Aclaro que los personajes no son míos, pertenecen a J.K. Rowling (Harry Potter), y a Disney Channel (Wizards of Waverly Place).

LOS HECHICEROS DE HOGWARTS, segundo tomo.


REVELACIONES


Los días que transcurrieron después fueron más helados tanto por la nieve como por la fría actitud de las serpientes en su guarida.

Alex y Draco sólo se hablaban si era estrictamente necesario, dejaron de sentarse juntos en clases y en el Gran Comedor, sus rondas de prefectos eran tensas así que se repartían pasillos para no tener que patrullar juntos el castillo. Alex pronto se distanció de el resto de sus amigos dado que ellos excusaban todo lo que Malfoy hiciese estuviera bien o mal. Estaba sola.

Cuando el guardabosques Hagrid volvió al colegio, retomó él la clase de Cuidado de Criaturas Mágicas: en su primer clase se llevó a todos los de Quinto de Gryffindor y Slytherin a una expedición por el Bosque Prohibido, Umbridge asistió también a evaluar al profesor. Un gran trozo de carne que cargaba el semi-gigante se tambaleaba en el suelo de modo brutal, pedazos se arrancaban de él y desaparecían en el aire.

— A ver, que levanten la mano los que puedan verlos.

Potter la levantó, Theodore y Neville Longbottom también extendieron sus brazos hacia arriba.

— Sí, claro, ya sabía que tú los verías, Harry — dijo con seriedad — Y tú también, ¿Eh, Neville? Y...

— Perdone — dijo Draco con una voz burlona — Pero ¿Qué es exactamente eso que se supone que tendríamos que ver?

— Son thestrals — respondió Hagrid con orgullo — Hay una manada en Hogwarts que son los que se encargan de tirar de los carruajes del colegio. Veamos, ¿Quién sabe por qué algunos de ustedes los ve y otros no? — Granger levantó la mano — Adelante.

— Los únicos que pueden ver a los thestrals son los que han visto la muerte.

— Exacto — confirmó Hagrid solemnemente — Diez puntos para Gryffindor. Verán, los thestrals...

— Ejem, ejem.

La profesora Umbridge había llegado, con una capa y un sombrero verdes muy feos, y con el fajo de hojas de pergamino preparado.

— ¡Ah, hola! — saludó Hagrid, sonriendo, cuando la localizó.

— ¿Ha recibido la nota que le he enviado a su cabaña esta mañana? — preguntó la profesora Umbridge hablando despacio y elevando mucho la voz, pareciera que se dirigiera a un retrasado.

— Sí, sí — afirmó Hagrid muy contento — ¡Me alegro de que haya encontrado el sitio! Bueno, como verá... o quizá no... No lo sé... Hoy estamos estudiando los thestrals.

— ¿Cómo dice? — preguntó en voz alta, llevándose la mano a la oreja y frunciendo el entrecejo.

— ¡Thestrals! — gritó — Esos… caballos alados, grandes, ¿Sabe?

Hagrid agitó sus gigantescos brazos imitando el movimiento de unas alas. La profesora Umbridge lo miró arqueando las cejas y murmuró mientras escribía en una de sus hojas de pergamino:

— «Tiene... que... recurrir... a... un... burdo... lenguaje... corporal.»

— Bueno... en fin... — balbuceó Hagrid, y se volvió hacia sus alumnos — Esto... ¿Por dónde iba?

— «Presenta... signos... de... escasa... memoria... inmediata» —murmuró la profesora Umbridge lo bastante alto para que todos pudieran oírla. Los de Slytherin reventaron a reír.

— ¡Ah, sí! — exclamó Hagrid, y echó una ojeada a las notas de la profesora Umbridge, inquieto. Pero siguió adelante — Sí, les iba a contar por qué tenemos una manada. Pues verán, empezamos con un macho y cinco hembras. Éste se llama Tenebrus y es mi favorito — El semi-gigante palmeó al aire, Alex hubiera querido verlos — Fue el primero que nació aquí, en el bosque...

— ¿Se da cuenta de que el Ministerio de Magia ha catalogado a los thestrals como criaturas peligrosas? —dijo Umbridge en voz alta interrumpiendo al guardabosques.

— ¡Qué va, estos animales no son peligrosos! Bueno, quizá te peguen un bocado si los fastidias mucho...

— «Parece... que... la... violencia... lo motiva» —murmuró la profesora Umbridge, y continuó escribiendo en sus notas.

— ¡En serio, no son peligrosos! — dijo Hagrid un poco nervioso— Lo que pasa es que los thestrals tienen mala reputación por eso de la muerte. Antes la gente creía que eran de mal agüero, ¿verdad? Porque no lo entendían, claro.

Umbridge no hizo ningún comentario más; terminó de escribir la última nota, levantó la cabeza y miró a Hagrid.

— Continúe dando la clase, por favor. Yo voy a pasearme — con mímica hizo como que caminaba y Draco y Pansy se retorcían de risa en silencio. La profesora se acercó a Pansy Parkinson.

— Bueno... — continuó el lanudo haciendo un esfuerzo por recuperar el hilo de sus ideas — Thestrals. Sí. Verán, los thestrals tienen un montón de virtudes...

— ¿Te resulta fácil — le preguntó la profesora Umbridge a Pansy con voz resonante — entender al profesor Hagrid cuando habla?

Pansy tenía lágrimas en los ojos por tanto reír. Apenas se le entendió su respuesta puesto que jadeaba e intentaba contener las carcajadas mientras hablaba.

— No... porque... bueno...

La profesora Umbridge escribió más notas. Hagrid intentó fingir que no había oído la respuesta de Pansy.

—Esto... sí, son muy buenos chicos, los thestrals. Bueno, una vez que estén domados, como éstos, nunca volverán a perderlos. Tienen un sentido de la orientación increíble, sólo hay que decirles adónde quieres ir...

— Lo increíble es que esos caballos lo entiendan a él, desde luego — observó Draco en voz alta, y Parkinson tuvo otro ataque de risa.

El resto de la clase continuó con el mismo patrón, Umbridge tratando a Hagrid como retrasado, de poco entendimiento, y las serpientes apoyando las ofensas cada vez que tenían la oportunidad. Al concluir la hora, Alex tomó rumbo al castillo por el sendero liberado de nieve que había; una presencia caminaba muy cerca de ella y paró para voltear y ver quien era, el sujeto iba caminando tan deprisa que no se percató que la castaña había frenado y se estampó de lleno en la muchacha, quien con dificultad se equilibró y no cayó al frío suelo.

— Discúlpame yo no... — el chico de cabellos claros agachó la mirada, titubeó y se armó de valor — ¿Eres Alexandra Russo?

— Así es, ¿Longbottom? — dijo dubitativa la castaña, el chico asintió — ¿Acaso me estabas siguiendo, Gryffindor?

— Lo siento, yo sólo... — habló más bajo y miró sus pies — quería preguntarte por qué no pudiste ver a los thestrals...

— La respuesta ya la dio Hagrid, ¿No? No he visto la muerte — respondió con tranquilidad y celosa de que su compañero sí.

— Tú estuviste con Harry cuando Cedric murió, ¿No es así? — sus ojos se despegaron del suelo y la miró de frente por fin.

— Sí, ahí estuve... pero yo no lo vi cuando la vida se separaba de él, lo vi ya que estaba tendido muerto — Alex dio media vuelta y se alejó del tímido mago.

Ni siquiera recordaba haber estado presente en esa desgracia y ningún otro estudiante tampoco, a excepción de Neville Longbottom. No estuvo dentro de su consideración hasta ahora, que no era tomada en cuenta en los asuntos importantes, su popularidad se debía más que nada a los trucos vistosos que realizaba con su varita y a la influencia que ejercían los que eran sus amigos. Cerca de la entrada de piedra, vio andando al Trío dorado, la castaña sentía la necesidad de disculparse con Potter por lo del día de su entrenamiento, se acercó y llamó al azabache.

— Hey... Harry Potter, ¿Podemos hablar? — dijo un poco cohibida.

— ¿Sobre qué? ¿Sobre la paliza que le di a tu amo Malfoy? — respondió impertinente el de anteojos.

— Eso fue algo entre tú y Draco, aunque admito que no me gustó nada que lo agredieras así, él...

— ¡A mí tampoco me gustó que nos abuchearas en nuestra primer práctica, ni que formaras parte de la porra en contra de Ron el día del partido, con esas ridículas insignias y la canción! — escupió las palabras desahogándose — Creí... que eras diferente, me agradabas, pero ya me di cuenta que eres igual a las serpientes como Malfoy, sigue obedeciéndose.

— Harry, ya vámonos... — Llamó Granger a su amigo, lanzando una mirada despectiva a la castaña.

Potter dio media vuelta y se fue caminando escoltado por sus dos mejores amigos al interior del castillo.

. . .

Llegó diciembre, y dejó más nieve y un verdadero alud de deberes para los alumnos de quinto año.

Las obligaciones como prefectos de Alex y Draco también se hacían más pesadas a medida que se aproximaba la Navidad. Los llamaron para que supervisaran la decoración del castillo, para que vigilaran a los de primero y a los de segundo, que tenían que quedarse dentro del colegio a la hora del recreo porque fuera hacía demasiado frío y para turnarse con Argus Filch para patrullar por los pasillos, pues el conserje sospechaba que el espíritu navideño podía traducirse en un brote de duelos de magos.

Estaban obligados a pasar tiempo juntos pero pareciese que ni uno ni otro notara la presencia de su compañero.

Las patrullas nocturnas para su desgracia, incrementaron para los Slytherin, a mitad de la noche debían transitar en los pasillos y como ya era sus costumbre, en el vestíbulo cada uno se separaba a las zonas que se habían repartido, no se volvían a cruzar hasta que finalizaban la ronda.

Una madrugada cualquiera terminando sus habituales vigilancias, Alex ya iba por el tercer piso de regreso a las mazmorras cuando el retumbar de unos pasos apresurados llamaron su atención, caminó firme por el pasillo para encontrarse con los culpables, "Por fin un poco de acción...", giró la esquina para encontrarlos de frente pero al instante se ocultó tras la pared y observó atenta: era la profesora McGonagall con un pijama de cuadros, Ronald Weasley caminaba a su lado, entre los dos llevaban con dificultad a un chico... Harry Potter, este apenas podía mantener los ojos abiertos. Se pararon frente a una gárgola, la profesora susurró algo que por la distancia Alex no pudo escuchar y la gárgola cobró vida, se apartó hacia un lado, la pared que tenía detrás se abrió dejando ver una escalera de piedra que se movía continuamente hacia arriba, como una escalera mecánica de caracol. Montaron los tres en la escalera móvil; la pared se cerró tras ellos con un ruido sordo.

"¿Qué le habrá sucedido a Potter? Se veía..."

— ¡Agghh! — exclamó la castaña sujetándose la cabeza con las manos y estrellando la espalda en la pared.

Le dolía la cabeza, era intenso, sentía fuego por dentro del cráneo, cerró los ojos; sus rodillas temblaron y se doblaron dejándola caer sentada en la orilla del pasillo; escuchaba un ruido sordo a distancia que a cada segundo se acercaba más a ella y la envolvía, pero estaba segura que a la redonda lo único que se oía eran sus entrecortados jadeos. El bullicio dentro de sus oídos tomaba forma, era una voz, eran palabras lo que pronunciaba...

"Alexandra... Alexandra..." De algún lado reconocía esa siseante y fría voz, casi podía sentir las largas, huesudas y blancas manos estrujando su cuello. "Ha llegado la hora, únete a mí, pronto iré por ti..."

El dolor se extinguía, lágrimas cayeron de sus pestañas y resbalaron en sus pálidas mejillas, sus oídos salieron de trance y nuevamente percibían los sonidos que la rodeaban, escuchó otra respiración a escasos centímetros de ella, abrió los ojos asustada temiendo encontrar materializado al protagonista de su pesadilla... pero no, era Draco, estaba en cuclillas a su lado, sosteniéndola de un hombro para evitar que cayera de costado; sus bellas facciones estaban distorsionadas en un gesto preocupado, la rodeó con sus largos brazos por la cintura y la levantó con delicadeza, apoyó la cabeza de Alex en su hombro y acarició suavemente sus finos cabellos castaños.

— ¿Estás bien? ¿Qué te sucedió? — preguntó con dulzura en el oído de la muchacha.

— Yo... lo... lo oí... — le costaba hablar por los nervios, temblaba.

— ¿A quién oíste? ¿Había alguien en los pasillos? — no perdía su serenidad al interrogarla. Giraba sus iris grises en todas las direcciones atento a cualquier indicio que mostrara la ubicación de alguien cerca.

— Nadie... estaba en... en mi mente... — jaló aire hasta llenar sus pulmones y lo dejó escapar en un resoplido — Ya viene... el señor Oscuro.

. . .


El trimestre acabó oficialmente, sus compañeros partían de regreso a casa para pasar las fiestas navideñas en familia; Draco que la había auxiliado aquella madrugada durante su patrulla, volvió a ser distante aunque menos que antes, de vez en cuando lo había pillado mirándola inquieto, y antes de tomar el tren se había despedido de ella. Sus otros amigos con quienes muy poco había conversado las últimas semanas también se habían ido.

Se suponía que ella junto con Justin debían partir a Manhattan pero fingiendo sumo interés en sus TIMOs convenció a sus padres de dejarla pasar esos días de asueto en Hogwarts; de haber dicho esa mentira un año atrás hubiera recibido como respuesta carcajadas por parte de Max y sus padres y como mínimo una semana de vigilancia para asegurarse de que no tramara ninguna broma pesada... en su lugar, le mandaron con la lechuza de Justin una bolsa con varios galeones para que los gastara a su gusto. Las cosas habían cambiado mucho en tan poco tiempo.

Aprovechando que por ser período vacacional Madame Pince, la bibliotecaria con cara de buitre, descuidaba la Biblioteca del colegio, Alex se entrometía cada vez que surgía la oportunidad en la Sección Prohibida, ojeaba libros que no estuvieran encadenados a los estantes, aquellos que tocaran el tema de las Artes Oscuras... lamentablemente no contaba con mucho tiempo continuo para espiar esa área. Anotaba en pedazos de pergamino hechizos que llamaban su atención como el Encantamiento para producir fuego y la maldición Oppugno.

Por más que hurgaba en todos los volúmenes de Magia Oscura que encontraba, no encontraba una explicación a lo que le había ocurrido esa noche, cuando escuchó la voz de Lord Voldemort en su mente; lo que más se parecía era la Legeremancia, un tipo de magia para extraer sentimientos y recuerdos de una persona, pero para ello según los escritos, era necesario pronunciar el hechizo "Legeremens" y usar la varita... El señor tenebroso no podía hacerlo a distancia.

En la víspera de navidad el salón ya había sido decorado y estaba espectacular. Guirnaldas de muérdago y acebo colgaban de las paredes, y no menos de doce árboles de Navidad estaban distribuidos por el lugar, algunos brillando con pequeños carámbanos, otros con cientos de velas. Ansiaba probar el festín navideño de ese año.

A la mañana siguiente, despertó temprano y lo primero que vio fue regalos al pie de su cama.

— ¡Feliz navidad, Alexandra! — dijeron unas chicas con las que compartía el dormitorio.

— ¡Feliz navidad!

Tomó el paquete que estaba envuelto con periódico muggle y cinta adhesiva, era de Max, al abrirlo se encontró con una caja a medio comer de chocolates. En un paquete forrado de papel de colores iba un regalo de Harper, un arreglo frutal para el cabello (frutas falsas para que se conservara, según decía su carta) junto con el de sus padres, que era un elegante y dorado anillo, el anillo del miedo, un anillo que eliminaba el temor de la persona que lo portara, recordaba haberlo visto en uno de los estantes de la Guarida, su padre debía confiar en ella como para regalarle uno de sus objetos mágicos.

Su hermano Justin le había obsequiado un kit para hacer pociones y demás. Quedaba un último paquete, una elegante cajita alargada de terciopelo negro, levantó la tapa dejando al descubierto lo que contenía, era una fina gargantilla de oro con una letra "A" en el medio que tenía incrustada esmeraldas, era el regalo más hermoso que en su vida le habían dado; abrió la tarjeta que iba dentro del obsequio, sólo tenía escrito el remitente: Draco L. Malfoy. La bruja liberó la sonrisa más amplia que llevaba semanas sin asomar en su rostro.

El banquete del Gran Comedor fue satisfactorio como siempre, hubo un centenar de pavos asados, montañas de patatas cocidas y asadas, soperas llenas de guisantes con mantequilla, recipientes de plata con una grasa riquísima y salsa de moras, y muchos huevos sorpresa esparcidos por todas las mesas. A los pavos les siguieron los pudines de Navidad, flameantes. Para pasar una navidad sola, no había estado tan mal.

. . .

Las festividades acabaron y los alumnos regresaron al colegio, nada hacía más feliz a Alex que pensar en ver de nuevo a sus amigos... aunque tras el asunto del partido, casi no tenían contacto. Aunque el obsequio de Draco le daba la esperanza de que ya se arreglaría la situación entre los dos.

Cuando las serpientes llegaron a la Sala Común a desempacar parecían más felices, no sabía si era por disfrutar sus navidades o por volver a Hogwarts. Draco se acercó a Alex que estaba sentada frente a la chimenea, la saludó con una encantadora sonrisa y le preguntó si la podía acompañar... esas debían ser las pases.

— Draco... Gracias por el collar, es muy hermoso — la castaña bajó la vista insegura, aún temía que el bien peinado rubio platino la ignorara.

— No es nada, Alex, me pareció que sería un lindo detalle... Y es completamente digno de ti — arrastraba las palabras con su habitual elegancia.

La Russo se dispuso a mirarlo a la cara ya tranquila dando por entendido que los problemillas entre ellos habían quedado resueltos y al cruzar sus ojos castaños con los grises del pálido frente a ella sintió una punzada recorriendo sus venas... su masculina figura tumbada en el sillón, su intensa mirada y la vanidosa sonrisa pícara que decoraba su semblante lo hacían tan... seductor. No había tenido esa sensación antes, quizá era que estaba creciendo, era una adolescente después de todo, pero eso no le importaba, lo único que quería hacer en ese momento era observarlo, y por lo que parecía, Draco quería hacer lo mismo, él también disfrutaba de tener la presencia de la castaña ante sus ojos.

Pansy y Zabini al verlos sentados juntos y dando por hecho que ya se habían reconciliado, se unieron a su pequeña reunión sin conversación aunque la charla inició en el preciso momento que los llegados se sentaron junto a ellos; más tarde Millicent y Nott siguieron sus pasos. La pandilla volvía a estar completa.

— Leí que la próxima excursión a Hogsmade será en San Valentín — comentó Bulstrode en el Gran Comedor a su grupo de amigos — ¿Irán juntos, Blaise, Pansy? — soltó sonriendo a la pareja.

— Por supuesto, ¿O acaso querías ir conmigo, Milli? — guiñó un ojo Zabini a su amiga riendo.

Entraron volando las lechuzas de todos los días y la lechuza águila, la más grande, entregó el diario El Profeta en las manos de Draco. Éste lo extendió sobre la mesa y Alex leyó la primera plana:

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FUGA EN MASA DE AZKABAN
EL MINISTERIO TEME QUE SIRIUS BLACK SEA EL
«PUNTO DE REUNIÓN» DE ANTIGUOS MORTÍFAGOS

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Debajo del encabezado habían diez fotografías en blanco y negro, eran las caras de nueve magos y una bruja. Algunas de las personas fotografiadas se burlaban en silencio; otras tamborileaban con los dedos en el borde inferior de la fotografía, con aire insolente. Cada fotografía llevaba un pie de foto con el nombre de la persona y el delito por el que había sido enviada a Azkaban. La foto que le llamó la atención a Alex fue la de la bruja, su cara destacaba entre las demás. Llevaba el cabello largo y tenía aspecto de desgreñado y sucio. Miraba fijamente con ojos de párpados caídos y una arrogante y desdeñosa sonrisa en los finos labios. Conservaba vestigios de la antigua belleza que algo, quizá Azkaban, le había robado. «Bellatrix Lestrange, condenada por torturar a Frank y Alice Longbottom hasta causarles una incapacidad permanente.»

— ¿Longbottom...? — susurró Alex.

— ¿Sirius Black? Já, dudo que haya sido él quien los ayudara a escapar si se la pasa oculto — opinó Theodore terminando de leer la nota.

— ¿Quién es Sirius Black? — inquirió con interés la Russo.

— Es un prófugo loco, escapó de Azkaban hace... ¿Dos años? — respondió Blaise — Y por lo que sabemos, también es padrino de Harry Potter pero él traicionó a sus padres y por eso los mataron.

— ¡¿Él es su padrino?! — la castaña dio un brinco en su asiento.

Recordaba lo que Potter le había dicho en el campo de Quidditch el día que la ayudó a volar por primera vez: "¿Es una Saeta de fuego?... Lo es, me la regaló mi padrino...". Se figuraba en su mente también la sonrisa que le siguió a esa respuesta, parecía tan cálida, como si añorara estar con él... con el hombre que escapó de prisión tras haber recibido una condena en Azkaban por matar a sus padres.

"¿Quién es Potter realmente?..."

Volvió la mirada al periódico y notó que Draco no había dado ni un sólo comentario, algo raro en él. Lo observó por unos segundos, sujetaba las esquinas del diario con las manos en puño y miraba con aversión las fotos de los fugitivos, seguía callado.

— ¿Qué sucede, Draco? — preguntó Alex en voz baja para que sólo el ojigris pudiera oírla.

— Nada... Éstas noticias me parecen tan absurdas... — contestó fingiendo aburrimiento.

El rubio trató de guardar el diario que descansaba en la mesa de Slytherin dentro de su túnica pero un segundo antes de que lo pudiera tomar, Zabini lo jaló hacia él para observar las fotografías impresas y exclamó algo que dejó helados a los que lo alcanzaron a escuchar.

— ¡Hey! ¿Bellatrix Lestrenge? ¡¿No es ella tu tía, Draco?!