¡EL OGRO HA REGRESADO!

¡A LEER!


Capítulo 23

Algo hizo que el sueño de Elizabeth Masen fuera interrumpido. Ya se había acostumbrado a la dura e incómoda cama y a todo tipo de pesadillas que por lo general la hacían despertar sobresaltada, eso que algunos llamarían cargo de conciencia, pero esta vez era diferente, esta vez una incomodidad en el entorno hizo que se diera vueltas durante el tiempo que estuvo inconsciente, hasta que cansada de luchar por el descanso, encendió la mesita de noche y se quedó mirando el cielo de su cuartucho.

Lo que Elizabeth no sabía era que su incomodidad se debía, probablemente, al hombre que hacía veinte minutos atrás, la observaba sentado en una esquina, camuflado por las sombras. Por eso, cuando oyó una risa siniestra se sentó rápidamente sobre la cama y estrechó los ojos hacia la esquina donde apareció el hombre que representaba su error más grande y su peor pesadilla.

―Ha despertado mi esposa.

La sonrisa macabra en el rostro, apenas iluminado de Liam, hizo estremecer a Elizabeth, que inmediatamente se cubrió con la sábana hasta el cuello.

― ¡Cómo diablos te dejaron entrar, si pusieron una orden de alejamiento!

― ¡Orden de alejamiento! ―se carcajeó divertido―. ¿Crees que eso me detendría?

― ¡Dime qué quieres, ha qué has venido!

―He tenido la gentileza de venir a avisarte que me vengaré por lo que hiciste ―descruzó las piernas y se levantó, caminando hacia ella―. Esa entrevista en la revistucha esa y tu declaración han sido una molestia y un dolor de cabeza para mis abogados. Lo que tú olvidaste, Elizabeth, es con quién estabas tratando. No con un pelafustán como los que acostumbrabas rodearte, sino con alguien con el suficiente poder para colarse en un dormitorio para viejas locas, vigilado por guaridas del estado.

― ¿Vienes a matarme? ―demandó Elizabeth fiel a su estilo, pasando por alto el tipo de hombre que la miraba como cuervo desde los pies de la cama―. ¡Pues hazlo de una vez y deja de hablar, que me molesta el sonido de tu voz!

―Elizabeth Masen, voy a mandarte a volar al otro mundo, pero cuando a mí, se me pegue la gana. Antes, vas a pagar aquí, en la tierra, cada cosa que tú y tu familia hizo conmigo…

― ¡Yo nada tengo que ver con las deudas que mi padre! ¡Apenas te conocía!

―Ame y odie a tu familia, tu apellido… ―dijo, ignorando la exclamación desesperada de Elizabeth. Hablaba mirando fijo hasta la cruz de madera que colgaba sobre la cabecera de la cama, como recordando el pasado, o como si estuviera declamando un poema―. Le rendí pleitesía a tu padre, el gran August Masen, y me manché las manos de sangre porque él me lo pidió, porque juró hacerme uno de los suyos, porque me ofreció el puesto del loco de tu esposo… Me esforcé por meterlo al manicomio y en un acto de humanidad, decidí dejarlo vivo, hundido en su locura. Pero tu padre apenas pudo, me lanzó de su lado, como un trapo sucio, olvidándose de sus promesas. Le juré me vengaría, y es eso lo que estoy haciendo… con cada uno de quienes llevan su apellido, partiendo por ti y tu nieto.

― ¿Hiciste todo lo que has dicho, simplemente para que mi padre concediera un lugar para ti en nuestra familia? ―preguntó rayando en la ironía, negando incrédula con la cabeza―. ¿Estás demente? Además, pienso que conocías muy poco a mi padre si pensabas que él aceptaría la aberración de que su única hija se casara con un hombre que fue su "sirviente" y que era veinte años menor que yo… ¡estás completamente loco!

―No, Elizabeth ―bajó sus ojos oscuros hacia la mujer y su mirada fue dura y amenazante, y su voz también había descendido al menos un tono― no estoy loco. Cumpliré mi juramento y acabaré contigo y con cualquier resquicio de la existencia de August Masen. Seré más poderoso de lo que él imaginó ser…

―Está bien, está bien, Liam, lo que tú digas…

Con una velocidad impresionante, Liam se movió de los pies de la cama hasta el costado de esta hasta que estuvo al lado de Elizabeth, agarrándole su cabello por la nuca, acercando su rostro al suyo. La mujer gimió de dolor y su pulso se aceleró, pero aun así no le dio el gusto a Liam de verla temblar de miedo, ni mucho menos rogar por clemencia. Clavó sus ojos en los del hombre furioso, desafiándolo, sin importarle nada, pues pensó la octogenaria mujer que si Liam la mataba, le haría un gran favor.

―Elizabeth Masen, vas a derramar sangre. Muy pronto y rogarás que te dé el beneficio de la muerte, pero para ello pasará el tiempo que yo estime conveniente… y te vas a arrepentir de todo lo que has dicho sobre mí. Lo juro ―la soltó bruscamente, sacudiendo su cabeza con el movimiento y tras enderezarse, se pasó una mano por la solapa de su chaqueta. Entonces su rostro ensombrecido y amenazante se esfumó, y en lugar de esto una sonrisa partió su rostro por la mitad―. Ahora, debes admitir que soy un buen hombre, porque he pensado en lo sola que te debes sentir aquí, con toda esa tropa de ancianos. Por eso he decidido traer vitalidad aquí para hacerte compañía. ¿No te hace ilusión?

―Estás demente, Liam ―gruñó entre dientes, pasándose la mano por su cabello del que habían caído unos cuantos mechones del moño que lo sujetaba.

―Entonces, mi querida esposa, nos volvemos a reencontrar muy, pero muy pronto ―caminó hacia la puerta y desde ahí se giró para lanzarle un beso en el aire a Elizabeth, a lo cual ella arrugó la cara con asco, provocándole carcajadas al demente de Liam―. Vuelve a dormir, querida.

Después de eso, Liam Patterson desapareció tras la puerta, dejando a Elizabeth confundida por aquello de la visita que iba a llevar para ella.

―Qué cosa se le habrá ocurrido a este imbécil… ―pensó en voz alta antes de apagar la luz de la mesita de noche y acostarse, a ver si conseguía dormir un poco.

Liam, que había decidido ir solo a visitar a su esposa, se subió al coche que dejó aparcado en la parte trasera del recinto, conduciendo por el camino de tierra en medio de la noche cargada de estrellas. Pensaba, mientras oía de fondo música de Puccini, en cómo iba dentro de poco a palpar el poder de la venganza entre sus manos. Cómo, y a pesar de que su principal víctima ya estaba bajo tierra, disfrutaría de la victoria y la saborearía.

Después de todo —meditó con satisfacción— el viejo Masen y sus herederos no fueron tan poderosos como para detenerlos. Mucho menos, inteligentes, porque ¿cuál de ellos iba a pensar en usar a una pobre minusválida para llegar a la cúpula de la empresa que deseaba? ¿Y cuándo iba a pensar el mismísimo Edward Masen que acabaría destruyéndolo, quitándole lo que él más amaba, a su mujer y a sus hijos?

―Manga de imbéciles ―y acelerando sobre los cien kilómetros por hora, fue dejando atrás el hospital para adultos mayores, donde regresaría dentro de poco con su nueva amiguita.

A esa misma hora, cuando el reloj aun no marcaba las cinco de la madrugada, Edward no había podido conciliar el sueño y con sigilo, saliendo de la cama de forma tal de no despertar a su esposa, se dirigió hasta el dormitorio de su hija, la que dormía plácidamente acurrucada con el buen Toddy, tu fiel compañero de felpa.

Se acercó hasta la cuna y se inclinó sobre los barrotes que la protegían de caerse, acariciando los rulos revueltos de su cabello, sonriendo al verla con su trompa estirada, como si estuviera lista para regalar un beso.

Se quedó durante un largo rato contemplándola, mientras una sensación amarga le recorría el esófago, como un presentimiento. Estaba deseando que ese "presentimiento" se tratara del final de toda esa batalla.

Esa noche, su equipo colaborador que incluía a sus abogados Rose, Emmett y James, a sus colegas Jacob y Garrett, a su padre y su hermana acompañada de su marido, concluyeron que después de todo lo recabado con la correspondencia de Benjamín y lo que Tyler alcanzó a grabar esa mañana cuando Liam lo visitó en su oficina, podrían ser pruebas que pusieran en sobre aviso a las autoridades de que ese tipo era un peligro.

Habían decidido ir aquella tarde a presentar una querella contra Patterson y a disposición de un fiscal las pruebas y una lista de testigos. Todo debería decantar más temprano que tarde y todo debería salir a favor de ellos, entonces ¿por qué él persistía en estar preocupado?

Las palabras que Tyler le dijo un día probablemente causaban que no se estuviera tan tranquilo con el desenlace.

"No hay que bajar la guardia. Liam actúa bajo el agua, sin levantar sospechas, por eso cuando se vea más tranquilo es probable porque esté preparando un próximo ataque"

Volvió a mirar a su hija, y por enésima vez juró que velaría por su bienestar, incluso por su vida si era necesario. Le revolvía el estómago que ese hijo de puta pudiera llegar a tomar lo que quería a través de alguno de los suyos, o de su hija, que fue lo que planeaba cuando el arma casas salió con la idea de decirle a Patterson que el hijo que esperaba su mujer, era suyo.

Se apartó y se agachó para recoger un conejo blanco de largas orejas, llevándoselo a la nariz para inhalar el perfume de su hija impregnado en el peluche, acercándose a la ventana, soltando un suspiro y esperando que sus temores no fuera sino eso, una simple suposición.

**oo**

Sacó de su vestidor el mejor de sus trajes, el que su asesora de modas hizo llegar para él de la última colección de uno de sus diseñadores favoritos de alta costura. Y es que sentía que debía enfrentar el día con lo mejor que colgara de su closet, pues ese día tomaría entre sus manos la victoria sobre el apellido Masen.

Se dirigió en compañía de su chofer hasta las dependencias de su empresa, con su rostro recién afeitado, fresco, no notándose en sus facciones que apenas había dormido un par de horas antes de enfrentar su día. Y es que no era para menos, se sentía excitado, ansioso, que deseaba que el tiempo pasara rápido. Le gustaba esa sensación de adrenalina que sus planes provocaban en su torrente sanguíneo, que el peligro le pisara los talones. Probablemente esa sensación fue la que lo impulsó a ensuciarse las manos en su juventud en nombre de August Masen, y aprender tanto de ello.

Y fuera de todo eso, esa mañana tendría una reunión con su hijo, a quien le enseñaría cuál sería su oficina y delinearía para él, el cargo sobre el que debía ponerse al frente. Su hijo sería su mano derecha, su principal colaborador, su cómplice, y él sería su mentor, el que lo direccionaría a seguir sus pasos y prepararse para quedar al mando de su imperio cuando él ya no pudiera.

―Señor Patterson, su hijo acaba de subir a su despacho hace unos cinco minutos ―le informó la rubia secretaria que lo aguardaba en la entrada del edificio. Liam sonrió encantado de saber a su hijo tan entusiasmado con la idea de ponerse manos a la obra allí.

―Perfecto ―Se giró hacia ella frente a la puerta del elevador―. ¿Recordó vaciar mi agenda para esta tarde?

―Por supuesto señor, y el coche nuevo que mandó a pedir estará acá a medio día.

― ¡Estupendo! ¿Sabe si es rápido?

―Esto… según su asesor, ese coche no corre, sino que vuela ―respondió la mujer un tanto titubante, pues si había algo sobre lo que ella no sabía, era de coches.

Aun así, a su jefe le gustó la respuesta, carcajeándose con esta cuando entró a su elevador privado que lo llevaría hasta la última planta para encontrarse con su hijo.

Cuando llegó arriba, saludó con un enérgico "Buenos días" a sus secretarias antes de entrar en su despacho y encontrarse a su hijo observando la vista desde los ventanales, de espalda a él, vestido completamente de negro.

― ¡Tyler, hijo mío! ―exclamó aplaudiendo una vez, enseñándole su sonrisa―. Estoy ansioso de verte todos los días por este lugar. He estado deseando esto desde hace mucho…

Tyler quiso rodar los ojos o reírse al menos, pero debía controlarse, no estaba ahí para ello. Recordó el teléfono dentro del bolsillo de su americana, el cual había puesto a gravar cuando una de las secretarias le dijo que su padre estaba subiendo hacia allí.

Esperaba esta vez, sacar más provecho de la grabación.

―Estoy dándote la oportunidad que me pediste viniendo hasta aquí. Estoy dándote un importante voto de confianza, incluso en contra de lo que mi madre me advirtió. Solo espero que me retribuyas de igual manera ―carraspeó y enderezó su columna, en tanto su padre alzaba el mentón y se erguía como orgulloso pavo real.

―Hijo mío ―caminó dos pasos hacia él hasta poner sus manos sobre sus hombros― desde hoy tendrás todo lo que deseas. Podrás hacer y deshacer a tu antojo, podrás palpar el verdadero poder entre tus manos.

―Por qué desde hoy ―demandó saber Tyler, cruzando los dedos de sus pies.

―Porque hoy se viene abajo el imperio Masen ―inspiró y se giró, apartándose de su hijo para acercarse a la estantería de licores. Podría haber concluido que era demasiado temprano para un trago, pero en realidad, nunca lo era. Cuando se lo sirvió, volvió a girarse y vio que su hijo se le acercaba, sin darle importancia a ese detalle―. Edward Masen y su tropa caerán y tú tomarás su lugar.

―No quiero tomar su lugar. No quiero ser el suplente de nadie.

―Es un tecnicismo. Ya sabrás por qué.

― ¿Por qué no me cuentas tus planes? Porque si dices eso que hoy caerá el imperio Masen, es porque tienes algo preparado para ellos.

―Y algo muy bueno.

― ¡Dímelo!

―No, hijo mío. Es mala suerte develar planes antes de ejecutarlos. Cuando esté en marcha, yo mismo me comunicaré contigo para hacerte partícipe ―golpeó el hombro de su hijo y pasó por su lado, camino a su escritorio, con Tyler siguiéndole los talones―. Advierte a Isabella que prepare sus cosas, porque mañana a más tardar las sacaremos de ahí. Dile que no habrá problema en recibir a la mayor de sus hijas también. Soy capaz de quererla como querré a mi nieto.

―Por Dios… ―protestó Tyler, pasándose las manos por su negro cabello.

―Espero que hayas sido inteligente y no le hayas contado nada ―advirtió Liam, estrechando su mirada oscura hacia su hijo―. Ella y su buen corazón pudieran flaquear y en un arranque de sinceridad, podría decirle todo a Edward y…

― ¡No voy a meterla en este asunto! Además, si Edward ya lo supiera… digo, si supiera cuáles son tus movimientos, ¿no crees que ya hubiera hecho algo? Se quedó tranquilo después de que lo sacaste de la cárcel y que te desvinculaste de Elizabeth. Eso lo dejó tranquilo ―mintió con desfachatez. Edward y su entorno estaban más atentos que antes.

―Tienes razón, tienes razón. Fue, después de todo, buena idea sacarlo de prisión para que se relajara. Debo admitir que he estado esperando su visita desde que salió en libertar, pero por lo que veo, ese hombre quiere olvidarse de mí.

―Si tú lo dices… ―murmuró, preocupado, frustrado de no haber podido sacar nada más en provecho del diálogo con Liam, pues enseguida cerró el tema y comenzó a pavonearse sobre lo rico y poderoso que era y de lo mucho que su poder se incrementaría a partir de ese día.

Pensó Tyler que debía enviar un mensaje o llamar por teléfono a Edward para ponerlo en alerta, porque algo significaban las palabras del hombre que sentado sobre su trono imaginario hablaba sin él ponerle atención. El joven arquitecto presentía que algo ocurriría ese día y él estaba dispuesto a averiguarlo.

**oo**

Carmen y Bella cuchicheaban a media voz en la salita de espera de las oficinas donde Damián, tenía sus oficinas principales. La pequeña Clary jugueteaba con Toddy sentada sobre las faldas de su madre, a la vez que degustaba una caja de bombones que su abuelo había hecho llegar para ella mientras les tocaba esperar. Lo habían pillado en una reunión importante que tenía que ver con la industria de chocolates de receta suiza. Un importante mercado estaba abriéndose para ellos y debía hacer negocios personalmente.

― ¿Tan pronto, tía? ―preguntó Bella a Carmen, que sonrió alzando se de hombros.

―Queremos hacerlo lo antes posible. Yo pensé que Damián simplemente me pediría que me mudara con él y ya, pero… ―volvió a alzar sus hombros― me pidió matrimonio de una forma muy poco convencional.

Damián le había pedido a Carmen que salieran la noche anterior para relajarse, y habían ido a cenar a un lujoso restaurante. Ella durante toda la comida lo notó nervioso, incluso costó que Damián hilara una conversación, por lo que Carmen se puso en el peor de los casos.

No había actuado como otras veces, diciéndole palabras románticas, recitándole sonetos inventados o piropeándola sobre lo hermosa que se veía con su cabello suelto y ese vestido azul que le sentaba tan bien; esta vez simplemente no tenía mucho tema de conversación, concluyendo que finalmente la salida para que Damián se relajara no había servido… quizás, pensaba Carmen con tristeza, él iba a pedirle un tiempo por todo lo que estaba pasando, por eso estaba tan inquieto.

Damián apenas pudo camuflar su tensión hasta que la dejó a Carmen en la puerta de su casa. Apenas se despidió con un beso en la mejilla y la dejó bajar sola para encaminarse a la casa. Ella pensó que quizás sería buena idea regresar a su viejo apartamento para no seguir molestando en casa de su sobrina.

Iba haciendo esos planes mientras caminaba hacia la puerta principal después de haber atravesado la verja de fierro, cuando a sus espaldas oyó el sonido de las suelas de un par de zapatos chocar contra el concreto, girándose bruscamente ella para ver de quien se trataba. Entonces vio el rostro descompuesto de Damián y su estómago se apretó.

―Carmen… esto… yo tenía algo que decirte, pero…

―Ya se ―susurró ella, a punto de despedirse de la que había sido su corta historia de amor―. Entiendo que con todo lo que está pasando quieras un tiempo, y está bien. Lo entiendo de verdad. Me apartaré… incluso he pensado en pedir mis vacaciones y viajar cuando esto haya…

― ¡¿Qué?! ―exclamó el pobre Damián, horrorizado―. ¡¿Quieres dejarme, justo ahora?!

— ¡Tú eres el que quiere hacerlo!

― ¡¿Quién, yo?! ―preguntó espantado―. ¡Dios, no!

Pero Carmen insistía en su punto, en su intuición. Simplemente no quería que él siguiera estirando el sufrimiento.

―No intentes quitarle importancia para que el golpe duela menos… simplemente dime adiós y…

― ¡No voy a hacer eso, Carmen! ―levantó la cabeza e inspiró un par de veces, regresando su mirada hacia la mujer―. Bien, voy a hacerlo como Bea me lo dijo: simplemente diciéndotelo.

―Habla de una vez, Damián ―susurró ella, abrazándose a sí misma.

―Yo… ¡Dios! Yo me siento como un adolecente desde que realmente te vi, ¿sabes? Traté de concentrarme en mis negocios porque siempre le cerré la puerta al amor después que Clarisse muriera… y luego llegaste tú, tan segura, tan independiente, tan hermosa, que ni mi corazón ni mi razón pudieron resistirse…

―Damián… ―lloriqueó ella con la mano sobre la boca. Entonces él se acercó y quitó la mano que cubría sus labios, y las tomó entre las suyas, apretándolas ligeramente.

―Sabes lo que significas para mí: una esperanza. Por eso me atreví a develar mis sentimientos hacia ti y me hizo feliz saberme retribuido de la misma forma por ti… pero no es suficiente. Por eso que quiero unir mi vida a la tuya desde la legalidad…

― ¿Qué cosa?

Damián volvió a inspirar y soltándole una mano a Carmen, buscó en su bolsillo hasta sacar la cajita negra, que abrió al momento que decía:

―Carmen, quiero que seas mi mujer, mi esposa y que comencemos de una buena vez nuestra vida juntos… quiero que te cases conmigo.

―Oh Dios… ―los ojos de Carmen se inundaron de lágrimas porque su sueño, el que pensó jamás se haría realidad, estaba concretándose frente a sus ojos. Iba a tener para ella un hombre que la amara y podría tener su propia familia.

― ¿Entonces…?

― ¡Dios, sí, claro que sí! ―exclamó y se colgó al cuello de Damián antes de unir su boca a la del hombre que la rodeó por la cintura.

Se apartaron de golpe cuando se oyeron varios aplausos a lo lejos, habiendo sido testigos de ese petitorio un par de guardias de seguridad y un chofer que fumaban a un costado de la casa.

Los pómulos de ella se sonrojaron cuando Damián deslizó el anillo de compromiso en su dedo y a continuación cuando besó su mano con devoción, antes de volver a atraerla hacia él desde la cintura de su futura esposa.

―Necesito que vayas mañana a mi oficina. Quiero que una asesora de bodas nos ayude a planearlo para dentro de dos semanas. Ya hablé con ella y…

― ¡¿Qué?! ¡¿Dos semanas?! ¿No es eso muy pronto?

―Yo te llevaría ahora donde un juez, pero es de noche y estaría durmiendo… ―dijo, medio broma medio en serio, haciendo sonreír de pura dicha a su Carmen, la que no podía más de felicidad.

Aquella mañana Carmen había soltado la noticia cual bomba durante el desayuno, provocando que Bella llorara de la emoción, mientras Edward torcía la boca y sacaba su teléfono, lamentándose que había perdido la apuesta con su hermana Alice, pues ella apostó un par de noches anteriores, que su padre no demoraría en ponerle el anillo en el dedo a Carmen. Ahora le debía un viaje a ella, su esposo y su hijo con todos los gastos pagados.

― ¿Tía? ―la movió Bella por el brazo cuando su tía se perdió en sus recuerdos.

―Perdona… creo que con dos semanas será suficiente. No queremos nada pomposo y nuestros invitados serán las personas que están siempre alrededor.

― ¡¿Pero dos semanas?!

―Isabella, no puedes decirme nada al respecto, te recuerdo que el loco de tu marido te pidió matrimonio el día antes que ambos contrajeran el sagrado vínculo.

―Es cierto ―sonrió Bella, recordando esa petición tan poco convencional que su ogro preparó para ella. Después miró a su tía y sonrió con ternura―. Me alegro que hayas encontrado a alguien como Damián. No podría ser de otra manera para ti.

Entonces la puerta de la sala de juntas se abrió y apareció Damián con tres caballeros más y su secretaria, dedicándole una genuina sonrisa de bienvenida a su novia y estirando los brazos hacia su nietecita que no demoró en montarse sobre su abuelito, sin importarle que los otros señores estuvieran observándoles tan divertidos.

—Esta dama es mi nietecita Clary ―presentó Damián a su nieta con los caballeros, girándose hacia las mujeres que lo esperaban a un costado de la sala―. Y ellas son Bella mi nuera y Carmen, mi prometida.

Los caballeros saludaron a las damas antes de retirarse y felicitar a los novios. Cuando quedaron solos, Bella Carmen y Clarisse entraron al despacho de Damián.

―Gracias por acompañar a Carmen, Bella, y por traerme a esta dama ―acarició el cuello de su nieta con la punta de su nariz, provocando que la niña se carcajeara―. Carmen y yo queríamos que estuvieras en todo lo concerniente con la boda. Alice se les unirá a medio día y Bea cuando salga del colegio. Intentó tentarme para que la dejara pasar de hoy en el colegio…

―Pues podrías haberla dejado ―comentó la novia.

―Sus obligaciones están primero, además después ella se les unirá.

―Eso es cierto ―apuntó Bella.

Lo que Damián no sabía, era que si él hubiera permitido a la menor de sus hijas faltar a la escuela ese día, habría quizás impedido o retrasado el macabro plan que Liam tenía entre manos.

**OO**

― ¿Entonces tenemos boda? ―preguntó Garrett, sentado al otro lado del escritorio.

La noticia del matrimonio de Damián y Carmen ya se había esparcido personalmente por el novio, que los invitaba a prepararse para asistir al enlace dentro de dos semanas.

―Es tercera vez que Damián se echará la soga al cuello…

―No creo que a Bella le guste oír que te refieres en esos términos al matrimonio ―bromeó Garrett― además, Carmen es una tremenda mujer, lo que Damián necesita.

―Sí, es verdad ―comentó el ogro, torciendo su boca. A él tampoco le gustaría saber lo que su demonio opinaría de eso―. Y debo reconocer que la extrañaré en casa… pero no le digas a nadie más que he dicho esto.

―Está bien ―sonrió Garrett, ya con su corazón en proceso de curación después que Kate, lo hiciera añicos, pensaba que iba a llegar un momento en que él también tendría la suerte de Damián.

Edward juntó sus cejas cuando lo interrumpió la vibración de su teléfono móvil, indicándole que había llegado un mensaje para él. Miró la pantalla y vio el nombre del arma casas en este, abriendo el icono de mensajería inmediatamente, encontrándose con un pequeño texto que hizo que la piel de su nuca se erizara.

― ¿Edward? ―preguntó Garrett, preocupado cuando vio el rostro de Edward leer el texto.

―Tyler advierte que algo se trae entre manos Liam. Que debemos resguardarnos.

― ¿Qué es lo que dice, exactamente?

― "Liam afirma que el imperio Masen y todos quienes lo conforman, caerán hoy. Creo tiene un plan que espero me lo diga para ponerlos en conocimiento. Pon al tanto al resto y resguárdense por cualquier cosa" ―cerró la aplicación y dejó el teléfono sobre el escritorio―. Mierda…

―Esto no es nada nuevo. Sabemos que Liam…

―Maldita sea, Garrett, tengo un muy mal presentimiento ―volvió a tomar el teléfono y le marcó a su esposa. Ella y su hija eran su principal preocupación, por eso apenas ella contestó, la ansiedad salió precipitada de sus labios― ¡Dónde estás!

― ¿Qué ocurre? Estamos en la oficina de Damián, viendo lo de mi tía y…

― ¡Joder! Dime que llevaste al chofer y que están seguras ―exigió el ogro, cubriéndose los ojos. Garrett en tanto sacaba su móvil y enviaba un mensaje a Jake, avisándole del "asunto".

―No salimos solas. David como siempre nos acompañaban, y fuera de la empresa hay más guardias ―aclaró, nerviosa por la ansiedad tan repentina de su marido― ¿Vas a decirme qué ocurre?

El ogro inspiró y lentamente soltó el aire, prefiriendo no poner en alerta a su mujer, a menos que fuera necesario.

―No… no pasa nada, demonio. Oye, ¿estás allí con Damián?

―Sí, él está cerca.

― ¿Puedes darme con él?

¿Nos vas a decirme antes qué es lo que sucede? ―insistió Bella, que conocía a su marido. Pero él, tozudo como era, prefirió seguir adelante con su decisión.

―Demonio curioso, te digo que no pasa nada. Ahora dame con él que tengo un asunto que hablar con él.

―Bien…

Después de un momento, fue Damián el que saludó desde el otro lado del teléfono.

―Hijo…

―Damián, Tyler se ha comunicado conmigo. Pero no quiero que preocupes a las mujeres.

―Entiendo. ¿Pero qué te ha dicho?

―Algo como que hoy, Liam hará algo para hacernos caer. Son mensajes muy crípticos, incluso para Tyler.

―Quizás está hablando por hablar, ya sabes cómo es…

― ¡No me importa! ―exclamó―. Dobla la seguridad, envía a las mujeres a casa e inventa algo para que no salgan de ahí. Me comunicaré con el resto de los muchachos y les pediré que comiencen con la demanda contra esta sanguijuela. Debemos poner a todo mundo de sobre aviso.

―Está bien, procuraré que todos estén bajo protección y me reuniré con ustedes a mediodía.

―Te espero.

Edward colgó y tiró su teléfono sobre la mesa antes de llevarse las manos a la cara y restregársela con frustración.

―Me comunicaré con Jacob para ponerlo en sobre aviso.

―Dile que lo espero aquí a mediodía. Ahora iré a ver a Emmett y Rose para que vayan hasta el juzgado a interponer la demanda, no voy a esperar más.

―Esperemos que solo sea una falsa alarma, Edward.

―No sé, Garrett. Esta vez creo que es más que eso… debemos estar preparados.

El ogro estaba tratando de pensar como el desequilibrado de Liam y pensaba que él podía usar sus contactos sucios para llegar a la empresa y tomar posesión de esta mediante cualquier mierda de excusa, o que quizás podría amenazarlos, a cualquiera de los socios, para que cedieran parte de ella. Puntualmente no sabía lo que ese tipejo haría ni a través de quién, ni siquiera Tyler pudo averiguarlo, cuestión que lo frustraba por la incertidumbre en la que estaban.

Y de alguna manera Edward no erraba en sus presentimientos.

Los planes de Liam habían sido cuidadosamente trazados para no ser él a quien perjudicara si las cosas no salían como él las había planeado, y pensaba darle al dueño de las industrias "Lux et Umbra" en donde más le dolía. Sería fácil que cediera a su "negociación", porque un padre es capaz de dar lo que sea por sus retoños, y seguro Damián no sería la excepción a la regla.

Sonrió, mientras su chofer y uno de sus hombres de confianza lo llevaban hasta destino, pues finalmente Elizabeth le había hecho un favor desligándose públicamente de él, pues no conseguirían asociarlo con este plan al que haría a ella responsable ante las autoridades.

"Pobre Elizabeth. La locura la llevará a cometer otro delito por venganza hacia Damián y hacia Edward" pensó, sonriendo con malicia.

El coche se estacionó a una cuadra de la entrada principal de la escuela que Liam el día anterior había visitado. Otro de sus coches lo esperaba ya en la cuadra que colindaba con la salida trasera, el que llevaría de paseo a la pequeña Beatriz.

Miró la hora en su reloj de oro blanco y, según lo que recordaba del día siguiente, ese sería el momento en que los pequeñines saldrían a su merecido recreo, por lo que era el momento de entrar.

―Ya saben, espérenme aquí y estén atentos por cualquier cosa ―dijo a sus hombres antes de abrirse él mismo la puerta para salir del auto.

―Como ordene, señor ―respondieron los dos hombres al unísono, antes que el jefe descendiera del coche.

Caminó muy campante, con sus gafas puestas y su barba de dos días cubriéndole su rostro, hacia la entrada y meneó la cabeza cuando no vio a ninguno de los guardaespaldas de la pequeña de punto fijo en el lugar. Había sopesado la opción de encontrarse con uno de los hombres que custodiaba a la niña allí, y había hecho un plan para distraerlo, pero al parecer, las cosas iban a ser más fáciles de lo que pensaba.

Cuando llegó a la puerta, el hombre que lo recibió el día anterior le costó reconocerlo hasta que Liam bajó sus gafas oscuras y lo miró por sobre estas, sonriendo el portero y abriéndole la puerta enseguida para hacerlo pasar.

Liam lo saludó con exagerada amabilidad y le contó a lo que iba.

―Tengo un encuentro concretado con la señora directora.

―Uhm… ella no avisó de nada.

― ¿Podría ir y decirle que estoy aquí? Yo estaré dando vueltas, si eso no es un problema…

―Yo… no sé…

―Hombre, sería un secreto, al menos yo no se lo diré a nadie ―guiñó un ojo y de su bolsillo sacó un fardo de billetes que metió directamente en el bolsillo del overol del hombre, que se quedó mudo y le sonrió en agradecimiento.

Diciéndole que estaría por ahí pululando mientras él lo anunciaba con la directora, Liam caminó tranquilo pero con paso decidido por uno de los pasillos el cual estaba hecho de concreto y ventanales que daban una vista amplia hacia el patio donde se dirigía y donde pudo ver apenas uno que otro estudiante dando vueltas por ahí.

Al parecer, el recreo se había adelantado cinco minutos, pues la mayoría estaba ya dentro de sus aulas. Torció la boca con frustración, pero enseguida se dio cuenta de una minusválida que leía un papel entre sus manos y sonreía.

Una sonrisa similar a la de la niña apareció en el rostro de Liam, que comenzó a caminar hacia ella, inspirando profundo, listo para actuar. Caminó un poco más rápido, sabiendo que no podía perder mucho el tiempo, hasta que salió al aire libre para encontrarse con su nueva pequeña amiga.

― ¡Beatriz!

La adolecente se sobresaltó, alzando su rostro y mirando al hombre que le sonrió mientras se quitaba las gafas oscuras, al que reconoció del día anterior. Rápidamente guardó la que parecía ser una carta de amor, al costado de su silla de ruedas, y saludó educadamente al señor.

―Hola.

― ¿Te habías olvidado de nuestra cita? ―preguntó él, siempre tratando de parecer amigable.

Beatriz torció su cabeza y se rascó el cuero cabelludo, arrugando sus cejas. La visita del hombre, aunque extraña, le pareció intrascendente, por lo que no estaba en el lado de su disco duro que albergaba sus recuerdos importantes.

―Uhm… no… más o menos.

― ¿Pero me recuerdas de ayer, verdad? ¿De lo que hablamos y todo eso…?

Ese tono divertido molestó a la hermana menor de Edward Cullen, que sacó a relucir el carácter que al parecer, era semejante al de su hermano.

―Que esté en silla de ruedas no significa que sea tonta o que tenga problemas de memoria.

―Oh… ―no pudo decir más ante el arranque de la niña, que parece tenía su carácter. Quiso reírse, pero eso hubiera empeorado las cosas. Además el tiempo estaba corriendo, debía ponerse manos a la obra―. Bueno pues, ¿Me acompañas hacia el gimnasio?

―Me dijo que vendría con su nieto ―recordó ella.

―Y así es. Entró por la puerta que ayer me mostraste, por donde van a meter el equipamiento que doné. ¿Vienes? Mi nieto quiere conocerte, se entusiasmó mucho cuando le hablé de ti.

Beatriz dudó un poco, pero finalmente accedió a acompañar al hombre, que a toda velocidad la sacaba del patio, ahora casi vacío, hacia el sector del gimnasio principal. Cuando estuvieron allí, a Beatriz le pareció extraño que él siguiera de largo, pasándose de la entrada principal, empujando la silla con más rapidez de lo habitual. Quiso poner el freno a sus ruedas estas sobre el movimiento cuando iba a intentarlo, fue el mismo hombre quien las apartó

― ¡Ey! ―exclamó con enojo, mirando hacia atrás―. ¡La puerta de entrada al gimnasio estaba por ahí!

―Ya lo sé, pero hay alguien que nos espera por la entrada trasera…

― ¿Su nieto?

El nieto de Liam estaba desarrollándose muy rápido o simplemente el hombre que empujó la débil y vieja puerta de madera de metro noventa de estatura y cuerpo macizo, no era el dichoso nieto inválido del que él le habló. El pánico se situó en la boca del estómago de Beatriz cuando lo vio acercarse hacia ella y sujetarla con fuerza desmedida por el antebrazo.

― ¡¿Qué… qué…?! ―Beatriz no alcanzó a decir más, cuando el tipo alto y vestido de negro puso sobre su boca un pañuelo empapado de algo que olía como ácido, levantándola en vilo sobre la silla a medida que ella poco a poco perdía la conciencia, mientras otro hombre aparecía en escena y tomaba la silla de ruedas, la desdoblaba y a toda velocidad la sacaba del lugar.

Y mientras eso sucedía, Liam regresaba al patio por el pasillo desierto de ojos indiscretos que pudieran haberle chafado los planes, rumbo a la oficina de la directora para tener una charla con ella. Se encargó de mirar hacia todos lados mientras caminaba, y se sintió satisfecho pues su pequeño paseo no había levantado sospechas.

Como la vez anterior, llegó ante la secretaria de la directora y la saludó con esa voz profunda que usaba para seducir a las mujeres. La chica se sonrió y se levantó de su asiento, invitando al invitado a seguirla a la oficina de la directora, quien la esperaba.

―Señor LaVey, que gusto volver a verle ―lo saludó la principal de la escuela, tendiéndole la mano y usando el apellido que Liam inventó para despistar.

―Gracias por recibirme sin una cita previa, pero me urgía hablar con usted ―se sentó en el lugar que la mujer le indicaba, al otro lado del viejo escritorio y exponía su asunto sin rodeos―. Me temo que la inscripción de mi nieto tendrá que esperar una semana al menos. Debemos viajar al extranjero de forma urgente y no regresaré hasta dentro de cinco o seis días. Es un asunto familiar imposible de eludir.

―Yo entiendo, señor LaVey ―respondió la mujer, escondiendo su decepción.

―Pero me gustaría que asegurara un puesto para mi pequeño, y mi intención de hacer el donativo sigue en pie, por supuesto.

― ¿De verdad?... Digo… ―se retracto con vergüenza―. Claro… yo prepararé todo para la llegada de su nieto cuando usted lo considere pertinentes.

―Le haré llegar con mi asistente los documentos necesario para la inscripción mañana mismo― entonces Liam se volvió a levantar y la mujer lo imitó, un poco confundida, tirándose la chaqueta de su traje de dos piezas negro―. Y disculpe que mi visita sea tan corta y rápida, pero debo cubrir asuntos importantes antes de viajar.

―No se preocupe. Por favor, vaya tranquilo y visítenos cuando esté de regreso.

―Muy amable de su parte, señora ―dijo, extendiendo la mano a través del escritorio que lo separaba de la mujer. Sonrió y sin más preámbulo, salió de la oficina.

No se tomó el tiempo de despedirse de la amable secretaria, poniendo las gafas sobre sus ojos antes de salir por la puerta principal, dirigiéndose a su coche, cuyo motor ya estaba en marcha cuando él lo abordó.

Cuando se puso en marcha, sacó su móvil del bolsillo y le habló a uno de sus importantes contactos que esperaban sus órdenes desde el lugar donde recibirían a la pequeña Beatriz.

―La chiquilla estará dopada un buen rato, así que manténgala en una de las habitaciones bajo la custodia de mis hombres. Cuando despierte, la moverán hacia el sótano donde llevarán a Elizabeth para hacerle compañía.

―Está todo listo. ―respondió la voz masculina al otro lado.

―Al anochecer estaré por allí, quizás antes, pero te confirmaré ―informó con voz rotunda―. Y por cierto, tu dinero por este favorcito ya está en tu cuenta.

―Gracias. ―Y sin más, la línea telefónica se cortó. Fue entonces que Liam suspiró, echando la cabeza hacia atrás, afirmándola en la reposadera, sintiendo el éxito moverse por sus venas, después que la primera y más importante etapa de su plan estuviera cumplida.

Esperaba que por la noche, cuando se comunicaran con papá Damián, este ya estuviera demasiado desesperado para entregar lo que él quería.

Media hora más tarde, una profesora ingresaba a la oficina de la directora para ponerla en conocimiento de una situación irregular.

― ¿Qué se escapó, dice usted? ―preguntó incrédula la directora, quitándose sus lentes.

―Después del intermedio, Beatriz no regresó a la sala, señora directora ―explicó la profesora con voz potente, cruzando sus brazos sobre el pecho, sin dar señales de estar preocupada. Para ella, todo los niños en la etapa adolecente eran unos diablos con las hormonas en desorden, por eso que se escaparan de las clases no era para ella una novedad.

―Pero… pero el portero la hubiera visto… ―intentaba hallar una explicación, pero la profesora expuso sus puntos que para ella eran irrefutables.

―Si un alumno intenta escapar, es porque lo hizo evadiendo la seguridad o usando alguna salida no convencional.

―Pero estamos hablando de Beatriz.

―Para mí no hay diferencia. Ella es una chiquilla como cualquier otra, y no creo que la silla de ruedas haya sido un problema.

― ¡Dios mío! ―se masajeó la sien, sintiendo el creciente dolor de cabeza que se le avecinaba—. No pensaba que Beatriz fuera capaz de algo como esto…

―Insisto, a mí no me extraña. Es más, creo que es muy probable que se escapara con algún noviecito y más tarde, antes de acaba la jornada, tuviera la intención de regresar, pues sus cosas quedaron en la sala de clases.

La directora arrugó la frente y frotó el dedo índice contra la barbilla. Eso era extraño.

―Si ella se escapó, no tenía razón de ser que dejara sus cosas…

―Una treta para despistar ―insistió la adusta profesora.

―Bien, enviaré a registrar el colegio ―levantó el auricular de su teléfono de escritorio para comunicarse con un par de inspectores―. Por favor, profesora, envíeme a las tres niñitas más cercanas a Beatriz para hablar con ella, quizás sepan algo de esto. Luego me comunicaré con su padre.

―Dudo que hablen, pero haré lo que me pide.

Cuando las niñas amigas de Beatriz llegaron a la oficina, traían cara de preocupadas e insistían en que la teoría de la profesora no era verdad. Beatriz no era una niña que hiciera ese tipo de cosas, y nada tenía que ver su condición de minusválida.

—Le juro por Diosito que ella no tenía planes de escapar… ―dijo una de las niñas.

―Estaba entusiasmada porque habló de reunirse después de la escuela con la novia de su padre, para ayudarla con algo sobre la boda… o algo así ―advirtió otra de las amigas―. No se escaparía porque eso significaría que su papá la castigaría y no la dejaría intervenir en los preparativos.

Entonces, y después del dialogo con las niñas y que la búsqueda por el colegio haya sido infructuosa, la directora advirtió que debía comunicarse con el apoderado de la niña y ponerlo al tanto de la situación.

― ¡Ay, Dios mío! ―exclamó, levantando el auricular, para comunicarse con el señor Damián Brandon y ponerlo a tanto de lo ocurrido.

**OO**

―Tyler no se ha movido de la empresa del tipo ese. Él ha estado en reuniones y en la tarde quedó con él, porque le contaría uno de sus planes ―advirtió Emmett al resto de los caballeros que rodeaba la mesa ovalada de la sala de juntas en el edificio de "Lux et Umbra"―. Todo mundo está atento.

― ¿Y la demanda…? ―quiso saber Jacob, mirando a Rose, la única mujer que destacaba en el grupo.

―Ya se entregó el oficio en fiscalía. Ahora está en curso y dentro de los próximos días se le serpa notificado a Liam sobre lo que hemos hecho contra él. Con suerte, más trapos sucios que ese imbécil ha escondido, comenzarán a salir a la luz.

―Y creo, y aunque Edward gruña ―intervino Garrett― debemos tomar el ejemplo de la vieja urraca y dar algún tipo de entrevista sobre lo que ha pasado, tanto con la vieja como con el tipo este. Que se hagan públicos nuestros presentimientos es un punto a favor si Liam intenta hacer algo.

―Creo que puede ser una buena estrategia ―concordó Damián, mirando a su hijo, quien arrugó la boca y desvió la mirada hacia otro lado―. Hablaremos con el encargado de relaciones públicas y discutiremos con él si es prudente hacerlo, y de qué forma abordarlo.

Damián arrugó la frente cuando sacó su teléfono móvil del bolsillo, respondiendo la llamada de su secretaria. Se disculpó con el resto y se levantó de la mesa para contestar.

―Señor, la directora del colegio de Beatriz necesita hablar con usted. Es por un tema urgente.

― ¿No te dijo de qué se trataba?

Me dijo que era algo delicado, fue todo.

Damián inspiró y pensó sobre qué diablura se le había ocurrido a su hija adolecente justo en ese momento. Ya se la imaginaba sentada esperando en la oficina de la directora después de haberle rogado que no se comunicaran con él. Dios, pero lo iba a oír si se trataba de alguna falta. La castigaría de por vida.

Sin esperar más, marcó al número del colegio mientras se la imaginaba respondiéndole a algún profesor por algo que ella consideraría una injusticia, o defendiendo a alguno de sus compañeros, sin importarle que eso la metiera en líos. Pero no se imaginó lo que la directora le comunicaría a continuación.

Después de decir quién era, pidió lo comunicaran con la directora, la que lo saludó con temblor en la voz.

Señor Brandon, lamento interrumpirlo… ―dijo la mujer.

―Usted dirá, qué pasó con Beatriz ―arrugó la frente y metió la mano desocupada al bolsillo de su pantalón, en espera de oír a la señora directora.

―Ocurrió una situación poco habitual, me temo. Le cuento: después del intermedio cerca de mediodía, Beatriz no regresó a la sala de clases, y la profesora advierte que ella puede haber pasado de la clase, escapándose.

Después de uno o dos segundos en los que Damián se quedó en silencio, procesando la información, preguntó con incredulidad:

― ¿Me está diciendo que Beatriz escapó del colegio?

—Es una teoría.

― ¡¿En teoría?! ¡¿Qué quiere decir con eso?!

Ejem… señor Brandon, ¿No sería mejor que lo discutiéramos aquí?

―Dígame una cosa ―insistió preocupado y con la voz tensa―. ¿Y esto…hace cuánto ocurrió?

―Como le digo, presumimos que fue cerca del mediodía por lo que habrán pasado unos cuarenta minutos desde entonces.

― ¡Por vida de Jesús!

―Lo extraño es que las cosas de su hija siguen en la sala de clases, por lo que se presume que ella regresaría antes del final de la jornada…

―Beatriz no haría algo así ―murmuró tanto para sí como para la mujer al otro lado de la línea. Él conocía a su hija, y sabía que ella no haría una estupidez como esa.

También me cuesta creerlo, señor, pero debemos ponernos en todos los casos, y que una alumna arranque de clases, es algo habitual ―explicó la mujer, pero para Damián esas explicaciones no lo satisfacían.

―Deme veinte minutos y estoy allá. Comuníquese conmigo sobre cualquier cosa que sepa de aquí hasta que yo llegue, por favor.

―Aquí lo espero.

Colgó y se giró lentamente, encontrándose con Edward justo detrás de él. Damián se llevó una mano al pecho y un dolor extraño lo atravesó, mientras su respiración se hacía más pesada. Una sensación terrible y escalofriante lo sofocaba, sensación que se negaba a aceptar.

― ¿Qué sucede con Beatriz? ―preguntó Edward mirando los ojos de su padre, que poco a poco comenzaron a ponerse cristalinos. No le pasó desapercibido el temblor en su voz ni en sus manos, que agarraban fuertemente el aparato móvil.

―La directora… la directora dice que ella escapó del colegio. No regresó a la sala después del recreo…

―Quizás se unió a las chicas ―intervino James, acercándose a ellos ―con esto de que estaba entusiasmada con los preparativos de la boda. No se aguantó esperar…

Y mientras James trataba de buscar una explicación lógica, Damián volvió a mirar a su hijo… y entonces lo supo. La amargura y su instinto de padre le dijeron que su hija efectivamente no se había escapado como la directora aseguraba, sino que ella estaba en peligro. Entonces no aguantó más y se derrumbó frente a Edward que tuvo que reaccionar rápido para sujetarlo y que no se estrellara contra el piso. Los demás hombres se levantaron al unísono y rápidamente para ayudarlo, mientras Damián comenzaba a sollozar.

―¡Mi niña…!¡Dios mío, mi niña… no mi niña, por favor, no mi niña…!

― ¡Damián, Damián! ―le hablaba Edward, con su rostro muy cerca del de su padre, que parecía estar en shock―. ¡Papá, papá, escúchame!

―Mi niña… ―seguía sollozando él, con sus rodillas sobre el piso, ignorando a Edward, meneando la cabeza. Fue el mismo sentimiento de años atrás cuando le llamaron para informarle del accidente de su niñita, la misma sensación desasosiego y desesperación de entonces sentía en ese momento―. Mi niña está en peligro, lo sé…

―Iremos a ese colegio y nos cercioraremos de la información. Y no daremos nada por sentado hasta que…

― ¡No tengo que dar nada por sentado, Edward! ―gritó de pronto, quitando de en frente el vaso de agua que Rose se había apresurado a llevar para él―. ¡Mi hija está en peligro, lo sé, lo sé!

― ¿Creen… creen que Liam tiene que ver con esto?

La pregunta de Jacob los dejó a todos pasmados. Era imposible, al menos para ellos, pensar en alguien que quisiera salirse con la suya a través de una niña. Pero había muchos dementes sueltos por ahí, como Liam Patterson, entonces supieron que no había más tiempo que perder.

―Hay que movernos entonces. Ahora ―Dijo Garrett, ayudando a levantarse a Damián― Edward, James y Jacob, acompañen a Damián al colegio. Pidan ver cámaras de seguridad y hablen con la gente que pudo haber visto algo. Rosalie, Emmett, y yo nos comunicaremos con la policía de investigaciones para poner en aviso del hecho, después nos comunicaremos con Tyler, lo pondremos al tanto y le pediremos que haga lo que sea para confirmar lo que Damián presume…

―Dios, espero que no sea así… ―lloriqueó Rosalie abrazada a su marido, que estaba tan consternado como su esposa. Pero Garrett tenía razón, debían comenzar a moverse rápido antes que más tiempo siguiera pasando.

Cuando llegan en tiempo récord al colegio, Damián parecía estar en shock pues poco habló durante el tiempo en que él y sus acompañantes estuvieron en la sala de reuniones de la escuela, con la directora, la profesora y un inspector general de la escuela. Tuvo Edward que tomar las riendas del asunto.

― ¡¿Me está diciendo, asegurándome que una niña cuyo comportamiento es intachable, igual que sus notas, y que además es destacada en una actividad deportiva de este colegio, se escapó, así como así?! ―preguntó, mirando a la profesora que había informado a la directora sobre el asunto. Ella era una mujer seria, que rayaba en lo ruda, pero tener a este hombre, al que conocían como el ogro Masen, frente a ella y en todo su esplendor, la dejó a ella como una pobre e indefensa gacela.

―Ejem… si me permite, mis años de educadora me confirman que esto es habitual…

― ¡Es habitual en alguien con otro tipo de comportamiento! ―rebatió el ogro, rojo de ira―. Lo que aquí sucede, es que mi hermana está desaparecida. Que alguien pudo haber entrado a este lugar y pudo habérsela llevado frente a sus ojos. Y claro, qué mejor que plantear esta estúpida teoría para quedar libre de culpas.

― ¡Es imposible que alguien entre sin ser registrado o anunciado por el portero! Menos que se inmiscuya en las dependencias del colegio sin la compañía de alguien ―explicó el inspector general, a quien también le temblaba la voz.

― ¡Que traigan al jodido portero, ahora! ―demandó Edward, encargándose el mismo hombre de salir hecho un bólido a buscar al encargado de la portería. Se acercó entonces Edward hasta Damián, que estaba sentado y en silencio, mirando un punto fijo en el suelo. Se inclinó y pudo una mano sobre su hombro, apretándole ligeramente―. La encontraremos, ya verás.

Damián sacudió casi imperceptiblemente la cabeza y levantó sus ojos hasta su hijo, deseando con todo su corazón creer lo que él decía, de lo contrario se volvería loco y acabaría muriendo de la pena.

Al llegar, lo primero que hicieron fue registrar el bolso de Beatriz que se había quedado en la sala, para ver si encontraban algo, pero nada. Incluso su teléfono celular estaba ahí en silencio, encargándose James de revisarlo y ver si había algo allí que los pudiera ayudar, pero nada. Este mismo recibió una llamada de Garrett cuando esperaban el arribo del portero:

― ¿Todavía nada?

―No ―se apartó y bajó la voz―. Y para empeorarlo no hay cámaras de seguridad que se puedan revisar. Las del patio estaban fuera de servicio desde inicio de semana. Y nadie vio a Beatriz salir por ninguna parte. Es como si se hubiera hecho humo.

― ¿Quizás esté dentro del establecimiento aún?

―No lo creo, han dado vuelva el lugar. Incluso lo hicieron por segunda vez cuando Edward se los ordenó, después de amenazarlos con una demanda.

Mierda… ¿Y Damián?

―Está en shock o algo así ―dijo, mirando por sobre su hombro al hombre que lo había criado como hijo, con la vista perdida y el dolor evidente de un padre desesperado―. El pobre no ha reaccionado a nada.

― ¡Dios mío! Por cierto, una patrulla de la Policía de investigaciones va para allá.

―Bien, te dejo ahora ―dijo, cuando el hombre de edad media vestido con un overol, entraba al cuarto.

Comuníquense con nosotros por cualquier cosa, por favor.

―Seguro.

El hombre se paró frente a la mesa, y miró a Edward, que era como toro furioso, cruzado de brazos esperando una explicación. Pero antes que él pudiera hablar, de la boca de la profesora salió una desafortunada frase que hizo aumentar la indignación de Edward:

―Él es hermano de la niña que se arrancó de clases…

― ¡No vuelva a decir que Beatriz se arrancó de su jodida clase, porque pondré una demanda tan grande en su contra, que no podrá seguir ejerciendo en ninguna parte!

―Ejem… Edward, por favor ―intervino James, dirigiéndose hacia el hombre―. Creemos que Beatriz fue sacada por alguien desde este lugar, ¿usted puede decirnos si alguien sospechoso entró al recinto?

―La directora recibe visitas de apoderados y otras personas todos los días. Cada uno es registrado, nadie entra sin autorización.

―Ahora ―James se dirigió hacia la directora, aun temblorosa por el arranque de Edward― ¿puede decirme si este hombre está dentro de las visitas que usted recibió hoy?

La mujer miró la pantalla del teléfono y pestañeó. El hombre de la fotografía le resultaba familiar…. Pero había algo diferente… la barba.

―Es el señor LaVey. Vino por matrículas para su nieto… que también es discapacitado…

― ¡Por un jodido Cristo! ―exclamó Edward, cubriéndose la cara con las manos.

―Ayer vino y quiso recorrer las instalaciones para cerciorarse de que estaba en condiciones para recibir a su hijo. Le expliqué que aquí había otros niños con discapacidad que se movían sin problemas por el establecimiento cuando… ―la mujer dejó de hablar cuando recordó el día anterior, cuando ella lo llevó al patio y ese hombre, el señor LaVey, puso los ojos sobre Beatriz.

"OH, Dios mío"

― ¡Diga lo que sabe! ―le gritó Edward, a punto de perder los estribos.

―Él se acercó y saludó a Beatriz. Ayer ―respondió con voz temblorosa.

Damián se levantó y miró a su hijo con desconsuelo. La confirmación de que ese hombre le había puesto las manos encima a su hijita, lo sacó de su estado de entumecimiento.

―¡Entérese de una cosa, señora! ―exclamó Damián, mirando a la directora―. Ese tipo jamás ha tenido un nieto discapacitado, ni mucho menos lleva el apellido LaVey. Ese tipo es un demente que usó a mi niña para… Dios, ni siquiera puedo decirlo.

Edward se acercó a su padre para apoyarlo cuando este bajó la cabeza y cerró los ojos fuertemente, soportando el dolor que le provocaba todo eso.

―Ahora, señora directora, es evidente que Patterson, o LaVey como lo conoce usted, está detrás de la desaparición de Beatriz ―habló Jame, tratando de mantener a raya la preocupación evidente por Beatriz, a quien quería como hermana―. La Policía de Investigaciones está de camino y necesitamos que usted relate los hechos como ocurrieron acerca de la visita de ese tipo.

―Claro, claro, colaboraré con todo ―respondió ella, mirando al abogado y luego a Edward y a Damián, dirigiéndole al padre de las niñas las siguientes palabras―. No es poco común que alguien venga a ver vacantes para el colegio, ni menos que pida recorrer las instalaciones, siempre en compañía mía o de alguien más, y no es hasta que la inscripción del alumno se concreta que confirmamos las identidades de los apoderados. No tenía cómo saber que ese hombre mentía sobre lo que decía. Por favor, perdóneme.

―Pero debe de haber ingresado hoy antes de hablar con usted. Si las cámaras de seguridad hubieran estado funcionando, podríamos confirmarlo ―rebatió Damián, molesto y dolido.

―La reparación del sistema de vigilancia demora al menos 10 días ―explicó ella, defendiéndose.

―Está bien, está bien, ahora no vale la pena discutir con eso. ―James miró a Edward― Comunícate con Tyler y ponlo al tanto, después retírense a la empresa con los muchachos. Yo me quedaré aquí para cerciorarme de que todo se haga correctamente con las declaraciones.

―Me quiero quedar si Beatriz aparece o… ―Damián cubrió su boca y sus ojos se llenaron de lágrimas. Edward tragó grueso y se acercó a él, poniendo una mano en su espalda.

―La traeremos de regreso, con cada pelo en su cabello, papá, y haremos que ese demente pague por lo que está haciendo. Ya vas a ver.

―Dios quiera, hijo…

**OO**

Tyler entró corriendo al baño privado que había dentro de la oficina que según Liam, sería la que ocuparía en adelante. Se dejó caer de rodillas frente al sanitario, y alzando la tapa, expulsó toda la comida, producto de las náuseas que le provocó el llamado de Edward.

Asco, eso era lo que sentía. No era posible que el tipo que lo engendró fuera capaz de hacer semejante barbaridad por obtener más dinero y poder, y por salirse victorioso de una venganza que no tenía razón de ser. Una vez más sintió repugnancia por la sangre de ese hombre que corría por sus venas y una vez más sintió tanto miedo de en un futuro convertirse en alguien como él.

Cuando estuvo repuesto, dentro de lo que podía, se levantó del suelo, enjuagó sus boca, lavó su cara y tras secarla, salió derecho rumbo a la oficina de Liam, a quien se encontró hablando por teléfono en un idioma que él no conocía. Mientras esperaba que terminara, se quedó de pie, observándolo, y gritándole mentalmente lo mucho que lo despreciaba y lo avergonzado que estaba de llevar sus genes. Apenas lo toleraba, pero esperaba que ese tiempo que estaba pasando junto a él por razones de fuerza mayor, acabaran pronto pues él ya no lo soportaba.

"Te odio, Liam Patterson".

― ¡Hijo mío! ―exclamó y se levantó, sonriendo como si nada―. Tenemos que salir, tengo algo que mostrarte.

―De qué se trata ―preguntó con algo más de tirantez en la voz.

―Se trata de los Masen, ¿estás listo para ver cómo cae esa familia? ―le guiñó el ojo y al pasar por el palmeó su brazo, invitándolo a que lo siguiera. Tyler así lo hizo, caminando detrás de él y sacando su teléfono, poniendo a funcionar el ícono de la grabadora de voz―. Tengo un valioso tesoro de los Masen, por el que no escatimarán en gastos a la hora de negociar con ellos para recuperarlo.

―Estás muy seguro de ti mismo ―respondió ganándose junto a él en el elevador por el que descendían.

― ¡Claro que sí! ―asintió Liam con entusiasmo, mirándolo por el reflejo de la puerta de metal―. Tengo todo cubierto. Cuando estemos allá te contaré los detalles de mi plan.

Entonces Tyler supo que dentro de poco vería a la niña, el mismo tiempo que Liam demoraría en develar su plan, plan que él interceptaría.


Ya casi se nos va el ogro, damas.

A todas que han comentado siempre con buena onda y respeto, mi más sincero agradecimiento. A las que han acompañado esta historia con altos y bajos desde el inicio y a quienes se fueron acoplando en el camino, gracias también. Se les quiere y se les agradece con todo el corazón que sigan aquí. Espero que sigan acompañándome en lo que ya viene pronto una vez le digamos adiós al Ogro Masen.

A mi equipo, el de siempre: Gaby Madrzi, Maritza Maddox y Manu de Marte, todo mi amor por su amistad y poyo incondicional. Sumo además a doña Yenny Arias por sus iniciativas y su tremendo apoyo. ¡Ya eres parte del equipo, nena!

Nos volvemos a leer la otra semana y atentas a las novedades en el grupo de facebook.

Besotes a todas.

Cata!