¡EL OGRO HA REGRESADO!
¡A LEER!
Capítulo 21.
― ¡No puede ser, maldición! ―vociferó Liam, leyendo el documento que tenía entre manos que sus abogados a primera hora de esa mañana habían hecho llegar para él―. ¿Es esto posible?
―Ella y su abogado presentaron una declaración contundente, desdiciéndose de todos los hechos que precedieron su salida de la cárcel, sindicándolo a usted como culpable de persuadirla bajo amenaza ―explicó el abogado de Liam muy claramente.
Elizabeth no se había quedado con los brazos cruzados y había sacado sus cartas de debajo de la manga. Lo había culpado de recurrir a tráfico de influencias y coimas, falseando exámenes para trasladarla desde el recinto penitenciario donde estuvo hasta el hospital militar donde la llevó, para poder "manipularla según su antojo". Eso decía en la declaración que adjuntó a la demanda de divorcio, abocando que se había casado en contra de su voluntad, durante un periodo de tiempo en que los exámenes arrojaban que ella padecía de demencia senil en su primer grado, siendo estos exámenes falsos, al igual que la fecha que figura en el acta matrimonial. Entregó declaraciones de una enfermera que vio y relató en una declaración los encuentros entre Elizabeth y Liam y de lo "violento y burlista" que él, era con la anciana, además de tener fotografías del día del matrimonio suscitado en las dependencias del hospital, donde Liam pagó una fuerte suma de dinero para mantener la boca cerrada de los encargados allí. Además de la demanda de divorcio y para acrecentar el mal humor de Liam, Elizabeth pedía una indemnización económica por conceptos de daños y perjuicios morales contra ella, de varios miles de millones.
Liam tiró el papel sobre la mesa y se levantó, paseándose de un lado a otro en su oficina. El atolondramiento y la alteración frente a imprevistos no eran características suyas. La mesura y la frialdad eran elementos que él usaba para enfrentarse a esos "contratiempos", y esta vez no sería diferente.
―La declaración de la señora Masen… ejem, digo de su esposa, logró que removieran de su cargo al director del hospital militar donde ella aun reside, por lo que será imposible que usted quiera acercarse a hablar con él. Además, solicitó una orden de alejamiento en su contra y…
― ¿Crees que una orden de alejamiento va a detenerme, o cualquier otra cosa lo haría? ―preguntó con ironía, metiendo sus manos a los bolsillos de su pantalón de tela italiana.
―Debemos irnos con cuidado, señor. Usted está en peligro de… perder su libertad.
―No me hagas reír ―se burló Liam, pasando los dedos por la comisura de sus labios, mientras ponía su mente a trabajar a toda velocidad. Elizabeth se había atrevido a declararle la guerra y lanzar su primer ataque, pero la mujer no midió el peso de su oponente, el poder de este que era mucho mayor del que ella pensaba―. Mejor dime, cuales son los pasos a seguir.
―Señor, mi recomendación es dar un paso al costado, darle lo que ella quiere y desligarse del nombre de esa mujer. Le recuerdo que ella hizo todo esto sabiendo que nada tenía que perder. Que le sumen más años a su condena, a ella prácticamente no le importa.
― ¿Estás mal de la cabeza? ―le increpó, afirmando sus manos sobre la base de su mesa, con su cuerpo inclinado hacia el abogado que trataba de controlarse para no verse asustado―. ¡No me haré a un lado! No cuando ella fue la que me buscó y me usó para vengarse de su nieto…
―Don Liam, por más que ella sea una mujer privada de libertad, en este momento es ella la parte vulnerable, así que si quiere seguir adelante, debe saber a qué atenerse e irse con precaución.
― ¿Qué ha pasado con el asunto de Edward Masen? ―preguntó, ignorando las advertencias de su abogado y regresando a sentarse en la butaca de cuero detrás de su escritorio. Se reacomodó la corbata gris plateada y enderezó su espalda, abriendo su casilla de correo electrónico.
El abogado por su parte carraspeó, lamentándose internamente por llevarle a su cliente más importante solo noticias que harían empeorar su humor.
―La sociedad ha sido modificada. Seguro se fue gestionando hace semanas porque recién ayer se hizo efectiva.
― ¿De qué se trata?
― "Lux et Umbra" ahora es propiedad en un sesenta por ciento de Damián Brandon, y el cuarenta por ciento restante se divide en los cuatro restantes socios de la empresa ―informó, refiriéndose a Edward, además de Emmett, Garrett y Jacob.
―Malditas alimañas…
―Y la sociedad sigue constituida como cerrada. Edward Masen apenas tiene voz y voto en esa junta, al igual que el resto de sus colaboradores más cercanos, por si insiste en seguir adelante con la idea de ser parte de esa sociedad a través de Edward…
―Si Damián Brandon cree que no sé por qué hizo eso, está equivocado. De cualquier forma voy a llegar a sentarme a la cabeza de esa sociedad usando cualquier vía posible.
―Yo creo, señor, si me lo permite…
― ¡Si vas a decirme que me haga a un lado en esto también, te aconsejo que cierres la boca! Soy dueño de mis actos y no espero que nadie me diga lo que tengo o no que hacer. Tengo un objetivo desde el principio, y no daré marcha atrás. Voy a destruir a la cúpula de la familia Masen como sea, así tenga que volverme a ensuciar las manos como anteriormente lo hice ―inspiró y cerró los ojos, para llamar a la calma que pocas veces dejaba escapar lejos―. Ahora, es mejor que nos concentremos en la declaración que prepararemos para enfrentar a Elizabeth. Cualquier cosa que pueda usar para…
El asunto de uno de sus correos llamó su atención, tanto que lo distrajo del dialogo que estaba sosteniendo con su abogado. Arrugando la frente y pidiéndole un segundo al hombre frente a él, abrió el correo y lo leyó, y a medida que lo hacía, sus dientes poco a poco se apretaban entre sí. Un amigo suyo, editor jefe de un prestigioso periódico de la ciudad, le estaba enviando un documento adjunto de una entrevista que Elizabeth Masen había dado a una revista social empresarial de alto tiraje, que saldría a la luz al día siguiente.
"Uno de mis contactos vio tu nombre como uno de los temas de fondo de la entrevista y me la hizo llevar. Creo que te gustará tenerla y tomar providencias" decía el correo.
Cuando Liam abrió el adjunto y comentó a leer la entrevista, podía sentir como la ira fluía con potencias desde sus entrañas. Elizabeth estaba tocándole los cojones, y eso era algo que él no le permitía a nadie.
"Maldita sea, Elizabeth, no sabes con quién te estás metiendo"
Mientras tanto, en las dependencias de "Lux et Umbra", los socios mayoritarios leían la misma entrevista que a Liam le habían hecho llegar, habiéndola conseguido Rosalie por contactos en la misma revista que al día siguiente la publicaría.
― ¡Dios! Oigan esto: "Liam Patterson llegó a mí para tenderle una trampa a mi nieto. Nunca entendí como era que yo podía ayudarle, hasta que me di cuenta que solo quería usarme como expiación cuando sacara a relucir su venganza. Necesitaba a alguien a quien culpar."
La plana mayor de la sociedad, no sabían si reír y llorar por las declaraciones que estaban leyendo, que jamás pensaron que saldrían de la boca de Elizabeth. Aunque claro, con esa vieja nunca se sabía, al menos eso pensaba el ogro, que oía la lectura de Rosalie. Y mientras lo hacía se masajeaba la sien con sus dedos y preocupado pensaba en cómo se encontraría su mujer a esa hora de la mañana, después de dejarla prácticamente amarrada a la cama por los malestares propios del embarazo que decidieron hacerse presente en ese momento y tan drásticamente como nunca antes lo sintió, ni siquiera cuando estuvo embarazada de Clarisse. Había tenido que hacerla jurar que se quedaría en casa y sacaría de su cabeza la idea de ir a trabajar. Su salud y la de su hijo que venía en camino, estaban primero. Debió ver las señas la noche anterior, cuando Alice fue a su casa a cenas con su esposo y su sobrino, viendo a su demonio descompuesta durante toda la cena, en donde casi no probó bocado.
― ¿Hijo? ¿Edward? ―lo llamó Damián, preocupado, después de verlo con la vista perdida en algún punto de la pared frente a él. Edward se sobresaltó cuando sintió la mano de su padre apretarle el hombro. Sacudió la cabeza y lo miró, disculpándose.
― ¿Perdón?
― ¿No oíste lo que preguntó Rose?
―No… yo, lo siento ―volvió a disculparse, sacudiéndose la cabeza―. Es que estaba pensando en mi mujer, es todo.
― ¿Ocurre algo con ella?―fue Garrett quien preguntó entonces con preocupación.
―Se ha sentido enferma desde ayer. Creemos que solo son las dolencias que acompañan el embarazo, pero no voy a quedarme tranquilo hasta que su médico lo confirme.
―Cálmate, Edward, ya verás que no es más que eso ―lo animó Jacob. Edward lo miró y asintió, esperando que solo fuese eso. Enseguida hizo girar su cuello para soltarlo y se puso otra vez en onda con el tema de la reunión.
―Entonces, ¿qué decían?
―Preguntaba si se te antoja darle una visita a la vieja esa ―reiteró Rosalie―. Con esta entrevista se puede ver que Liam, ya le dio la espalda como Tyler advirtió, y que ella le está demostrando que en realidad es astuta como víbora.
―Quien sabe y la vieja resulta ser aliada nuestra… ―agregó Emmett casi como en broma, aunque no pareciéndole gracioso a Edward, que lo miró con disgusto a la vez que apuñaba las manos sobre la mesa.
―Eso nunca. Nunca me pondría en el mismo bando que esa mujer. Nunca.
―Vale, vale… ―se alzó Emmett de manos en señal de disculpa― ¿pero entones? Podemos usar la declaración de esa mujer y sumarlo a todo lo que has averiguado a través de los diarios de tu abuelo Benjamín.
―Es verdad.
El día anterior, Edward había pasado de salir de casa con la intención de leer lo que más pudiera de esos cuadernos, encontrándose con mucha información, que fue recopilando y destacando como su esposa le dijo lo hiciera. A finales de la noche, después que hablara con Alice, llamó a Emmett y escaneó para él todo cuanto pudo, listo para que el abogado lo usara en contra de Liam en el momento necesario. La correspondencia, las palabras de Benjamín y las fotografías podían servirles de mucha ayuda para poner un atajo al juego de Liam, cualquiera que este estuviera tramando.
― ¿Tyler confirmó que el muchacho de la fotografía era Liam? ―preguntó Garrett con interés, después que su colega le comentara que la imagen de cierto muchacho que aparecía recurrentemente a la diestra de August en las fotografías, fuese Liam Patterson, por eso para él no fue una sorpresa cuando Tyler se lo confirmó.
―Lo hizo. Es él. Su madre que lo conoció más joven, aseguró que sin duda era él.
―Vale, pero debemos probar ojalá con algún testigo que Liam trabajó para August haciendo cosas sucias ―acotó Garrett, poniéndose en el peor de los casos, saliendo Jacob a plantear su punto de vista:
―Él tendría que reconocerlo, porque honestamente dudo que podamos dar con alguien que sirva de testigo. Además, es probable que esos crímenes hayan prescrito por el tiempo que ha pasado…
―Aun siendo así, él pagará por lo que le hizo a mi abuelo. Ahora tiene una deuda conmigo… ―amenazó el ogro, mirando la base de la mesa de deis puestos de la sala de juntas donde estaban reunidos. El aire quedó silenciosos después de la abierta advertencia que Edward hizo en voz alta, pero fue interrumpida por el estruendoso y poco glamoroso ingreso de Jame a la sala de juntas. Todos giraron la cabeza hacia él, que entró como en estado de shock, con un documento entre las manos.
― ¿James? ―preguntó Damián, extrañado por la inhabitual actitud de su mano derecha.
―Yo pensé que la entrevista sería una sorpresa, pero esto… ―indicó el tercer abogado del grupo, dejando frente a Edward el documento que traía en la mano, que a medida que el ogro fue leyendo, sus cejas fueron arrugándose más y más. ¿A caso estaba leyendo bien?
― ¿Puedes tener la amabilidad de leer eso en voz alta, Edward? O quizás James pueda explicarnos… ―alegó Rose, poniendo el abogado recién llegado al día con las novedades a ella y al resto, que esperaba expectante.
―Elizabeth está pidiendo el divorcio y está demandando a Liam. Se retractó de los hechos que sirvieron para sacarla de la cárcel. Prácticamente está reconociendo que usaron malas prácticas que constituyen un delito, nombrando a Patterson como principal responsable.
―Jodido cielo… ―no pudo aguantarse Jacob de decir, mientras Garrett se rascaba la cabeza y preguntaba:
― ¿Y cómo te enteraste?
―No preguntes, Garrett… ―respondió, jurando guardarse los contactos de quienes le habían hecho llegar esa información resumida en el correo que Edward aun tenia entre las manos.
― ¿Y qué piensas, Edward?
―Después de la entrevista, era más que probable que esto ocurriera. La vieja no tiene ya qué perder, muy por el contrario…
― ¿Y qué harás? ¿Irás a verla?
―Creo que me convencieron. Creo que iré a ver de qué se trata todo esto y para preguntarle si ya considera que se vengó lo suficiente de mi ―dijo en voz alta, doblando el papel y entregándoselo de regreso a James, mientras pensaba en esa visita que le haría a la vieja en donde aprovecharía de enrostrarle acerca de lo que había leído en los cuadernos de su abuelo Benjamín y por última vez le diría a la cara lo mucho que la odiaba.
Usó la hora de almuerzo para retirarse a su casa y avisar a sus secretarias que no regresaría por la tarde. Estaba preocupado por la salud de su mujer y ahora se sumaba todo el caos en torno a la urraca y la piraña de Patterson.
―Después de esto, voy a tomarme unas vacaciones de un año…
― ¿Dijo algo, señor? ―preguntó David a Edward, quien al parecer había pensado en voz alta sin querer.
―Solo pensaba en voz alta, David ―respondió el ogro, mirando por la ventana del asiento trasero de su coche, conducido por su chofer y guardaespaldas, rumbo a su casa, donde al llegar vio a su mujer recostada en el amplio sofá que había dispuesto en el cuarto de juegos de Clary, donde ella jugaba por supuesto a la doctora, cumpliendo con la labor de cuidar a su madre y a su hermanito. Claro que cuando vio a su padre asomarse por la puerta de su sala, dejó a un lado la indumentaria médica y corrió a colgarse del cuello de su papá, que la hizo girar en el aire con la sola finalidad verla feliz y oírla carcajear.
—Doctora, dígame cómo está nuestra paciente ―quiso saber Edward, acercándose al sofá y sentándose en la punta de este junto a su mujer, acariciándole el rostro pálido que poco y nada había mejorado desde que la dejó esa mañana―. ¿Te sientes bien?
―Las galletas de jengibre no han funcionado esta vez. Me siento intolerable a cualquier clase de comida ―le contó ella a su marido, poniendo cara de disculpa. El ogro arrugó la frente y preocupado, acarició la frente de su mujer con los dedos y puso tras su oreja un mechón de pelo que había escapado de la cola.
―Joder, demonio, tienes que alimentarte.
― ¡Para ir al baño y vomitarlo todo!
―Aun así, mujer. Si no comes por las buenas, por las malas voy a meter comida en tu boca para alimentarte…
―He estado intentándolo, Edward ―susurró, con sus ojos llenándoseles de lágrimas de improvisto por culpa de esas hormonas de embarazada que la hacían pasearse por varios estados de ánimo en poco tiempo―. No es agradable tener hambre y luego no poder retenerlo en el estómago.
―Lo siento, esposa.
― ¡Mami! ―la doctora Clary llegó para darle a su madre una extraña infusión imaginaria dentro de una taza rosa con stickers de Barbie, que la paciente agradeció llevándosela a la boca y bebiéndosela toda, esbozando una gran sonrisa en agradecimiento a la doctora, que muy profesionalmente tomó la taza y la llevó hasta su consulta improvisada a un costado de la sala. Después dijo algo de salir a tomar algo de la cocina, y desapareció con su estetoscopio color rosa colgando del cuello.
―Por cierto, ¿esta es una visita de cortesía, o me concederás la honra de almorzar conmigo? ―preguntó ella, extendiendo una mano hasta el rostro fuerte de su marido y acariciarlo como él adoraba que ella lo hiciera.
― ¿Desde cuándo eres tan irónica, eh? ¿A quién se lo aprendiste? ―regañó con diversión el ogro, acariciando el cabello de su mujer que sonrió y suspiró, afirmando la cabeza sobre el cojín―. Almorzaré aquí y después hay una persona a la que debo visitar.
― ¿A quién?
―Elizabeth.
Bella volvió a erguirse, levantando la cabeza y mirando a su marido como si este se hubiera vuelto loco. Su sonrisa relajada se había esfumado de su pálido rostro, siendo reemplazada por la preocupación.
― ¿Y para qué? Edward, eso está de más. Patterson y ella…
―Patterson y ella, nada ―aclaró el ogro―. La vieja urraca sacó su as de debajo de la manga para demostrarle a Patterson que ella también tiene ponzoña en los dientes y que puede defenderse de sus ataques…
―No te entiendo. ―Edward torció la boca y con mucha calma, muy relajadamente, le explicó cómo estaban las cosas entre el flamante matrimonio Patterson-Masen.
―Nos enteramos de que luego que Liam quitara la demanda en mi contra, le quitó también su respaldo, y la vieja respondió retractándose de su declaración, diciendo que había sido persuadida bajo amenaza por Patterson, quien compró doctores, testigos, entre otros, para llevar a cabo su treta. Le envió también una muy clara demanda de divorcio e interpuso una orden de alejamiento para él. Ella no tiene más que perder… bueno, su venganza en contra de mí quedó en nada, apenas me hizo pasar rabia metiéndome a la cárcel, pero fuera de eso…
― ¿Crees que ella pueda decir algo para ayudarnos en contra de Liam?
―No lo sé, y no voy para eso, nunca me aliaría con esa mujer ―escupió, revolviéndose el estómago cuando pensó su mujer siquiera en que él podría unirse a esa mujer―. Voy a presentarme ante ella para mostrarle que estoy de pie, más fuerte que antes, y de paso voy a reclamarle un par de cosas que tengo atoradas en la garganta, después de leer los diarios de mi abuelo.
― ¿Lo crees necesario?
―Para mí, sí. Después de eso, voy a desvincularme definitivamente de ella, aunque antes me aseguraré de que la lleven de regreso a la cárcel y pague ahí.
―Solo hazlo con cuidado, y si sabes que vas a ponerte en riesgo, es mejor que no lo hagas… por favor. Yo… suficiente ya tuve contigo en esa cárcel…
― ¡Ey! —tomó la barbilla de su mujer entre los dedos y le obligó a mirarle. Los ojos de Bella estaban acuosos y parece estaba tratando a toda costa de contener el torrente de lágrimas―. Nada va a ocurrirme. Esto está a punto de acabarse para siempre, nuestro hijo podrá nacer en un ambiente tranquilo, y Clarisse podrá crecer sin nadie merodeándola para hacerle daño, ¿lo sabes, verdad?
―Lo sé.
―Vale pues. Ahora mujer, vamos a tratar de darte algo de comer, para hacer lo que tengo que hacer de una buena vez ―se puso de pie y arrastró consigo a su esposa, quien cuando estuvo sobre sus pies fue envuelta en los brazos de su marido, el que enterró el rostro en su cabello atado por un moño bajo, pero que olía tan bien como siempre. Bella aprovechó de cerrar los ojos y descansar su cara sobre el pecho de su romántico ogro, amando la forma en que todo alrededor quedaba desplazado cuando ellos estaban juntos, de esa forma. Esperaba ella, rezando en su interior, que de la visita que Edward le hiciera a Elizabeth no saliera nada de lo que su marido o ella pudieran lamentar más tarde. Solo quería, como su marido y el resto de su círculo más cercano, que todo eso acabara de una vez, y esperaba que todo fuera camino de ello.
**OO**
―La señora Masen está siendo investigada por unas declaraciones que presentó el día de ayer y…
―No me interesa eso, simplemente quiero entrar a verla. Nunca nadie tuvo ningún problema para hacerlo, entraban y salían de aquí como Pedro por su casa, ¿y ahora, de momento a otro no puedo hacerlo?
―Eso señor, si me permite, se dio bajo la antigua administración, que fue removida y sometida a proceso de sumario por los dichos en la declaración de…
― ¿Va a dejar que entre a ver a Elizabeth? ―El ogro Masen estaba comenzando a perder la paciencia en ese diálogo de sordos. El gendarme en cuestión lo miró, se quitó la gorra negra que era parte del uniforme, y rascó su cabello rubio mientras tomaba una decisión. Finalmente, y quizás luego de ver la furia refulgir del empresario frente a él, cedió a darle un pase de visita.
―Bueno… es usted su nieto… supongo que no habrá problema con que la vea por cinco minutos.
―Con cinco minutos me basta y me sobra.
La entrada del hospital militar donde Elizabeth estaba contando sus horas para salir y regresar a la cárcel femenina donde nunca debió salir, estaba flanqueada como nunca antes lo estuvo, esto después que la anciana de apellido Masen dejara entrever en los dichos de la entrevista, que allí se movía el tráfico de influencias y la coima.
Después de pasar por dos procesos de control, fue llevado hasta la misma sala en donde ya una vez tuvo la desgracia de estar, en donde momentos más tardes la vieja urraca apareció, esta vez caminando por sus propios pies y seguida de una enfermera y un gendarme que se quedó de punto fijo en la puerta.
Elizabeth al ver a Edward, hizo una mueca de disgusto y caminó con su espalda bien erguida hasta el lugar donde él la esperaba de pie y de brazos cruzados.
― ¿Qué haces aquí? ―demandó saber ella, con su tono de voz firme y cortante, mientras abría la silla y se sentaba en esta. Edward se quedó de pie, pues sabía que no estaría mucho tiempo en ese lugar, no soportaba la fetidez que invadía sus fosas nasales estando cerca de esa vieja despreciable. Cuando la vio allí, indolente y altiva, como si nada estuviese pasando, recordó el sufrimiento que su abuelo relataba en sus escritos y de alguna manera agradecía que ya no estuviera en este mundo. Sintió entonces una especie de calor manar desde dentro de su americana, en su bolsillo interno donde llevaba consigo una carta donde Benjamín, su abuelo, le hablaba del amor que sentía por Elizabeth y le decía que todo lo estaba haciendo por amor a ella, sin ella ser merecedora de todo los suplicios por los que él pasó.
―Estás cosechando lo que jodidamente tú has sembrado desde los tiempos en que el tirano de su padre estaba vivo. Estás pagando por el mal que le hicieron a mi abuelo, drogándolo y provocándole la locura para sacarle su dinero, ¿no es eso lo que hicieron? ¿Lo recuerdas?
―Tú no sabes nada…
―Claro que sé, maldita sea ―metió la mano hasta el bolsillo interno de su chaqueta y sacó la carta, aferrándola a su mano de hierro― leí el sufrimiento de tu marido de su puño y letra. ¿No tuviste una pisca de compasión por él?
Y entonces tiró la carta doblada y amarillenta, roída por el tiempo, que cayó como plomo sobre la mesa de linóleo. Elizabeth la miró arrugando su frente y de a poco extendió las manos hasta el papel, el que tomó con mucho cuidado, como si se tratara de una bomba nuclear, abriéndola con movimientos cuidadosos, hasta que estampado en el papel vio sin lugar a dudas la letra de quien en el pasado fuera su primer marido, padre de su única hija.
La garganta se le cerró y su respiración se hizo irregular mientras algunas imágenes del pasado comenzaban a asaltarla, imágenes que ella se había esforzado por tener cerradas bajo siete llaves, imágenes que se hicieron presentes con fuerza cuando Benjamín apareció en su cumpleaños, el mismo día que la apresaron.
Edward en tanto, la miraba con asco y no le pasaron desapercibidas las reacciones en la urraca que ahora leía las líneas de la carta.
―Espero que la culpa no te deje dormir por lo que te resta de vida, y sinceramente espero que tus días de vida se extiendan lo más posible, para que pagues en esta tierra los males que has hecho, todos ellos.
Elizabeth alzó los ojos y miró a su nieto, a quien en el pasado rescató del orfanato con la intención de moldearlo a su imagen y semejanza, pensando en que con esa postura empoderada, poderosa, avasalladora, probablemente sí lo había logrado. Edward era un hombre que no se dejaba pasar a llevar, como lo fue ella cuando no era vulnerable.
―Definitivamente, hice bien mi trabajo contigo… ―Edward apretó la mandíbula y sus manos se convirtieron en puños―. Eres como yo…
― ¡No lo soy! ―gritó con vehemencia, provocando que dos enfermeras y un gendarme aparecieran tras la puerta.
―Contrólese, señor… ―intervino el gendarme, pero Edward como si no lo hubiese oído, lo ignoró. Se inclinó sobre la mesa, puso sus manos sobre esta y su rostro estuvo tan cerca de la urraca como fue capaz de sopórtalo. Allí y con su voz baja, ronca y llena de rabia, habló:
―Ni en tus jodidos sueños soy como tú, y le agradezco a la divina providencia cada día por ello. Yo no estoy lleno de mierda como, ni estoy solo como tú. Tengo que la suerte de tener mucha más riqueza de la que tú alguna vez soñaste tener, y no me refiero al dinero que pueda haber en mis bolsillos: hablo de la gente a la que amo y que me ama. Hablo de una familia que está orgullosa de mí, de mis hermanas que aman ser mis hermanas, amigos que están a mi lado por decisión propia. Un padre que volvió a buscarme y que me ha demostrado que fui y seré un hijo amado. Tú no tienes nada de eso, ni siquiera tienes libertad; tus manos están manchadas de sangre y tu apellido del que tanto aspavientos hacías, está cubierto de mierda gracias a ti, gracias a tu padre, del que sí debes saber que eres fiel imagen.
―Apellido que sigues llevando, Edward, y que llevarán tus herederos…
― ¡Apellido que le negaste a mi madre, cuando ni siquiera dejaste que llevara el apellido de mi abuelo, su padre, como debe de ser! Así que si todavía lo llevo, es por ella, no por ti.
Se enderezó de a poco y tuvo la dicha de ver la mirada de la vieja Elizabeth Masen pasar por varios estados a la vez, concluyendo que sus palabras, respaldadas por hechos, estaban afectándola. Finalmente sobre los hombros de esa mujer, estaba cayendo el peso de la culpa.
― ¿Cargo de conciencia, Elizabeth? Recién ahora vas a saber lo que eso significa. Ahora me voy: una mujer hermosa y una niña me esperan en casa. No voy a seguir perdiendo mi tiempo contigo.
Al reincorporarse, inhaló y exhaló, abrochándose la chaqueta con la intención de salir de allí de una vez y para siempre. Pero antes que eso ocurriera, la voz ronca y cansada de Elizabeth lo detuvo.
―Liam no ha acabado contigo. Está listo para saltar sobre ti y sobre quienes se interpongan en su camino…
―Estoy listo para enfrentarme a ese imbécil ―aseguró, alzando el mentón―. Por cierto, dejaste muy mala tu marido después de la entrevista que diste a esa revista. ¿Tan mal te trató?
―Cómo demonios supiste eso, si aún…
―Mi cadena de contactos, Elizabeth ―se cruzó de brazos, indolente, mirando al rededor―. Puedo ver que tu jueguito se volteó en contra tuya, ¿cómo fuiste tan… ilusa de pensar que un tipo como Patterson podía ayudarte?
― ¿No te ibas ya, Edward?
―Sí… ―el ogro se metió las manos en los bolsillos―. Disfruta de los últimos días que te quedan en este cómodo lugar Elizabeth Masen. Espero nunca más volver a saber de ti.
Y después de eso, salió, ignorando a las dos enfermeras y al gendarme que habían sido testigos de la última parte del diálogo que sostuvo él con la vieja urraca. Sentía que echó fuera un montón de sentimientos que tenía atragantados y que ahora su alma se sentía más ligera, listo para seguir adelante sin la sombra de Elizabeth burlándose de él.
Se subió al coche luego de recuperar sus pertenencias en la custodia de seguridad, y encendió el motor mirando de reojo al oso de felpa café, Toddy, que su hija le había prestado para que le hiciera compañía.
―Muy bien, Toddy, vamos de regreso con tu dueña. Nuestras mujeres nos esperan ―y se puso en marcha, pensando en lo ridículo que debía de verse hablando con un oso de peluche.
**oo**
Los dedos de Liam repicaban sobre la base de madera del escritorio del fiscal en jefe del hospital penitenciario donde estaba sosteniendo una acalorada discusión con este hombre, que se estaba negando a concederle lo que él quería.
―Por Dios, Liam, acabo de asumir aquí precisamente por el escándalo y el revuelo que las acusaciones de tu esposa causaron aquí. Todos los ojos están puestos sobre la administración que ahora dirijo.
―Pensé que teníamos un acuerdo de por vida…
―Y lo tenemos.
La red de contactos que Liam Patterson tenía dentro del poder judicial, era escalofriante. Tanto así que para él, ni la remoción del cargo de director del centro constituía una traba, como se lo dijo en su momento a su abogado. Había una larga lista de hombres con cargos importantes que le debían más de un favor a Patterson, el que sabía cobrárselos en el momento indicado. Como ese.
―Entonces concédeme este favorcito: evita que Elizabeth se mueva de aquí hasta que yo traiga a la nueva huésped. Después de eso tendré a cargo una de las empresas más prósperas de este país, y ya no tendrás que trabajar como esclavo para el estado, serás jefe de seguridad en mi empresa.
―Tres días, es todo cuanto puedo estirar este asunto, antes que el fiscal que lleva la causa de Elizabeth Masen ordene el traslado de la mujer hacia el recinto penitenciario ―el delgado hombre que vestía de uniforme militar, se echó hacia atrás y movió la cabeza ante la sonrisa triunfal de su viejo colaborador, al que varias veces le había prestado ayuda para encubrir sus "asuntitos"―. Por cierto, y no quiero arruinarte el buen humor, pero luego de que ella abriera la boca, es muy probable que más temprano que tarde te citen a declarar. Para que resguardes tu espalda.
―Es mi palabra, la de un empresario de renombre, contra la de una mujer encerrada en una cárcel por asesinato.
―Celebro tu seguridad en todo esto, Liam. Espero no te decepciones.
―No lo haré, mi amigo ―dijo, levantándose y extendiéndole la mano a su camarada en señal de despedida. Enseguida salió y fue dirigido a la salida por una puerta trasera donde su fiel chofer lo esperaba.
— ¿A su oficina, señor?
―No. Llévame a la escuela de la que te pedí ayer averiguaras la dirección y los horarios.
―Como ordene.
Entonces Liam tomó el sobre marrón junto a él y lo abrió, sacando el contenido que había adentro. Poco a poco la línea recta de sus labios se elevó cuando vio la imagen de la muchachita en las fotografías. Era linda, muy tierna, y seguro su papito le daba todo lo que él pediría con tal de volver a verla.
Se desconcentró de su evaluación fotográfica cuando el IPhone en su bolsillo comenzó a sonar. Sonrió alegremente cuando vio el nombre de su hijo en la pantalla. ¡Dios, lo hacía tan feliz que él se comunicara!
― ¡Hijo querido! ―lo saludó, sosteniendo el teléfono entre su hombro y su mejilla, mientras sus manos guardaban el contenido del sobre.
―Esto… ―carraspeó, tragándose la incomodidad de hablar con su progenitor―. Vi una llamada perdida tuya esta mañana. ¿Quieres hablar conmigo?
―Siempre quiero hacerlo. Dime una cosa, ahora que Masen está fuera de la cárcel, ¿presumo que ya renunciaste a ese trabajo, no?
―Yo… ―dubitativo, Tyler no supo qué contestar, hasta que pensó que quizás sería mejor decirle que sí lo hizo― estuve en una reunión con recursos humanos por lo mismo.
― ¡Vaya, qué alegría! ―celebró Liam―. Ahora, esta tarde debes ir a mi oficina para que te pongas al tanto del cargo que tengo reservado para ti en mis empresas, ¿está bien?
―Esto… lo siento, pero no puedo. Estaré atendiendo algunos pendientes que no quiero dejar inconclusos y mañana veré algunos asuntos desde casa. Después de eso, quizás pasado mañana pueda ir a verte.
― ¿Te parece que te llame mañana para coordinar?
―Vale.
― ¡Tenemos muchas cosas de las que hablar, hijo mío! ―exclamó con su siempre sonrisa escalofriante y triunfal en los labios―. Por cierto, ¿cómo está mi primer nieto y su madre? ¿Estás arreglando ese asuntito?
―Ese "asuntito" es delicado, Liam. Por favor, mantente al margen ―aquello había sonado más como una advertencia más que una petición, pero por supuesto, Liam no podía meterse las manos a los bolsillos y ser un simple observador.
―No me pidas eso, soy tu padre, y me bastaría mover un dedo para poner las cosas en orden.
―Haces algo sin mi consentimiento en contra de Bella, o incluso contra Edward, y antes de desaparecer, haré que te arrepientas, Liam ―otra advertencia amenazante volvió a salir de labios de Tyler, esta vez con tono crispado.
Liam cerró los ojos y masajeó sus sienes, intentando controlar su natural forma imperante de ser. No debía olvidar que estaba hablando con si hijo, su heredero, el que hacía muy poco había recuperado.
―Me pones en una posición pasiva, poco cómoda para mí.
―Lamento decepcionarte ―respondió cortante―. Ahora, debo dejarte, tengo que atender pendiente.
―Mañana entonces vuelvo a llamarte para coordinar como quedamos. Y por favor, no te cierres, hijo.
―Como digas. Adiós.
―Hablamos pronto, Tyler ―volvió a guardar el teléfono lanzando un largo suspiro después de colgar. Su hijo era tan inamovible en su postura como él, y eso le alegraba, aunque ante aquella situación Liam deseaba que su hijo hiciera lo que él le dijera. Bueno, irremediablemente iba a tener que hacerlo cuando viera que sus métodos eran más cortos y definitivos.
Se concentró en el paisaje, pensando en sus planes a corto y largo plazo, hasta que su discreto chofer se detuvo a un costado de la salida principal de la escuela. Allí, un montón de padres esperaba la salida y Liam sonrió como si le causara ternura ver a la tropa de jóvenes que salía corriendo a encontrarse con sus padres o para subirse a los transportes escolares que sobreabundaban.
Agudizó su visión y por instinto sus ojos pararon en un Mercedes negro desde cuyo interior salió un hombre vestido de negro, mirando concentradamente a los niños que salían, hasta que a lo lejos pareció ver a alguien a quien le levantó la mano para indicarle su posición. Liam sonrió cuando vio a la chiquilla en cuestión quien iba siendo ayudada por unas amiguitas a salir del establecimiento, saliendo a su encuentro el noble chofer que la saludó inclinando su cabeza y abriendo la puerta para ella, siendo él mismo la que la sentó en su lugar, para luego cerrar la puerta, despedirse de las amiguitas, y meter en el maletero la silla de ruedas.
―Qué pena… pobre niña… ―murmuró en voz alta.
― ¿Dijo algo usted, señor? ―preguntó el chofer del turbio empresario mirándolo por el espejo retrovisor. Liam torció la boca y suspiró, sin dejar de mirar al coche hasta que este desapareció calle abajo.
―Pensaba en voz alta sobre lo triste que debe de ser la vida de un niño minusválido. Es algo tan, tan injusto…
―Claro, señor ―respondió el chofer, haciéndose ver indolente hacia el comentario de su jefe, que la verdad rosaba en la ironía. Miró Liam entonces la hora y tomó nota mental de la hora en la que ese hombre había llegado a ese lugar a buscar a la pequeña, sabiendo que ese dato sería trascendental para su puesta en escena la que muy pronto se desarrollaría.
**oo**
La vieja carta parecía estarle gritando desde la mesa de noche, donde Elizabeth la había guardado sin volver a abrirla. La letra de Benjamín Town, su primer y prácticamente único marido, la habían llevado a una parte del pasado que ella bloqueó por el bien de su salud mental, por el bien de su familia y en pos de la conservación de su apellido. Aunque claro, ahora nada de eso había logrado mantenerse bajo resguardo, apenas su cordura que según cómo iban las cosas, ella hubiera preferido perder y olvidarse de todo.
Honestamente, pero sin reconocerlo ante nadie, la venganza contra Edward se le había ido en su contra, cuando el imbécil de Patterson había decidido cobrarle a ella las deudas que según él, su padre mantenía incluso después de muerto. Debió haberlo previsto, pues poca gente que rodeaba a August Masen lo recordaba con afecto.
Tragando grueso entonces y para que el contenido de la carta dejara de emitir quejidos molestos para ella, decidió Elizabeth levantarse de su cama donde estaba sentada mirando por la ventana, abrir el cajón y sacar el papel arrugado, desdoblándolo lentamente. Inspiró y comenzó a leer las líneas temblorosas, con su mandíbula fuertemente apretada.
Benjamín Town se estaba dirigiendo como siempre a su hermana, quien fue desterrada de la vida del aquel entonces joven, por obra y gracia de August, su padre. Concluyó entonces Elizabeth, que Edward fue a dar con Aurora, hermana de Benjamín o con su hija Lara y que ella había entregado esa correspondencia, además de los diarios de vida que tantas veces ella encontró a Benjamín escribiendo y que él procuraba esconder tan bien.
"En cualquier momento van a sacarme de aquí, hermana mía, y no tengo a nadie que me defienda. Me siento como un niño indefenso frente a un hombre poderoso, cuyo rostro verdadero había estado escondido tanto tiempo tras una máscara que escondía tan bien sus intenciones. Él es un depredador, y está rodeado por hienas que son capaces de devorar todo a su alrededor con tal de conseguir lo que quieren, y yo soy una carnada fácil, después de haberle confiado nuestra herencia. Hermana mía, perdóname por despilfarrar así nuestro legado económico, por no haber pensado las cosas con calma y haberme dejado llevar por ese hombre que incansablemente decía quererme como un hijo.
Aurora, mi pequeña camarada, lamento que estés atravesando por penurias y más lamento no poder prestarte ayuda, sino muy por el contrario, cada semana me tienes escribiéndote sobre mis lamentos, que no hacen más que hundirte en preocupación e impotencia. Pero tranquila, mi hermosa hermanita, cualquier lugar fuera de aquí está bien para mí, incluso bajo un puente sin un centavo en los bolsillos.
Mi dinero, nuestro dinero ha sido robado por este hombre que también está arrebatándome la cordura. Pero eso no es lo peor, no para mí: mi corazón está herido de muerte, porque la mujer que amo me ignora y colabora con su padre para aniquilarme lentamente. Apenas me mira y cuando lo hace, el desprecio destila a través de sus verdes ojos, tan diferente a la forma que tenia de mirarme en nuestros inicios, cuando estábamos solos y paseábamos por el parque, o en la intimidad, donde parecía ver a la verdadera Lizzie, de la que me enamoré, y no de esta mujer carente de sentimientos.
Pero mi dolor no llega ahí. Ayer logré colarme al dormitorio de mi niña Clarisse, y es hermosa. Sus ojos son grandes y curiosos, y sentí mi corazón volver a latir cuando exclamó alegre y extendió las manos hacia mi cuando me asomé sobre su cuna. ¡Es tan hermosa! Todo lo olvido cuando sus ojitos brillantes me miran alegres, aunque solo sea por escasos minutos, antes de que alguien me descubra y vuelva a llevarme a la habitación. Tengo tanto miedo que me la arrebaten… tengo tanto miedo de despertar un día y saber que se la han llevado lejos, o que me han llevado lejos a mí, cosa que siento ocurrirá muy pronto. ¿Y qué será de ella en medio de este nido de víboras, donde ni su madre procura por ella? le molesta cargarla, le molesta oírla llorar, le molesta que esté despierta, cuando se ensucia al comer… ¡Dios! Y yo estaría tan agradecido que me dejaran cuidarla, daría todo voluntariamente, con tal de que me dejaran marchar con mi niñita, seguro tú hermana querida, nos ayudarías, ¿verdad?
August insiste en que todo lo que hace, lo hace para ayudarme a recuperarme… ¿Y cómo voy a recuperarme si él me tiene drogado gran parte del día? Ahora mismo, en el insomnio nocturno es cuando dejo que mi mente en su completa facultad dirija mis palabras sobre las hojas de papel. Él me está volviendo loco poco a poco. Me vio, me cazó por intermedio de la peligrosa hermosura de su hija y sus encantos simulados, para enredarme y enamorarme cruelmente… enamorarme de alguien que no existe en realidad, porque ella no me ama, nunca me amó y jamás lo hará.
Mi pena no hace más que aumentar conforme van pasando los días, y ni siquiera las drogas que me administran durante el día me hacen olvidar la tortura por la que estoy pasando. Tengo miedo de lanzar un grito de ayuda y salir más perjudicado, por eso hermanita, no hagas nada. Me conformo con saber que mis epístolas llegan a tus manos y que al menos puedo compartir esto contigo. No sé de qué puedan servir, fuera de causarte preocupación, pero es mi única vía de escape…"
Arrugó el papel y lo lanzó a una esquina del pequeño cuarto. Llevó su mano hasta el cuello y cerró los ojos tratando de olvidar las palabras que había leído. Benjamín murió pensando en que ella maquilló sus sentimientos por él para hacerlo caer, como lo había dicho en esa carta dirigida a su hermana. Benjamín y todo el resto de su círculo cercano daban por hecho que ella no era una mujer que pudiera sentir amor por nadie… pero sí lo hizo. Nadie se lo creería, pero sí amó a ese hombre, amor que fue coartado por su padre, el que siempre tenía la razón y quien encontró en el joven y adinerado Benjamín Town, una oportunidad de riqueza que no dejaría pasar. Por eso concedió el permiso para el compromiso y posterior matrimonio, hasta que pudo hacerse cargo de la fortuna que su marido heredó y sin perder tiempo lo quitó del camino.
Todo el tiempo ella pensó que Benjamín yacía muerto, hasta que Edward lo llevó hasta su fiesta de cumpleaños, dos años atrás. Ella no estaba pagando el encierro de Benjamín en un manicomio como aparecía en los papeles… eso la hizo cuestionarse quién entones lo había hecho, cruzándosele el nombre de Liam, el fiel ayudante de su padre que no pudo llevar a cabo el cometido que su jefe August demandó: matar a Benjamín, decidiendo encerrarlo en un manicomio. Era solo una teoría, pero que para ella sonaba nada más que a la verdad.
Miró la esquina donde yacía la carta arrugada y enseguida desvió sus ojos de allí, y lentamente se recostó sobre la cama, mirando hacia la pared, ignorando las palabras de su primer marido que dejaron en ella un sabor amargo y la hicieron pensar, como pocas veces lo hacía, en lo diferente que habría sido su vida si no hubiera dejado a su padre dominarla. Pero ya está hecho, y no podía echar el tiempo atrás ni arrepentirse de nada, porque de nada estaba arrepentida. Así era la vida, injusta y ensañada con ella. Ahora simplemente debía esperar… esperar a que llegara el momento de decirle adiós a este mundo de una vez por todas, que en medio de todo, era lo único que deseaba.
*o*
Después de compartir con sus mujeres, Edward se excusó con ellas y se dirigió hacia el despacho de la casa, donde volvió a sacar la caja y desde adentro una de las cartas de su abuelo, donde le hablaba de sus sentimientos por Elizabeth, preguntándose cómo él podía haber amado a una mujer como ella, y cómo él fue tan ingenuo de creerlo.
Absorto estaba en la lectura que no sintió entrar a su mujer, sobresaltándolo cuando ella lo rodeó desde atrás por el cuello, besando su mejilla y descansando el mentón sobre su hombro.
Bella alcanzó a leer un párrafo de la carta que su marido tenia entre las manos, haciéndose las mismas preguntas que Edward.
― ¿Crees que ella lo amó? ¿Elizabeth a Benjamín?
Edward suspiró y soltó la carta para guiar a su mujer hasta sentarla en su regazo. Cuando lo hizo, besó el hueco de su cuello e inhaló su aroma como era habitual, relajándose visiblemente.
―Una mujer como ella es imposible que ame a alguien ―aseguró Edward con voz sombría. Bella torció la boca y volviendo a suspirar, afirmó su cabeza en el hombro de su marido.
―Pero el amor a ti te salvó…
―Porque dejé que lo hiciera. Mi oscuridad tenía que ver con Elizabeth y el odio que ella provocaba en mí ―murmuró, con la vista fija en la tenue luz de la lámpara sobre el escritorio―. No tenía cabeza para pensar en vengarme, en hacer justicia, no me importaba nada, hasta que te encontré. Después de eso, las cosas cambiaron para mí, mis prioridades fueron distintas a las de un principio.
―Me alegra haber ayudado… ―comentó inocentemente, deseando espantar el halo críptico que rodeaba a su marido. Funcionó cuando lo oyó soltar una risa divertida.
―Hiciste más que eso, demonio… pusiste mi mundo de cabeza, y lo sabes…
―Pues me alegra… ―Edward gruñó y tomó el mentón de su mujer, dirigiéndole hacia él.
―Demonio presuntuoso… ―murmuró, antes de invadir su boca y sentir las manos de su esposa en su nuca, jalando de sus cabellos―. Dime mujer, el escritorio o nuestra cama…
―Aquí, ahora…
―Como usted ordene… ―y con la rapidez que lo caracterizaba para estas cosas, el ogro se levantó y con un brazo sostuvo el cuerpo de su mujer mientras con el brazo desocupado barría con todo lo que estaba sobre el escritorio. Libros, cartas, lápices, su teléfono y un retrato de sus hermanas salió volando, antes de que aquel espacio fuera ocupado por su jadeante mujer, que por el cuello de la camisa lo atrajo hacia ella y lo rodeó con las piernas alrededor de las caderas.
El ogro sonrió con malicia y apartándose un poco, mordió duro el labio inferior de su mujer mientras sus manos desabotonaban su pantalón de vestir.
―Esto va a ser rápido y sucio, demonio.
―Contigo me gusta rápido y sucio, o como sea. ¡Pero rápido, Edward! ―protestó, alzando sus nalgas con el impulso de una mano para con la otra bajarse sus cómodos pantalones apenas sujetos por un elástico a las caderas.
―Qué hábil te has puesto, demonio ―bromeó Edward, llevándose una mirada llena de reprimenda por parte de su cachonda esposa, que lo volvió a atraer hacia ella desde la solapa de su arrugada camisa.
Gimieron cuando el interior de Bella recibió el duro sexo de Edward, y se quedaron quietos allí un rato, con sus frentes pegadas, mirándose a los ojos. Nada era más fuerte que ambos juntos, perfectamente acoplados.
Entonces Edward abarcó su boca con hambre y comenzó a moverse primero lento y profundo, sujetándola por las caderas, con ella sujetándose a él por los hombros.
―Mi buen Dios, Bella… mujer, no hay manera de saciarme de ti…
―Y no la habrá, Edward, nunca… siempre tendremos sed… ―gimió y esta vez fue ella la que mordió el labio de su marido― pero siempre nos tendremos el uno al otro… para llenarnos.
―Siempre, mujer, siempre…
El estudio del ogro se llenó de una sinfonía erótica envuelta en la tenue luz amarillenta de la lámpara sobre el escritorio. Los gemidos y las exclamaciones eran sofocados por la boca del otro, en besos llenos de ansiedad, premura y amor, hasta que los clamores fueron gritos cuando ambos cuerpos no fueron más que lava ardiente que salía rebosante de dos volcanes en erupción. Así acabaron y se quedaron abrazados mucho tiempo recuperando el aliento, hasta que recobraron las fuerzas y fueron capaces de vestirse y dirigirse al dormitorio con el rostro iluminado y partido en dos por una sonrisa radiante, donde siguieron adelante con el festín durante gran parte de la noche.
Mis niñas lindas, aquí estamos, muy prontito a despedir a este ogro. Gracias por acompañarme cada capítulo, por sus lecturas silenciosas, por sus comentarios y esas muestras de cariño que hacen palpitar mi corazón.
Gracias a mi Gaby Madriz por su amistad, ayuda y apoyo invaluable; lo mismo para mi cuchu Maritza Maddox y Manu de Marte. ¡Son geniales!
Y ya saben... próximo miércoles nuestra siguiente cita.
Un beso y mil gracias por su compañía.
Cata
