¡ÚLTIMO CAPÍTULO!

DIGAMOS ADIÓS AL OGRO!

Capítulo 25

Cuando Gianna abrió la puerta de su casa, una radiante sonrisa iluminó su rostro. A ella, como a toda buena dueña de casa le encantaba recibir visitas, pero esta vez se sentía honrada de recibir una vez más al señor Masen en su humilde casa, esta vez acompañado de su esposa y su pequeña hijita a quien él mismo traía cargando en sus brazos.

Había pasados apenas dos días después de los últimos hechos y todo aún estaba delicado de abordar, sobre todo por parte de Tyler a quien le había tocado la parte más fea y que lo había dejado en una especie de shock, recluyéndose en su casa. Necesitaba el resguardo y la seguridad que ese pequeño hogar le otorgaba y el amor incondicional de su madre, la misma que lo incentivó a ayudar a Edward y los suyos para cuidarse de los pasos de Liam, ahora muerto.

― ¡Pero qué grata sorpresa! ―exclamó, abriendo la puerta del todo para invitarlos a pasar. Edward se reacomodó a su hija en los brazos y sonrió en disculpa―. ¡Pasen, pasen por favor!

―Esperamos no importunar, pero no queríamos dejar pasar más tiempo.

― ¡Nunca importunarían! ―rebatió ella a las disculpas de Edward, dedicándole una caricia a la pequeñita que miraba a todos lados con curiosidad―. Ellas deben ser su esposa y su hija.

―Sí, ella es Bella, mi mujer y Clarisse, mi hija.

―Encantada, señora ―dijo Bella, extendiéndole la mano a Gianna antes que esta la invitara a pasar a la sala de la casa donde antes ella ya estuvo, sin haber tenido la oportunidad de conocer a la madre de Tyler, de quien Edward le habló maravillas.

Era una mujer hermosa, pensó Bella mientras se ubicaba en el sofá, mirando su atuendo sencillo pero bien cuidado al igual que su rostro aun lozano. Su cabello era tan negro como el de su hijo, heredando Tyler también el cristalino color de sus ojos.

―Nos urge ver a Tyler, saber cómo está ―dijo Edward, sentándose en el sillón, mientras su pequeña hija se escabullía de sus brazos y comenzaba a recorrer aquí y allá dentro de la sala, bajo la atenta mirada de su madre―. No quisimos molestarlo ayer porque imaginamos que quería estar solo o lejos de notros que no hicimos más que traerles complicaciones…

Las palabras sentidas de Edward, poco habituales en el ogro, causaron un estallido de orgullo en su mujer y la confirmación en el corazón de la madre del arquitecto de que lo que su chico había hecho para ayudarlos, valía la pena.

―Mi niño siempre ha sido sensible, siempre en bajo perfil y nunca metiéndose en problemas. ―suspiró y miró con ternura a Clarisse que se divertía jugando con unos gatos de loza, recordando a su hijo cuando tenía la misma edad―. Él estaba tranquilo hasta que su padre comenzó a ser insistente con la idea de que se acercaran. Ustedes, como padres, sabrán que yo hubiera dado lo que fuera por evitarle este sufrimiento a mi Tyler, pero a veces ellos debes padecer estas pruebas para aprender las lecciones más valiosas de la vida.

―Probablemente si las cosas no hubieran ocurrido… ya sabe, como ocurrieron…

―Las cosas pasan porque así debe ser, y no olvide que cada uno cosecha lo que siembra y Liam no obtuvo sino lo que él sembró.

―Tiene usted razón ―carraspeó Edward y miró a su esposa, entrelazando su mano con la de ella―. Por cierto, ¿él se encuentra?

―Sí, llegó hace poco de sus práctica de artes marciales.

― ¿Artes marciales? ―preguntó Edward, y automáticamente los pómulos de Bella se enrojecieron, recordando la primera vez que llegó a esa casa en busca de Tyler, encontrándoselo en medio de una de sus prácticas, con el torso desnudo y sudado, muy bien trabajado por cierto. Ella era casada y amaba a su marido, pero sería ciega si no reparara en aquello.

―Desde niño las practica ―respondió Gianna con orgullo. Entonces se dio cuenta que no les había ofrecido nada a sus invitados, poniéndose de pie rápidamente para ponerse en acción―. ¿Les ofrezco algo? Perdonen mi falta de amabilidad, pero con la conversación…

―No, no es necesario, Gianna, de verdad ―dijo Bella en agradecimiento al ofrecimiento de la amable mujer.

―Quizás a Clarisse le gustaría probar un trozo de tu famoso pastes de manzanas, mamá.

La propuesta de Tyler los tomó por sorpresa a todos. Recién duchado y vestido con ropa casual, se acercó a los invitados, levantándose estos para saludar a Tyler. Edward le estrechó la mano y Bella recibió un beso en su mejilla.

―Le decíamos a tu mamá que esperábamos no importunar ―dijo Edward a lo que Tyler negó con la cabeza.

―Para nada.

―Esto… ¿Bella, crees que la niña quisiera probar el pastel? ―volvió a proponer Gianna―. Así podemos dejar a los muchachos hablar tranquilos.

―Claro, claro ―se apresuró en responder Bella, abriéndosele el apetito o el antojo de embarazada, pensando en lo delicioso que sabría ese pastel del que Gianna hablaba.

Así entonces, las mujeres, Clarisse incluidas, desaparecieron, dejando a Edward y a Tyler a solas en la sala.

― ¿Has estado bien, Tyler? Me preocupaba que no respondieras a mis llamados.

―Necesitaba desconectarme un par de horas y poner todo en perspectiva otra vez, es todo. Lamento haberte preocupado.

―Me preocupo por la gente que estimo, por mis camaradas, y tú eres uno de ellos, desde que decidiste ayudarnos en esto, poniendo incluso tu pellejo en peligro.

―No estuve en peligro. Liam nunca hubiera hecho algo para dañarme, lo sé.

―Como sea, Tyler ―Edward carraspeó y se reacomodó en el sofá, un poco inquieto porque a él no se le daban muy bien estas cosas medio sentimentales, menos con otro hombre. Pero debía aclarar con el arquitecto que ahora era él uno de ellos y que como su amigo, él estaría de forma incondicional para lo que necesitara.

Volvió a carraspear, estirando por unos segundos más el silencio entre ambos, mientras Tyler jugueteaba con una pelusa sobre su muslo.

―Yo… estoy aquí para agradecerte todo lo que hiciste, ya sabes ―cerró los ojos y se rascó la nuca, expirando fuertemente―. ¡Qué demonios! Siento que estoy en deuda contigo. Mi hermana estuvo en peligro, mi mujer estuvo en peligro, yo mismo, y tú sin conocernos bien nos prestaste tu ayuda valiosa. ¡Dios, ni siquiera sé cómo puedo pagarte!

―Los amigos no tienen deudas entre ellos, al menos eso es lo que dice mi madre.

Edward, que había hablado mirando la alfombra, levantó los ojos hacia Tyler que lo observaba tranquilo, pero con sus labios torcidos como si estuviera escondiendo una sonrisa.

―Sí, eso es lo que quiero decir ―dijo el ogro, suspirando―. Me tienes, nos tienes a mi familia y al resto de los muchachos incondicionalmente como tus amigos, para lo que necesites.

―Gracias Edward ―sonrió agradecido, pero enseguida los rasgos de su rostro se ensombrecieron, recordando la visita de un abogado a primera hora de ese día―. Un abogado de la fiscalía vino a visitarme hoy. Me habló sobre el proceso y sobre las auditorias que están realizando sobre los bienes de Liam. Un porcentaje de ellos está bajo investigación, pero una buena parte está libre de vicios, por lo que, al parecer, soy heredero de… todo eso.

―Wow…

―Yo la verdad no quiero nada, y honestamente carezco del lenguaje técnico para entender todo eso, por eso quería saber si algunos de tus abogados puede hacerse cargo de eso…

―Cuando quieras. Hoy mismo me pondré en contacto con Rosalie, que es la más entendida en el tema, aunque sería bueno que te reunieras personalmente con ella.

―Lo haré, por supuesto.

―Pero algo vas a tener que hacer con todo ese dinero…

― ¿Si tú estuvieras en mi lugar, si hubieras quedado con parte de la fortuna de Elizabeth en tu poder, qué hubieras hecho?

―Hubo un tiempo que recibí dinero de ella, me pagaba un salario cuando aún era la empresa, parte de sus activos ―recordó con algo de rencor―. Nunca me quedé con un peso de ella, ni en los últimos años cuando me llevaba todo el trabajo. Cada remuneración iba dirigida al Hogar de Menores donde crecí. En un principio pretendía quemar ese dinero porque odiaba que fuera ella la que me lo entregara, pero después pensé en aprovecharlo mejor y ocuparlo en algo en lo que ella jamás hubiera gastado un céntimo.

―Y una obra de caridad es una buena opción. Seguro se podrán hacer buenas obras con ese dinero.

―Creo que las monjas podrán hacer maravillas con semejante cantidad. Les alivianarás la carga y podrán poner en marcha varios proyectos que no han podido ver la luz.

―Eso me complace.

―Por cierto, supe que Elizabeth también acabo muerta. No sé si decirte que lo siento…

―Yo no lo siento, Tyler ―respondió con fría honestidad― mi familia, mi entorno no iba a estar a salvo hasta que… esa mujer no dejara este mundo. Siempre iba a tener que estar al pendiente de ella, resguardando mi espalda. Honestamente creo que me saqué un peso de encima y creo que se las llevó muy barata.

―Entiendo lo que dices, a lo que te refieres, pero como dices, es lo mejor que puede haber pasado, que Liam y Elizabeth ya no estén más aquí.

Se quedaron un par de minutos en silencio, cada uno navegando en sus pensamientos que seguían ligados a estas dos personas de quienes tanto renegaron, hasta que desde la cocina se oyeron fuertes carcajadas. Ambos al unísono miraron hacia allá con curiosidad.

―No sé tú, pero aquí sentados, nos estamos perdiendo de comer de ese pastel, que es una obra de arte

―No digas más e invítame a pasar… muero de hambre.

El ogro y su nuevo amigo arquitecto, se levantaron y enfilaron a la cocina, donde vieron a Clarisse sentada en una silla, con su rostro embetunado de dulce de manzana. Cuando la niña vio a su padre, extendió en su mano un trozo para ofrecerle, apresurándose él a recibirlo. Se le hacía agua la boca, culpando por supuesto al embarazo.

Se sentaron en torno a la pequeña mesa y compartieron como viejos conocidos, pensando Edward que probablemente no iba a dejar de conocer gente honesta en su camino, así como también era probable que se cruzara con desgraciados como Liam. Pero no tenía miedo, estaba rodeado de un fuerte círculo de contención del que se sentía orgulloso y seguro, meditó el ogro con complacencia, mientras observaba divertido a su hija haciéndole sus gracias Gianna y a Tyler, convirtiéndose en el centro de atención.

**oo**

Damián y sus hijos mayores, Alice y Edward, se reunieron en el camposanto en ese día de celebración, aunque Edward, no le gustaba celebrar su cumpleaños, menos el hecho de que se estuviera poniendo viejo, pero al resto no les importaba. Le advirtieron que celebrarían tirando la casa por la ventana, pues además de eso, había un sinfín de cosas qué celebrar y que habían debido posponer por los hechos que los mantuvieron "ocupados", por decirlo de alguna forma.

No se tocaba el tema de Liam ni de Elizabeth, a no ser que fuera estrictamente necesario, pues no querían que aquel tema ni los recuerdos que eso acarreara, les arruinara su presente ni mucho menos el futuro.

Alice, de cuclillas frente a la lápida de la hermana Gabriela, ornamentando su espacio a modo de agradecimiento por haber intercedido por ella y su familia. La sepultura se encontraba dentro del mausoleo de la comunidad religiosa a la que ella perteneció y donde generosamente fueron trasladados también los restos de Clarisse Brandon, su madre. Y mientras ella canturreaba una alegre canción, poniendo las rosas frescas y coloridas dentro de un recipiente de vidrio, Edward y Damián la observaban en silencio, cada uno sumido en sus pensamientos.

―Por fin la hermana Gabriela está en paz ―murmuró Edward observando el nombre de la monja sobre la lápida.

Pese al tiempo transcurrido, le seguía doliendo su muerte injusta, pensando siempre que si las cosas hubieran sido diferentes, ella estaría allí con ellos todavía.

Damián miró de reojo a su hijo y levantó su brazo para rodearlo por los hombros.

―¿Por qué? ¿Piensas que no estaba en paz?

―No, después de todo lo que ha pasado… ya sabes, respondió Edward con melancolía, mirando la punta de sus zapatos. Damián pensó en la hermana Gabriela antes de comentar lo que él creía:

―Dudo que ella haya dejado este mundo sin paz en su alma. Estoy seguro que ella fue capaz de perdonar a su agresora, aunque a ti y a mí nos parezca imposible.

―No dudo eso.

―Por lo mismo, creo que el perdón y el olvido son los mejores remedios para sanar el alma, hijo mío…

―No voy a perdonar nunca a Elizabeth, Damián ―gruñó Edward, cruzándose de brazos. Damián suspiró, soltándolo y girándose para mirarlo.

―Y no te estoy pidiendo eso. Simplemente que lo olvides, porque ya quedó atrás. Deja que lo que sea que haya en el otro mundo sea el encargado de juzgarla, porque ese juicio es implacable. Ahora olvidémonos de eso y vivamos en paz.

―Me cuesta relajarme después de haber vivido tanto tiempo a la defensiva, mirando por sobre mi hombro para resguardar mi espalda.

―Pero ya no tendrás que hacer eso, ya no más hijo mío.

―Ya no más…

―¡Ustedes dos! ―exclamó Alice, levantándose con un segundo ramo de rosas en las manos, entregándoselo a Edward―. Dejen de hablar de temas tan tenebrosos y ayúdenme. Esas flores son para mamá, encárguense de ponerlas en su lugar.

―Pero tú eres la especializada en esto ―rebatió Edward, mirando las rosas con el ceño fruncido, como si fueran criaturas extraterrestres. Alice levantó las manos con frustración y lo empujó hasta el sector donde se encontraba Clarisse.

―¡Oh, Edward, tú solo haz lo que puedas!

―Ya vamos, ya vamos ―intervino Damián, divertido, acompañando a su hijo en la tarea que su hija les encomendó antes que explotara.

Era gracioso ver a estos dos caballeros ingeniándoselas para poner las rosas dentro de un florero, de tal manera que este se viera tan armonioso y delicado como Alice lo hacía.

―Joder, no puede ser tan difícil… ―gruñó Edward, volviendo a sacar las rosas, para volver a meterlas una a una.

―No digas palabrotas, maldita sea Edward ―lo regañó Damián, metiendo una rosa de tallo largo de cualquier forma―. Beatriz no deja de decirlas cuando cree que nadie la oye.

―No es mi culpa.

Entre gruñidos y exclamaciones de frustración seguían metiendo las flores sin quedar conformes hasta que Alice llegó para rescatarlos.

―No puedo creer que no sean capaces de arreglar unas simples flores ―se mofó, haciendo a un lado a los dos hombres, demostrándoles cómo se hacía.

―Lo nuestro son los negocios, no estas cosas de féminas, hija mía ―se defendió Damián―. Además, no le levantes la voz a tu hermano, recuerda que hoy está de cumpleaños.

― ¡Eres un año más viejo, hermano mayor!

―¡Cierra la boca, Ali!

―Calma los dos ―intervino Damián divertido, recordando que de pequeños tenía que intermediar cuando por una u otra cosa, ambos se peleaban―. Están frente a su madre, así que más respeto.

―Es cierto ―dijo Alice, levantándose después de haber hecho el trabajo en mucho menos tiempo que ellos, dejando la lápida de su madre hermosa con esas rosas.

Los tres en silencio la contemplaron, cada uno pensando en algún momento en especial compartido con ella, aunque al menos para Alice estos eran borrosos y poco claros. Edward en tanto tenía imágenes muy claras, algunas no del todo alegres, pero intentaba destacar aquellos momentos felices, como cuando antes de dormir, acariciaba su cabello relajantemente hasta que se dormía.

Y para Damián estas imágenes del pasado eran mucho más claras, cada una de ellas guardándolas en lo profundo de su corazón. Cada día miraba al cielo y le pedía perdón por no haber podido interceder por ella para evitar su desenlace tan injusto, o la tardanza de no haber podido llegar antes al rescate de sus hijos.

―Estoy seguro ―dijo el patriarca con voz ronca de emoción, abrazando a cada hijo por un lado―. Estoy seguro que hubiésemos sido una familia feliz. Su madre los amaba, tanto como yo, y deseaba para ustedes lo mejor. Creo que nos mira felices porque los ve hechos un hombre y una mujer de bien, seguro está orgullosa de la familia que formamos.

―Claro que sí, pa' ―admitió Alice con cariño, descansando su cabeza en el hombro de su padre. Ella se sentía afortunada de contar con dos hombres que eran sus padres, uno eligiéndola entre un puñado de niños, acogiéndola en su casa, Carlisle, mientras que Damián había regresado después de mucho tiempo y le había demostrado con hechos más que con palabras que nunca dejó de amarla y que regresó a recuperarla.

―Bueno, bueno, basta de tanta melancolía ―intervino Edward, mirando a su padre y a su hermana― es mejor que nos movamos a casa. Hay una fiesta y un sinfín de regalos esperándome.

―¡Dios, es cierto! ―exclamó Alice encantada, caminando hacia su hermano y tomándolo por el brazo―. Vamos, viejo Edward, vamos que yo te ayudo.

―¡No estoy viejo, Alice! ―protestó él, moviéndose hacia la salida, mientras que desde atrás Damián los observaba con una sonrisa genuina y llena de amor. No podría estar más feliz y orgulloso por la clase de hijos que tenía.

Miró por última vez la lápida de Clarisse, inspirando profundamente, antes de salir detrás de sus hijos, que seguía discutiendo.

Los hombres que rodeaban al ogro Masen, no escatimaron en gastos para organizar la fiesta de cumpleaños del ogro. Toda clase de licores y comida para un batallón sobreabundaba en la casa del ogro, cuyo jardín estaba lleno de globos de todos colores y otro tipo de adornos, muy acorde a un cumpleaños… pero infantil.

Tuvo que soportar colocarse el ridículo gorrito de cumpleaños y pararse frente a una torta de tres pisos, que brillaba encendida con los números "38" sobre esta. De brazos cruzados aguantó estoicamente que le cantaran el jodido "cumpleaños feliz" para finalmente soplar las velas para que los asistentes estallaran en vítores y aplausos.

Y qué decir de los regalos: desde la famosa pastilla azul para combatir la disfunción sexual que solían usar los abuelos, hasta camisetas con mensajes ridículos que seguro fueron obra de sus graciosos amigos. Pero ya encontraría un momento para vengarse…

―¿Te lo estás pasando bien, esposo? ―le preguntó Bella, abrazándolo por el cuello, con esa sonrisa enorme que a él lo volvía a enamorar cada día.

―Oh, sí, estoy saltando de la dicha ―comentó con la ironía de siempre, rodeando a su esposa por la cintura, mientras al otro lado del jardín Tyler y Emmett agarraban a Jacob desde los pies y los brazos, lanzándolo a la piscina. Era probable que pronto vinieran por él.

―Oye, lo has pasado increíble, te he visto…

―Vale, no puedo negarlo… aunque me apura recibir mi regalo… el más importante, ya sabes... ―murmuró sobre sus labios, apretándola a su cuerpo, alzando sus cejas sugerentemente.

―Hay invitados, no podemos echarlos… ―dijo ella, mordiéndose el labio. Él alzo una ceja ante eso que parecía un reto.

―¿Qué no puedo, dices? ―preguntó a modo de desafío. La mujer del ogro abrió los ojos con desmesura y enseguida comenzó a negar con la cabeza. Sabía lo que su marido tenía en mente.

―Ni se te ocurra, Edward…

Y antes que el cumpleañero pudiera poner en marcha su plan de ilusionismo y desaparecer de su fiesta, algo arruinó sus planes.

―¡Allí está el cumpleañero! ―gritó entonces Emmett, dirigiéndose junto a Garrett, ya que Tyler había caído a la piscina detrás de Jacob, listos para remojarlo.

―Joder ―suspiró el ogro antes que Bella se apartara, carcajeándose, para que los caballeros tomaran a su marido y se lo llevaran a la piscina, antes claro, zarandeándolo de un lado a otro al igual que como lo hicieron con Jacob y Tyler.

Carmen y Gianna, que tenía cargada a Clarisse, ansiosa de unirse a su papá y a sus tío en la piscina, se acercaron a Bella para contemplar el escándalo de los hombres alrededor de la piscina.

― ¡Se comportan como uno niños! ―exclamó Gianna, encanta y agradecida que la hubiesen invitado a ella, a su hijo y a Linda, pareja de Tyler a la celebración.

―Los conozco hace un poco más de dos años y siempre se han comportado igual ―comentó Carmen con tono divertido, sin quitar la vista del espectáculo.

―Yo siento que, finalmente y después de todo, han logrado relajarse y disfrutar como cuando eran niños —meditó Bella en voz alta, contemplando con dicha como estos niños en cuerpo de adultos disfrutaban del agua de la alberca y se hacían bromas entre ellos, pasando por alto sus ropas mojadas o lo ridículo que podían verse. Puso entonces las manos sobre su vientre que aún no comenzaba a notarse, y le habló al hijo que estaba gestándose dentro de ella.

"Siéntete orgulloso del padre que tienes. Te ama y será capaz de protegerte de cualquier peligro que pueda asecharte, así que no tengas miedo de llegar mi niño, te estamos esperando. .."

Carmen ahogó una carcajada cubriéndose la boca con las manos cuando los muchachos fueron tras su novio y lo invitaron a unírseles en la piscina, con quien dentro de dos días contraería el sagrado vínculo.

**oo**

― ¡Oh, no, Edward Masen! —protestó Bella, poniendo la cama entre ella y su marido que en ese preciso momento había elegido ponerse cachondo―. Demoré una eternidad en acabar de arreglarme para que tú, vengas y me arruines el atuendo.

―Joder demonio, es que te ves tan sensual —respondió lobunamente, rodeando la cama con pasos lentos pero decididos, sin perder de vista su objetivo. Pero su presa era bastante más terca y no se iba a dejar encandilar por los encantos de su marido. Al menos no en ese monto.

Es por eso que corrió del lado contrario, poniendo toda la distancia que le fue posible para escaparse de él.

―¿A caso no has visto la hora que es? ¡Vamos a llegar tarde si sigues con tus jueguitos! Además, vas a arruinar tu traje también —acotó, reparando en el elegante traje negro y el corbatín del mismo color que en él lucía tan bien.

―Pero si tu adoras mis jueguitos, demonio tentador… ―murmuró alzando sus cejas, caminando despacio hacia ella― además, el atuendo no es una preocupación para mi…

―¡Basta Edward! ―volvió a reclamarle―. Te vas a comportar, ¿me oyes?

―Joder demonio, me quitas la diversión.

―De verdad, Edward, tardé un montón en ponerme este vestido —exclamó frustrada, mirándose a sí misma―. Ni siquiera estoy convencida de llevarlo, creo que cuando lo compre no me apretaba tanto.

Edward, con sus ojos lívidos y hambrientos, recorrió el cuerpo de su esposa en fundando en aquel vestido negro que dejaba al descubierto sus hombros y mostraba el nacimiento de sus generosos pechos, el que se ajustaba como una segunda piel hasta sus muslos y que caía hacia el suelo en forma de pétalos dejando entrever por la descarada abertura de la falda, sus torneadas piernas sobre semejantes tacones de taco aguja.

Sencillamente, esa mujer lo volvía loco.

—Pues yo veo que te queda…, majestuoso, demonio. Perfecto ―susurró con voz ronca.

―¿De verdad? ―preguntó coqueta, mordiéndose el labio. Allí el ogro enamorado volvió a gruñir y volvió a perseguirla hasta que finalmente la atrapó.

Llevó su boca hasta su cuello, el que besó y lamió, mientras sus manos recorrían el cuerpo de su mujer sobre su vestido. Pero una cosa lo hizo detenerse, algo que llamó su atención.

―Un segundo… ―dijo Edward, pasando su mano hacia arriba y hacia abajo sobre las nalga de su mujer, como cerciorándose de algo―. ¿Y tus bragas?

―No me puedo poner bragas con este vestido, se notaría —le susurró al oído, tironeándole el lóbulo de la oreja de su marido con sus dientes. Y otro gruñido gutural y sensual salió de la boda de Edward, antes que cubriera con esta los labios dulces de su mujer en un beso voraz y lleno de promesas lascivas.

― Edward… ―rogó ella con la poca sensatez que le quedaba, antes de caer en las garras de su feroz hombre. Él y su lívido, además de sus siempre encendidas hormonas de embarazada no la estaban ayudando en su cruzada de llegar a tiempo—. No podemos retrasarnos...

―Demonio, no puedes pedirme que pare cuando me provocas de esta forma…. Además seré rápido, estoy tan excitado que….

―¡Bella! ¿Bella estas ahí? ―del otro lado de la puerta del cuarto matrimonial, de oyó la voz de Alice que la llamaba con insistencia―. ¡Dios, Edward, si eres tú el responsable del retraso de tu mujer, te las verás conmigo!

―La amo, de veras, pero a veces puede ser tan exasperante… ―gruñó él, pegando su frente a la de su mujer, que sonrió con ternura.

―Lo siento, cariño. Más tarde podrás quitarme este vestido y hacer lo que quieras conmigo.

―Oh, demonio, claro que lo haré… así será —murmuró Edward, antes de besarla por última vez antes de dejarla ir.

Y Bella tenía razón, no podían retrasarse. No cuando Carmen esperaba a quien amaba como su hija propia para que le diera la bendición antes de atravesar el pasillo rumbo al altar.

Las dos mujeres se abrazaron y derramaron un par de lágrimas de emoción, antes que Bella se encargada de llevar a la novia hacia el altar, idea que surgió de la propia sobrina cuando Carmen comentó lo raro que se vería entrando sola al altar.

Cuando llegó la hora y los asistentes estuvieron en sus sitios, al igual que el novio y sus padrinos que esperaba nervioso bajo un arco de hecho de flores blancas, una suave melodía comenzó a tocar y los asistentes se pusieron de pie, mirando hacia la entrada del pasillo.

La primera ola de exclamaciones se la llevó Beatriz, vestida con un traje color lavanda que ella misma eligió para la ocasión. Su cabello iba suelto y cuyas puntas terminaban en delicadas ondas, que la hacían verse como una verdadera señorita. Nadie reparó en la silla de ruedas porque la verdad es que parecía más bien como si un carruaje se estuviera encargando de llevarla por el pasillo, avisando la llegada de la novia.

Damián, que esperaba a la novia en el altar, no pudo evitar derramar una lágrima de orgullo y profundo amor por su pequeña hija inclinándose hacia ella y besando su frente cuando estuvo a su lado.

Los segundos vítores se los llevó la pequeña Clarisse, que con un canasto sujeto de sus manos, iba arrojando pétalos de rosas blancas por el pasillo. Su vestido era del mismo todo que el de Beatriz por supuesto, ornamentado de pequeñas rositas en el faldón, pareciéndose a la verdadera reina de la primavera.

Hasta que finalmente llegó la protagonista de la ceremonia, vestida con un traje marfil de encaje y satén, con su cabello negro tomado desde un lado, callen do suelto sobre su espalda, y un hermoso ramo de tulipanes entre sus manos. Iba cogida del brazo de su sobrina que compartía su emoción caminando despacio al compás de la marcha nupcial en medio de miradas de complacencia de todos los invitados que observaban el andar seguro de la novia a través del pasillo de los jardines de la viña, mismo lugar donde Edward y Bella se casaron años atrás, comentando todos entre murmullos sobre lo hermosa que la novia se veía y la felicidad que está irradiaba.

Con una sonrisa nerviosa y sus ojos inundados de lágrimas, Bella dejó a su tía en brazos de Damián, para unirse junto a su marido y presenciar el inicio de la nueva vida de su querida tía, deseando que fuera tan feliz como ella lo había sido hasta ese momento con el único hombre que había amado en su vida.

Entrelazo sus manos con los de su marido y lo miró con sus ojos llenos de amor por él, viendo en los suyos el mismo sentimiento y que hacía vibrar su corazón. Todo lo vivido hasta ese momento había valido la pena por esos ojos transparentes.

"Te amo" le dijo él moviendo sus labios, antes de clavar su vista al frente y poner atención a las palabras del juez que precedía la ceremonia.

*o*

―¡Oh, Dios mío! ―exclamó Bella carcajeándose cuando su marido la dejó caer de sus hombros, haciéndola aterrizar en un cúmulo de pasto detrás de unas viejos depósitos, apartados de todo el bullicio de la fiesta que se desarrollaba, para celebrar a los recién casados.

―No puedo esperar hasta llegar a la casa… lo sabes ―dijo él, quitándose la chaqueta y el corbatín, lanzándolos a un lado, sin preocupaciones. Se tomó el tiempo de bajarle la cremallera escondida al increíble vestido de ella para posteriormente quitárselo con mucho cuidado.

―No queremos que se arrugue ―dijo él, guiándole un ojo cuando o lanzó por ahí, junto a su ropa para a continuación suspirar y cernirse sobre su desnuda y excitada esposa, dejando la punta de su nariz pegada a la de ella ―me has estado provocando toda la tarde con ese vestido…

―Te has olvidado de quitarme las sandalias…

―Oh, esas las dejaremos.

―Bien ―ella alzó el rostro y besó tiernamente los labios de su marido ―aunque no es injusto que yo esté desnuda, con este pasto debajo de mi, y tú todavía sigas vestido.

―Tienes toda la razón ―dijo, y volviendo a incorporarse, se sacó la ropa a una velocidad increíble, mientras ella lo miraba y se reía―. Si nos vas a pillar con las manos en la masa, es mejor dar un buen espectáculo, ¿no?

―Ven aquí, esposo… ―lo invitó ella, estirando una mano. Entonces él volvió a colocarse sobre ella y atrapó su boca en beso voraz, metiendo sus manos entre el cabello caoba de su mujer. Ella lo rodeó por el cuello con sus brazos y las caderas con los pies, apretándolo hacia sí y disfrutando de ese contacto único que cuando los atrapaba, no había vuelta atrás.

La pasión los hizo perderse y en medio de ese oscuro sitio, el ogro le hizo el amor a su demonio sonriente, mientras a lo lejos se oían vítores y música alegre.

―Adoro estar dentro de ti… ―le susurró Edward a su mujer, con sus labios pegados a los de ella, sin dejar de moverse, mientras de a poco crecía en ella esa bola de fuego que en breve estallaría. Él, totalmente controlado, la miraba con adoración y se esforzaba por mantener en su retina aquellas imágenes de su mujer, perdida en la pasión que él le provocaba. Sus sonidos excitados eran algo dignos de ser usados en cualquier pieza de música docta, mientras que su imagen absorta y descontrolada a la vez, podía servir de musa inspiradora para cualquier lienzo artístico.

Definitivamente, él era un tipo con una suerte única, por haber encontrado el amor en los ojos verde miel de esa mujer.

―Edward, te amo… ―gruñó Bella, echando su cabeza hacia atrás cuando finalmente el fuego estalló dentro de ella, dejándose ir, elevando él los movimientos de su miembro dentro de ella para conseguir su propia y ardiente liberación.

Estuvieron un buen rato besándose, sin apuros, dejando pasar el tiempo mientras ellos disfrutaban de esos instantes plenos en los que no importaban ni el lugar, ni la hora, si era de día o de noche, si era sobre una cama de pasto o de pie en medio de la lluvia. Daba lo mismo si estaban juntos, porque habían demostrado que juntos eran invencibles y capaces de crear un gran círculo de contención de los que pocos tenían el privilegio de tener: familia y amigos. No los habían derrotado porque los eslabones que unían esta cadena eran firmes, lo que los convertía en impenetrables a la oscuridad, oscuridad que se disipó por el amor, tinieblas que se alejaron rendidas después de haber perdido la batalla.

―En qué piensas, esposo ―murmuró ella, después que Edward estuviera con su rostro escondido en el hueco de su cuello, disfrutando de la sensación post coital.

Al sacar el rostro de su escondite, Edward llevaba en el rostro una sonrisa relajada y feliz, como pocas veces ella lo había visto, provocando una emoción profunda dentro de su pecho. Sonrió con ternura, y levantó sus manos hasta el rostro de su hombre, el que acarició con devoción, esperando la respuesta.

―Pienso en la larga y feliz vida que voy a tener a tu lado.

―Me gusta cómo se oye eso.

―Y estoy tratando de inventar más maneras para demostrarte cuánto te amo.

―No tienes que inventar nada. Mirándome de la forma en que lo estás haciendo justo ahora, me basta para saber la intensidad de tu amor por mí.

Edward sonrió complacido y volvió a capturar la boca de su esposa, como acto previo a lo que sería el segundo asalto, en medio de un cuarto de madera, que sería testigo del amor avasallador entre un ogro amante y su demonio sonriente.

**OO**

Epílogo

― ¡¿Perdone?! ¡¿Qué fue lo que dijo?! ―preguntó el ogro entra la incredulidad y la rabia―. ¡¿Qué no puedo entrar a ver a mi esposa?! ¡Cómo se atreve, maldita sea…!

—Edward, por Dios, tranquilo… ―le rogó su padre, tomándolo por el hombro. Ambos, además de Carmen esperaban en el pasillo de la clínica, obtener noticias de Bella, a quien habían ingresado allí hacía más de una hora con dolores.

―¡¿Tranquilo?! ―miró a su padre con ojos desorbitados―. ¡¿Me estás pidiendo que me tranquilice cuando allá adentro está mi mujer, donde por alguna jodida razón no me están dejando entrar?!

―Pero no es su culpa… ―medió Carmen, intentando mantener la calma, frente a la enfermera que lo miraba con gesto sorprendido y asustado. Pero al ogro no le importaba eso.

― ¡Me vale madre quien tenga la culpa!

―¿Puede informarnos qué sucede? ―preguntó Carmen, ignorando los gruñidos y maldiciones de Edward a sus espaldas―. Mi sobrina fue ingresada hace un par de horas con dolores de parto y…

―La están preparando ―respondió luego de carraspear para aclararse la voz.

― ¡Hace una maldita hora la están preparando!

―Señor, si no se calma, menos lo van a dejar entrar…

―¿Quiere apostar? ―y entonces el ogro pasó por el lado de la infame enfermera hacia el pasillo de acceso limitado, mirando a un lado y a otro para encontrar a su mujer. Como con la vista no la encontraba, hizo lo que su instinto le advirtió, gritar―. ¡Bella! ¡Bella, dónde estás!

―¿Edward…? ―oyó suavemente en un tono casi imperceptible, dejándose guiar por el sonido de la voz de su mujer, hasta que al final del pasillo y frente a los ojos de varias enfermeras, entró a una sala donde encontró a su mujer tendida sobre la cama, cubierta con una sábana blanca hasta debajo de sus pechos.

Corrió a su lado y tomó sus manos fuertemente, besando la frente de su mujer que tenía una leve capa de sudor.

―Estaba desesperado allá afuera… no querían dejarme entrar y….

―¡Oh, mierda, mierda, mierda…! ―gruñó ella, apretándole las manos a su esposo y cerrando los ojos fuertemente. Edward se tensó y por sobre su hombro gritó, llamando a una enfermera.

―Son las contracciones ―explicó la enfermera, muy natural y relajada. Él la miró y odió la postura tan sosegada de la enfermera.

―¡¿Y acaso no puede hacer algo para evitarlo?!

―Nop. Debe ser así, hasta que esté dilatado para proceder con el parto…

―¿Dilatado? ―preguntó extrañado, mirando enseguida a su mujer, que ya estaba bajo control―. ¿Dilatado?

―Si… parto natural, ¿lo olvidas?

―¡Oh, no! ―negó vehementemente ―¡No, mujer! Habíamos hablado de cesárea…

―Quiero que sea parto natural, no me puedes quitar eso ―afirmó ella su postura, sin entender el ogro cuál era el afán de las mujeres como ellas de pasar por todo el calvario de un parto natural. Seguro, más adelante se lo preguntaría.

―Joder demonio, por qué insistes incluso en este día, llevarme la contraria.

―¿Y cuál sería la gracia si no fuera así? ―preguntó con picardía, haciendo que su ogro marido estuviera a punto de perder la cordura.

Bella había hablado en privado con su ginecóloga y le había hecho saber su deseo de tener a su segundo hijo mediante parto natural, diciéndole la profesional que no había ningún problema, debiendo estar preparada para cuando llegara el momento, haciendo solo una estimación de la fecha exacta.

Así fue que Edward recibió a su hijo en medio de los gritos y llantos de su esposa, mientras ponía todo de sí para traer a luz al pequeño Gabriel, quien después de ser limpiado y examinado, fue a parar a los brazos de su padre, quien lo contempló como si se tratara de una maravilla de la naturaleza, y es que en verdad lo era.

Las emociones que Edward sintió en ese momento, eran similares a las que recuerda haber sentido cuando nació su hija Clarisse, aunque esta vez no podría olvidar el empuje y la lucha de su madre, que ponía todo de sí a pesar de dolor, para que su hijo estuviera de una vez junto a ellos.

― ¿Ya lo encuentras parecido a alguien?

―A mí, por supuesto ―susurró Edward con su hijo en brazos, pasándole los dedos por su frente mientras el pequeño dormía profundamente.

―Por supuesto ―dijo ella, rodando los ojos.

―Y no he olvidado las horas de suplicio que me hiciste pasar… ―recriminó, mirándola de reojo.

―Por si lo olvidas, era yo la que gritaba en esa camilla…

―Es como si el dolor lo hubiera sentido yo, demonio. Me sentí impotente… no vuelvas a hacerme pasar por esto.

―Lo lamento ―se disculpó ella con remordimiento.

―Por cierto, ¿por qué, eh? ¿No es más lógico evitar ese dolor a como dé lugar? ―preguntó el ogro, meciendo ligero a su hijo.

Bella sonrió y haciendo una mueca se reacomodó para explicarle a su marido sobre sus razones. No estaba segura si eran las razones que universalmente usaban las mujeres, pero al menos era lo que ella deseaba, lo que sentía, sobre cómo quería vivir esa experiencia.

―No se trata de ser masoquista, Edward. Investigué y me di cuenta de los beneficios, y sobre todo el apego entre la madre y su hijo cuando se da de esta forma. Además, el dolor se olvidó cuando mi niño llegó a mis brazos. Es el milagro más hermoso que he vivido.

―Te recuerdo que tenemos ya un milagro de tres años… ―comentó Edward, mirándola y sonriéndole, recordando a Clary.

―Y mi niña será la experiencia más alucinante, la primera, cuando supe lo que significaba el amor de madre. Han sido dos experiencias, ambas totalmente trascendentes en mi vida, pero cada una diferente. Nunca voy a olvidar este momento.

―No voy a dejar que eso pase, señora.

Como siempre, Edward hinchó el pecho de orgullo por la valiente mujer que la vida le había puesto al lado. Y así como para Bella sus hijos constituían su milagro, para él, el milagro se conformaba con ella y el amor que surtió sobre su vida como magia, como jamás lo imaginó; con ella, con quien había creado a dos pequeños frutos de ese amor y que ahora constituían lo que era lo más importante para él: su familia.

Se le acercó entonces a su mujer y con su hijo en brazos, besó su frente y sus ojos cansados se posaron en los profundos orbes verde miel que lo miraban con aquel amor que lo desarmaba por completo.

―Gracias… gracias por ser mi milagro, porque alguien como yo, solo podía soñar con una vida como la que se vivido junto a ti.

Ella sonrió, emocionada y levantó su mano acariciando la barbilla de su amado ogro, mientras el pequeño recién nacido dormía seguro en sus brazos.

Así fue que el ogro supo disipar del todo la oscuridad, y vivir lejos de las tinieblas que alguna vez lo amedrentaron y llenaron su corazón de odio y resentimiento. Él ya no era ese hombre, él ahora era capaz de vivir en paz, lejos de los sentimientos que en pasado lo atormentaron, rodeado siempre de la luz milagrosa que lo salvó: el amor.

Fin


Nota de Cata:

Como cada vez que termino con una aventura, mi corazón se aprieta por saber que debo dejar a estos personajes, sobre todo a este Edward que me sacó tantos suspiros y me causó también tantos dolores de cabeza. Pero ya el ogro está listo para seguir adelante con su vida sin mi ayuda, así que aquí lo dejo.

Gracias por sus comentarios respetuosos, leí cada uno de ellos y me dolía no poder contestarlos por falta de tiempo, pero sepan que era y es importante para mi saber qué les estaba pareciendo esta locura. Gracias por el cariño que le brindaron al ogro y su equipo.

Y como cada semana, agradezco a las nenas que son parte de mi equipo: Gaby Madriz, Maritza Maddox, Manu de Marte y Yenny Arias.

Y las dejo invitadas para que nos sigan acompañando desde la próxima semana con mi siguiente locura: "Inoportuna", por este mismo canal.

Beso a todas y muchas, muchas gracias por su apoyo!