So Wrong, It's Right
Disclaimer: Twilight no me pertenece, al igual que sus personajes. Todo esto pertenece a Stephenie Meyer.
Lean y comenten: Dirty Sexy James: 4081501 (Harry Potter)
Someone to Save You: 4247900 (Twilight)
You call it Madness, I call it Love: 4190620 (Twilight)
º0º0º0º0º
Capítulo Cuarenta: Epílogo.
Bella POV.
QUINCE AÑOS DESPUÉS.
Era invierno. Un viento helado soplaba con fuerza y las personas agarraban desesperadas sus pertenencias. La nieve estaba acumulada en las calles de New York, pero en ese momento específico no estaba nevando. Para mí, ni el viento helado ni las condiciones climáticas del invierno me molestaban. La gran noticia que estaba en boga de todos en este momento era el cambio climático. Si este tema había sido importante hace quince años atrás, ahora era más importante que nunca.
New York estaba viviendo una ola de clima helado que jamás había vivido. Y los expertos la llamaban "el comiendo de la nueva era de hielo". Miré de reojo a mi compañero de mesa. Estábamos sentados en un pequeño café en la Quinta avenida, mirando a la gente pasar. Él estaba leyendo el diario, mientras tarareaba con dulzura una melodía. Una melodía que no era ni mi nana ni la canción favorita de Esme. Era una melodía que él había compuesto para otra persona más. Una persona que esperábamos ver.
Volví a concentrarme en mí alrededor. Las calles estaban adornadas con luces y en cada dos equinas había un grupo de personas cantando villancicos. Faltaban dos días para la navidad y las calles estaban repletas. El lugar era un hervidero de gente, a pesar del clima. Ni siquiera el calentamiento global podía detener a los compradores. Sonreí al recordar a Alice, lo más seguro era que en este momento, estaba arrastrando a Jasper por todas las tiendas de la Quinta avenida. El sonido de mi celular me distrajo.
-Hola Rosalie.-contesté.
-¿Cómo va todo por allá?
-Todavía no aparecen. ¿Qué dice Alice?
-No lo sé, no he hablado con ella.-me respondió.
-Al parecer tendremos que seguir esperando. ¿Están muy lejos de nosotros?
-Un par de tiendas. Emmett se está probando ropa.
-Ya veo. Cuando pasen por acá, es avisaré.
-Genial, gracias Bella.
-Nos vemos, Rose.
Colgué y dejé el celular sobre la mesa. Edward dejó el diario sobre la mesa –doblado en dos- y torció la sonrisa.
-Dejen de preocuparse.-dijo.- Alice predijo que pasarían por acá y lo harán.
-Sabes muy bien que el futuro puede cambiar.-lo regañé.- Cuando las personas toman decisiones distintas…
-Lo sé, Bella. Y comprendo tu ansiedad. Pero debes mantenerte calmada. Todo está bajo control. Cualquier cambio en sus decisiones, Alice nos avisará. Ella está pendiente de sus futuros.
-¿Cómo se verán?-pregunté con ansiedad.
-Uh, ¿grandes?-preguntó Edward.
-Oh, ya sé que han crecido.-dije molesta.- Pero quiero saber si el crecimiento les ha favorecido o no.
-Yo creo que sí.-Edward se encogió de brazos.- No eran bebés feos…
-Pero la pubertad pudo haber hecho estragos en ellos.-dije.
-Bella…-Edward colocó los ojos en blanco.- ¿Puedes calmarte, por favor?
-Sé que todo saldrá bien, Edward. ¡Pero no puedo calmarme!-chillé.
-Mejor tómate tu chocolate caliente. Ahora.-me ordenó.
Agarré la taza de chocolate caliente que tenía frente a mí y bebí un pequeño sorbo. El líquido caliente le dio un poco de paz a mi fría garganta. Amaba la sensación del chocolate caliente en mí. Se sentía bien. Edward bebió un sorbo de su capuchino y volvió a dejar la taza en su plato. Me miró y sonrió.
-¿Tienes sed?-me preguntó.
-No, estoy recién alimentada.-le dije mostrándole mis ojos.- Central Park tiene especímenes bastantes curiosos.
-Animales, ¿cierto?-preguntó con incredulidad.
-¿Piensas que mis ojos serían dorados si me hubiese comido a un humano?
-No.-sonrió.
-Entonces no preguntes cosas estúpidas. Además, creo que me conoces más que eso. Llevamos quince años juntos y jamás he probado la sangre humana.
-Dieciséis.-me corrigió.
-Quince como vampiro.-susurré.
-Tecnicismos, Bella.-colocó los ojos en blanco.
-Como digas.-dije divertida.
Nos quedamos en silencio, con nuestras miradas fijas en las personas que pasaban a nuestro lado. Muchas de las personas que pasaban a nuestro alrededor, pasaban mirándonos sorprendidos. Obviamente que nuestra belleza llamaba la atención. Después de todo, éramos los mejores predadores que existían. Quince años siendo una vampira y todavía no me acostumbraba a que me miraran tanto. Edward parecía no inmutarse con las miradas. Claro, él llevaba más años deslumbrando a la gente que yo. Él tenía experiencia en el arte de deslumbrar y utilizar su deslumbramiento para aprovecharse de la gente. Edward torció la sonrisa.
-¿Me estás escuchando?-le pregunté con cautela.
-Así es.
-Oh, rayos.-maldije por lo bajo.
-Sabes perfectamente que ahora te escucho siempre.
-Tendré que concentrarme en mantener mi barrera en alto más seguido.
-Como digas.
-Lo digo en serio.-dije divertida.
-No se nota.
-¡Pues tendré que hacerlo! Tengo muchos secretos que esconderte.
-¿A mí, tu amado esposo?
-Así es.-sonreí.
-Eres malvada.
-Lo sé, pero es lo que tienes como resultado luego de quince años de convivir con Rosalie y sus planes malévolos.-me encogí de hombros.
-Tienes toda la razón.
Nos inclinamos hacia adelante, para juntar nuestros labios en un beso, cuando sonó el celular de Edward. Nos separamos inmediatamente. Él cogió su celular y sonrió.
-¿Alice?-preguntó.
-Es la hora, Edward.-la escuché decir.
Volteé a mirar y a los divisé. Venían caminando los tres solos, conversando y muertos de la risa. En sus manos, varios paquetes de regalo. Jack era alto, musculoso y de facciones muy definidas y muy guapas. Su cabello rubio arena le llegaba hasta el cuello y las puntas las tenía rizadas. Tenía cierto aire a Emmett y a Rosalie; la mezcla perfecta entre los dos.
Henry llevaba el cabello castaño claro desordenado como si se hubiese bajado de una motocicleta. Era el único que usaba lentes ópticos, pero al parecer, no le molestaban. En sus labios había una enorme sonrisa. Era alto, delgado y musculoso, aunque menos que su hermano mayor. Se movía con gracia, aún para su tamaño. Es por eso, que me recordaba a Alice y Jasper.
Y por último estaba Elizabeth. Su cabello era un tono más castaño que Henry. Era largo –le llegaba hasta un poco más abajo de la mitad de su espalda- y le caía con gracia por su espalda y hombros. Lo llevaba sostenido en una media cola, dejando que sus bucles naturales se movieran con facilidad y elasticidad. Era alta, pero no tanto como sus hermanos. Su cuerpo era delgado y sus curvas estaban muy marcadas. Su rostro era dulce y una que otra peca adornaba sus mejillas.
Edward me sonrió y cogió mi mano. La apretó con fuerza, para hacerme sentir que él también estaba nervioso. Lo miré y asintió. Todo estaba listo.
Elizabeth POV.
Nos demoramos una semana completa en convencer a los abuelos para que nos dejaran venir a New York de compras navideñas. Florida era genial, pero no había mejor lugar que las tiendas de New York para comprar. Las calles estaban completamente adornadas y había personas cantando villancicos por todas partes. Amaba esta época del año, era mi favorita. El cielo estaba nublado, pero la nieve había dejado de caer. Aún así, soplaba un viento bastante helado.
Sonreí al ver a Henry y a Jack discutiendo sobre cuál era el mejor equipo de baseball. Desde que tenía uso de razón, Jack era un fanático de los deportes. Y eso era extraño, ya que –según mis abuelos- a papá jamás le habían gustado los deportes. A Jack le gustaban todos los deportes, pero en especial el fútbol americano. Pero también tenía su otro hobby. Por alguna extraña razón, Jack amaba los autos. No podía estar un día sin trabajar en el grasiento motor de su viejo Mustang GT. Y ese era un gusto incomprendido por mis abuelos y por nosotros.
Henry era más tranquilo. Era calculador y –a veces- distante. Observaba todo con detenimiento y analizaba cada movimiento del resto con mucho cuidado. No se fiaba de nadie, sin antes conocer sus verdaderas motivaciones. Aún así, había algo que Henry no se podía resistir. Por más que tratara, no lograba controlarse. Cada vez que pasaba frente a una tienda de ropa, sentía la necesidad de entrar y comprarse algo; lo que fuera. Otro gusto incomprendido por todos nosotros.
Yo era la más calmada de todos. Me gustaba estar sola, leer mucho y tocar el piano. Por otra razón incomprensible para mis abuelos, yo era muy buena con el piano. Para mí, tocar el piano era algo natural, como si hubiese nacido haciéndolo. Las melodías se formaban sin ningún problema dentro de mi cabeza y yo sólo sentía la necesidad de pasarlas a sonidos. Hace años que tenía una melodía en particular metida en la cabeza que no sabía cómo terminarla.
Miré de reojo a mis hermanos y sonreí al verlos tan felices. Venían conversando sobre lo horrible que estaba el clima, cuando –repentinamente- tropecé con una baldosa de cemento que estaba sobresalida. Perdí el equilibrio y me rendí a la idea de que me golpearía estrepitosamente contra el suelo. Después de todo, la torpeza era algo normal en mí. Cerré los ojos, pero nunca sentí el golpe contra el suelo.
-¡Elizabeth!-gritaron Henry y Jack.
Repentinamente me sentí protegida, como nunca antes me había sentido. Abrí los ojos lentamente y vi que me encontraba entre los brazos de un hermoso joven de cabello despeinado castaño dorado y unos increíbles ojos dorados. Me quedé perpleja. No sabía cómo reaccionar. Él torció la sonrisa y me ayudó a levantarme.
-¿Te encuentras bien?-me preguntó con dulzura.
-Supongo.-susurré.
Me soltó y dio un paso para alejarse de mí. Me sonrío. En aquel instante llegaron mis hermanos y me inspeccionaron para cerciorarse de que todo estuviera bien. Me abrumaron con tantas preguntas que les grité para que guardaran silencio.
-¡Ya basta!-dije molesta.- Estoy bien. Él me salvó.-lo apunté.
-Mi nombre es Edward Cullen.-dijo el joven.
-Muchas gracias, Edward.-le agradeció Jack.- Elizabeth tiende a ser muy torpe.
-No se preocupen. Estoy acostumbrado. Mi novia también solía serlo.
En ese momento, llegó una joven de perfecta figura. Su cabello castaño largo iba tomado en una perfecta cola alta. Sus ojos dorados brillaban con intensidad y sus labios formaban una perfecta sonrisa. Me acercó a nosotros y extendió su mano para que Jack se la estrechara.
-Soy Isabella Masen.-dijo.- Pero me pueden decir Bella.
-Yo soy Jack, él es Henry y la torpe es Elizabeth.
-¡Hey!-dije ofendida.
Edward y Bella soltaron un par de carcajadas. Me sonrojé al escuchar lo melodiosa que eran sus risas y lo bien que encajaban. En aquel momento, mi estómago se estrujó. Sentía que esto ya lo había vivido. Aquella escena se me hizo muy familiar y no pude evitar tratar de recordar. Pero nada de mis recuerdos se parecía aquello. Entonces, ¿Por qué sentía que esto era un deja-vu?
-¿Están de compras?-preguntó Bella apuntando nuestros paquetes.
-Así es.-dije.- Venimos de Florida para comprar.
-Vienen desde muy lejos.-comentó Edward.
-Algo por el estilo, pero es que amamos venir de compras a New York.-dije.
-Me parece muy buen lugar para comprar.-comentó Edward.
-¿Qué hacen ustedes?-preguntó Henry.
-Bella y yo entramos a Dartmouth. Pero a mí me interesa continuar con mi carrera musical.-dijo Edward.- No me interesa estudiar medicina.
-¿Medicina?-preguntó Jack impresionado.- Eso es genial.
-Lo sé, pero como dije, quiero continuar con mi carrera musical.
-¿Qué instrumento tocas?-le pregunté.
-El piano.-respondió.
-Yo también.-dije sorprendida.
-¿Y tú, Bella? ¿Qué vas a estudiar?-preguntó Henry.
-Entré a literatura. Amo leer y me encanta la literatura inglesa. Es algo que me apasiona.
-A Elizabeth también le encanta leer.-comentó Jack.
-¿Ah sí?-preguntó Bella sonriente.- ¿Cuál es tu autor favorito?
-Definitivamente Jane Austen.-dije.- Me encanta la forma que describe el mundo. Tiene una visión muy particular del mundo, del amor, de las relaciones interpersonales. Es simplemente impresionante.
Edward miró a Bella y los dos rieron. No comprendía por qué se reían, pero me gustaba escuchar sus risas. Me sentía en casa cuando estaba con ellos. Era una sensación extraña, ya que no los conocía y jamás los había visto. Luego de conversar un rato, Edward decidió que era hora de irse.
-Creo que…es hora de irnos.-dijo Edward mirando a Bella.- Ha sido un gusto conocerlos.
Edward y Bella estrecharon manos con Henry y Jack. Luego, Edward se dirigió a estrechar la mía. Su piel era helada, pero no me estremecí al sentirla. Es como si estuviera acostumbrada a ésta. Luego, me despedí de Bella. Edward me recogió las bolsas del suelo y me las entregó. Les sonreí y volvieron al café en donde estaban. Comenzamos a caminar por la calle en completo silencio. ¿Mis hermanos se sentirían igual que yo? Los miré de reojo. Podía notar lo incómodos que se sentían. Entonces, no era yo la única.
Jack POV.
Vaya, me sentía incómodo. Como si me hubiesen sacado algo de mi interior sin previo aviso ni anestesia. Algo dentro de mí hacía falta y no sabía qué. ¿Por qué me sentía así? Esto era extraño. Jamás me había sentido así. Me sentía completamente desolado. Suspiré resignado. Sólo había una cosa que me ayudaría a recuperarme. Miré hacia mi derecha y sonreí al verla. Era una tienda de ropa deportiva.
-Esperen.-dije.
-¿Qué?-preguntó Henry.
-Vamos a entrar a esta tienda.-dije señalando la tienda.
-¿Una tienda de ropa deportiva?-preguntó Elizabeth.
-Oh, vamos. Lo necesito.
-Hombres.-Elizabeth colocó los ojos en blanco.
-Vamos.
La cogí del brazo y la arrastré hacia dentro. La tienda era enorme y cada pieza de ropa me llamaba. Hasta que vi la ropa de fútbol americano. Solté a Elizabeth y caminé a paso apresurado hacia ella. Las camisetas de los equipos me llamaban. Estaba a punto de entrar a la universidad y lo más probable era que me ganara una beca por jugar fútbol americano en el colegio. Para mí, el deporte era fácil. Y me entretenía. Al igual que la mecánica. Agarré una de las camisetas de los Florida Gators. Aquella sería pronto mi camiseta, si me ganaba la beca para entrar a la Universidad de Florida.
-Los Florida Gators.-escuché una voz a mi espalda.- Es un gran equipo. ¿Tú juegas allá?
Volteé y me encontré con una figura que se me hizo conocida. Un joven alto, musculoso, de cabello rizado y ojos dorados me estaba sonriendo. A su lado –tomada de su brazo- había una rubia espectacular. Sus curvas eran bastantes demarcadas, su rostro era hermoso, su cabello rubio caía como cascada hasta la mitad de su espalda y sus ojos dorados brillaban con intensidad.
-Eh, no. Pero espero jugar un día para ellos.
-¿Algún día pronto?-me preguntó la joven.
-Estoy en mi último año de colegio. Vivo en Florida y lo más probable es que me gane una beca para jugar en la Universidad de Florida. ¿A ustedes les gusta el fútbol americano?
-A mí me encanta. A mi novia –Rose- no tanto.
-No comprendo el fútbol americano. Prefiero los autos.
-¿Ah, sí? ¿Cuál conduces?
-Un Mustang GT, pero de la versión nueva. Me preocupé de arreglarle el motor para que corra más rápido.
-Wow, eso es genial. Yo también manejo un Mustang GT, pero uno de los antiguos.
-Tienen los mejores motores.-me dijo Rosalie.
-Eso es cierto.-concordé con ella.
-Ah, mi nombre es Emmett.
-Mucho gusto, yo soy Jack.
-Lindo nombre.-dijo Rose.
-Gracias.-dije avergonzado.
Guardamos silencio un par de minutos. Emmett se soltó de Rose y comenzó a ver las camisetas. Rose me miró y sonrió. Al rato, se acercó a Emmett para ayudarlo a elegir una camiseta. Al verlos, me entró la nostalgia. Sentía que los había visto, pero no me acordaba donde.
-¿Rose?-pregunté un poco avergonzado de hablar con ella.
Ella me miró y me sonrió con dulzura, con cierto tono maternal en sus ojos.
-¿Dime?-me preguntó.
-No sé si esto sonará como un insulto, pero te pareces mucho a mi mamá.
-¿A tu mamá?-preguntó un poco sorprendida.
-Así es. Mi mamá murió cuando tenía tres años, pero tengo un recuerdo muy vago de ella.
-¿Cómo era?-preguntó Emmett.
-Alta, de cabello rubio, de mirada amable, tierna y muy hermosa. Recuerdo su voz.-cerré mis ojos.- Recuerdo como me cantaba al dormir. Su hermosa voz a mi oído, diciéndome que todo estará bien. Su mano recorrer mi cabello…
-Suena como una gran persona.-dijo Rose.
Abrí los ojos y me sonrojé.
-Me siento alagada.-dijo ella.
-Gracias.-sonreí.
-¿Y tu papá?-preguntó Emmett.
-A decir verdad, como que nosotros tenemos visiones de nuestros padres muy distintas.
-¿Quiénes?-preguntó Emmett.
-Mis hermanos y yo.-los apunté.
Henry y Elizabeth estaban sentados en una banca probándose zapatillas. Los dos no se habían dado cuenta de que estaban hablando con ellos. En aquel momento, me puse a pensar en las visiones de padres que teníamos. Para mí, mamá era hermosa, audaz y de cabello rubio. Con una hermosa voz y muy tierna. Para Henry era castaña, muy ruidosa y muy hiperactiva. Y para Elizabeth…bueno, ella realmente no recordaba muy bien a mamá. Pero siempre decía que era hermosa y muy tierna. Y papá, bueno, allí también estábamos en desacuerdo. Para mí papá era alto, musculoso, de cabello castaño, muy risueño y un poco escandaloso. Para Henry papá era rubio, callado y algo sumiso. Para Elizabeth también era algo confuso. Ella recordaba que papá le cantaba una nana para dormir, pero nada más. Rose llamó mi atención con su mano. Sacudí la cabeza y sonreí.
-¿Qué decías?-me preguntó.
-Oh, nada. No hay problema.
Rose me sonrió.
-Creo que es hora de marcharnos, Rose.-dijo Emmett.
-¿Ya encontraste la camiseta que querías?
-Así es.-dijo Emmett.- Me llevaré la de los Gators.-me sonrió-. Espero que la próxima temporada pueda comprar una camiseta de los Gators con tu nombre, Jack.
-Eso espero.-le dije.
-Nos vemos pronto.-dijo Emmett.
-Adiós.-dijo Rose.
-Espero verlos alguna otra vez.-les dije.
-Quizás, para uno de tus juegos en la Universidad de Florida.-dijo Rose.- Suerte con eso.
-Gracias.
Se despidieron de mí y se marcharon a la caja para pagar. Me quedé mirándolos hasta que se marcharon. Rose tenía cierta aura que me llamaba la atención. Sentía que la conocía, pero eso era imposible. Llevé la camiseta de los Gators hasta la caja y los chicos se me acercaron. Elizabeth me sonrió.
-¿Por qué estás tan feliz?-me preguntó.
-Creo haber tenido una epifanía.-dije.
-¿Sabes lo que es eso?-preguntó Henry.
-Sí, lo sé.-coloqué los ojos en blanco.
-Entonces, ¿de qué se trataba tu epifanía?-me preguntó Elizabeth divertida.
-De mamá y papá.
-Ya hemos hablado mucho sobre eso.-dijo Henry.- Todos tenemos ideas distintas de ellos y nadie sabe como son en realidad.
-Yo también tuve una epifanía de ellos hoy.-dijo Elizabeth.
-¿Ah, sí?-le pregunté sorprendida.
-Así es. ¿Recuerdan la melodía que he tenido en mi cabeza por años y no he podido terminarla?
-Así es.-dijimos al unísono con Henry.
-Bueno, creo que la terminé.
-¿Cómo es eso?
-No lo sé, Jack.-me dijo.- Como que algo encajó hace un momento. Y creo que puedo terminar la melodía.
-¡Wow, eso es genial, Elizabeth!-dije emocionado. Henry bufó.- ¿Qué te pasa?
-¿Por qué yo no tengo una epifanía de ellos?
-Quizás la tengas, algún día.-dijo Elizabeth.
-Eso no me anima mucho.-dijo Henry.
-Oh, vamos Henry.-dije.- Sé que ir de compras te animará.
-No lo sé.-dijo él.
-Oh, como si no quisieras comprarte otra corbata de marca.
-Puede ser que quiera…
-Eres tan extraño.-comenté.- Y lo peor es que te encanta comprar ropa pero tienes novia. Y por otras cosas que no diré en este momento –miré a Elizabeth y ella sonrió-, no puedo durar de tu masculinidad.
-Soy muy macho.-dijo él mostrando sus músculos.
-Lo sabemos.-dije.
-Disculpe, ¿va a pagar por eso?-me preguntó la vendedora.
-Así es.-dije.
-Muy bien. Un joven acaba de comprar la misma camiseta. Es muy popular, parece.
-Aja.
Pagué y nos marchamos a una tienda para que Henry pudiera disfrutar de sus compras. Algo debía admitir, Henry tenía muy buen estilo y se vestía muy bien. Y eso lo ayudaba a conquistar mujeres. Ellas caían rendidas a sus pies con su look de macho elegante y seductor.
Henry POV.
Entramos a la tienda y los chicos se sentaron en un taburete. Sabía que esto no les entretenía mucho, pero a mí me encantaba. No sabía por qué exactamente, pero sentía que me unía con mamá. Y eso era algo estúpido. Jamás había conocido a mamá y ninguno de nosotros sabía cómo era en realidad. Pero me gustaba la imagen que tenía de ella. Estaba viendo unas corbatas, cuando escuché una voz melodiosa a mi derecha.
-¡Jazz, la azul te queda mejor!
Volteé a ver y me sorprendí al ver a una joven de cabello corto y rebelde. Era pequeña y tenía cierto aspecto de duendecillo. Estaba discutiendo con un hombre de cabello como el color de la miel, era alto y musculoso. Su mirada era cauta, calculadora y quizás fría. Pero la forma como miraba a la chica era totalmente impresionante. La miraba con adoración, como si el mundo girara a su alrededor. El joven sonrió.
-Lo que desees, Alice.-dijo el tal Jazz.
-Gracias.-Alice le lanzó un beso.
Volví a concentrarme en las corbatas. Estaba a punto de escoger una roja, cuando una mano blanca y helada como la nieve, se topó con la mía. Recorrí la mano, el brazo hasta llegar a la persona en sí. Era la misma chica que estaba discutiendo con el chico hace un momento sobre corbatas. Ella me sonrió.
-¡Hola!-dijo emocionada.
-Eh, hola.-le respondí vacilante.
-¿Vas a querer la corbata roja?-me preguntó.
Saqué la mano inmediatamente de la corbata, sin decir nada. Las palabras no salían den mi boca, ya que no podía formar ninguna oración con sentido.
-Eh, sí. Digo no.
-¿No o sí?-preguntó divertida.
-Me da lo mismo.-dije.
-Es una linda corbata.-dijo levantándola y colocándomela en el cuello.- Te quedará bien. Creo que debes llevártela.
-Yo…
-Jasper, ven a opinar.-dijo Alice.
El hombre llamado Jasper se acercó a nosotros. Él me miró y sonrió.
-¿Le queda bien?-preguntó Alice.
-Sí.-dijo Jasper.
-¿Lo ves?-dijo Alice.
Me entregó la corbata. Y se puso a revolotear alrededor de las otras corbatas. Jasper se quedó quieto, esperando a que Alice eligiera algo. Pero al parecer, Alice había elegido más que una sola cosa. La vi recoger al menos cinco o seis corbatas. Y estaba en busca de más. Jamás había visto a una persona tan hiperactiva como ella. A decir verdad, sentía cierta familiaridad con respecto a ellos. Sentía que los conocía y muy profundamente. Como si los conociera desde hace mucho tiempo. La vi buscar corbatas y sonreí. Sin saber porqué.
Sentí la mirada de Jasper fija en mí, pero no quise voltear para verlo. Sentía que no me miraba con odio ni nada por el estilo. Sentía que me miraba con curiosidad, como si quisiera saber lo que estaba pasando por mi mente en este momento. Comencé a sentirme nervioso de un momento a otro por todo lo que estaba pasando, pero –de la nada- una ola de paz y tranquilidad me golpeó. Sentí como un gran peso se salía de mi espalda y podía respirar con tranquilidad. Me atreví a mirar a Jasper.
-¿Van a la universidad?
-Así es. Los dos entramos a Yale. Alice es mi novia.
-Ah, ya veo.
-¿Y tú?
-Voy al colegio todavía. Tengo dieciséis años y medio. Casi diecisiete.
-Ya veo. Todavía te falta.
-Así es, pero no tanto. Mi hermano grande tiene dieciocho y mi hermana pequeña tiene quince años.
-Interesante, ¿y qué quieres estudiar?
-Estaba pensando en historia. Me encanta todo lo que tiene que ver con las guerras. En especial la guerra civil.
-Fue una batalla muy interesante. La confederación contra la unión. Me gusta la batalla de Galveston.-comentó.
-Es interesante, pero no una de las mejores.-me encogí de hombros.
-Una opinión muy válida.-me dijo.
-¡Jazz!-gritó Alice. Los dos volteamos.- ¿Te gusta el púrpura?
-No mucho.
-Oh, bueno.
Alice volvió a lo suyo. Miré a Jasper y él suspiró.
-¿Es siempre así?-le pregunté.
-La mayoría de las veces. Pero es mi Alice y la amo con todos sus defectos y virtudes.
-¿Llevan muchos años juntos?
-Realmente no llevo la cuenta, pero adoro estar con Alice. Así que el tiempo realmente no cuenta.
-Ya veo.
Alice revoloteó un poco más en busca de más corbatas, camisas, sweaters y otras prendas varias. Hasta que llegó a nuestro lado. Me entregó varias prendas y me obligó a ir a probármelas. Por alguna extraña razón, le hice caso. Mientras me cambiaba, noté que Alice tenía cierto poder sobre mí. Aquello me pareció bastante extraño, ya que jamás la había visto. Cuando salí de los probadores Alice y Jasper ya se habían ido. En aquel momento, Elizabeth y Jack se acercaron a mí.
-¿Qué te ocurre?-me preguntó Elizabeth.
-Hace rato estaba conversando con dos personas. ¿No los vieron?
-No.-dijo Jack.- ¿Ya terminaste? Tenemos que irnos al hotel a ordenar. Partimos en el vuelo de las diez.
-Sí, mejor vamos.-dije.
De las cosas que Alice me había elegido, escogí dos cosas que más me habían gustado; una camisa blanca y una corbata roja. Me dirigí a la caja y le pasé las dos cosas a la vendedora. Ella sonrió y las colocó inmediatamente en una bolsa y me los entregó.
-¿Cuánto es?-le pregunté.
-Está todo pagado.-me dijo ella.- Una joven vino hace un par de minutos y pagó por estas dos prendas.
-¿Qué?-preguntó Elizabeth.
-¿Era bajita, con el cabello desordenado y corto, y era un poco hiperactiva?-pregunté.
-Así es. ¿La conoces?
-Eh, un poco.-dije.
-Bueno, ella pagó por todo.
-Gracias.-dijo Jack. Me agarró por los hombros y se acercó a mi oído: déjalo ya, Henry. Está pagado.
No discutí más. Salimos de la tienda y nos dirigimos al hotel. Mientras ordenábamos para irnos, nos pusimos a conversar y llegamos a la conclusión de que había sido un día bastante extraño.
Esme POV.
Nos sentamos en el café del aeropuerto a esperar a que los chicos llegaran. El vuelo a Denali salía en media hora y los chicos habían decidido recorrer una vez más las tiendas de New York. Así que Carlisle –con su tono calmado- les había dicho que sí. Suspiré y volví a mirar la hora. Si perdíamos el vuelo por su culpa, los castigaría, ya que esta no era la primera vez que pasaba. Carlisle cogió mi mano y la apretó con cariño.
-Alice dijo que todo saldría bien y que mañana estaríamos en Denali.
-Extraño mi casa.-le confesé.- El calor de mi chimenea, la vista desde mi estudio y las conversaciones con Carmen.
-Mañana estaremos en casa.
-Que bueno.-susurré.
Habíamos ido a New York porque los chicos habían insistido en ver a los bebés, bueno, ya no eran más bebés. Yo no había querido ir, ya que sabía que mi corazón daría un vuelco al verlos y me invadiría la nostalgia. Y eso no quería. Había decidido no verlos y Carlisle me había apoyado. Después de todo, así era mejor. Ellos ya se habían olvidado de nosotros y no había porqué jugar con sus frágiles recuerdos. Era mejor observarlos de lejos, como yo lo había hecho una que otra vez. El móvil de Carlisle sonó y él lo contestó. Era Alice. A los pocos segundos me ofreció el teléfono.
-¿Para mí?-pregunté sorprendida.
-Desea hablar contigo.-dijo él.
-Oh, está bien.
Agarré el móvil y me lo coloqué al oído.
-¿Qué ocurre, cariño?-pregunté.
-Mira a tu derecha.
Haciendo lo que me pedía, miré hacia la derecha. Pero allí no vi nada que pudiera llamarme la atención.
-¿Qué hay a mi…?
Frente a mis ojos estaban pasando tres hermosas criaturas; dos hombres y una jovencita. Mi corazón dio un vuelco. Eran ellos. Eran mis hermosos nietos humanos. Sentí la mano de Carlisle en mi hombro y las risas de los demás al otro lado del teléfono. Dios, estaban tan hermosos. Sentía unas ganas imperiosas por levantarme de mi asiento y salir a abrazarlos con todas mi fuerzas.
-Eso no será una buena idea, Esme.-me dijo Alice.- Déjalos ir. Es lo mejor.
-Están guapísimos…-dije sorprendida.
-Hemos sabido muchas cosas sobre ellos. Te lo contaremos cuando lleguemos.-dijo Alice.- ¿Te gustó mi sorpresa?
-Te odio por llenarme de nostalgia, pero gracias cariño.
-La nostalgia se te pasará. Lo sé.
-Gracias.-susurré.
Alice colgó el teléfono y se lo pasé a Carlisle. Él sonrió y comenzó a acariciarme el hombro. Me besó la mano.
-¿Eres feliz?
Lo miré a los ojos, sorprendida por aquella pregunta. Coloqué mi mano sobre su mejilla.
-Soy la mujer más afortunada del mundo. Nadie ha tenido todas las oportunidades que yo he tenido. Nadie se ha enamorado del hombre más maravilloso del mundo; nadie ha criado a los hijos más revoltosos, cariñosos y asombrosos; y nadie, NADIE, ha criado a tres nietos más talentosos y hermosos. Soy muy afortunada.
-Te amo Esme.
-Sí, yo también te amo.-dijo Emmett con tono de burla.
Volteamos y vimos a los seis parados detrás de nosotros. Los tres estaban riéndose a carcajadas. Los miré, me paré y los abracé. Le di a cada uno un beso en la mejilla y les sonreí.
-Es hora de volver a casa.
-Oh, yo no quiero volver.-dijo Emmett.- Acá es entretenido.
-Emmett, hazle caso a tu madre.-lo regañó Carlisle.
-Sí, papá.-dijo Emmett con tono infantil.
Todos reímos a carcajadas. Cogí la mano de Carlisle y comenzamos a caminar hacia el avión. Los chicos nos seguían a pocos pasos. Emmett y Rosalie iban abrazados, conversando sobre lo que acababa de ocurrirles. Alice y Jasper venían cogidos de la mano, al igual que nosotros, pero Alice se encargaba de balancear sus manos. Edward y Bella cerraban el grupo. Los dos iban cogidos de la mano, mirándose como un par de recién enamorados. Llevaban bastantes años juntos y –aún así- no habían perdido su chispa. Miré a Carlisle y le apreté la mano con más fuerza. Él me miró y me sonrió. Movió sus labios para decir algo, pero no pronunció ninguna palabra.
-Te amo.-me dijo.
-Te amo.- le respondí de la misma manera.
Los ocho caminamos hasta el avión. Los ocho miembros que componíamos la familia Cullen. Una gran familia de vampiros, mi familia. Escuché las risas de mis niños y sonreí. Si había un Dios, me había dado el regalo más hermoso del mundo. Me había quitado un hijo en la vida mortal, pero me había dotado de seis en mi vida inmortal. No cabía duda alguna, erala mujer más afortunada del mundo…
º0º0º0º0º
Fin. ¿Qué les pareció? ¿Le faltó algo? ¿Habrían cambiado algo? Sus comentarios son geniales, así que espero que comenten todos. Gracias por su apoyo. Espero que nos veamos pronto en otro fic. Haré todo lo posible para traerles uno nuevo lo más rápido posible. Gracias, nuevamente.
Surfer Babe 69
