Judy suspiró de nuevo, echando un vistazo a su alrededor y percatándose de que los baldes eran grandes, lo suficiente como para que ella cupiera ajustada, pero cómoda dentro de alguno. Nick estaba agachado en una posición extraña mientras trataba de acomodar los palos de las escobas y trapeadores contra la pared, desesperado y furioso.
—Te lastimarás de nuevo. —Musitó Judy, cansada física, pero emocionalmente despedazada.
— ¡¿Y qué sugieres?! ¿Qué no haga nada? —Gritó sin poder encararla por miedo a conseguir que las escobas volvieran a tratar de asesinarlos a ambos. — ¡Auxilio! —Gritó con tanta fuerza que se lastimó a sí mismo la garganta.
Judy suspiró antes de soltar un sollozo. Nick la miró sorprendido.
Pocas cosas existían en el mundo que fueran capaces de hacer que Nick se paralizara, una de ellas (La principal, de hecho), era ver a Judy, a su Zanahorias, llorar de aquella manera, y últimamente lo hacía a menudo, por su culpa, según se recriminaba él aunque la pequeña insistiera en que no era así.
—Jud… —Murmuró encarándola con dificultad, descubrió a la coneja hecha bolita adentro de uno de los baldes, sollozando pero tratando de hacerlo en la mayor cantidad de silencio posible. No pudo evitar uno que otro gemido y definitivamente no pudo luchar contra el temblor que el llanto le ocasionaba en el cuerpo.
Derrotado, Nick se sentó en el balde que estaba tras él y sacó a Judy de su escondite para acunarla en sus brazos.
—Todo estará bien, Zanahorias.
—No me hagas promesas ahora, Nick, no si no te consta que puedes cumplirla.
—Cualquier cosa que te prometa, Judy, escúchame bien, cada promesa que te haga, la cumpliré.
Rescate
A las cinco, Bogo estaba molesto, miraba con cara hosca a todo el mundo y ya había planeado alrededor de doce maneras distintas para matar a sus estrellitas de manera que aquello pareciera un accidente, a las cinco y media estaba pensando en marcarle a Hopps para saber algo del caso, fastidiado por saber que su oficial más disciplinad no se había reportado. Cuando dieron las ocho, él y Garraza estaban como locos, preguntando a todos los oficiales si el dúo dinámico había dado muestras de vida, con un presentimiento amargo. Cuando Judy no contestó a su móvil a las nueve, y no contestó en casa a las nueve cuarenta, Bogo decidió meterse de lleno en el asunto de su búsqueda.
—Sólo espero que ese par esté bien. —Había dicho Bogo.
—Sé que Nick daría la vida por Judy. —Afirmó Garraza angustiado. —Sólo espero que no estén en una situación en la que tenga qué hacerlo.
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Mr. Big había agotado sus recursos. Para las once de la noche ya habían hablado (o golpeado, en todo caso) a cada distribuidor que conocían. Los testigos auditivos afirmaban no haber escuchado nada más y no haber salido de sus habitaciones por miedo a las represalias. Y todos afirmaban no reconocer la voz del que mandaba sobre la situación. Ya pasaba la media noche y tanto Fru-Fru como su padre estaban desesperados al no saber nada sobre sus amigos. La pequeña musaraña, con la bebé en brazos, se acercó hasta su padre y se sentó en el suelo a su lado, como cuando era una niña pequeña.
Prácitcamente, Judy y Nick eran de la familia para ellos, así que la angustia que vivían no los dejaba casi respirar.
A un suspiro de darse por vencidos, las puertas del estudio se abrieron de golpe y una zarigüeya gris entró dando traspiés, tratando de escapar del agarre de los osos polares que ya le habían dado alcance.
— ¡Yo se algo sobre los oficiales! —Gritó cuando un oso lo levantó al vuelo y amenazó con llevárselo. Todo en la habitación se detuvo un momento que se prolongó hasta que Mr. Big murmuró en un gruñido ronco.
—Habla.
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Judy suspiró encogiéndose en su rincón, tratando de encontrar una posición cómoda en medio de aquel reducido espacio, hacía veinte minutos que Nick había dejado de forcejear con la puerta, principalmente porque había conseguido que un bote de aromatizante para pisos le golpeara el costado al tirarlo de la repisa. Tenía el brazo adolorido y el estómago le palpitaba al ritmo de su corazón, producto de la cantidad de golpes que le había propinado Harewell en su afán de saber qué tanto sabía el zorro sobre sus negocios sucios.
Ahora estaban un poco mejor acomodados, pero de igual manera, Judy estaba incómoda en su balde mientras tiritaba de frío. Nick la había dejado bajar cuando ella había alegado que lo lesionaría en serio si seguía echada en su regazo.
Habían pasado horas sin dirigirse la palabra, principalmente porque Nick estaba ocupado tratando de derribar una puerta metálica y Judy se había estado consumiendo en su melancolía y culpa de estar encerrados ahí. Así que las primeras palabras que rompieron el silencio fueron casi como un hechizo que envolvía el aire con melancolía y tristeza.
—Gideon tendría diez años, más o menos… —Inició Judy con voz melancólica. —Era muy alto para su edad, y muy abusivo. —Sorbió mocos y se talló la punta de la nariz con el dorso. —Yo acababa de presentar una obra teatral acerca de ser cualquier cosa que tú quisieras, porque en Zootopia, cualquiera podría serlo, sólo era cuestión de perseguir tus sueños sin detenerte. —Y las siguientes palabras brotaron envueltas en un aire de esperanza. —Y llevaba puesto un disfraz de oficial de policía, afirmando que sería la primera coneja de mi familia que saldría de la granja y conseguiría algo así. Su propio sueño. —La esperanza desapareció en cuanto la idea cambió de dirección, regresándola al momento en el que casi le habían arrebatado su sueño más preciado —Gideon se burló de mí y de mis sueños, y encima le quitó sus boletos a Marie. Estaba furiosa y ansiosa por hacer una diferencia a pesar de que mis padres me habían soltado un sermón de es lindo tener sueños si no crees que puedan cumplirse, pero yo iba a demostrar lo contrario.
— ¿Y qué pasó? —Inquirió Nick con un hilo de voz, pasmado ante aquellas palabras.
—Le pedí al zorro que me diera los boletos, más o menos por la buena, debo admitir que había sido grosera al evidenciarlo frente a todos durante la obra. —Admitió con una sonrisa de medio lado mientras levantaba la mirada en dirección a Nick. Por un momento, en la oscuridad, pudo ver en su pelaje, sus ojos y sus facciones atentas, un reflejo de aquel zorro que la había amenazado años atrás. Ella en el suelo, él apuntándola con sus garras. Sus ojos se llenaron de miedo y su mirada se perdió en algún punto de los ojos de Nick, ya no lo miraba. —Dijo que era un zorro, un cazador, que estaba en su ADN. —Pero el recuerdo se entremezcló con las palabras de Nick cuando la confrontó tras la rueda de prensa, y por un momento, ambas imágenes oscilaron en su memoria; veía a Grey, al siguiente instante era el rostro de Nick, contraído por la furia, y luego era Grey de nuevo, y otra vez Nick. Pero el rostro de Grey se adueñó de su mente. —Levantó la garra, dijo una última amenaza y me golpeó con sus garras, me abrió la mejilla y me dejó al borde del llanto. Mira cómo mueve la nariz. —Repitió despectiva. —Y se fue… Yo fui más lista. Tenía los boletos, quería provocarlo para que se acercara, entre más cerca estuviera, más fácil sería para mí arrebatarle los boletos de la feria, es sólo que no esperaba que…
Guardó silencio mientras el hechizo se suspendía en el aire, como agua helada que los envolvía, se había olvidado de que tenía frío. El rostro del zorro invadió su mente un momento más.
—Judy… —Murmuró Nick extendiendo una mano hacia ella. La sacó del balde y la acomodó en su regazo, acunándola de nuevo.
—No sangré mucho. Pero les di a mis padres un motivo para constatar que era peligroso que fuera policía. —Dijo con un hilo de voz, aferrándose a la camiseta de Nick y ocultando ahí su rostro. —Me hicieron quedarme en casa una semana completa, ni siquiera hablaron con los padres de Grey, estaban demasiado asustados.
—Zanahorias… Judy… Yo…
—Cuando me gradué con honores de la academia y llevé el diploma a casa, mis padres dijeron que me cuidara mucho de animales como él. Y un día volví a casa y me di cuenta de que ahora trabajaban juntos. Todo era sólo prejuicios tontos. Y aun así… —Nick movió a Judy hasta sentarla a horcajadas sobre su regazo. Le sostuvo el rostro y la miró con intensidad un momento antes de estrecharla entre sus brazos, consiguiendo que la conejita se soltara a llorar de nuevo. Tenía tantas cosas que decir, tantas promesas qué hacer, pero no sabía cuáles serían las palabras correctas, así que simplemente se juró a sí mismo que jamás permitiría que nadie dañara de nuevo a aquella conejita frágil y desequilibrada.
—Se abre… —Atinó a decir, consternado al percatarse de que Judy aún llevaba puesto el dije.
— ¿Qué?
Nick se separó un poco de la conejita para mostrarle que el dije no era dije.
En realidad era un guardapelo. Lo abrió para mostrarle a Judy que en el interior había una foto de ellos dos, una de las miles de selfies que se habían tomado desde que eran amigos.
—Para que recuerdes que hay uno que sí te quiere… Un zorro.
(N/A:Llegados a éste punto, podrías, si quieres, leer el primer capítulo antes de continuar con la lectura)
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Alrededor de las tres de la mañana, los osos de Mr. Big dieron con el edificio que la zarigüeya les había indicado. Aunque Fru-Fru había insistido en ir, su padre la había convencido de quedarse a esperar, a sabiendas de que sería peligrosa la incursión.
Varios grizzlis estaban dopados ahora, gracias a los dardos sedantes de su equipo de rescate. Revisaban piso por piso en busca de alguna señal que delatara la presencia de los oficiales o de Harewell en todo caso, sin embargo, hasta ahora no había habido resultados. Como una precaución, Santino había contactado también a la policía, claro que lo había hecho hasta que habían terminado de registrar el primer piso.
Ya estaban en la última planta cuando les llegó el aviso de que había llegado un auto muy sospechoso a revisar la zona.
Se dieron tanta prisa como pudieron, ésta vez ni siquiera encendieron las luces, utilizaron las lámparas blancas de sus escopetas de dardos para iluminarse el camino. Santino fue el que abrió la última puerta, apuntando adentro y descubriendo los cuerpos de los oficiales enredados en medio de los artículos de aseo. Bajando el arma tomó a Judy en brazos mientras dejaba espacio a que uno de sus colegas sacara a Nick del armario de escobas.
Jamás pensó que una conejita tan pequeña daría tanta batalla, con los ojos apretados luchaba por liberarse con todo lo que tenía o le quedaba. —Señorita Hopps… —Exclamó, Judy alzó la vista al oso y luego miró a su derecha, donde Nick forcejeaba contra otro guarura.
— ¡Gracias al cielo! —Exclamó una voz conocida para ambos, un poco menos aturdidos y con los ojos ya relativamente acostumbrados a las luces de las lámparas. —Están vivos.
— ¡Señor B! —Exclamó Judy saltando de los brazos de Santino y acercándose a las manos del oso que acercaba a su patrón hacia los oficiales, él besó las mejillas de Judy y puso su diminuta mano en la frente de la coneja. — ¿Cómo dio con nosotros? ¡Nick, tranquilo, es Mr Big! —Dijo cuando se percató de que su compañero seguía forcejeando.
— ¿Big? ¡Tommy! —Exclamó alegre reconociendo al oso. Sin embargo, en seguida le plantó un golpe en el brazo antes de soltar un reclamo. — ¡Casi me matas del susto! ¿Estás bien, Zanahorias?
—Sí…
—Vámonos antes de que esos matones regresen. —Pidió Nick soltándose del agarre del oso, bajando con muchísima dificultad y dolor por el disparo y la golpiza que le habían propinado. —No quiero que nos vean y no me gustaría que siguieras en peligro. —Dijo tomándole una mano a Judy y consiguiendo que ella diera un respingo. —También eres importante para mí. —Murmuró con intensidad atrapándola en sus brazos y besándole la coronilla.
No supo cómo reaccionar y de todos modos no tuvo tiempo para hacerlo. Un disparo los sacó a todos de contexto. Los polares se interpusieron entre el pasillo y los oficiales mientras se percataban de que una guardia de grizzlis los acababa de acorralar, Santino refugió a Judy, Nick y Mr. Big en una de las habitaciones mientras que un tiroteo se llevaba a cabo en el pasillo. El ruido de las sirenas se hizo presente y estalló el caos.
Gritos, disparos, maldiciones y jaloneos mientras Santino trataba de conducirlos hacia el ascensor, los hizo subir y jurar que irían directo a la primera planta, depositó un arma en las manos de ambos oficiales y pulsó el botón de la planta baja para salir a dar apoyo a sus colegas.
En la primera planta, Nick vio con horror que seis osos pardos los esperaban apuntando sus armas a ellos, Mr. Big estaba oculto en un rincón del ascensor por indicación de Judy y miraba atentamente cómo se desarrollaba la situación.
Harewell salió de entre sus guaruras y aplaudió con lentitud y sarcasmo mientras se apresuraba a detener las puertas del ascensor para que no se cerraran de nuevo. Antes de decir cualquier cosa, bajó una palanquita que impedía al ascensor moverse de su sitio. —Bravo… Salgan.
Judy miró de reojo a la musaraña escondida en el rinconcito y salió obediente, tratando de defender al que había tratado de salvarlos.
— ¿Ahora qué procede? —Espetó Judy con desprecio mientras le entregaba su arma a Harewell.
—Mátenlo. —Dijo señalando a Nick mientras trataba de tomar la muñeca de la conejita, ella se escabulló en medio de un grito (un muy clásico No) y fue a interponerse cuando dos grizzlis levantaron sus armas, escuchó un par de disparos y sintió una pierna entumecida, pero el estruendo en la voz del jefe Bogo la hizo levantar el rostro llena de alivio.
— ¡Todo el mundo las garras en alto, están rodeados!
Los osos, algunos, soltaron las armas al instante llevándose las garras a la nuca, pero Harewell levantó una de las pistolas y apuntó al oficial más cercano, ganándose un disparo en el hombro derecho de inmediato. Judy soltó un grito mientras Nick la abrazaba para hacerla retroceder de nuevo al ascensor, donde la pequeña musaraña vio horrorizado la pierna de la coneja manchada de sangre. Estaba convencido de que no sólo necesitaría una sutura, necesitarían terapia psicológica, ambos oficiales. Nick se levantó y subió la palanca permitiendo que las puertas se cerraran, pero presionó otro botón para evitar que subiera. Abrazo a Judy mientras todo se calmaba y, por última vez en la noche, repitió. —Todo estará bien, Zanahorias. Ya casi termina.
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Judy esperaba pacientemente a que dieran de alta a Nick, había insistido en ir a recogerlo ahora que podía salirse del hospital, sólo había pasado una noche ahí, la verdad no era para tanto. Aunque los médicos habían insistido en tenerlo en observación ya que por la golpiza que había recibido tenía dos costillas rotas. Judy no pudo evitar sentir el estómago y el corazón caer hasta sus pies cuando vio al zorro salir con el brazo inmovilizado en un cabestrillo, sentado en una silla de ruedas que era impulsada por una enfermera de apariencia amable y divertida. Saltó de su asiento sintiendo una punzada de dolor en la pierna que poco le importó, tenía que asegurarse de que el zorro estaba bien antes de que otra cosa pasara.
Al verla tan efusiva, Nick saltó de su silla y guiñó para la enfermera.
—Gracias, linda. Ha salido todo perfecto, ya vi lo que tenía que ver.
—Aún creo que es cruel que salieras en silla de ruedas. —Repuso la oveja sonriendo con cierto grado de ironía. —Pobre Judy. Casi la matas del susto.
—Lo sé. Hasta otra.
—Recupérate, y toma tus medicinas.
— ¿Qué acaba de pasar? —Estpetó Judy confundida. — ¿Por qué saliste en la silla?
—Para ver qué hacías… ¿Eso es para mí? —Dijo mirando la silla que Judy había ocupado instantes antes, una bolsa de papel con un logo estampado esperaba paciente. —Quería saber si de verdad te preocupo, preciosa. Es una treta, tesoro.
—Sí, bueno, si ya confesé que fueras importante para mí. ¿Qué más quieres saber? —Soltó encogiéndose de hombros y avanzando hasta la bolsa para sacar el café cargado y las galletas que había comprado para su amigo. —Toma, vámonos. —Soltó sonrojada mientras avanzaba hacia la puerta.
—Hay algo más que quisiera escucharte decir, Zanahorias. —Admitió alcanzándola.
— ¿Qué cosa?
—Una verdad.
— ¿Qué verdad?
—Lo sabes, no te hagas la desentendida. Me amas.
Judy se frenó en seco, consiguiendo que Nick chocara contra ella y se lastimara el brazo. Ella asintió una sola vez antes de salir a toda prisa a la calle, hacia la patrulla que esperaba en el estacionamiento. Nick la alcanzó subiéndose al lado del copiloto y disfrutó de ver el rostro contrariado de Judy en el trayecto a la jefatura. Simplemente entregarían las incapacidades y tendrían el resto de la semana.
Al final, Judy no había necesitado más de dos puntos de sutura y podía caminar casi sin sentir dolor, aunque el médico había insistido en que debía guardar absoluto reposo, todos los que la conocían sabían que ella no conocía esas dos palabras.
Cuando Garraza salió tras el mostrador con lágrimas en los ojos y los oficiales presentes comenzaron a aplaudir, Nick no pudo evitar hinchar el pecho en un gesto de orgullo, lo mismo que Judy, aunque ella fue un poco más discreta con sus emociones. Bogo salió ante el escándalo y los hizo pasar a su oficina.
—Bueno, oficiales. Caso cerrado. —Soltó dejando caer una carpeta llena de papeles y fotografías en el escritorio mientras Judy tomaba asiento con mucha dificultad. —Bien hecho, equipo.
—Gracias, señor. —Musitó tímida ella.
—Gracias. —Añadió casi al unísono el zorro, claro, en un tono más altanero.
—Ahora, pasando a lo de la incapacidad. —Añadió Bogo mirando las hojas que Judy le había entregado. —No puedo creer que no aguanten nada. Les dieron quince días en el hospital, a cada uno, y todo por un raspón en la rodilla y una cortadita en el brazo.
—Me rompen las costillas y dice que es una cortadita. —Espetó Nick fingiendo indignación.
—En fin. —Soltó Bogo sin saber exactamente qué hacer con sus agentes. —Atraparon una red completa de tráfico de drogas, bien hecho. Cayó el imperio de Harewell, parece que él trabajaba en conjunto con la red de ovejas de Bellweather, eso explicaría por qué tanta insistencia en conocer todos los detalles del caso. Aunque sostuvo una cosa, Hopps. Está interesado también en ti.
—Ahora está tras las rejas. —Dijo Nick tenso. —Hay suficiente material para dejarlo ahí al menos hasta que se pudra. ¿No? Literalmente hablando.
—Así es. Y es todo gracias a ustedes dos. Disfruten de la incapacidad, regresando no tendrán tiempo ni para respirar. Señores. Afuera ya espera un taxi para llevarlos a donde gusten. Descansen. —Y en tono de amenaza, añadió. —Es en serio, descansen.
Al llegar al taxi, Nick le dio su dirección al conductor y miró a Judy.
— ¿Qué te parece si iniciamos nuestras vacaciones con una película de gangsters?
— ¿Estás loco? Yo quiero dormir hasta que termine la semana.
—Bueno, duérmete, yo veré la película entonces.
—Oye Nick. —Llamó Judy bajando la voz repentinamente. —Sobre lo que ocurrió en el armario…
— ¿Qué dices? Casi no entendí. Cuando hablas con los dientes apretados no te entiendo.
—Nada, que la próxima yo elijo la temática de la película.
N/A: La verdad es que dejo un poco suelto el tema de ellos. No sabía cómo terminar con ésta historia y éste es el último capítulo. Sin embargo, estoy considerando seriamente escribir un epílogo. Ya lo inicié pero me gustaría leer sus opiniones al respecto, tengo la idea general de qué va a tratar y está un poco ligado a la amenaza de Bogo respecto al trabajo, pero también quiero darle un cierre al royo emocional. Me encantaría conocer su opinión. ¿Quedó bien como está o amerita el epílogo?
En fin, espero que lo hayan disfrutado tanto como yo. Escribir ésta historia fue emocionante y más aún cuando leía sus comentarios, no saben los ánimos que me daban para seguir escribiendo. Ha sido grato compartir con ustedes un pedacito de mi alma (Que insiste en quedarse con cada palabra). Nos leemos.
