¡EL OGRO HA REGRESADO!

¡A LEER!


Capítulo 20

Si las cosas hubieran estado para celebraciones, Jacob, Garrett, Damián y James, no hubiesen demorado en planearla, esto para brindar por la salida de Edward. Pero en realidad no era así, no todavía. Relajarse porque pensar en que Patterson finalmente daba un paso al costado sería una postura errada y muy por el contrario, debían ponerse más en guardia porque todos intuían que algo estaba tramando.

Edward, aquella mañana había despertado muy temprano y después de cuarenta y cinco minutos de correr sobre la trotadora del pequeño gimnasio de su casa, se duchó y partió rumbo a las dependencias de la empresa donde se reunió con sus amigos que lo recibieron muy emocionados y alegres de verlo fuera del encierro. Después de conversar con ellos por unos cuarenta minutos decidió ponerse manos a la obra con su puesto en la empresa que tenía descuidado.

Sus colaboradoras que lo recibieron se llevaron un susto de muerte, pensando que era una especie de ánima que rondaba la empresa,

―No estoy muerto para que me crean un ánima, joder ―gruñó al entrar a su oficina seguido por Victoria y Nadia, sus asistentes, que intentaban salir de su asombro―. Cómo han marchado las cosas, muchachas.

―Garrett y los demás han hecho un buen trabajo, y tu estadía en la cárcel no alteró el movimiento de aquí, al menos no negativamente.

― ¿Cómo es eso? ―preguntó Edward, abriendo la laptop sobre su escritorio y checando su correo electrónico que parecía estar a punto de estallar. Nadia entonces carraspeó y lo puso al día de la lista de clientes que habían hecho notar su apoyo con la empresa y con Edward particularmente, además de otros clientes que habían hecho engrosar la lista de personas que quería contar con ellos, como potenciales clientes y otros tantos como proveedores.

―Ayer Kate estuvo por aquí… ―soltó Victoria a lo que Edward reaccionó levantando la vista de la pantalla del ordenador, para mirar a la colorina con desaprobación. Ella carraspeó y se apresuró en explicar―. Su situación está en pausa y ella pretende regresar…

― ¡Sobre mi jodido cadáver! ―gritó, golpeando la mesa. Miró a Nadia, que parecía haber perdido la costumbre de aquellos arranques de su jefe―.Nadia, necesito que el puesto de Kate en Recursos Humanos este cubierto para finales de este día. Que promuevan al trabajador con más experiencia del área y preparen el contrato para él. Al mismo tiempo quiero que redactes una carta de despido que te dictaré dentro de un momento y que se la hagas llegar a esa mujer.

―Como ordene, jefe. ¿Necesitará que el señor Garrett también la firme?

―No será necesario. No lo haré pasar por eso ―volvió su con su ceño fruncido a fijar su vista en la pantalla. No podía negarlo, había echado de menos dar órdenes a sus asistentes―. ¿Algo más?

―Esto… me acaba de llegar un mensaje de recepción. ―anunció Nadia, mirando la pantalla de su teléfono―. Dicen que hay alguien que quiere verle.

― ¿De quién se trata?

―Beatriz, su hermana.

― ¡Y por qué jodida razón la están haciendo esperar! ―protestó. Enseguida inspiró y miró a Victoria―. Que suba ahora y encarga un desayuno para dos, por favor, Victoria.

Las dos muchachas salieron rápidamente y él se preparó para echarle un buen escarmiento a su hermana menor. ¿Qué se supone que estaba haciendo sola allí, cuando tendría que estar acompañada y en la escuela? Estaba listo para soltar el discurso de hermano mayor para cuando la puerta de su oficina se abrió y por esta se asomaron una adolecente hermosa y emocionada sobre una silla de ruedas, empujada allí por una de sus secretarias. ¿Cómo era posible que en tan pocos días ella hubiera crecido tanto? Los rasgos de su rostro estaban más finos que la última vez que la vio. Su cabello cobrizo estaba más largo, brillante y liso, habiendo dejado atrás las dos trenzas que solía usar.

Ella pestañeó rápido y entrelazó los dedos de sus manos nerviosamente cuando lo vio de pie frente a ella después de todo lo que había ocurrido. Era increíble como esa niña adoraba a su hermano, a pesar de haberlo conocido tardíamente, es por eso su dolor cuando supo por todo lo que él estaba pasando y su insistencia para que la llevaran esa misma mañana para verlo.

― ¿Por qué no estás en la escuela? ―susurró el ogro su reprimenda para no asustar a la chica que lo miraba con sus ojos llenos de lágrimas, cuestión que a él también le emocionaba. Ella carraspeó y se soltó las manos, pasando las palmas húmedas sobre sus muslos.

―Yo… pensé que… ¿te estoy molestando?

Él inspiró y soltando un suspiro caminó hasta ella, hincándose junto a la silla, de tal manera que pudiera ser como para ambos cuando la estrechó entre sus brazos. Su corazón se estrujó de emoción cuando la sintió apretarlo entre sus brazos delicados y susurrar su nombre en medio de un débil llanto. Rápidamente se apartó y sujetó el rostro de la pequeña entre sus manos.

―Oye, no llores ―limpió sus lágrimas con los pulgares―. No me molesta en absoluto que vengas a verme, solo me preocupa que llegaras aquí sola. Damián no me dijo nada…

―Él no sabe… ―interrumpió avergonzada― y cuando lo sepa va a castigarme de por vida.

―Seguro lo hará. ¿Entiendes que debes cuidarte, verdad? Las cosas a nuestro alrededor son… complicadas.

―Papá me lo dijo, ¡Pero te juro que no vine sola, mi niñero me acompañó!

― ¿Niñero?

― ¡No necesito un guardaespaldas, Edward!

―Tú no decides eso ―tocó la nariz de la chica con la punta de su dedo antes de reincorporarse y acercarla a la mesa donde en breve tendría un contundente desayuno con ella― Mejor dime, qué ha sido de ti en estos días que me he ausentado.

Ella se encogió de hombros y secó los restos de lágrimas. Le contaba sobre sus entrenamientos de básquet, de su grupo de amigos, del hecho que todavía no tenía novio y de que estaba sopesando la idea de viajar a ver su madre para las próximas vacaciones. Edward asentía y la oía con real curiosidad, pensando en lo bien que se estaba llevando con esta adolecente, cuando en otro momento de su vida aquello le parecía una cuestión inimaginable. Amaba a esa chiquilla con afecto de hermano y eso le sorprendía cada vez que lo pensaba.

― ¿Es cierto?

― ¿Qué cosa? ―quiso saber el ogro, que degustaba una dona de chocolate que las muchachas habían hecho llegar para su desayuno.

― ¿Que tu abuela no quiere dejarte en paz? ¿Qué se amigó con alguien que puede… ya sabes… dañarte?

―Por vida de Dios, Beatriz, evita decir que esa urraca es mi abuela ―murmuró, cubriéndose los ojos con la mano después de haber dejado a un lado la dona a medio comer. Que la vieja saliera a la conversa, lo ponía de mal humor. Que su hermana pequeña estuviera enterada de todo, también lo molestaba… jodidamente mucho―. ¿Quién te dijo eso?

―Lo oí cuando James y Alice hablaban con papá. Leía algunas cosas que salieron en los periódicos y otra gente… ya sabes, se encargó de ponerme al día con comentarios maliciosos, pero no los tomé en cuenta. Cuando me enfrenté a papá, no le quedó de otra que decirme la verdad. ¿Soy adolecente, sabes? Puedo entender…

―Y como adolecente, tendrías que estar preocupada de otras cosas…

― ¿Cómo de novios?

―Escuela, universidad, a eso me refiero. Eres muy pequeña para pensar en novios. Y sobre lo que preguntas, creo que Damián te dijo la verdad, pero esa vieja no podrá hacerme daño, no tiene el poder para hacerlo.

― ¿Podría llegar a quitarte la empresa?

―No dejaría que lo hiciera, pero si ese milagro para ella llega a darse, me daría lo mismo, mientras no eche mano a lo realmente valioso para mí…

― ¿Y qué es eso?

―Mi mujer, mi hija, mi hijo que viene en camino ―le guiñó un ojo a su hermana y ella sonrió― mi padre, Alice, mis amigos, tú.

― ¿Tan valiosa soy para ti?

―No quiero que lo pongas en duda, por eso me preocupa que te reveles justo ahora y encuentres las formas de deshacerte de tu guardia. No vuelvas a hacerlo, ¿vale?

―Está bien.

―Ahora, pongamos al tanto de tu escape a Damián… ―comentó, sacando su IPhone del bolsillo― pero antes, coordina con Alice un almuerzo. Esta mañana me llamó y me hizo jurarle que lo haría, pero lo olvidaré, así que…

― ¡Sí, yo me encargo, yo me encargo!

Estaba marcando el número de su padre, cuando Victoria golpeó la puerta antes de entrar por esta, avisándole a Edward que tenía una visita que deseaba hablar con él.

― ¿Quién me busca?

―Tyler.

Lentamente el ogro inspiró y pasó la mano por su corbata, dejando sin efecto la llamada que iba a hacerle a Damián para informarle que Beatriz estaba con él. Seguramente no sería necesario que lo hiciera, pues el chofer que designaron para la adolecente seguro había dado aviso a Damián del hecho.

Era toda una suerte que el arquitecto se haya presentado frente a él sin más demora, pues ambos tenían mucho de qué hablar. Edward quería verle la cara cuando le dijera la mentira a la que había recurrido para asegurar a su demonio y él no tendría reparo en decirle cuál era su opinión al respecto.

―Hazlo pasar, Victoria.

― ¿El... el arquitecto… uhm… Tyler…él….él? ―preguntó Beatriz muy nerviosa por la idea de volver a ver al apuesto chico otra vez. Edward entonces la miró con los ojos entornados por el nerviosismo tan evidente en su hermana.

―Sí, el arquitecto. Necesito hablar con él urgentemente, así que nuestra cita ha llegado hasta aquí. Preocúpate de hacer lo que te pedí y ahora…

No fue necesario que le pidiera ir hasta la oficina de Damián, pues él acababa de cruzar el umbral en compañía del arquitecto. Miró a su hija y se pudo ver el enfado en su rostro, advirtiéndole a la ladina de su hija que se le venía una buena reprimenda encima y un ejemplar castigo.

― ¡Tú y yo, señorita, tendremos una larga charla!

― ¡Pero papá!

―Papá, nada. Ahora vámonos, que los muchachos tienes mucho de qué hablar. ―Cuando Damián dijo eso, Bea recordó que su padre no venía solo. Miró entonces al galán parado cerca del escritorio, que parecía estarse mordiendo los carrillos para evitar develar su sonrisa. Ella podría haberse enojado mucho por ser el centro de la diversión de ese hombre… pero no. Él podía reírse de ella si quería, cualquier cosa por ver de nuevo a ese galán de telenovela.

Edward miró el rostro de cordero enamorado de su hermana y rodó los ojos antes de empujar la silla hasta la puerta.

―Dile adiós a Tyler, Beatriz.

Ella balbuceó algo mientras levantaba la mano, siendo sacada estrepitosamente por su padre que no la dejó cruzar palabras con su galán.

―Tu hermana es muy divertida ―comentó, metiendo las manos a los bolsillos de la chaqueta de cuero. El ogro asintió, indicándole con la mano la silla frente al escritorio para que el visitante se instalara.

―Una adolecente en ebullición. Ten cuidado ―comentó, ubicándose en su puesto tras el escritorio.

―Lo tendré ―sonrió el arquitecto, pasándose la mano por el cabello―. Me alegra que estés fuera de la cárcel.

― ¿De verdad? ―preguntó el ogro con ironía, afirmando sus codos sobre el escritorio, con ese deseo caníbal de saltarle sobre la yugular a ese arma casas. Pero estaba comportándose a la altura, como todo un controlado caballero―. Pensé que podría chafarte los planes con mi mujer.

―Edward, creí que entenderías por qué le dije a Liam eso ―respondió, bajando la cabeza avergonzado, pero agradecido porque el esposo de Bella se estuviera controlando tan bien y no saltara sobre él para molerlo a golpes―. Era la única manera de salvaguardarla y pensé que estarías de acuerdo en hacer lo que fuese para…

―Cualquier cosa, menos hacer pasar a Bella como tu amante y mucho menos echarte encima el título de padre del hijo que ella espera ―gruñó con la mandíbula apretada y echando fuego a través de sus ojos verde azulados.

―De verdad, Edward, perdona si te molestó lo que hice, pero simplemente no lo pensé. El rostro de Liam regodeándose con sus planes contra ti, a través de ella y del bebé…

― ¿Planes? ―la irritación de las palabras que eran movidas por sus celos ciegos se vio emplazada por la preocupación. Liam realmente había tenido planes de irse contra su mujer para herirlo a él, y eso le ponía la piel de gallina y hacia que sus deseos asesinos brotaran a la superficie.

―Liam quería saber qué estabas dispuesto a dar por la vida de ellos. Y lo iba a hacer, Edward…

―Jodido Cristo… ―exclamó, pasando ambas manos por su cabellera ya despeinada. Tyler torció la boca, deseando no tener que dar más noticias como esas, pero era mejor ponerlo al tanto sobre todo.

―Y tengo la sensación que va a dar un golpe por otro lado, por eso estoy reuniéndome con él más seguido, para que me diga lo que piensa hacer.

― ¿Has sabido algo más?

―Sé que haber desistido del juicio que te inculpaba fue el primer golpe que daría a Elizabeth. Tiene esa cosa estúpida de la venganza entre ceja y ceja.

―Y yo voy metido dentro del paquetito de la venganza por llevar el jodido apellido que llevo, ¿no? ―no podía creer que el apellido de su difunta madre, apellido que aun cargaba por honor a ella, le estuviera perjudicando tanto como para ser el blanco de esa jodida y estúpida venganza.

―Algo así. Él no haría nada por caridad. Si ocupó su nombre y sus contactos por hacer lo que hizo, aunque sea por vengarse de Elizabeth, iba a buscar algo que lo retribuyera, y qué mejor que poniendo sus ojos codiciosos sobre ti, el único heredero Masen que puede darle lo que desea.

―No voy a dejar que tome con facilidad lo que hemos levantado ― se puso de pie y miró por la ventana, aferrándose a la convicción de esas palabras―. Además, no es mucho lo que yo puedo darle…

― ¿A qué te refieres?

―Modificaron los términos de la sociedad. Pasé a ser el socio minoritario, ahora es Damián el que tiene la mayoría.

―No sé si eso lo haga desistir, Edward…

―Tampoco lo creo, pero ellos insistieron. Damián prefiere llevarse la carga del riesgo sobre sus hombros… es su manera de desviar la atención de Liam hacia él. No me deja tranquilo, pero…

―Tu padre es un gran tipo.

Edward mientras miraba la gran ciudad que se expandía bajo de él, pensaba en las palabras tan ciertas de Tyler. Su padre había regresado después de tantos años a recuperarlo a él y a su hermana, y para hacer justicia por la forma en que los apartaron. Había puesto todo en juego, incluso su propia vida… claro que era un gran tipo.

Suspiró entonces y dejó un lado sus celos de hombre de las cavernas y se giró para mirar al arquitecto, al cual tenía pendiente de agradecerle lo que estaba haciendo, aunque a él no le pareciera del todo correcto su método.

―Entiendo que estás haciendo esto porque te sientes responsable en alguna medida de toda la mierda que Liam anda esparciendo.

―Lo hablamos al principio de todo esto, Edward, cuando me comprometí a ayudarte ―acotó Tyler, afirmando los codos sobre la base del escritorio― me asquea saber que llevo la sangre de ese maldito recorriendo mis venas y voy a sabotear cualquier plan que tenga que pretenda hacerle daño a alguien más.

―Eso haremos, Tyler, y te juro que se arrepentirá de haberse metido conmigo, tanto como la vieja urraca se arrepentirá de haberme vuelto a provocar.

―Seguro. Déjame averiguar algo más y en cuanto tenga noticias me comunico contigo. ―El arquitecto, aquel día vestido informalmente con unos jeans oscuros, una camiseta negra y su chaqueta de cuero del mismo color, se puso de pie y caminó hasta Edward para extenderle la mano, como una forma de reafirmar su compromiso. Edward inspiró y aceptó el apretón con firmeza.

―Gracias, gracias por todo, Tyler.

Después de eso los caballeros acordaron reunirse después del próximo encuentro que Tyler tuviera con Liam, se despidieron, dejando el arquitecto la oficina del ogro. Este se tomó un tiempo para pensar los pasos que daría a continuación. Lo que más le urgía era salir de la ciudad y visitar a la sobrina de su abuelo que dijo tener un par de cosas que solo a él le serían entregadas, y que seguro le serían de más esclarecedoras de lo que él mismo creía. No debía pasar más tiempo, así que se alistó, cerrando su laptop y recogiendo su americana de la percha para salir de una vez, avisando a Nadia de su salida.

―Esto… señor… uhm… alguien más espera aquí para verlo…

―No me dejarán tranquilo, ¿verdad? ―suspiró, y volvió a sentarse sobre su butaca―. ¿De quién se trata esta vez?

―Ejem… la señorita Anderson.

Se quedó en silencio con el auricular en la mano, sopesando la idea de recibirla o mandarla a la mierda. Esa traidora había hablado con los abogados de Patterson, haciendo su relato ambiguo y conveniente para sumar puntos en favor de esa piraña.

― ¿Jefe?

―Dame un segundo antes de hacerla pasar ―advirtió, colgando el teléfono. Apenas eran las diez y media de la mañana y parecía haber tenido ya un día de ajetreado trabajo. Bueno, pensó, reacomodándose su chaqueta negra, si la rubia quería ser recibida por él, tendría que aguantarse todo lo que él tenía preparado para decirle. Pero antes, sacó su móvil del bolsillo y marcó a su demonio, necesitaba oír la voz tranquila de su mujer, para que esa misma tranquilidad lo contagiara para afrontar lo que quedaba de día.

―Edward.

―Demonio ―ronroneó, echándose hacia atrás, acomodándose para oír la voz de su mujer― ¿alguna novedad?

―Bueno, tu hija se ha mejorado milagrosamente y amaneció con ganas de cocinar. Así que las chicas están haciendo panqueques con ella ―comentó ella con voz risueña, pero el ogro estaba más preocupado por la seguridad de su hija y su periplo en la cocina.

―Cuidado que no vaya a quemarse o algo.

―Estoy sobre ella ―aseguró―. ¿Todo bien por allá?

―He recibido visitas interesantes: nos reunimos los muchachos y yo en la mañana en una especie de bienvenida; después recibí a Beatriz que pasó de ir a la escuela y vino a verme. No sé cómo convenció a su chofer. Ahora mismo debe estar recibiendo su castigo en la oficina de Damián.

Pobrecita.

―También vino tu amigo Tyler a verme.

―Y… y… Supongo te comportaste.

―Fui todo un caballero, demonio, hubieras estado orgullosa de mi.

Siempre estoy orgullosa de ti, Edward.

—En un rato más voy a ir a visitar a Lara de una vez y enterarme qué es eso que tiene que entregarme, pero antes hay alguien más que requiere mi presencia…

― ¿De quién hablas?

―Kate.

Edward juró que oyó gruñir a su demonio, y tuvo que morderse la lengua para no reírse por ese arranque de celos de su mujer, cuestión que a él le encantaba. Carraspeó antes de continuar el diálogo.

― ¿Sigues ahí, demonio mío?

―Sí. Será mejor que cuelgues para que atiendas a tu vista… ―trató de sonar indiferente, no consiguiéndolo, pues no demoró en reaccionar―. Y a todo esto, ¿a qué va a verte, eh? ¿Seguirá insistiendo contigo? ¿O querrá volver a trabajar codo a codo contigo? ¡No olvides lo que ha hecho, Edward!

―Calma mujer, calma. Al llegar le había pedido a Nadia que redactara su carta de despido, así que simplemente le haré los honores en vivo y en directo. Nos desvincularemos de ella de una vez por todas.

―Aja… ¿Y a qué hora regresas a casa?

―Iré a visitar a Lara como te dije, e iré directo a casa para probar esos panqueques.

―Aquí te esperamos.

―Un beso, demonio mío.

― ¡Dios, qué romántico te has puesto! ―exclamó antes de decirle lo mucho que lo amaba y colgar finalmente. Con esos aires renovados, volvió a levantar el auricular y marcó al número directo de Nadia, pidiéndole que pusiera lo mejor de sí para redactar la carta de despido de Kate mientras él la entretenía dejando salir la mierda que llevaba dentro por culpa de esa rubia.

Cuando la puerta volvió a abrirse, Kate vestida completamente de negro y con su cabello muy bien peinado en una coleta baja, entró con su vista gacha a la oficina, mientras Edward se echaba al bolsillo la caballerosidad sin siquiera hacer acopio de ésta cuando decidió quedarse sentado de brazos cruzados viendo a la traidora.

―El único motivo por el que presumo has llegado hasta aquí, es para retirar tu carta de despido.

― ¿Vas a despedirme? ―preguntó, como si le pareciera un despropósito la resolución de Edward o como si fuera para ella, algo inesperado. El corazón y las esperanzas de la rubia estaban latentes, pero olvidaba con quien estaba tratando.

—Pensé que eso había quedado claro la última vez que hablamos. Te informé que te desvincularía de esta empresa y que haya quedado todo en pausa por lo que ocurrió conmigo, no significa que lo haya olvidado o que haya cambiado de opinión.

―Edward…

―Mucho menos cuando acudiste a una cita con los abogados de Patterson y hablaste con ellos sobre tu relación laboral y personal conmigo.

― ¿Cómo… cómo supiste?

―Porque tengo ojos en todos los malditos lados, Kate ―usó un tono de burla que a ella le molestó, pero no hizo ni caso del rostro molesto de la rubia―. Tu "declaración" quedó registrada y fue presentada como prueba.

―No dije nada que no fuera cierto, solo quería ayudarte ―se quejó elevando un poco la voz. Él lanzó una corta risa irónica y meneó la cabeza.

―No Kate, lo que querías era enviarme un mensaje de lo arrepentido que iba a estar por no tomarte en cuenta como querías.

― ¡No tergiverses mis actos! ―gritó en protesta, pero se encontró con la respuesta atronadora del ogro.

― ¡Y tú, no me tomes como una mierda ignorante, porque no lo soy! ―incluso se dio el lujo de ponerse de pie y apuntarle con el acusatorio dedo índice―. Pensaste que con tus ambiguas declaraciones podrías negociar conmigo para yo rogarte que salvaras mi trasero con tu declaración, ¿no es así, Kate?

Kate tenía sus brazos colgados a los costados, y sus manos hechas puños, blancos por la fuerza de la presión, tan o más fuertemente apretados que su mandíbula en ese momento. No sabía cómo responder a las acusaciones de Edward, porque parte de estas eran ciertas. Ella había acudido a hablar con los abogados de la parte demandante y relatarles cómo era el trabajo que ella compartía con Edward, para luego ir donde Edward y decírselo, con la idea de que él pidiera su ayuda… momento que ella aprovecharía de la vulnerabilidad del empresario para convencerlo de darle una oportunidad. Pero otra vez pecó de ilusa.

―Es lo que piensas, pero no significa que sea la verdad ―terca mantuvo su postura. Iba a seguir defendiéndose pero el ogro ni siquiera le dio lugar a eso, interrumpiendo con aspecto aburrido.

―Mira Kate ―se dejó caer sobre el sillón de cuero, aflojando su corbata― tengo que salir rápido, así que por una última maldita vez en tu vida, hazme las cosas fáciles, ¿sí? Pasa por el puesto de Nadia y firma la carta de despido, después vas hasta Recursos Humanos y el encargado verá contigo los asuntos legales. Pero no necesito decirte más sobre esto, porque conoces el procedimiento.

―Edward ―susurró como un ruego― hemos sido amigos desde la infancia, por favor, reconsidera esto…

―Para reconsiderarlo tendría que perdonarte, y para perdonarte tendrías que estar arrepentida y tener un cambio de actitud, pero nada de eso ocurrirá, así que no perdamos más el tiempo, por favor.

―Somos amigos…

Fuimos amigos ―corrigió enérgicamente― te estimé como tal y lo sabes, pero fuiste tú quien olvidó eso, así que no vengas ahora con esos ojos de cordero a llorar en vano. Por favor, lárgate de una vez, no quiero sacarte a la fuerza de aquí.

―Si las cosas hubiesen sido diferentes… si tú y yo nos hubiéramos dado una oportunidad, yo te amaría como nadie…

― ¿De verdad vas a ir por allí? ―volvió a interrumpir, afirmó los codos sobre la mesa y la miró enfadado―. Mira, voy a repetírtelo porque parece aún no lo tienes claro: estoy jodidamente enamorado de mi mujer hasta la médula y no hay manera que eso cambie. Punto final. Ahora sal de aquí de una buena vez, y recuerda que tienes estrictamente prohibido el ingreso a la empresa.

―Lo siento, Edward…

―Adiós, Kate.

Fue así que la rubia salió con la esperanza hecho trizas, igual que su corazón. Había cometido el error de enamorarse de su mejor amigo y había seguido errando en el camino intentando enamorarlo, olvidando y dañando a Garrett, y olvidando también que el corazón de Edward Masen, su cuerpo y su mente eran de otra mujer. Por lo que en ese momento se rindió, y salió cabizbaja de la oficina, con su corazón roto y cesante. Aquel había sido su paso por la vida de Edward y su triste desenlace en ella. Ahora debía recoger lo que quedaba de ella e irse lejos para olvidar.

En tanto, Edward se quedó sentado en la butaca tras la mesa, apretándose el puente de la nariz, llamando a la calma. Agradecía que la vista hubiera sido corta, y aunque eso haya sido así la presencia de esa mujer no dejó otra cosa que un mal sabor en la boca, un dejo amargo de saber cómo las personas, podían cambiar en tan poco tiempo y ser capaces de traicionar años de amistad.

Decidió entonces dejar de lado la filosofía y ponerse en marcha. Debía dar con Lara y tener una larga charla con ella para después ir a casa y degustar las delicias que sus mujeres estaban preparando.

Su coche, que había extrañado conducir, lo llevó por la carretera hacia la periferia de la gran ciudad hacia el pequeño poblado donde se dirigió directamente a la casa de quien podría ser su tía… o algo por el estilo. Esa mañana se había preocupado de meter la dirección y guardarla en el GPS de su móvil, no contándole llegar hasta la casa que coincidía con las indicaciones que ella le dio. Golpeó la puerta de madera, dando un paso atrás para mirar alrededor por algún movimiento extraño, cuando la puerta se abrió y la mujer la que había visto solo una vez antes en su vida estaba en el umbral de esta, muy sorprendida.

― ¿E-Edward? ―Lara, que sobre su humilde vestimenta llevaba un delantal de cocina y vestí a unas pantuflas cafés, se quedó mirando a Edward como si estuviera viendo un ánima―. Pero… pero… su esposa… ella ayer me dijo…

―Sé lo que le dijo ―se apresuró en responder―. ¿Puedo pasar?

―Cla… claro. Pasa, pasa ―se hizo a un lado dejando entrar a Edward y haciéndolo pasar a la sala donde el día anterior había mantenido un diálogo con la esposa y la abogada de este. Apenas se detuvo en mirar la decoración del entorno, pues estaba más concentrado en saber de una buena vez lo que habría preparado ahí para él.

Se quedaron durante un tiempo en un silencio incómodo que fue interrumpido cuando Lara se levantó para ir a buscar una charola con dos vasos de refresco los que dejó sobre la mesa.

―Me alegro que estés fuera de la cárcel ―carraspeó, pasando sus manos su falda café―. Presumo que Elizabeth tuvo que ver con eso. Yo dejé de ver noticias, me desconecté de ustedes hasta que falleció mi tío… lo siento.

―No tiene que disculparse ―respondió, acudiendo sin más vueltas al motivo de su visita―. Mi esposa me dijo que usted tenía algo para mí.

―Sí, así es ―comentó la mujer, volviendo a levantarse para ir a una pieza a buscar la caja de cartón marrón, que venía llena de viejos cuadernos, cartas y algunas fotografías. La dejó junto a Edward, sobre el sillón, el que Edward miró con profundo interés―. Mi madre pidió expresamente que se los entregara personalmente.

― ¿Por qué?

―No dejó de seguir por los medios de comunicación lo que ocurrió con su… con Elizabeth cuando la condenaron y la encarcelaron. Los periódicos posteriormente publicaron la historia de la mujer y la suya, entonces supo que algún día usted querría saber qué había ocurrido en el pasado. Creo que ella confiaba en que usted sabría limpiar el nombre de mi tío y de Clarisse, su madre. Honestamente, espero que lo que allí encuentre, pueda servirle con lo que le ha estado pasando ahora…

―También lo espero… ―comentó.

―Me alegra saber que usted no siguió por el camino de Elizabeth y de August su padre. Ellos arruinaron la vida de mi madre y la de su abuelo…

―Lo sé.

Edward no aguantó más y abrió la caja, sacando el primer cuaderno que vio, comenzando a hojearlo, deteniéndose en un párrafo que llamó su atención: "…yo no estoy loco. No lo estoy… pero August se esmera en hacerme parecer como un desquiciado frente a los demás. Ni siquiera han dejado que cargue a mi hija recién nacida… no debí haber confiado en él. No debí haberme enamorado de Lizzy…"

Aquellas eran palabras de Benjamín, su abuelo, palabras que le revolvieron el estómago porque a través de esas frases, se denotaba la desesperación de un hombre que sentía estaba perdiéndolo todo.

―Podrá encontrar la historia relatada directamente de Benjamín. Hay nombres y hechos que pueden esclarecer muchas cosas; correspondencia que mi madre guardó…

― ¿Usted leyó lo que hay aquí? ―preguntó él, aferrando fuertemente el cuaderno entre sus dedos.

―No, pero mi madre no dejaba de decir que ahí estaba la verdad ―dijo ella, moviendo la cabeza hacia la caja junto a Edward.

― ¿El nombre de Liam Patterson se le hace familiar?

―Uhm… no, creo que no ―respondió, después de pensarlo un poco― ¿por qué lo pregunta?

―Porque ese hombre trabajó como mano derecha de August Masen en la época que… encerraron a mi abuelo. Y ahora reapareció para aliarse con Elizabeth… o lo que sea ―respondió con desprecio, recordando la información que Tyler había recabado en una de sus reuniones con Liam.

―Bueno, quizás entre los escritos pueda estar.

Otro silencio se cernió sobre ambos, decidiendo Edward que ya era suficiente y que por el amplio contenido de esa caja, tenía mucho que leer, por lo que no podía darse el lujo de perder el tiempo.

―Esto… voy a llevarme la caja y la leeré. Volveré a comunicarme con usted por cualquier cosa, usted por favor, haga lo mismo.

―No lo dude. ―Entonces Edward se puso de pie y tomó la caja mediana entre sus brazos, dirigiéndose a la puerta, sin siquiera haber tocado el vaso de refresco que Lara dejó para él sobre la mesa de centro. Una vez en la puerta y cuando Edward se despidió, ella dijo―: Quizás si me hubiera apresurado en hablar con usted en el momento que lo vi, cuando falleció Benjamín, nada de lo que le ocurrió hubiera pasado. Lamento que haya estado en la cárcel por…

―No se disculpe, por favor. Con esto ha hecho suficiente.

―Gracias.

―Hasta luego, Lara.

Y tras esa corta visita y con el contenido de la caja entre sus manos, Edward se dirigió al coche y se subió en este, poniendo en marcha el vehículo para ir de regreso a su casa, pensando en la información que esperaba poder sacar de esa caja llena de recuerdos.

―Dios… ―murmuró Bella, mirando el contenido de la caja que Edward dejó sobre la mesa del despacho que había en casa― esta es mucha información.

Metió la mano dentro de ésta y puso sobre la mesa los cuadernos y las viejas cartas que iban sujetas por un elástico. Al fondo de esta encontró fotografías sueltas, las que fue sacando una a una, mientras que Edward leí con su ceño fruncido el contenido de uno de los diarios personales de su abuelo.

―Aquí hay una fotografía de tu madre… ―Edward levantó de inmediato sus ojos del cuaderno y miró a su esposa, que sostenía una vieja foto en blanco y negro, mirándola por el reverso. Se la extendió a Edward y él tembló cuando vio la imagen de su madre adolecente, que posaba delante de lo que parecían ser los rosales de la vieja mansión donde él mismo vivió en su infancia. Apretó los dientes y tragó grueso al ver el joven y sereno rostro de su madre, la que sufrió un calvario similar al de Benjamín. Si las cosas hubieran sido diferentes, pensó el ogro con amargura, ella estaría en ese momento a su lado, malcriando a sus nietos, viviendo una vida feliz.

Bella miró la mezcla de emociones colarse por el rostro de su marido, rodeando la mesa hasta sentarse sobre sus piernas, abrazándolo por los hombros, dejando que él la rodeara fuertemente con sus brazos y hundiera su rostro en el hueco de su cuello.

―Edward… ―susurró, acariciándole el cabello.

―No es justo… no es justo lo que hicieron con mi madre, lo que hicieron con mi abuelo… ni siquiera respetaron su apellido ―apretó los ojos fuertemente, imaginándose el dolor que el viejo sintió. En tanto su mujer acariciaba su cabello con ternura, infundiéndole todo su apoyo.

―Lo siento cariño…

―Pero haré que paguen… te juro que lo haré…

―Está bien, está bien ―Bella besó la mejilla de su esposo y se apartó para mirarlo a los ojos, preocupándole la mirada cansada y triste que se dejaba ver en ellos―. Quizás ahora quieras tener un tiempo para leer esto…

―No. Comenzaré más tarde, y honestamente no creo ser capaz de hacerlo solo, tendrás que ayudarme.

―Claro que sí. ―Sonrió ella en agradecimiento porque él le haya pedido ayuda. Edward entonces le devolvió la sonrisa, haciendo su rostro hacia adelante para robarle un beso a su mujer la que con su mera presencia le mejoraba su existencia por completo.

―Ahora demonio, iremos a la cocina y probaremos esas delicias que Clarisse y tú prepararon. Estoy ansioso.

―Apuesto que ni siquiera almorzaste, así que vamos a devorarnos esas exquisiteces.―Pasó las manos sobre los pectorales de su marido antes de agarrarle la mano y tironearlo hacia la salida del despacho―. Tengo muchos antojos de dulces con mucho manjar…

―Vamos entonces a cubrir tus antojos de embarazada…

Miraron con ternura el rostro de Clary embetunado de manjar, mientras en su idioma de niña le contaba a su papá sobre cómo es que se había convertido en chef y había llegado a preparar esos delicioso pancakes con manjar, aunque técnicamente ella solo contribuyó en esparcir el dulce de leche y enrollar laboriosamente la masa. Rieron y gozaron con el rostro de la pequeña cuando en medio del festín de sabor, Bella y Edward le contaron que dentro de poco llegaría un hermanito para ella. Miró a su tía Carmen, que se había unido a ellos, arrugando su pequeña frente, sin entender muy bien de qué se trataba el asunto de un hermanito, hasta que la explicación de su tía Carmen la dejó conforme, comenzando a hacer planes y saboreando la idea de tener un hermanito con quien jugar.

Horas más tarde y cuando la noche se dejó caer, Edward observaba embelesado la forma delicada de como su mujer quitaba la ropita del cuerpo de su hija y lo cubría con su pijama rosa estampado de caramelos antes de meterla a la cama.

―Podrías ayudar, ¿no? ―dijo Bella a su marido, mientras recogía el desastre esparcido alrededor. Su hija podía ser un amor, pero era desordenada como pocas. Él, ni se inmutó a las exigencias de su mujer, sino más bien se reacomodó recostado sobre el quicio de la puerta.

―Yo estoy bien aquí.

―Claro que sí… ―murmuró ella con falso enfado―. ¿No tienes entonces algo mejor que hacer en vez de estar ahí mirando, como si nada?

El ogro arrugó la frente y recodó la caja que dejó sobre su escritorio. Claro que tenía cosas que hacer que seguramente le levarían gran parte de la noche, pero no quería, porque no sabía con qué podría encontrarse. El largo silencio hizo que Bella regresara su vista a la puerta y viera a su marido con la cabeza enterrada entre los hombros, soltando entonces los animales de felpa para acercarse a él y abrazarlo por la cintura, no demorando en sentir los fuertes brazos de él alrededor suyo, mientras sobre su frente él dejó un largo beso. Ella, como solía pasar, supo leer la preocupación y el temor de Edward, por eso corrió hacia él y lo abrazó con tal de infundirle su apoyo incondicional, como siempre.

―Yo estoy aquí… ―susurró, descansando la mejilla en el pecho de su marido.

―Y es perfecto, demonio. Moverme de aquí seria arruinar el momento.

―Pero debemos hacerlo, lo sabes.

―Lo sé ―suspiró y apartó a su mujer. Miró a su hija aferrarse a su fiel Toddy antes de volver su mirada hacia su esposa―. Iré allá abajo y veré con qué clase de mierda voy a encontrarme.

―Te ayudaré.

―No es necesario…

―No fue una pregunta. Iré en cuanto deje aquí ordenado, además, si lo hacemos juntos, acabaremos más rápido.

El ogro negó con la cabeza ―Debes descansar, debes…

―Espérame abajo Edward ―lo empujó hacia la salida, antes que siguiera enumerando las razones por las que ella no debía estar con él. Ni loca iba a dejar que enfrentara a ese pasado solo. Estaría con él aunque él no quisiera.

Al cabo de veinte minutos, Bella apreció por el despacho de su marido y lo vio con uno de los cuadernos en una de sus manos y agarrado fuertemente, mientras que con la otra estaba cubriendo sus ojos, como si le dolieran después de lo que acababa de leer.

― ¿Edward? ―susurró preocupada, caminando hacia él. Antes que ella llegara, lanzó el cuaderno sobre la mesa y se agarró la cabeza con ambas manos, afirmando sus codos sobre el escritorio. Bella tragó grueso y sutilmente pasó los dedos por el caótico cabello de su marido ―¿Qué ocurre, Edward?

―Lo volvieron loco a base de pastillas y no sé qué otra mierda… ―se enderezó y rebuscó entre el mar de papeles sobre el escritorio, una carta que le extendió a su mujer ―primero los mezclaban en su comida, después simplemente se los suministraban indiscriminadamente. La hermana de mi abuelo le explica a alguien, lo que August y Elizabeth hacían con él para que cediera su fortuna. Pidió ayuda para su hermano y nadie fue capaz de tenderle una mano… ¡Jodidamente nadie los ayudó!

―Cálmate, Edward…

―Y en este cuaderno ―vuelve a tomar el diario que tenía ente las manos― él dice sobre cómo August lo engatusó hasta que lo convenció de cederle los títulos de dominio de todos sus bienes y el manejo de su fortuna, diciéndole que él tenía más experiencia… le hizo creer que lo quería como a un hijo… maldito viejo…

―Dios mío…

―Todo lo que él quería, era estar con Elizabeth. Todo lo que hizo, lo hizo por ella… Benjamín se conformaba con las migajas que ella le daba… ―volvió a tirar el cuaderno sobre el escritorio y restregó su rostro con las manos, en un acto de desesperación― todo esto va a volverme más loco de lo que estoy…

―Eso no es cierto… ―rápidamente Bella lo obligó a hacerse hacia atrás para ella poder sentarse en su regazo. Allí sujetó su rostro por los costados y lo besó, para luego acariciar su frente, sus pómulos, intentando relajarlo―. Eres más fuerte que ellos y no estás solo. Haremos que esto acabe rápido y vengaremos justamente a tu abuelo y a tu madre. Haremos un buen trabajo, limpio, sacando a la luz la verdad que está aquí escondida, que ha estado oculta durante tanto tiempo.

― ¿De verdad lo crees?

―Algo me dice que sí.

―Dios, mujer, no sé qué haría si no estuvieras…

―Probablemente nada… o quizás te demorarías el triple en hacerlo… ¡Auch! ―protestó cuando su marido la pellizcó en la cadera después que ella bromeara para aligerar un poco el también. Pero enseguida recordó que había cosas que hacer, decidiendo ponerse manos a la obra―. Mejor pongámonos manos a la obra con esto. Creo que podemos marcar las partes de los cuadernos y de las cartas que puedan ayudar a los abogados. Hay que revisar bien las fotografías, quizás Damián pueda ayudarnos también a ver si reconoce a alguien…

Mientras Bella hablaba y ordenaba los papeles cuadernos y fotografías que su esposo había lanzado allí sin miramientos, este la observaba y suspiraba, pensando cómo ese demonio había llegado a su vida para hacerle las cosas más fáciles, aunque a veces, muchas veces mejor dicho, ella haya puesto patas arriba su estructurada vida. Como fuere, ella hacía de su vida un lugar lleno de luz.

Tomándola por sorpresa y provocando que ella chillara, la tomó de las caderas y la sentó sobre su escritorio sobre el mar de papales, poniéndose él entre sus piernas. Al parecer, iba a hacer una pausa en el trabajo de lectura investigativa, para dar rienda suelta a su lívido.

― ¡Edward, ni se te ocurra! ―protestó ella, intentando poner a raya a sus hormonas que estaban encendiéndose de la misma forma como lo hacían los ojos de su marido―. Te-tenemos trabajo y…

―Puede esperar ―rebatió él, echando a un lado el cabello marrón y dejando a la vista el suculento cuello de su esposa, acercándose a este para saborearlo mientras apretada sus caderas y la atraía a la punta del escritorio para pegarla a su cuerpo. Ella, que al principio deseó ponerse firme en su intención de poner el trabajo primero, claudicó a las delicadezas de su marido y a la sensación que dejaba esa boca que seguramente más tarde se daría el tiempo de vagar por el resto de su cuerpo.

Estaba comenzando a dejarse llevar, jalándole el cabello por la anuca como adoraba hacerlo, cuando los labios de su marido se detuvieron y sintió tensarse su cuerpo.

― ¿Cariño? ―le preguntó ella, arrugando la frente cuando los segundos pasaron y Edward nada que se movía. Lo que ocurría era que él estaba con su vista fija en una vieja fotografía en blanco y negro que asomaba entre el desastre sobre su escritorio. La imagen esa se había hecho notar cuando él movió el cuerpo de su mujer, percatándose Edward de dicha foto―. ¿Edward?

A la insistencia de su mujer, él se movió lentamente y alargando una mano, tomó la fotografía en sus manos, apartándose del cuerpo de Bella, mientras concentradamente miraba el rostro de las cinco personas allí retratadas. Bella, siguiendo el lento movimiento de su marido, miró también la foto.

— ¿Reconoces a alguien?

―A August, el hombre en el centro… ―dijo, mirando al hombre en el centro, creyéndose príncipe o algo por el estilo.

― ¿Alguien más? ―insistió ella, mirando también al hombre que le provocó escalofríos.

―No lo sé… quizás uno de ellos… pero no puedo asegurarlo ―se quedó mirando el rostro de uno de los jóvenes que flanqueaba a August Masen, el primero a su derecha, sintiendo una especie de ansiedad por aquella mirada desafiante. Quizás era ansiedad o deseo de encontrar pruebas fehacientes, pero ese rostro lozano entonces a él le resultaba familiar.

― ¿De quién crees que se trata?

―De Liam ―reconoció en voz alta su intuición, estrechando Bella sus ojos para ver si a ella se le hacía familiar ese rostro con el que se había cruzado apenas dos veces, pero nada que lo reconocía.

―Uhm… quizás, pero para estar seguros quizás Tyler pueda ayudarnos… ―al hablar del arquitecto, el ogro dejó de mirar la foto para lanzarle una de sus ya recurrentes miradas fulminantes, pero ella ni caso hizo― quizás su madre pueda reconocerlo, ella lo conoció de más joven.

―Puede que tengas razón ―gruñó, dándole un punto a su mujer, que al parecer era más perspicaz de lo que él creía. Bella rápidamente tomó la iniciativa de capturar una fotografía con el Iphone de Edward que había quedado sobre la mesa y enviársela a Tyler con un mensaje en el que pidiera enseñársela a su madre, a ver si ella podía confirmar las sospechas de su ogro.

Rebuscaron si había más fotos, encontrándose con muchas otras donde siempre había dos caras que se repetían, las que parecían estarle siguiendo los pasos a August como gárgolas protectoras, aunque por su aspecto delgado y joven fuera una idea ridícula, apartándolas del resto como Bella había dicho en un principio.

Se instalaron en el amplio sofá con los diarios de vida a cuestas, cada uno poniendo atención en las cosas que leía, provocándole desde sentimientos de ternura hasta escalofrío por el relato del pobre Benjamín Town, que sufría porque frente a sus narices estaban quitándole todo, incluso su cordura. De tanto en tanto cada uno soltaba exclamaciones, o en el caso de Edward maldiciones, e incluso ella tuvo que secar algunas lágrimas que le arrancó el relato del pobre Benjamin.

―No puedo más con esto ―Edward lanzó el segundo cuaderno sobre la mesa auxiliar y por enésima vez se llevó las manos hasta el cabello. En esos escritos había más que simple información: toda el alma de su abuelo estaba volcada allí, y ver los lamentos cada vez más recurrentes, simplemente lo agotaban de dolor por él.

Pero bella parecía no haberlo oído, no cuando estaba leyendo algo que quizás sería trascendental para el futuro derrocamiento de Elizabeth y Liam. Edward alzó la vista y picó su curiosidad cuando la vio leer muy concentrada.

― ¿Mujer?

―Un momento… aquí hay algo… ―subrayó con el lápiz grafico que había usado durante la lectura. Cuando estuvo conforme, cerró el cuaderno y miró a su marido―. Ha sido una lectura provechosa.

—Demasiado, diría yo ―se quedó Edward, agarrando de la mano a su mujer y tironeándola hasta que ella rebotó en su pecho, lanzando una carcajada. Dio un salto y sus pies quedaron envueltos alrededor de la cintura de su marido, como sus brazos alrededor de su cuello. Edward la sostuvo por las nalgas y ambos se carcajearon cuando él las apretó y enseguida se besaron sin apuro, encontrando el uno en el otro su vía de escape de todo aquello que los cansaba y los entristecía.

―¿Crees que Alice querría venir a leer estos diarios? Benjamín también era su abuelo...

―Dios, Alice… ―suspiró, mientras caminaba rumbo a su dormitorio con su demonio a cuestas― prometí ir a verla ayer que me llamó, pero hoy he estado tan ocupado…

―Ella lo entenderá. Le pediré que venga a cenar para que hablemos con ella, ¿te parece?

―Eres un genio, demonio mío. ―La besó en la puerta del dormitorio antes de abrirla y entrar, para dejarla sobre la cama. Ella se cruzó de piernas antes de quitarse las bailarinas a la vez que él iba al baño.

― ¿No revisaste tu teléfono, a ver si Tyler había respondido? ―preguntó ella un poco más alto, para que su esposo la oyera desde el otro lado. Se mordió la lengua para no reírse cuando desde su lugar escuchó con claridad el gruñido de su marido.

― ¡No!

― ¡Oh, vaya! ―lo molestó ella, provocándolo―. ¿Crees que sería buena idea que lo llame ahora? Quizás le interese venir…

― ¡No demonio! ―y apareció, echando humo y sin camisa. Simplemente con sus pantalones desabrochados, sujetos a sus caderas fuertes―. Nada de visitas nocturnas, menos del musculitos ese…

―Tyler… se llama Tyler… ―corrigió Bella a su ogro, llevándose una airada más que reprobatoria de su sexi marido.

―Lo sé. ―La tironeó de tal manera que ella quedó hincada sobre la cama, alzada de brazos mientras él le quitaba el vestido estampado de flores sobre la cabeza, y lo lanzaba lejos―. El arma casas ese no es bienvenido en este momento, no cuando tengo un asuntito entre manos, justo ahora, que requerirá mucho, mucho tiempo.

― ¿Mucho tiempo? ―preguntó ella, mordiéndose coquetamente la punta del dedo índice.

―Joder, demonio… cualquier trilogía erótica va a quedarse al debe después de esta noche ―y la besó, arrimándola a él desde las nalgas ahora apenas cubiertas por unas pantaletas de encaje gris, dejando fluir su pasión arrebatadora, después de haber dormido tantas noches solo, extrañándola; después de encontrase de frente con tanto dolor del pasado escrito en esos diarios... Él sencillamente necesitaba una pausa, y qué mejor que en brazos de su mujer y en la intimidad de su cuarto, donde solo estaban ellos. Ese simplemente, era el mejor momento del día.


Mis niñas, paso super rápido para dejarles el capítulo y para agradecerles como cada semana por acompañarnos. Son un gran aliciente. Muchas muchas gracias!

Gracias a mi super equipo: Gaby Madriz, Maritza Maddox y Manu de Marte por su apoyo y amistad de siempre.

Nos reencontramos el próximo capítulo. Besotes.

Cata!