¡EL OGRO HA REGRESADO!

¡A LEER!


Capítulo 17

Con mucha dificultad, el ogro Masen abrió los ojos maldiciendo en todos los idiomas conocidos por aquel jodido dolor de cabeza. Fuera de eso, la sensación de su cuerpo tullido y sus músculos tirantes impedían moverse con soltura, sobre todo en esa cama que sabía no era la suya, por la cantidad de agujeros que sentía a lo largo de su cuerpo. Entonces y luego de enfocar el entorno de la fea habitación, fue que recordó donde estaba y por qué estaba ahí.

―Mi hija… ―alcanzó a graznar cuando de lado izquierdo hacia donde no había mirado aún, una mano pequeña aferró la suya con mucho cuidado. Lentamente y volviendo a maldecir, giró su cara y se encontró con el rostro de la única mujer que había amado, ama y amaría en su vida, mujer que le sonrió cuando sus ojos turbios se encontraron con aquella mirada verde miel que lo cautivaron desde la primera vez que se los cruzó. Su cabello caoba estaba suelto sobre sus hombros y sus labios color cereza combinaban perfectamente con la blusa roja que llevaba puesta, y como nunca el ogro vio tan hermosa a su mujer como en aquel momento

―Demonio… ―susurró y tragó grueso antes de volver a hablar― mi hija…

―Calma, Edward ―susurró Bella, apresurándose a besar la frente de su esposo cuando él tuvo la intención de incorporarse. Él la observó ansioso y dejó que explicara mientras sentía su mano tibia recorrerle el rostro ―La niña está bien, Edward.

―Pero… pero… me dijeron que… ―tragó grueso y trató de recordar las palabras exactas y el rostro de Emmett cuando se lo confirmó ―me dijeron que Clarisse estaba grave en el hospital. ¡¿Qué pasa?! ¡Joder, mujer, dímelo!

―Primero te calmas porque vendrán a sedarte de nuevo y de paso me echarán de aquí. ―le regañó suave pero contundente ―Permitieron que me quedara después que Emmett prometiera demandarlos a todos y mandarlos a la cárcel. Está bastante molesto…

―Por qué estás aquí y no estás con Clarisse ―quiso saber el ogro, que interrumpió a su mujer que no sabía por qué le daba tantas vueltas al asunto, ni por qué estaba tan relajada como si nada ― por qué estás tan calmada como si nada estuviera pasando…

―Edward, escúchame: en efecto tuve que llevar a la niña al hospital porque tena mucha fiebre. Primero llamé a su pediatra y él me aconsejó llevarla hasta el hospital para bajarle la fiebre y evitar que se deshidratara. La dejamos allí para hacerle exámenes y ver qué estaba pasando.

― ¿Y? ¿Qué es lo que tiene?

―Los primeros síntomas hablaban de sarampión, pero con los resultados de los exámenes resultó ser escarlatina, algo que les da muy a menudo a los niños. Pero es todo, está controlado y Clary se está recuperando.

―Júramelo, Bella, júrame que no me estás diciendo esto para tranquilizarme.

―Edward, yo no podría estar aquí fingiendo, ni siquiera para tratar de tranquilizarte. Además tú me conoces, sabes cuando estoy mintiendo u ocultándote algo.

Edward estrechó sus ojos y evaluó el rostro de su mujer, la que parecía cansado y más pálido que de costumbre, pero tan hermoso como siempre y lleno de sinceridad. Relajó entonces sus hombros tensos y soltó un suspiro cerrando los ojos y sintiendo otra vez la mano de su esposa vagar por su cara y acariciar su barbilla cubierta de una incipiente barba.

―Aunque hubiese sido una simple tos, yo tendría que haber estado junto a ella, y no aquí…. ―gruñó el ogro, recordando el rostro de Patterson, a quien se encargaría de hacer pagar personalmente por el atrevimiento de ir hasta su celda y provocarlo.

―No estuve sola. Todos nuestros amigos estuvieron acompañándome.

―Más les vale… ―volvió a gruñir, llevándose un pellizcó de su esposa ― ¡Auch!

― ¿Te sientes ahora mejor? ―preguntó ella, cariñosa y preocupada, pasándole los dedos por el cabello ya un poco largo de su esposo. Él torció la boca y levantó los hombros cubiertos por una fea bata gris.

―Siento como si me hubieran usado como bolsa de boxeo. Y mi garganta está adolorida, también mis brazos… ―comentó aun con los ojos cerrados.

Bella, que estaba disfrutando de la compañía de Edward y trataba de olvidar el entorno en el que se estaba llevando a cabo el reencuentro, pensando en que era mejor guardarse los comentarios sobre los efectos que podría haber tenido la tardía intervención sobre él después de aquel episodio.

―Su corazón podría haber sufrido las consecuencias y fácilmente ahora podríamos estar lamentando un paro cardiovascular, con las consecuencias que eso conllevahabía comentado el doctor Vulturi que la recibió esa mañana cuando ella llegó hasta allí junto a Damián, después que Emmett le informara que había conseguido los permisos necesarios para que pudiera acompañarlo en su convalecencia.

― ¿Y no podemos sacarlo de aquí? ―preguntó ella al abogado con la ilusión de llevárselo a casa y procurar su recuperación allí, pero después de ver la mueca de disgusto en el rostro de Emmett, supo que debía desechar la idea.

―Fue lo primero que hice, después claro de pedir explicaciones del por qué alguien ajeno al recinto y que no tiene derecho de ingresar allí pudo hacerlo, como Pedro por su casa…

― ¿y quién lo hizo, quien le dijo lo de Clarisse? ―preguntó ella retorciéndose los dedos, a lo que Emmett respondió en una palabra.

―Patterson.

―Pero… pero cómo…

Hablando con Tyler, dijo que había recibido el mensaje que avisaba que la niña estaba en el hospital justo cuando estaba desayunando con Liam. Quizás lo dijo sin querer en voz alta y Patterson aprovechó de hacer de las suyas con esa información.

― ¡Dios!

―El arquitecto se siente lo suficientemente mal y se culpa de lo que ocurrió. Garrett y yo hemos tratado de persuadirlo de que no se culpe, que él ha sido de suficiente ayuda para nosotros.

―Es verdad. Hablaré con él cuando salga de aquí ―apuntó, concordando con Emmett que Tyler de nada era culpable. Enseguida se volvió hacia el abogado que checaba algo en su IPhone, para preguntarle con mucho temor a la respuesta ―Entonces, ¿no hay esperanzas de sacarlo antes de aquí, del encierro?

―Presenté un recurso pero está en curso, y antes del próximo juicio es difícil que lo suelten. Debemos procurar que Edward se restablezca dentro del plazo que el juez fijó para la próxima audiencia, de lo contrario va a postergarla y eso dilatará más la situación.

― ¿Y hay novedades? ¿Digo, que puedan ayudarnos a aclarar todo esto y terminar ya con esta tortura?

―Mi esposa ha estado revolviendo algunas cosas, con contactos suyos que son del lado empresarial más turbio y ha descubierto algunas cosas de Patterson, de su pasado y lo que lo liga a la familia Masen. James se ha encargado de salvaguardar los activos de la sociedad que se creó luego del cierre de la empresa de la vieja, que es lo que Patterson quiere, es obvio. Y yo estoy haciendo la lista de testigos que es bastante amplia. Nada tendría que salir mal...

― ¿Pero y si consiguen lo que quieren…?

―Hemos estado averiguando y después de los años que han pasado, de lo único que podrían culpar a Edward es de ser cómplice de la vieja, y me estoy poniendo en el peor escenario. Si es así, deberíamos pagar la indemnización que Patterson está pidiendo en nombre de su pobre esposa y la multa que la fiscalía disponga, quizás incluso pidan baja de pena carcelar para Elizabeth, cuestión que veo improbable.

― ¿Podrían meter preso a Edward de forma indefinida?

―Uhm… podrían, pero dudo que ocurra.

― ¡Pero podría pasar, Emmett! ―exclamó Bella, llevándose las manos a la cabeza ― ¡Dios! ¡¿Cuándo va a acabarse esta tortura?! ¡Edward es inocente y está preso!

―Bella, ponme atención en una cosa ―el abogado tuvo que tomar el rostro acongojado de bella y obligarla a mirarlo. ―Voy a decirte lo mismo que le juré a Edward el día que lo metieron a prisión: voy a sacar a Edward de ese lugar aunque tenga que moler a golpes a todo el que se interponga en el camino. Tengo muchas ganas de romper huesos y patear culos ahora mismo, Bella, así que no me detendrían, menos cuando la justicia en este caso está siendo viciada, cuando un hombre de leyes como yo está perdiendo la fe en el sistema. Así que más vale que me creas, ¿lo harás, me creerás?

―Sí, claro que te creo, Emmett.

― ¿Demonio? ―el llamado tan característico de su esposo la sacó de sus recuerdos, obligándose a sacudir la cabeza y regresar al presente. Miró a su hombre, tendido sobre la cama, evaluándola con ojos certeros, como si pudiera leer su mente ― ¿Qué tienes, demonio? ¿Me estás escondiendo algo?

Bueno, efectivamente le estaba escondiendo algo importante de lo que ella apenas se había enterado la noche anterior. ¿Sería el momento adecuado para decírselo? Creía que no, porque iba a ponerse más ansioso de lo que ya estaba y quizás eso repercutiría en su salud. además, con todo lo del juicio, no iban a poder disfrutar de la noticia como ella lo hubiese deseado, así que decidió guardar estricto silencio, siendo su tía la única persona que estaba enterada y que juró guardarle el secreto.

― ¿Demonio? ―Insistió Edward cuando ella se demoró en contestarle― ¿Me dices de una vez qué ocurre?

―No pasa nada, no pasa nada ―se apresuró en responder ella, bajando su cabeza para que sus labios alcanzaran los de su esposo en un beso suave y cálido.

―Joder, mujer, no te haces una idea de lo mucho que te extraño y de lo mucho que he pensado en ti ―murmuró él, contemplando los ojos de su mujer― si no fuera por ti y por mi hija, ya hubiera bajado los brazos y hubiera cometido cualquier locura, no me hubiese importado.

―No quiero ni saber de lo que estás hablando.

―No, demonio, no quieres saberlo. Lo que sí debes tener muy claro, es que voy a intentar mantenerme fuerte por ti, porque cuando estoy solo en esa sucia celda, a punto de caer, tú te me apareces y me gritas que no puedo rendirme.

―No te rindas, Edward, no lo hagas, no cuando eres inocente y hay muchas maneras de demostrarlo. Saldrás de aquí y todo volverá a ser como antes…

―No estoy tan seguro de eso, porque en cuanto salga me pondré manos a la obra contra Elizabeth y el mequetrefe de su esposo, y cuando acabe con ellos, ahí sí podré respirar tranquilo.

Bella lo miró, y vio el compromiso de esa promesa en los ojos oscuros de su marido. No iba a discutirle porque no había caso, menos en ese momento y no iba ella a ponerse a pensar e interpretar los dichos de su marido, porque no era el momento. Ahora ella debía estar centrada en la recuperación de su marido, en la de su hija y cuidar de la pequeña criatura que crecía dentro de ella. Entonces sonrió y volvió a besar los labios de su marido, suaves y codiciosos.

―Mejor prométeme que me llevarás a una isla muy lejos y me tendrás ahí cautiva hasta que te sacies de mi.

― ¡Oh, sí, demonio! Eso haré y ni aunque me pidas piedad voy a soltarte, ya verás. Así que échale una repasada al Kamasutra y espérame lista, mujer.

Ella se sonrojó tanto como su blusa y sonrió, bajando sus párpados con vergüenza. Enseguida los levantó y sonrió con ternura, juntando su frente a la de su marido.

―Dios, Edward, no sabes lo mucho que te he extrañado.

El ogro alzó su mano y abarcó el cuello dócil de su mujer, mientras cerraba los ojos e inhalaba su aroma a rosas salvajes que lo trasladaba al mejor de los lugares, junto a ella, dentro de la burbuja pacífica que los apartaba de todo, burbuja que no tenía nada que ver con el cuarto incoloro y sin vida donde estaba, con ventanas sucias cubiertas de barrotes. Ella llenaba de vida y color cualquier lugar donde estuviera y eso era lo único que le importaba.

Pero para su mala suerte, no podía echarle llave a su burbuja e impedir que alguien entrara, pues estaba bajo una maldita custodia policial. Un gendarme carraspeó tras abrir la puerta y anunció la llegada del abogado, y que la señora tenía que salir. El ogro gruñó, lanzándole dagas de fuego al gendarme, antes que este desapareciera.

― ¿Crees… crees que te sentirás bien para el próximo juicio? Emmett tiene miedo de que lo posterguen si no te recuperas…

―Sobre mi cadáver voy a dejar que estiren esta mierda de juicio, mucho menos cuando quizás voy a verle la cara a la vieja… ―murmuró el ogro bajando la voz y reincorporándose sobre la cama con la ayuda de su esposa, que intentó de mejor manera acomodar las duras almohadas detrás de él.

―Vas a comportarte, Edward, ¿me oyes?

― ¿Vas a irte? ―Preguntó, esquivando el reproche de su mujer. Ella asintió y peinó el caótico cabello de Edward, que seguía cada uno de sus pasos.

―Sí, dejé a Clarisse con mi tía y Victoria, ya debe estar echándome de menos. Pero me permitieron regresar mañana, así que no pongas esa cara.

―Procura que mi hija no me extrañe demasiado y dile que la amo, ¿sí?, que pronto voy a regresar.

―Se lo diré. ―Bella tomó el rostro de su marido y lo besó dulcemente antes de apartarse y salir de la fea habitación con sus emociones encontradas entre sí. Feliz por haberlo visto bien y triste porque se quedaba ahí sin poder llevárselo con ella.

―Pero ya pronto, Bella, ya pronto él regresará a casa ―se animó y caminó hacia el sector donde Damián la esperaba para llevarla de regreso al hospital con el ánimo mucho mejor de como cuando llegó.

Mientras tanto, Emmett entraba al cuarto de Edward y saludaba a su amigo revolviéndole el cabello y provocando a su amigo que estiró los brazos para golpearlo y alejarlo de una vez.

―Te ves mejor, mi amigo ―comentó Emmett, sentándose a los pies de la cama de Edward ―sustito que nos hiciste pasar.

― ¿Averiguaste cómo Patterson logró entrar, quién lo dejó?

―Los guardias balbucearon una respuesta, nada concreto, pero apuesto mi cabeza que ese viejo les dio dinero como para hacerse los sordos, ciegos y mudos.

―Maldito hijo de puta ―gruñó, apuñando la sábana de mala calidad que lo cubría― ¿Y sobre la presencia de la vieja en el juicio?

―Ya enviamos el petitorio, pero depende de lo que al juez se le antoje decidir, aunque por la condición de "pseudo-loca" que la vieja alega tener, será difícil. Te lo digo antes que te lleves la sorpresita, mi amigo.

― ¡Maldita vieja! ―golpeó el puño sobre la cama―. Pero no voy a dejarla en paz, ni a ella ni al imbécil ese de Patterson.

―Cuidado con ese tipo, Edward, él sabe dónde atacar. Vio cómo te pusiste cuando te dijo lo de Clary, así que te recomiendo que te rejales y nos concentramos en esto, en sacarte de este lugar y taparle la boca a la vieja.

Edward se imaginó estrangulando el cuello del tipo ese tipejo y el de esa vieja, uno para cada una de sus manos, pidiéndole cada uno clemencia mientras el aire se estancaba en sus pulmones… Ah, qué placer.

―Emmett, esa vieja es astuta y sabe que tiene muy pocas posibilidades de sacar provecho. No por nada se está tomando tantas molestias. Esta vieja quiere algo más y no sé qué es…

―Con la noticia que Patterson soltó a los diarios, poniéndola como la pobre y abandonada anciana, abandonada por su nieto que ahora sería sometido a juicio para probar su culpabilidad y de paso la inocencia de ella.

―Por cierto, que la seguridad se redoble alrededor de mi mujer y mi hija, de Carmen. Todos tendrían que tener alguien resguardándolos, no me extrañaría que ese tipejo atacara por la espalda.

―Está cubierto, incluso Damián tiene escolta para él y para Bea, aunque a tu pequeña hermana no le agrade mucho la idea.

― ¿Cómo está ella?

― ¿Bea? Desconsolada, mi amigo. Demandó a tu padre que le contara qué estaba ocurriendo, porque ya no era una niña y todo eso.

Edward torció la boca y miró hacia la luz que lograba filtrarse desde la calle por la ventana. Ese asunto con la vieja urraca y el tipo ese estaba causando más daños colaterales de los que él pudiera haber previsto. El simple hecho que Bea fuera su hermana la ponía en riesgo, y no solo a ella sino al resto de los suyos.

―Dijo que quería ir al juicio… ―habló Emmett, mirando la pantalla de su teléfono, muy concentrado. Edward arrugó la frente.

― ¿Quién?

―Bea.

― ¡Dile que no se atreva! ―Exclamó Edward, irritado. Lo que le faltaba ahora era vérselas con la impulsividad esa de su hermana adolecente―. Que no la quiero ver cerca de lugares como ese, porque si me entero, voy a meterla al convento.

―No eres su padre, Edward.

―Pero sí su hermano mayor, por lo que tendrá que obedecerme.

―Oye, amigo, Damián jamás permitiría que ella fuera al juicio, además es menor de edad, no la dejarían entrar.

El ogro apretó el puente de su nariz y cerró los ojos, enviándole mensajes sensoriales a su hermana pequeña, advirtiéndole que si salía con una barbaridad como la que Emmett comentó, iba a meterse en un buen lío.

Pero la hermana de Edward era testaruda, y estaba preocupada, triste y confundida por todo lo que estaba pasando. Su entorno sabía que ella era hermana de Edward Masen, pese a no llevar el mismo apellido, por eso para ella recibir comentario mal intencionados sobre la culpabilidad de su hermano de boca de adolecentes indolentes, le hacía daño, aunque su grupo de amigos más cercanos le prestaba apoyo y contención frente a las lenguas venenosas que rondaban el colegio.

Incluso su madre, residente en Suecia, estaba preocupada y habló con Damián sobre la idea de que la pequeña fuera a pasar un tiempo con ella mientras la historia de Edward decantara. A Damián no le pareció una mala idea, pero sabía que no podía imponérsele con esa decisión a su hija… bueno, sí que podía, Beatriz era menor de edad y tendría que acatarlo si él se lo ordenaba, pero Bea había heredado a calco la misma terquedad que su hermano Edward, y no habría poder humano que la sacara de allí. Así que Damián decidió no discutir, pero le advirtió de la seguridad estricta que rondaría cerca de ella y que la acompañaría a cualquier lado donde ella fuera.

― ¡No soy la jodida Selena Gómez como para andar con escolta, papá! ―Le dijo una noche luego que él llegara de un largo día en que había tenido que pasearse entre el hospital y el penal. Era tarde, pero su hija lo estaba esperando estoica, sentada a la mesa del comedor para que le diera información de cómo estaba su hermano.

―Primero, cuida tu vocabulario, Beatriz…

― ¡Edward siempre suelta palabrotas, y tú no le dices nada!

Damián apretó los puños e hizo una nota mental de hablar con su hijo para que controlara cualquier cosa que su hermana quinceañera pudiera copiar, como soltar palabrotas a diestra y siniestra.

― ¿Podrías pensar en ir a ver a tu madre? ―Terció Damián, olvidándose de la pequeña discusión sobre vocabulario, insistiéndole en el viaje―. Ella te echa de menos. Además no has visitado a tu hermanito pequeño, ¿no quieres verlos?

―Sí que quiero, pero no ahora que Edward está en la cárcel… ―se restregó los ojos que ahora estaban rojos de puro llanto acumulado, y tragó grueso antes de agregar―Él no es culpable, ¿verdad?

Damián torció la cabeza y al ver a su hija llorar por su hermano, una vez más, se levantó rápido y la levantó de la silla de ruedas para ponerla sobre sus piernas. Ella se abrazó a él y lloró con su cara escondida en el cuello de su padre.

―Mi cielo, por supuesto que no es culpable. Si tu hermano tuviera que pagar por algo malo que hizo, yo sería el primero en demandar que pagara. Pero hay personas… malas que quieren verlo así.

― ¿Tiene que ver con su abuela? ¿La que te echó del país hace años, cuando él era pequeño?

―Sí, tiene que ver con ella. ―Besó su frente y se apartó un poco para verle el rostro inundado en lágrimas―. Por eso, si insistes en quedarte, debes prometerme que no harás una tontería y harás lo que te digo. El corazón de tu padre no soportaría nada más…

―Me comportaré… ―sorbió su nariz y volvió a descansar su cabeza sobre el hombro fuerte de su padre―. ¿Al menos puedo regresar mañana al hospital a ver a Clary?

―Puedes, siempre que no lo hagas sola, ¿entendido?

― ¿Mañana?

―Después de la escuela ―ratificó Damián, llevándose un abrazo de su hija como agradecimiento.

Beatriz se quedó más tranquila y esperó pacientemente el paso de la noche y la jornada escolar hasta el mediodía, iluminándosele la vista cuando Carmen la esperaba junto a un auto gris, en compañía de uno de los hombres de seguridad que se había dispuesto para ella. Aplicó turbo a su silla de ruedas y rauda llegó frente a Carmen a quien casi atropelló, pero que se carcajeó por el entusiasmo de la adolecente.

― ¡¿Me vas a llevar con Clary, verdad?!

― ¡Oh, sí! Allí nos esperan, aunque creo que debería llevarte a almorzar por ahí primero ―tentó Carmen, abriendo la puerta del coche para ayudar a meter a la niña al asiento trasero. Beatriz luego de que diestramente saltara de su silla al coche, se negó al ofrecimiento de Carmen.

―Comeré lo que quieran en el hospital.

―Está bien ―cerró la puerta, y rodeó el coche para subirse del otro lado, para que el chofer después de haber metido la silla en el maletero, se instara tras el volante y se dirigiera hacia el hospital, donde al llegar se encontraron con Victoria, la colorina novia de James, que hablaba con alguien a quien ella no conocía. Un hombre alto y de lo más guapo, como los modelos que solían salir en las revistas.

― ¿Tyler, cómo estás? ―saludó Carmen, empujando la silla de Beatriz cuando llegaron a ellos. Luego saludó a Victoria mientras el joven a quien Carmen había llamado Tyler se quedó mirando a la adolecente en ebullición, que parecía haber sido flechada por Cupido cuando vio a aquel galán de revistas. Posiblemente, piensa ella, haya babeado cuando este se inclinó y acarició su barbilla, guiñándole el ojo.

― ¿Y esta dama? Apuesto que es la hija de Damián ―dijo el joven, mirando a Carmen que asintió, mientras Beatriz seguía como una boba cada uno de sus movimientos.

―Soy… soy… soy Beatriz, y estoy soltera.

Victoria se carcajeó alto y claro, mientras Carmen cubría su boca escondiendo su risa. Tyler abrió los ojos y se inclinó hasta quedar a la altura de ella, contemplándola con esos ojos negro azulados, divertidos.

― ¡Qué barbaridad! ―exclamó, meneando la cabeza― ¿Cómo es eso que no tienes a los galanes suspirando por ti, eh?

―Mi papá y Edward los espantan…

―Yo haría lo mismo ―volvió a guiñarle y ella sonrió como una boca, pasándose la mano por su cabello antes de volver a levantarse para hablarle a Carmen y preguntarle algo que Beatriz no escuchó. Solo fue consciente del movimiento de esos labios y de su rostro perfecto.

― ¡Bea, niña por Dios! ―exclamó Victoria cuando vio a la niña abrir y cerrar la boca como si fuera un bacalao. Carmen se había alejado y Tyler se había apartado unos metros para contestar una llamada telefónica sin ella darse cuenta.

― ¿Qué… qué cosa…? ―balbuceó la chica, sin quitarle los ojos de encima al arquitecto.

― ¡Cierra la boca y céntrate, por vida de Dios! Parece que ibas a comerte al pobre Tyler…

― ¡¿A caso tú no te lo comerías, Victoria?!

La aludida abrió su boca, espantada y sonrió a continuación, dándole la razón a la niña. Claro, lo hubiera hecho si James no existiera en su vida.

―Damas, algo se presentó y debo irme, ¿puedes decirme, Victoria, donde encontrar a Bella para despedirme?

―Vi salir al doctor del cuarto de la niña, así que debe estar vistiéndola. Puedes ir allí, supongo.

―Gracias ―dijo, antes de caminar por los pasillos, con dos pares de ojos femeninos fijos en su espalda… y en otra parte de su anatomía que se veía muy bien desde atrás.

El arquitecto, divertido por la actitud de la adolecente, caminó hasta el cuarto donde él sabía que estaba la pequeña hija de Bella. Había llegado allí apenas diez minutos antes con la intención de saber de primero fuente cómo se encontraba Edward después de lo que había ocurrido, y disculparse con él a través de su esposa. Pero no había podido encontrarse con ella, pues cuando llegó, Bella estaba en la habitación hablando con el doctor sobre la evolución de la niña y se quedó él allí con la intención de esperarla, pero esa llamada desde la obra, demandaba su presencia inmediata por un problema que se había presentado.

Cuando llegó a la puerta, alzó la mano con la intención de golpear antes de entrar, pero antes que él pudiera hacerlo, la puerta se abrió un poco y él alcanzó a oír la voz de Carmen, que con voz severa le advertía a Bella:

—Debes alimentarte, Bella, no solo porque debes estar fuerte por todo esto, sino porque recién anoche te enteraste que tendrás otro bebé y eso demanda cuidados de tu parte.

Entonces la puerta se abrió del todo y él chocó con el rostro de Carmen, que se sobresaltó de verlo allí.

―Tyler.

―Yo vine a ver a Bella… tengo que irme y quería…despedirme antes de hacerlo.

Entonces Bella apareció detrás de Carmen, que seguía mirando al arquitecto, atenta a cualquier reacción de él que pudiera debelar que había oído la conversación. El joven estaba nervioso, sin duda, pero no hizo comentario de haber escuchado más allá. Aunque eso no significaba que no hubiera oído.

―Tía, trae a Victoria y a Bea para que vean a Clarisse. Yo me quedaré con Tyler ―dijo Bella, empujando a su tía para que se pudiera en marcha, mientras hacía entrar a Tyler al cuarto, donde la niña estaba recostada mirando la pantalla de televisión que acababan de encender para ella.

― ¿La niña se encuentra mejor?

―Sí, está algo decaída, pero es lo normal.

―Me alegro. Yo… vine a saber cómo estaba Edward. Después de que supe lo que ocurrió con Liam, me sentí tan culpable…

―No tienes que sentirte responsable de nada, lo sabes. Edward está bien, todo bajo control allí.

―Vaya, cuanto me alegro. Reitérale mi compromiso con ustedes, por favor, que no lo dude…

―ÉL no lo hace y está muy agradecido de lo que estás haciendo.

―Bueno… ahora me tengo que ir, ¿quieres que te lleve hasta allí?

―Te lo agradezco, pero no. Tengo al chofer esperándome y creo que no sería bueno que nos vieran juntos, por si las dudas.

―Comprendo ―dijo el arquitecto, sintiendo la puerta chocar con su espalda cuando esta volvió a abrirse sin aviso, ingresando una enfermera de estatura pequeña y ojos negros como el carbón, que al parecer venía a cambiar el suero de la niña.

Tyler se retiró, despidiéndose de paso de Victoria, Carmen y Beatriz, esta última aun suspirando por ese hombre que pensaba ella, no podía haberse visto más atractivo aunque hubiera querido, con esa chaqueta negra y el pantalón del mismo color que le hacía tanta justicia a esas piernas y a ese lindo trasero que

― ¿Qué estás mirando, Bea? ―preguntó Bella, cuando vio a la niña con sus ojos puestos en el trasero del arquitecto. Beatriz se sobresaltó y miró a Bella, con sus cachetes rojos por haber sido sorprendida mirando hacia donde no debía.

― ¡¿Yo?! Uhm… ¿las… sillas…?

―Sí, claro ―respondió Bella, escondiendo su sonrisita―. Ayúdame con Clarisse, yo voy saliendo a ver a Edward.

― ¿Puedes decirle que he estado aquí y he deseado ir a verlo? ―Preguntó, olvidándose de aquel último flechazo, preocupándose ahora por su hermano mayor―. Dile que espero que pronto salga de ahí y que ya todo esto se acabe, ¿se lo puedes decir?

―Se lo diré, pequeña ―sonrió Bella, acariciando la mejilla de la chica antes de dirigirse ahora hasta su hija para besar su frente antes de salir rumbo al hospital penitenciario, donde aún estaba su marido, recuperándose.

Lo único que Edward agradecía de estar en esa fea sala que simulaba una habitación de hospital, era la ventana, que por muy sucia y flanqueada de barrotes que estuviera, lograba ver la luz del día filtrarse por estas, haciéndolo sentir "menos" encarcelado. Lo malo es que esos tiempos de ocio, como él los denominó, no hacía más que echar a correr su imaginación y prever un sinfín de escenarios con los que, una vez libre, pudiera torturar a la vieja urraca de Elizabeth y al tipo ese que tuvo la osadía de burlarse con algo tan importante para él como lo era la salud de su hija. No iba a pasar por alto aquello ni mucho menos olvidarlo, eso era algo por lo que Patterson tendría que pagar.

A veces, cuando estaba maquinando ese tipo de cosas, una voz de ultratumba le hacía pensar que después de todo y pese que la sola idea a él le revolvía el estómago, su actitud no era mucho mejor que la de la vieja esa que decía ser su abuela. Y cuando se estaba torturando con ese tipo de pensamientos, otra voz suave y reconfortante se imponía y le decía que él no era como Elizabeth, que él a diferencia de esa mujer, era capaz de reconocer sus culpas, de ir adelante con la verdad, de amar, cuestiones que para ella eran intrascendentes.

―No soy como tú, Elizabeth Masen ―murmuró para sí mismo, tratando de convencerse, tras suspirar y con su vista aun perdida más allá de los barrotes de la ventana.

Absorto en esos pensamientos estaba, cuando un alegato al otro lado de la puerta custodiada por gendarmes llamó su atención. Había recibido ese mismo día la visita de su mujer que lo había acompañado por cerca de dos horas, dejándole lado a Emmett más tarde, para que lo pusiese al día sobre los avances para el próximo juicio que se celebraría en un par de días, por eso, movido por la curiosidad, trató de poner atención en la voz que exigía entrar a verlo.

― ¡¿Va a impedirle el ingreso a una monja, señor gendarme?!

Torció la boca en un amago de sonrisa –digamos que en ese último tiempo muy pocas cosas lo hacían sonreír― y se imaginó a la hermana Manuela con sus manos sobre las caderas, demandando entrar. No alcanzó a oír el resto de la conversación, cuando la puerta se abrió y el gendarme anunció la visita de "la enviada de Dios". La hermana Manuela asomó su rostro y suspiró, mordiéndose el labio mientras se le acercaba con aquel rostro dulce pero ahora cargado de preocupación.

―Interrumpí mi retiro cuando supe lo que había ocurrido ―indicó la monja con su voz quebrada por la emoción, extendiendo sus manos para alcanzar las de Edward que se encontraban sobre su regazo―. ¡Ay, Edward, por Dios! ¿Cómo es que estás aquí, preso y en una cama de hospital?

―Mejor dígame quién le fue con el chisme, madre.

―Eso da lo mismo ―bajó los ojos hasta sus manos que apresaban las de Edward, alzándose de hombros y escondiendo la fuente que le entregó aquella información―. Además, salió en todos los periódicos… ¿por qué yo no sabía que esa mujer volvió a aparecer? ¿Qué es lo que quiere?

―Hacer lo que siempre hizo, hermana, culpar a los demás de sus errores y quedar ella como la pobre anciana libre de culpas.

―Pero ella mató… ―carraspeó haciendo atrás el llanto que le provocaba recordar ese hecho― ella es culpable. Y si su empresa se fue a la quiebra, fue porque ella no oyó lo que le dijeron, todo fue su culpa, ¿por qué es tan difícil de entender?

―Madre, eso yo lo tengo claro, y estoy seguro que ella también ―Edward suspiró y desvió su mirada de los ojos tristes y preocupados de la monja―. Lo que ella quiere es joderme, verme infeliz. Lo hizo desde el día que me sacó del hogar de menores cuando era niño, y lo siguió haciendo durante el tiempo que me tuvo como su rehén, y lo sigue haciendo ahora que está en la cárcel. Esa vieja sabe que nada económico puede obtener que merezca la pena para incluso que vuelvan a inculparla y sumarle más años a su condena. Quiere verme destruido, hundido como yo la hundí a ella, y no me va a dejar en paz hasta que lo consiga… o hasta que yo consiga liberarnos de ella de una vez y para siempre.

― ¿Qué quieres decir con eso último, Edward?

Y otra vez, la voz tenebrosa, como la de un ángel malo, susurrándole: "eres igual a ella, igual de cruel, igual de despiadado y macabro…"

―No quiere saberlo, hermana. Está en juego la seguridad de mi mujer y de mi hija, del entorno que me rodea y frente a ese riego yo no voy a quedarme quieto. Ella quiere pelea, y es eso lo que va a tener, sin contemplaciones.

―Realmente das miedo cuando hablas de ese modo. Recuerda que tienes una esposa y una hija…

― ¡Por eso mismo, madre! ―Exclamó con furia. Enseguida cerró los ojos e inspiró fuerte para calmarse, no quería sobresaltar a la visita ―Esa vieja logró aliarse a alguien de poder que está aquí afuera. No sé con qué promesa a cambio, pero lo hizo; encontró a alguien que es tan maldito como ella que nada más tiene odio contra mí por lo que esa vieja le inculcó. Eso no es justo, madre, y yo quiero que de una maldita vez por todas se haga justicia.

― ¡Ay, hijo! ―Suspiró ella, soltando una mano para llevarla hasta el cabello demasiado largo ya de Edward ―no hagas ninguna tontería. Piensa las cosas y…

― ¿Cree que aquí encerrado, no he tenido tiempo de pensar? Es lo único que puedo hacer…

―Por cierto, ¿por qué estás en esta cama de hospital? ―Preguntó ella de pronto, saliéndose del tema.

―Uno de los episodios me tiró a piso… ya sabe…

― ¡¿Pero por qué?! ¡¿Acaso no estás tomando tus medicinas, Edward?! ¡¿Tendré que venir yo a dártelas en la boca como cuando eras un niño?!

―Joder, madre…

― ¡Tu vocabulario, Edward Masen! ―exclamó ella, criticando las palabrotas que salían de la boca de Edward. Él la miró y rodó los ojos.

―Perdón, perdón hermana. ―se disculpó y agregó una explicación ―Mi hija fue internada en el hospital por una infección. Yo no lo sabía hasta que Liam Patterson fue a decírmelo, poniéndole un poco más de drama, haciéndome creer… lo peor.

―Dios del cielo, que crueldad.

―Y sobre las medicinas, no, no me las había estado tomando. Después que me metieron a la sombra sin previo aviso, simplemente pasé de las dosis diarias. Me descompensé y… pasó lo que pasa siempre.

―Lo siento mucho, hijo. No sabía lo de tu pequeña. Apenas bajé del monte de oración, me llegó la noticia que estabas aquí y corrí a verte. Prometo ir a verla ahora que salga de aquí.

―No se preocupe, hermana.

―Voy a estar a tu lado cada vez que lo necesites, hijo. Pero me alegro que no hayas estado solo, me alegro que la gente que te amé esté a tu alrededor, conteniéndote.

―Son lo más valioso que tengo, hermana. Podría perderlo todo, pero mientras los tenga a ellos…

"¿Lo ves? No eres como ella…" susurró la voz dulce que rebatía a la del ángel malo, mientras la hermana Manuela lo miraba y sonreía, acariciándole las manos que se entibiaron al abrigo de las de esa mujer.

Sentado en la incómoda y dura cama de media plaza que se disponía en ese lugar para conciliar el sueño, y en medio de la oscuridad de la celda húmeda y maloliente se encontraba el ogro sentado, con su cabeza agarrando sus manos, contemplaba el suelo y se lamentaba de su maldita suerte, maldiciendo a todos los que lo habían enviado a ese lugar solitario y oscuro, lejos de la luz. Pero llegaría el momento que esas celdas se abrirían para que él saliera y cuando eso pasara, tomaría la venganza como un sable de doble filo, y le arrancaría la cabeza a cada uno sin una pisca de remordimientos ni mucho menos piedad.

―La venganza no es un pensamiento que nos haga libre…

Cerró los ojos. Debía estarse volviendo loco. ¿Cómo es que podía oír con tanta claridad esa voz que hace más de dos años dejó de oír? ¿Esa voz con la que creció, como si hubiera sido la voz de su propia madre? ¿Cómo era posible si ella estaba muerta?

―La muerte es solo para quienes han sido olvidados. Tú no me has olvidado, por lo que sigo viva, al menos en tu recuerdo y en tu corazón.

Y para colmo, como solía pasar con ella en vida, leía sus pensamientos con tanta claridad como si él los hubiera estado develando para ella abiertamente.

―Es que te conozco…

―Dios, me estoy volviendo loco… ―oyó a la mujer reírse por lo bajo y no pudo aguantar más, decidiendo alzar su cabeza despacio hasta dónde provenía la voz. Entonces la vio, de espalda a él, afirmada de los barrotes, contemplando hacia el pasillo, con su larga túnica negra cubriéndole el cuerpo completo, desde la cabeza hasta los pies. Y como percibiendo los ojos ansioso de Edward, se giró ella lentamente hasta exponer su rostro luminoso, como si la oscuridad que la rodeaba no surtiera efecto sobre ella, como si ella brillara con luz propia.

A Edward le temblaron las piernas y su garganta picó duro con ese deseo de ponerse a chillar como un niño cuando la vio frente a él, como si nada de eso hubiera pasado. No había alcanzado a despedirse, en realidad nadie lo había hecho, pues su muerte fue una cuestión que sucedió de momento a otro, pero el hecho de no haber tenido una última conversación con ella, de no haberla podido abrazarla por última vez o agradecerle lo que hizo por él, con la plena convicción que ella lo estuviera oyendo, era algo que secretamente lo carcomía cada vez que la recordaba.

―Cuando lloraste en silencio mi muerte junto a mi féretro y cada vez que me hablaste frente a mi lápida en el cementerio te oí, Edward ―aclaró ella con voz sutil, volviendo a confirmar que sí, que oía lo que él pensaba―. Nada tienes que agradecerme, porque te quise a ti y a los niños que tuve a mi cargo como si fueran míos, mis propios hijos, y como la madre que sentí era para ti es que creo oportuno hablarte en esta instancia.

―Usted, monja bruja… ―murmuró él ante la capacidad tan certera de la hermana Gabriela en oírle incluso aquello que él no verbalizaba―. Yo… nada de esto tendría que estar pasando. Usted no tendría que estar muerta, yo no tendría que estar en este lugar encerrado injustamente…

―Edward, no estoy muerta. ―Lo dijo con tal convicción que Edward, que no sabía si estaba soñando o estaba bajo los efectos de alguna droga o medicamento, o si estaba viviendo una realidad paralela donde ella no estaba muerta―. Estoy viva gracias a personas como tú, que me amaron y me siguen amando…

―Eso no es suficiente para mí ―la voz del ogro sonaba ahogada. Entonces tuvo la valentía de ponerse de pie y caminar un par de pasos hasta quedar muy cerca de la presencia de la monja―. Usted sabe de lo que hablo, y no me refiero solo a que usted siga viva en mi recuerdo, hablo de que cada maldita vez que el mundo se me viene encima, yo necesito de sus palabras, de su contención, la que no tengo. Pienso que lo que usted me diría, en lo que me aconsejaría… ¡Por vida de Dios, hermana!

―No estás solo y muchas personas están a tu alrededor ayudándote a escoger el mejor camino.

― ¡¿Y este es el mejor camino?! ¡¿Yo aquí metido en este jodido hoyo, dejando a la deriva a mi familia, es el mejor camino?! ¡¿Dejando que la maldita justicia corrupta encuentre cargos imaginarios y me encierre de por vida aquí?! ―cerró los ojos, se llevó la mano derecha al cabello y lo jaló con fuerza, caminando de un lado para otro dentro de ese tan pequeño espacio, gruñendo maldiciones ― ¡¿Sabe lo que tendría que hacer?! ¡¿Lo sabe, hermana?! ¡Yo tendría que darle un buen motivo a esos jueces para encerrarme, y de una vez por todas ir donde esa vieja y volarle la maldita tapa de los sesos y enviarla al infierno donde debería estar!

―No eres como ella, Edward.

La respuesta de la monja sonó tranquila, pacífica, en comparación a la enajenada ansiedad que brotó de la boca de Edward con aquel discurso que parecía haber estado atascado en su cuello desde hace mucho.

Entonces él miró a la monja y respirando pesado como lo estaba haciendo en ese momento, bajó la vista y miró la punta de sus zapatos sucios.

―Usted, una y otra vez, ha estado repitiéndome esa frasecita que no se si creerme…

―No eres como ella, así que no te comportes como ella ―puntualizó con ahínco. Edward pudo imaginarse su rostro molesto―. No le des el gusto de regodearse con la victoria de lo que quiere conseguir: verte solo como se vio ella, como está ella ahora. Porque por más que ese cómplice suyo haga, sigue estando sola. Nadie está a su lado por afecto o decisión propia. Está sola, y eso le carcome el alma de envidia, entonces cree que quitándote la fortuna que puedas haber acuñado, te verá infeliz y solo como ella se quedó hace un par de años. Ojo por ojo.

―Mi mujer me ama, y no va a dejarme aunque me tenga que ir a dormir bajo el puente ―aseguró, levantando la cara, hablando con total seguridad―. La única cosa que la apartaría de mí es si dejara de amarme o yo cometiera alguna barbaridad como engañarla, por ejemplo. Pero eso jamás ocurrirá.

―Y tienes a tu padre y a tus hermanos, y no solo me refiero a Alice y Beatriz, sino también al resto de tus amigos a quienes adoptaste como hermanos ―acotó la hermana Gabriela dándole la razón a Edward―. Y lo más importante: hay una niña pequeña esperando por ti, por su padre. No la defraudes, a ella menos que nadie. Piensa en ella cuando la voz del ángel malo esté susurrándote cosas oscuras, como eso de que eres igual a ella.

Edward tragó grueso por las palabras recordatorias de esa monja vestida de negro, que le sonreía y que a paso lento se acercaba a él, con una mano levantada justo hasta que quedó a la altura de su mejilla, la que colocó allí sutilmente, como una madre lo hubiera hecho con su hijo. Edward cerró los ojos y pudo sentir el calor en su mejilla, y sintiendo una paz como nunca en ese frío lugar, sonrió, agradeciéndole a la monja haber llegado a él, cuando más lo necesitaba.

Después de unos segundos, Edward abrió los ojos y el escenario había cambiado. Ya no estaba en la celda, estaba en la cama del cuarto de hospital de la penitenciaría donde había dormido hacía dos noches. Se lamentó que aquello haya sido un sueño… aunque en realidad para él no lo era, porque la monja Gabriela seguía viva en su corazón y las palabras que le había dicho eran tan reales, que habían hecho que aquella paz que sintió en el sueño, se traspasara hasta su cuerpo, su mente y su corazón. Con esa serenidad, con esa seguridad de que lo real solía salir a flote con la brillantez de un diamante, como solía decía la monja, sabía saldría invicto de aquello, con su verdad por delante, y Elizabeth tendría que morir en la celda de la cárcel, como la mujer culpable que era.


Gracias miles a todas por quedarse acompañando al ogro y a mí. Gracias por tomarse el tiempo de leer y de comentar, les estoy tremendamente agradecida.

Como siempre, a mis nenas: Gaby Madriz, Maritza Maddox y Manu de Marte por echarme la mano y prestarme su amistad. ¡Gracias! ¡las quiero!

Y como siempre, nos reencontramos la próxima semana con esta locura. Besotes: Cata!