Aclaro que los personajes no son míos, pertenecen a J.K. Rowling (Harry Potter), y a Disney Channel (Wizards of Waverly Place).
LOS HECHICEROS DE HOGWARTS, segundo tomo.
UN NUEVO AÑO
Volver a America, a su ambiente natal, rodeada por los mismos citadinos estadounidenses tan merecidamente afamados por ser escandalosos y libertinos, torpes, adictos a las modas, redes sociales y la comida rápida... no fue lo que Alex esperaba.
Pasar casi un año en otro continente, viviendo en un castillo bastante ortodoxo con las antiguas tradiciones mágicas la hizo cambiar a grandes rasgos, ella era la típica adolescente citadina de Waverly place que ni en WizTech pudo tolerar pasar una semana a pesar de que era un colegio menos riguroso que Hogwarts con las normas del uso de objetos muggles o modernos.
Nadie en su sano juicio podría creer que la jovencita castaña que en ese momento ocupaba un asiento en el comedor del hogar de los Russo, sentada leyendo el diario de los mortales y con El Profeta haciendo fila para ser visto, con una taza de té y un postre en su plato, siguiera siendo Alexandra Russo.
Llevaba todas las vacaciones ansiando regresar al viejo Hogwarts, perdido en las montañas, a ese mundo mágico del que sentía que ya pertenecía.
Las primeras semanas hicieron a su familia preocuparse por ella, la jovencita no hacía sus triviales metidas de pata, se encerraba en La guarida y ojeaba los libros de magia de su papá o probaba los artefactos mágicos de las repisas, especialmente aquellos instrumentos fracaso que su hermano menor, Max, había comprado en tiendas fraudulentas como la regla transportadora: transportaba unos centímetros a la persona pero si había otras cerca, las desmayaba. Encontraba buena distracción para su embrollada mente pasar catorce horas al día en esas paredes, no pensaba en lo sucedido en ese Torneo, en la muerte de Cedric Diggory.
Cuando Alex salía y "convivía" con el resto de los Russo era más escalofriante aún, su comportamiento era más educado y elegante, tenía modales o al menos era diplomática, procuraba no discutir con la familia... era todo lo que millares de veces desearon sus padres y hermanos que fuera, pero la ausencia de su usual jovialidad en sus castaños ojos no los hacía disfrutar de dicha nueva actitud.
Una semana antes de acabar el mes de agosto, la bruja comenzaba a recobrar su antigua Alex, más animada, enérgica y relajada, sentía tan cerca ya su regreso al colegio. Anhelaba ver a sus amigos otra vez... se lamentaba por no haber pedido sus direcciones o algo para enviarles cartas, necesitaba sentirse comunicada con ellos, en especial con ese alto y pálido chico de cabello platino, Draco Malfoy, su mejor amigo que en los últimos días de clase la había evadido por completo.
Al medio día del último día de vacaciones llegaron dos lechuzas a la Subestación y entregaron una carta a Justin y otra a su hermana, quien no cabía de la emoción por tener ya noticias de su preciado castillo.
— ¡Mamá! ¡Papá! ¡Ya llegaron las cartas de Hogwarts! — exclamó el ojiverde emocionado — Iré ahora mismo al Callejón Diagon a comprar los libros — decía demasiado sonriente.
— Tu alegría es tan inmensa que ya no cabe dentro de ti y se desborda por tus poros en forma de sudor — comentó la castaña advirtiendo la humedad de su playera.
— Es mi último año, Alex, en dos años estarás tan emocionada o quizá más que yo — arqueó las cejas mientras continuaba leyendo y agregó — Perfecto, sólo iré a mi habitación por mi dinero y me iré, te veo luego, Alex.
Y desapareció.
Justin ya había cumplido diecisiete años y podía utilizar magia inglesa y hacer magia en Inglaterra con libertad (siempre y cuando no quebrantara otras reglas del Ministerio, por supuesto). Su hermano había sido tan efusivo que en menos de un minuto había abierto, leído su carta, aparecido en su habitación y marchado al viejo continente; Alex seguía de pie en el mismo sitio, con su carta sujetada con su mano izquierda aún sellada.
"De acuerdo... es mi momento de abrirla". Rompió el sello y sacó los pergaminos que iban dentro: uno era la habitual nota recordando que el curso iniciaba el uno de septiembre. El segundo era el listado de los libros que se usarían en quinto año.
"Excelente, sólo hay dos nuevos". Había un tercer pergamino, lo sujetó y leyó:
.
ALEXANDRA MARGARITA RUSSO
¡FELICITACIONES! TENEMOS EL HONOR DE ANUNCIARLE
QUE HA SIDO NOMBRADA
PREFECTA DE LA CASA SLYTHERIN.
.
(Al iniciar el viaje en el expreso, presentarse en el vagón de prefectos para
recibir instrucciones de los delegados y patrullar los pasillos periódicamente).
.
Giró el sobre y de él cayó una insignia verde esmeralda y plata que tenía una reluciente "P" encima de la serpiente.
— ¿Llegaron las cartas? ¿Es mucho que comprar? ¿Dónde está Justin? — preguntó Theresa bajando las escaleras, seguida de su esposo.
— él ya se fue al Callejón Diagon... no es mucho, aquí está — entregó los primeros dos pergaminos a su mamá.
— ¿Qué es eso, Alex? — quiso saber Jerry.
— Una insignia... ¡Me nombraron prefecta! — exclamó ampliando su sonrisa todo lo que su rostro le permitía.
— ¡¿QUÉEE?!
Su padre voló hacia ella y tomó la insignia de su mano. Poco o mucho que sabía de Hogwarts, era claro que la cuestión de los prefectos estaba en su conocimiento.
— ¡Estoy muy orgullosa de ti, Alex! ¡¿Eres de Slytherin?! Eso no importa, ¡Eres prefecta, hija! — la abrazó.
— Siempre te he dicho que soy de Slytherin, papá — respondió defraudada por que olvidara su casa — Y sí, es un gran privilegio.
— ¡Felicidades hija! — se unió su mamá a la celebración — Empieza a preparar tu equipaje querida, tu padre y yo iremos a hacer las compras cuanto antes, te compraremos otras dos túnicas, has crecido varios centímetros en estas vacaciones.
— Gracias. Me ocuparé de mi baúl... — sacó su varita y la apuntó a sus padres mientras decía — Transporto Diagon Auditoriu.
En un "¡Puf!" ellos desaparecieron también.
Subió corriendo a su habitación y colocó su baúl sobre su cama; lo desempolvó un poco de la tapa y lo abrió. De su armario sacó las túnicas que tenía y quiso probárselas. Ya puesta, agachó la vista y podía ver sus tobillos al aire, se miró en el espejo de cuerpo completo colgado en su pared.
"Mamá tiene razón, crecí casi diez centímetros y he bajado al menos dos tallas, tendré que arreglar mi uniforme antes de salir de Waverly o no podré usar magia".
Se vestía un conjunto completo de su uniforme (camisa, falda, suéter y corbata) y recitaba "detalle el entalle" girando su varita sobre su cabeza y al instante sus prendas se ajustaban más. Como había crecido bastante la falda ya no cubría sus rodillas pero le agradaba así ya que le daba un "toque" más contemporáneo.
Pasó unos quince minutos arreglando sus uniformes, acabando esa tarea usó su varita y pronunciando "A trabajar, acomoda todo en su lugar" introdujo en cuestión de segundos todos sus útiles y uniformes dentro del baúl. Ropa nueva que había comprado a lo largo de las vacaciones ya la había guardado en una maleta de viaje, así que daba por concluido su labor.
Se tendió en su cama y encendió el televisor, acto que desde hace mucho no hacía, y se relajó. En la pantalla transmitían programas bastante ridículos y aburridos, dejó un canal donde pasaban una película de terror, Smiley. Al aparecer el villano Alex sintió que un escalofrío la recorría por todo su cuerpo... era una criatura de miedo con aberturas costuradas donde iban ojos y boca, pero el hecho de que no tuviera cabello, ni nariz y el color de algo parecido a venas se vieran a través de la piel le hacía recordar a Voldemort... "Te aseguro que volveré..." escuchó resonar en su cabeza con esa siseante y profunda voz del heredero de Slytherin... ¿En verdad regresaría a ella? ¿Alex estaría preparada para enfrentarlo o huir? aunque realmente no quería ninguna de esas dos alternativas.
. . .
Una horda de porrazos dirigidos a su puerta hizo despertar con un sobresalto a la joven bruja.
— ¡Alex, despierta! ¡En menos de una hora sale el tren a Hogwarts!
La castaña giró hacia su buró y miró el reloj encima de él... 5:12 a.m., "Apenas son las cinco de la mañana, ¿Tanto alboroto por..."
— ¡CINCO DE LA MAÑANA! ¡En Inglaterra son más de las diez! — exclamó la Russo.
Más rápido que una bala, más fuerte que una locomotora, capaz de pasar por encima de cualquiera de su familia en un solo salto, salió corriendo Alex al baño: se duchó y cepilló sus dientes a toda velocidad, secó su cabello lo más que pudo y se vistió con unos jeans grises, una sudadera amplia negra sin gorro con las palabras "CAUTION: WITCH" en color blanco y un par de tenis blancos.
Colocó su baúl sobre el carrito que había usado el año pasado y bajó a la sala. Faltaban quince minutos para las once.
— Estoy lista. ¡¿Cómo vamos a llegar a tiempo?!
— De eso se encargará Justin, hija, nosotros nos quedaremos esta vez — dijo Jerry.
El ojiverde bajó empujando su equipaje y con la varita en mano moviéndola en círculos sobre su cabeza. Estaba igual de nervioso que su hermana por la hora, al parecer a él también se le había hecho tarde.
— ¡De prisa Alex!
La castaña corrió a su lado con su equipaje.
— Transporto King's Cross Auditoriu.
— Suerte, queridos — se despidió Theresa sonriendo y agitando la mano junto con su esposo.
Ambos jóvenes desaparecieron en el cielo oscuro de Manhattan.
.
Una ligera oleada de polvo se levantó detrás de una máquina de dulces y en ella aparecieron un pelinegro de ojos verdes y una castaña de ojos cobrizos con dos baúles. Nadie notó sus presencias, sino hasta que comenzaron a caminar entre los andenes. Cuando llegaron al punto intermedio entre los andenes 9 y 10, se pusieron en medio y con la mayor normalidad posible para no atraer la atención de los muggles, avanzaron directo a la pared de ladrillos y se perdieron en ella.
Quedaban cinco minutos para que el expreso partiera y el mago y la bruja ya estaban en el andén 9 ¾ abordándolo.
— Suerte en este año, prefecta — le sonrió Justin a su hermana y caminó hacia los vagones de la parte delantera. Alex tomó camino a la parte trasera.
A la mitad del tren, la puerta de uno de los compartimientos se abrió y de ella salió una morena de ojos verdes con rostro efusivo.
— ¡Alex, aquí hay lugar! — exclamó Pansy Parkinson cuando por la ventana había visto pasar a su amiga.
Dentro del compartimiento estaban Pansy, Zabini, Nott, Millicent y Draco. Saludó a todos con gran entusiasmo a lo que le correspondieron del mismo modo, incluso Draco le dedicó una enorme sonrisa al verla entrar, todo parecía regresar a la normalidad.
— Debo ir al vagón de prefectos ahora, tan pronto como me sea posible, volveré — anunció Malfoy poniéndose de pie.
— ¡BIEN! ¡Nuestro nuevo prefecto! — gritó Blaise celebrando.
— Oh, ¿Puedo ir contigo? también debo ir... — preguntó nerviosa Alex esperando un rotundo no.
— Por supuesto, Alex — respondió el rubio pasando un brazo por los hombros de la chica.
— ¡ALEX Y DRACO PREFECTOS DE SLYTHERIN! El resto de las casas temblarán — exclamó Zabini y fue secundado por risas aprobatorias del resto de las serpientes.
Salieron rumbo al vagón de prefectos Malfoy y Russo, no había tensión mientras caminaban en el pasillo, se sentía como la primera vez que se conocieron, justamente cuando caminaban entre los vagones del tren.
— ¿Qué tal tus vacaciones, Draco? — rompió el silencio la castaña.
— Extremadamente aburridas, no salía de la mansión a menos que tuviera que acompañar a mi madre, aunque tampoco puedo decir que hubiera algo mejor que hacer fuera de los límites Malfoy — dijo con su típico arrastre jactancioso — Te extrañé, Alex.
El pálido chico dirigió una mirada intensa con sus ojos grises a su compañera, acto al que no se pudo resistir la Russo y se lanzó a su amigo para darle un enorme abrazo que él correspondió igual.
— También te extrañé, Draco, mucho — decía mientras disfrutaba del reconfortante y cálido estrujón — Aunque fue doloroso que me ignoraras los días después del Torneo.
— Lo lamento, Alex, yo... — se separó para ver a la bruja a la cara — entendía perfectamente que estuvieras melancólica por ver morir a Diggory, pero parecía que había algo más, ¿Acaso tuvieron una relación?
— ¿Qué? No hubo nada, nos llevábamos bien, era un buen chico...
— ¿Realmente no hubo nada?... — sus palabras adquirieron un tono sombrío, como si intentara hurgar en su mente.
— Cedric... me besó — las palabras salieron solas de su boca — no pasó más, en la tercer prueba quiso disculparse — agregó para disminuir la tensión que ya se había creado.
— ...No puedo culparlo, eres demasiado encantadora — añadió más tranquilo y continuaron avanzando — He notado que has crecido bastante, Alex, sólo espero que no cambie a rojo tu cabello y te salgan pecas — bromeó al ver varios pasos delante caminar a Ron Weasley quien también había tenido un evidente y acelerado crecimiento, casi llegaba a la altura de Draco.
— No puede ser... ¿Tu padre ha convencido a Snape para que te dieran la insignia, Malfoy? — comentó una molesta Hermione.
— ¿Tu sangre-sucia ha hecho que Dumbledore se compadeciera de ti y te nombrara prefecta? ¿O tal vez fue por tus dientes?
El rubio les lanzó a los leones la sonrisa más arrogante que pudo y entró al vagón de prefectos seguido por Alex.
Alumnos de séptimo año que conformaban la prefectura, les dieron las instrucciones a los nuevos sobre sus obligaciones, cosas que la Russo no le daba importancia, informaron que recibirían un horario en un sala común sobre los tiempos que tuvieran que patrullar y se despidieron de ellos diciendo que también realizaran rondas durante en trayecto a Hogwarts.
Las dos serpientes volvieron con sus amigos a pasar el rato, un par de veces salieron a caminar por los pasillos para verificar que todo estuviera bien. Faltando poco por llegar a la estación, vistieron sus uniformes, sus túnicas, Alex y Draco colocaron sus insignias de prefectos sobre éstas y se prepararon para salir. Pese a la gran multitud de estudiantes ansiosos por salir del expreso, las serpientes guiadas por Malfoy fueron los primeros en salir: al avanzar, el resto de jóvenes les abría camino, no querían problemas con el nuevo prefecto. Alex pudo divisar entre la muchedumbre unos ojos color avellana que los miraba con desaprobación y odio.
Caminaron a la oscura calle de Hogsmeade y pararon un carruaje que se movía solo y llevaba a unos niños de segundo: los convencieron de bajarse y toda la pandilla se subió en él. Durante todo el camino Zabini y Pansy se la pasaron riendo de la cara de los niños cuando los bajaron del coche.
Los carruajes se detuvieron con un tintineo cerca de los escalones de piedra que conducían a las puertas de roble, bajaron inmediatamente, se arreglaron sus uniformes, eran bastante vanidosos esos Slytherin y Alex había adoptado sus conducta porque sin darse cuenta, ya estaba alisándose el pelo antes de empezar a caminar escaleras arriba y entrar al castillo.
El vestíbulo resplandecía con la luz de las antorchas, y en él resonaban los pasos de los alumnos que caminaban por el suelo de losas de piedra hacia las puertas que había a la derecha, las cuales conducían al Gran Comedor donde iba a celebrarse el banquete de bienvenida. Los alumnos fueron sentándose a las cuatro largas mesas del Gran Comedor, que pertenecían a cada una de las casas del colegio, bajo un techo negro sin estrellas, idéntico al cielo que podía verse a través de las altas ventanas. Las velas que flotaban en el aire, sobre las mesas, iluminaban a los plateados fantasmas que había desperdigados por el comedor, así como los rostros de los estudiantes. Al caminar por el pasillo central varios alumnos de diferentes años y casas saludaban animados a Alex, e incluso la felicitaban al ver la fulgente insignia de prefecta en su túnica, ya había olvidado lo popular que se había convertido tras participar en el Torneo de los tres magos.
Se sentaron al fondo del comedor y charlaron un rato, preguntándose quienes serían sus profesores, esperaban que Snape fuera uno de ellos. La profesora Grubbly-Plank, quien solía suplir a Hagrid, entró al comedor y se sentó detrás de la mesa de los profesores: eso significaba que los de primer año ya habían cruzado el lago y habían llegado al castillo.
"Me alegro que ya no tenga que volver a cruzar ese lago y menos cuando hay infernales tormentas".
Unos segundos más tarde se abrieron las puertas del Gran Comedor. Por ellas entró una larga fila de alumnos de primero, con pinta de asustados, guiados por la profesora McGonagall, que llevaba en las manos un taburete sobre el que reposaba un viejo sombrero de mago, muy remendado y zurcido, con una ancha rasgadura cerca del raído borde. Los murmullos que llenaban el Gran Comedor fueron apagándose. Los de primer año se pusieron en fila delante de la mesa de los profesores, de cara al resto de los alumnos, y la profesora McGonagall dejó con cuidado el taburete delante de ellos y luego se apartó.
El colegio entero permanecía expectante, conteniendo la respiración. Entonces la rasgadura que el sombrero tenía cerca del borde se abrió, como si fuera una boca, y el Sombrero Seleccionador se puso a cantar:
.
Cuando Hogwarts comenzaba su andadura
y yo no tenía ni una sola arruga,
los fundadores del colegio creían
que jamás se separarían.
.
Tal como la primera vez que estuvo allí, exceptuando el hecho de que ahora ella era una espectadora y no de los aspirantes a ser nombrados a su casa, se aburrió de escuchar al sombrero parlante entonando su larga canción que, aparentemente era diferente a la del año pasado.
Estaba por dar un bostezo nada cohibido cuando la singular canción captó su atención y la hizo estremecer:
.
...creo que con eso cometemos un error.
Aunque debo cumplir mi deber
y cada año tengo que dividirlos,
sigo pensando que así no lograremos
eliminar el miedo que tenemos.
Yo conozco los peligros, leo las señales,
las lecciones que la historia nos enseña,
y les digo que nuestro Hogwarts está amenazado
por malignas fuerzas externas,
y que si unidos no permanecemos
por dentro nos desmoronaremos.
Ya se los he dicho, ya están prevenidos.
Que comience la Selección.
.
El sombrero se quedó quieto y su discurso fue recibido con un fuerte aplauso. Los estudiantes en las mesas intercambiaban comentarios con sus vecinos, y extrañamente la mayoría de Slytherin se limitaron a mirarse unos con otros o conservaban la vista plantada hacia el frente. Los murmullos cesaron de inmediato. La profesora McGonagall, tras recorrer por última vez las cuatro mesas con el entrecejo fruncido, bajó la vista hacia el largo trozo de pergamino que tenía entre las manos y pronunció el primer nombre.
Alex tenía los nervios de punta, la gente solía referirse a Lord Voldemort como el mago oscuro más poderoso y al parecer el sombrero también lo consideraba maligno, debía ser de él de quien hablara, ¿O a qué más se podía referir?
Poco a poco, la larga fila de alumnos de primero fue disminuyendo hasta que se acabó. La profesora McGonagall recogió el sombrero y el taburete y se los llevó mientras el profesor Dumbledore se ponía en pie.
— A los nuevos — dijo Dumbledore con voz sonora, los brazos abiertos y extendidos y una radiante sonrisa en los labios — les digo: ¡Bienvenidos! Y a los que no son nuevos les repito: ¡Bienvenidos otra vez! En toda reunión hay un momento adecuado para los discursos, y como éste no lo es, ¡Al ataque!
Los alumnos aplaudieron, otros rieron y la comida apareció en los dorados platos. Mientras devoraban el apetitoso manjar, alumnos de quinto a primero de la casa de Slytherin se acercaban curiosos sin caber de la emoción a Draco y a Alex. En sus miradas se notaba la profunda adoración que le tenían a ese par. Trataban de congraciarse con ambos lanzando constantes cumplidos, al parecer ya no había un príncipe de Slytherin solamente, también nombraron a una princesa el día que Alex entró al Torneo, y la coronaron cuando quedó en primer lugar con Potter y Diggory.
Cuando todos los alumnos terminaron de comer y el nivel de ruido del Gran Comedor empezó a subir de nuevo, Dumbledore se puso una vez más en pie. Las conversaciones se interrumpieron al instante y todos giraron la cabeza para mirar al director.
— Bueno, ahora que estamos digiriendo otro magnífico banquete, les pido un instante de atención para los habituales avisos de principio de curso — anunció Dumbledore — Los de primer año deben saber que los alumnos tienen prohibido entrar en los bosques de los terrenos del castillo, y algunos de nuestros antiguos alumnos también deberían recordarlo. El señor Filch, el conserje, me ha pedido, y según dice ya van cuatrocientas sesenta y dos veces, que les recuerde a todos que no está permitido hacer magia en los pasillos entre clase y clase, así como unas cuantas cosas más que pueden revisar en la larga lista que hay colgada en la puerta de su despacho. Este año hay dos cambios en el profesorado. Estamos muy contentos de dar la bienvenida a la profesora Grubbly-Plank, que se encargará de las clases de Cuidado de Criaturas Mágicas; también nos complace enormemente presentarles a la profesora Umbridge, la nueva responsable de Defensa Contra las Artes Oscuras.
Hubo un educado pero no muy entusiasta aplauso, la nueva profesora de DCAO tenía una falsa sonrisa en su rostro de sapo. Después el director siguió diciendo:
— Las pruebas para los equipos de quidditch de cada casa tendrán lugar en...
— Ejem... — se aclaró la garganta la profesora Umbridge, interrumpiendo a Dumbledore.
Se puso de pie aunque seguía viéndose de la misma estatura a que siguiera sentada y era evidente que se disponía a hablar. Dumbledore vaciló unos segundos, luego se sentó con elegancia y miró con interés a la profesora, como si lo que más deseara fuera oírla hablar. Por los gestos que hacían el resto de profesores en dirección a la recién llegada, quedaba claro que era la primera vez que un profesor nuevo interrumpía a Dumbledore.
— Gracias, señor director — empezó Umbridge con su misma sonrisa tonta — por esas amables palabras de bienvenida.
Tenía una voz muy chillona y entrecortada, de niña pequeña.
— Ejem... ¡Bueno, en primer lugar quiero decir que me alegro de haber vuelto a Hogwarts! — sonrió, enseñando unos dientes muy puntiagudos — ¡Y de ver tantas caritas felices que me miran!
Russo echó una mirada alrededor, ninguna de las caras que vio tenía el aspecto de sentirse feliz. Más bien al contrario, todas parecían muy sorprendidas de que se dirigieran a ellas como si tuvieran cinco años. Se cubrió la boca con las manos para impedir reírse a mitad de su discurso.
— ¡Estoy impaciente por conocerlos a todos y estoy segura de que seremos muy buenos amigos! — Alex advirtió que no era la única conteniendo su risa burlona, estaba por dejarla salir cuando Umbridge carraspeó otra vez y prosiguió hablando mucho más seria — El Ministerio de Magia siempre ha considerado de vital importancia la educación de los jóvenes magos y de las jóvenes brujas. Los excepcionales dones con los que nacieron podrían quedar reducidos a nada si no se cultivaran y desarrollaran mediante una cuidadosa instrucción. Las ancestrales habilidades de la comunidad mágica deben ser transmitidas de generación en generación para que no se pierdan para siempre. El tesoro escondido del saber mágico acumulado por nuestros antepasados debe ser conservado, reabastecido y pulido por aquellos que han sido llamados a la noble profesión de la docencia.
Al llegar a ese punto la profesora Umbridge hizo una pausa y saludó con una pequeña inclinación de cabeza al resto de los profesores, pero ninguno le devolvió el saludo.
— Cada nuevo director o directora de Hogwarts ha aportado algo a la gran tarea de gobernar este histórico colegio...
El silencio que se había apoderado del Gran Comedor cuando hablaba Dumbledore estaba rompiéndose, pues los alumnos se acercaban unos a otros y juntaban las cabezas para cuchichear y reírse. Alex prefirió jugar un tenedor que tenía en frente, sus amigos y compañeros estaban platicando en la mesa abiertamente.
— ...Hacia una nueva era de apertura, eficacia y responsabilidad, decididos a conservar lo que haya que conservar, perfeccionar lo que haya que perfeccionar y recortar las prácticas que creamos que han de ser prohibidas.
Tras pronunciar esa última frase la mujer se sentó. Dumbledore aplaudió y los profesores lo imitaron, unos cuantos alumnos aplaudieron también, la mayoría apenas y se había percatado que ese era el final del discurso.
— Muchas gracias, profesora Umbridge, ha sido un discurso sumamente esclarecedor —dijo con una inclinación de cabeza — Dada la hora, es momento de que todos vayan a sus respectivas casas a descansar, ¡Hora de dormir! ¡Andando!
Se produjo un gran estrépito cuando los alumnos se pusieron en pie y se disponían a salir del Gran Comedor.
— Vamos, Alex... tenemos que guiar a nuestros nuevos adeptos... — dijo Malfoy con evidente pereza y un siseo muy marcado.
— ¿Qué? ¡Cierto! —exclamó Alex y se puso manos a la obra — ¡Los de primer año! ¡Por aquí!
Un grupo de alumnos desfiló hacia ellos. La mayoría de esos pequeños rostros tenían gestos presumidos y petulantes, la castaña se preguntaba si así se miraría Draco a los once años. Los chiquillos avanzaban encantados por ser dirigidos por la famosa campeona y el heredero de los Malfoy.
Bajaron a las mazmorras y llegaron hasta la pared que daba a la entrada. Draco pronunció "Boss nit-sssi" y automáticamente las piedras se removieron dejando una abertura para que las serpientes entraran: la sala común de Slytherin, una elegante habitación verde esmeralda, cuyas sombras del interior del lago Negro eran proyectadas dentro de la estancia, estaba embelesada por decenas de candelabros y atractivos sillones negros con detalles plateados. La chimenea estaba encendida en un intento por dar calor a la fría sala.
Separaron a los nuevos en niños y niñas y cada uno los llevó a su respectivo dormitorio. Como Alex se sentía muy agotada por la diferencia horaria entre Manhattan y Londres, se vistió una pijama, botó su uniforme dentro de su baúl y se lanzó a su suave cama cerrando las cortinas del dosel con un torpe movimiento de mano. Cerró sus ojos y quedó dormida al instante.
