¡EL OGRO HA REGRESADO!

¡A LEER!


Capítulo 19

Elizabeth fue llevada por su fiel enfermera hasta la sala de visitas donde su marido la esperaba. Como siempre, Liam hizo ver la superioridad que él tenía sobre ella cuando ni siquiera se levantó de su silla para recibir a su esposa, ni descruzó sus brazos y sus ojos oscuros siempre siguieron sus movimientos lentos sobre la silla en la que ella había acostumbrado a movilizarse, aunque Liam pensaba más bien que le gustaba eso de sentirse como reina sobre su carruaje y "la servidumbre" tuviera que encargarse de empujarla sobre su carruaje de un lado a otro según sus preceptos.

Apenas y se miraron cuando estuvieron frente a frente en aquella sala de visitas comunitaria que extrañamente y para suerte de ambos, siempre estaba vacía cuando ellos se encontraban, pues Liam lo había "solicitado" de ese modo después de entregar una fuerte suma de dinero, como otras tantas veces lo había hecho, para salirse con la suya o cubrirse las espaldas.

― ¿Tienes alguna novedad? ―demandó saber Elizabeth, mientras arreglaba su falda gris, ignorando la mirada de Liam, quien tras soltar un suspiro y descruzar los brazos respondió a sus exigencias.

―Bueno, sí: no seguiré ayudándote ―el rostro de Elizabeth dejó de poner atención en las pelusas de su falda y de inmediato fijó sus ojos sorprendidos en el rostro impasible de Liam―. No como quieres. Edward es bastante más inteligente en los negocios de lo que tú crees, está rodeado por un cohesionado grupo de profesionales y verdaderamente ni mis abogados ni otros contactos han logrado dar con fisuras que lo inculpen a él en el caso de malversación y estafa. Admitiste tu culpabilidad hace tiempo y los testigos no dejan de asegurar que los tratos los hicieron siempre personalmente contigo, fuera de las dependencias de la empresa y que Edward nunca estuvo presente en ninguna de esas transacciones. Si bien es cierto que él estaba al tanto de las fugas de dinero que tú hacías para pagar tus tapaderas, eras la directora general de la empresa y era una de tus beneficios, y ni aunque él hubiera estado en desacuerdo, hubiera podido hacer algo.

―Creo sí, que fue más inteligente que tú, porque estoy seguro que estaba al tanto de tus movimientos fraudulentos y siempre fue dejando pistas para que tu culpabilidad fuera irrefutable. Digamos que él estuvo preparando el camino para cuando te descubrieran ―agregó, sin quitar sus oscuros ojos de los de Elizabeth, que parecían salirse de orbita.

― ¿Es una broma? ―preguntó Elizabeth con asombro e ironía―. ¿Te vas a dejar vencer por el inepto de Edward?

―Yo no me dejo vencer por nadie, Elizabeth. No soy yo quien está tratando de limpiar su nombre ―le recordó con crueldad.

―Dijiste que me ayudarías…

―Y lo he hecho. Te saqué de la cárcel y te traje aquí, que es mucho más decente. Logré poner en duda el nombre de Edward y darle un buen susto.

No comentó que ciertamente, no había acabado con él, y que daría su golpe de gracia, no tan solo económicamente, sino con la noticia de su nieto y la relación tras bambalinas entre su hijo y Bella. Eso lo destruiría. Pero Elizabeth no tenía por qué saberlo, todavía.

―No puedo creer que te conformes con tan poco ―lo provocaba Elizabeth, mientras a él se le comenzaba a agitar la respiración―. Pensé que figurabas entre los empresarios más severos e inclementes por algo, por lo mismo que recordé tu nombre de entre los hombres de confianza de mi padre. Pensé que significaba algo, pero no dejas de ser uno más…

La mirada que Liam le devolvió a Elizabeth podría haberle helado la sangre a cualquiera, porque era una amenaza implícita y feroz, pero Elizabeth no era cualquiera y mucho menos se dejaba intimidar por nadie, sobre todo en ese momento que Liam acababa de tirarle un balde de agua fría encima con sus dichos. La sangre se le calentó y su siempre espíritu de arpía salió a flote, ahora contra su marido de papel.

―Mi padre debe de estarse revolcando en su tumba ―habló la vieja con desprecio, ignorando la mirada oscura y asesina de Liam― ahora entiendo por qué se deshizo de ti. Eres un bueno para nada…

"Eres un bueno para nada" eran las mismas frases que alguna vez August Masen usó contra él cuando no cumplió la orden que él le dio de matar a Benjamín Town, esposo, en aquel entonces de Elizabeth. Un joven y tímido hombre, heredero de una de las fortunas más grandes de los alrededores, y proveniente de una familia ligada directamente a la nobleza, pero quien murió padeciendo esquizofrenia después de haber estado encerrado en un hospital para enfermos mentales, desde donde Edward años más tarde, lo encontró y lo rescató; hospital donde él y otro de los hombres de confianza lo llevaron por petición de August, quien se encargó de potenciar aquel padecimiento mental, con el fin de ser el administrador de aquella fortuna, la que más tarde le llenó los bolsillos cuando su propia fortuna familiar iba escaseando.

El golpe que Liam propinó sobre la mesa de madera, sobresaltó a Elizabeth que seguía lanzando dardos contra él sin que este la escuchara, pues su mente estaba atrapada en el pasado y en el odio que el difunto August seguía provocando en él.

―Yo le llené los bolsillos de dinero al incapaz de tu padre ―escupió Liam las palabras con desprecio, provocando sobresalto en Elizabeth, que llevó su mano al pecho por semejante ofensa verbal en contra de su noble linaje―. Me ensucié las manos por hacer a un lado a los hombres a quienes el inepto de tu padre llamaba estorbos. Metí al manicomio al pobre tipo que eligieron para ser tu esposo cuando supieron que su familia nadaba en oro, me apiadé de él cuando tu padre me pidió matarlo, pero a pesar de no haber cumplido su orden, de cualquier forma consiguió lo que quería.

―Tú accediste a ayudarlo…

―Después de que muchas promesas fueron hechas, promesas como que yo podría tomar el lugar de ese pobre loco, como tu esposo, porque él necesitaba de un hombre de confianza a su lado. Pero tu viejo no demoró en mearse en los pantalones cuando lo apuntaron de sospechoso por una lista de crímenes que nosotros cometimos por él…. No demoró en culparnos y desligarse de la responsabilidad.

― ¡Pero él te pagó muy bien!

―No de la forma que yo quería ser recompensado, querida esposa ―habló, jalándole por la barbilla― pero ahora los papeles se invirtieron y yo estoy al mando. Ahora eres tú la que va a tener que suplicar, Elizabeth Masen… Y concuerdo contigo en algo: claro que el viejo August debe estarse revolcando en su tumba, claro que sí.

La soltó y se apartó, dirigiéndose a la puerta, a la vez que sacaba su teléfono móvil.

― ¡¿Qué vas a hacer?!

―Ya lo verás… esposa ―después de eso, salió, dejando a Elizabeth sola y en incertidumbre sobre lo que vendría para ella.

La enfermera a cargo de ella, entró luego que Liam saliera sin despedirse de nadie, apresurándose ella hasta la "ancianita" a quien vio agitada e incluso un poco sorprendida, con los ojos abiertos de par en par fijos en la puerta.

― ¿Se siente bien? ―preguntó la enfermera, acuclillándose junto a Elizabeth, que se demoró en reaccionar ante la preocupación de la enfermera, a la que no le respondió, solo se limitó a exigir a su abogado.

―Mi abogado… comuníquese con mi abogado y que venga a verme lo antes posible…

―Pero…

― ¡Lo antes posibles! ―gritó, pero luego se controló, recordando que no podía espantar a esa muchacha, que era su única ayuda allí, agregando con suavidad―. Por favor…

―Claro, claro… ―respondió la joven enfermera, llevándose a Elizabeth a su cuarto antes de comunicarse con el abogado. Era el momento que Elizabeth jugara sus cartas.

**OO**

― ¿Señor Edward Masen?

El aludido abrió los ojos y miró hacia la puerta de su renovada celda, donde vio al guardia jugueteando con las llaves. De a poco se reincorporó en su prospecto de cama y se levantó hasta quedar de pie. Su corazón extrañamente palpitaba con más rapidez de lo habitual, y sus manos de improviso comenzaron a transpirar. Estaba nervioso y expectante… y odiaba esa sensación.

―Ejem, señor Masen, estoy aquí para informarle que la Suprema Corte de Justicia, decidió dejarlo en libertad por… ―el guardia, con mucha imposta, le leía el documento que anunciaba su libertad, después de que las investigaciones que empujaron la reapertura del caso, no consiguieran dar con motivos suficientes para declararlo culpable.

―Espere un momento ―lo detuvo Edward. El gendarme levantó la vista del documento y pestañeó esperando que el señor Masen lo dejara terminar―. ¿Me está diciendo que… quedo libre…?

― ¿Quiere que le vuelva a leer todo esto de nuevo? Mejor salga de ahí y pregúnteselo a su abogado, que lo espera aquí afuera con sus pertenencias.

―Claro, claro… ―añadió Edward, mirando hacia la cama como si estuviera percatándose de no olvidar nada a su salida, saliendo luego de la que fue su celda y caminando por pasillos estrechos guiado por el gendarme que llevaba la carta de salida en la mano. Llegaron hasta una puerta doble de madera, la que el guardia abrió sin anunciarse, haciéndose a un lado para que Edward entrara y se encontrara de frente con su amigo y abogado Emmett, que lo miraba con una sonrisa de suficiencia. "Te dije que te sacaría de aquí" parecía decirle. Edward rodó los ojos y se acercó hasta una mesa de madera donde un hombre mayor ponía frente a él un gran libro que le indicó firmar junto a su nombre y su número de identificación. Después de aquello, le entregó una bolsa grande con su ropa y otras pertenencias y le deseó un feliz regreso a casa.

Salió en extraño mutismo acompañado de Emmett, pegándole de frente a luz del sol de media tarde que refulgía desde el cielo. Inspiró profundo y dio gracias por tener sus pies fuera de esa mierda de cárcel, donde nunca debió ir a parar.

― ¿No me vas a decir nada? No te veo contento de estar afuera ni…

―No se trata de eso, Emmett ―respondió, pasándose la mano por el pelo mientras caminaban por el aparcamiento hacia el coche del abogado―. Estoy jodidamente ansioso de llegar a casa y ver a mis mujeres, sobre todo a mi hija, pero no deja de darme vuelta lo rápido de mi salida.

― ¿Pones en duda mi poder profesional?

―No, Emmett, ni el tuyo ni el de los demás, pero estamos hablando de Patterson, que logró sacaran a la vieja de la cárcel, que se casó con ella cuando se supone estaba enferma de la cabeza y no podía tomar decisiones… ¿por qué me dejó salir tan fácil, o por qué está dejando todo hasta aquí?

―Es algo que averiguaremos ―el abogado le quitó el seguro al coche y ambos caballeros se metieron. Una vez adentro, Emmett agregó―. Quizás fue algo que Tyler le dijo, no sé…

―Se supone que el arma casas y yo somos rivales… se supone que en su imaginación, él y mi mujer son amantes…

―Y se supone que es el padre del hijo que Bella espera…

― ¡Joder! ―exclamó Edward abrochándose el cinturón de seguridad con un poco más de violencia de lo habitual. Emmett lo miró de reojo y negó con la cabeza.

―Sí, es de telenovela… ―comentó riéndose y poniendo en marcha su coche―. Ahora vámonos a tu casa, tu hija te echa de menos.

―Acelera entonces Emmett, que estoy loco por verla ―murmuró Edward, dejando atrás el recinto donde estuvo según él, una eternidad. De camino los dos varones conversaron de lo que se venía sobre las investigaciones, porque por mucho que él haya salido de la cárcel, las cosas no las dejarían hasta ahí. Acabarían con la mierda de una vez por todas, costara lo que costara.

El abogado dejó al ogro en la puerta de su casa y este entró saludando apenas con un asentimiento de cabeza a los guardias que se mantenían en la puerta, que se apresuraron en saludarlo con evidente sorpresa por su reaparición tan repentina. Lo mismo pasó con las chicas que trabajaban en los quehaceres de la casa, que pegaron un grito cuando lo vieron aparecer en la cocina.

― ¡Jesús, María y José! ―exclamó la mayor de ellas, persignándose en el pecho, mientras la otra dibujaba en su boca una gran O de pura consternación

―Voy a fingir que esas muestras son de alegría por verme… ―comentó Edward, echándose a la boca un gajo de uva que sacó desde el frutero de la encimera.

― ¡Ay, Don Edward, que bueno que está de regreso! ―dijo la primera mujer, secándose las manos con un mantel mientras se acercaba al ogro―. Dios, rezamos tanto…

―Gracias, muchachas, ahora díganme dónde está mi mujer.

―Ella salió en la mañana con la señora Rosalie. La niña está arriba con Doña Carmen.

―Vale pues, subiré a verla ―iba a salir de la cocina, cuando se devolvió hacia las mujeres que no salían de su asombro ―Y preparen algo delicioso de comer, que vengo hambriento.

― ¡Claro que sí, patrón! ―respondió la menor de las dos mujeres. Entonces salió de la cocina Alfina y corrió escalera arriba para atravesar el pasillo y dirigirse directo al cuarto de su hija, cuya puerta estaba entreabierta. Se quedó allí y su corazón se calentó de amor cuando la vio recostada sobre las almohadas de su cama, aferrada al oso Toddy oyendo un cuento que Carmen le contaba con mucha impronta. La niña estaba concentrada en el rostro de Carmen y arrugaba las cejas o las levantaba cuando algo la sorprendía en el relato. A veces también sonreía y constantemente suspiraba, con su pijama de nubes y los rulos oscuros de su cabellera despeinados, pero adorables.

Edward no pudo evitar sonreír y sentir un profundo alivio de verla sana y salva, como ajena a todo lo malo que pasaba al otro lado de los muros de su casa, y añoraba poder recuperar el tiempo que perdió lejos de ella y lo peor no haber podido estar con ella cuando estuvo en el hospital. Nunca iba a preguntárselo.

Hizo un movimiento que probablemente fue lo que sacó a Clarisse de la atención del cuento, desviando los ojos hacia la puerta y encontrándose con el mejor regalo que ella haya podido desear. Edward vio como el rostro de su hija se iluminó y cómo fue que se sentó con agilidad en la cama, con sus ojazos muy abiertos, esperando a percatarse si la visión de su papá era puramente mental o realidad.

Carmen arrugó la frente y giró su cabeza hacia la puerta, tapándose la boca con la mano cuando vio a Edward entrando por la puerta directo hacia su hija, quien ya estaba saltando sobre su cama con alegría, preparándose para dejarse caer en los brazos de su padre, que la recibió abrazándola estrechamente, besando una y otra vez su cabeza, hundiendo su cara en el cuello de su hijita, donde encontró un aroma que lo transportaba a otra parte, como solía ocurrir cuando olía a su demonio.

― ¡Papito, papito, ya llegaste! ―exclamó ella, haciéndose hacia atrás ―Papito, me puseron una cosita aquí y lloré poquito papi… ―indicándole la parte del brazo por donde se le suministró el suero.

La niña en su idioma y con la rapidez típica de ella, le explicaba a su padre sobre sus periplos vividos en su ausencia. Edward la miraba y sonreía, asentía y respondía a todo lo que su hija le decía o preguntaba, incluso su voz se llegó a quebrar cuando ella quiso saber si la había extrañado tanto como ella a él.

―Tanto, mi niña, te extrañé tanto que ni te imaginas… ―y volvió a abrazarla.

―Edward… ―susurró Carmen, después de haber guardado silencio ante el reencuentro tan emotivo entre padre e hija, ella aún sorprendida por la sorpresa—. ¿Cómo… cómo es que…?

―Carmen, hasta para mí fue toda una sorpresa cuando me sacaron de mi suite presidencial. Pero no se preocupe, lo averiguaré… ―salió como una amenaza disfrazada, mientras miraba a su hija y le sonreía, tocándole la punta de la nariz con el dedo índice.

―Esto… ¿quién más lo sabe?

―Emmett fue a buscarme. No sé a quién más le habrá alcanzado a decir.

―No creo que a Rosalie, porque salió durante la mañana con Bella. Ellas dos irían a visitar a alguien importante, no me dijeron a quién.

―Estoy al tanto, Carmen. Su sobrina se las está dando de Sherlock Holmes y espero no se meta en líos, por el bien de ella y de nuestro bebé… ya sabe.

― ¡Ay sí! —exclamó Carmen, juntando sus manos sobre el pecho por el bebé que vendría en camino―. ¿Entonces para Bella será una sorpresa encontrarte aquí?

―Eso espero, porque pretendo darle una buena sorpresa… ―miró a su hija y le guiñó un ojo―. Ahora, necesito meterme bajo la ducha y después comer algo decente.

―Me encargaré que las chicas estén preparando algo y mientras te duchas, vestiré a esta niña que parece se mejoró milagrosamente. ―Ahora fue el turno de que Carmen tomara a la niña para que dejara a su padre tomar un baño.

El ogro tuvo la dicha de comer dos grandes platos de un estofado a la cacerola con patatas nuevas y una multicolor ensalada, mientras a su lado, Clary degustaba su jugo de naranja recién exprimido, contándole una y otra vez su historia de la visita que hizo en el hospital, de lo valiente que fue y de todos quienes la visitaron. Poco a poco la energía de la niña fue cediendo y sus ojitos comenzaban a cerrarse pues había pasado en banda la hora de la siesta. Bella, había llamado a Carmen dos veces durante ese tiempo, manteniéndose la tía en silencio respecto a la llegada de Edward a la casa.

Fue él quien se encargó de llevar a su hija hasta su cama y se quedó contemplándola dormir, convenciéndose de que todo valía la pena con tal de verla en paz a su niña, fuera de todo peligro y preparando el camino para lo que sería la llegada de su segundo retoño. Jamás él se imaginó levitar de amor por un hijo, cuando tiempo atrás se negaba a la idea de formar una familia. Ahora por el contrario, la idea de una vida solo sin alguien a quien amar, le parecía simplemente aberrante. Por eso mismo, defendería incluso con su vida a sus mujeres si eso era necesario. Jamás dudaría en hacerlo, y si así debía de ser, moriría tranquilo y agradecido de saber que alcanzó a conocer lo que era el verdadero amor, en el sentido más amplio de todo lo que el vocablo significaba.

Y hablando de amor… se levantó con sigilo y fue hasta su dormitorio cuando ya el reloj del dormitorio marcaba casi las siete de la tarde. Según lo que su demonio le dijo a su tía la última vez que la llamó, ella estaría regresando alrededor de esa hora, por lo que pensó en prepararse para darle una buena sorpresa.

― ¿Por qué me miran así? ―preguntó Bella a las muchachas a quienes encontró a la cocina cuando llegó, y las que la observaban aguantándose las risas. Ellas simplemente se alzaban de hombros y desviaban el tema.

― ¿No está cansada, señora? ¿Quiere que le preparemos algo?

―Comí algo rápido con Rose pero me vendría bien una ensalada, pero antes iré a ver a mi niña y llamaré a Emmett a ver cómo le fue con Edward… ―dejó de hablar cuando las dos cotillas se carcajearon bajito. Ella podría despedirlas, ¿cómo se atrevían a reírse cuando ella estaba acongojada por el hecho de tener a su hombre en la cárcel? Entonces, y antes de ser dura con las muchachas, decidió levantarse e ir al dormitorio de su hija, a quien encontró vestida y sentada sobre su cama, jugando con al menos doce muñecas y otros cuantos animales de peluche. Le sorprendió alegremente ver a su hija tan animada y tan contenta, retomando sus juegos como si nada sobre su enfermedad hubiera pasado.

― ¡Mi niña! ¿Estás en una fiesta? ―preguntó Bella, sentándose junto a ella. La niña asintió vehementemente y le contó de qué se trataba la fiesta y nombró a cada uno de los invitados, enseñándoselos con la mano.

―Y mi papi tamben vene… ―reubicando a sus invitados. Bella extrañada, arrugó la frente y la miró, como si no entendiera.

― ¿Cómo dices, mi cielo?

―Mi papi vene a la festa ―explicó la niña. Bella suspiró y tomó una de las muñecas entre sus manos, peinándole el cabello con los dedos.

―Ah, hija, ya quisiera yo, pero no creo que pueda llegar.

Shi mami, shi. Ya llegó…

― ¿Quién ya llegó?

―Creo que se refiere a mí.

La muñeca cayó de las manos de Bella, levantándose de inmediato al oír esa voz varonil tan familiar como si fuera parte de ella misma, pero tan sorpresiva a la vez, cuyo sonido se coló por sus poros hasta cada terminación de su cuerpo, el que comenzó a vibrar a medida que se giraba muy lentamente para encontrarse con lo que ella consideraba un milagro frente a sus ojos.

Edward estaba allí, afirmado relajadamente contra el quicio de la puerta, vestido con una camiseta azul marino de mangas largas y unos jean azules, y con sus brazos cruzados sobre su firme torso simulando una postura relajada miraba a su demonio con añoranza y hambre, porque el ogro estaba hambriento de ella, de sus palabras, de sus abrazos, de sus besos, de su cuerpo y de todo aquello que ella pudiera darle.

Entonces Bella no demoró en correr hasta él y encaramársele encima como un chimpancé, abrazándolo con sus piernas y sus brazos muy fuertemente y cerciorándose que él era real y no un sueño como tantas veces lo vio mientras dormía. Apretó su rostro en el hueco de su cuello y cerró los ojos para inhalar su aroma, imitando él esa reacción.

"Dios, por fin, por fin estoy en casa" pensó él mientras suspiraba y sacaba el rostro de su mujer de su escondite para mirarlo, pasando sus dedos suavemente por el contorno de su rostro, mientras contemplaba sus ojos verde miel llenarse de lágrimas, esta vez de alegría y emoción.

―Estás aquí ―dijo ella con su voz quebrada. Él sonrió de lado y besó suavemente sus labios.

―Sí demonio ―contestó, dejando su frente pegada a la de su mujer.

― ¿Es temporal, logró Emmett hacerte salir bajo fianza?

―No, demonio. Emmett recibió la notificación que los cargos habían sido levantados cuando las investigaciones de la reapertura del caso no hacían sino confirmar la culpabilidad de la urraca.

― ¿Liam Patterson se echó atrás con el juicio?

―Lo dejó hasta aquí, que no es lo mismo.

― ¿Significa que… nos dejará en paz…?

―No voy a confiarme de ello, mucho menos después de lo que Tyler averiguó ―Aclaró, sin responder la pregunta de su mujer porque no podría responderle lo que ella quería―. Voy a estar más atento que antes, y voy a seguirlo muy de cerca.

―Pensé… pensé que tú saliendo de la cárcel traería el final de toda esta locura, que finalmente estaríamos en paz.

―Y ocurrirá pronto, mujer, te lo juro. Confía en mí ―volvió a besarla y la abrazó fuertemente, mirando por sobre su hombro a su hija que jugaba distraídamente con sus muñecas―. Por cierto, ¿cómo estuvo tu salida con Rose? ¿Averiguaron algo?

―Dios, Edward, claro que lo hicimos… ―desenganchó sus piernas de las caderas de su marido y dejó que sus pies tocaran el suelo. Soltó un bufido y pasó su mano por su frente, recordando el cúmulo de información que ambas, habían logrado recabar―. Bueno, primero llegamos…

―Ahora no, demonio ―puso las manos sobre los labios de su mujer cuando ella había comenzado a hablar― estoy invitado a una fiesta de muñecas, y luego tendré una fiestecita privada contigo. Déjame disfrutar de ustedes, después nos pondremos al día con lo demás.

― ¿Fiestecita privada?

―Demonio lujurioso… ―gruñó él, acercándose hasta que sus dientes mordieron el labio inferior de su mujer. Ella sonrió coqueta, mordiéndose el carrillo del labio.

―Las hormonas de embarazada…

―Claro… ―y escondiendo una sonrisita, tomó su mano y la tiró hasta la cama de Clarisse donde se desarrollaba la fiesta.

Después de la fiesta, donde Edward tuvo que hacer bailar a una de las muñecas con el oso Toddy, la niña se quedó rendida, y tras acostarla bajo las colchas, se rindió al sueño profundo. Cuando eso ocurrió, Edward tomó entre sus brazos a Bella y la sacó de la recamara de su hija, llevándosela al lecho nupcial, donde la dejó caer suavemente entre las colchas celestes.

―Es hora de mi diversión… ―susurró desde los pies de la cama, quitándose lento la camiseta provocando la lujuria en su mujer, que se removía ansiosa sobre la cama observando el espectáculo de hombre. Su hombre―. Dime que es lo que quieres, demonio.

―Todo lo que puedas darme ―susurró ronco, desabotonándose la blusa de seda verde esmeralda, dejando ver su hermoso sujetador de encaje blanco. Edward gruñó mientras desabrochaba la hebilla de su cinturón, a la vez que ella se deshacía de sus pantalones capri blanco invierno.

El ogro no demoró en cernirse sobre ella y atacar su boca con avidez, antes de deslizar sus labios hacia el sur de su cuerpo, oyendo los suspiros profundos que emergían de su boca de puro placer contenido ya por tantos días.

Pretendía tomarse con calma el reencuentro con ella, pero la ansiedad fue más fuerte. Para él habían sido los días más largos de su jodida existencia y tener finalmente a su mujer desnuda y a su merced bajo su cuerpo ansioso, mandaron directamente a la mierda su determinación. No demoró en hacer añicos con los dientes la lencería que seguía cubriendo el cuerpo de su amado demonio e inspirar directamente desde donde provenía la lujuriosa ansiedad de ella, quien lanzó un grito cuando sintió la boca de su marido abarcar entre sus muslos mientras sus manos estrujaban la piel de sus piernas, sin ella atinar a más que jalar el cabello sedoso que tanto extrañó sentir entre sus dedos.

―Mi buen Dios… ―gimió ella, retorciéndose bajo las atenciones del ogro, que no dio tregua hasta que la oyó gritar una súplica que la llevó al primer orgasmo del reencuentro. Sin demora él se reincorporó y apoyándose sobre sus antebrazos, se hundió en ella con su miembro duro y firme, de una sola y profunda estocada que lo hizo cerras los ojos y apretar los dientes.

―Joder, demonio, estoy en el jodido paraíso…

―Dios mío… ―balbuceaba ella, anclándose con los brazos alrededor del cuello de su marido y sus brazos alrededor de las caderas de su hombre, buscando su boca con avidez y desesperación, ahogando en sus labios los gemidos que brotaban de sus labios mientras él despacio se movía y friccionaba dentro de ella.

― ¿Puedes sentir cómo me pierdo dentro de ti? ―ronroneó él con voz rasposa y oscura, a lo que Bella simplemente atinó a asentir jadeante.

―Mírame ―demandó el ogro, ordenándole a su demonio a abrir los ojos. Cuando ella lo hizo, ciertamente con mucha dificultad, él se perdió en la oscuridad lujuriosa de sus ojos verde miel que se anclaron a los suyos―. Dios, mujer, cuánto te amo…

―Edward… yo… ―cerró por un segundo sus ojos cuando la sensación febril dentro de su cuerpo parecía dejarla muda― yo también te amo.

― Demonio… ―gruñó él a medida que sus movimientos iban haciéndose más rápidos. Bella simplemente gimió e inconscientemente mordió el labio de su marido. Edward volvió a bajar la rapidez de sus movimientos y ella protestó, volviendo a abrir los ojos―. Voy a castigarte, demonio caníbal…

―Es tu culpa… ¡Oh! ―gritó agudo cuando él profundizó fuertemente cuando ella osó culparlo de morder su labio hasta hacerlo sangrar. Pero no le importó, muy por el contrario, hizo su excitación aun más severa cuando sintió el sabor metálico de la sangre en su boca―. Edward, por favor, no pares, por favor, por favor…

Sus ruegos se perdieron entre los gruñidos y los jadeos de su marido cuando la obedeció, otra vez moviéndose sin piedad dentro de ella, hasta el fuego fue desesperante y arrasó con cada célula de ambos cuerpos entrelazados, los que al unísono estallaron en mil partículas ardientes, con el ruido de sus gritos rebotando en las paredes de esa habitación.

Eran simplemente perfectos juntos, entrelazados desde sus entrañas, sudados y jadeantes, eso pensaron ambos al mismo tiempo mientras sus respiraciones iban poco a poco normalizándose. Edward besó la sien de su mujer y se giró para que su cuerpo exhausto descansara sobre el suyo.

―Dios, Edward, no te imaginas cómo te extrañaba ―susurró y besó el pecho de su marido sobre donde descansa recuperando el aliento. Él sonrió y besó el tope de su cabello, abrazándola y acariciando sutilmente con sus manos a través de su columna y ella imitaba los movimientos subiendo y bajando sus dedos sobre sus fuertes pectorales.

―Claro que me lo imagino, demonio, y no estoy dispuesto a pasar otra vez por lo mismo.

―Yo… tenía tanto miedo de que… ―tragó grueso y cerró fuertemente sus ojos por unos segundos, haciendo retroceder lo que fueron sus peores presentimientos respecto a su esposo, como la idea de tener que vivir separada de él, que siquiera pensarlo le rasgaba por dentro. Él sintió el estremecimiento en el cuerpo de Bella, atinando a abrazarla aún más fuerte, recordándole que él estaba ahí con ella y que ni el infierno lo iba a alejar de su lado.

―Mejor cuéntame, Sherlock, cómo te fue en tu investigación con la rubia.

―Diablos, Edward —se incorporó y se sentó sobre la cama, cubriéndose sus pechos desnudos con la sábana revuelta que yacía olvidada en una esquina― Rosalie siguió su instinto a partir de tu abuelo Benjamín y es… escalofriante lo que descubrió, lo que Lara nos dijo…

―Expláyate mujer ―pidió él, sentándose contra el respaldo de la cama, con sus brazos cruzados y sin preocuparse de cubrir su desnudez, se preparó para oír el relato de la investigación de las mujeres.

Ese mismo día, Rosalie pasó por Bella a su casa, con la idea fija en la frente de que si era necesario, levantaría cada maldita pierda para develar el secreto oscuro de Patterson, pues su olfato de sabueso le indicaba que ese hombre tenía algo sucio que escondía. Fuera de la pequeña pero acalorada discusión que la rubia tuvo con los guardaespaldas de Bella que se negó a dejar ir a la señora si él no las acompañaba ―debiendo ceder ella, para no perder más tiempo― se dirigieron hacia la pequeña ciudad de la que Edward le comentó a Bella en su última visita a la cárcel, sobre el lugar donde podría encontrar a la sobrina de Benjamín Town, difunto esposo de la vieja urraca de Elizabeth. Lara era su nombre.

―James me comentó sobre lo que alcanzó a averiguar del viejo Benjamín cuando lo encontró en el psiquiátrico, hace un par de años ―decía Rose mientras conducía el coche― habló de que, hasta ese momento, se hacían pagos para mantener al hombre prácticamente bajo sedación, dinero que no salía de las arcas de Elizabeth Masen.

― ¿Y quién lo mantenía allí?

―Es lo que averiguaremos. Por eso llegaremos hasta la sobrina esa de la que Edward te habló e indagaremos todo lo que podamos.

―Espero que todo sea para ayudar a sacar a Edward de la cárcel.

―Y más que eso, Bella. Más que eso. Lo sé, lo presiento.

Finalmente la compañía del guardaespaldas fue de utilidad cuando llegaron al pequeño pueblo a las afueras de la ciudad y fue él quien se encargó de preguntar en cada escuelita del sector por el paradero de aquella sobrina, de quien apenas sabían el nombre y el ramo que ella dictaba. Hasta que finalmente dieron con su paradero. Una mujer cuya edad oscilaba entre los cuarenta y cinco y cincuenta años, que vestía algo anticuada con un traje recto verde de dos piezas, se espantó cuando el grandulón le solicitó, muy amablemente, que la acompañara hasta el coche aparcado. Cuando la profesora de historia se negó, las mujeres salieron del coche y se acercaron a la tensa profesora, que parecía sudar de los nervios.

―Yo… me llamo Isabella Swan… Masen… ―rectificó al final, y los ojos de la mujer se abrieron con desmesura, negando con la cabeza y dando un paso atrás. El apellido de casada de Bella parecía haberla espantado, cuestión que nadie le cuestionaba.

―No, yo no voy a meterme con los Masen, se lo juré a mi madre…

― ¡Escúcheme, por favor! ―rogó Bella, dando un paso hacia la mujer de pelo claro y bien peinado en una moña baja, quien se aferraba fuertemente a los libros que llevaba en sus brazos.

―Señora… Lara, soy Rosalie Hale y soy abogada. Hemos venido porque Edward nos dijo que podíamos dar con usted.

Lara arrugó la frente y la rubia abogada pudo ver que al nombre de Edward sus músculos se relajaron, aprovechando eso para seguir adelante. Parece que el ogro era la excepción a la regla aquella de no acercase a los Masen.

―Ella es Bella, esposa de Edward, y creemos que usted pude ayudarnos a sacarlo de la cárcel… ―explicó Rosalie, que se detuvo cuando la profesora preguntó, algo perdida.

― ¿Sacar de la cárcel a quién?

―A Edward ―respondió Bella con su tono de voz sorpresivamente quebrado. Estaba desesperada y veía en esa mujer su salvación. Eso quizás la llevó a acercársele y poner sus manos sobre los hombros de la profesora y rogarle en susurro―. Se lo suplico, mi esposo está en la cárcel y no sé qué más hacer para ayudarlo. Ayúdenos, por favor…

― ¿Y cómo… cómo podría yo ayudarles?

―Bueno, para ponerla al tanto del presente, creemos que nos tenemos que ponernos al tanto de algunas cosas del pasado, por ejemplo, sobre su tío Benjamín ―dijo Rosalie con tono profesional. Bella pestañeó y se apartó de la mujer para que Rosalie expusiera el punto, pero cuando ocurrió, un leve mareo la hizo necesitar sostenerse del brazo del guarura, quien se puso en guardia enseguida, preocupándose por la señora.

― ¿Se encuentra usted bien?

―Sí, David, es solo un mareo. ―respondió ella, agradeciendo el agarre del hombre de seguridad, a quien llamó por su nombre.

―Me temo que si se siente mal, debo llevarla de regreso a su casa. Al jefe no le gustaría saber que usted está en riesgo.

―Estoy bien ―volvió a asegurar ella, preocupando también a las otras dos damas.

―Está embarazada ―explicó Rosalie cuando Lara observaba a Bella con preocupación y un montón de dudas asomando por sus ojos.

―Esto… ¿y por qué Edward está en la cárcel? ―quiso saber la profesora, mirando a Rosalie y a Bella alternadamente.

―Elizabeth Masen logró aliarse a gente poderosa que se encargó de meterlo allí.

― ¡Oh, por Dios!

―Señoras, me temo que este lugar no es seguro para seguir esta conversación ―se interpuso el grandulón de David, sujetando aun a Bella, que se mantenía con los ojos cerrados y una de sus manos sobre su frente.

―Es verdad ―acordó Rosalie ― ¿Podemos ir a algún lugar para hablar con tranquilidad? No pretendemos quitarle mucho tiempo si es que tiene que regresar a su trabajo.

―Es mi día libre, apenas vine unas horas a cubrir a una colega. Podemos... Podemos ir a mi casa, no queda lejos de aquí. Ahí estaremos tranquilas… tranquilos.

―Muchas gracias, Lara.

Siguieron a la mujer que les indicó el camino a su casa conduciendo su viejo Volkswagen amarillo, el que aparcó en la entrada de una casa en forma de A, toda esta de madera, incluidas las rejas blancas que bordeaban la propiedad que parecía una casa salida de los años veinte. Entraron a un salón tan clásico como la misma sala, con sillones grandes de colores oscuros y alfombras de diseños anticuados, al igual que el papel tapiz que cubría los muros y por el que se podía ver el paso del tiempo por las manchas oscuras sobre estos. Pero eso no era lo importante en ese momento, al menos a nadie de los invitados que entraron en esa casa les pareció importar el anacronismo del salón.

―Edward le comentó a Bella que usted llegó al funeral de don Benjamín Town, pero que no tuvieron tiempo más que para saludarse ―explicó Rosalie después que se instalaron en los sillones y que Lara llevara para ellos una bandea con limonada fría. Lara suspiró y sentándose en un sillón de mimbre se explicó.

―Mi madre acababa de morir también y me pidió que fuera hasta allá para hablar con Edward. Supe por los periódicos de la época todo lo que estaba sucediendo con él y su… abuela. Dejé pasar el tiempo concentrada en la enfermedad de mi madre, la que era degenerativa, hasta que supe después que mi madre falleciera, que también el tío benjamín lo había hecho. Así que quise ir… aunque pensé que no era un buen momento para hablar con él. Después pasó el tiempo… y pues lo dejé estar.

― ¿Sobre qué quería hablar con Edward?

―Bueno, en principio era mi madre la que quería hablar con él. Ella estaba ansiosa de conocer al hijo de Clarisse Brandon, una mujer a la que ella quiso mucho, pero a quien no pudo ayudar, por falta de recursos.

― ¿Usted la recuerda?

―Claro que sí, era hermosa… pero vivía atormentada.

―Uhum… su madre era hermana de Benjamín, ¿no es así? ―Lara asintió y Rosalie no perdió el tiempo, por lo que siguió preguntando.― ¿Fue acaso ella la que costeó la permanencia de Benjamín en ese hospital?

―Mi madre no hizo otra cosa sino desear sacar a su hermano de ese lugar ―respondió con fuerza, aclarando el punto de la abogada, que alzó sus delineadas cejas por la tan ferviente aclaración. ―A mi tío lo metió a ese manicomio para quitarle la fortuna de la familia, de la que él y mi madre eran herederos.

― ¿Y quién lo metió a ese lugar? ―preguntó Bella con voz temblorosa.

―August Masen y sus hombres. Mi madre no dejaba de repetirlo.

― ¿Está segura? ―inquirió ahora la abogada a Lara, la que no se demoró en asentir e incluso exponer algo más que simples pruebas:

―Hay una caja llena de diarios escritos por el mismo Benjamín y por mi madre que hablan de todo. Eso era lo que mi madre quería enseñarle a Edward, ya que no alcanzó a hacerlo con Clarisse…

― ¿Podemos ver esos diarios? ―con ansiedad volvió a interferir Bella, creyendo que en esos diarios podría encontrar algo, cualquier cosa que le devolviera la paz a ella, a su familia y al resto de sus amigos. Pero Lara no tenía intención de entregarle algo que debía ser decepcionado por una sola persona, por mucho que Bella fuera su esposa.

―Lo siento, pero no. Solo Edward puede venir por ellos.

― ¡Pero él está en la cárcel! ―exclamó ella, alzando los brazos.

―Puedo ir a dejárselos cuando tenga… cuando tenga un tiempo ―la trató de tranquilizar Lara ―El fin de semana quizás, además hay otras cosas que tengo que decirle…

― ¿Qué cree usted que podamos encontrar en esos diarios? ―preguntó Rosalie algo más calmada.

―Que Elizabeth Masen no es más que el fiel reflejo de su padre, un tirano. Desde el primer momento August vio en la unión de mi tío Benjamín y de su hija nada más que una oportunidad económica de salvarlo. Lo trató como a un hijo hasta que lo convenció de poner la fortuna de la familia sus manos, y cuando eso ocurrió, no sabe bien cómo pero mi tío comenzó con brotes psicóticos, mandándolo a un hospital donde lo encerraron después de un fallido intento de asesinato.

― ¿Quién intentó matarlo?

―Lo hombres de August, por supuesto… ―respondió Lara a la pregunta de la abogada. Las cosas se estaban poniendo color de hormiga, pero esta vez no para ellos. Alguien más iba a recibir una gran sorpresa cuando los secretos de esos escritos se develaran.

― ¿Su madre habló de algún nombre…?

―No, pero seguro esas cartas puedes decir algo más que simples nombres ―aseguró Lara, mientras Bella miraba de reojo a Rosalie, quien parecía en transe pero que en verdad estaba sacando conclusiones, oliendo que en esas cartas habría un montón de respuestas y que seguro el nombre de Liam Patterson figuraba en estas, no sabe bien por qué.

Edward había oído el relato de su mujer sin hacer comentarios. Recordó los ojos ansiosos de esa mujer cuando el mismo día que enterraron a su abuelo se le presentó, diciendo ser sobrina de Benjamín y que deseaba poder hablar con él sobre un asunto importante. En ese momento Edward no tenía cabeza para nada, pues le pesaba y le dolí haber tenido que enterrar a su abuelo con quien alcanzó a disfrutar tan poco y quien no hizo sino llamar a su amada Lizzie y a su hija Clarisse en su lecho de muerte.

― ¿Amor?

―Mañana iré a primera hora a hablar con ella.

― ¿Puedo ir contigo?

―No. Será un viaje corto. Además prefiero te quedes en casa cuidando de la niña y cuidándote. No olvides que estás embarazada.

―No lo olvido… solo que no quiero quedarme de brazos cruzados, como una inútil…

― ¿Inútil? Como puedes decir eso, joder, después de lo que has hecho…―la encaramó sobre él y la apretó por la cintura, hundiendo su nariz en el hueco de su cuello y colocando una mano sobre el ahora plano vientre de su mujer―. Cuidas a mi tesoro más preciado, Bella, lo más valioso que tengo.

―Pero…

―Si tengo que ceder todos mis bienes materiales por salvarlos, lo haría sin chistar. Mi riqueza eres tú y nuestros hijos. Patterson puede quedarse con la empresa si eso le place…

―Pero han trabajado tan duro por lo que tienen, que sería injusto que Liam se quede con eso.

―Por eso es que le haré las cosas difíciles, demonio mío.

―Pero…

―Basta de peros. Mucho tiempo he estado lejos de ti, realmente hambriento de mi demonio, que ahora mismo quiero más de ti, mujer. Así que deja de hablar y dame lo que quiero, lo que es mío…

Y otra vez el matrimonio rodó sobre las sábanas, quedando el ogro sobre su mujer mientras saqueaba su boca y recorría su cuerpo suave con las manos, para ir con ella hasta lo más alto del placer y del amor desbocado que sentían el uno por el otro.

A mitad de la noche, Edward despertó sobresaltado por una pesadilla que lo sacó de su profundo sueño. Al despertar, se dio cuenta de donde estaba y quien dormía profundamente a su lado, recobrando la tranquilidad que ese mal sueño le arrebató. Despacio se levantó de la cama y caminó desnudo hasta el baño del cuarto, donde tras encender las luces del espejo se contempló en este, tratando de alejar las imágenes de la pesadilla, en la que se veía solo, gritando el nombre de su mujer embarazada, quien parecía no reconocerlo, alejándose de él que para ella era un extraño.

―Fue solo un mal sueño…. ―se repitió, restregándose la cara. Cuando volvió a divisar su rostro en el espejo, volvió a repetirse el juramento de que nada ni nadie lo alejarían de lo que más amaba, ni siquiera la vieja urraca que parecía estarlo provocando para sacar lo peor de él, haciendo que retornara el viejo hombre que en el pasado solo miraba hacia el futuro con ojos de odio y resentimiento, dispuesto a deshacerse de todo cuanto estuviera a su paso con tal de hacer justicia. Un hombre cruel que no sabía a ciencia cierta lo que era el amor.

―"Tu miedo es mirarte al espejo y ver que eres el vivo retrato de la mujer a quien odias" ―le había dicho el doctor Vulturi un par de días antes, cuando tuvo su último episodio y la seguidilla de pesadillas que lo hacían pensar eso―. "Pero no lo eres, porque hay algo sustancial que te hace diferente a ella…"

― ¿Y qué es eso?

―Amor.

Y de ese amor iba a aferrarse para hacer las cosas bien, hacer que la justicia cayera con todo su peso sobre aquellos que se lo merecían. No quería que en el futuro sus hijos se avergonzaran de él, como él sintió vergüenza de la mujer que lo crio.

"Eso no pasará…"

― ¿Edward? ―oyó la voz soñolienta de su mujer que preocupada, lo llamaba desde la recamara.

―Ya voy, demonio, ya voy… ―entonces suspiró y apagando la luz, caminó de regreso a la recamara, donde se unió a su mujer, estrechándola entre sus brazos para así volver a retomar un sueño reparador, que serviría para enfrentarse a lo que se venía en adelante.


Bueno, al menos el ogro está fuera de las rejas. Un descanso para el hombre, ¿no? Con esto nos vamos acercando al final... que ni les cuento como se viene.

Como cada semana, mil gracias por sus lecturas, sus comentarios y todo eso que me llena el corazoncito. Gracias nenas!

Al súper equipo que me acompaña, Gaby Madriz, Maritza Maddox y Manu de Marte, gracias a las tres!

A las niñas que se pasean por el grupo de Facebook, por WhatsApp, muchas gracias! Las adoro.

Nos encontramos de nuevo el próximo miércoles, ya saben! Besos y abrazos a todas!

Cata!