Aclaro que los personajes no son míos, pertenecen a J.K. Rowling (Harry Potter), y a Disney Channel (Wizards of Waverly Place).
Es una historia escrita sin ánimo de lucro, con la única intención de entretener.
LA LLEGADA
—¡Alex, despierta! ¡Ya son las 10:00! — gritó Justin al oído a su hermana, quitándole las cobijas que ella abrazaba con fiereza.
— Aún podemos dormir más... — arrastró las palabras perezosamente la morena.
— ¡No, perderemos el tren! Espero que ya te hayas levantado cuando vuelva — Justin salió corriendo de la habitación con una toalla en la mano.
— ¿Qué?...
La bruja decidió levantarse, con su cabello largo enmarañado y su ceño somnoliento, miró por la ventana y vio al sol que se estaba elevando; ojeó el mapa que el pelinegro dejó sobre sus cosas pero no lo entendió, así que lo aventó de vuelta donde estaba y se sentó en la cama. De no haber sido porque su padre no les permitió llevar sus celulares, estaría jugando el suyo para distraerse, o leyendo los mensajes del de Justin, mensajes que él mismo se enviaba. Pasaron diez minutos y su hermano regresó a la habitación con el cabello húmedo y otra muda de ropa: un pantalón de mezclilla negro y un anticuado jersey de cuello V color verde con franjas cafés y azules, aunque usar ese color hacía destacar sus bonitos ojos verdes.
— Alex, deberías ducharte cuanto antes, ¡En veinte minutos ya debemos haber salido del Caldero Chorreante!
— Aggh, ¡Ya voy! — la castaña tomó una toalla azul y algunas prendas de ropa que ella llevaba y salió de la habitación en dirección al descuidado baño.
— De acuerdo — hablaba para sí Justin — ¡¿Cómo nos llevaremos el equipaje?! Los dos carritos puede que si entren en un taxi, ¡Pero no nosotros dos!
El Russo estaba preocupado ya que no había pensado antes en lo estorboso que eran sus pertenencias, y que estarlas cambiando de posición les quitaría tiempo.
Pasaron quince minutos y Alex regresó a la habitación ya cambiada con unos vaqueros negros, una blusa blanca larga de manga corta con dibujos abstractos en color negro y calzando un par de converse negros.
— ¿Comeremos algo, Justin? — preguntó más despabilada la chica.
— ¡No tenemos tiempo! toma tu carrito, ya nos vamos, aunque no estoy seguro de como podremos llevar todo — respondió nervioso.
— Tú tranquilo, lo resolveremos fácil.
Los Russo salieron de su habitación con todas sus cosas, empujándolas con dificultad por las escaleras, entregaron la llave del cuarto a Tom quien los despidió con un "Que les vaya bien en Hogwarts", para luego salir del bar.
Una vez cruzando la puerta dieron con la ciudad de Londres, en la calle Charing Cross para ser más precisos. Alex levantó la mano al ver pasar un taxi vacío, eran bastante diferente a los de América, este era negro, con una parrilla color plata y faros redondos, y un pequeño y elegante letrero con la palabra "TAXI" arriba del parabrisas.
Ya detenido el auto, hicieron mil y un maniobras para meter todo el equipaje, doblaron el asiento trasero para unificarlo con el maletero, allí metieron ambos carritos con los dos baúles, la maleta de Justin, su lechuza y una de Alex; en el asiento de enfrente tuvieron que ir juntos y apretujados los dos hermanos cargando la otra maleta de la morena. Como era de imaginar, todo el trayecto constó de empujones e insultos entre los dos, tanto que el chófer ya estaba considerando la idea de bajarlos allí mismo.
El viaje demoró cerca de veinte minutos, una eternidad para los tres en el automóvil; faltaba un cuarto de hora para que dieran las 11:00.
Cuando ya estaban frente a la Estación de King's Cross, el taxi se detuvo, abrió el maletero y el conductor junto con los Russo bajaron todos los cachivaches, los baúles de madera y las maletas las colocaron en sus respectivos cochecitos.
— Serían 25 Euros, caballero — habló el chófer dirigiéndose a Justin.
— ¡¿25 Euros?! Oh, sí, ya voy por el dinero — respondió alarmado el chico. Se acercó a donde estaba su hermana con las cosas y le habló en susurros — Alex... no tenemos dinero de mortales, ¿Cómo vamos a pagar?
— ¿Todo en orden? — cuestionó impaciente el hombre del taxi.
— Sí, señor — respondió la castaña — Yo me encargo, Justin — murmuró en respuesta al ojiverde — tú sólo ve con él y finge sacar dinero de tu billetera, ¡Anda!
La morena empujó a su hermano obligándolo a encarar al señor, mientras ella sacó su varita señalando con ella el auto y recitó en voz baja "Moverus rodarus".
— De acuerdo, jaja — rió nerviosamente el pelinegro — voy a entregarle ahora sus 25 euros, jajaja — sacó su cartera del pantalón y justo antes de abrirla, Alex gritó.
— ¡NO PUEDE SER, SU VEHÍCULO SE MUEVE Y SE VA A ESTAMPAR!
El coche ya había avanzado varios metros, el chófer al mirarlo, salió disparado hacia él para detenerlo, circunstancia que los hermanos aprovecharon para salir corriendo a toda velocidad empujando sus carritos dentro de las instalaciones de King's Cross. Una vez adentro, no dejaron de correr hasta que llegaron al andén 9.
— ¡Espera! — dijo jadeando Justin por el esfuerzo de correr — Por aquí debe estar el andén 9 ¾.
— ¡¿El qué?! — frunció el entrecejo la castaña.
— La plataforma en donde debemos esperar el tren, lo dice el boleto — especificó el Russo — Debe ser por aquí, ya que este es el 9.
— Puede que me acabe de enterar de que es un andén, pero... — Alex hizo una pausa — si te has dado cuenta, ahí está el 10, no hay un "nueve y tres cuartos", Pfff.
— Ya sé, también lo vi — respondió molesto — pero debería estar por aquí... — su mirada se posó en un vigilante de la estación — O podemos preguntarle a ese oficial si sabe dónde está.
— ¡Oh, claro! ¿Y cómo piensa el señor Russo preguntar? — lo retó, para luego imitar su voz — "disculpe, oficial, ¿Podría indicarme dónde queda la plataforma 9 ¾, donde saldrá el tren a la escuela de Magia oculta en las montañas?" — se burló por lo incoherente que eso le parecía.
— ¿Tienes una mejor idea, Alex? ¡Sólo faltan 5 minutos! — se preocupó el pelinegro.
— No sé, podríamos hacer un conjuro que... — paró en seco al ver como un par de niños que cargaban su equipaje del mismo extraño modo que ellos, habían cruzado mágicamente la pared que dividía el andén 9 y 10 — ¿Viste eso? — preguntó sorprendida.
— ¿Ver qué? — rodó los ojos su hermano.
— ¡Ya sé cómo pasar! ¡Ven! — tiró de su manga a su acompañante obligándolo a avanzar — debemos atravesar la pared.
— ¿Qué? ¿Y cómo lo vamos a hacer? — inquirió dubitativo el pelinegro.
— A ver... acércate más a la pared... — le indicó Alex pensativa — mira a la pared... ¡Oh, sí! — y lo empujó con fuerza hacia ella cuando el chico se había descuidado.
— ¡Genial! Ahora estoy segura de que no chocaré — sonrió triunfante para sí y cruzó la pared con tranquilidad.
Una vez los Russo estuvieron del otro lado, ya en el andén que era señalado como el 9 ¾, corrieron en dirección al gran expreso color escarlata cuya locomotora expulsaba nubes de humo, indicando que ya estaba preparándose para partir en cualquier momento; entraron por una de las puertas que aún no eran cerradas, Justin cargando o mejor dicho arrastrando con dificultad los dos baúles de madera, y Alex jalando las tres maletas travelers.
Caminaron a través de todos los vagones hasta llegar al antepenúltimo, ya que todos los demás tenían sus compartimientos llenos, y en este en uno sólo había una chica. Alex empujó la portezuela que estaba entreabierta y titubeó si preguntar si habían lugares, por distraerse viendo a la extraña joven de mirada perdida, cabello largo rubio, sucio y desgreñado que estaba sentada.
— Sí, hay lugares — respondió como si hubiera leído la mente de la Russo.
— Oh, gracias — entró, dejó las maletas en el suelo y se asomó afuera del compartimiento para llamar a su hermano — ¡JUSTIIIN! ¡VEN AQUÍ!
Los hermanos se acomodaron en esa estancia, poniendo los baúles en la parte de arriba. El tren pitó muy fuerte y comenzó a moverse.
— Nunca los había visto por aquí, ¿Son nuevos? — preguntó la rubia.
— Sí, de hecho venimos de América — presumió Justin — ¿De qué año eres?
— Sorprendente — comentó con su voz soñadora — Soy de tercer año, ¿A qué grado han entrado ustedes?
— Yo a Sexto — dijo orgulloso el ojiverde.
— Ah, eres la menor aquí — rió la castaña — yo a cuarto.
— Vaya, conozco chicos de esos cursos, tal vez se lleven bien con ellos si quedan en Gryffindor — comentó la joven.
— ¿De qué casa eres tú? — preguntó con interés la morena.
— De Ravenclaw — la desgreñada chica miró perdida a la nada y volvió a hablar — Tengo que irme, los nargles están planeando algo... — dijo casi en susurro, se levantó de su asiento y abrió la portezuela — Oh, casi lo olvido, cuando lleguemos a Hogwarts ya deben ir con el uniforme puesto — y salió cerrando la puerta.
— Definitivamente los de Ravenclaw son unos chiflados — opinó Justin haciendo un mohín.
— Concuerdo en eso, jajaja — se burló su hermana — ¿Viste su atuendo? nada combinaba, me hizo pensar en Harper.
— Deberías hacerla tu mejor amiga — rió — Iré a ponerme el uniforme de una vez.
— Como digas, yo tomaré una siesta, despiértame cuando falte poco por llegar — bostezó Alex y se durmió inmediatamente.
. . .
"Alex..." Escuchaba a lo lejos.
"Aaalex..." La voz se intensificaba cada vez más.
"¡Aaaalex!..." De acuerdo, ahora sí la bruja se estaba asustando.
— ¡ALEX! ¡DESPIERTA! — Justin zarandeaba a su hermana intentando despertarla.
— Eh... ¿Qué? ¿Qué pasa? — habló adormilada Alex.
— Llegaremos en menos de veinte minutos, ya tienes que cambiarte.
— Aggh — gruñó — De acuerdo, ya vuelvo.
La morena se levantó, estiró los brazos con pereza, abrió su baúl, hurgó un poco hasta que sacó una muda del uniforme, una túnica, también un par de medias negras y sus zapatos negros. Corrió la puerta y salió en dirección al baño, a un baño que estuviese desocupado que para su mala suerte, era varios vagones al frente.
Sustituyó su ropa por el uniforme, y la que se quitó la anudó junto con sus tenis. Se miró al espejo: a pesar de ser una ropa tan anticuada a ella le iba muy bien, dejó desabotonados los primeros tres botones de su camisa, la falda que le llegaba arriba de las rodillas le entallaba bonito resaltado con sutileza sus caderas en su cuerpo delgado. Por último se puso la túnica; a pesar de llevar el mismo atuendo que los demás, Alex lucía diferente.
Salió del cuarto de baño a toda prisa, iba caminando entre los vagones sin fijarse porque estaban los pasillos vacíos, pero no se dio cuenta cuando alguien apareció en el camino, que chocó de lleno tirándolo al piso.
— ¡Lo siento! — se disculpó la castaña levantándose como resorte.
— ¡Deberías fijarte por donde caminas! — protestó el chico molesto arrastrando las palabras, mientras se incorporaba.
— ¡Ya dije que lo sentía! ¿Acaso necesitas que te cargue porque te lastimaste? — dijo sarcástica en tono infantil.
— Tal vez sí deberías y quizá así aprendas a caminar — replicó.
El joven se irguió ya que estaba de pie y Alex pudo verlo bien: era un chico atractivo bastante alto y delgado, de tez muy pálida, cabello color rubio platino y unos intimidantes pero bonitos ojos grises; su semblante era arrogante, pero este se desvaneció siendo sustituido por uno curioso en el momento en que sus ojos se posaron sobre ella.
— ¿Eres alumna nueva? — inquirió al percatarse de lo distinta que se veía — tu... uniforme no tiene escudo ni el color de alguna casa... — hablaba con lentitud, como si pensara que palabras usar.
— Sí, soy nueva, apenas me asignarán a una casa y esas cosas — respondió ya sin estar disgustada.
— ¿Americana? tu acento es distinto — el rubio cada vez se acercaba más a ella con su interés aumentando — ¿Cuál es tu nombre?
— Sí... Alexandra Russo — dijo sin más, cada vez poniéndose más nerviosa por esos ojos penetrantes.
— Interesante, eres Americana pero con apellido italiano... — comentó el ojigris — Un placer, Russo, yo soy Malfoy, Draco Malfoy.
Los dos jóvenes se estrecharon las manos, olvidando por completo el incidente anterior. A Alex a pesar de haberle parecido ese chico un presumido soberbio, y a Draco la castaña una altanera, debían admitir que... se agradaban.
— Tu uniforme es verde, ¿A qué casa perteneces? — preguntó la bruja sin evitar tocar la túnica de su acompañante, aunque este inusualmente no se apartó como lo solía hacer con el resto.
— Soy de Slytherin, la serpiente es lo que nos representa — alardeó — ¿Y tú ya sabes a qué casa puedes pertenecer? — estaba curioso por su respuesta.
— La verdad no, casi no sé nada sobre las casas, ni de Hogwarts, pero definitivamente no encajaría en Hufflepuff ni Ravenclaw, jajaja — se burló frunciendo el ceño.
— Já, definitivamente no, los que pertenecen a esas casas son inútiles — opinó Malfoy, pero volvió a estar serio una vez que recordó lo que le acababa de decir Alex — ¿Cómo es que no conoces sobre Hogwarts? ¿Eres de familia Muggle? — preguntó frustrado al pensar que le había interesado una sangre-sucia.
— ¿Muggle? ¿Eso qué significa? — cuestionó confundida — si quisiste saber si soy de una familia extraña y chiflada, la respuesta es sí — respondió haciendo una mueca burlona.
— No, con muggle nos referimos a aquellos que no tienen magia, que son... ordinarios — explicó el rubio con aires de superioridad.
— Oh, nosotros los llamamos "mortales" — rió como si fuera algo gracioso, y Draco la secundó puesto que el término mortal le sonaba degradante para los muggles — mi mamá es muggle, pero mi papá no, o no sabría decirlo, los Russo siempre han sido de linaje mágico, pero él ahora no tiene magia porque cedió sus poderes al tío Kelbo — explicó.
"Su madre es muggle... al menos su padre al parecer es un sangre-pura."
— Eres... mestiza... — afirmó con ese típico arrastre con el que hablaba — bien, podrías pertenecer a la casa de Slytherin, Gryffindor no es una buena opción, ahí aceptan a cualquiera, hasta a los sangre-sucia.
— ¿Qué son los sangre-sucia? — dijo Alex imitando el tono de desprecio de Malfoy en lo último.
— Nacidos de muggles, aquellos cuya ascendencia a sido siempre... no mágica — aclaró — son aberraciones para la magia — añadió despectivo.
— Vaya, se nota que no te agradan los sangres sucias.
— En absoluto, no son como nosotros, no de nuestra clase — dijo súbitamente.
Una voz retumbó en el tren interrumpiendo a los chicos.
*Llegaremos a Hogwarts dentro de cinco minutos. Por favor, dejen su equipaje en el tren, se lo llevarán por separado al colegio.*
— Debo volver a mi compartimiento, me ha encantado charlar contigo, Russo... te veré en el comedor, supongo.
— Igual debo irme, hasta luego, Malfoy.
Ambos se dirigieron a sus vagones, perdiéndose entre la multitud de alumnos que ahora andaba por los pasillos en dirección a las salidas; la morena ya estaba cansada de caminar entre los cuerpos enrollados en túnicas que estaba por detenerse, cuando por fin vio a su hermano.
— ¡Alex! ¿Por qué tardaste tanto? ¿Buscabas la manera de escapar? — la miró acusadoramente el ojiverde mientras comía unos extraños dulces que tenía en una bolsa pequeña.
— Aaay, Justin, cómo puedes pensar que yo vaya a hacer eso — respondió la Russo haciendo un gesto ofendido aunque considerando seriamente lo que le acababa de decir — Assh, no habían baños desocupados, ¿Está bien?
— Como sea, igual entrarás a Hogwarts.
— Pff, ya lo sé... ¿Qué estás comiendo?
— Oh, son varitas de regaliz, las compré cuando...
— ¡Genial, ahora son mías! — dijo la chica arrebatándole la bolsa completa con una sonrisa maliciosa, y se comió casi sin ver todas las varitas que quedaban.
— Acerquémonos a la salida, el tren frenará en cualquier instante — cambió de tema su hermano para olvidar su enojo y humillación por que le quitaran sus dulces.
El tren aminoró la marcha, hasta que finalmente se detuvo en la oscura estación de Hogsmeade, ya era de noche. Para Alex, sus últimos dos días habían sido puras noches. Justo al abrirse las puertas del expreso se oyó el retumbar de un trueno e inmediatamente empezó un aguacero, magos y brujas salían corriendo de los vagones cubriendo su cabeza con sus capas mientras atravesaban a empujones el andén hasta llegar a la salida.
Alex y Justin no tuvieron tanta suerte como los demás, ya que al bajarse del tren, un hombre enorme y de cara peluda los llamó a agruparse junto con un montón de niños, poco más de media centena, que seguramente eran de primero, ya que tampoco cargaban insignia de alguna casa y eran de los más pequeños.
— ...¡Nos veremos en el banquete si no nos ahogamos antes! — dijo a un chico — ¡LOS DE PRIMER AÑO POR AQUÍ! — gritaba el greñudo a todo pulmón para oírse por encima de la escandalosa e irritante lluvia helada — ¿Son todos los de primero? Síganme.
Todos los niños, incluídos los Russo, siguieron al gran hombre casi a tientas por la molesta lluvia y falta de luz, a través de un sendero muy estrecho en medio del bosque. La castaña quería quejarse en voz alta pero cada vez que abría la boca, le entraba agua hasta la garganta, así que optó por guardar silencio.
— ¡EN UN SEGUNDO, TENDRÁN LA PRIMERA VISTA DE HOGWARTS! — gritó el gigante para ser oído por todos.
Al dar la vuelta, llegando justo al final del sendero, todos pudieron vislumbrar con los ojos maravillados, sobre una montaña del otro lado del mar negro, que había un impresionante castillo con grandes torres y muchas torrecillas... y viejo, para el criterio de Alex.
A la orilla del mar, había una flota de diecisiete botes acomodados en fila.
— ¡NO MÁS DE CUATRO POR BOTE! — fue la indicación de sus guía.
Los niños fueron tomando asiento en los botes en que encontraban espacio, los hermanos Russo tomaron un bote que afortunadamente fue sólo para ellos; el mechudo acaparó un bote completo. Ya que todos habían tomado asientos en los botecillos, éstos mágicamente arrancaron en conjunto, deslizándose la flota completa sobre el lago negro. No tardaron en llegar al risco donde el Colegio se erguía, sin embargo había sido un viaje incómodo pese al mal clima, ni hablar de la cantidad de gritos asustados que Justin dejó escapar cada vez que un relámpago tronaba e iluminaba el firmamento.
— ¡BAJEN LAS CABEZAS! — exclamó fuerte y claro el hombre mientras los primeros botes alcanzaban el peñasco.
Todos agacharon la cabeza y fueron conducidos a través de una cortina de hiedra, que escondía una ancha abertura en la parte delantera del peñasco. Fueron por un túnel oscuro y húmedo que parecía estar debajo del castillo, por fortuna ahí ya no eran víctimas de las cubetadas de agua fría que caían del cielo; llegaron hasta una especie de muelle subterráneo donde treparon por entre las rocas y los guijarros.
Ascendieron por un pasadizo en la roca detrás de una gran lámpara, saliendo de nuevo a la superficie con el aguacero, ya estaban cerca del castillo, la sombra que se proyectaba por la luz de la luna estaba sobre ellos, sin embargo aún no acababa el peligro, debían ir andando con cuidado por el césped, ya que con un mal paso podían resbalar y llenarse de lodo.
Subieron por unos escalones de piedra y se reunieron ante la gran puerta de roble.
— ¿Todos están aquí? ¿Nadie se quedó atrás? — preguntó el gigante viendo a la multitud de niños a su cargo.
— Todos estamos aquí, ya entremos — respondió impaciente la Russo que sentía ahogarse más por cada segundo que pasaba bajo la lluvia.
El barbón sólo la vio con una mirada de "ya entendí", instintivamente giró hacia la entrada, levantó su enorme puño y llamó tres veces a la puerta del castillo.
