¡EL OGRO HA REGRESADO!
¡A LEER!
Capítulo 16
―Gracias por venir, Tyler ―saludó Bella al joven arquitecto, invitándolo a sentarse sobre la incómoda banca de la sala de espera, mientras aguardaban al doctor. Afortunadamente no estaba sola, Damián su suegro y Carmen su tía habían estado toda la noche con ella. Al resto del grupo se les avisó al mismo momento que él, pidiéndoles que mantuvieran reserva del hecho, pues no querían que llegara a oídos de Edward.
―Yo… sé que está de más preguntar cómo te sientes, pero…
―No, está bien ―respondió ella, tratando de sonreír en agradecimiento a la preocupación del arquitecto. No había pegado ojo en toda la noche vigilando el sueño de su hija a quien se le estaban practicando unos exámenes. Además de todo eso, y pese a estar rodeada de su tía y de Damián, le hacía falta el soporte que su esposo le brindaba y por quien estaba sufriendo. Pero su sufrimiento debía tenerlo a raya, pues lo que debía hacer era mantenerse fuerte por él y por su hijita que en ese momento era lo más importante.
― ¿Y ya saben algo sobre lo que puede tener la pequeña?
―Por los síntomas el doctor se aventuró a decir que podía ser sarampión, pero quiere asegurarse con otros exámenes que no se trate de otro tipo de infección. No queremos correr riesgos innecesarios.
―Al menos todo respecto a ella está bajo control.
―Sí, aunque tuvo sobre cuarenta de fiebre y han comenzado a salirle unos sarpullidos en el cuerpo. Tiene otros síntomas que al doctor lo hacen dudar que sea sarampión… yo solo espero que no sea nada grave… no lo soportaría.
― ¡Claro que no! Ya verás que se trata de unos de esos sustos que los niños le hacen pasar a sus padres.
―Eso espero… ―asintió Bella, mirando a Tyler, que se había convertido en su nuevo amigo―. Yo no había tenido oportunidad de agradecerte lo que estás haciendo por Edward, por nosotros. Entiendo lo mucho que te cuesta socializar con Liam y que nada más lo estás haciendo por ayudarnos.
―Es lo menos que puedo hacer. No voy a dejar que se salga con la suya y no voy a ayudarlo a que así sea, claro, aunque él piense lo contrario.
Bella sonrió con tristeza y puso su mano sobre las de Tyler, que se mantenían unidas en su regazo. Él le devolvió la sonrisa y cubrió con unas de las suyas la pequeña y helada mano de ella, en señal de apoyo y nada que se pudiera malinterpretar.
―Gracias, Tyler.
Aparecieron Carmen y Damián con vasos de café para bella y Tyler, el que aceptó pese a haber desayunado hacía poco tiempo, pero que honestamente no había disfrutado como aquel que bebía en vasos de plumavit y en la sala de espera de un hospital.
―Emmett me comentó que anoche te hicieron una visita. ―dijo Damián, sentándose a un lado del arquitecto, mientras Carmen se sentaba al otro lado junto a su sobrina, y le peinaba el cabello mientras esta se bebía el café.
―Sí, me contaron lo que ocurrió en el juicio y de lo seguros que estaban que Liam había echado mano a sus influencias.
―Bella asegura, que vio un rápido intercambio de miradas entre él y el juez ―comentó con preocupación, mirando sus dedos índices que trazaban círculos en el aire―. No es una buena señal, por lo que los muchachos tomarán medidas y pedirán la moción del juez a cargo. Están buscando una buena excusa para eso, al menos. Espero que la fiscalía lo acoja.
―También lo espero, de lo contario por muchas pruebas que hayan a favor de Edward…
―Ni lo digas, Tyler. Mejor cuéntame cómo estuvo tu reunión de esta mañana… ―dijo Damián, refiriéndose al rápido desayuno que Tyler tuvo con Liam. El arquitecto roció la boca en una mueca y distraídamente pasó repetidas veces el dedo índice por el contorno del vaso, mientras le contaba a Damián los detalles.
―No soltó nada importante como yo esperaba, pero durante un par de veces lo vi titubear, como si tuviera la intención de decirme algo, de contarme sus planes. Abiertamente me ofrecí de informante, pero aun así, no dijo nada. Claro, en un momento habló de que pronto mis dudas tendrían sus respuestas, pero puras ambigüedades.
―Vale… ―suspiró Damián―. Como sea, ha sido de gran ayuda. Liam va a bajar la guardia contigo, de eso estoy seguro.
―Y cuando lo haga, no voy a dudar en que lo que diga sea de ayuda para ustedes. No quiero que duden de mi compromiso con ustedes.
―Ni por un momento. Sé por qué lo estás haciendo; eres el único que entiende a Edward y crees en su historia y en la veracidad de sus palabras, y su inocencia. Estarías en todo tu derecho a dudar y mínimo mantenerte al margen, pero aquí estás, ayudándonos, pese a que nada nos debes.
―Soy hijo de ese tipo, siento que debo ayudarlos…
―No debes hacerlo, porque no tienes que cargar con nada respecto a él, pero que quieras hacerlo, te hace una persona bondadosa que habla que eres completamente diferente a él.
―Eso al menos dice mi madre. ―Comentó, dándole un sorbo a su café de máquina―. De cualquier forma, voy a seguir intentando conseguir información, ya que él me cree "contendor" de Edward o algo así.
― ¿Por qué lo dices?
―Tengo la impresión de que él piensa que tengo o quiero tener algo con su esposa.
Bella y Carmen, que hablaban en susurros de otra cosa, giraron la vista hacia Tyler, como si en realidad ambas hubieran estado con el oído atento al dialogo de los caballeros. Damián también lo miró, tan extrañado como las mujeres, pero él luego de mirarlos a cada uno, negó con la cabeza y reafirmó su postura.
―Por supuesto que no es así, ni por asomo. Bueno, no es que no quisiera… digo… ―se puso nervioso y rascó su cabellera, mirando primero a Bella y luego a Damián― o sea, ¿quién no querría estar con una mujer como Bella? Bueno, yo al menos ya encontré a la mujer con la que quiero estar, aunque Liam no lo sepa.
― ¿Dejaste que se creyera eso que dices?
―No rebatí ni confirmé nada, que piense lo que quiera.
―Bueno, probablemente Edward no esté muy de acuerdo, pero… ―comentó Carmen, y su sobrina enseguida giró la cara hacia ella, regañándola con la mirada.
―Tía, no vamos a comentárselo. No vale la pena provocarlo, ¿verdad?
―Bella tiene razón, Carmen. Además, que Liam crea eso, quizás en adelante pueda servirnos de algo… al reafirmar la postura que tiene Liam de Tyler frente a Edward y eso lo haga sentir confianza con él, no sé.
―Es lo que pensé.
Los cuatro se quedaron en silencio, cada uno sumido en sus pensamientos, hasta que el médico apareció y se levantaron casi al unísono para oír lo que el médico debía decirles, que descartaba cualquier enfermedad de gravedad en la pequeña Clarisse, simplemente anunció que según los exámenes, lo que la niña tenía se trataba de escarlatina, una infección típica en los niños, que suele confundirse con amigdalitis, por eso la primera conclusión a la que él llegó. Le advirtió que si bien es cierto no era nada con lo que tuvieran que preocuparse, lo mejor sería mantener a la niña en observación unos cuantos días más hasta que la fiebre se estabilizara.
Al menos aquello le quitó un peso de encima a Bella, que suspiró un poco más relajada, pero a diferencia de ella, el padre de la niña parecía un león furioso y enjaulado, a punto de estallar.
Cuando Emmett en calidad de su abogado llegó para hablar con su cliente, los gendarmes le dijeron que tratara de controlar a su defendido, porque desde hacía una hora que exigía un teléfono.
―Está como loco, no sé qué le pasa… ―comentó el gendarme que le abrió el portón de fierro que daba hacia el pasillo donde se encontraba la celda que el ogro recorría de un lado a otro. Emmett cerró los ojos por un instante y se encomendó al Altísimo mientras se acercaba a la celda, rogando que no fuera lo que él temía.
Cuando Edward vio a Emmett, saltó prácticamente hacia los barrotes y con rostro descompuesto y rojo de rabia, le exigió saber la verdad.
― ¡Dime qué mierda es eso de que mi hija está en una clínica!
― ¿Qué… cómo… cómo? ―Balbuceaba Emmett, que trataba de calmarse, pero era imposible con la vista de su amigo a punto de desquiciarse al otro lado de las barras de metal.
―¡DÍMELO EMMETT!
― ¡Ey amigo! Será mejor que te calmes…
― ¡No me calmo, no me calmo! ―volvió a gritas, jalándose los cabellos― ¡Habla de una maldita vez!
―Edward… ―Emmett dijo el nombre de su amigo con voz lastimera. Él recibió la noticia de la hospitalización de la niña esa misma mañana y más datos no tenían al respecto. Lo que no sabía era cómo Edward se había enterado. Por eso, cuando su amigo le pidió información sobre la niña, él tuvo la intención de negarlo, pero sus ojos preocupados lo delataron ante el ogro que lo conocía muy bien.
― ¿Es cierto, verdad? Mi hija… mi niña se está muriendo… y yo aquí… ―susurró de pronto como si no le quedaran fuerzas, como si la vida se le estuviera escapando. Se tambaleó hacia atrás y otra vez sus manos fueron a dar a su cabello, a la vez que volvía a gritar con fuerza― ¡MI NIÑA SE ESTÁ MURIENDO! ¡MI NIÑA SE ESTÁ MURIENDO! ¡POR DIOS, SAQUENME DE AQUÍ! ¡DÉJENME IR CON ELLA, DEJENME SALIR, DEJENME SALIR! ―y otra vez regresó a los barrotes y se puso a repetir una y otra vez esos gritos de auxilio, mientras Emmett trataba de tranquilizarlo y decirle que todo estaba bien, pero el ogro gritaba por sobre la voz de su amigo y abogado, haciendo oídos sordos. Lo único que él quería era ver a su hijita… o morirse.
Y eso fue lo que sintió. Un dolor agudo en el pecho a la vez que la celda comenzaba a girar a su alrededor, mientras sus rodillas cedían y chocaban contra el suelo sucio de concreto.
― ¡¿Edward?! ¡¿Edward?! ―Gritó Emmett ahora, cuando lo vio desvanecerse y cerrar los ojos, como entregándose a lo que sea. Sin tiempo que perder, corrió hasta el portón de metal y se puso a golpear insistentemente hasta que del otro lado abrieron.― ¡Necesito un doctor, urgente!
― ¿Qué sucede, licenciado? ―Preguntó el gendarme con letargo que se esfumó cuando Emmett lo agarró de las solapas para despertarlo.
―Mi cliente está sufriendo un ataque allí adentro y si se muere, usted será el que ocupe su lugar en esa celda enseguida, ¿me oyó? ¡Así que haga que alguien vaya rápido por un doctor y usted venga a abrir la celada para poder verlo! ¡Muévase!
El gendarme que se las había visto con la rabia del abogado, hizo una señal a uno de sus colegas para que hiciera lo que Emmett decía, mientras le pedía al otro que lo acompañara para abrir la celda.
Edward estaba tirado en el suelo y muy pálido cuando el gendarme entró con su colega y el abogado detrás de él. Emmett se apresuró a hincarse a su lado y revisar las pulsaciones en su cuello, que eran muy débiles.
― ¡Joder, mierda!
Corriendo llegó el médico del centro penal junto al tercer guardia, éste se apresuró en checar al ogro, indicando que de inmediato había que llevarlo al hospital junto al penal. Mientras los guardias se ocupaban de eso, el médico le pedía a Emmett información que le pudiera decir por qué pasó eso, explicándole el abogado que su cliente sufría de un trastorno bipolar, y que por las más de cuarenta y ocho horas que llevaba encerrado, no se había medicado. Fuera de eso, alguien le había hecho llegar una información que lo hizo colapsar, provocándole aquel episodio y tirándolo al piso como solía ocurrir en esos casos.
―Le ruego permita llamar a su psiquiatra para que lo vigile. Él sabe lo que hacer en estos casos ―pidió Emmett al doctor, mientras trasladaban de un edificio a otro al paciente sobre una camilla.
―Claro, claro, daré la orden porque es un caso delicado y porque se trata de alguien con prisión preventiva, de lo contrario no habría posibilidad alguna.
―Se lo agradezco,
―Comuníquese con él mientras yo informo de su llegada.
Emmett llamó al doctor Vulturi, quien para su suerte respondió enseguida, lanzando una maldición cuando el abogado le contó lo sucedido, avisándole que ya iba hacia allá. Luego de colgar, se quedó con el teléfono en la mano, maldiciendo, porque ahora era el turno de avisarle a la familia, y Dios era testigo que él hubiera preferido mantenerlo en secreto para no darle más disgustos a Bella, pero debía de hacerlo.
Abrió su lista de contactos en el teléfono y estuvo a punto de marcarle directamente a Bella cuando vio un poco más abajo el nombre de Damián, pensando que quizás él podía darle la noticia con más calma.
―Eres un cobarde, Emmett ―gruñó para sí mismo cuando pulsó el nombre de Damián y esté marcó su número de teléfono automáticamente.
La sala de espera del área infantil del hospital prácticamente estaba repleta de visitas que habían llegado en el transcurso de esa mañana para saber por la salud de la pequeña Clarisse. Después que Tyler se marchara, el resto de los amigos comenzaron a llegar para hacerle compañía a Bella, que estaba pasando por todo aquello prácticamente sola, o al menos no con su marido al lado, otra de las cosas que empeoraba la situación. Aparte de Carmen y Damián que no se habían movido de ahí, llegó Alice y Esme su madre adoptiva, también Beatriz que dijo no se movería de allí hasta que pudiera ver a su sobrinita.
James, Victoria, Garrett y Jacob, también llegaron hasta el lugar, comentando con Damián que Emmett había ido a ver a Edward para delinear lo del próximo juicio y ponerlo al día con los avances, y que Rosalie no había podido escapar de una junta importante.
―Entré a verla hace un rato, y si bien está despierta, mi pobre nietecita está muy decaída ―se lamentó Damián, torciendo su boca al recordar unos momentos atrás cuando vio a Clarisse tendida en su cama. Garrett se lamentó y puso su mano confortadora en el hombro del abuelo.
―Pero ya lo más grave con ella ha pasado. No nos daremos cuenta cuando ande haciendo locuras por la casa otra vez…
―Eso espero, Garrett.
― ¿Y cuántos días más propone el médico que la niña se quede aquí? ―quiso saber Victoria. Damián se disponía a contestarle cuando una llamada en su celular lo interrumpió. Miró la pantalla y vio el nombre del abogado en esta.
―Es Emmett ―informó y contestó ante el oído atento de los que lo rodeaban ―Qué tal Emmett, ¿me tienes novedades?
—Esto…yo… uhm… verás, Damián…
― ¿Qué pasa, por qué te das tantas vueltas? ―Insistió Damián, mientras Jacob y Garrett intercambiaban una mirada. Ellos sabían que algo muy malo había pasado, de otra manera Emmett no tartamudearía.
―Joder, Damián, no quisiera darte esta información, pero…
―Habla ya, por vida de Dios, Emmett.
―Ejem… Allá te va: alguien le fue con el cuento de su hija. Él sabía que Clarisse está en el hospital y cuando llegué estaba como un loco… ―Damián se cubrió los ojos con la mano mientras oía a Emmett al otro lado de la línea―. No sé quién lo hizo ni por qué, no me lo alcanzó a decir. Se puso como un loco y… ya sabes…
― ¿Tuvo uno de sus episodios? ―Preguntó Damián y todos los ojos de quienes estaban a su alrededor lo miraron expectantes. Él los miró y bajó los párpados para confirmar las sospechas.
― ¡Mierda! ―Exclamó Jacob cuando comprendió el mensaje.
―Sí. Cayó al suelo, completamente fuera de combate ―Emmett soltó un suspiro y se soltó el nudo de la corbata que parecía ahogarlo, admitiendo con pesar ―no sabes lo que fue volver a verlo así. Pensé que esa etapa ya la teníamos superada…
―Por vida de Dios, dime que lo están atendiendo ―se apresuró en preguntar Damián, mordiéndole el puño. ¿No era acaso que Dios se estaba ensañando demasiado con ellos?
―Sí, lo trasladamos enseguida al hospital que está junto al centro penal. Incluso llamé al doctor Vulturi, que viene en camino.
―Vale. Salgo ahora para allá, Emmett. ―Informó Damián.
―Esto… creo que debes avisarle a Bella, o bueno, no sé la verdad, lo dejo en tus manos.
―Lo haré Emmett. Gracias.
―Ni me digas nada, Damián ―comentó Garrett cuando el padre de Edward colgó la llamada para darles los detalles a quienes estaban junto a él.
―Está el doctor Vulturi en marcha. Él fue trasladado al hospital militar que…
― ¿A quién llevaron al hospital militar? ―Bella estaba justo parada detrás de su suegro, alcanzando a oír aquello último. Damián se giró y miró a Bella que expectante esperaba una respuesta… respuesta que vio en los ojos de sus amigos que estaban detrás de Damián observándola―. No, por Dios…
―Alguien le dijo lo de Clarisse, y… ―explicó el padre de Edward con nerviosismo, sobre todo cuando vio el rostro cansado de su nuera tornarse blanco como papel, o como la blusa que estaba usando en ese momento― tuvo uno de sus "ataques".
―Por Dios… ―Bella puso una mano en su frente y todo a su alrededor comenzó a girar, hasta que quedó en negro.
Cuando despertó, estaba tendida en una camilla con su tía Carmen junto a ella, costándole ubicarse en lugar y en espacio correcto. Primero recordó a su hija y se sentí en la cama de un tirón mirando a su tía que se movía de un lado a otro, y no era que se estuviera paseando, sino que por la brusquedad que usó para levantarse, volvió a marearse.
―Dios, hija ―protestó Carmen, acercándosele para tocarle el rostro ahora con un poco más de color después de haber descansado… si es que eso se podía contar como descanso―. Ten más cuidado.
―Yo… yo me desmayé… ―balbuceó confundida, volviendo a acostar su espalda sobre la camilla― ¿Mi hija?
―Está dormida. Garrett y Victoria se encargaron de distraerla hasta que pasó el doctor a checarla, luego se durmió.
―Entonces, ¿por qué…? ―no alcanzó a preguntarlo cuando lo recordó todo con mucha nitidez. Cuando oyó el final de la conversación de Damián al teléfono y cuando le confirmó lo que a ella la tiró a tierra. Entonces otra vez se puso de pie, pasando por alto los mareos, con la intención de salir de allí y correr hasta el hospital donde estaba su esposo.
― ¡Diablos, Bella, qué haces! ―la sujetó Carmen por el brazo, soltándose ella de su agarre, mientras gruesas lágrimas rodaban por sus mejillas y su garganta escocía apretada de pena.
― ¡¿Qué hago?! ¡Mi hija está en la cama de un hospital recuperándose, y mi marido tuvo un episodio del que no sé cómo se encuentra! ―Exclamó furiosa, limpiándose las lágrimas que le anegaban los ojos y le impedían ver con claridad―. ¡No puedo quedarme aquí!
―Debes tranquilizarte, mi niña…
― ¡No puedo, Dios, no puedo! ―Entonces el dique se abrió y sus lágrimas pudieron más que ella, rompiendo a llorar sobre el regazo acogedor de su tía. ¿Qué más cosas malas podían pasarle? ¿Más calamidades? ¿Por qué a ellos? ¿Por qué todo lo malo caía como rayos sobre ellos?
―Debes calmarte, debes descansar o volver a desvanecerte como lo hiciste. Hazlo por tu hija, por Edward y por ti.
―Voy a descansar cuando todo esté bien, como antes de que todo esto ocurriera.
―Y todo va a volver a ser como antes, ya verás mi niña ―susurró Carmen, besando el tope de la cabeza de aquella a quien Carmen amaba como una hija.
―Ahora… ―Bella se apartó de los brazos de su tía y se secó el rostro ―voy a hablar con el doctor de la niña. Luego iré a ver a Edward y no me moveré de ahí hasta que me dejen verlo…
―Ya es de noche, mi niña, casi las diez. ―Informó Carmen, torciendo la boca como si le debiera una disculpa a Bella, cuando ella la miró sin poder creer que había estado fuera de circulación por muchas horas―. El doctor vino y te vio tan pálida que decidió hacerte exámenes. Con todo esto que no has descansado y con todo lo que le ha pasado este último tiempo a Edward, has que descartar que tus defensas estén bajas y todo eso, ya sabes.
― ¿Has sabido algo? ¿Damián se ha comunicado? Dios, debería llamarlo ahora, o a Emmett… ―murmuró Bella, buscando si su teléfono estaba cerca, pero nada.
―Damián llama cada hora. El loquero… digo, el doctor de Edward llegó allí en cuanto Emmett lo contactó. Tu marido está bajo control, dopado por supuesto y los abogados dijeron buscar al responsable y de paso levantar una demanda en el penal…
―No entiendo… yo… ¿quién podría habérselo dicho?
―Bueno, cuando despierte él mismo lo dirá. Ahora no es hora de ir allá a pedir explicaciones, además no te dejarían verlo. Admitieron que Damián entrara a verlo porque es su padre, al doctor y a Emmett por ser su abogado.
― ¿Emmett se quedará con él? ―Preguntó, sentada al filo de la cama, sintiendo el cansancio sobre sus hombros, como si no hubiera dormido aquella extensa siesta de casi toda la tarde de la que venía despertando.
―Toda la noche. Lo prometió.
―Dios, no sé qué haría sin ellos. Han sido tan leales con Edward y conmigo.
―Son sus hermanos. Eso hacen los hermanos.
―Es verdad.
Entonces entró un hombre alto, delgado, con el cabello rubio peinado hacia atrás, reconociéndolo Carmen como el doctor que la atendió cuando Bella se desvaneció en la sala de estar, el mismo que le dio instrucciones a una enfermera para que le tomara exámenes de sangre, cuyos resultados al parecer traía dentro de un sobre que cargaba en su mano.
Saludó a ambas señoras, concentrándose en Bella, alegrándose de verla despierta y consiente.
―Entiendo que una impresión muy fuerte la hizo caer en inconsciencia, además, me temo que no ha dormido ni se ha alimentado como corresponde, ¿me equivoco, señora Masen?
―Bella… llámeme Bella, por favor ―le corrigió ella automáticamente, pues su estómago revolvía cuando la nombraban así ya que traía a colación la imagen de la mujer culpable de gran parte de sus desdichas.
―Bueno, Bella, deberá comenzar a descansar las horas que es debido y sobre todo a comer correctamente. Ahora lo necesita, lo digo por su estado.
―Sí, ahora que mi niña está mejor y probablemente pronto le den el alta, yo podré…
―Un momento, doctor ―intervino Carmen, caminando unos pasos para ganarse junto a su sobrina a quien interrumpió, y quedar de frente al médico― ¿de qué estado está hablando?
Bella la miró arrugando su frente sin entender a Carmen y el doctor sonrió, pues por lo que supuso, nadie allí estaba enterado de lo que los exámenes de rutina arrojaron.
― ¿Bella, puedo preguntar cuando fue tu último periodo?
A la pregunta del doctor, Bella pensó un poco, no le iba bien recordando las cuentas ni los días exactos en que su periodo bajaba… Un momento. Pestañeó y miró al doctor que sonreía, y enseguida a su tía, que tenía la boca cubierta con la mano mientras que ahora eran sus ojos los que estaban anegados de lágrimas.
― ¿Yo… yo… estoy…?
―Tiene usted cuatro semanas de embarazo. Felicidades.
Bella abrió los ojos como dos huevos fritos mientras a lo lejos oyó el chillido de su tía que no demoró en abrazarla, llena de felicidad.
― ¡Oh Dios! ¡Finalmente! ―Exclamó Carmen, encantada, mientras Bella aún estaba en una especie de shock―. Un niño siempre es una bendición, ¿verdad, doctor?
―Claro que sí, sobre todo cuando su madre se alimenta bien y descansa las horas que es debido. ―extendió el sobre con los resultados, los que bella demoró en tomar entre sus manos temblorosas―. Pida una cita con su ginecólogo para que le dé mayores detalles y le practique otros exámenes.
―Gra… gracias, doctor.
El médico salió, con un asentimiento de cabeza, dejando a la tía y la sobrina a solas en el pequeño cuarto, digiriendo la noticia. Bella miraba el sobre blanco con su nombre en el frontis, repitiéndose mentalmente una y otra vez que estaba embarazada. "Estoy embarazada, estoy embarazada…" mientras si tía la observaba, ahora un poco preocupada pues Bella no estaba saltando de dicha con la noticia, como ella pensó que ocurriría.
― ¿A caso no querías tener otro bebé?
―Dios, con todo mi corazón… pero es que… con todo esto… ―comenzó a explicarse en voz alta, con la vista fija en el sobre―. Dejé los anticonceptivos cuando planteamos la idea con Edward. Con todo lo que estaba ocurriendo, el doctor dijo que por la tensión seguro no había logrado concebir. Después pasó todo y lo olvidé…
―Era cuestión de tiempo. ¿No te hace feliz?
―Claro que sí ―susurró, volviendo a sentir sus ojos acuosos― es lo que deseábamos. Pero… hubiera deseado enterarme en otras circunstancias, con Edward a mi lado y mi hija sana enterándose también de la noticia de que tendrá un hermanito…
―Oh, cariño ―y Carmen volvió a abrazar a su sobrina― entiendo que el contexto no es el mejor, ¡Pero estás embarazada! Es la mejor noticia que una mujer puede recibir, ¿no? Además, se lo contarás a Edward y seguro lo llenarás de ánimo, ánimo que necesita para seguir adelante, ¿no lo crees?
―Sí, tía, sí… tienes razón. ―Bella se secó las lágrimas cuando se apartó de ella y sonrió con ternura, poniendo las manos sobre plano vientre―. Se lo contaré a Edward cuando… sea el momento adecuado, mientras, tendremos que guardar el secreto.
― ¡Me pondré a tejer de inmediato! ―Exclamó Carmen, aplaudiendo y después de mucho, haciendo sonreír genuinamente a Bella.
Más tarde esa misma noche, cuando estaba a oscuras descansando sobre la cama que le acomodaron junto a la de su hija, pensaba en las palabras de su tía, quien le había dicho que los hijos siempre son una bendición y que de seguro esa noticia, traería aires nuevos y limpios para todos ellos.
**oo**
―Yo me pregunto, señora Elizabeth, y con mucho respeto, cómo es que usted pudo haber confiado tan ciegamente en ese hombre, que por nada accedió a ayudarla.
El abogado de siempre que había estado tras la defensa de Elizabeth Masen, con mucho respeto que rayaba en el temor hacia la mujer, le hacía ver su punto de vista. Así, dolido como estaba por cómo los abogados de renombre del señor Patterson lo habían sacado de jugada prescindiendo de sus servicios, se preguntaba para sí por qué entonces ella lo había mandado a llamar tan sigilosamente a través de una de las enfermeras del lugar.
Elizabeth, que mantenía los dedos de sus manos cruzados a la altura de la boca, miraba la noche por la ventana de la sala de visitas, a esa hora desierta y abierta solo por consideración a ella y a la cantidad de billetes que su marido soltaba para que todos allí fueran ciegos, sordos y mudos.
―Sé, bajo qué árbol me arrimo ―dijo seriamente con una voz oscura y de ultratumba―. Sería pasarme de estúpida si creyera a ojos cerrados en Liam. Pero es lo que ahora necesito para molestar a Edward y desbaratar su red de protección. Voy a hacerle la vida imposible para que no ose en olvidarme.
―Ya creo que usted y el señor Patterson están haciendo un buen trabajo, si me permite decirle, con respecto a su nieto, me refiero.
―Ya quisiera tener yo la oportunidad de ir a darle una visita y burlarme en su cara ―pensó en voz alta con falsa lástima y una sonrisa siniestra asomándose en sus labios. El abogado se removió incómodo, soltándose la fea corbata café, mientras se concentraba en no mirar de frente el rostro de esa mujer, que pese a los años, no dejaba de sorprenderlo.
―Ejem… entonces, usted me dirá para qué me mandó a llamar, señora.
Elizabeth suspiró y enderezó su espalda sobre aquella incómoda silla de ruedas, tornando su cuerpo hacia el abogado.
―Lo he llamado para que tome las providencias necesarias para que, ante cualquier movimiento de Liam, estemos resguardados.
― ¡Ajá! ―Exclamó el abogado, pasándose la mano por su cabellera y enderezando su espalda―. Ya veo que ha pensado en cubrir su espalda.
―Por supuesto. Le reitero que no soy estúpida. ―agregó con enfado, mirando al nervioso abogado, que pasaba la mano sobre la solapa de su chaqueta azul a raya diplomática.
― ¿Y qué exactamente quiere que haga?
―Quiero que bajo cualquier problema, haya un documento o lo que sea, advirtiendo que las riendas del caso las tomó Liam y todo lo que pase desde ahora es responsabilidad suya. Información que compruebe que ha hecho movimientos ilícitos. Recuerde que le pagó al doctor jefe del servicio para hacerme pasar por senil, y que en contra de la ley se casó conmigo cuando yo ya estaba declarada como loca.
―Ellos modificaron la fecha. Ustedes figuran casados desde hace mucho antes. Pero veré que puedo hacer…
―Lo que tiene que hacer ―interrumpió Elizabeth ―es tener cartas bajo la manga por si a Liam Patterson se le ocurre darme la espalda.
―Entiendo.
Mientras el abogado tomaba notas en el pequeño block sobre puntos importantes a investigar, Elizabeth volvía su vista hacia la ventana. Estaba tranquila porque como le dijo a su abogado, ella no era estúpida y no estaba senil. Si las cosas fracasaban para ella, fracasarían también para Patterson. Agradecía lo que su marido estaba haciendo para vengarla, pero sabía, intuía en su mirada descarada que había algo más detrás de sus blancas intenciones de ayudarla, fuera del dinero que la demanda pudiera obligar a su nieto a pagarle por daños y perjuicios.
Pero no solo Elizabeth estaba preparando una investigación que pudiera sacar a relucir las fisuras en el actuar de Liam Patterson. También Rosalie Hale, abogada defensora de Edward, se estaba tomando este asunto de manera muy personal, por la relación de amistad que tanto a ella como a su marido Emmett los unía con Edward, quien por muy mal carácter que tuviera no era un criminal y por ende, no era culpable de los cargos por los que se le estaban acusando.
Y que la justicia estuviera haciendo vista gorda de hechos que eran obvios, además de tener en antecedentes que Patterson y el juez tenían una antigua relación de amistad, le hacía hervir la sangre. Ella había estudiado leyes porque creía en la justicia, y pelearía por ella hasta hacer valerla.
Por eso estaba tan concentrada en su labor de investigadora, repasando uno a uno las hojas del prontuario de la vieja urraca, así como algunos documentos antiguos de cuando ella era la dueña y señora de la malograda empresa "Masen & Co", destacando cierres de tratos con otros empresarios, subrayando nombres que pudieran dar y esclarecer de una vez el tipo de conexión que Patterson tenía con la vieja.
Con una botella de té helado, la tercera en esa tarde de arduo trabajo, Rosalie leía con atención cada párrafo, bufando frustrada cuando no sacaba nada en limpio, cuando nada llamaba su atención, hasta que desde el final del alto de papeles emergió uno cuando ella intentó ordenarlos para meterlos de regreso a la caja de cartón donde los guardaba.
Sacó el documento amarillento con cuidado y sus ojos quedaron fijos en un nombre: Benjamín Town, el difunto esposo de Elizabeth Masen, abuelo de Edward, que fue encontrado hace años atrás, encerrado en un hogar para enfermos mentales.
Una corazonada, de esas que no dejaba pasar, la hizo poner el documento roído por el tiempo por encima de los demás, llevando su marcador amarillo para destacar el nombre y hacer un asterisco en la punta de este.
― ¿Por qué te encerraron, Benjamín Town? ―Preguntó en voz alta mirando el nombre del pobre viejo quien al menos había alcanzado a disfrutar algo con sus nietos durante sus últimos casi dos años de vida, después que Edward lo sacara de ese manicomio.
Sonrió, porque su corazonada al ver ese nombre, le indicó que ese era el camino que debía seguir para llegar al final de esa tan extraña historia, sacar a la luz los trapos sucios de Patterson, meter de regreso a la vieja urraca a la cárcel y sacar a Edward de una vez. Y como que era rubia natural que eso haría.
Primero es lo primero: agradezco vuestro entusiasmo por el retorno del ogro, a través del grupo de Facebook y por los comentarios del capítulo. Muchas, muchas, muchas gracias por seguir acompañándome y acompañando al ogro en esta locura.
Gracias a mi super equipo: Gaby Madriz por su paciencia, a Maritza Maddox por animarme y aconsejarme siempre y a miss Manu de Marte por zamarrear a la musa inspiradora cuando anda muda. Gracias nenas.
Como siempre, nos reencontramos el próximo miércoles y otra vez, gracias por estar aquí. Besotes.
Les quiero un montón: Cata!
