menos que Liam Patterson, quitándose las gafas y sonriéndole a los reporteros que corrieron hasta él para obtener alguna declaración.
―Metámonos adentro, antes que saltes sobre el viejo, Edward ―apuntó Jacob, cuando vio la cara del ogro observando con ojos asesinos al viejo ese que parecía estar disfrutando de todo aquello.
―Maldito tipo… pero cuando lo tenga en frente… ―gruñó Edward, haciéndose el sordo a lo que Jacob había propuesto.
―Cuando lo tengas en frente nada mi amigo ―insistió ahora Garrett, empujándolo hacia el interior, siguiendo los pasos de los demás, quienes se le habían adelantado.
Tras la rutina previa al ingreso a la sala, Edward se quedó hasta el final y sujetó a su mujer para que hiciera lo mismo. La miró de arriba abajo, y disfrutó de la vista que ella ofrecía, con esa falda de tubo gris y aquella blusa blanca, tan hermosa y tan suya, sintiéndose la envidia de todos allí. Tomó sus manos y la observó con la determinación firme que lo había convencido de llevarla allí esa mañana. Bella era una mujer valiente y aguerrida, pero aun así odiaba que se viera enfrentada a procesos como esos, cuando tendría que estar en casa, relajada, con Clarisse.
―Ponme atención ―pegó prácticamente su nariz a la de su esposa y contempló sus ojos verde miel mientras le hablaba―. Si en algún momento esto llega a ser demasiado para ti, te levantas y te vas, ¿lo entiendes?
―Eso no va a pasar…
― ¡Maldita sea, mujer! Patterson contrató a caníbales para que defendieran su postura y la de la vieja urraca, no sé con qué nos vamos a enfrentar…
―Con puras mentiras, Edward. No me harán daño… no me lo harán si no te lo hacen a ti…
Él gruñó de satisfacción y cerró los ojos, absorbiendo el temple de su amada esposa. Cuando los abrió, una mezcla de sentimientos se concentró en su pecho, pero sobre todo el orgullo por esa chica que lo amaba incondicionalmente, fue lo que lo hizo hablar.
― ¡Joder, demonio, qué valiente eres! ―Torció la boca y acarició las mejillas sonrojadas de su esposa―. Pero prométeme que no te forzaras a estar aquí, recuerda a Clarisse, por favor…
―Te lo prometo Edward ―Bella le sonrió, mientras sus dedos acomodaban por enésima vez el cuello de su camisa gris. En ese momento no sabe bien por qué, pero sintió un remesón de amor por su mujer, que se mantenía tan estoica pese a toda la situación que estaba viviendo. Simplemente no podría haber elegido a una mejor compañera para su vida.
―Te amo, demonio.
Fue el último dialogo que Edward cruzó con su esposa antes de entrar a la sala, y sentarse en el banquillo de los acusados junto a sus abogados… justo antes que el infierno se abriera y lo tragara.
Inevitable fue para el ogro no desviar su cabeza y buscar Liam, el maldito viejo y flamante esposo de la maldita vieja urraca a quien usaba para escudarse. Elizabeth Masen había jugado buenas cartas al encontrarse con ese tipo que estaba auspiciando todo ese show para molestarlo. Recordó la llamada que Tyler, el hijo de Liam le dio esa mañana, advirtiéndole de una rápida conversación que tuvo la noche anterior con su flor de padre, quien le dijo que se sentía como un mago, listo para sacar todas las cartas que escondía bajo la manga, entre otros trucos que tenía listos para salirse con la suya.
―Pon en duda todo lo que Liam diga, a toda la gente que está a su alrededor ―le había advertido el joven arquitecto aquella mañana― yo seguiré averiguando lo que pueda. Te deseo mucha suerte, Edward, y ya sabes que puedes contar conmigo.
Edward miraba a Liam, que lo observaba de regreso desafiante y provocante, y pensaba en lo diferente que era el arquitecto con ese viejo, que no había demorado en aliarse con él y prestarle valiosa ayuda como lo estaba haciendo. "Sigue riéndote, maldito infeliz, porque después será mi turno…" pensaba Edward, sin quitarle los ojos al tipo ese, quien se dio el lujo incluso de inclinar la cabeza en señal de saludo.
―Deja de mirarlo, maldita sea, Edward ―gruñó entre dientes la rubia abogada, pegándole con su codo directo a las costillas de Edward.
―Maldito viejo, hijo de puta… él y la demente de su esposa tendrían que estar sentados aquí, no yo…
―Ya tendremos ese placer, Edward, tranquilo… ―lo calcó Rosalie, enderezando su espalda para esperar la partida que el juez daría en breve.
El juicio comenzó después de la entrada del fiscal a cargo, un hombre alto de tez oscura y cabello escaso, ojos oscuros y rudos, con evidente estado de sobrepeso. Por lo que dijeron los abogados, era mejor no fijarse en el físico de ese hombre, porque había estado al frente de grandes casos y sus veredictos nunca habían sido cuestionados, pues siempre estaban bajo la legalidad.
Después de individualizar a las partes con sus nombres y sus números de identificación, el fiscal procedió a dar lectura al oficio de la demanda que se había presentado en contra de Edward Masen, y que significaba también la reapertura del caso que cubría malversación de fondos, tráfico de influencias y cohecho por la cual había sido declarada culpable la anciana Elizabeth Masen, quien se mantenía recluida en un hospital dependiente del reclusorio femenino después de ser diagnosticada con demencia senil en su primera etapa. Edward soltó una risotada y Rosalie volvió a pegarle en las costillas, mientras se le daba el turno a la parte demandante y representantes de la señora Elizabeth Masen.
―Nos parece, su señoría, que el antiguo proceso que inculpó a nuestra clienta hace años atrás, estuvo viciado y eclipsado por el juicio en el que la señora Masen fue declarada culpable por la muerte de la ciudadana Gabriela Fly, no dándosele el tratamiento adecuado a este delito económico en particular e inculpando a nuestra defendida sin haber detrás un proceso justo.
Después de aquella introducción, uno de los abogados se adentró el recordar los detalles del caso de hace dos años, alterando los hechos en algunos de los puntos del relato, que llevó a los abogados de Edward a mirarse entre sí con extrañeza… aunque al ogro nada le extrañaba ya.
—La señora Masen en aquel entonces, tenía 78 años de edad, y los empleados de la época que trabajan en la otrora empresa "Masen & Co" pueden dar fe que ella había delegado toda la responsabilidad en su nieto y cabeza el grupo, por lo que es fácil demostrar que el señor Masen, nieto de nuestra defendida, usó la confianza que su abuela depositó en él para cometer esos ilícitos y responsabilizarla, aprovechándose de la confianza de la señora Elizabeth, que creyó en la buena voluntad de su nieto…
En ese punto, Edward había dejado de escuchar. Sus ojos los había cerrado y lo único que podía oír era el crepitar de la rabia que rugía en su interior. Por supuesto, la vieja nunca tuvo responsabilidad de nada, siempre culpó al resto de los errores que ella cometió, de los delitos que llevó a cabo. Aquello hizo desear al ogro querer levantarse de esa silla y burlarse del abogaducho que la vieja se consiguió, para partir riéndose en su cara por la sarta de estupideces que estaba diciendo, para continuar propinándole un fuerte golpe en la cara a él y a sus colegas, y al hijo de puta de su jefe, Liam.
Cuando el abogado de la parte demandante acabó con su verborrea, el fiscal le dio la oportunidad a los abogados de Edward, siendo Rosalie la encargada de tomar la palabra.
Lo primero que hizo fue excusarse después de esbozar una risa y beber agua antes de comenzar.
―Perdone usted, señor fiscal, pero los argumentos del colega abogado me tuvieron en una encrucijada, porque no supe si reír o llorar ―miró a sus colegas de lado izquierdo y enseguida, arreglándose el cuello del blazer negro, retomó la palabra―. Me parece que no sufro de lagunas mentales y puedo dar fe que recuerdo perfectamente el juicio en el que Elizabeth Masen fue declara culpable con pruebas fidedignas e irrefutables, cuya sentencia fue correctamente impuesta. Podría comenzar a enumerar uno por uno los empleados y los empresarios que se vieron afectados por las malas prácticas de la mujer en cuestión, incluso se pudo comprobar mediante interrogatorios que Elizabeth pagó a agentes de la policía, altos mandos de empresas y entidades fiscales además de coimear a profesionales del área de la salud para llevar a cabo sus delitos.
Rosalie sacó a colación desde el año aquel en que Elizabeth metió preso a Damián y movió influencias para exiliarlo por delitos de tráfico de drogas, delitos que fueron falsos e inventados por ella. Enumeró además la lista de mal manejos que ordenó realizar en la empresa en donde no se movía un hilo sin que ella lo aprobara, poniendo en jaque a Edward cuando él quiso salvar a la empresa de la quiebra; incluso había cometido delito de estafa, nunca estando Edward en medio de todo eso.
Si todo lo que Rosalie había dicho era cierto y de nada se podía acusar a Edward, ¿porque estaba él en aquel momento encarcelado por orden del juez?
―Señor juez ―pidió la palabra uno de los abogados de la vieja urraca ―si bien es cierto, esto es solo el primer juicio para poner en marcha la investigación de la reapertura del caso, queremos pedir la prisión preventiva del demandado. Creo que en los datos recabados que se le fueron entregados, hay suficientes pruebas que ponen en tela de juicio la inocencia del señor Masen y creemos que…
― ¡Protesto, su señoría! ¡Eso es una estupidez! ―Gritó Emmett, dejándose llevar y recibiendo una mirada recriminatoria del juez.
―Si es una estupidez o no, lo decido yo, abogado… ―le increpó y volvió a mirar al abogado de Patterson, quien sonrió escondiendo su boca tras la mano, aun así Bella se alcanzó a percatar del gesto que daba a entender que ellos tenían el juego ganado de antemano. La piel se le puso de gallina y no alcanzó a darle aviso a Damián sentado junto a ella, cuando oyó la sentencia del juez, que le heló la sangre como a todos los demás.
―Mientras dure el proceso y se sigan recabando elementos que puedan servir de contribución para la investigación, como pruebas o testigos por ambas partes, y por el peso de la demanda y de los cargos, se acogerá la petición de la parte demandante y el señor Edward Masen quedará en prisión preventiva durante el tiempo que dure este proceso y hasta que se compruebe su culpabilidad o inocencia en este caso. Es todo por hoy. Nos reunimos en quince días más.
Tras el golpe seco del martillo, el fiscal se puso de pie y salió por la puerta lateral, mientras los abogados que Liam Patterson habían contratado se daban la mano en señal de victoria, a la vez que los abogados del ogro estaban en una especia de shock, esto hasta que dos gendarmes se acercaron a Edward y le pidieron que los acompañara para seguir el proceso.
Apenas se giró para ver el rostro de su mujer, bañado en lágrimas, sin que él pudiera decirle nada para tranquilizarla, ni siquiera una mirada que le advirtiera que todo estaría bien, porque simplemente no lo sabía.
El corazón del ogro se contrajo de dolor con ese recuerdo del rostro contrito de su demonio en un nivel que nunca antes había visto, debiendo llevar su mano hasta el pecho justo donde dolía el recuerdo, con los ojos verde miel de su mujer muy abiertos, llenos de pánico y angustia por él.
Se puso de pie y caminó hasta los barrotes de hierro, los que aferró entre sus manos con fuerza, mientras pensaba en su mujer y en lo que debía estar pasando, aunque Emmett había jurado que estaba tranquila y confiaba que esto era una injusticia de la que lograría salir adelante. Edward simplemente asentía y agradecía que le estuviera intentando tranquilizar con esas palabras, mentiras todas, porque él conocía a su mujer y podía apostar que durante el mismo tiempo que él había estado tras esos barrotes, ella era una magdalena inconsolable… y él no estaba cerca para calmarla, sus manos estaban atadas y eso lo frustraba de forma desesperante.
―Pero ya voy a volver a ti, Bella…
Y como Edward lo había apostado, su mujer en ese momento estaba hecha un ovillo sobre su cama matrimonial, donde lloraba la ausencia injusta de su marido. Todos decían que harían lo posible para sacarlo, hacían reuniones en su casa y en la empresa, pero nada. A ella la dejan afuera para no inquietarla, ¿pero era eso posible, cuando su "inquietud" alcanzaba niveles colosales? Si hasta Clarisse lloraba sin motivo aparente y preguntaba por su papá, debiendo mentirle Bella diciéndole que estaba en un viaje de trabajo y que regresaría pronto. Entonces la niña agarraba el teléfono y se lo pasaba a su madre para que le marcara a su papá y poder hablar con él, y ella, con el corazón roto, le pedía disculpa porque no podían interrumpirlo, rompiendo la niña a llorar.
―No es justo, no es justo… ―se repetía una y otra vez, lamentándose y maldiciendo a los culpables. Cerraba los ojos e inspirando, podía sentir en el ambiente el perfume de su esposo que ella adoraba que usara, incluso podía oír su voz regañándola si se concentraba. Quizás se estaba volviendo loca, pero no era para menos, prefería vivir en el desequilibrio antes de ser consciente de la cruda realidad. Así que iba y se refugiaba en ese cuarto y traía a ella los mejores recuerdos junto al hombre que amaba.
Con su rostro pegado al cobertor azul y sus ojos fuertemente cerrados, recordó los inicios de su relación con Edward, cuando ella recién había llegado a la empresa y no era más que una pequeña hormiguita suspirando por el gran y huraño magnate. Sonrió débilmente refugiándose en sus recuerdos, cuando su esposo, aquel entonces solo su jefe, la descubrió escondida debajo de su cama. Cuando le dio tiempo para apartarse y ella testaruda, no quiso hacerlo, dando inicio a la que sería el romance más intenso de la historia, de su historia; o cuando hicieron el amor aquella primera vez después que ella llegara de juerga con sus amigas.
Dios, recuerda como si fuera ahora, la manera en que la desnudó y como recorrió su cuerpo entero con su boca desde la punta de los pies hasta su cuello y su boca, y cómo la poseyó mientras se miraban a los ojos y jadeaban sintiendo el fuego quemarles por dentro.
― ¡Dios mío! ―Tuvo que levantarse y caminar hasta el cuarto de baño para mojarse el rostro y confundir el agua con sus lágrimas que volvían a empaparle el rostro. Se sujetó de la encimera con su cabeza escondida entre sus hombros, porque el recuerdo de su piel fundida a la de su hombre, era más como una tortura en ese momento en que no podía tenerlo y no podía encerrarse con él en la burbuja aquella que los apartaba de todo lo demás.
― ¿Bella, cariño?
Levantó la cabeza y se dio de bruces con su reflejo en el espejo y vio lo demacrada que estaba, pero tuvo que impedir lamentarse y echarse nuevamente a llorar, porque su tía que había entrado buscándola ya estaba en la puerta del baño.
― ¿Estás bien? ―Le preguntó Carmen, acercándosele y pasando sus dedos amoroso por su maraña descuidad de pelo. Ella la miró y no respondió porque la respuesta era evidente.
― ¿Qué sucede, tía? ―Dijo ella con la voz más baja y rasposa. Carmen torció la boca como pidiendo disculpas y bella tuvo que prepararse para oír lo que sabía ella, no eran buenas noticias.
―Cariño, fuimos a ver a Clarisse, y tiene fiebre. Está temblando y muy decaída.
― ¡Dios! Mi niña ―y olvidándose de sus pesares, salió corriendo al cuarto de su hija donde una de las muchachas tocaba su frente. La niña estaba despierta pero decaída recostada sobre su cama, con su peluche Toddy entre los bracitos. Bella se sentó junto a ella en la cama y tocó su frente y su cuello―. Cariño, dile a mami cómo te sientes…
La niña no dijo nada, solo lanzó un suspiro y un quejido cuando trató de moverse, tomando Carmen la iniciativa de llamar al doctor.
―Esto es lo que nos faltaba ―murmuró mientras marcaba el número del pediatra de la pequeña, el que no demoró en contestar.
Mientras Carmen le contaba lo que sucedía con la niña, Bella destapaba a su hija para palpar su ropa, la que estaba húmeda por la fiebre. Con ayuda de una de las chicas que ayudaba con los asuntos de la casa, con cuidado le quitaron la ropa y después de pasarle una esponja empapada por el cuerpo, le calzaron un pijama liviano, mientras esperaban al doctor que anunció estaría ahí en veinte minutos.
― ¿Crees que debemos llamar a Damián, o a alguien…?
―No hasta que el doctor haya checado a mi hija y hable con él.
Pero para buena o mal afortuna de Bella, justo cuando el doctor ingresaba con su coche a la casa, lo hacían también Jacob y Damián, quienes después de una reunión habían decidido ir hasta allí y ver cómo estaban las mujeres del ogro.
― ¿Por qué está llegando el doctor de la niña, Carmen? ¿Ocurrió algo? ―Preguntó Damián tras saludar a la tía de Bella. Se quedaron a los pies de la escalera y ahí tuvieron un muy corto diálogo, lleno de tensión.
―La niña estaba pálida y con fiebre, decaída, por lo que decidimos llamar al doctor y que él nos dijera qué ocurre.
― ¿Y desde cuando está así? ―Preguntó ahora el moreno amigo del ogro. Carmen, retorciéndose los dedos y mirando hacia donde se había dirigido el doctor, respondió.
―Esta tarde se puso mal. Estuvo decaída durante el almuerzo y después de su siesta despertó así. Espero que no sea nada grave, no estamos para más malas noticias…
Entonces aparece Bella cargando un bolso sobre su hombro y su cartera, y en sus brazos a su hija con el doctor pisándole los talones, quien apenas había alcanzado a estar cinco minutos con la niña.
― ¿Bella? ―Pregunta Damián con la preocupación evidente cuando ve el rostro acongojado de Bella. Ella traga grueso y mientras camina hacia la puerta con su hija en brazo, ahora acompañada por todos allí, respondió con la voz resquebrajada.
―Tiene fiebre muy alta y es imposible bajarse acá. Hay que hacer exámenes y… yo…
―Déjame ayudarte, Bella ―intervino Jacob, tomando a la niña en sus brazos y dirigiéndose a su coche. Había tomado la decisión de conducir él pues seguro la esposa de Edward no estaba en condiciones de hacerlo. Bella dejó que Jacob hiciera, y mientras se subía a la parte trasera del coche con su niña, alcanzó a informarle a Carmen y Damián hacia qué hospital se dirigían.
― ¡Ay Dios, mi pobre Clary! ―Lloriqueó Carmen abrazada a Damián. Él besó su frente y la apartó por los hombros, no era momento de lamentarse, había que ponerse en acción.
―Ve por tu chaqueta, querida. Debemos acompañar a Bella. ―Carmen asintió y se secó los ojos, apartándose de su pareja.
―Vuelvo enseguida.
De camino, Bella pasaba una y otra vez los dedos por la frente caliente de su hija y Jacob que las miraba por el espejo retrovisor, se le rompía el corazón al ver aquella escena tan cruda, además de saber todo el peso que rodeaba a esas mujeres. Bella lloraba en silencio y parecía estar rogándole al cielo por la salud de su hija.
―Ya verás que es algo viral y muy común, Bella. Y esto no será nada más que un buen susto. ―la animaba él desde el volante, conduciendo por las calles de la ciudad a sobre cien kilómetros por hora.
―Dios te oiga, Jacob…
―Mañana… mañana Emmett visitará a Edward, ¿quisiera que le dijera…?
― ¡No! ¡Dios, no! ―Exclamó ella, devolviéndole la mirada alarmada por el espejo―. Se volvería loco allí adentro. Por favor, Jacob, mantén esto en reserva hasta que confirmemos de qué se trata. Si es como dices, no hay razón para que preocupemos a Edward.
―Como digas, Bella.
Metieron a la niña por urgencias sobre una camilla que el doctor demandó lo esperara en ese lugar. La ingresó directo al tercer piso, en el área infantil, donde tras instalarla en una habitación, comenzó a hacerle exámenes, mientras la inyectaba y a través de sondas la hidrataban y administraban analgésicos hasta no saber qué era lo que la niña tenía.
Bella estuvo junto a su niña, consolándola cuando ella lloraba por miedo y la incomodidad de verse en un lugar que no era su casa, observando a todos lados, al doctor y sus enfermeras, y buscando entre ellos el rostro de su padre, a quien llamó entre gritos, partiéndosele otra vez el corazón a Bella.
― ¡¿Qué pasó, Jacob?! ―preguntó Carmen cuando llegó al piso donde en informaciones le indicaron que la niña había sido ingresada.
―Están adentro haciéndole los exámenes. Escuché decir al doctor que por los síntomas podría ser escarlatina. Su fiebre estaba llegando a los cuarenta de temperatura…
― ¡¿Casi cuarenta?! ¡Mi buen Dios!
―Pero eso ahora lo están controlando y toman exámenes de rigor para asegurarse de lo que puede ser.
― ¿Deberíamos avisarle a alguien más, o hacer algo más? ―Quiso saber ahora Damián, que se sentía imponente ya, sin poder hacer nada para ayudar primero a su hijo y ahora a su nieta.
―Bella pidió que esperáramos hasta saber qué tenía, y recalcó no decirle nada de esto a Edward, ya sabes cómo se pondría…
―Entiendo…
Les estaba lloviendo sobre mojado. Eso era lo que sentía Damián en ese momento, sentado en aquella banca de la sala de espera, aguardado por tener noticias de su pequeña Clary. Las cosas se estaban poniendo de color hormiga, primero con el asunto de su hijo, apuntando todo a que Liam Patterson y Elizabeth Masen habían recurrido otra vez a malas prácticas para salirse con la suya, pero ellos no se iban a quedar tranquilos, anunciaron era misma tarde en una reunión en la empresa. Tenían suficientes testigos que darían fe de que Edward no tiene culpa de nada, incluso buscarían personas que pudieran hurgar en la vida de Patterson y comprobar que él había recurrido a tráfico de influencias para montar ese show, del que no sabía qué beneficio sacaría. Recordó entonces a Tyler, quien a media mañana dejó un mensaje en su teléfono que él olvidó revisar hasta ese momento. Decía:
"Estoy consternado con lo ocurrido e intentaré ponerme en marcha para ayudarlos. Tenga bien en informarme los pasos a seguir. Cuando tenga novedades, me pongo en contacto con usted."
Damián agradeció la voluntad de oro del joven arquitecto. Seguro el daño que su padre le hizo ignorándolo en su infancia, lo había empujado a no solapar sus fechorías, y eso hablaba muy bien de Tyler. Solo esperaba que no saliera perjudicado con todo eso.
**o**
Elizabeth palmeaba sus manos en celebración, mientras se reía a mandíbula batiente, después que su esposo le diera el lujo de detalles del juicio donde Edward fue encarcelado.
― ¡Te lo dije! Debemos comenzar a debilitar al grupo de hienas esas. Con el desquiciado de Edward en la cárcel, el resto no sabrá qué hacer ―explicaba ella, con el ánimo reluciente―Pero tenemos que seguir debilitándolos. Ahora hay que atacar a las partes importantes de ese grupo. El maldito de Damián quizás, la putita de su esposa y por supuesto… su hija.
―No soy ni un asesino ni un roba chicos, quiero recordarte ―comentó Liam con seguridad, pese a que faltaba a la verdad en esa declaración. Sentado cómodamente y de brazos cruzados, contemplaba sereno la euforia tan poco común en su esposa―. Y sí, tienes razón, hay que seguir debilitándolo a él y a su entorno, pero yo veré como seguir haciendo el trabajo. Tú limítate a hacerte la enferma, no me extrañaría que pidieran exámenes con agentes externos para que te evalúen.
― ¿Y qué hay de los testigos? ¿Tienes alguno que pueda servirnos?
―Ha sido una labor cansadora, cuando en el pasado no dejaste una sana red de contactos ―la regañó sutilmente a lo que Elizabeth se hizo la desentendida―. Me refiero a que todos los empresarios que terminan vinculándose contigo de una u otra manera, terminaron odiándote. Pero… soy un mago y tengo un hermoso as bajo la manga.
― ¿De quién se trata? ―insistió en saber Elizabeth, a lo que Liam sonrió lleno de misterio al contestar sin dan nada por sentado.
―Ah, es una sorpresa. Solo puedo adelantarte que una mujer despechada puede ser venenosa y de mucha ayuda…
― ¿A quién te refieres? ¡Dímelo!
―No lo haré. Además, mi querido hijo trabaja en directa relación con la empresa de Masen y puede ayudarme. Esta noche me reuniré con él.
―Estás muy tranquilo. No debes bajar la guardia, ¿es tu hijo de confianza?
―Es mi hijo, mi sangre, por supuesto que es de confianza. Que tu nieto haya sido un puto traidor contigo, no quiere decir que mi hijo sea igual conmigo.
Elizabeth bufó, mirando la muralla blanca y roída de la habitación para esconder su rostro asqueado al comentario de Liam.
―Ya lo veremos...
Liam entonces se levantó y se sentó una silla más allá, quedando junto a su esposa, alcanzando una de sus manos para tomarla y llevársela a la boca. Miró el rostro de mujer, lavado y carente de maquillaje, y su pelo alejado de las manos de los mejores estilistas como antaño, aun así contemplándola con intensidad con aquellos ojos oscuros, poniéndola nerviosa como lo hacía con las mujeres a quienes deseaba provocar.
―Si las circunstancias fueran otras, amada esposa, para celebrar el triunfo de esta etapa tomaríamos champagne y terminaríamos haciendo el amor como dos dementes sobre nuestro lecho nupcial.
A esas alturas, Elizabeth estaba aguantando la respiración y su rostro estaba rojo de vergüenza… o de otra cosa que no quiso o no supo reconocer. Eso le divirtió tanto a Liam, que siguió hablándole.
―Te quitaría la ropa muy despacio y te aseguro que te haría disfrutar como nunca ningún hombre lo hizo. ¿Has tenido alguna vez un orgasmo como Dios manda, mi querida esposa?
―Basta, Liam ―respondió débilmente, pasmada y sin poderle quitar los ojos de encima al hombre que parecía tenerla anclada con sus ojos negros ardiendo.
― ¿A caso no te gustaría que yo te hiciera gozar en la cama hasta el punto que no sepas ni cuál es tu nombre? Dejarme recorrer tu cuerpo con mis manos, mi boca y otras partes que ahora te parecerían obscenos escuchar, pero que te harían vivir el placer del sexo como nunca antes…
― ¡He dicho que basta! ¡Basta de burlarte de mí! ―Manoteó y golpeó a su esposo en el pecho empujándolo. Liam se carcajeó a la vez que se ponía de pie y abrochaba su chaqueta negra de diseñador, mientras ella apartaba el rostro y abanicaba su cara enrojecida.
― ¡Qué matrimonio más gracioso es este que tenemos tu y yo! Te sonrojas al hablar de sexo, algo tan natural en una pareja… ―se alzó de hombros y metió las manos a sus bolsillos, mirándola con la cara ladeada, mientras ella se mantenía firma en no volver la mirada hacia él―. Y bueno, ya que no quieres eso de mi, iré a tomarme un trago con alguna buena amiga que me haga el favor. No se vale que me dejes así de cachondo…
Esto último se lo dijo inclinándose hacia ella y susurrándole al oído, a lo que ella por obligación tuvo que dar vuelta la cara hacia él y mirarlo con asco. Él sonrió como si nada y sin ella poder impedírselo, besó la comisura de su labio y se apartó rápidamente, saliendo de la sala privada de visita.
Se quedó mirando la puerta cerrada, recordándose por qué estaba aguantando todo eso. Porque nadie más iba a querer ayudarla como Liam lo estaba haciendo, menos alguien con el poder que su esposo tenia. Tenía que vengarse de su nieto y darle el recadito final de que nadie que se metiera con ella, Elizabeth Masen, salía tan campante sin recibir su merecido, y aclararle que ni la cárcel ni un manicomio eran impedimento para ella, aunque no recibiera nada a cambio. No era estúpida, sabía que lo que pudiera obtener económicamente hablando, iba a ir a parar directo a los bolsillos de Liam, y que mucho menos él iba a ser capaz de sacarla de la cárcel, aun con todo el poder que tenía. Pero no importaba, dar el golpe de gracia en contra de quienes la hicieron caer, era lo último que haría, fueran cuales fueran las consecuencias para ella…
Sonrió con malicia, pensando en los dotes de mago que su aliado decía tener, olvidando su actual esposo que ella también era una mujer inteligente y que también tenía ases bajo la manga, por si se le ocurría traicionarla.
―Así que no me provoques, Liam Patterson, o terminarás como la tropa de perdedores que rodean al maldito que tengo por nieto.
Después de eso, su enfermera entró a la sala, y con su sonrisa y su espíritu servicial habitual, la sacó del cuarto y se la llevó a su recamara para que la pobre mujer enferma descansara… la pobre mujer que ella sabía fingía su enfermedad, y sobre lo que ella tenía que mantenerse ciega, sorda y muda si no quería que su cabeza rodara.
Liam por su parte había hecho lo que prometió, se había ido a uno de los bares más exclusivos de la ciudad y allí encontró a una muchachita rubia y delicada que recién cumplía los veinte años que estaba solita tomando un coctel de frutas y vodka con quien comenzó una charlar y con la que acabó teniendo sexo salvaje en el cuarto de un hotel cercano. La veinteañera era una fiera en la cama, una que dejó que el viejo sesentón hiciera lo que quisiera con ella a cambio de un lindo regalo que ella colgaría alrededor de su cuello.
Estaban relajados sobre la cama, con ella derramando champaña en el estómago bien trabajado de Liam, sorbiendo de ahí del caro espumante cuando una llamada interrumpió a la pareja. Liam miró el aparato sobre la mesita de noche y vio el nombre de su hijo.
― ¿Vas a contestar? ―susurró la niñita con voz de muñequita. Él se sonrió y le guiñó el ojo.
―Es importante y será solo un momento, tú sigue con lo tuyo ―la animó, moviendo la cabeza a la vez que ella sonreía coqueta y él descolgaba el teléfono―. ¡Hijo mío, qué sorpresa!
― ¿Estás ocupado? ―Preguntó, tentativo Tyler.
―No para ti. Dime, a qué se debe esta sorpresa… ―quiso saber haciendo notar su bien humor, mientras acariciaba la melena rubia de su acompañante.
―Yo… yo quisiera ver la posibilidad… ejem… de si podíamos desayunar mañana. Tengo unas preguntas que hacerte…
― ¡Por supuesto! ¿Te parece que nos reunamos en el restaurante del hotel del centro, a las nueve?
―Ahí estaré… y esto… gracias por darte el tiempo.
―Cuando quieras, hijo mío.
―Adiós, Liam ―y enseguida el joven arquitecto colgó el teléfono, y soltó el aire que retuvo en sus pulmones, buscando la mano de su chica, Linda, que se mantenía sentada junto a él, además de Garrett, Emmett y Rose, que habían llegado a la pequeña casa del arquitecto para hablar con él.
―Gracias, Tyler, por esto que estás haciendo ―agradeció Garrett en nombre suyo y de su hermano que estaba en la cárcel. Tyler lo miró apenas y volvió a desviar la mirada bajándola hasta el piso.
―No puedo creer que ese tipo sea mi progenitor… ―se lamentó él, después de la conmoción que sufrió cuando supo el resultado del primer juicio que había mandado a la cárcel a Edward y que para colmo lo tenía lejos de su familia, de su hijita que debía quedarse en el hospital por alguna enfermedad, según lo que le dijeron las visitas. Habían llegado aquella noche a petición del mismo Tyler, después de que a él se le hiciera imposible reunirse con ellos aquella tarde en la reunión. Se había ofrecido honestamente primero con Edward y luego con sus colaboradores a cooperar con lo que fuera necesario para desenmascarar a Liam, y eso iba a hacer.
―Tranquilo, Tyler, olvídate de eso. Uno no elige a nuestros progenitores ―intervino Emmett, sentado en el sofá a un costado de él― los míos me abandonaros, y eso no significa que yo haría lo mismo con mi hija, nunca.
―No seré como él, aunque él insista en moldearme a su imagen… me moriría antes de eso…
―No digas eso ni en broma ―se lamentó Linda, aferrándose al costado de su novio. Tyler la mira y sonríe con tristeza antes de dejar un beso en su frente.
―Pero no es momento de lamentarse de algo que no ocurrirá ―intervino Rose con voz serena ―Necesitamos estar concentrados en esto y conseguir la mayor información posible de Liam.
―Lo haré, se los prometí. No voy a dejar que siga adelante con esta estupidez, y tendrá que decírmelo aunque tenga que seguir haciéndome pasar por su hijo querido…
Y supo que eso era lo que tendría que hacer para que Liam se relajara y le diera a conocer sus pasos a seguir con respecto a todo lo que tenía que ver con aquel asunto de Edward. Así que con esa careta fue a su cita de la mañana siguiente, sonriendo lo más convincentemente que pudo cuando entró al restaurante y se encontró con Liam esperándole en una mesa junto a la ventana. Al llegar estrechó su mano y se sentó, fijando su vista en el mantel blanco de lino, la cuchillería de plata y las vajillas de porcelana que esperaban ser usadas durante el encuentro matinal entre el padre y el hijo. Tyler estaba nervioso porque quería hacer un buen papel, pero no era actor y sabía que poco le duraría la racha de intérprete frente a su padre, a quien no soportaba. Además, estaba llevando a cabo un plan que se le ocurrió a última hora y no quería fallar.
―Supongo que estás expectante de saber lo que ha ocurrido con Masen, ¿no es así? ¿Sigue haciéndote a un lado en el trabajo?
La última vez que hablaron, Tyler dejó entrever una cierta rivalidad hacia Edward, del que Liam se tomó para confiarle sus secretillos y ver en su hijo un aliado importante que pudiera ser sus ojos y sus oídos en la empresa.
―La verdad… la verdad es que han estado tan absortos en esto de la demanda, que nos han dejado trabajar tranquilos. Y con todo esto de que ahora Edward está en la cárcel… ¿me puedes decir cómo lo hiciste? Porque debiste hacer algo más para meterlo a la cárcel.
― ¡Yo no hice nada! ―Respondió entre broma, alzando sus manos como la inocente blanca paloma que quería aparentar ser―. La justicia está haciéndolo. Elizabeth está en la cárcel inculpada por ese delito del que no es responsable, y como su nieto ha salido como posible responsable del hecho, era una medida que la corte tomaría, algo que no debía sorprender a nadie.
― ¿Tu esposa insiste en que es él el culpable?
―Oh, mi pobre esposa… ―susurró con la ironía de siempre, meneando la cabeza― ella de poco se entera.
Tyler hizo una mueca porque esperaba otra respuesta, una que le dijera que Elizabeth estaba montando el papel de loca por su propia conveniencia. Esperó que la mesera llenara su taza con café recién hecho, mientras pensaba en algo para sonsacarle y mientras Liam lo observa del otro lado de la mesa redonda, vestido con un impecable traje gris de tres piezas, color similar al que él llevaba en sus pantalones y su americana. Era todo un profesional y con su ayuda, podía llegar a ser un alto ejecutivo, un digno sucesor suyo.
―Creo que de una vez sería bueno que te dejaras de cosas y te vinieras a trabajar conmigo de una vez. Me indigna saber que un hijo mío está bajo las órdenes de un tipo como ese y a quien trata con la punta del pie. A mi lado, estarías gozando de un puesto digno de ti, hijo mío y de todos los privilegios que eso conlleva.
―Otra vez, agradezco tu ofrecimiento, pero como te lo dije la vez pasada, no voy a salirme de ahí, no le daré el gusto a Masen… además… ―carraspeó y se arregló el cuello de su camisa― ¿no crees que te sería de más ayuda estando adentro?
Las cejas de Liam se dispararon y la comisura de sus labios se elevó poco a poco hasta que su sonrisa fue evidente en el rostro. Su hijo estaba ofreciéndole ayuda abiertamente, tal y como él esperaba que sucediera, ¿aprovecharía la oportunidad, ahora que él se la estaba proponiendo tan abiertamente?
―Hijo querido, no estoy del lado oscuro de las fuerzas, la justicia de este país está haciendo su trabajo, nada más, aunque debo reconocer que me sobrecoge que me ofrezcas tu ayuda y…
― ¿Por qué insistes en aparentar conmigo? ¿En serio? ―lo picaneó Tyler, intentando que Liam soltara algo tan impactante como lo hizo la vez pasada, pero parece que Liam se esforzaba en hacerse ver como un santo frente a su hijo―. Mejor dime de una vez lo que estás haciendo para que las cosas te salgan tan bien a ti y a tu mujer. Seguro les pediste ayuda a algunos de tus amigos de los círculos más altos de la ciudad que te echaran una mano, ¿no?
―Mi querido Tyler, Edward no es de los trigos limpios. Si está acusado de delito tributario es por algo. Cosas sucias sucedieron cuando él estaba a la cabeza de Masen & Co y es imposible que no se diera cuenta de los movimientos que dice Elizabeth hizo, según ellos. Si mi esposa es culpable, él mínimo es cómplice. Es todo.
"No puede ser, no puede ser…" se repetía Tyler. No puede ser que él insista con culpar a Edward y esquive sus preguntas.
―¿A caso no has creído cuando te he dicho que quiero ayudar a Elizabeth para hacerle justicia a una vieja amiga a la que se le inculparon por cosas de más?
―Honestamente, no. ―Tyler, motivado por el espíritu actoral que lo había abducido últimamente, continuó con su puesta en escena ante Liam. Se limpió la boca con la servilleta de lino y suspiró, esquivando la mirada de su padre―. Si crees que me trago tu postura de buen samaritano, es porque me crees un estúpido.
Liam cruzó las manos a la altura de su boca y contempló la postura enfadada de su hijo, el que pedía le explicara el por qué de su postura a favor de Elizabeth.
―Llegado el momento sabrás toda mi verdad y tus preguntas tendrán sus respuestas. Ahora solo debes mantener tus ojos bien abiertos respecto a todo lo que pase en la empresa de Masen. Cualquier colaboración es valiosa para mí.
―Bueno pues… ―arrugó su frente cuando la vibración de su teléfono móvil en su bolsillo lo distrajo. Sacó el aparato y miró el anuncio del mensaje en su bandeja de entrada, el que abrió y leyó con preocupación.
―¿Sucede algo malo? ―quiso saber Liam, cuando vio el gesto serio en su hijo, que le contestó sin darse cuenta:
―Bella tuvo que llevar a su hija hasta el hospital ―murmuró, releyendo el mensaje―. Creo… creo que debo ir a verla.
―Bella, la flamante esposa de Edward Masen, ¿acaso te interesa esa mujer? ―preguntó de pronto Liam, captando la atención de Tyler que levantó su vista del teléfono, mirando al hombre frente suyo como si le hubiera salido una segunda cabeza. Se dio cuenta que había dado información que no debería y solo esperaba no haber metido la pata.
― ¿A qué te refieres?
―Las veces que nos hemos reunido, siempre has estado preocupado por ella ―puntualizó, estrechando sus ojos oscuros y escrutadores hacia Tyler―. ¿Es acaso ese el verdadero punto de discordia entre Edward Masen y tú?
Tyler apretó los dientes y pensó en la primer vez que vio a Bella, y que se la imaginó soltera y libre para que él la cortejara, pensamiento que se esfumó cuando la vio junto a su marido y percibió el amor que los ataba, haciéndose automáticamente a un lado. No había aversión entre Edward y él, muy por el contrario, Tyler sentía que podía entender la rabia del hombre hacia su propia sangre, porque era la misma que él sentía por el hombre que lo miraba, esperando una respuesta.
Estuvo a punto de responderle con una pachotada, cuando su ángel malo palmeó su espalda y le susurró al oído que quizás eso que Liam pensaba, podía usarlo a su favor, por tanto sería mejor que no desmintiera ni afirmara nada.
"Yo también puedo jugar tu jueguito, Liam"
―También tengo mis secretos, y no estoy haciendo nada malo. ―sonrió lobunamente y se levantó, abrochándose su americana―; lamento que el desayuno haya sido tan corto, pero tengo compromisos. Estamos en contacto por cualquier cosa.
―Te buscaré hijo mío ―respondió Liam, poniéndose de pie y extendiéndole la mano a Tyler en señal de despedida, para luego dejarlo marchar, agregándose un punto para él pues según su olfato, ahí había algo que él sabría aprovechar para su beneficio, aunque claro, Liam no sabía que el olfato de un hombre de sesenta y un años a veces podía fallar y hacerlo errar en sus objetivos.
Terminó de beberse el café y miró la taza a medio tomar que su hijo había dejado, mientras repasaba los compromisos importantes de su agenda mental, mientras tomaba nota de otros que debía cubrir con urgencia, como por ejemplo, constatar qué era lo que llevó a la pobre Bella Masen y a su pequeña hijita hasta el hospital. Quizás buscaría a una enfermera amigable que le hiciera el favor de mantener su oído abierto para traspasarle información a él, a cambio de un cheque con una buena cantidad de ceros, y otras cositas, por qué no.
¿Sabrá Edward lo ocurrido con sus mujercitas? Se preguntó, mirando la arboleda que rodeaba la plaza central que se podía ver desde la ventana del restaurante, a esa hora, poco concurrido. Y la respuesta a su pregunta llegó automáticamente: claro que no lo sabe. Pero él era padre y sentía ese compromiso con el pobre encarcelado, poniéndose por escasos segundos en sus zapatos y deseando que la verdad se le fuera dicha.
Sonrió despacio, saboreando su próximo plan, precisamente el que ejecutaría cuando saliera de ese lugar donde servían el mejor café en grano de la ciudad, y que lo llevaría hasta el reclusorio donde estaba encerrado Edward, a quien finalmente le haría una visita.
**o**
El gendarme abrió la puerta de metal y atravesó el pasillo hasta la pequeña celda del fondo con la intención de retirar la bandeja de desayuno que había dejado una hora antes en ese lugar, la que encontró intacta en el mismo lugar, mientras el hombre sentado sobre el catre, sujetaba su cabeza entre las manos con la vista fija en el suelo.
El guardia bufó y rodó los ojos, levantando la bandeja del suelo, mirando con reproche a ese hombre que a simple vista se veía como esos empresarios que se creían dueños del mundo, pero que en ese momento parecía que ese mismo mundo estaba aplastándoles la espalda.
―Si no come, no logrará salir de este lugar por sus propios pies ―dijo antes de retirarse. Edward apenas desvió sus ojos de la punta de los zapatos cuando oyó al gendarme, a quien en otro momento hubiera mandado a volar a buena parte, pero ni ánimo para eso tenía. Había tenido sueños extraños y aquella dura e incómoda cosa que servía como colchón, no ayudaba mucho. Despierto, solo lo consolaba cerrar los ojos y oír las palabras divertidas de su hija, imaginarla corriendo por el jardín o jugando a cualquiera de sus juegos. Adoraba oírla reír, o cuando arrugaba su entrecejo al molestarse, gesto que heredó de Bella, su mujer, la otra imagen que lo mantenía en pie.
Por ellas aguantaría todo hasta que se comprobara que él no había hecho nada como para tenerlo de alojado en ese lugar. Enfrentaría al juez corrupto y a la bola de abogaduchos que Patterson contrató y les restregaría en la cara la cantidad de pruebas que lo hacían inocente a él y que reafirmaban la culpabilidad de la vieja urraca, que esperaba él, estuviera disfrutando de sus momentos de gloria que serían escasos, porque él después que saliera de ahí, iba a vestirse de Satanás y la atormentaría primero mandándola a la cárcel desde donde nunca debió salir y no la dejaría en paz… y quién sabe si el destino se aliaba con él y de una buena vez la mandaba al infierno.
"Pero como sea te haré pagar, vieja urraca de mierda, no por asomo dejaré que tengas la última palabra… ni tú ni la piraña que encontraste como aliado…"
Oyó el tintineó de un metal golpeando uno de los barrotes de la celda, provocando que cerrara los ojos y bufara como toro a punto de estallar.
―No quiero la maldita comida, así que lárguese.
―Despreocúpate, no traigo comida.
Lentamente abrió los ojos e igual de lento comenzó a alzar la cabeza hacia dónde provenía la voz burlona que lo sacó de su mutismo. Se puso de pie y caminó hasta quedar frente del hombre que se veía relajado, con las manos metidas en los bolsillos de su pantalón, mientras en su cara se dibujaba una sonrisita irónica que Edward deseó borrar de un sopetón.
—Espero no interrumpir ―volvió a hablar el hombre, con su voz destilando sarcasmo, que en el ogro no provocó ni un ápice de gracia. Se enderezó y cruzó sus brazos sobre el pecho, alzando su mentón para enfrentarlo.
―Desde hace un tiempo ya que vienes interrumpiéndome.
―Oh, lo lamento. ¿No te sorprende mi visita?
―No. ―El tono que usaba el ogro era cortante, pero no lograba intimidar ni mucho menos asustar a Liam, que parecía disfrutar del encuentro.
―Eso si me alegra, porque quiere decir que has estado esperándome.
―Y como los cobardes, has venido a enfrentarme cuando no puedo ponerte las manos encima. Pero descuida, no soy de ese estilo, tengo otras formas de hacer las cosas.
―Bueno, bueno… ―Liam contempló la celda y soltó un suspiro, volviendo su vista al ogro que parecía estar muy tranquilo― supongo que este lugar no es algo a lo que estás acostumbrado.
―Ni me acostumbraré porque saldré de aquí pronto. Ahora dime qué mierda quieres.
―Primero, presentarme como lo hacemos los caballeros. He dejado pasar un tiempo porque… bueno, porque se me había pedido no hacerlo, pero ¡qué rayos! Pensé yo, si finalmente somos familia…
―Ni por asomo tú estás en mi árbol genealógico ― "por muy torcidas que estén algunas de sus ramas"
―Genealógicamente no, pero políticamente sí, porque déjame darte una buena noticia: tu abue…
―Eres el esposo de la vieja urraca, lo sé.
Liam tuvo que esforzarse por no parecer sorprendido, porque se supone que nadie sabía de su enlace con Elizabeth. Pero claro, ella le había advertido de la gente que rodeaba a Edward, quienes eran unos sabuesos, seguramente ellos lograron filtrar la información que se mantenía según él, en estricta reserva.
―Eso mismo, aunque te pediría que no te refirieras de ese modo hacia mi pobre esposa, que no está pasando por un buen momento de salud.
―Esa vieja está cuerda y ya quisiera yo que estuviera enferma, al menos eso me daría esperanza de que pronto se despediría de este mundo, aunque claro, mala hierba nunca muere.
―Qué mal nieto eres, tratando así a tu pobre abuela, que te rescató de…
―Ahórrate tu verborrea, Patterson ―interrumpió con voz potente el ogro, que estaba a punto de perder la poca paciencia que le quedaba―, si estás aliado con esa mujer y solapas toda su mierda, es porque estás hecho de la misma basura que ella, por lo tanto, vas a caer tan hondo como ella cuando todo este circo acabe.
―Eso no pasará…
―Mira bien esta celda, Patterson. Mírala bien porque una muy similar será tu casa, cuando lo pierdas todo y te encierren tantos años que no podrás hacer vida marital con tu "flamante esposa". Y no es una amenaza, es una promesa.
Patterson lo miró y aplaudió ese espíritu confrontacional de Edward Masen que no se apocaba ante nada, ni siquiera estando en la cárcel como lo estaba. No podía negarlo, ese hombre tenía sangre Masen corriéndole por la venas, sangre que lo hacía muy parecido en varios aspectos a Elizabeth. Aunque claro, Liam se lamentó en aquel momento de ser él quien pusiera en jaque ese temperamento con la noticia que le daría, y lo haría rápido porque ese lugar no era apto para que sus zapatos estuvieran más tiempo, y el olor nauseabundo estaba comenzando a cabrearlo, mucho más que la figura de Edward.
―Y hablando de flamantes esposas, debo reconocer que tuviste muy buen gusto al elegir a la tuya. Tuve la suerte de conocerla personalmente cuando la visité en su oficina…
Al decir eso, Liam pasó la lengua por sus labios en clara provocación, cuestión que resultó en el ogro, que bajó las manos y las apuñó a los costados, dando un paso amenazante hacia adelante.
― ¡Mantente lejos de mi mujer, Patterson!
―Oh, calma, calma, Edward. Yo solo vengo porque… bueno ―se alzó de hombros― debo reconocer que por curiosidad y porque no podía seguir dejando pasar las oportunidades para presentarme como era debido. Además, también soy padre y no quisiera que algo tan grave como lo que está pasando allá afuera me fuera oculto…
— ¿De qué hablas? ―Preguntó Edward, sintiendo una especie de escalofrío recorrerle la columna vertebral.
―Como supuse… ¡Dios, qué injusticia!
― ¡Habla ya, maldita sea! ―gritó Edward, acercándose a los barrotes y aferrándose a ellos. Liam ni siquiera se sobresaltó, siguiendo en su lugar, indolente y saboreando el momento.
―Tu pobre hijita ayer fue internada en el hospital… ¡Dios, pobre angelito! No es justo que una niña tan pequeña esté sufriendo tanto ni menos con su futuro peligrando de esa forma tan cruel…
Edward se soltó de los barrotes y a paso ciego comenzó a caminar hacia atrás, hasta que su espalda tensa chocó con el muro helado de la celda. Su corazón empezó a bombear con rapidez y su sudor se tornó helado, ni siquiera cuestionándose si lo que ese malnacido había dicho la verdad, quien había lanzado esa bomba y se había echado a volar, dejando al padre ogro solo, sufriendo por la incertidumbre de no saber si lo que había dicho era cierto o no.
¿Su hija? ¿A caso…? No, no, no… no podía ser… ¡No, Dios, no!
Caminó de regreso a los barrotes e intentó asomar la cara entre los espacios que estos dejaban, para ver si alguien rondaba cerca. Al no ver a nadie, se puso a gritar para que alguien fuera y le pasara algún teléfono para ponerse en contacto con su mujer.
― ¡Maldita sea, necesito un teléfono! ¡¿No me oyen?! ¡Un teléfono, ahora!
Gritó y gritó hasta que se cansó, y sus rodillas se doblaron hasta que su cuerpo lentamente se resbaló hasta dejarlo sentado en el suelo, con una sensación amarga como la hiel recorriéndole la garganta.
―No puede ser… no puede ser… mi hija no, mi niña no… ¡JODER, UN TELÉFONO!
Y ahí se quedó el ogro a punto de ahogarse en la angustia, mientras Patterson salía de recinto, subiéndose a su caro coche con aire de triunfador, anotándose otro tanto contra los Masen.
Bueno, he regresado!
Tengo un montón de palabras de agradecimiento atragantadas en mi garganta, que no sé cómo expresarlas. A todas quienes leen esta historia y me ofrecieron su apoyo en esta "pausa" que era necesaria y su comprensión, les doy las gracias desde lo más profundo de mi corazón de alcachofa, porque ese apoyo y comprensión fueron los que me ayudaron y me animaron a seguir, así que MIL MIL GRACIAS!
Como siempre, a mis fieles nenas que han sabido ser mis hombros donde llorar o con quienes me he desahogado: mi amiga y beta Gaby Madriz, a mi amiga y voz de mi conciencia Maritza Maddox y a mi también amiga y hermana encargada de presionar por el regreso del ogro Manu de Marte. GRACIAS EQUIPO, SON LAS MEJORES!
Ahora, a seguir reencontrándonos la próxima semana, a ver si las cosas para nuestro ogro mejoran. Las quiero nenas.
