So Wrong, It's Right

Disclaimer: Twilight no me pertenece, al igual que sus personajes. Todo esto pertenece a Stephenie Meyer.

Lean y comenten: Dirty Sexy James: 4081501 (Harry Potter)

Someone to Save You: 4247900 (Twilight)

You call it Madness, I call it Love: 4190620 (Twilight)

º0º0º0º0º

Capítulo Dieciocho: Chicago.

Bella POV.

Tanya se había vuelto loca cuando supo que Edward y yo pasaríamos un fin de semanas solos. Había tratado de convencer a Esme y a Carlisle de que era una muy mala idea. Pero ni Esme ni Carlisle le hicieron caso. Todos en la casa dejaron que Tanya tuviera su berrinche, pero nadie le hizo caso a lo que decía. Hasta que al final, se aburrió de hacer escándalos.

La mañana del viernes Charlie se había despedido alegremente y me había deseado que me entretuviera en el spa con las chicas. Pobre Charlie, me daba un poco de lástima tener que mentirle, pero todo era por un buen motivo…Edward. Hablando de Edward…No sabía si él quería que nos fuéramos en la mañana, al medio día o en noche. No me había dicho nada. Él sólo se había preocupado de guardar silencio. Por más que trataba de sacarle detalles, él prefería guardar el secreto.

Yo tenía mis maletas listas y tenía la intención de llevármelas al instituto. Estaba preparando los últimos detalles, cuando alguien tocó mi puerta. La abrí deseando que no se tratara de Jacob. No tenía ganas de repetir otra conversación con toda su manada en mi sala. Por suerte, no era Jacob quien tocaba la puerta, sino que era Edward. Él estaba sonriendo de oreja a oreja.

-¿Estás lista?-me preguntó emocionado.

-¿Nos iremos ahora?

-Nos esperan un par de horas de vuelo y pensé que sería mejor que nos vayamos en la mañana. Así aprovecharíamos la tarde…

-Estoy lista.-le dije.

-Genial.-dijo.- Déjame ayudarte con tus maletas.

-Tú sabes donde están.-le dije.

Edward subió a mi habitación y bajó rápidamente con mis maletas. Caminó hacia el Volvo y yo lo seguí. Esme estaba sentada en el asiento del conductor. Edward se sentó en el asiento del copiloto. Y yo me senté atrás.

-Hola Esme.-la saludé.

-Buenos días, Bella. ¿Cómo dormiste?

-Muy bien.-le respondí.

-¿Estás lista?-me preguntó Edward.

-Sí.-dije.

Esme se puso en marcha. Nunca la había visto conducir con anterioridad. Me imaginaba a Esme como una de las mujeres que dejaban que su marido manejara. Así como lo hacían las mujeres hace muchos años. Bueno, tampoco podía esperar que Esme dejara atrás todo lo que había conocido y aprendido durante su vida humana. Me acomodé y me preparé mentalmente para un viaje en avión. ¿A dónde me llevaría Edward? Había más de un millón de posibilidades. Permanecí en silencio durante todo el viaje. Las voces de Edward y Esme fueron lo único que escuché durante todo el viaje, ya que Elizabeth dormía plácidamente en su asiento. Los dos se pusieron a conversar sobre una casa. No sabía qué era lo que hacía especial a esta casa, pero igual presté atención.

-¿En qué estado está?-preguntó Edward.

-En muy buen estado.-dijo Esme.- He estado pendiente de ella durante todo este tiempo.

-¿Podremos vivir allá?

-La casa está en perfectas condiciones, Edward. Todo saldrá bien.

-¿Quién se supone que somos?

-El bisnieto de tus padres.-dijo Esme.

-Será fácil de interpretar.

-Así es.-dijo Esme. Después de un rato, volvió a hablar.- Hemos llegado.

Esme se estacionó. Ya había estado allí con anterioridad. El aeropuerto de Seattle me recordaba lo mal que me sentía cuando tenía que ir a Forks para ver a Charlie. Pero esta vez provocó un sentimiento totalmente diferente. Saqué a Elizabeth de su asiento y ella se acurrucó entre mis brazos. Miré a Edward de reojo. Él estaba ayudando a Esme a bajar las maletas del auto. Me miró y me sonrió. Inmediatamente me sonrojé. Y sentí como un millón de mariposas emprendían vuelo en mi estómago. ¿Así se sentía estar enamorada de pies a cabeza?

-¿Qué ocurre, cariño?-me preguntó Esme.- ¿Te encuentras bien?

Asentí, ya que las palabras no podían salir de mi boca. Colocó su mano sobre mi mejilla. Y la apartó inmediatamente.

-¡Tienes fiebre!-dijo alarmada.

-No.-dije con sinceridad.- Este es el efecto que tiene Edward sobre mí.

Esme miró a Edward y él torció los labios para formar una sonrisa.

-Deja de hacer eso.-le reprochó Esme.- ¿Cuántas veces te hemos dicho que no puedes andar deslumbrando a la gente por la vida?

-Lo siento.-dijo con inocencia.- Pero está en mi naturaleza.

-Vamos, antes de que pierdan el vuelo.

Edward me tomó de la mano y caminó a mi lado. Noté como muchas mujeres volteaban a ver a mi novio. Y no las podía culpar. Edward era muy irresistible para su propio bien. Era tan guapo, tan caballeroso, tan…deslumbrador. Amaba estar con él. Amaba que me amara a mí y que no estuviese interesado en nadie más que en mí. Hicimos todos los procedimientos habituales y nos dirigimos a la puerta de embarque. Esme nos abrazó y nos besó.

-Cuídense mucho. Y no hagan estupideces.-le dijo a Edward.

-Lo sé.-dijo él.- Cualquier cosa que pase, avísenme y volveré en un instante.

-Creo que si tenemos problemas con quien sea, seremos capaces de manejar la situación.

-Lo digo en verdad, Esme. Sabes que soy uno de los mejores luchadores en la familia.

-Edward, no tienes de qué preocuparte.

-Estaré en contacto con Emmett…por si acaso.

-Dios santo.-Esme puso los ojos en blanco.- Vete ahora mismo antes que te arranque la cabeza.

-Nos vemos.-dijo Edward.

-Adiós Esme.-dije.

-Cuídate Bella y disfruta.

Entramos por la puerta de embarque y dejamos a Esme atrás. Ella nos agitó por última vez la mano y luego se marchó. Entramos al avión y la azafata –quien también había quedado deslumbrada con la sonrisa de Edward- nos llevó a nuestros asientos.

-¿Primera clase?-pregunté sorprendida cuando la azafata se había marchado.

-Ya te dije que tenemos dinero.

-Pero no era necesario esto. Yo soy feliz viajando en los asientos normales…

-No alegues y disfruta.

Suspiré. Bajé la mirada y un mechón de mi cabello cayó sobre mi rostro. Edward lo tomó entre sus fríos dedos y lo acomodó detrás de mi oreja. Con ternura agarró mi mentón y levantó mi rostro para que lo viera a los ojos.

-Al lugar a donde vamos es especial para mí.

-¿Me vas a contar tu secreto?

-Ya no hay nada malo que pueda pasar. Además, si no te cuento a donde vamos, ¿no crees que te estaría secuestrando?

-Uy, me gusta esa palabra.-dije con tono juguetón.

-Recuerda que Elizabeth está con nosotros.

Por un instante me había olvidado por completo que Elizabeth dormía profundamente en mis brazos. La acomodé y la arropé con su mantita preferida.

-Es tan hermosa.-comenté.

-Bella…

-Ya sé que no nunca podrá pasar.-dije.- Pero es un sacrificio que estoy dispuesta a hacer. Además, sabes que Charlie encontrará a algún familiar.

-¿Y qué piensas hacer si no lo hace, Bella? Nosotros no podemos quedarnos en un lugar más de cierta cantidad de años.

-Podría criarlos yo.

-¿Y qué? ¿Decirles que sus tíos y abuelos no envejecen?

-No lo sé.-dije.- Pero no quiero pensar en separarme de Elizabeth por ahora. Sólo quiero disfrutar.

-Y eso haremos.

-Háblame más de esta ciudad a la cual iremos.

-¿No lo has adivinado todavía?

-Nop.

-Iremos a Chicago.

-¿A tu ciudad natal?

-Así es.-sonrió.- Pero lo importante del asunto es que iremos a mi casa.

-¿A tu casa?

-La casa que me vio nacer, crecer y…bueno, enfermarme hasta morir.

-Genial, con eso arruinaste toda la visión que tenía.

-Lo siento.

-¿Dónde queda?

-En el centro.

-¿Es antigua?

-Así es, pero Esme la remodeló hace un par de años.

-Genial. ¿Y nadie vive allí?

-La casa me perteneció siempre. Cuando Carlisle me transformó, todos me dieron por muerto. Pero después de unos años, volví a Chicago y la reclamé como mía. Luego fingí una boda y el nacimiento de un hijo. Y así he estado inventando descendencia durante todo este tiempo.

-¿Con quién fingiste tu primer matrimonio?

-Con Esme.

-Que bizarro.-dije después de imaginarme la escena.

-Un poco…si lo ves desde el punto de vista donde Esme es mi madre.

-Lo sé.

Me acomodé contra su pecho y preparé el viaje. El viaje fue tranquilo. Elizabeth se había despertado a la mitad de éste y Edward se había encargado de entretenerla. Edward era muy bueno con los niños. Y a Elizabeth le encantaba jugar con él. Los observé detenidamente durante todo el momento que estuvieron jugando. Edward la dejaba hacer de todo; jugar con sus dedos, tirar de su cabello, golpearlo en la mejilla, babosearlo entero con sus besos, etc. Edward simplemente se derretía cuando estaba con Elizabeth.

Cuando llegamos a Chicago, Edward se cercioró que las dos nos abrigáramos bien. Afuera estaba nevando y hacía mucho frío. Él se encargó de arrendar un auto y de hablar con la persona que estaba a cargo de la casa de sus padres. Senté a Elizabeth en su silla en el asiento trasero y luego me senté en el asiento delantero. Edward condujo con precaución por las congeladas calles. Yo miré por la ventana durante todo el trayecto. Ya que quería captar cada momento en mi mente. Esto era importante.

Edward se detuvo frente a una casa de dos pisos. La casa era de ladrillos rojos, techo blanco y se veía muy normal. Estaba rodeada de más casas del mismo estilo. Tenía un pequeño patio delantero, el cual estaba cubierto de nieve. En la entrada del patio había un hombre de bastante edad. Edward se bajó y lo imité. Él se acercó a saludar al hombre mientras que yo saqué a Elizabeth del auto.

-Buenos días, señor Masen.-lo saludó el hombre.- Soy Lucas O'Ryan.

-Buenos días.-dijo Edward.- Ella es mi esposa Isabella y nuestra hija Elizabeth.

El hombre nos sonrió, pero pude notar cómo me inspeccionaba de pies a cabeza. Sabía que me encontraba joven para estar casada y tener un hijo. Después de todo, tenía sólo 17 años. Y difícilmente podría aparentar tener más de 19 años.

-La casa está lista y me he tomado la molestia de llenar el refrigerador con todo lo necesario y prender las chimeneas.

-¿Está todo como mi padre lo ha dejado?

-Así es.

-Muchas gracias, señor O'Ryan.

-Señor Masen…

-¿Dígame?

-Perdone la intromisión, pero ¿Por qué conservan esta casa si no la usan nunca?

-Esta casa significa mucho para mi familia. Para mi abuelo Edward, significó mucho. Y después de que se mejoró, quiso que esta casa nos recordara a todos nosotros lo importante que fue durante su infancia. Esta casa representa todos los valores que él ha tratado de inculcarnos a todos; sus hijos y sus nietos.

-Ya veo. Lamento haberlo incomodado con mi pregunta.

-No hay problema.

-Aquí están las llaves. Usted tiene mi número si desea contactarme por cualquier cosa.

-Gracias.

-Nos vemos. Que disfruten su estancia en Chicago.

-Adiós.-dije.

El hombre se marchó y Edward caminó hacia la entrada de la casa. El pequeño sendero de ladrillos que llevaba hasta la puerta era lo único que no estaba cubierto por la nieve. Edward subió los dos escalones que había y abrió la puerta.

-Ven.-me dijo estirando su mano.- Y ten cuidado que está resbaloso.

Caminé con precaución y llegué a donde Edward se encontraba.

-Entra, pero no mires nada. Quiero enseñarte todo.

-Ok.

Entré a la casa y sentí inmediatamente el cambio de temperatura; ésta tenía una agradable temperatura. Miré hacia Edward –quien se había dirigido a sacar las maletas- y procuré no mirar nada. Cerró el auto y caminó hacia nosotras. Entró, dejó las maletas al lado de la puerta y la cerró. Se sacó el abrigo y lo colgó en un perchero que había al costado de la puerta. Luego tomó en brazos a Elizabeth para que yo pudiera sacarme el abrigo. Hice lo mismo que él y lo observé sonriente mientras hacía lo mismo con Elizabeth.

-¿Lista?

-Por supuesto.-dije.

-Comencemos por la cocina.

Edward me hico un completo recorrido por la casa. En el primer piso estaba la cocina, el comedor, la sala y la oficina de su padre. En el segundo piso estaba la habitación de sus padres, la suya y la sala de estar, en donde había un enorme piano de cola. Dejó para el final su habitación, ya que quería mostrármela con más detalles. Abrió lentamente la puerta y se hizo a un lado para que yo entrara primero. Las paredes eran de color verde y las cortinas eran de color dorado. En la habitación había una cama con dosel, un escritorio al costado a ésta, una chimenea frente a la cama, un gran ventanal que daba a un balcón que miraba hacia el patio trasero y dos puertas; una que llevaba a su baño y la otra que llevaba a su closet.

-Traté de mantenerla lo más parecida a lo que era. Pero el color de las paredes se destiñó y las cortinas se apolillaron. Así que Esme las remplazó con nuevas, pero del mismo color. Lo mismo hizo con la pintura.

-Es hermosa.-dije.

-Es simple.-dijo él.- En esos tiempos sólo la usábamos para dormir…y estudiar.

Recorrí la habitación de rincón a rincón, fijándome en cada detalle. En el velador de Edward había una foto de una pareja que sonreía feliz. Supuse que eran sus padres. La tomé entre mis manos y la observé detenidamente. Estaba tan ensimismada viendo la foto, que no había notado que Edward estaba a mi lado hasta que sentí su voz susurrarme al oído.

-Ella es mi madre, Elizabeth. Y él es mi padre, Edward.

-Tu madre es igual a ti.-le dije.

-Gracias.

-¿Por qué no tienes esta foto en casa?-le pregunté con curiosidad.

-Porque ahora Esme es mi madre. Y yo recuerdo muy poco de mi vida humana.

-Ya veo. ¿Tienes más fotos?

-Un par. ¿Quieres verlas?

-Por favor.

-La mayoría de las fotos están en la sala de estar.

-Vamos.

Caminamos hasta la sala de estar tomados de la mano. Elizabeth iba muy cómoda entre los brazos de Edward. Tenía su cabecita apoyada en el hombro de Edward y con sus deditos estaba jugando con la camisa de Edward, mientras que lo babeaba entero. Entramos a la sala de estar. Allí sólo había un par de sillones, un escritorio, un par de muebles, una chimenea y el piano. Sobre los muebles estaban las fotos. Edward se sentó en el banquito del piano, sentó a Elizabeth sobre sus piernas y comenzó a tocar.

Yo me acerqué a las fotos. Eran hermosas y muy variadas en tamaño y personas que había en éstas. Había fotos del matrimonio de los padres de Edward, fotos del padre de éste con su familia, fotos de su madre con su barriga de embarazada, fotos de Edward durante toda su vida humana. Sonreí al verlo en pañales y sonriéndole a su madre, quien le estaba haciendo morisquetas. Tomé la foto y la observé más detenidamente. Edward era un encanto de bebé. Sentí unas ganas enormes de haberlo conocido durante esa época.

-¿Edward?-le pregunté.

-Dime.-me respondió sin dejar de tocar.

-¿Puedo quedarme con esta foto?

Él levantó la mirada de las teclas del piano sin dejar de tocar y me miró.

-Claro.-sonrió.- Lo que quieras, es tuyo.

-Gracias. Esta foto es hermosa.

-Hay fotos mías más bonitas.

-Esta es perfecta.-le dije.

-Si tú lo dices. ¡Elizabeth!

La pequeña Elizabeth había comenzado a tocar las teclas del piano, desentonado por completo la melodía de Edward. La pequeña rió y continuó tocando las teclas. Por más que Edward tratara de impedírselo, ella continuaba haciéndolo. Y eso no me sorprendía. Ya que a Elizabeth le encantaba ver y escuchar a Edward tocar el piano. Y él siempre tocaba con ella sobre su regazo. Me acerqué a él y lo besé en la cabeza.

-Recuerda que es pequeña.-dije.- Y le gusta jugar contigo.

-Lo sé.-dijo sonriendo.- Por más que quiera, no me puedo enfadar con ella.

-Es encantadora.

-Y me derrite por completo, al igual que tú.

-Lo sé.

-¿A dónde vas?

-A desempacar.

-¿Quieres que te ayude?

-No, tú quédate con Elizabeth y disfruta un de tu momento padre-hija que estás teniendo.

-Como desees.

-¿Dónde dormiremos?

-Pensé en ocupar la pieza de mis padres. Podremos dormir los dos allá y hay suficiente espacio para armar la cuna de Elizabeth.

-Ok.

Me marché de la habitación, dejándolos solos. Edward había subido las maletas y las había dejado en el pasillo. Así que las llevé hasta la habitación de sus padres y comencé a desempacar. El closet estaba completamente vacío. Así que había mucho espacio para colocar toda la ropa que Alice había empacado para nosotros. A lo lejos podía escuchar el piano de Edward y la risa de Elizabeth, cuando él la regañaba. Cuando terminé, observé la habitación de los padres de Edward. Era hermosa y me recordaba mucho a la habitación que él tenía en Forks.

Se notaba que Esme había querido conservar la mayor parte de las cosas tal como estaban. Quizás Edward le había pedido eso para mantener el recuerdo de sus padres vivos. O quizás tenía otro motivo para hacerlo. Recorrí la habitación con la mirada y reí al ver una enorme televisión pantalla plana frente a la cama. Eso debía haber sido un toque personal de Emmett, ya que no me imaginaba nadie más que quisiera tener un televisor de aquellas características en una casa antigua en Chicago.

Me acerqué a la ventana, que miraba hacia la calle. Muy pocas personas estaban en la calle, por el frío. Pero las que había, caminaban a paso apresurado por la vereda. Miré hacia los dos lados de la calle y sonreí al ver a la gente. Era una vista muy linda. Después de un rato volví a la sala. Edward seguía en el piano, pero estaba vez, era Elizabeth la única persona que tocaba el piano. Después de escucharla tocar una melodía –no tan desentonada- aplaudí. Edward volteó y sonrió.

-¿Te has divertido desempacando?

-No tanto, pero me gusta la habitación de tus padres.

-Traté de mantenerla lo más parecida a lo que era, pero Esme insistió en poner electricidad en toda la casa. Y otros miembros de la familia insistieron en poner uno que otro lujo.

-¿Lo dices por la enorme televisión plasma? ¿Fue Emmett?

-Así es, de él fue aquella idea. De Rosalie fue la idea de todos los implementos eléctricos que hay en la cocina. Y de Alice fue la idea del sistema de agua caliente para los baños.

-Son cosas que se necesitaban.

-No estoy muy seguro de eso…-dijo dubitativo.

Solté una carcajada, divertida por su comentario. Sabía muy bien que a él no le agradaba mucho mostrar o hacer cambios que mostraran todo el dinero que tenían. Me senté a su lado en el banco del piano y apoyé mi cabeza en su hombro. Elizabeth volvió a tocar. Cerré los ojos y sonreí.

-¿Bella?

-¿Mmmm?

-¿Qué deseas hacer mientras estemos en Chicago?

-Estar contigo a cada momento.

-Eso lo supuse. Pero me refiero a qué quieres visitar.

-Nada.-susurré.

-¿Nada?-preguntó sorprendido.

-En Chicago no hay nada más que me interese que estar contigo en tu casa, Edward. Sé que viviste muchos momentos intensos y hermosos acá, y deseo poder vivir momentos iguales junto a ti. Eso es lo más importante para mí.

-¿No quieres salir?

-Nop.

-Como desees.

-Gracias.

-¿Por qué?

-Por abrirte de esta forma conmigo. No sabes cuán importante es esto para mí. Nunca pensé que me dejarías entrar tanto a tu corazón.

-Sabes que mi corazón es de piedra, Bella.

-Pero vuelve a latir cuando estás conmigo, lo sé. Y no sabes cuán rápido late el mío cuando estamos juntos.

-Lo puedo escuchar.-dijo riendo entre dientes.

-Eres lo mejor que me pudo pasar en esta vida. Y agradezco tanto que me hayas dejar entrar en la tuya.

-Sabes que no tuve otra opción. Después de un tiempo, se me hizo imposible concebir mi vida sin ti en ella.

-Eres tan romántico. Me encanta cuando me hablas así.

-Y a mí me encanta hablarte así.

Sentí sus dedos acariciarme la mejilla. Su roce me hacía suspirar. Amaba cuando me tocaba y me acariciaba. Él era especial para mí y no se daba cuenta de lo mucho que significaba. Mi vida estaba vacía sin él en ella.

-Edward…

-¿Mmmm?

-¿Tú y yo para siempre juntos?-le pregunté abriendo los ojos para mirar los ojos.

-Bella, yo…

-Sabes que mi vida no tiene sentido sin ti. Y la tuya tampoco lo tiene sin mí.-le dije.- Quiero estar contigo para siempre. Es por eso que te vuelvo a preguntar, ¿tú y to para siempre juntos?

-Si así lo deseas.-dijo con seriedad.

Luego se acercó a mí y juntó sus labios con los míos en un tierno y muy significativo beso. Con eso, estaba cerrando su pacto conmigo. Para siempre los dos juntos, pase lo que pase.

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