Aclaro que los personajes no son míos, pertenecen a J.K. Rowling (Harry Potter), y a Disney Channel (Wizards of Waverly Place).
Es una historia escrita sin ánimo de lucro, con la única intención de entretener.
MALDICIONES Y LLAMAS ROJAS
Los días pasaron y las clases se estaban haciendo muy difíciles y duras para todos en Hogwarts, a Justin se le complicaba más que nunca pasar cada una de las materias sobresaliendo, y lo curioso era que para Alex... no era complicado; al igual que sus amigos de Slytherin, llevaba altas calificaciones sin mucho esfuerzo, podría decirse que nunca en su vida había tenido tan buenas notas. Sin duda estar con esos chicos la ayudaba demasiado, no eran los típicos matados como su hermano y Granger, pero sí tan inteligentes como ellos... pero con vida social y divertidos.
Su materia preferida era Defensa Contra las Artes Oscuras, aunque a veces le daba la impresión de no caerle bien al profesor.
Para sorpresa de todos, Moody anunció que les lanzaría el maleficio imperius por turno, tanto para mostrarles su poder como para ver si podían resistirse a sus efectos. Muchas serpientes sisearon emocionados, aunque otros se quedaron pasmados en sus asientos, al igual que los de Hufflepuff.
— Pero... pero usted dijo que eso estaba prohibido, profesor — le dijo un vacilante chico de túnica negro con amarillo.
— Dumbledore quiere que les enseñe cómo es —lo interrumpió Moody para luego hablar a toda la clase — Si alguno de ustedes prefiere aprenderlo del modo más duro, cuando alguien le lance la maldición para controlarlo completamente, por mí de acuerdo. Puede salir del aula — señaló la puerta con un dedo nudoso.
— Excelente, esta sí será una clase de verdad — celebró la Russo.
— Ya hacía falta algo de esto en Hogwarts — comentó Blaise.
Moody empezó a llamar por señas uno por uno a los alumnos y a lanzarles el maleficio imperius. El resto veía como sus compañeros, uno tras otro, hacían las cosas más extrañas bajo su influencia: Susan Bones de Hufflepuff tomaba todos los pergaminos de los pupitres para lanzarlos todos juntos y volverlos a agarrar; Millicent actuaba como si fuera un bebé y Zacharias Smith graznaba como pato. Ninguno de ellos parecía capaz de oponer ninguna resistencia a la maldición, y se recobraban sólo cuando Moody la anulaba. Nott y Zabini fueron de los pocos que mostraron oposición aunque no lo lograban por mucho tiempo seguido.
— Russo —gruñó Moody— es tu turno.
Alex caminó hasta en área despejada del salón, Ojoloco levantó la varita mágica y la apuntó con ella —¡Imperio!
Toda sensación desapareció de su cuerpo, no escuchaba al resto, a nadie, y mucho menos sabía que hacía ahí pero eso no le importaba. Una voz retumbó en alguna remota región de su vacío cerebro "Baila...". Ella acató la orden sin chistar, pero pasado un minuto "¿Por qué hago esto? debería parar de una vez" pero no podía, sólo escuchaba más potente la orden "Baila, baila, baila, baila...". Pronto empezó a retorcerse desde adentro intentando parar, A la terca Russo no le iban a ordenar con tanta facilidad, pero tampoco podía vencer la orden. Pasado un par de minutos más se retorcía a la vista de todos ahora, ya no sólo dentro de su mente; "Alex, no tienes por que obedecer esa orden, nunca las has obedecido, hoy no será la primera vez..." continuaba luchando, parecía poseída quebrándose en el suelo intentando vencer la maldición...
— Bien, ¡Bien, Russo! —gruñó la voz de Moody retirando el maleficio.
La morena inmediatamente recordó donde estaba, que ocurría, y sintió más intenso el dolor en su cuerpo, el daño físico que se había hecho cuando intentaba desobedecer.
— ¡Miren esto, todos ustedes... Russo se ha resistido! ¡Se ha resistido! aunque no lo ha logrado... Lo volveremos a intentar, todos los demás presten atención. ¡No les resultará fácil controlarte! — habló el profesor con la boca torcida en lo que parecía una sonrisa.
— ¡Aaaay! ¿De nuevo? — exclamó abrumada la morena — Mejor... continúe con el resto, aún faltan muchos por pasar — señalaba a los jóvenes magos que aún no experimentaban la maldición.
— De acuerdo... — bramó — ¡Malfoy, ven aquí!
Draco avanzó decidido al centro del aula con el semblante serio.
— ¡Imperio!
Todos se quedaron observando el cuerpo del rubio esperando que empezara su acto pirado... pero no pasó. Seguía de pie, serio e indiferente, sin mover un solo músculo, parecía un monumento por su inmovilidad y palidez; Moody lo miraba confundido.
— No — habló el ojigris repentinamente, dibujando una sonrisa desafiante en su rostro.
— Impresionante... muy impresionante... — murmuró Ojoloco bajando su varita — Malfoy lo logró, tiene una resistencia excepcional — dijo a toda la clase.
DCAO siguió como desde el principio, el profesor lanzando el maleficio a los estudiantes y estos tratando de oponerse, algunos con más o menos aguante que otros. Sonó la campana.
— No me lo puedo creer, en este trimestre han aumentado la cantidad de trabajo considerablemente, ¡Quieren matarnos! — se quejaba Pansy en el comedor leyendo su lista de deberes.
— McGonagall dijo que era por los TIMOs — explicó Blaise.
— Sí, TIMOs que serán hasta el próximo año — bufó Theodore.
— La tarea de Transformaciones... los libros de Encantamientos... — leía la ojiverde su lista— la redacción sobre la revuelta de los duendes... el antídoto de Snape... ¡¿En verdad nos envenenará para ver si lo hicimos bien?!
— Es Snape... muy probable que sí — dijo un rubio que acababa de llegar a la mesa y tomaba asiento.
— ¡Draco, por fin llegas! ¿Dónde estabas? — quiso saber Parkinson.
— Apresado en el cardumen que nada en el vestíbulo — respondió aburrido Malfoy.
— ¿Ahora por qué están ahí? ¿Volvieron a publicar fotos de los profesores? — rió el moreno recordando una broma que alguien había hecho el año pasado.
— Es por el cartel del Torneo de los tres magos — la Russo llegaba a la mesa con sus amigos — en una semana llegarán los representantes de... esas escuelas de nombres raros — explicó — Ahora, tú...cuéntame que pasó con esas fotos de los maestros — se dirigió a Zabini y los dos empezaron a charlar y reir muy animadamente sobre aquella travesura, ignorando a los demás.
— Beauxbatons y Durmstrang — aclaró el ojigris.
— ¿Intentarás entrar al torneo, Draco? — preguntó Nott.
— No, sería solo una pérdida de tiempo.
. . .
Ya era 30 de Octubre, el dichoso día de llegada de los representantes de Beauxbatons y Durmstrang. El Gran Comedor había sido engalanado para la bienvenida de la tarde con enormes estandartes de seda que representaban las diferentes casas de Hogwarts: rojos con un león dorado los de Gryffindor, azules con un águila de color bronce los de Ravenclaw, amarillos con un tejón negro los de Hufflepuff, y verdes con una serpiente plateada los de Slytherin. Detrás de la mesa de los profesores, un estandarte más grande que los demás mostraba el escudo de Hogwarts: el león, el águila, el tejón y la serpiente se unían en torno a una enorme hache.
Alex bajó al comedor, tarde como siempre y se dirigió a la mesa de Sytherin, como cada día.
— Puaj, toda esta decoración me ha quitado el hambre — admitió la castaña.
— ¿Russo sin hambre? Qué sigue, ¿Dumbledore usará vestido y zapatillas? — se burló Malfoy.
Sus risas fueron interrumpidas por el ruido de batir de alas encima de sus cabezas que anunciaba la llegada de las lechuzas mensajeras. Una ave color café, Bob, se fue directamente hacia el hombro de Justin Russo, este desató la carta y la bolsa que llevaba en su pata.
— ¡ALEX! — gritó este desde la mesa de Ravenclaw — carta de papá.
— De acuerdo... ya vuelvo — dijo a sus amigos.
La Russo caminó perezosa de su lugar hasta el de su hermano, quien ya se encontraba leyendo la carta, tenía un semblante estupefacto y releía las dos últimas líneas de la hoja.
— ¿Qué pasa, hay problemas?
— No... Mamá y papá están sorprendidos de no recibir una queja tuya en los dos meses que han pasado... — hizo una pausa — Tanto que te han mandado 100 galeones para que continúes así — bajó la carta, tomó la bolsa y se la dio a su hermana, aún pasmado por la acción de sus padres.
— ¡Genial! Portarse bien no es tan malo después de todo — sonrió la morena — por cierto... me debes 40 galeones, y creo que los necesitaré ahora — la bruja extendió la mano y aprovechó que el ojiverde estaba en trance para poder reclamar su apuesta — ¡Gracias!
El día no fue como de costumbre, ni profesores ni alumnos se concentraban en las clases por estar ocupados pensando en el torneo y la llegada de la gente de Beauxbatons y Durmstrang. La campana sonó antes de lo acostumbrado, todos los estudiantes corrieron a sus correspondientes salas a dejar sus mochilas y pergaminos, se vistieron las capas y volvieron al vestíbulo. Los jefes de las casas colocaban a sus alumnos en filas.
— Síganme —dijo el profesor Snape — Los de primero delante. Sin empujar...
Bajaron en fila por la escalinata de la entrada y se alinearon delante del castillo.
— ¿Esto tardará mucho? ¡Ya quiero recostarme en mi suave y cálido sofá! — lloriqueó la Russo.
— Jajaja, sólo... piensa en el festín que habrá, así no la pasarás mal — dijo el ojigris a sus espaldas.
— ¡Tienes razón! — respondió imaginándose ya la comida — Sabes hacerme feliz, Draco, ¡Que haría sin ti!
A Mafoy le invadió una extraña necesidad por abrazarla, la castaña se veía demasiado adorable pensando con ansias en el banquete... "¿Adorable? ¿En verdad usas esas palabras tan melosas, Draco?" se regañó.
Desde la última fila, en la que estaban todos los profesores, Dumbledore gritó.
— ¡Ajá! ¡Si no me equivoco, se acercan los representantes de Beauxbatons! — muchos se preguntaban por donde y buscaban con la mirada a sus alrededores, que se apresuró a decir — ¡Por allí, en el bosque!
Una cosa larga se acercaba al castillo por el cielo azul oscuro, haciéndose cada vez más grande. Cuando la gigantesca forma pasó por encima de las copas de los árboles del bosque prohibido casi rozándolas, y la luz que provenía del castillo la iluminó, vieron que se trataba de un carruaje colosal, de color azul pálido y del tamaño de una casa grande, que volaba hacia ellos tirado por una docena de caballos, cada uno del tamaño de un elefante. Las tres filas delanteras de alumnos se echaron para atrás cuando el carruaje descendió precipitadamente y aterrizó a tremenda velocidad. El carruaje se posó en tierra, rebotando sobre las enormes ruedas, mientras los caballos sacudían su enorme cabeza y movían unos grandes ojos rojos. La puerta se abrió y de el descendió una mujer enorme. Las dimensiones del carruaje y de los caballos quedaron inmediatamente explicadas. Algunos ahogaron un grito.
— Vaya, así que Hagrid no es el único de su especie, ¡Que alegría! ya tiene quien lave sus platos — comentó Alex, siendo escuchada por los que estaban a su alrededor, que trataron de disimular la risa.
Dio unos pasos hacia la entrada del castillo: era morena, de cabello y ojos oscuros, llevaba el pelo recogido por detrás, en la base del cuello, en un moño reluciente. Sus ropas eran de satén negro, y una multitud de cuentas de ópalo brillaban alrededor de la garganta y en sus gruesos dedos. Dumbledore comenzó a aplaudir.
Los estudiantes, imitando a su director, aplaudieron también. Sonriendo graciosamente, ella avanzó hacia Dumbledore y extendió una mano reluciente. Aunque Dumbledore era alto, apenas tuvo que inclinarse para besársela.
— Mi querida Madame Maxime — dijo — bienvenida a Hogwarts.
—«Dumbledog» —repuso Madame Maxime, con una voz profunda—, «espego» que esté bien.
— En excelente forma, gracias — respondió el viejo.
— Mis alumnos — dijo Madame Maxime, señalando tras ella unos doce alumnos, chicos y chicas, cerca de los veinte años.
— ¿Ha llegado ya «Kagkagov»? — preguntó la gran mujer.
— Se presentará de un momento a otro — aseguró el director.
Un ruido misterioso, fuerte y extraño llegaba desde las tinieblas. Era un rumor amortiguado y un sonido de succión, como si una inmensa aspiradora pasara por el lecho de un río...
— ¡El lago! — gritó un chico de Gryffindor, señalando hacia él.
Algo se agitaba bajo el centro del Lago Negro. Aparecieron grandes burbujas, y luego se formaron unas olas que iban a morir a las em barradas orillas. Por último surgió en medio del lago un remolino, como si al fondo le hubieran quitado un tapón gigante... Del centro del remolino comenzó a salir muy despacio lo que parecía un asta negra.
Lento, majestuosamente, un barco fue surgiendo del agua, brillando a la luz de la luna.
"¡¿El Perla Negra?!... Oh, claro, esto no es Piratas del Caribe" pensaba la castaña Russo.
Con un sonoro chapoteo, el barco emergió en su totalidad, balanceándose en las aguas turbulentas, y comenzó a surcar el lago hacia tierra. Un momento después oyeron la caída de un ancla arrojada al bajío y el sordo ruido de una tabla tendida hasta la orilla. A la luz de las portillas del barco, vieron las siluetas de la gente que desembarcaba.
Todos ellos llevaban puestas unas capas de algún tipo de piel muy tupida. El que iba delante llevaba una piel de distinto tipo: lisa y plateada como su cabello.
— ¡Dumbledore! — gritó efusivamente.
— ¿Cómo estás, mi viejo compañero? — ¡Estupendamente, gracias, profesor Karkarov! — respondió Albus.
Karkarov era un hombre alto y delgado y llevaba corto el blanco cabello.
— El viejo Hogwarts — dijo, levantando la vista hacia el castillo y sonriendo. Tenía los dientes bastante amarillos y una muy escondida expresión de astucia y frialdad.
Murmullos surgieron de entre todos los alumnos que no le permitían a Alex escuchar la conversación de los directores; la mayoría eran comentarios como "Es Viktor Krum", "¿En verdad es él?", "¡No me lo puedo creer!", "¡Es Krum!".
— Malfoy, ¿Quién es Viktor Krum? — quiso saber.
— ¿Malfoy? ¿Acaso ya no me quieres, Russo? — respondió abriendo exageradamente los ojos y fingiendo estar afligido.
— Jajajaja, tenía ganas de llamarte así desde hace mucho — rió — ¿Entonces, quién es?
— Krum es el mejor buscador de Quidditch, es muy famoso.
— Ooh... — solo pudo decir pese a que aún no entendía muy bien lo de ese deporte mágico.
Formado en fila, el cuerpo estudiantil de Hogwarts volvió a subir la escalinata tras la comitiva de Durmstrang, para entrar al Gran Comedor; dentro cada casa fue a tomar su lugar en sus correspondientes mesas. Los alumnos de Beauxbatons se habían puesto en la mesa de Ravenclaw y observaban el Gran Comedor con expresión crítica, Justin que se había sentado al lado de una rubia muy bonita de ese Colegio, parecía estar por desmayarse, gracias a Luna Lovegood que lo sostenía, aún no se caía.
— ¡Deberíamos invitar a la mesa a Krum y sus compañeros de Durmstrang! — dijeron al unisono emocionados Crabbe y Goyle.
— Sí, ¿Por qué no? abran espacio — sonrió el rubio platino — ¡Hey, aquí hay lugar!
Las serpientes se apretaron para abrir espacio a los nuevos invitados; cuando Alex estaba por recorrerse, Draco, que estaba a su otro flanco, desplazó uno de sus brazos por los hombros de la castaña impidiéndole alejarse. Los directores de los Colegios entraron y se fueron a sentar a la mesa de profesores, a excepción de Dumbledore.
— Buenas noches, damas, caballeros, fantasmas y, muy especialmente, buenas noches a nuestros huéspedes — dijo Albus, dirigiendo una sonrisa a los estudiantes extranjeros — es para mi un placer darles la bienvenida a Hogwarts. Deseo que su estancia aquí les resulte al mismo tiempo confortable y placentera, y confío en que así sea. El Torneo quedará oficialmente abierto al final del banquete. ¡Ahora los invito a todos a comer, a beber y a disfrutar como si estuvieran en su casa!
Como de costumbre, las fuentes que tenían delante se llenaron de comida, habían más en esta ocasión, la Russo no pudo pasar desapercibido que habían platillos exóticos que nunca antes habían servido en Hogwarts, había valido la pena esperar afuera por el festín. Cuando llegaron los postres vio también algunos dulces extraños que no le importó que eran, los engulló sin deparar.
— No sé quien come más... Si el puro-músculos Krum o la glotona Russo — bromeó el pálido ojigris — Hasta Crabbe y Goyle se quedan atrás contra ti.
— Claro que no, Draco, yo no como tanto, yo... — titubeó — soy... una dama que cuida su figura.
Ambos se carcajearon escandalosamente llamando la atención de casi todo el comedor, nadie había visto reír tanto a Malfoy...
— No entiendo, a pesar de comer tan exageradas porciones, conservas tu curvilínea y delgada silueta — halagó Draco sin dejar de mirarla.
— Si tú no entiendes, yo menos — le sonrió cálidamente la morena.
Se quedaron viendo fijamente a los ojos que no se dieron cuenta de cuando habían desaparecido ya los cubiertos y platos vacíos. Despertaron de su ensueño cuando el director habló.
— Ha llegado el momento — anunció Dumbledore, sonriendo a la multitud de rostros levantados hacia él — El Torneo de los tres magos va a dar comienzo. Me gustaría pronunciar unas palabras para explicar algunas cosas antes de que traigan el cofre... Pero antes, para aquellos que no los conocen, permitanme presentarles al señor Bartemius Crouch, director del Departamento de Cooperación Mágica Internacional y al señor Ludo Bagman, director del Departamento de Deportes y Juegos Mágicos — el sonido de las palmas inundó la sala — Los señores Bagman y Crouch han trabajado sin descanso durante los últimos meses en los preparativos del Torneo de los tres magos — continuó Dumbledore — y estarán conmigo, con el profesor Karkarov y con Madame Maxime en el tribunal que juzgará los esfuerzos de los campeones.
Filch el conserje, se acercó a Albus Dumbledore con una gran caja de madera con joyas incrustadas.
— Los señores Crouch y Bagman han examinado ya las instrucciones para las pruebas que los campeones tendrán que afrontar ,serán tres pruebas, espaciadas en el curso escolar, que medirán a los campeones en muchos aspectos diferentes: sus habilidades mágicas, su osadía, sus dotes de deducción y, por supuesto, su capacidad para sortear el peligro. Como todos saben, en el Torneo compiten tres campeones — continuó Dumbledore con tranquilidad — uno por cada colegio participante. Se les puntuará y el campeón que después de la tercera tarea haya obtenido la puntuación más alta se alzará con la Copa de los tres magos. Los campeones serán elegidos por un juez imparcial: el cáliz de fuego.
Dumbledore sacó su varita y golpeó con ella tres veces en la parte superior del cofre de había llevado Filch. La tapa se levantó lentamente con un crujido. Introdujo una mano para sacar un gran cáliz de madera. No habría llamado la atención de no ser porque estaba lleno hasta el borde de unas temblorosas llamas de color blanco azulado. Cerró el cofre y con cuidado colocó el cáliz sobre la tapa, para que todos los presentes pudieran verlo bien.
— Todo el que quiera proponerse para campeón tiene que escribir su nombre y el de su colegio en un trozo de pergamino con letra bien clara, y lanzarlo al cáliz — explicó — Los aspirantes a campeones disponen de veinticuatro horas para hacerlo. Mañana, en la fiesta de Halloween por la noche, el cáliz nos devolverá los nombres de los tres campeones a los que haya considerado más dignos de representar a sus colegios. Esta misma noche el cáliz quedará expuesto en el vestíbulo, accesible a todos aquellos que quieran competir. Para asegurarme de que ningún estudiante menor de edad sucumba a la tentación trazaré una línea de edad alrededor del cáliz de fuego una vez que lo hayamos colocado en el vestíbulo. No podrá cruzar la línea nadie que no haya cumplido los diecisiete años. Por último, quiero recalcar a todos los que estén pensando en competir que hay que meditar muy bien antes de entrar en el Torneo. Cuando el cáliz de fuego haya seleccionado a un campeón, él o ella estarán obligados a continuar en el Torneo hasta el final. Al lanzar su nombre en el cáliz de fuego estarán firmando un contrato mágico de tipo vinculante. Una vez convertido en campeón, nadie puede arrepentirse. Así que deben estar muy seguros antes de ofrecerse. Y ahora me parece que ya es hora de ir a la cama. Buenas noches a todos.
Alex curiosa por el llameante cáliz, se escabulló de sus amigos aprovechando el atasco de la puerta del comedor, para verlo más de cerca, en eso la interceptaron dos altas figuras masculinas.
— ¿Planeas participar, querida serpiente americana? — le preguntó un pelirrojo que le pareció era George Weasley.
— No, los torneos no son para mí — respondió con pereza — igualmente no podría si quisiera, recuerden la línea de edad.
— ¡La línea de edad! — exclamó Fred — ¿Te rindes ante ese simple hechizo? Bueno, creo que bastaría con una poción envejecedora para burlarla.
— Sin duda, el profesor Dumbledore no podrá siempre contra nosotros — lo secundó su hermano.
— Por lo que he escuchado, el viejo es muy poderoso, dudo que dos Weasley logren engañarlo — los retó la Russo.
— ¿Eso crees?
— ¿Por qué no lo intentas tú?
— ¿Acaso te da miedo?
— Es una serpiente, no tiene suficiente valor.
— Basta, siameses naranjas, ¡Yo sí lograré lanzar mi nombre al cáliz! — afirmó Alex "Qué más da, igual sé que mi nombre no será elegido pero... ¿Cómo podré burlar la línea de edad?".
— ¡BIEN! — exclamaron en coro los gemelos chocando sus palmas.
— De acuerdo, señorita Russo, la veremos mañana.
— A ver con qué nos sorprendes.
Los dos chicos le sonrieron coquetamente y salieron del comedor en dirección a la Torre de Gryffindor. Por su parte Alex bajó a las Mazmorras para entrar a su Sala Común... le esperaba un día agotador teniendo que pensar como depositar su nombre en esa copa vieja embrujada.
. . .
Como cada día, Alexandra Russo era la última en despertar de su dormitorio: se levantó, duchó y vistió, estaba lista para salir, aunque no se sentía así, aún no pensaba en algo para lograr depositar su nombre en el cáliz. No tenía hambre, así que ni siquiera fue al Gran Comedor, se quedó dando vueltas dentro de su Sala Común toda la mañana.
— Abrirás un agujero en el suelo si continúas caminando si parar — dijo una voz profunda, pero serena — ¿Por qué tan nerviosa, Alex?
— Draco, bueno, yo... — vaciló — debo lanzar mi nombre dentro del cáliz — dijo por fin.
— ¿Quieres participar en el torneo? — inquirió sorprendido.
— No, pero... — no quería mencionar que simpatizaba con los gemelos Weasley — quiero demostrar que puedo burlar la seguridad de Dumbledore.
— Excelente — sonrió con aprobación — ¿Y ya sabes cómo? — Alex ladeó la cabeza sin responder — Entiendo, eso es el motivo de tu desasosiego... — arrastró las palabras — sé que lo lograrás... estoy al tanto de tu peculiar magia americana... — la miró con complicidad — Dumbledore ha sido poco adiestrado de ella, deberías intentar con algo de esa magia.
— Interesante sugerencia, Draco — le obsequió una perversa sonrisa — ¿Como cuántos ya han dejado su nombre?
— No estoy seguro... todos los de Durmstrang, algunos de Hogwarts... Iré al comedor, ¿Vienes?
— Te alcanzo luego, iré a husmear la copa.
— De acuerdo, suerte, Alex.
La castaña subió a prisa al vestíbulo, donde estaban agrupados estudiantes de Hogwarts, la mayoría menores, contemplando el cáliz. En el suelo, a su alrededor, una fina línea de color dorado formaba un círculo de tres metros de radio.
— Acabamos de tomárnosla — oyó decir a los gemelos a sus amigos de Gryffindor.
— ¿El qué? — preguntó el pelirrojo menor, Ronald.
— La poción envejecedora, cerebro de mosquito — respondió Fred.
— Una gota cada uno — explicó George, frotándose las manos con júbilo — Sólo necesitamos ser unos meses más viejos.
— No funcionará, seguro que Dumbledore ha pensado en eso — les advirtió Hermione Granger.
Fred y George no le hicieron caso, al ver a Alex ahí se acercaron a ella.
— Que bueno que estés aquí.
— Estás por presenciar nuestra victoria. ¿Listo Fred?
— Listo, George.
Los pelirrojos sacaron de sus bolsillos un pedazo de pergamino con sus nombres cada uno, avanzaron hasta el borde de la línea y se quedaron allí, tomaron aire y dieron juntos un paso para cruzar la línea. Durante una fracción de segundo, todos en la sala creyeron que el truco había funcionado. Al momento siguiente se oyó un chisporroteo, y ambos hermanos se vieron expulsados del círculo dorado como si los hubiera lanzado un invisible lanzador de peso. Cayeron al suelo de fría piedra a tres metros de distancia, haciéndose bastante daño, y para colmo sonó un "¡plin!" y a los dos les salió de repente la misma barba larga y blanca. En el vestíbulo, todos prorrumpieron en carcajadas.
— Se los advertí — dijo la voz profunda de alguien que parecía estar divirtiéndose, el profesor Dumbledore — les sugiero que vayan los dos a ver a la señora Pomfrey, el resto, deberían entrar al comedor, en poco se rebelará el nombre de los campeones.
Todo el alumnado que había estado de espectador ante el incidente de los Weasley, guiado por Dumbledore entró al Gran Comedor, a excepción de Fred y George que irían a la enfermería, y de Alex. Esa era su oportunidad.
— Vaya, así que fallaron — se burló.
— Es más complicado de lo que parece.
— Nos han dado muy poco tiempo para prepararnos — se defendían.
— ¿Y tú cuándo lo intentarás?
— Bien... supongo que ahora, denme un pedazo de pergamino — dijo la bruja.
Fred, o quizá George en su versión viejo, sacó un pedazo de pergamino y una pluma que llevaba en su otro bolsillo, se lo dio a la morena y escribió su nombre, "Alexandra Russo. Hogwarts". Le devolvió a pluma y se acercó más al cáliz. Sacó su varita y la ondeaba con suavidad en torno al cáliz de fuego.
— Levitatus sólidatus... levitatus sólidatus... — el cáliz se se levantó de la base donde estaba, flotaba en dirección a Alex — ¡Atravesandus! — exclamó cuando la copa se acercaba a la línea de edad que lo protegía — levitatus...
No lo podían creer, la Russo había sacado el cáliz de su área protegida y lo tenía flotando ante ella: tomó su pergamino con su nombre escrito y lo depositó en el interior llameante, para luego devolverlo a su lugar conjurando los mismos hechizos. Esperaban ver alguna reacción por parte del hechizo de protección, pero nada pasó. Lo había logrado.
— Definitivamente George, ese torneo no es para nosotros.
— Concuerdo contigo, Fred.
— ¿Qué les pareció eso, comadrejas? — presumió Alex.
— Mis respetos para ti, serpiente.
— Deberías enseñarnos tu extraña y perturbadora magia.
— Deberías.
Los dos viejos Weasley se fueron en dirección a la señora Pomfrey para que les deshiciera la secuela mágica que les había quedado por usar la poción, y la Slyherin tomó su propio camino al Gran Comedor con sus amigos. Al entrar notó que habían cambiado la decoración: como era Halloween, una nube de murciélagos vivos revoloteaba por el techo encantado mientras cientos de calabazas lanzaban macabras sonrisas desde cada rincón.
Los estudiantes de Beauxbatons entraron en conjunto al Gran Comedor, acababan de depositar sus nombres en el cáliz, a última hora lo habían hecho para ser más dramáticos. Un rato más tarde ya habían quitado del vestíbulo el cáliz de fuego y lo habían puesto delante de la silla vacía de Dumbledore, sobre la mesa de los profesores. La mayoría de estudiantes, de las tres escuelas, estaban nerviosos y ansiosos por conocer el nombre de los campeones, excepto el grupo de serpientes que lideraba Malfoy, si ellos no tenían la posibilidad de participar, no les importaba. Dumbledore se puso en pie y todo rastro de bullicio se calló. Junto a él, el profesor Karkarov y Madame Maxime parecían tan tensos y expectantes como los demás.
— Bien, el cáliz está casi listo para tomar una decisión — anunció Dumbledore — Cuando pronuncie el nombre de un campeón, le ruego que venga a esta parte del Gran Comedor, pase por la mesa de los profesores y entre en la sala de al lado — indicó la puerta que había detrás de su mesa — donde recibirá las primeras instrucciones.
Sacó la varita y ejecutó con ella un amplio movimiento en el aire. De inmediato se apagaron todas las velas salvo las que estaban dentro de las calabazas caladas, y la estancia quedó casi a oscuras. Todo el mundo miraba, expectante.
De pronto, las llamas del cáliz se volvieron rojas, y empezaron a salir chispas. A continuación, brotó en el aire una lengua de fuego y arrojó un trozo carbonizado de pergamino. La sala entera ahogó un grito. El director tomó el trozo de pergamino y lo alejó tanto como le daba el brazo para poder leerlo a la luz de las llamas, que habían vuelto a adquirir un color blanco azulado.
— El campeón de Durmstrang — leyó con voz alta y clara — será Viktor Krum.
Una tormenta de aplausos inundó el comedor. Krum se levantó de la mesa de Slytherin y caminó a la sala indicada.
— ¡Bravo, Viktor! — bramó Karkarov, tan fuerte que todo el mundo lo oyó incluso por encima de los aplausos— ¡Sabía que serías tú!
La atención de todo el mundo volvía a recaer sobre el cáliz, cuyo fuego tardó unos pocos segundos en volverse nuevamente rojo. Las llamas arrojaron un segundo trozo de pergamino.
— La campeona de Beauxbatons — dijo Dumbledore — es ¡Fleur Delacour!
La rubia bonita por la que Justin casi se desmaya se levantó de la mesa de Ravenclaw y siguió el mismo recorrido que Krum. Volvió a hacerse el silencio, pero esta vez era un silencio tan tenso y lleno de emoción, que casi se palpaba.
El cáliz de fuego volvió a tornarse rojo; saltaron chispas, la lengua de fuego se alzó, y de su punta Dumbledore retiró un nuevo pedazo de pergamino.
— El campeón de Hogwarts — anunció — es ¡Cedric Diggory!
Todos los alumnos de Hufflepuff se habían pusieron de repente de pie, gritando y pataleando, ovacionando a un chico muy guapo de cabello castaño y piel muy clara. Se abría camino entre sus compañeros sin dejar de sonreír y entró a la sala al igual que sus competidores. Los aplausos parecían interminables, hasta que el director deformó su semblante a uno sorprendido y todos pararon de golpe... El fuego del cáliz había vuelto a ponerse de color rojo. Otra vez lanzaba chispas.
Un trozo de pergamino salió arrojado, el profesor Dumbledore lo cachó en el aire y lo observó; se aclaró la garganta y leyó en voz alta.
— Harry Potter.
Nadie aplaudía.
— ¡Harry Potter! — llamó el profesor — ¡Harry! ¡Levántate y ven aquí, por favor!
El chico de anteojos se puso de pie y caminó a paso lento hasta el frente, se veía desconcertado. Todos, hasta los de su propia casa de leones, lo veían indignados.
— Así que Potty lo hizo de nuevo — espetó Draco rodando los ojos.
— Sólo quiere llamar la atención — secundó Pansy.
Como si no fuera para más, las llamas del cáliz se tiñeron de rojo por quinta vez, acaparando las miradas que antes habían seguido a Potter; un pedazo de pergamino salió disparado hacia arriba, Dumbledore lo sujetó con las manos temblorosas, si ya estaba nervioso por el inesperado cuarto campeón, un quinto ya era demasiado. Lo leyó, y posteriormente lo leyó para todos.
— Ale... Alexandra Russo.
